Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Mus musculus
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Mus musculus
El hombre escucha inmóvil el eco incierto de las voces. Está sentado en la cama, con la cabeza inclinada hacia adelante, y ha apartado la sábana que le cubría el cuerpo. Es noche cerrada. Un viento frío se cuela por las grietas del tejado. El estruendo de voces estalla de nuevo. El hombre se levanta y va hacia la puerta. Lanzo un gañido. El hombre entreabre el batiente. El hilo de luz se ensancha, entra en el desván y dibuja en el suelo una larga línea pálida que va a morir a los pies de la cama. El ruido sordo de pasos resuena en la escalera. Las voces se aproximan. El hombre cierra el batiente y retrocede hasta el gran poste de madera. Los pasos se detienen al otro lado. Huelo el peligro. Alguien murmura, cuchichea. El hombre llega hasta la cama sin hacer ruido. Se tumba. Suenan tres golpes en la puerta.
—¿Sr. Clément?
El hombre no reacciona. Vuelven a sonar los golpes.
—¿Sr. Clément…?
La puerta se abre con precaución. Dos humanos se recortan a contraluz. La hembra da unos pasitos hacia la cama.
—Sr. Clément…
El macho se queda en el vano de la puerta. Miro atentamente pero no distingo nada. Lanzo un gañido. Algo se mueve a sus pies. Todo está oscuro. Vuelvo a gañir cuando veo salir de la sombra y atravesar el hilo de luz, con el pelo erizado, la silueta de mi asesino, de mi enemigo, de mi más temible depredador, ese que desde el origen de los tiempos extermina a mis semejantes. Levanta la cabeza, me huele, maúlla. Castañetea los dientes. Hasta aquí me llega el olor acre de su saliva. Retrocedo a lo largo de la viga maestra para ocultarme en la sombra, pero, trastornado y temeroso, pierdo la medida de todas las cosas, doy un paso en falso y me precipito al vacío.