Ánima

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I Bestiæ veræ » Felis sylvestris catus carthusianorum

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Felis sylvestris catus carthusianorum

Me han echado de mi territorio, han destrozado mi vida cotidiana y mi bienestar, ya no sé dónde queda mi mundo, estoy lleno de olores que se desvanecen. Tenía un balcón donde me gustaba repantingarme al sol. También ha desaparecido, todo se ha esfumado, todo está perdido, roto. Secreciones grasas brotan de mis ojos, la vista se me nubla, maúllo y no viene nadie. Las figuras humanas de mi día a día se han evaporado. Escucho que alguien merodea a mi alrededor, no reconozco su caminar, aparece un rostro a ras del suelo: Pitó, Pitó, ¡ven aquí! No me muevo. Tal vez sea una trampa. Me paso el día acurrucado contra el muro, detrás del mueble de madera. De noche, la soledad se vuelve insoportable, salgo de mi escondite y me acerco a la cama donde duerme el desconocido. Sin perturbar la respiración regular de su sueño, trepo por las mantas y me acuesto a sus pies. Cuando se despierta, ignorando sus llamadas, me alejo y vuelvo a la estrechez de mi refugio. Ha habido nieve en las ventanas, ha habido noche, ha habido día, ha habido viento y ha habido lluvia, pero ¿dónde están las caricias? Mis ojos se derraman.

He oído pasos familiares. ¡Es él! He escuchado cómo subía los peldaños de la escalera exterior, he aguzado el oído, el corazón me ha empezado a latir más rápido, se ha abierto una puerta y he escuchado el timbre de su voz.

—Hola, Phil.

—Hola, Wahhch.

Ha habido ruidos inaudibles. He notado su olor. Era él y, con él, el retorno a la cotidianidad. Los pasos se han acercado y su rostro ha aparecido a ras del suelo, ha alargado la mano hacia mí: ¡Pito! ¡Pitó! ¡Ven! ¡Ven, gatito! He reptado lo más rápidamente posible por debajo del mueble y he salido de mi escondite. Lo he obligado a acariciarme, lo he obligado a masajearme y a rascarme toda la espalda. Olía tan bien. He ronroneado y me he dejado caer al suelo. Me he quedado traspuesto.

No sabría decir cuánto ha durado, cuánto tiempo ha estado masajeándome el cuello, rascándome la cabeza. Al dormirme, lucía el sol y los pájaros cantaban, al despertarme, era de noche y soplaba el viento. Me he levantado. Estaban sentados en el suelo. Ha vuelto a acariciarme, con la mirada perdida, pasando una y otra vez la mano por mi pelaje, como si confiara en reencontrar la mano de Léonie y en reencontrar también el tiempo presente ya cumplido, que los humanos llaman pasado, aquel en que, tomando en su mano la mano de ella, me acariciaba acariciándola.

—No sé si es posible, Phil, pero si pudieras cuidarlo, me harías un gran favor.

—Claro.

—¿Todavía tienes las llaves del piso?

—Sí.

—He redactado un poder a tu nombre. La policía está al corriente. Cuando termine la investigación, dejarán el piso libre. Ellos te llamarán.

—¿Qué quieres que haga?

—Ocuparte de todo, si puedes.

—Cuenta conmigo.

—Coge lo que quieras. Los discos, los libros, la ropa, los muebles. Lo que te apetezca. Las plantas, los cuadros.

—OK.

—Te dejaré un cheque para los de la mudanza. Lo que no quieras, o lo tiras o se lo das a los pobres, o a quien tú quieras, o lo vendes, y si lo vendes, el dinero es tuyo.

Han guardado silencio. Algo llegaba a su fin. Se han levantado, yo me he desperezado, él me ha cogido en sus brazos.

—¿Cómo está?

—De momento se sigue escondiendo debajo del armario.

—¿Y come?

—Cuando yo no estoy, sí. Por las noches duerme a mis pies.

—Entonces está bien. No lo dejes salir aún, se escaparía. Espérate al verano. Le dejaré al veterinario el número de mi tarjeta de crédito. Si le pasa algo, no dudes en llevarlo a que lo curen.

Ha empezado a acariciarme de nuevo. Escuchaba su respiración entrecortada por unas breves palabras apenas murmuradas, ¿eh, gatito? Pitó, el pequeño Pitó. Adiós, adiós gatito.

—¿Por qué le pusisteis «Pitó»?

—Porque es un auténtico payaso. Ya lo verás. Es el campeón absoluto de lanzamiento de calcetín. Cuanto más triste estás tú, más gracioso es él, y como los payasos viven en los circos, le pusimos el nombre de Pitó. Fue idea de Léonie.

—¿Y cuál es la relación con el circo?

—El «chat-Pitó»[2].

Me ha vuelto a dejar en el suelo. He visto cómo se ponía el abrigo, se ataba la bufanda, se calzaba los zapatos, bajaba los peldaños de la escalera, abría la puerta y salía sin volver la vista atrás, para perderse en la gran oscuridad exterior donde el viento continuaba arrastrándolo todo con un rugido que conmina a los de mi raza a quedarse acurrucados en lo más profundo de su refugio.

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