Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Felis sylvestris catus
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Felis sylvestris catus
Le arranqué los miembros anteriores y me los zampé. Chilló miserablemente. Le lamí el vientre y desenredé su larga cola, que no dejaba de menearse en el suelo. Empezó a lanzar grititos agudos y a retorcerse en todas direcciones, intentando liberarse de mis garras y huir por el estrecho hueco abierto en la base de la pared, entre dos zócalos desajustados. Disfruté mirando cómo forcejeaba. Por un instante aflojé la presión para hacerle creer que podía liberarse, antes de proyectarlo de un zarpazo contra el gran poste de madera, a cuyo pie fue a caer, inerte. Me acerqué a olerlo. Le di vueltas y más vueltas, lo sacudí. Pero ya no se movía. No es que le hubiera pegado muy fuerte, pero su corazón había dejado de latir, de tanto espanto. Levanté la cabeza. Los humanos no parecían haber visto mi hazaña. Ashleen estaba reclinada sobre el hombre que dormía e intentaba en vano despertarlo.
—Sr. Clément…
El hombre tenía los párpados cerrados e imitaba el sueño como lo haría una bestia acorralada. Se notaba en la tensión de su cara, se escuchaba en su respiración.
—¡Sr. Clément!
Se movió. Fingió sobresaltarse y se incorporó, con los ojos como platos.
—Ashleen! What… What time is it?
—Middle of the night… I’m sorry!
—What’s happening?
—Would you mind if my brother slept here?
—Your brother?
—Yes…
—Has he arrived?
—Yes, is that OK? Just for a few hours. He’ll leave tomorrow morning.
—Yes, sure.
—Thank you so much!
—Do you need help?
—No! No! Don’t move! Please! Stay in your bed. We’re not going to turn the light on.
Sujeté al ratón entre las mandíbulas y fui a depositarlo como ofrenda a los pies de Ashleen. No me miró. Se levantó. Maullé. Me ignoró. Estaba agotada. Volví hacia la puerta, donde la esperaba, impasible, el extraño que venía con ella, con el que acababa de tener una acalorada discusión. Se detuvo y lo observó. Noté su cólera, noté su furia. Le dijo que podía instalarse sin molestar al hombre que dormía: I’m going to give you a sleeping bag and you’ll sleep in the corner just over there. El extraño asintió con la cabeza. Sonreía de un modo muy curioso. Ashleen le ha vuelto a decir que estaba harta, que le arruinaba la poca felicidad que la vida le ofrecía y que, si le tenía un poco de estima, un poco de consideración por todo lo que ella había tenido que aguantar por su culpa, volvería a la cárcel y pediría que lo curasen. También le dijo que era la última vez que pensaba ayudarlo y que no volviera a contar con ella, que no quería ser su cómplice y que la próxima vez no dudaría en llamar a la policía. Empezó a sollozar. Él hizo un ademán, pero ella le pegó. Él murmuró algo. Ella le dijo que no era su madre, sino su hermana, Your fucking sister!… y que no quería volver a verlo en su casa, ni al día siguiente ni nunca.
Entonces, desapareció.
El extraño se quedó en el vano de la puerta. No se había quitado ni el abrigo ni el sombrero. Con las manos en los bolsillos, se puso a silbar. Su silueta, apenas reconocible contra el fondo sombrío del hueco de la escalera, le hacía parecer aún más grande.
Ashleen volvió con un cobertor oscuro, una especie de funda flexible con cremallera que desplegó en el suelo, y un cojín cubierto con un forro de tela. El extraño entró en el desván. Soltó la mochila. Tomó la toalla que Ashleen le ofrecía y, en el mismo movimiento, la retuvo del brazo. Ashleen se zafó con un gesto brusco y salió cerrando la puerta.
Se olvidó de mí. Destripé al ratón, separé la cabeza del cuerpo, le arranqué los miembros posteriores, lo devoré sin sentir ningún placer. No hay nada que me consuele cuando pesa sobre mí la ausencia de Ashleen. Maullé. Oí el tictac del hombre en cuclillas, mientras abría la mochila. La esfera de su reloj captaba los reflejos nocturnos que se filtraban por las cortinas corridas. A veces los humanos llevan el tiempo en la muñeca.
Eché de menos la mano de Ashleen, rebosante de vida. Una mano cálida, siempre dispuesta a acariciarme. La echaría de menos aunque estuviese helada. Salté a la cama para recuperar su olor.
El hombre seguía fingiendo que dormía. Subí a su cadera y, avanzando a lo largo del cuerpo acurrucado, me fui acercando hasta la cabeza para acabar enroscándome en el hueco de su clavícula. Estuvo escrutando a su semejante mientras hurgaba en la mochila. Lo vio sacar un objeto metálico y dejarlo encima de la silla, para luego avanzar encorvado bajo el ángulo agudo que formaban las vigas del techo, hasta encontrar un espacio libre debajo de la ventana donde pudo erguirse completamente.
Se quitó el sombrero. El cráneo, calvo, relució, mostrando el azul desteñido de un tatuaje que se perdía en el precipicio de la nuca. Se quitó el abrigo, corrió las cortinas, las sombras de los altos árboles se proyectaron sobre las paredes de la habitación. Miró hacia afuera. Murmuró algo y se dio la vuelta para seguir desnudándose.
Salió de su ropa como un animal salvaje sale de su guarida, en todo su esplendor. Un felino bestialmente sublime. Nunca había contemplado semejante musculatura en un humano. Era en sí mismo una visión, un paisaje, más sorprendente aún cuando el tatuaje, del que solo había apreciado un esbozo, se me revelaba entonces por completo, iluminado por los reflejos nocturnos. Pájaros, fieras y animales marinos, de colores irisados y mirada agresiva, encaramados a la prominencia de los omóplatos, agazapados en la frontera de los hombros, deslizándose por la columna vertebral o emergiendo de las costillas, cubrían toda la superficie de su espalda. El pecho, dominio privilegiado del enjambre de murciélagos que salía de las tinieblas de un ombligo aureolado de negro, era opaco como un manto de noche. Una espantosa ornamentación de insectos le cubría las piernas, largas, fuertes y torneadas como el tronco nudoso de los árboles. Cucarachas, gusanos, escarabajos, libélulas, ciempiés e innumerables mariposas subían desde los tobillos, trepaban por ambos lados de las rodillas, llegaban a la parte alta de los muslos y se perdían en el pliegue de sus nalgas. La blancura inicial de su piel había desaparecido. Solo el sexo, virgen de cualquier tatuaje, prominente, colgaba entre las piernas, violáceo y rojizo en la punta. Situado en la confluencia de todas las bestias, se revelaba como un auténtico objeto del deseo.
Se anudó la toalla alrededor de las caderas. Sacó un cigarrillo de un paquete que guardaba en el bolsillo del pantalón. Se apoyó contra la ventana y se puso a fumar con parsimonia. Dejó de moverse y yo ya no sabía lo que yo misma miraba. Me entró sueño. ¿Es un hombre, una piedra, un árbol? La noche siempre se alarga antes de las primeras luces del alba. Todos los animales nocturnos lo saben.
—Tu cama es grande —dijo.
El hombre se sobresaltó al escuchar su voz. Yo di un respingo y me caí al suelo.
—¿¡Perdón!?
El hombre tatuado sonrió. Sacudió la cabeza sin decir nada. Siguió fumando. Refunfuñó, luego abrió la ventana para tirar la colilla. Se quedó mirando la noche. Me senté sobre el bucle de mi cola, con la cabeza erguida, aspirando los olores húmedos del exterior. Empezaba a hacer realmente frío. El hombre dio un paso hacia atrás y cerró la ventana, luego volvió a apoyarse en ella.
—Lo entiendo. A nadie le gusta compartir su cama. Para poder acostarnos con algunas mujeres llegaríamos a partirnos el corazón. Pero a un hombre no le gusta darle un trocito de su cama a un desconocido. El sueño es como la muerte: se vive en soledad. Nadie duerme el sueño de otro, nadie muere la muerte de otro. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Raphaël Clément.
—¿Eres francés?
—Sí.
—Yo me llamo Welson Wolf Rooney. ¿No te lo ha dicho Ashlee?
—No.
—¿Nadie te ha dicho mi nombre?
—¿Por qué tendrían que habérmelo dicho?
—No lo sé. Es verdad, ¿por qué?
Se puso a reír. Me restregué contra su pierna, allí donde escarabajos, libélulas y cucarachas se entrelazan para emprender la escalada hacia la cima del muslo. Me apartó de un puntapié. Fui a dar de cabeza contra una silla. Me levanté, salí corriendo hacia la pared opuesta y me escondí entre dos puntales de madera.
—¿Te sorprende que hable tu idioma?
—Me sorprende tu acento.
—Un acento de bastardo. Melting pot de lo que ya no existe. En inglés no es mucho mejor. La lengua de mi madre es una lengua de alcohólica. Nunca hubo palabras mohawks en mi cabeza, salvo en su vientre de puta. No hablo bien ningún idioma. Con los curas de Montreal aprendí el francés, y el inglés me lo enseñaron más tarde los negros de Chicago. ¿Conoces Montreal?
—No.
—¿No lo conoces? ¿En serio? Pues deberías… Las chicas son muy guapas.
Se puso a reír otra vez. Noté cómo el aire se vitrificaba y se condensaba capa a capa.
—¿Te molesta si me tumbo en un lado de tu cama en vez de dormir en el suelo?
No contestó. No quiso contestar. No quiso o no pudo. Recostado en la cama, había dejado de fingir. Algo en él había cambiado, como si una carga demasiado pesada le hubiese caído sin avisar en la cabeza. El hombre tatuado, el hermano de Ashleen, tan diferente a ella, se apartó de la ventana. Por el camino cogió el objeto metálico y aflojó la toalla que rodeaba sus caderas, dejándola caer al suelo. En su desnudez, cada paso, cada movimiento, mostraba la elasticidad de su musculatura, una musculatura de ondulaciones tan armoniosas y sensuales que parecían dar vida a las bestias tatuadas en su cuerpo. Se acercó y se estiró en la cama.
—Las chicas de Montreal son muy guapas. Dan ganas de tirárselas a todas. Por eso es complicado tener una mujer en Montreal. Yo tuve una hace tiempo. No entendía que la engañara. Una mujer no puede entender que te acuestes con todo lo que se mueve. Pero en Montreal es más tough. Las chicas son demasiado guapas. Sobre todo las que tienen sangre amerindia en las venas y ni siquiera lo saben. Me habría gustado pasármelas a todas por la piedra, es superior a mí. Una chica no puede entenderlo, una chica no puede entender lo que es tener un pene. A un hombre lo único que le importa es encontrar un agujero donde poder meterla. Esa es la pura verdad.
Agarró la sábana y la tiró al suelo, desvelando la desnudez de su congénere. Yo huí dando saltos de viga en viga y me escondí en la más larga de todas, acurrucándome en el lugar al que se había encaramado el ratón antes de su caída.
—¡¿Pero qué quieres?!
—Quiero ver si se te pone dura con lo que te estoy contando. A lo mejor no te gustan las mujeres. A lo mejor prefieres a los hombres. Nunca se sabe.
—Me voy a ir.
Lo agarró del brazo y lo obligó a tumbarse. Desde las alturas en las que me encontraba, justo en la vertical de la cama, sus cuerpos desnudos se mostraban tan diferentes, tan desiguales. Al lado del uno, el otro parecía pequeño, flaco, pálido, casi escuchimizado.
—¿Conoces la verdad sobre las termitas?
—¡Suéltame!
—Te podría interesar.
Lo atrajo hacia él, lo obligó a ponerse de costado y se apretó contra su espalda.
—Cuando se encuentran una termita macho y una termita hembra, el macho intenta meterla en el agujero de la hembra. Pero no busca el agujero, ¿lo entiendes? No tiene tiempo de buscar. El agujero, la vagina, todo eso son cosas que no le importan. Lo único que quiere es metérsela a su hembra. Lo único que quiere es entrar. Es lo único que entiende. Ya no sabe ni qué hacer con su pene, porque todo él se ha convertido en pene. ¡Se muere de ganas! ¡El deseo lo abrasa! Está tan obsesionado por su rabo, que no pierde el tiempo buscando el agujero de la hembra: lo practica. ¿Quieres saber cómo lo hace?
—No… ¡Por favor!
—Con los colmillos apuñala el tórax de su hembra y luego se la folla por la raja. Se corre en la raja, la apuñala con el rabo tantas veces como haga falta para vaciar en el cuerpo de la hembra todo lo que lleva dentro. Tú no serás una hembra, ¿verdad?
—¡Suéltame!
—No eres una hembra, ¿verdad?
—¡¡No!!
—Tienes suerte, porque yo soy una termita macho.
La hoja del cuchillo brilló en la oscuridad. Estaban pegados el uno al otro, apretados el uno contra el otro, el uno ahogado por la fuerza del otro, un otro a todas luces superior, que le agarraba los brazos y las piernas con sus brazos y sus piernas, en un abrazo comparable al de los insectos cuando abrazan con sus múltiples patas a la presa que están a punto de devorar.
—¿Quieres saber cómo murió tu mujer?
Lo vi retorcerse, cual ratoncito desmembrado, buscando la grieta del abismo. La lluvia empezó a repiquetear contra el cristal de la ventana, en un aguacero que hizo vibrar justo encima de mi cabeza el tejado de la casa.
—Le perforé el vientre con este cuchillo, luego perforé el vientre del feto y acabé follándome por la raja a tu mujer. ¡Se murió rellena de esperma! ¿Quieres que te dé por culo?
—¡Basta…! Por favor…
—Eso es… suplícamelo… Me pones cachondo, guarrita mía… ¿Quieres probarlo tú también…?
Forcejearon hasta que, en un instante de dolor atroz, se quedaron quietos. El hombre de los tatuajes empezó a copular con su semejante.
—¿Para qué has venido a la boca del lobo?… ¿Para dejar que te la meta?… ¿Para qué te joda?… ¿Cómo has hecho para encontrarme? ¿Ha sido Jenny? ¿Ha sido Jenny la que te ha dicho que vinieras aquí?… ¿Para qué has venido a Lebanon, Illinois?… ¿Para vengarte? ¿Te creías que no conocía tu cara?
Estaban jadeando. El uno penetraba al otro, con la mano en su boca a modo de mordaza y el cuchillo en su cuello para impedirle que gritara como le habría gustado gritar.
—¡Eso es! ¡Abre bien el culo si quieres salvar la vida! ¡Dormías tan plácidamente en la cama de Jenny el día que me la follé por la raja!
El ritmo de la cópula se aceleró. Se pusieron a gemir, pero los gemidos del que soportaba el frenesí del hombre tatuado se mezclaban con llantos desprovistos de queja alguna. Parecía haber aceptado su destino y se dejaba hacer, sin resistirse siquiera cuando con un solo gesto su agresor lo puso de espaldas y empezó a azotarlo, a aplastarlo, a acosarlo, a violentarlo, yendo y viniendo entre sus piernas sin parar de jadear. Era tal la cantidad de sombras y tinieblas que me resultaba imposible distinguir el cuerpo del uno del cuerpo del otro. Tan solo las fieras, los pájaros y los peces salvajes parecían percibir, desde la superficie de su espalda reluciente de sudor, algo más que el desconcierto en que se ahogaban los humanos.
—¡No llores! ¡Que me corro! ¡Vas a ver! ¡Me voy a correr y te vas a enterar!
Se calló. Lo atrajo con los brazos llenos de murciélagos y lo ciñó con sublime dulzura. Lo penetró varias veces, lentamente, profundamente, hasta que murmuró al oído de su semejante: ¡Ahora! ¡Van a hacerse las tinieblas en tu vientre! ¿Notas las tinieblas? ¡Toma ya! ¡Atraviesa las tinieblas y encontrarás la luz! Noté cómo se propagaba el olor acre del semen. El hombre tatuado se quitó de encima y se levantó. Se limpió el sexo, miró por la ventana. Ya no llovía. La abrió. El alba, pálida y fría, apareció tras los árboles.
El otro siguió acostado, acurrucado a un lado de la cama, temblando.
—No me has matado.
—Te mataré, pero no quiero matarte en casa de mi hermana.
—¿Dónde, entonces?
—Donde tú quieras. Hoy mismo. Ya te encontraré, no te preocupes.