Ánima

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I Bestiæ veræ » Corvus corax

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Corvus corax

Lo he visto llegar por el camino principal del cementerio, encabezando el cortejo, justo detrás del coche fúnebre. Separado del resto del grupo, daba la impresión de caminar solo, con su larga silueta embotada, como si a cada paso que daba fuera no ya a desplomarse, sino a volatilizarse. Yo lo espiaba desde la rama del árbol en el que estoy posado desde las primeras luces del alba, en mitad de una bandada de cornejas, especie con la que suelen confundirme. El árbol se inclinaba por culpa del peso. Siempre somos muchos los que rondamos por aquí cuando flota en el aire el olor acre de un cadáver. Nos lo ha traído la violencia del viento que viene del norte, a través de calles y callejuelas sacudidas de noche por bruscas borrascas. El viento soplaba y se arremolinaba, afilando su aguijón, agrietando la superficie de las cosas, mordiendo la piel de la ciudad con su mordisco helado, sin dar nunca signos de cansancio. Su hosquedad privaba de toda esperanza a esta primera mañana primaveral, tensando y destensando la luz del cielo con el paso discontinuo de las nubes, allí en lo alto, que hacían parpadear al sol. Los monumentos y las estatuas se animaban aprovechando estos efectos, perdiendo y recuperando su esplendor, en una suerte de frágil respiración de la piedra, como una reverencia para saludar la llegada del cortejo. Yo, que poseo una vista suficientemente aguda como para localizar desde el azur del cielo a cualquier bestia que agonice en el fondo de su guarida, podía percibir en su cara esa transparencia que me ha llamado la atención desde el mismo instante en que lo he visto aparecer por el camino principal del gran jardín de los muertos. No había en ella ni rastro de sentimientos o afectos, ni pena, ni cólera, ni asombro, ni tristeza. No me ha dejado indiferente: he desplegado las alas y me he arrojado al vacío lanzando a intervalos mi particular grito, una especie de graznido breve y sordo, un rrronk algo metálico, para venir a posarme aquí, sobre esta estela de granito, cerca del agujero que unos hombres habían cavado por la mañana.

El cortejo ha serpenteado entre las tumbas. Ha subido por la pequeña colina y se ha detenido frente a mí, al otro lado del foso. Él, con las manos crispadas en los bolsillos del abrigo y la cabeza descubierta, insensible al frío, miraba hacia otro lado. Han sacado el ataúd del coche fúnebre. Alguien ha clamado al cielo. Era una mujer vestida de negro, con el rostro deformado por un lamento que, mezclándose con su propia respiración, no tenía ni principio ni final. Las cornejas, hasta entonces colgadas de las ramas, han levantado el vuelo en bandada. Se han acercado lanzando algunos gritos durante el vuelo. Gritos graves: cre, gritos agudos: cra, y gritos duros: crrr, que se unían a los sonoros sollozos de la mujer a quien nadie intentaba consolar. ¡Pájaros!, ha dicho un niño señalándonos con el dedo. Éramos muchos, ciertamente, y nos costaba mantener la calma, pues el olor del cadáver nos hacía perder la cabeza. Recién terminado el invierno, estamos hambrientos, locos por saciarnos de carroña. Atentos, tensos hasta el extremo, hemos escrutado a los hombres que transportaban como podían la pesada carga, arrastrando los pies por el barro helado. Esperábamos el accidente dando saltitos de impaciencia sobre nuestras lápidas de granito: hay veces en que algunos, emocionados y conmovidos, sin fuerza ya en las piernas, dejan caer el ataúd. Entonces vemos cómo el armazón del cofre estalla en mil pedazos y el cadáver se ofrece a la luz del día. Algo así podría ocurrir, pero en realidad no ocurre nunca y, admitiendo que un día llegara a ocurrir, no podríamos disfrutar del maná por lo mucho que a los humanos les repugna vernos codiciar el cuerpo de sus seres queridos.

Una muchedumbre cada vez más numerosa se extendía hasta el pie de la pequeña colina. Habían puesto el ataúd encima de dos maderos atravesados sobre el agujero. Tres hombres se afanaban y colocaban las coronas de flores alrededor del féretro. La mujer de negro se ha desplomado, desvanecida, en los brazos de su compañero. Él, ausente a ese dolor, con las manos aún crispadas en los bolsillos del abrigo, ha dado un paso al frente, dejando aflorar su reflejo sobre el barniz amarillo de la tapa del ataúd. Desde mi promontorio, elevado gracias al desnivel del terreno, he podido observar su rostro atormentado, albeado por el paso monótono de las nubes. Ese hombre, si hubiese dependido de su voluntad, habría preferido entregar su razón a la demencia en vez de mostrarse comedido en su dolor. Alguien ha venido y lo ha cogido del brazo. No ha ofrecido resistencia, dejándose llevar inconscientemente por la mano que lo guiaba hacia una silla donde lo han ayudado a sentarse.

Los preparativos llegaban a su fin: cuando han deslizado unas cuerdas por debajo del ataúd, los presentes se han abrazado, afligidos. El camino principal estaba repleto de gente. El viento había aflojado, ya no me atravesaba los huesos, apenas agitaba mi plumaje. Un hombre se ha adelantado. Ha levantado un brazo y ha hecho con la mano una serie de gestos incomprensibles: se ha tocado la frente y el tórax, se ha señalado el hombro izquierdo y luego el derecho, y ha tomado la palabra con una voz poderosa.

—Queridos amigos míos, queridos amigos de Léonie. Henos aquí reunidos para rendir homenaje a alguien cuya muerte nos deja desamparados. Permitidme que intente, en nombre de todos, decir algunas palabras que reflejen nuestra emoción. Léonie no era demasiado creyente, y menos aún practicante, pero intentaba como todos nosotros darle un sentido a su vida, una vida que le ha sido brutalmente arrebatada. Podríamos preguntarnos cómo apaciguar la rabia, qué religión nos podría consolar, a través de qué vida eterna, e incluso si existiera una vida eterna por el mayor de los azares, ¿cómo podría ayudarnos a aceptar la realidad? ¿Cómo aceptar que ya no veremos nunca más la cara de esta amiga, de esta hija, de esta esposa, de esta amante, de esta artista? ¿Cómo consolarnos de esta vida perdida? ¿Cómo consolarnos de Léonie? Aquellos y aquellas que la conocieron pueden dar buena fe de ello: Léonie era feliz, Léonie era alegre, Léonie era un ángel risueño, Léonie amaba la vida y la vida amaba a Léonie y la vida estaba en Léonie, lo sabéis igual que yo, pues lo han dicho en televisión y lo han escrito los periódicos. Al morir, Léonie llevaba un hijo en su vientre. Sí. Incluso para un sacerdote como yo, es imposible aceptar una muerte tan monstruosa. Imposible. Es conmovedor ver que sois tantos, conmovedor para su madre y su hermano, conmovedor para Wahhch, su marido, es conmovedor para todos sus amigos constatar que, sin conocerla, habéis desafiado al frío, también vosotros, destrozados por su pérdida. En momentos como este, desearíamos creer en algo, creer en una vida después de la vida y convencernos de que Léonie seguirá riendo en alguna parte, en algún lugar adonde iremos a reunimos con ella algún día. Sí. Nos gustaría tanto creer en ello. De todos modos, os lo digo como lo siento: al veros tan numerosos, como su familia ha querido, con una flor rosa y una flor roja, rosa y rojo que eran, uno al lado del otro, los colores preferidos de Léonie, al veros reunidos en su memoria, no puedo evitar decir que esto es precisamente la vida eterna: la suma de la compasión de cada cual, de la pena de cada cual, de la tristeza de cada cual en la memoria de cada uno de nosotros, aquí mismo, sobre la tierra. Sí: la suma de todos nuestros recuerdos, la suma de lo que sentimos en este instante produce un tiempo infinito que será para Léonie una vida eterna y conmovedora. Gracias a nosotros. Amigos míos, me gustaría deciros, aquí, junto a su tumba, que por imposible que parezca, la vida consiste en tener esperanza a pesar de todo. Poco importan los medios porque, en materia de esperanza, todos los medios son buenos: esperad. Nunca se sabe por dónde llegará la salvación. Ahora invito, a aquellos y aquellas que lo deseen, a unir sus voces a la mía en una última oración, un postrero adiós al alma de Léonie.

Él no ha prestado atención alguna ni al discurso ni a la oración. Durante el tímido murmullo de la muchedumbre, ha permanecido con los ojos abiertos, mirando con fijeza hacia adelante, hacia lo que parecía ser el vacío. Los llantos se multiplicaban y se confundían. De pie, aquellos seres tan sorprendentes escondían los rostros entre las manos y, apretándose los unos contra los otros, los unos en brazos de los otros, daban vía libre a su aflicción. La pena se ha extendido por toda la asamblea, pero él, impasible, ha empezado a zapatear en un gesto de impaciencia apenas perceptible, la única señal de su estado de ánimo a lo largo de toda la ceremonia. Han recuperado la actividad. Cuatro hombres han levantado el ataúd y han apartado los maderos. A continuación, coordinando sus movimientos, lo han bajado con ayuda de unas cuerdas que han dejado caer al fondo del agujero una vez terminada la maniobra.

Instigado por una anciana, un niño ha dado un paso al frente y ha arrojado a la fosa una primera flor roja y una primera flor rosa. Entre llantos, lo ha imitado una pareja, él lanzando la flor rosa, ella, la roja, y a partir de entonces rosas y rojas se han sucedido en procesión bajo un cielo que por fin dejaba ver el azul de su cristal. El viento se había llevado las nubes y la luz, oblicua, fría, hacía reverberar el rojo y el rosa entre las manos de los humanos.

He desplegado mis alas y las he agitado para alzar el vuelo y elevarme por encima de la colina. Al principio he dado vueltas a baja altura y he lanzado un primer grito, un graznido amplio y profundo, un croac ronco que ha hecho callar a todos los pájaros. Lo he visto levantar la cabeza y seguirme con la mirada. Entonces he lanzado un segundo grito y he cobrado altura para contemplar la asamblea de vivos y muertos, los árboles desnudos, la línea que delimita el cementerio rodeado de calles, los coches, los transeúntes, los edificios, el río con sus placas de hielo y, al fondo, en los confines, transparentes, las montañas irisadas en la blanca claridad del horizonte. Todo eso era el mundo, y he tenido la impresión de que ese mundo, visto desde el azur del cielo donde me mantenía casi inmóvil, sostenido por la espesa masa del aire, estaba animado por el movimiento monumental de un huracán cuyo ojo era la fosa donde reposaba el cadáver cubierto de flores rosas y rojas de la mujer a quien él amaba.

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