Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Equus mulus
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Equus mulus
Se abre la puerta. El aire fresco penetra en mis ollares. Me despierto. Las bestias se agitan en los boxes. Nuestro amo avanza, y las luces exteriores proyectan su sombra desmesurada contra los muros de la cuadra. Tras él entran dos hombres. Uno de ellos, apoyado en el hombro del otro, no para de quejarse. Mi amo despliega un catre y lo ayuda a tumbarse. Las dos yeguas permanecen inmóviles, con los ojos abiertos. Observan. El caballo negro restriega las pezuñas en el suelo. Sus crines tiemblan en la oscuridad. Al fondo, tumbado sobre un montón de paja, el burro se lame la larga pierna extendida. Mi amo enciende dos lámparas de petróleo, las coloca a ambos lados de la cama, sobre dos trozos de chapa ondulada, y le hace una señal a uno de los dos extraños para que lo siga. Salen de la cuadra. Él se queda. Se retuerce de dolor sobre su lecho. Las dos yeguas lo miran. El caballo negro lo mira. Yo lo miro. Se incorpora, se levanta y se arrastra hasta la pared del fondo, se desabrocha el pantalón y orina. Su olor llena todo el espacio. Vuelve tambaleándose y se sienta en la cama. Se agarra la pierna herida con ambas manos. Suelto un ligero rebuzno, él levanta la cabeza, se abre la puerta de la cuadra y reaparece su compañero.
—OK. Todo bien. Se ocupará de ti.
—¿Quién es?
—No lo sé. Un amigo de Coach.
—¿Un médico?
—Algo así. Un curandero. Bueno, escucha: tú te quedarás aquí y yo me iré. Rooney anda por la zona, lo han visto merodeando cerca del río, intentando conseguir una embarcación.
—¿Seguro que era él?
—No lo sabemos. Yo voy a ir a la reserva para asegurarme de que podemos cruzar. Coach no quiere correr ningún riesgo. Rooney no debe vernos juntos. Si se entera de que has hablado con Coach, entonces ya te puedes poner a rezar y no estoy seguro de que puedas terminar tus oraciones. Volveré mañana por la mañana.
Se va. Oigo la voz de mi dueño saludándolo en el exterior. Le dice Take care, boy, luego entra y cierra la puerta de la cuadra.
Se acerca al hombre enfermo, se sienta en el suelo y desata las correas que aprietan los bolsillos de la cartera de tela donde guarda, cada uno en un compartimento cosido a medida, los instrumentos quirúrgicos con los que hace incisiones, corta y opera a todos los animales enfermos que le traen. El hombre vuelve a quejarse, pero mi amo no parece oírlo. Es mi amo. Lo reconozco en cada uno de sus gestos. Alarga un brazo, enchufa el hervidor, saca el cuchillo, mete la hoja en el pantalón del hombre y raja la tela con un solo gesto. Aparta los dos flecos que cubren la herida negra y reluciente. El olor que emana me hace salivar. El hervidor emite un silbido ronco. Mi amo vierte el agua humeante en un bol de terracota en el que hay un paño blanco. Destapa un frasco y añade unas gotas de eucaliptus. Remueve el paño con una varilla de madera, lo saca y lo pone, ardiendo, sobre la herida. El hombre deja escapar un gemido. Arquea el cuello. Llora. Mi amo limpia la herida con cuidado, empapando una y otra vez el paño en el agua hirviendo, hasta que sobre la pierna no queda más que una costra violeta, libre de miasmas, que cubre toda la superficie del muslo. ¡Te ha mordido bien, el muy hijo de perra! ¡Ha llegado hasta el hueso! El hombre está pálido, desvaído. Mi amo le hace tomar varios tragos de alcohol. Tose.
—Chico, te voy a tener que atar.
—¿Qué va a hacer?
—Te voy a tener que atar.
Le anuda los dos puños juntos por encima de la cabeza con una cuerda de cáñamo y amarra la cuerda a la viga central sobre la que descansa el tejado de nuestra cuadra. Luego le ata las piernas a la cama. Le enjuaga la frente. El hombre se pone a temblar.
—¿Tienes frío?
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!
Las yeguas siguen mirando. El caballo negro se revuelve. Tiene un sexo desmesurado. Se sacude y da vueltas, frotando la cabeza contra la madera del box. Yo salivo.
Mi amo coge una caja metálica y la pone junto a la pierna del hombre. Saca el mechero. Pasa una y otra vez la hoja del cuchillo por la llama azulada, hasta que queda completamente negra. Respira hondo, dice, y sin más dilación hunde la hoja del cuchillo en la costra violeta de la herida, la rebana de un gesto y la separa del muslo. El hombre lanza un aullido de dolor. Mi amo coge la caja metálica, la abre y vierte su contenido. Miles de larvas de moscas y de gusanos de todo tipo caen sobre la herida y empiezan a retorcerse en su interior. El hombre, presa del pánico, grita de asco, se revuelve en todas direcciones e intenta deshacerse de las ligaduras.
—Déjalas que hagan su trabajo —le dice mi amo mientras intenta mantenerlo acostado—, devoran el pus que hay en tu pierna, se comen la carne muerta, engullen el mal que te corroe. Déjalas que hagan su trabajo.
Él asiente y procura calmarse, recuperar el control, pero el terror aumenta. Veo cómo pone los ojos en blanco.
Empieza a delirar. Tararea. Canturrea. Canciones, letras antiguas, llegadas de lo más profundo de las tinieblas:
… Yo no sabía que debajo de la tierra todo era negro, ¡no sabía que el negro no se veía, mamá! Mamá, ¿encontraste tierra en mi cama cuando quitaste las mantas? ¡Tierra en mis zapatos! Dime, ¿no encontraste tierra en mi pelo, después de habérmelo lavado durante años y años? Mamá, ¿encontraste insectos en mis orejas? ¿Cucarachas pulgones chinches orugas caracoles, todas esas bestias que cubren los cadáveres…?
Luego las palabras se pierden en el dédalo de lenguas, modernas y antiguas: Kén fi malak… metl-l malak… Mi amo le enjuaga la frente. Le sostiene la cabeza, le desabrocha los botones de la camisa, empapada por el sudor y la fiebre, le seca el torso. Las larvas hacen su trabajo. El caballo negro frota su sexo contra los barrotes del box. El semen cae a chorros en el suelo. Relincha. Un olor acre invade mis ollares. Las yeguas siguen mirando.
El hombre se relaja, está casi dormido. Ha llegado mi turno. Mi amo viene a buscarme. Abre el box. Avanzo hacia la cama. Froto mi nariz contra la frente del hombre, noto su fiebre. Se despierta, da un ligero respingo, mi amo me acaricia.
—Te presento a Kally. Es una mula. Su saliva lo va a cicatrizar todo. Es el mejor antibiótico que existe. Déjala que haga su trabajo.
Me inclino sobre la herida cubierta de larvas. Están ahítas de carne necrótica. Ya no se mueven. Han devorado la purulencia. Ya no noto más que un vago olor. Separo los labios y dejo caer la saliva que hay acumulada en mi boca. Las larvas vuelven a retorcerse. Me trago la mitad de un lengüetazo. En seguida me trago el resto. Chupo con los labios, lentamente, el interior de la herida. El sabor de la sangre aflora poco a poco y, cuando se hace más agrio, paro. Ya no hay rastro de infección. Lamo la herida. Mi amo me acaricia las orejas. Me anima a seguir. Sigo. Mi lengua pasa una y otra vez, se calienta al tocar su piel, su herida abierta, brillante, que mi saliva barniza de un rojo vivo. El hombre se duerme. Paro. Mi amo le aplica unas gasas de algodón y le hace un vendaje en el muslo, apretándolo con firmeza antes de remacharlo con una grapa para impedir que se suelte. Afloja las ligaduras, abriga al hombre y me lleva de nuevo al box. Apaga las dos lámparas de petróleo y se dirige a la salida de la cuadra. Cierra la puerta tras él. Nosotros, los animales, volvemos a dormirnos.