Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Lasionycteris noctivagans
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Lasionycteris noctivagans
Estábamos colgados del techo de nuestra guarida. No entraba ni un rayo de luz. Se sentaron en el borde de la balsa donde saciamos la sed y sus voces empezaron a resonar.
—Aquí es.
—Qué tranquilidad.
—No hay que fiarse. Hay cincuenta mil murciélagos ahí, en la oscuridad, colgados sobre tu cabeza. El pequeño café, el café mayor, el pipistrelo del este, el nórdico, el ceniciento, el pigmeo, el canoso, todos chillando a pleno pulmón.
—No se oye nada.
—Es normal, no tenemos los oídos preparados. Cualquier murciélago común puede emitir más de cien gritos por segundo. Cada uno de esos gritos le vuelve en forma de eco y cada eco se suma a otro eco para componer una ecografía general del espacio que le permite orientarse y detectar en la oscuridad cualquier presa y cualquier depredador.
—Para poder ver… ¿gritan?
—Exactamente. Para poder ver, gritan. Así que yo te pregunto: si la vida es un perpetuo grito de dolor, ¿cómo podemos escuchar su eco y ecografiar el rostro de quien nos hace sufrir?
—Si el grito es perpetuo, ya nada es visible.
—¡Bingo! Después de cada grito tiene que haber un silencio para que se pueda escuchar su eco. El que no hace más que gritar su dolor nunca podrá verle el rostro, igual que el que se obstina en silenciarlo. Esa es la lección de los murciélagos: si quieres ver el rostro de quien te hace sufrir, tienes que hacer de tu dolor un collar que combine perlas de silencio con las perlas de tus gritos.
—¿Por qué me cuenta esto?
—Porque siempre me ha gustado salvar a las almas descarriadas.
La vibración de sus voces se interrumpió un instante, luego continuó más grave, más dulce.
—¿Sabes cuál es el tótem más influyente entre los ojibwes?
—No.
—La grulla. Como la que nos has traído: Grus canadensis. Teha’nochtetsihs, en lengua wendat. Qué curioso, ¿verdad? No te puedes imaginar lo que ha significado para nosotros tu visión. Ha sido verte en la carretera y pensar que eras el gran espíritu en persona que llegaba hasta nosotros con el espejo de nuestras naciones bajo el brazo: magulladas pero vivas. Shelly nunca habla de su infancia con nadie y si ha decidido confiarte su historia ha sido precisamente en señal de agradecimiento. Créeme. Nos has dado la oportunidad de curar a un pájaro sagrado. Para Jackson, para Shelly y para mí es el pájaro de nuestros padres, por mucho que nuestros hijos ya no sepan diferenciarlo de una garza o de un pato. Yo nunca he estado en Sabra y Chatila, pero tienes razón al decir que somos como hermanos, ya que hoy nos hemos reconocido gracias al mismo pájaro, y a un hermano nos gusta ofrecerle siempre algo que esté a la altura de lo que él nos ofrece a nosotros.
—No me debéis nada, os lo aseguro.
Se hizo de nuevo el silencio. No se movieron hasta que sus voces se volvieron a elevar.
—Se ha hecho tarde, te voy a dejar descansar, Jackson o yo te llevaremos mañana a la ciudad. Duerme aquí, si quieres. Con ellos.
—¿Aquí?
—Son inofensivos. No te harán daño, al contrario, te ayudarán. Ese será mi regalo. Entiendo que sientas cierto repelús, pero confía en mí. Acéptalo.
El viento hizo vibrar la estructura de nuestra guarida. Se oyó un ladrido a lo lejos. Luego un susurro:
—Voy a encender la luz para que se pongan a volar. Déjalos hacer. Deja que te penetre todo lo que suceda. Buenas noches, amigo.
Emití una serie de gritos y el eco me reveló la disolución progresiva del más corpulento de los dos hombres. El otro se quedó. Brotó una luz blanca. Nos deslumbró y disolvió la oscuridad en la que estábamos sumidos. Como una cortina negra que se desgarra en mil pedazos y se dispersa en el viento de la noche, nos descolgamos y echamos a volar bajo el magnífico estruendo del batir de nuestras alas. Describimos un círculo antes de precipitarnos hacia el suelo y sondear, con todo detalle, la corpulencia de aquel hombre sentado en el centro de nuestra guarida. No parecía que tuviera intención de irse. Decidimos convertirlo en uno de los nuestros. Estrechamos el círculo. El aire tembló con nuestros gritos, tintineos y zumbidos. Se levantó. Algunos pasaron tan cerca de su cara que le acariciaron el pelo con las alas. Se puso a chillar como un energúmeno y a dar manotazos para apartarnos, pero éramos demasiados y, muy pronto, absorbido por la ola, ofuscado por el vellón cada vez más opaco de la nube, cayó al suelo, desequilibrado por el remolino, y empezó a gritar, a proferir con todas sus fuerzas palabras incomprensibles. Sin pensárnoslo dos veces, nos abatimos sobre su cuerpo, acuciados por el ardiente deseo de tocarlo, de cubrirlo, de sepultarlo, de unir sus gritos a nuestros gritos y disolver su olor en nuestro olor.
Siguió agitándose durante un rato. Aguardamos. Sus gritos cesaron y se inmovilizó. Un temblor le recorrió el cuerpo, los latidos del corazón y el ritmo de la respiración se calmaron. De vez en cuando desplazaba un miembro anquilosado. Aglutinados, pieles y pelos mezclados, notamos cómo se adormilaba, cómo se relajaba. Cuando su espíritu se abrió, le obsequiamos nuestros secretos y nuestros misterios, se olvidó de todo y se durmió.
Sus sueños surgieron de la noche. Los protegimos. Devoramos sus pesadillas. Al alba, volamos hasta los estanques para cazar a nuestras presas. Nos zampamos a los insectos de la mañana, mosquitos, mariposas, libélulas o escorpiones de agua, y volvimos con algunos de ellos entre los dientes para ofrecérselos. Ya no estaba. Lo buscamos, pero no lo encontramos. Se había esfumado. Nos sentimos abandonados. Nos colgamos del techo de nuestro refugio, en innumerable enjambre, y nos escondimos en el nido de nuestras alas.