Zona peligrosa

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Me interesaba que pareciese que había dejado el Bentley tirado de cualquier manera. Pero a la vez quería que nadie pudiera pasar por delante. Maniobré adelante y atrás un rato. Lo dejé en lo más alto del camino de acceso a la casa de Hubble, con las ruedas giradas. Daba la impresión de que había llegado con prisa y sencillamente me había detenido ante la misma puerta, sin terminar de aparcarlo bien.

Me interesaba que pareciese que yo estaba en la vivienda. Nada resulta más evidente que una casa vacía. Esa imagen de silencio y abandono es muy reveladora. Esa ausencia de vibración humana. De forma que abrí la puerta principal con la llave del gran llavero que Charlie me había dado. Entré y encendí varias de las luces. Conecté la televisión y la dejé con el volumen bajo. Hice otro tanto con la radio de la cocina. Abrí unas cuantas cortinas. Salí al exterior otra vez. La cosa resultaba bastante convincente. Parecía que allí dentro había alguien.

Luego fui al gran armario situado junto al pasillo. Estaba buscando unos guantes. Es algo que no resulta fácil de encontrar en los soleados estados del Sur. Pero Hubble tenía guantes. Dos pares, sobre un estante. Uno de los pares era de esquí. Color lila y verde fosforescente. No me servían. El otro par era oscuro y sí que me servía. De fino cuero negro, guantes de vestir. Del tipo que llevaría un banquero. El cuero era muy suave. Como una segunda piel.

Tras encontrar los guantes de esquí, busqué un gorro. Si los Hubble habían viajado a Colorado a esquiar, seguramente tendrían todo lo necesario. Encontré una caja con gorros y sombreros. En el interior había una de esas gorras con orejeras, confeccionada en fibra sintética. Y de color verde oscuro. Me servía.

Luego fui al dormitorio principal. El tocador de Charlie Hubble era de mayor tamaño que algunas de las habitaciones en las que yo había vivido. Y en él había cosméticos de todo tipo. Cogí un aplicador de rímel resistente al agua y fui al cuarto de baño. Me embadurné la cara con él. A continuación me abroché bien la chaqueta, me puse la gorra y los guantes. Entré en el dormitorio y me miré en los espejos de las puertas del gran armario. No estaba nada mal. Justo lo que necesitaba para trabajar de noche.

Volví a salir de la casa. Cerré la puerta principal. Grandes nubes tormentosas estaban agrupándose en el cielo. La oscuridad era casi total. Metí la pistola en el bolsillo interior de la chaqueta. Cerré la cremallera, volví a abrirla y saqué el arma con rapidez. Con la suficiente rapidez. Montada y con el seguro quitado. Con balas adicionales en el bolsillo superior derecho. Llevaba la navaja automática en el bolsillo inferior izquierdo. Y la cachiporra en el derecho. Los zapatos bien acordonados.

Me alejé de la casa, dejé atrás el Bentley, unos doce o quince metros. Me abrí paso entre la vegetación y me situé en un punto desde el que podía ver casi todo el camino de acceso. Me senté en la tierra fría y me dispuse a esperar. En una emboscada, la paciencia es lo que decide. Si el enemigo desconfía, se presentará muy pronto o muy tarde. En el momento en que crea que no estarás esperando su llegada. Por eso uno tiene que estar preparado desde el primer instante. Uno espera sumido en una especie de trance. Y necesita hacer acopio de una paciencia infinita. De nada sirve ponerse nervioso o inquietarse. Uno sencillamente tiene que esperar. Sin hacer nada, sin pensar en nada, sin quemar energías. Y cuando llega el momento tiene que entrar en acción de inmediato. Haya pasado una hora, cinco horas, un día o una semana. La espera es una técnica como cualquier otra.

Serían las doce menos cuarto cuando me senté a esperar. Notaba que la tormenta estaba agrupándose en lo alto. La oscuridad era total, y el aire tenía la consistencia de una sopa espesa. La tormenta estalló hacia medianoche. De pronto cayeron unos goterones del tamaño de monedas de veinticinco centavos. En cuestión de segundos dieron paso a un diluvio. Aquello era como estar sentado bajo una ducha. Resonaron unos truenos formidables. Los relámpagos surcaban el cielo. Una y otra vez, el jardín aparecía tan iluminado como una feria. Sentado bajo el chaparrón, yo seguía esperando. Diez minutos. Quince.

Se presentaron a por mí a las doce y veinte de la noche. Seguía lloviendo con fuerza, con muchos rayos y truenos. No oí la llegada de la furgoneta hasta que estuvo muy cerca, a unos diez o doce metros de mi escondite. Una furgoneta de reparto color verde oscuro. Con una leyenda en letras doradas: FUNDACIÓN KLINER. Como la que había visto junto a la casa de Roscoe el martes por la mañana. La furgoneta se correspondía con lo que Finlay había visto en la casa de los Morrison. Marcas de gruesos neumáticos en la gravilla.

La furgoneta se detuvo unos cuantos metros por delante de donde me encontraba, justamente por detrás del Bentley. No podía pasar. Estaba exactamente donde yo quería que estuviese. El primero en salir fue el conductor. Iba vestido con un mono blanco de nailon sin distintivos, con una capucha bien cerrada en torno al rostro. Y llevaba media cara tapada con una mascarilla de cirujano. Guantes de goma en las manos. Y calzado con botas de goma. Se bajó de un salto y fue a la parte posterior del vehículo. Su forma de caminar me sonaba. Yo había visto antes a este sujeto alto y corpulento, con los brazos largos y poderosos. Era Kliner hijo. Había venido en persona a matarme.

Dio un palmetazo contra la carrocería. Resonó a hueco. Abrió la portezuela trasera. Cuatro hombres se bajaron del vehículo. Todos vestidos igual. Monos blancos de nailon, con las capuchas ajustadas, mascarillas, guantes, botas de goma. Dos de ellos cargaban con bolsas. Otros dos empuñaban sendas escopetas tan largas como gruesas. Eran cinco en total. Yo había esperado que se presentaran cuatro. Iba a ser más difícil manejarme con cinco. Pero también más productivo.

La lluvia los azotaba, repiqueteando contra los monos de nailon. Un relámpago los iluminó. Su aspecto era aterrador, como una visión infernal. Daban mucho miedo. Por primera vez, dudé de que hubiese podido con ellos el lunes por la noche. Pero esta noche sí que iba a poder con ellos. Porque contaba con la ventaja de la sorpresa. Iba a convertirme en una invisible figura de pesadilla.

Kliner hijo lo dirigía todo. Rebuscó en el interior de la furgoneta y sacó una barra de hierro. Señaló a tres de sus hombres y, bajo el chaparrón, fue con ellos a la casa. El quinto se quedó vigilando la furgoneta. Con aquella lluvia, no tardaría en meterse otra vez en el interior. Vi que su mirada escudriñaba el cielo un momento y se posaba en el vehículo. Empuñé la cachiporra. Me abrí paso entre los arbustos. El tipo no podía oírme. El aguacero era ensordecedor de veras.

Se volvió y dio un paso hacia la portezuela del conductor. Cerré los ojos un momento y vi a Joe tumbado en la losa del depósito de cadáveres, sin rostro. Vi a Roscoe temblando de horror al descubrir las pisadas en el pasillo de su casa. Y salí corriendo de entre la maleza. Me situé tras él. Y estampé la cachiporra contra su nuca. La cachiporra era grande, y le di con todas mis fuerzas. Sentí que el hueso crujía. Se desplomó de bruces. La lluvia martilleaba su blanco mono de nailon. Le rompí el cuello de un patadón. Uno menos.

Arrastré el cadáver por la gravilla y lo dejé detrás de la furgoneta. Fui a la cabina y cogí las llaves del contacto. Me dirigí hacia la casa con sigilo. Me metí la cachiporra en el bolsillo. Saqué la navaja automática, la abrí y la empuñé con la mano derecha. No me interesaba utilizar la pistola en el interior. Demasiado ruidosa, incluso con aquellos truenos resonando. Me detuve al llegar al umbral de la puerta. Habían forzado la cerradura, la madera estaba astillada. Vi la barra de hierro tirada en el suelo del pasillo.

La casa era muy grande. Iban a necesitar tiempo para registrarla. Me dije que primero irían los cuatro juntos. Y que luego se dividirían. Oí que andaban por el piso de arriba. Di un paso atrás y me dispuse a esperar que uno de ellos bajara al pasillo. Me mantuve a la espera, con la espalda pegada a la pared, junto a la puerta rota. El saliente del tejado me protegía de la lluvia. El aguacero continuaba siendo torrencial. Como una tormenta en el trópico.

Tuve que esperar casi cinco minutos hasta que el primero de ellos bajó por la escalera. Oí el crujido de sus pisadas en el pasillo. Oí que abría la puerta del gran vestidor. Entré en la casa. El tipo estaba dándome la espalda. Era uno de los dos de las escopetas, alto, pero más delgado que yo. Lo pillé por detrás. Alcé mi manaza por encima de su cráneo y clavé los dedos en sus ojos. Dejó caer la escopeta, que hizo un ruido sordo contra la moqueta del vestidor. Le di la vuelta y lo arrastré por la puerta. Hasta que salimos bajo el chaparrón. Hundí los dedos aún más en sus ojos. Eché su cabeza hacia atrás. Le corté el cuello. Eso no se hace con un tajo elegante, como sucede en las películas. En la garganta humana hay mucho cartílago duro y resistente. Por lo que tienes que serrar, y con mucha fuerza. Lleva su tiempo. Pero funciona. La mar de bien. Cuando por fin llegas al hueso, el otro está muerto. Este fulano no fue una excepción. Su sangre salió a chorro y se mezcló con la lluvia. Quedó inerte en mis brazos. Dos menos.

Arrastré el cuerpo por el césped agarrándolo por la capucha. No me interesaba llevarlo en brazos, igual la cabeza se separaba del cuerpo. Lo dejé sobre la hierba. Fui corriendo al interior. Recogí la escopeta, e hice una mueca. Un arma de las de verdad. Una Ithaca Mag-10. Había visto unas cuantas en el ejército. Disparaba un cartucho enorme. No es de extrañar que la llamen «Páralo todo». Tiene el poder de matar a los ocupantes de un vehículo no blindado. En la distancia corta resulta devastadora. Solo cuenta con tres cartuchos, pero, como solíamos decir, una vez que los has disparado, el combate se ha acabado.

La navaja automática seguía siendo mi arma de preferencia. Por lo silenciosa. Pero la escopeta me iría mejor que la Desert Eagle como arma de apoyo. Una escopeta te viene bien porque no has de apuntar mucho. Al disparar, proyectas un amplio cono de plomo. Y en el caso de la Mag-10, basta con apuntar en la dirección general oportuna. No puedes fallar, ni aunque quieras.

Salí de espaldas por la puerta astillada y me apreté contra la pared para resguardarme del diluvio. Me puse a esperar. Me decía que pronto empezarían a salir de la casa. No me encontrarían en el interior y repararían en que faltaba uno de ellos, el que acababa de cargarme. De forma que empezarían a salir. Era inevitable. No iban a quedarse ahí dentro para siempre. Seguí a la espera. Diez minutos. Oí pasos en el interior. No hice mucho caso. Más tarde o más temprano terminarían por salir.

Terminaron por salir. Dos de ellos a la vez. Lo que me hizo dudar una fracción de segundo. Salieron al aguacero, la lluvia martilleaba sus monos de nailon. Cogí la cachiporra otra vez. La llevé a mi mano izquierda. Al primero me lo cargué con facilidad. Le di de lleno en la nuca con la pesada porra, y el golpe por poco le arrancó la cabeza. Pero el segundo fulano al momento se apartó, por lo que solo le di de refilón con la cachiporra. Eso sí, le hice trizas la clavícula, y cayó de rodillas. Con la izquierda, le clavé la navaja en el rostro. Le sacudí otra vez con la cachiporra. Necesité dos fuertes golpes para romperle el cuello. El tipo era robusto. Pero no lo bastante. Cuatro menos.

Arrastré los dos cadáveres bajo la lluvia incesante y los dejé en el césped junto al camino de gravilla, en compañía del otro tipejo. Me había cargado a cuatro, había capturado una escopeta y tenía las llaves de la furgoneta en el bolsillo. Quedaba Kliner hijo, que iba armado con la otra escopeta.

No lo encontraba. No sabía dónde estaba. Entré en la casa, para guarecerme de la lluvia, y escuché con atención. No oí nada en absoluto. El rugido del aguacero contra el tejado y la gravilla del exterior era excesivo. Era un ruido que lo ensordecía todo. Si el chaval de Kliner era listo y trataba de sorprenderme, yo iba a tener un problema.

Entré en el pequeño invernadero. La lluvia martilleaba el tejado. Me detuve y escuché bien. Oí que Kliner hijo iba por el pasillo. En dirección al exterior. Iba a salir por la puerta principal. Si giraba a la derecha, no tardaría en encontrarse con sus tres hombres muertos y tendidos en el césped. Pero giró a la izquierda. Pasó junto a las ventanas del invernadero. Andaba por el césped empapado en dirección al gran patio. Lo contemplé pasar bajo el diluvio, a un par de metros de distancia. Una figura espectral. Un espectro armado con una larga escopeta negra con la que estaba apuntando al frente.

La llave del invernadero estaba en mi bolsillo, en el llavero del Bentley. Abrí la puerta y salí. La lluvia me golpeó como lo haría el agua de una gran manga de riego. Fui hacia el patio con sigilo. Kliner hijo estaba allí, mirando la enorme piscina. Me agazapé bajo la lluvia y lo observé. Me encontraba a media docena de metros, pero podía oír el martilleo de la cortina de agua contra su mono de nailon. Los relámpagos flagelaban el cielo, y la tormenta seguía cayendo con estruendo.

No quería dispararle con la Mag-10. Quería los cadáveres de una pieza. Lo que me interesaba era poner de los nervios al viejo Kliner. Que no supiera bien qué había pasado. Ni en qué lugar se encontraba su hijo desaparecido. Serviría para desequilibrarlo. Y eso era fundamental para mi supervivencia. No podía dejar la menor huella a mi espalda. Si me cargaba al chaval con la Ithaca, el estropicio sería de campeonato. Y me encontraría con un serio problema a la hora de esconder el cadáver. Porque seguramente no conseguiría dar con todos los restos de la hamburguesa.

El joven Kliner echó a andar por la larga pendiente cubierta de césped que conducía a la piscina. Lo seguí trazando un círculo, manteniéndome en la hierba mojada. El hombre andaba con precaución, inquieto. De pronto estaba solo. Su campo visual no era el mejor. La capucha estrechamente anudada bajo la cara limitaba su visión. No hacía más que mover la cabeza a uno y otro lado, con el cuello tieso, como un muñeco mecánico. Se detuvo junto al borde de la piscina. Me situé un metro por detrás. Moviéndome ligeramente de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, manteniéndome fuera de su campo visual cada vez que su mirada iba a uno y otro lado. Su escopeta estaba trazando un lento semicírculo sobre la piscina.

En los libros que antes leía, en las películas que la gente ve, lo indicado hubiera sido combatirle con nobleza. Me encontraba allí para vengar a mi hermano. Y delante de mí se hallaba el sujeto que había pateado su cuerpo con saña hasta dejarlo como un saco lleno de trapos. Tendríamos que haber luchado cara a cara. Tendría que haberle avisado de mi presencia. Tendría que haberle hecho entender por qué iba a morir. Todo muy noble y caballeresco. Pero las cosas no funcionan así en la vida real. Joe se hubiera partido de risa al pensar en todo eso.

Le solté un golpe tremendo con la cachiporra, dirigido a la cabeza, con todas mis fuerzas. Pero justo en ese momento se giró con intención de volver a la casa. Por lo que la porra no le dio de lleno, sino que se deslizó sobre la mojada superficie de nailon, de tal forma que el empuje del tubo lleno de plomo me hizo perder el equilibro. Estaba cayéndome sin remedio, como quien ha resbalado en el hielo. El tipo se volvió y levantó la escopeta. Metió un cartucho en la recámara. Alcé el brazo con fuerza y empujé el cañón, de forma que quedé bajo su ángulo de tiro. Apretó el gatillo, y se produjo una tremenda explosión, más ensordecedora que el peor de los truenos. Oí que ramas y hojas salían volando en todas direcciones por efecto del disparo.

El feroz retroceso le hizo recular, pero se las arregló para meter el segundo cartucho en la recámara. Oí el amenazador doble crujido del mecanismo de la escopeta. Estaba de espaldas sobre las baldosas de la piscina, pero me puse en pie de un salto y agarré la escopeta con ambas manos. Llevé el cañón hacia arriba y la culata hacia abajo, y de nuevo disparó contra el aire. Otra explosión aterradora. Esta vez me eché hacia atrás con el retroceso y le arranqué la escopeta de las manos. Al momento le solté un culatazo en el rostro. Pero sin darle bien del todo. La Ithaca cuenta con un grueso reborde de caucho en el filo exterior de la culata. Para proteger del bestial retroceso el hombro del que dispara. Pero el reborde protegió al joven Kliner de mi culatazo. Simplemente dio un paso atrás. Me tiré en plancha contra sus piernas, haciéndole dar otro paso atrás. Le solté un buen golpe en las piernas, y el hombre cayó de espaldas a la piscina. Me abalancé sobre su cuerpo.

Estábamos los dos en el lado más profundo de la piscina, debatiéndonos furiosamente para cobrar la ventaja definitiva. La lluvia seguía martilleando. El cloro me quemaba los ojos y la nariz. Conseguí agarrarle por la garganta. Abrí la capucha de nailon con violencia y cerré las manos en torno a su cuello. Encajoné su cabeza entre mis brazos y la hundí todavía más en el agua. Estaba aplastándole la garganta con todas mis fuerzas. Aquel motero de Warburton había creído estar liquidándome de todas todas, pero lo suyo había sido como la caricia de una amante en comparación con lo que yo estaba haciéndole al joven Kliner. Estaba arrancándole la cabeza. Seguí apretándole el cuello y retorciéndole la cabeza, manteniéndola un metro bajo el agua, hasta que murió. No tardó mucho en hacerlo. Como siempre sucede en esas situaciones. El primero que va bajo el agua se queda bajo el agua. Bien hubiera podido ser yo.

Yo estaba tragando agua y jadeando entre el tufo a cloro. La lluvia seguía batiendo la superficie de la piscina. Era imposible decir dónde terminaba el agua y empezaba el aire. Dejé el cuerpo a flote y nadé hacia el borde de la piscina. Me icé y recuperé el aliento. Aquella tormenta era de pesadilla. El rugir de los truenos era constante, y los relámpagos se sucedían uno tras otro. El agua seguía inundándolo todo. Hubiera estado menos empapado de haberme quedado en la piscina. Pero tenía cosas que hacer.

Volví nadando para recoger el cuerpo de Kliner hijo que flotaba en la piscina. Lo remolqué hasta el borde. Me icé. Lo agarré por el mono y arrastré el cadáver hacia mí. Pesaba una tonelada. Tumbado junto a la piscina, el agua chorreaba por las mangas y perneras de su mono de trabajo.

No me resultaba fácil andar. Tenía las ropas empapadas y gélidas. Me sentía como si estuviera envuelto en una cota de malla. Pero llegué al garaje y encontré la llave. Abrí la puerta y encendí la luz. El garaje tenía tres plazas, pero en él solo había un coche. El otro Bentley, el de Hubble, idéntico al de Charlie. Pintado en un maravilloso tono oscuro, encerado y pulido hasta relucir. La pintura reflejaba mi imagen en movimiento. Estaba buscando una carretilla o un carrito motorizado de jardinería. El garaje estaba lleno de utensilios para jardineros. Un gran cortacéspedes, mangueras, herramientas. En un rincón, una carretilla con grandes ruedas como de bicicleta.

La empujé bajo la lluvia y llegué junto a la piscina. Rebusqué y di con las dos escopetas y la cachiporra mojada. Metí las escopetas en la carretilla y me guardé la porra en un bolsillo. Me cercioré de que el cadáver de Kliner hijo seguía conservando los zapatos y lo metí en la carretilla. Fui con ella hacia arriba y enfilé el camino de gravilla. Pasé junto al Bentley y llegué a la parte posterior de la furgoneta. Abrí las portezuelas y metí el cuerpo en el interior; me subí y lo arrastré hacia el fondo. La lluvia golpeteaba con estrépito contra el techo. A continuación metí el cadáver del primero de los tipejos y lo puse junto al de Kliner hijo. Tiré las dos escopetas sobre sus cuerpos. Dos dentro.

Fui con la carretilla a por los otros tres. Estaban despatarrados en el césped empapado, con la lluvia golpeteando sobre sus asquerosos monos blancos. Los llevé al interior de la furgoneta en la que habían venido. Cinco dentro.

Bajo el diluvio, devolví la carretilla al interior del garaje y la dejé en su sitio. Cogí una linterna que vi por allí. Quería echarles un vistazo detenido a los cuatro que se había traído el joven Kliner. Fui corriendo a la furgoneta y salté al interior. Encendí la linterna y me acuclillé junto a la desoladora hilera de cadáveres.

Al hijo de Kliner ya lo conocía. Quedaban los otro cuatro. Abrí las capuchas y retiré las mascarillas. Enfoqué sus rostros con la linterna. Dos de ellos resultaron ser los vigilantes de los almacenes, los que había estado observando con los prismáticos el jueves. Estaba bastante seguro. Quizá no lo bastante como para así declararlo bajo juramento en un juicio, pero esa noche no estaba muy interesado en esas zarandajas.

A los otros dos los reconocí. Sin asomo de duda. Dos policías. Los dos que formaban el grupo de apoyo el viernes. Los que habían acompañado a Baker y Stevenson durante mi detención en la cafetería de Eno. Los había visto por la comisaría unas cuantas veces más. Estaban metidos en la trama. Otros dos de los infiltrados por el alcalde Teale.

Me bajé de la furgoneta y dejé la linterna en el garaje. Cerré las puertas y corrí bajo la lluvia hacia la fachada delantera de la casa. Cogí los dos sacos con los que aquellos tipejos se habían presentado. Los dejé caer en el pasillo y encendí la luz. Miré dentro. Guantes y mascarillas de repuesto. Una caja con cartuchos de escopeta del calibre 10. Un martillo. Una bolsa con clavos de quince centímetros de largo. Y cuatro cuchillos. Cuatro bisturíes médicos, mejor dicho. Cuyo filo cortaba con solo mirarlo.

Recogí la barra de hierro tirada en el pasillo. La metí en uno de los sacos. Llevé ambos a la furgoneta y los dejé sobre los cinco muertos. Cerré con llave las portezuelas traseras y otra vez fui corriendo bajo la lluvia hacia el interior de la casa.

Llegué al invernadero y lo cerré con llave. Me dirigí a la cocina. Abrí la puerta del horno y vacié mis bolsillos. Lo dejé todo en el suelo. Encontré un par de bandejas de hornear en un armario. Desmonté la Desert Eagle y dejé todas las piezas con cuidado en una de ellas. Amontoné las balas sobrantes junto a las piezas. En la otra bandeja puse la navaja automática, la porra, las llaves del Bentley, mi dinero y mis papeles. Metí las bandejas en el horno, que encendí a fuego muy lento.

Fui a la entrada y cerré la puerta astillada todo lo que pude. Pasé corriendo junto al Bentley y me subí a la furgoneta de la Fundación Kliner. Di con la llave adecuada y conecté el motor. Di marcha atrás con cuidado por el camino y salí a Beckman Drive. Enfilé la pendiente en dirección al centro. Los limpiaparabrisas pugnaban contra la lluvia incesante. Rodeé la gran zona ajardinada con la iglesia en su centro. Torcí a la derecha y puse rumbo al sur. No se veía un alma. No había ningún otro vehículo en las calles.

Trescientos metros al sur del pequeño parque, enfilé el camino que llevaba a la casa de los Morrison. Aparqué la furgoneta frente a la casa, junto al Lincoln abandonado. Cerré la puerta con llave. Corrí hacia un lado de la valla y tiré las llaves a la maleza del campo adyacente. Me abroché bien la chaqueta y emprendí el camino de regreso a pie bajo la lluvia. Empecé a pensarlo todo muy bien.

Era sábado desde hacía más de una hora. Eso quería decir que quedaba menos de un día para que fuera domingo. Había tres cosas que por el momento estaban meridianamente claras. La primera de todas: Kliner necesitaba tener papel de un tipo especial. La segunda: era imposible conseguir dicho papel en ningún sitio de Estados Unidos. La tercera: dentro del almacén había alguna cosa.

También estaba la cuestión de las cajas de los aparatos de aire acondicionado, de lo que aparecía escrito en ellas. No el logotipo de Island Air-Conditoning, sino los números de serie. Las cajas que había visto llevaban unos números de serie anotados a mano en el interior de unos rectángulos impresos. Me había fijado en ellos. Los policías de Jacksonville habían hecho referencia a esos mismos números anotados en las cajas cargadas en la camioneta de Stoller. Unos largos números de serie escritos a mano. Pero ¿por qué? Las cajas de por sí eran un buen camuflaje, más que suficiente. Era buena idea transportar de matute a Florida una mercancía escondida dentro de cajas de aparatos de aire acondicionado. Un producto más que indicado para ese estado tan cálido. Las cajas habían conseguido engañar a la policía de Jacksonville. Se habían dado por satisfechos nada más verlas. A pesar de eso, la cuestión de los números de serie seguía interesándome.

Si en las cajas no había aparatos eléctricos, ¿a qué venían aquellos números de serie? Eso implicaba llevar el camuflaje hasta extremos absurdos. ¿Qué significaban aquellos malditos números? ¿Qué demonios había exactamente dentro de aquellas cajas?

Era la pregunta que estaba haciéndome. Al final, fue Joe quien me la respondió. Iba andando bajo la lluvia cuando recordé algo que me había dicho Kelstein. Me había explicado que Joe acostumbraba a expresarse de forma muy precisa. Eso es algo que yo ya sabía. Pensé en el pulcro listado que redactó y luego imprimió. En las mayúsculas. En las iniciales en una columna, en los números de teléfono en la otra. En las dos anotaciones que se habían hecho en la parte inferior del papel. «Garaje de Stoller». «Informe de Gray sobre Kliner». Me interesaba volver a examinar aquel listado. Pero, al mismo tiempo, de pronto, tuve la seguridad de que Joe estaba diciéndome que si quería averiguar qué clase de mercancía había estado ocultando Kliner en aquellas cajas de cartón, seguramente también valía la pena que me acercase al garaje de Stoller a echar un vistazo.

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