Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Canis lupus familiaris

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Canis lupus familiaris

Yo fui la primera en notar su presencia. Oí el ruido de sus pasos, vislumbré su silueta en la oscuridad. Me puse a ladrar. Mis amos salieron. Esperaron. Yo volví a ladrar. Entró silenciosamente en el halo de luz de la farola, hombre-pájaro, con sus propias alas rotas a la altura del pecho. Willy dijo The great spirit himself. Mis amos bajaron la escalinata, atravesaron el jardín y abrieron la cancela. Los seguí. Ladré. Los adelanté y llegué hasta él. Cojeaba. En sus brazos, bajo una gruesa manta, había un pájaro. Parecía estar durmiendo. Sus grandes alas grises pendían a ambos lados y de vez en cuando se desplegaban sin que moviera la cabeza. El hombre le hablaba en voz baja: ¿Por qué nosotros, viendo que al caer la noche los animales se apresuran a volver junto a sus semejantes, no hacemos como ellos? ¿Por qué, por el contrario, nosotros, los humanos, huimos lo más lejos posible de nuestras casas? Tú, cuando te hayas curado, intentarás encontrar cuanto antes a la bandada de la que te alejó la tormenta. Yo, cuando la tormenta me alejó de los que amaba, huí.

Mis amos llegaron hasta nosotros. Sin tiempo que perder, Jackson se hizo cargo del pájaro y Shelly abrió la manta para inspeccionarlo. Volvió a batir las alas.

—Don’t worry, baby, we’ll take care of you.

Jackson se fue sin decir ni una palabra. Me habría gustado seguirlo, pero tengo prohibido entrar en el cobertizo de ventanas blancas donde viven los demás animales de la reserva, al que Jackson se dirigía con el gran pájaro enfermo.

—I’m Shelly.

—I’m Wahhch.

—Nice to meet you, Wahhch. Welcome to Ojibway. Come in, please.

Caminaron hasta la casa. Yo fui tras ellos. Los oí hablar de esa manera en que hablan los humanos, pero sin tocarse como hacen Jackson y Shelly cuando van algunas noches, el uno junto a la otra, hasta el mirador desde el que pueden contemplarse las luces de esa ciudad que ellos llaman Detroit, allí abajo, más allá de la oscura hendidura del río.

—Hablo francés con faltas porque me… falta… práctica.

—I speak English con faltas yo también.

—Entonces podemos entendernos. Willy habla francés muy… perfectamente… Viene de Sudbury. Jackson no. Es un ojibwe del sur. Jackson se ocupa de los pájaros aquí. Yo, de serpientes y reptiles, y Willy de… how do you say «bats»…? I forgot…

—¿Murciélagos?

—Murciélagos, sí.

Los seguí hasta el interior de la casa. Willy, de pie en la barra, estaba ocupado abriendo unos botellines de los que salía una espuma blancuzca. El fluorescente estaba encendido, señal de que la noche iba a ser larga. Los humanos comerían y hablarían mientras yo me adormecería a sus pies. Shelly y el forastero se sentaron y se pusieron a beber.

—¿Estás de turista por aquí?

—En cierto modo.

Willy se puso a reír.

—That’s the perfect answer for a great spirit: I’m a tourist en cierto modo.

—¿Adónde vas?

—Hacia la costa oeste.

—¿Te quedas a dormir esta noche?

—No quiero molestaros, no estaba previsto.

Willy volvió a reír. Le hacía gracia el forastero. Yo echaba de menos a Jackson. Me habría gustado irme, subir la escalera y perderme en las habitaciones, pero Willy se levantó, me agarró del collar y me puso entre sus piernas para acariciarme la cabeza: ¿Oyes eso, Mitcha? Nos trae a una grulla herida, sin saber ni siquiera quiénes somos, ¡y dice que no estaba previsto!

—Si quieres ir a Detroit, podemos acercarte mañana temprano.

—Tengo que ver a una amiga que vive en Windsor.

Jackson entró. Me tiré a sus pies, ladré, busqué su mano, la lamí y me senté, acurrucada entre su piernas, con la cabeza a la altura de su mano para que me acariciara y me consolara.

—Its legs are broken but it will be fine. In two weeks, she’ll be able to fly away. I’m sorry, I didn’t introduce myself: Jackson.

—Wahhch.

—Nice to meet you, Wahhch.

Se dieron la mano. Jackson, Shelly y Willy hablaron con la rapidez propia de los insectos, ahogando las palabras con el runrún nasal de sus voces. Detesto la agitación cuando se apodera de los humanos y me quita las ganas de entenderlos y de quererlos como quiero querer quererlos. Pusieron la mesa, platos, cuchillos, cacharros de todo tipo, saleros, pimenteros, jarras de agua, ceniceros y otros cuyo nombre y utilidad se me escapan, mientras la carne asada impregnaba el aire con su aroma. Se rieron y ladré. Me dijeron que me callara. Describí un círculo. Jackson, Shelly y Willy vomitaban a la vez un montón de palabras dirigidas al forastero. Ladré. Me dijeron que me callara. Describí un círculo. Al fin, tras haber roto un vaso y recogido los cristales, se sentaron a la mesa, se sirvieron la carne asada y yo esperé, a sus pies, una parte que nunca llegó.

Me dormí.

Recuperé la conciencia al oír la voz de Shelly. Una voz grave y tranquila, sin rastro de gangosidad, amarilla de tristeza, azulada por la escucha de los demás. Our story is a tragedy, an unknown tragedy. Nadie sabe qué les pasó a los niños de las naciones autóctonas. The big issue, from the beginning of the 20th century is how to solve the «Indian question» once and for all! ¿Me entiendes…? ¿Cómo se dice eso?

—Shelly quiere decir que aquí, en Norteamérica, la obsesión es cómo mantener la industria del automóvil y cómo solucionar de una vez por todas eso que los blancos llaman «la cuestión india» —dijo Willy entre risas—. Shelly no ha hablado de los coches, eso lo he añadido yo de cosecha propia, solo ha hablado de la «cuestión india», que es la expresión más humillante que existe.

—Yes! «La cuestión india.» Solucionar la «cuestión india» de una vez por todas, es decir, que desaparezca la «cuestión india» haciendo que cada ojibwe, cada hurón, cada cree, cada abenaki, whatever, sea devorado por el political corpus.

—La asimilación —añadió Willy.

—Así lo han llamado: Ley de Integración Canadiense. ¿Quieres saber qué es la Ley de Integración Canadiense?

No contestó inmediatamente. Se quedó mirando a Shelly con un ligero temblor. Se acomodó en su asiento. Solo dijo Sí.

—Tienes cuatro años y estás a punto de cenar. Un coche de la Gendarmerie Royale de Canadá se detiene frente a tu cabaña y un oficial llama a la puerta y le dice a tu madre que viene a buscar a la pequeña Shelly en virtud de la Ley de Integración Canadiense para los Autóctonos, que obliga a los niños a exiliarse lejos de su tribu y de su reserva. Mi madre no dice nada, no me viste, no me besa, no me da la muñeca. Se limita a hacer un gesto con la cabeza para indicarle al tipo de la Gendarmerie que la pequeña india que ha venido a buscar soy yo y que mi abrigo está en el armario que hay en la entrada. Se limita a decirme que siga a ese hombre y que no haga una escena. Me levanto. Le llego a la altura de las botas negras y brillantes. Me pone el abrigo, me hace subir al coche y cierra la puerta. El portazo que da suena de un modo que nunca he podido olvidar. Todavía hoy, cuando subo a un coche y oigo que la puerta se cierra de ese modo, vuelvo a tener cuatro años. Me tocó una familia blanca del sur de Ontario, a más de setecientos kilómetros de la reserva en que nací. ¿Puedes entenderlo? Un día, tiempo después, mi familia de acogida me llevó a visitar la reserva. Estaba tan excitada por volver al lugar en que había nacido y crecido… ¡La tierra de mis ancestros! Una vez allí, me quedé en el coche. No quise salir. No quise mirar. Toda mi excitación había desaparecido, solo sentía vergüenza. ¡Vergüenza! Eso es la Ley de Integración Canadiense. Enseñar al indio a sentir vergüenza de su tribu y de su tierra. Me encolericé conmigo misma porque no quería ser de un sitio como aquel, lleno de las cosas horribles que veía por la ventanilla. ¡Era feo! ¡Todo era feo! A partir de entonces viví en el exilio durante el resto de mi juventud. Toda mi adolescencia y casi hasta los treinta años. Nunca le dije a nadie de dónde venía, que era una ojibwe, no quería que se me notara, que se supiera, aprendí inglés y francés, hice todo lo que pude para ser una canadiense blanca perfecta, asimilada, honorable, pero estaba en el exilio. En mi interior, estaba en el exilio. No distinguía entre hurones, mohawks, crees, abenakis u ojibwes, pero no podía ver a una piltrafa amerindia caminando por Toronto sin cambiar de acera. Detestaba a los indios, odiaba todo lo que sonara a folclore, los tótems, la artesanía, los turistas gordos forrados de pasta, odiaba eso, no quería pertenecer a eso… Había un montón de programas en la tele que hablaban de eso: ¡«The Indian question»! Comisiones, encuestas, estudios que hablaban del alcohol, del contrabando de cigarrillos, de los mocasines y también de la tasa de suicidios en las reservas, ¡pero nunca, nunca, nunca oí nada que tuviera que ver con lo que yo había vivido! ¡Yo no bebía! ¡Yo no traficaba! ¡Yo no me suicidaba! (al menos todavía). ¡Yo no fabricaba mocasines! ¡A mí simplemente me habían trasladado! ¡Y nadie hablaba de ese traslado! ¡Como si no hubiera ocurrido, como si yo hubiera sido la única en vivir algo así! Yo no sé de dónde eres tú ni de dónde vienes, pero te puedo asegurar que todos los canadienses de mi edad, sean blancos o rojos o whatever, son hijos de las leyes de integración canadienses, aunque nadie parezca saberlo. Te hablo y te cuento todo esto porque yo tuve la suerte de ir a parar a una familia de acogida que fue correcta conmigo. Más que correcta. Que me entendieron y me ayudaron y me apoyaron como verdaderos padres. Que pelearon por cambiar la ley. O sea, que fueron buena gente y me quisieron. En cambio, Jackson recibió palos durante toda su infancia porque los curas querían que dejara de escribir con la mano izquierda. How many families did you do?

—Eighteen.

—Dieciocho. Estuvo en dieciocho familias de acogida antes de terminar en la cárcel a los quince años por haberle roto los dientes a un obispo que quería meterle el bate por el culo. ¡Yo tuve suerte! La vergüenza, para Jackson, no terminará nunca. Yo tuve suerte. Hay que tenerla para que la vergüenza termine. Un día alguien me dijo Vete a ver de dónde vienes. Vete a verlo. Volví a la reserva, tenía veintiocho años. Fui. Entré. Apretando los puños. Caminé lentamente por las calles. Todas las mujeres se parecían a mi madre, todas las niñas pequeñas se parecían a la niña pequeña que yo había sido. Era aún más feo que antes, era increíblemente feo, it was horrible. Había unos niños jugando en el parque. Me senté a su lado. Algunas palabras amerindias me volvieron a la memoria. Identifiqué un sonido. Entendí una frase. Noté cómo volvían los recuerdos, la memoria que de ellos conservaba, ese parque lo conocía… yo había estado allí… mucho tiempo atrás… reconocí el color del tobogán… vi los álamos de alrededor, entendí que eran mis árboles, el humo del fuego que salía de las chimeneas de las cabañas alineadas, pobres y miserables, no olía igual que el de las chimeneas que había visto en otros lugares, el frío, el viento, todo aquello era mi viento, mi frío, mi casa. Aquel día, sentada en el banco de un parque, noté cómo se alejaba la vergüenza y sentí el deseo de pelear, de pelear por los niños que estaban jugando allí a mi lado. ¿Puedes entenderlo?

Hubo un espeso silencio. Jackson permaneció con la cabeza gacha todo el rato. Con un tenedor en la mano, apoyado en el plato vacío, parecía perdido, lejos, muy lejos, en los paisajes dibujados por la voz de la mujer que ama. Willy se limpiaba los dientes con un palillo y sonreía con dulzura. El forastero no se movió. Simplemente dijo Sí, lo puedo entender.

—No es por hacerme la víctima —replicó Willy—, pero los que no han vivido en una reserva no pueden entenderlo.

—Entonces puedes hablarme como a un hermano —dijo el forastero en un murmullo.

Guardaron silencio.

—¿Tú eres indio? —le preguntó Shelly.

—Indio, sí… pero de una nueva especie.

—¿Vienes de una reserva?

—Sí.

—¿De cuál?

—De una reserva sin territorio.

—¿Kahnawake?

—No.

—¿Wendake?

—No.

—¿Odanak?

—No.

—¿Mingan?

—No…

—¿Entonces de cuál?

—De Sabra y Chatila. Yo nací en Chatila.

Shelly abrió la boca para decir algo, pero no dijo ni una palabra. Observé al forastero. Lo vi enrojecer, liberar su color más íntimo, como si el velo se hubiese apartado para dejar pasar, por primera vez en mucho tiempo, ese nombre antiguo.

—What did he say? —preguntó Jackson.

—He says that he comes from Sabra and Shatila.

—Sabra and Shatila… I heard about that… Palestinian camps, right?

—Yeah. In the Middle East. In Lebanon. I think that’s where so many people died.

Shelly deshizo lentamente la trenza que anudaba su larga cabellera y se volvió hacia él.

—¿Es allí donde creciste?

Apoyé la cabeza sobre su pierna. Él apoyó la mano sobre mi cabeza. Su pierna estaba dolorida. Me llegó el olor imperceptible de un congénere. Sin duda lo había mordido un perro. El olor me resultaba desagradable, pero el hombre necesitaba tanto cariño que me quedé.

—Nací allí. Pero no tuve tiempo de crecer. Una noche llegaron unos hombres. Entraron en el campo. No sé exactamente qué ocurrió. Solo sé que al amanecer me enterraron bajo tierra y que permanecí allí mucho tiempo. Había dos caballos conmigo. No lo recuerdo bien. Yo también tenía cuatro años. Cuando me encontraron, me sacaron de allí y nunca más he vuelto.

Willy se levantó. Fue a por su sombrero. Se lo puso y se volvió hacia el hombre:

—¡OK! Creo que ahora me toca a mí ofrecerte algo. Ven conmigo. Te voy a presentar a mis murciélagos.

Salieron. Shelly se puso a llorar. Jackson se le acercó. Puso sus labios sobre los labios de ella, se abrazaron, se besaron hasta recobrar la calma y el silencio, se quedaron quietos, apoyaron la cabeza el uno en el hombro del otro y permanecieron así, de pie, bajo el zumbido del fluorescente, y yo a sus pies, mucho tiempo, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho tiempo, hasta que todo se desvaneció y me dormí por completo.

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