Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Catus sylvestris domesticus
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Catus sylvestris domesticus
Se sentaron al lado de la puerta de los lavabos. El camarero pasó a tomar nota y se volvió a ir. Había ya mucha gente en el local. La mayoría de los clientes estaban en las mesas de billar, en los futbolines y en los dardos. El resto, de pie o sentados, con una cerveza en la mano, intentaban intercambiar algunas frases. El ruido de las voces, los gritos, las risas, los golpes de las bolas mezclados con la música, de la que no se oía más que los tonos graves y pesados, hacían imposible cualquier conversación. Aquí, los humanos chillan. A él lo vi en cuanto entró con su compañero. Caminaba con dificultad, con el rostro deshecho de cansancio, abatido por un peso demasiado grande para sus hombros. No le quité la vista de encima. El camarero volvió con una bandeja en la que había dos vasos y una botella de alcohol de alta graduación. Bebieron sin brindar. Abandoné mi cojín, salté al suelo y me acerqué a ellos. Esperé un rato antes de subir al banco donde estaban sentados. Cuando me sentí seguro, me tumbé a su lado. Estaba herido, no paraba de gesticular, y estiraba la pierna dolorida, que le hacía sufrir terriblemente.
—¿Dónde está el médico?
—A punto de llegar. No tardará. Coach ha dicho que le esperemos aquí. Así que vamos a esperar. Bebe.
Bebieron. El muslo exhalaba un olor pútrido. Una mancha grasienta supuraba y aureolaba la tela del pantalón. Pidieron una segunda botella. Randy vino a reclamarles los cinco dólares estipulados para poder asistir al campeonato femenino de pulso que estaba a punto de empezar. No dijeron nada. Uno de ellos sacó un billete y Randy se alejó.
—¿Qué había dentro de las cajas del camión?
—No es asunto tuyo.
—Dos policías han muerto ante mis ojos, a manos del tipo con el que llevo dos días viajando y con el que estoy a punto de asistir a una partida de pulso femenino en una taberna perdida de Ontario. Soy cómplice de esos dos asesinatos. No me digas que no es asunto mío. ¿Qué había en las cajas? ¿De qué era la carga?
—De polvo blanco.
—¿Y no lo sabías?
—No.
—Te vi comprobar la carga ayer por la noche. Abriste las cajas, las contaste, te vi hacerlo.
—El camión con el que hemos llegado no es el mismo camión con el que salimos.
Una cólera, una rabia desmedida, brutal, súbita, lo invadió. Yo me retiré.
—No hemos abandonado el camión ni una sola vez desde que salimos.
—¡No es el mismo camión! Salimos con un camión cargado de cartones de tabaco. Eso es lo que tú me viste cargar y comprobar después. Cuando paramos a comer en Riviére-Beaudette, me levanté y salí un momento, ¿te acuerdas?
—Sí.
—Bueno. Pues fui a darle a un tipo las llaves del camión a cambio de otro camión. La misma marca, el mismo color, la misma matrícula, pero no la misma carga, ¿OK? Se suponía que era una carga de mocasines y de artesanía amerindia, ¿OK?
—¿Y no comprobaste lo que había dentro?
—No lo comprobé porque conozco al tipo, ¡y porque es lo que hacemos siempre! ¡Es pura rutina! Nos la han metido doblada, ¿OK? He visto cómo la policía nos seguía desde Montreal y no entendía por qué no nos paraba. Ahora lo entiendo: esperaban a que hiciésemos el cambio de camiones para pillarnos con el polvo. Los dos tipos que nos han parado sabían perfectamente lo que había en esas cajas. Ni siquiera sé si eran policías, no sé quién ha organizado todo esto, no lo sé, ¡lo único que sé es que si no los hubiera matado, ahora Coach estaría metido en un buen lío! Ni un ejército de abogados sería suficiente para impedir que acabara sus días en la cárcel, ¿OK?
La taberna estaba a rebosar. Habían puesto dos sillas a ambos lados de una mesa colocada en el centro de la sala. La gente gritaba, chillaba y aplaudía, hasta que la música fue sustituida por la detestable voz de Randy, violentamente amplificada por el micrófono que tenía en la mano.
—Ladies and gentlemen, welcome to the Anaconda Bar! Welcome to Canada’s best women arm wrestling competition! We’ve got twelve amazons tonight! Twelve warriors! Twelve «hubba hubba» female muscles! Yeah!!! It’s going to be a great night! A special night! Yeahhh! I’m Randy McGregor from the Anaconda Bar and we’ll begin in a few minutes! Get ready, ladies, and thank you all!
No prestaron atención, no levantaron los ojos, no miraron más allá de sus propias manos, indiferentes a los gritos y los aplausos que volvían a arreciar de lo lindo.
—¿Qué va a pasar?
—Cualquier cosa. Con la muerte de tu mujer todo empezó a torcerse.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé. Sabíamos que Rooney era un maldito enfermo, pero lo que hizo nos sorprendió a todos. Tu mujer no tenía nada que ver con nuestros negocios. Fue un accidente, se cruzó en su camino. No estaba previsto. No tenía que haber ocurrido, pero ocurrió. Un sacrificio. Fue como si hubiera venido a oficializar una guerra.
—No te entiendo. ¿De qué guerra me hablas?
—De una guerra que está ahí desde hace mucho tiempo.
—¿Entre quién?
—Entre nosotros. Entre mohawks. Entre los que piensan en su propio interés y los que piensan en el interés de la comunidad. Cuando hay dinero de por medio, acaba llegando la violencia, porque el interés de la comunidad va necesariamente en contra del interés particular. Eso es algo que me ha enseñado Coach. Y cuando, encima, aparece la droga y ves llegar a las bandas de moteros, a los italianos, a los asiáticos, y todo el mundo se pringa porque ya nadie considera la reserva como un territorio ancestral y sagrado, sino como un territorio criminal que hay que tener bajo control para extender su poder y su dominio, entonces estalla la guerra. Siempre hay víctimas inocentes en la cuenta de una guerra. ¿Entiendes lo que quiero decir? ¿Tú has conocido la guerra?
—Sí.
Se callaron. El combate estaba a punto de empezar. Randy tenía el micrófono en la mano y vociferaba de nuevo.
—OK! Ladies and gentlemen! It’s an honor for me to introduce our two first ladies for the first fight! The shock of the Titans! Please welcome Genocida Linda and Melissa the Rock!!!
Las dos participantes se colocaron frente a frente mientras la sala prorrumpía en jaleos, rugidos y aplausos, y se cogieron las manos, la una aferrada a la otra, con los codos clavados en la mesa.
—OK!! Are you ready, girls? On your mark, get set, go!!!
Por encima de las palabras de aliento, Randy comentaba sin tregua el combate, berreando con todas sus fuerzas, de ese modo tan histérico que lo hace aún más odioso para mis sentidos.
—These girls never give up! Oh my God! Oh Jesús! Hallelujah!!! Oh my Lord!! It’s incredible! Unbelievable! Genocida against The Rock! Who’s going to be the winner!!! I don’t know!! Nobody knows! Look at that! Wah!!! What the hell do these women eat?! Here we go here we go here we go here we go here we go!!! Yeah! Over the top…!!! And the winner is… Genocida Linda!! Genocida Linda!! Hallelujah! Glory glory Hallelujah!
Vaciaron la segunda botella. Me acerqué hasta él. Empezó a acariciarme sin ser realmente consciente de mi presencia. Poco importaba. El calor de su mano me reconfortaba.
—¿Qué es lo que ha cambiado la muerte de Léonie? ¿Qué relación tiene una cosa con la otra?
—Rooney. Rooney la mató y ya no podemos hacer nada. Rooney sabe muchas cosas sobre todo el mundo. Puede testificar contra cualquiera. Si él cae, caemos todos. La policía no puede detenerlo porque es el mejor informador que tiene en una investigación abierta hace ya cinco años. No les gusta mucho la idea de tener que empezar todo de nuevo. Coach no quiere matarlo porque quiere saber quiénes son los confidentes infiltrados en la reserva, y los moteros lo necesitan porque crea mal rollo entre los miembros de la comunidad. Mientras maneje los hilos de los testimonios, de las disputas y de las delaciones, estará safe. Pero el tiempo juega en su contra, él lo sabe, y eso lo hace aún más peligroso. Piensa deshacerse de todos los que puedan perjudicarlo, enfrentar a todo el mundo contra todo el mundo, hacer que todo explote, está dispuesto a todo con tal de no volver a la cárcel. Lo conozco, y no dejará que lo pillen tan fácilmente.
—¿Lo conoces?
—Digamos que éramos como dos hermanos unidos por la misma mierda que nos hicieron comer de niños. Simplemente elegimos caminos diferentes. Yo me calmé, él se volvió loco. Yo quiero construir, él quiere romperlo todo. A mí me parece que tendríamos que acabar con él. Lo antes posible. Yo diría incluso que es lo que está buscando. Pero Coach no piensa lo mismo. Quiere pillarlo antes. Quiere saber qué sabe, y cuenta contigo para conseguirlo.
—¿Por qué?
—Porque Rooney no te teme.
Había otro hombre. No lo vi llegar. Estaba de pie frente al banco, envuelto en un abrigo rojo. No se había quitado el sombrero. A la luz tamizada de la sala, no podía verle el rostro, apenas se distinguía la parte inferior de su cara.
—Chuck?
—That’s me.
—Let’s go.
Se dio la vuelta y fue hacia la salida. Los otros se levantaron, se pusieron los abrigos y salieron a su vez. Los humanos están bajo el yugo de una maldición que los aleja sin cesar de la felicidad. No lo he vuelto a ver.