Ánima

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I Bestiæ veræ » Rattus norvegicus

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Rattus norvegicus

Se detuvo a la puerta de la estación. Los coches de policía habían acordonado el perímetro. Habían prohibido la entrada al edificio. ¡Váyanse, hagan el favor, no hay nada que ver! Pero los humanos se quedaban quietos, a la expectativa, desamparados como grises guirnaldas abandonadas sobre el asfalto mojado de la primavera. Vi cómo se daba la vuelta, buscando quizá una respuesta, pero solo encontró mi mirada. Me parece que reconoció en mí lo que yo reconocí en él. Yo estaba encaramada al hombro de mi compañero, agarrada a la tela de su abrigo, con el hocico metido en la cortina dorada de su pelambrera, mecida por el latido de su pulso, la fiebre de su sangre.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Un aviso de bomba —respondió mi compañero.

—¿Y cómo voy a la Rive-Sud?

—Hay que esperar.

—¿No hay parada de taxis?

—Sí, allí abajo, justo enfrente del Dunkin. Puedes intentarlo, pero hay un montón de cola.

—OK, gracias.

—¿No tendrás un cigarrillo?

—No fumo.

—¿Y unas moneditas?

No respondió. Me miró, se dio la vuelta y se alejó a paso rápido. Tenía una espalda imponente. Los músculos de ese hombre, me dije, los ha forjado la cólera, ese hombre, me dije, no es inocente: es de mi raza. Un roedor, un parásito.

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