Zona peligrosa
27
Página 29 de 36
27
Lo primero que hice tras volver a la casa fue buscar dónde estaba el café en la ultramoderna cocina de Charlie Hubble. La cafetera eléctrica no tardó en estar en marcha. A continuación miré en el horno. Saqué todas mis cosas. Habían estado calentándose durante casi una hora y estaban secas por completo. El cuero de la cachiporra y el llavero estaba un tanto acartonado. Pero no había más daños. Volví a ensamblar la pistola y la cargué. La dejé en la mesa de la cocina. Montada y sin el seguro.
Luego miré el papel impreso por Joe para confirmar lo que estaba pensando. Pero había un problema. Un problema grave. El papel estaba seco, crujiente, pero la tinta se había borrado. La hoja estaba en blanco. El agua de la piscina había borrado toda la tinta. Había unos borrosos manchones casi imperceptibles, pero leerlos era casi imposible. Me encogí de hombros. Lo había leído cien veces. Me acordaría de lo que había en el papel.
Después bajé al sótano. Estuve trajinando los mandos de la caldera, hasta que entró en funcionamiento. Me quité toda la ropa y la metí en la secadora eléctrica de Charlie. Puse un programa de baja temperatura y de una hora de duración. No sabía bien lo que estaba haciendo. Durante mi etapa en el ejército, un cabo se encargaba de hacerme la colada. El hombre se llevaba la ropa sucia y me la devolvía limpia, planchada y bien doblada. Tras dejar el ejército, lo que hacía era comprar ropas de baratillo que luego dejaba tiradas por ahí.
Subí desnudo por la escalera y entré en el cuarto de baño. Me pegué una larga ducha caliente y me quité los manchones del rímel de la cara. Me quedé largo rato bajo el agua caliente. Me enrollé una toalla a la cintura y bajé a por el café.
No podía ir a Atlanta esa noche. Si lo intentaba, no llegaría antes de las tres y media de la madrugada. Una mala hora para buscarse la vida en una gran ciudad. No tenía ningún documento de identidad ni podía justificar mi situación. Una visita nocturna podía buscarme un problema. Tendría que dejarlo para mañana a primera hora. No me quedaba otra.
Me dije que lo mejor sería dormir. Apagué la radio de la cocina. Fui a la habitación donde Hubble tenía sus cosas. Apagué la televisión. Miré en derredor. Una habitación cómoda y a media luz. Con grandes sillones de cuero y paneles de madera en la pared. Junto a la televisión había un equipo de sonido. Japonés. Con hileras de discos compactos y cintas de casete. Muchas cosas de los Beatles. Hubble me había hablado de su admiración por John Lennon. Que le había llevado a visitar el edificio Dakota en Nueva York y a viajar a Liverpool, en Inglaterra. Tenía prácticamente todos sus discos. Todos los álbumes, unos cuantos discos piratas, una colección de discos en una vistosa caja de madera.
Había una librería sobre el escritorio. Montones de publicaciones profesionales y una hilera de gruesos volúmenes. Las publicaciones ocupaban más de medio metro en un estante. En principio parecían ser unas lecturas aburridísimas. Varios ejemplares de algo que se llamaba Revista de Banca. Un par de números de una gruesa revista titulada Gestión Bancaria. Ejemplares de Banca, La Banca Hoy, La Banca Mensual, Revista de Negocios, Semanario de Negocios, Boletín de Gestión Bancaria. Algunos números de The Economist y del Financial Post. Todos dispuestos en orden alfabético y atendiendo a la fecha de publicación. Ejemplares sueltos, correspondientes a distintas épocas de los últimos años. No había colecciones enteras. Al final de las publicaciones había unos cuantos boletines del Departamento del Tesoro y un par de ejemplares de algo llamado el Mundo de la Banca. La colección resultaba curiosa. Parecía haber sido seleccionada. Quizá Hubble leía esas cosas cuando no podía dormir.
Yo no iba a tener problemas para dormir. Pensaba acostarme en la cama más próxima, pero tuve una idea. Volví a situarme frente a la librería y reseguí con el dedo la hilera de revistas y publicaciones especializadas. Me fijé en las fechas impresas en los lomos, bajo aquellos títulos tan pomposos. Algunas eran recientes. La secuencia seguía hasta la última edición de un par de aquellas revistas. Más de doce habían sido publicadas ese mismo año. Y más de la tercera parte habían aparecido después de que Hubble hubiera dejado de trabajar en el banco. Después de haber sido despedido. Eran revistas para profesionales del sector bancario, pero Hubble por entonces ya no lo era. Sin embargo había seguido comprando esas gruesas publicaciones especializadas. Y leyendo todos aquellos artículos tan farragosos. ¿Por qué?
Cogí un par de las revistas. Miré las portadas, impresas en papel satinado. Las cogí por la parte superior e inferior del lomo, y se abrieron por las páginas que Hubble había consultado. Miré aquellas páginas. Saqué varias publicaciones más. Hice que se abrieran por las páginas consultadas. Me senté en el sillón de Hubble. Envuelto en una de sus toallas, me puse a leer. Leí todo cuanto había en el estante. De izquierda a derecha, de principio a fin. Miré todas las revistas. Tardé como una hora.
A continuación me puse con los libros. Reseguí con el dedo la hilera polvorienta. Di un respingo al ver dos nombres que conocía. Kelstein y Bartholomew. Un viejo volumen, de gran tamaño y encuadernado en cuero rojo. El informe presentado a la subcomisión del Senado. Lo saqué y empecé a hojearlo. Una obra sensacional. Kelstein lo había descrito como la biblia para los encargados de combatir la falsificación de billetes. Y lo era. Se trataba de una obra exhaustiva a más no poder. En la que se hablaba de forma pormenorizada de todas las técnicas conocidas de falsificación. Abundaban los ejemplos y las muestras procedentes de todos los casos descubiertos. Llevé el pesado volumen a mi regazo. Y estuve leyéndolo durante una hora larga.
Inicialmente me concentré en la cuestión de papel. Kelstein me había dicho que el papel era la clave. En el volumen, él y Bartholomew habían incluido un extenso apéndice sobre el asunto. En el que se ampliaba lo que me había dicho personalmente. Lo de las fibras de algodón y lino, el colorante químico, la introducción de los polímeros rojos y azules. La producción del papel se efectuaba en Dalton, Massachusetts, por parte de una empresa llamada Crane and Company. El nombre me sonaba. Si no recordaba mal, alguna vez había comprado unas tarjetas de Navidad de esa firma. Me acordaba de los tarjetones grandes y pesados, y de los sobres blancos en papel fibroso. Me habían gustado. La compañía había estado fabricando papel moneda para el Tesoro desde 1879. Durante más de un siglo habían estado efectuando el transporte hasta Washington en coches blindados y fuertemente vigilados. Nunca les habían robado una hoja de papel. Ni una sola.
Dejé de leer el apéndice y volví a concentrarme en el texto principal. Consulté varias de las revistas que Hubble tenía sobre el escritorio. Volví a sumirme en aquellos prolijos artículos e informes. Cotejando aquí y allá. Comprobando esto y aquello. Una y otra vez volvía al grueso informe para el Senado encuadernado en rojo. Leí tres párrafos varias veces. El primero de ellos hacía referencia a una antigua operación de falsificación de billetes en Bogotá. El segundo hablaba de un operativo muy anterior en Líbano. Los falangistas cristianos se habían aliado con ciertos grabadores armenios durante una guerra civil. El tercero enumeraba algunos factores químicos fundamentales. Había muchas fórmulas complicadas, pero también incluía unas cuantas palabras que me sonaban. Leí los tres párrafos una vez tras otra. Fui a la cocina. Cogí el listado de Joe en blanco. Lo estuve mirando largo rato. Volví a la habitación a media luz y estuve leyendo y pensando hasta bien entrada la noche.
No me sirvió para dormir. Más bien tuvo el efecto contrario. Me mantuvo despierto. Alerta a más no poder. Una vez que hube terminado, sabía perfectamente cómo estaban consiguiendo el papel que necesitaban. Y de dónde lo sacaban. Sabía lo que había en aquellas cajas de aparatos de aire acondicionado. No me hacía falta ir a Atlanta a comprobarlo. Lo sabía. Sabía lo que Kliner estaba guardando en los almacenes. Sabía lo que aquellos camiones traían todos los días. Sabía el significado del encabezamiento escrito por Joe. «De uno salen muchos». Sabía por qué había cambiado el orden de las palabras. Lo sabía todo, cuando aún quedaban veinticuatro horas. Lo sabía todo, de pe a pa. De arriba abajo. Aquella operación era realmente endiablada. El viejo profesor Kelstein me había dicho que era imposible conseguir el papel. Pero Kliner había demostrado lo contrario. Kliner había encontrado un método para conseguirlo. De forma muy sencilla.
Me levanté de un salto, dejé el escritorio y bajé corriendo al sótano. Abrí la puerta de la secadora y saqué mi ropa. Me vestí a toda prisa, me puse los pantalones saltando sobre una pierna en el suelo de hormigón. Dejé la toalla allí donde cayó. Volví corriendo a la cocina. Metí todas mis cosas en la chaqueta. Iba a necesitarlas. Salí corriendo de la casa, dejando entreabierta la puerta astillada. Fui por la gravilla hasta el Bentley. Arranqué y salí por el camino. Recorrí Beckman Drive a toda velocidad y torcí por Main Street. Aceleré a través de la ciudad dormida y dejé atrás la cafetería de Eno. Torcí otra vez a la izquierda y enfilé la carretera a Warburton, yendo a toda la velocidad que me permitía aquel coche viejo e imponente.
Las luces delanteras del Bentley no eran muy potentes. Un diseño de hacía veinte años. Faltaban algunas horas para el amanecer, y las últimas nubes tormentosas estaban pasando por delante de la luna. La carretera no era muy recta. El peralte estaba desgastado, y la superficie tenía sus baches. El asfalto se encontraba cubierto de la resbaladiza agua de la tormenta. El viejo automóvil iba de un lado a otro. Aminoré. Mejor era llegar diez minutos más tarde que ir a parar a uno de los campos vecinos. No era mi intención unirme a Joe. No quería convertirme en otro Reacher al corriente de todo el percal pero muerto sin remedio.
Pasé junto a la pequeña arboleda. Parecía más oscura esta vez recortada contra el negro cielo. A varios kilómetros de distancia brillaban las luces del perímetro exterior de la cárcel. Las dejé atrás. Su resplandor me estuvo acompañando por el retrovisor durante varios kilómetros más. Y de pronto crucé por el puente en Franklin y me encontré fuera de Georgia, en Alabama. Pasé como una exhalación junto al bar de carretera en que Roscoe y yo estuvimos unas noches atrás. The Pond. Estaba cerrado y a oscuras. Un kilómetro y medio más y llegué al motel. Me bajé del coche sin apagar el motor, entré en la recepción y desperecé al encargado.
—¿Tienen un huésped llamado Finlay?
El encargado se frotó los ojos y consultó el libro de registro.
—Número once.
El motel estaba en silencio y a oscuras. Encontré la habitación de Finlay. La número once. Su Chevy del cuerpo de policía estaba aparcado fuera. Aporreé la puerta. Tenía que despertarlo como fuese. Oí un gruñido de irritación. No alcancé a entender sus palabras. Me puse a aporrear la puerta otra vez.
—¡Ábrame de una vez, Finlay!
—¿Quién es…?
—Yo, Reacher. Abra la maldita puerta de una vez.
Se produjo una pausa. La puerta se abrió. Finlay estaba en el umbral. Llevaba una sudadera y unos calzoncillos color gris. Me quedé un tanto sorprendido. Me lo había imaginado durmiendo con el traje de tweed. Y hasta con el chaleco de algodón aterciopelado.
—¿Qué demonios quiere?
—Tengo que enseñarle algo.
Bostezó. Pestañeó.
—¿Qué cojones de hora es?
—No sé —dije—. Las cinco o las seis de la mañana. Vístase. Tenemos que irnos.
—¿Adónde?
—A Atlanta. Hay algo que tengo que enseñarle.
—¿El qué? Dígamelo de una vez, hombre.
—Vístase pero ya, Finlay —lo apremié—. Tenemos que irnos.
Soltó un gruñido, pero terminó por vestirse. Le llevó lo suyo. Un cuarto de hora o así. Desapareció por la puerta del cuarto de baño. Entró con el aspecto de un fulano normal al que acaban de despertar, pero salió hecho todo un Finlay. Con su traje de tweed y todo.
—Muy bien —dijo—. Espero que todo esto vaya en serio, Reacher.
Cerró la puerta de la habitación, y fuimos hacia el coche.
—¿Conduce usted? —preguntó.
—¿Por qué lo pregunta? ¿Es que le molesta?
Parecía estar de un humor muy irritable. Fijó la mirada en el Bentley reluciente.
—No me gusta que me lleven en coche —dijo—. ¿Me deja ponerme al volante?
—Como quiera, hombre. A mí me importa un pimiento. Pero entre en el coche de una vez, ¿de acuerdo?
Se sentó en el asiento del conductor. Le pasé las llaves. A mí ya me iba bien. Estaba muy cansado. Puso el Bentley en marcha y salió de allí. Se dirigió al este. Conducía rápido. A mayor velocidad que yo mismo. Finlay era un conductor de primera.
—Y bien, ¿qué pasa? —inquirió finalmente.
Lo miré. Las luces del salpicadero iluminaban sus ojos.
—He terminado por entenderlo —dije—. Ya sé de que va todo esto.
Me miró un instante.
—Y bien, ¿va a contármelo? —preguntó.
—¿Ha llamado a Princeton? —pregunté a mi vez.
Gruñó y soltó un palmetazo al volante.
—Estuve hablando con ellos una hora entera —me explicó—. El tipo con el que hablé sabía muchas cosas, pero al final no sabía nada en concreto.
—¿Qué le dijo?
—Me lo contó todo. Un tipo inteligente. Está haciendo el doctorado y trabajaba para Bartholomew. Parece ser que Bartholomew y ese otro hombre, Kelstein, eran los dos principales especialistas en la falsificación de billetes. Joe llevaba tiempo consultándolos.
Asentí.
—Kelstein me contó todo eso.
—Entonces, ¿por qué me lo pregunta?
—Porque quiero saber a qué conclusiones ha llegado usted por su cuenta —dije—. Quiero saber hasta dónde ha llegado.
—A ninguna parte —respondió—. Estuvieron elucubrando un año entero y al final decidieron que Kliner no tenía forma de obtener esas cantidades ingentes de papel.
—Kelstein me dijo exactamente lo mismo. Pero al final he conseguido entender cómo lo hacen.
Me miró un instante otra vez. Con sorpresa. El destello de las luces de la prisión de Warburton apareció en el horizonte.
—Pues cuéntemelo de una vez —me espetó Finlay.
—Termine de despertar y dedúzcalo por su cuenta, para eso estudió en Harvard, amigo.
Volvió a soltar un gruñido. Seguía irritable. Nos adentramos en el charco de luz que salía del perímetro de la cárcel. Pasamos junto al acceso a la prisión. Y dejamos atrás la intensa luz amarillenta.
—Deme una pista, por lo menos —pidió Finlay.
—Voy a darle dos. La primera es el encabezamiento en el listado de Joe. E Unum Pluribus. La segunda: piense en la característica única que tiene el dinero estadounidense.
Movió la cabeza. Lo pensó. Tamborileó con sus largos dedos sobre el volante.
—E Unum Pluribus —repitió—. Es el lema de Estados Unidos, pero al revés. Lo que viene a significar: «De uno salen muchos», ¿no?
—Eso mismo. ¿Y cuál es el rasgo distintivo del dinero estadounidense en comparación con el de cualquier otro país del mundo?
Lo pensó. Era un rasgo tan familiar que uno ni se fijaba en él. Seguimos avanzando a toda velocidad. El bosquecillo pasó por nuestra izquierda como una exhalación. En lo alto, la primera claridad del día despuntaba en el este.
—¿De qué se trata? —preguntó finalmente.
—Yo he vivido por todo el mundo. En seis continentes, si contamos una breve estancia en una estación meteorológica de la fuerza aérea en la Antártida. En decenas de países distintos. Y he llevado en el bolsillo billetes de banco de muchos tipos. Yenes, marcos, libras, liras, pesos, wons, francos, shekels, rupias. Ahora llevo dólares. ¿Y cuál es la diferencia?
Finlay se encogió de hombros.
—¿Cuál?
—Los dólares son todos del mismo tamaño. Da igual que los billetes sean de cincuenta, de cien, de diez, de veinte, de cinco o de uno. Todos tienen el mismo formato. Que yo sepa, eso no pasa en ningún otro país. En cualquier otro lugar, los billetes de mayor denominación son de tamaño superior. Se da una progresión, por así decirlo. En cualquier otro país, el billete de uno es más pequeño que el de cinco, y este que el de diez, etcétera. Los billetes de mayor denominación en ocasiones son unos papelotes enormes, poco menos que sábanas. Pero los dólares estadounidenses son todos del mismo tamaño. El billete de cien dólares mide lo mismo que el de un dólar.
—¿Y?
—¿Y de dónde cree que están obteniendo el papel? —pregunté a mi vez.
Me quedé a la espera de oír su respuesta. Miró por la ventanilla. Apartando la mirada de mí. No terminaba de entenderlo, y eso lo mosqueaba.
—Lo están comprando —afirmé—. A un dólar por billete.
Suspiré y me miró como si yo fuera tonto.
—No están comprando el papel de ninguna forma —dijo—. El colaborador de Bartholomew me lo dijo claramente. Ese papel lo fabrican en Dalton, y la vigilancia es tan estrecha como el culo de un ratón. No han perdido una sola hoja de papel en ciento veinte años. Nadie está vendiendo ese papel de extranjis, Reacher.
—Se equivoca, Finlay —dije—. El papel está a la venta en el mercado libre.
Soltó un nuevo gruñido. Seguimos avanzando. Llegamos al cruce con la carretera del condado. Finlay aminoró y giró a la izquierda. Se dirigió al norte, en dirección a la autopista. La pálida luz del amanecer ahora estaba a nuestra derecha. Cada vez era más intensa.
—Están peinando el país entero para hacerse con billetes de un dólar —le aclaré—. Fue la misión que asignaron a Hubble hace un año y medio. En el banco había estado trabajando como responsable del departamento de dinero en efectivo. Por lo que sabía dónde encontrar dinero en efectivo. Y se las arregló para conseguir billetes de un dólar en bancos, centros comerciales, cadenas de comercios, supermercados, hipódromos, casinos, por todas partes. El trabajo era de aúpa. Porque necesitaban muchísimos billetes. Están empleando talones bancarios, giros telegráficos y billetes falsos de cien para comprar billetes buenos de un dólar por todo Estados Unidos. Algo así como una tonelada a la semana.
Finlay clavó la mirada en mí. Asintió con la cabeza. Estaba empezando a comprender.
—¿Una tonelada a la semana? —repitió—. ¿A cuánto asciende eso?
—Una tonelada en billetes de un dólar supone un millón de dólares —respondí—. Necesitan cuarenta toneladas al año. Cuarenta millones de dólares en billetes de un dólar.
—Continúe.
—Los camiones los transportaban hasta Margrave. Desde los lugares indicados por Hubble.
Finlay volvió a asentir. Estaba terminando de captar la idea.
—Y el dinero luego salía en las cajas de cartón de los aparatos de aire acondicionado —adivinó.
—Correcto —dije—. Hasta hace un año. Hasta que el cuerpo de guardacostas se metió por medio. Metían los billetes en cajas nuevas de cartón, probablemente encargadas a una fábrica situada a dos mil kilómetros de aquí. Metían el dinero en las cajas, las sellaban con cinta, se las llevaban del almacén. Pero antes de llevárselos contaban bien los billetes.
Asintió con la cabeza otra vez.
—Para llevar bien las cuentas —convino—. Pero ¿cómo cojones se puede contar una tonelada de billetes de dólar a la semana?
—Pesaban el dinero. Cada vez que llenaban una caja, la ponían en una balanza y la pesaban. En el caso de los billetes de un dólar, la onza sale por treinta dólares. Una libra supone cuatrocientos ochenta billetes. He estado leyendo sobre todo esto por la noche. Lo pesaban todo bien, calculaban el valor preciso y a continuación anotaban la cantidad en un lado de la caja de cartón.
—¿Cómo lo sabe?
—Los supuestos números de serie —le aclaré—. Los números en realidad indicaban el dinero que había en cada caja.
Finlay esbozó una sonrisa.
—Entendido. A continuación transportaban las cajas hasta Jacksonville Beach, ¿no es así?
—Justamente. Para embarcarlas con destino a Venezuela.
Callamos. Estábamos llegando a los almacenes situados junto a la vieja carretera del condado. Parecían haberse convertido en el centro de nuestro universo. Las planchas metálicas reflejaban la débil luz del amanecer. Finlay redujo la velocidad. Miramos los almacenes con detenimiento. Volvimos la cabeza al pasar por su lado. Subimos por la rampa hasta la autopista. En dirección a Atlanta. Finlay dio gas a fondo, y el viejo e imponente automóvil fue cogiendo velocidad.
—¿Y qué hay en Venezuela? —apunté.
Se encogió de hombros.
—Supongo que un montón de cosas.
—La fábrica de productos químicos de Kliner —respondí—. Hizo que la trasladaran a ese país después de los problemas con la EPA.
—¿Y?
—¿Y qué es lo que produce esa fábrica? —pregunté—. ¿Para que sirve esa fábrica?
—Algo relacionado con el algodón —contestó.
—Justamente —dije—. Fabrican un producto que lleva hidróxido de sodio, hipoclorito de sodio, cloro y agua. ¿Cuál es el resultado de la mezcla de todos esos elementos?
Volvió a encogerse de hombros. Él era policía, no químico.
—Lejía —dije—. Una lejía de tipo muy fuerte, especialmente si se aplica a la fibra de algodón.
—¿Y? —repitió.
—¿Qué le dijo ese colaborador de Bartholomew en lo referente al papel moneda?
Finlay abrió mucho la boca.
—Por Dios… —dijo finalmente—. El papel moneda está compuesto de algodón en su mayor parte. Con un añadido de lino. Están blanqueando los billetes de un dólar, literalmente. Por Dios, Reacher, ¡están blanqueándolos para borrar la tinta! Con lo que tienen cuarenta millones de hojas de papel moneda legítimo con las que hacer su santa voluntad.
Sonreí. Me tendió la palma de la mano. Le di una buen palmetazo, y nos pusimos a aullar en el interior del coche lanzado por la autopista.
—Lo ha descubierto, mi querido amigo de Harvard —dije—. Así es como lo hacen. La cosa está clara. Han dado con una solución química perfecta y están reimprimiendo los billetes en blanco como billetes de cien dólares. Es lo que Joe quería decir con eso de E Unum Pluribus. De uno salen muchos. De un dólar salen cien dólares.
—Por Dios —repitió Finlay—. Están blanqueando los billetes. Esto es otra cosa, Reacher. ¿Y sabe lo que significa? Que ese almacén ahora está lleno a rebosar de billetes, que en él guardan cuarenta toneladas de billetes de un dólar auténticos. Estamos hablando de cuarenta millones de dólares. De cuarenta toneladas apiladas en montones, a la espera de que los guardacostas pongan fin a su operativo de vigilancia e interceptación. Los hemos pillado con los pantalones bajados, ¿no le parece?
Me reí, feliz.
—Eso mismo —afirmé—. Están con los pantalones por los tobillos y con el culo al aire. Por eso estaban tan nerviosos. Por eso les entró el pánico.
Finlay meneó la cabeza. Sonrió al parabrisas.
—¿Cómo demonios ha llegado a deducir todo eso? —preguntó.
No le respondí al momento. Seguimos avanzando. La autopista estaba llevándonos a las afueras del sur de Atlanta. Muchas obras en construcción. Edificios y centros comerciales que hablaban de la nueva pujanza del Sur del país. Las grúas montaban guardia por todas partes, dispuestas a extender aquellos distritos urbanos por los campos de más allá.
—Lo mejor es que vayamos paso a paso —expliqué—. En primer lugar voy a dejárselo todo muy claro. Voy a enseñarle una caja para un aparato de aire acondicionado llena de billetes de un dólar auténticos.
—¿Dónde?
Lo miré.
—En el garaje de Stoller.
—¿Y ahora qué me dice, Reacher? Ese garaje ha ardido. Y dentro no había nada, ¿verdad? Incluso si hubiera algo dentro, por ese garaje han estado pasando un montón de bomberos y agentes de la policía de Atlanta.
—Que yo sepa, ese garaje no ha ardido.
—¿Cómo que no? El télex que nos enviaron lo dejaba clarísimo.
—Usted ha visto el listado que hizo mi hermano, ¿no es así? ¿El listado impreso?
—Sí, claro.
—En el listado hay una referencia al garaje de Stoller. Pero Stoller era propietario de dos viviendas. La casa en la que vivía con Judy, y la pequeña casita que con el tiempo cedió a sus padres. En esa segunda casa también hay un garaje.
Finlay guardó silencio un momento.
—¿Le parece que Stoller tenía guardada una caja en la casa de sus padres?
—Es lo lógico —dije—. Las cajas que vimos en su propio garaje estaban vacías. Pero Sherman no sabía que iba a morir el jueves pasado. Por lo que es razonable asumir que tenía más ahorros guardados en otro lugar. Él pensaba que iba a poder vivir muchos años sin trabajar.
Seguíamos bordeando Atlanta. Estábamos a punto de llegar al gran cruce de autopistas.
—Siga hacia el aeropuerto y no se detenga —le indiqué.
Continuamos bordeando la ciudad sobre una alta autopista de hormigón. Dejamos atrás el aeropuerto. Encontré el camino a aquel barrio modesto. Eran casi las siete y media de la mañana. El barrio tenía un aspecto agradable a la suave luz de la mañana. El sol bajo le aportaba cierto brillo que le era ajeno. Di con la calle y con la casa que andábamos buscando, modesta tras la valla de alambre.
Nos bajamos del coche y conduje a Finlay a través de la entrada en la valla. Fuimos andando por el camino y llegamos a la puerta de la casa. Le hice una seña a Finlay con la cabeza. Sacó la placa y llamó con los nudillos. Oímos unos crujidos en el suelo del recibidor, y unos pestillos y cadenas descorriéndose. La puerta se abrió. La madre de Sherman Stoller nos miró. Daba la impresión de encontrarse bien despierta. No parecía levantada. Nos miró sin decir palabra.
—Buenos días, señora Stoller —la saludé—. ¿Se acuerda de mí?
—¿Es que es usted agente de policía?
Finlay le mostró la placa. La mujer asintió con la cabeza.
—Será mejor que entren —dijo.
La seguimos por el pasillo hasta llegar a la pequeña cocina.
—¿En qué puedo ayudarles?
—Quisiéramos echar una mirada en el garaje, señora —respondió Finlay—. Tenemos razones para pensar que su hijo pudo haber guardado unos artículos robados ahí.
De pie en la cocina, la mujer guardó silencio un momento. Se volvió y cogió una llave que colgaba de un clavo en la pared. Nos la entregó sin decir palabra. Enfiló el angosto pasillo y se marchó a otra habitación. Finlay me miró, se encogió de hombros. Salimos por la puerta y rodeamos la casa hasta llegar al garaje.
Se trataba de una edificación muy pequeña y precaria, apenas lo bastante grande para albergar un solo automóvil. Finlay metió la llave en la cerradura y abrió la puerta sin dificultad. En el garaje no había nada más que dos altas cajas de cartón. Pegadas las dos a la pared del fondo. Idénticas a las cajas vacías que había visto en la nueva casa de Sherman Stoller. Island Air-Conditioning. Pero esas cajas seguían estando selladas con cinta adhesiva. En sus lomos estaban escritos largos números. Los miré con atención. Según aquellos números, en el interior de cada caja había cien mil dólares.
Finlay y yo miramos las cajas con detenimiento. Me acerqué y aparté una de ellas de la pared. Saqué la navaja automática de Morrison y la abrí. Inserté la punta bajo la gruesa cinta adhesiva y la rajé. Abrí las solapas y empujé la caja.
Se volcó sobre el suelo de hormigón. Una avalancha de billetes de banco salió volando por la abertura. Un montón de billetes. Miles y miles de billetes de un dólar. Un verdadero torrente de billetes, algunos nuevos, otros arrugados, algunos en gruesos fajos, algunos sueltos y meciéndose en el aire. La caja de cartón terminó de verter su contenido, y la marea de dinero llegó a los lustrados zapatos de Finlay. Se acuclilló y hundió las manos en aquel mar de billetes. Agarró dos puñados al azar y los llevó ante sus ojos. El minúsculo garaje estaba en penumbra. Solo tenía un sucio ventanuco por el que apenas se colaba la pálida luz de la mañana. En cuclillas, Finlay contempló los dos puñados de billetes. Miramos el dinero, y nos miramos el uno al otro.
—¿Cuánto había ahí dentro? —preguntó.
Di una patada a la caja para ver el número escrito a mano. Unos últimos billetes surgieron por la abertura y fueron volando hasta el suelo.
—Casi cien mil —contesté.
—¿Y en la otra caja?
Examiné el largo número anotado a mano.
—Algo más de cien mil —dije—. Supongo que los fajos estarán más apretados.
Meneó la cabeza. Dejó caer los dos puñados de billetes y volvió a hundir las manos en el montón. Se levantó y empezó a patearlo. Como un niño que estuviera pateando las hojas muertas del otoño. Hice otro tanto. Entre risas, estuvimos pateando todo aquel dinero por todo el garaje. Los billetes volaban por todas partes. Aullando de alegría, nos dimos palmadas en la espalda. Entrechocamos las manos y bailamos sobre aquellos cien mil dólares diseminados por el suelo del garaje.
Finlay dio marcha atrás con el Bentley hasta emplazarlo delante de la puerta del garaje. A patadas, hice un montón con los billetes y empecé a meterlos en la caja de cartón. No cabían todos. Muchos de los fajos se habían soltado de sus gomas. Con lo que ahora había muchísimos más billetes sueltos. Enderecé la caja y traté de aplastar el dinero en el interior. Pero no había manera. Debí de dejar unos treinta mil pavos en el suelo del garaje.
—Mejor nos llevamos la caja que todavía está sellada —sugirió Finlay—. Ya volveremos a por los demás.
—Ese dinero es como una gota en el océano. Podríamos dejárselo a los dos ancianos. Como si fuera un fondo de pensiones. O la herencia que les dejó su hijo.
Lo pensó. Se encogió de hombros. El suelo del garaje estaba sembrado de billetes. Había tanto dinero que no parecía tener importancia.
—De acuerdo —convino.
Arrastramos la caja sellada al luminoso exterior. La metimos en el maletero del Bentley. Nos costó lo suyo. Era muy pesada. Cien mil dólares pesan casi cien kilos. Jadeantes, descansamos un momento. Luego cerramos la puerta del garaje, dejando los otros cien mil en el interior.
—Voy a llamar a Picard —dijo Finlay.
Volvió al interior de la casa del anciano matrimonio para que le dejaran usar el teléfono. Me senté en el caliente capó del Bentley, disfrutando del sol de la mañana. Finlay volvió al cabo de un par de minutos.
—Tenemos que ir a verle a su oficina —me informó—. Para decidir la estrategia que vamos a seguir.
Condujo el coche por aquel laberinto de pequeñas calles deterioradas en dirección al centro urbano. Hacía girar el gran volante de baquelita orientándose por la situación de los altos rascacielos.
—Muy bien —dijo de repente—. Me ha demostrado que estaba en lo cierto. Pero cuénteme cómo lo dedujo.
Me giré en el gran asiento de cuero y lo miré.
—Quería echarle otra mirada al listado de Joe. Por si veía algo más respecto del garaje de Stoller. Pero el papel con el listado se había empapado de agua con cloro. De manera que todo lo impreso por Joe se había borrado.
Me miró un instante.
—¿Y eso le dio la idea?
Negué con un gesto.
—En realidad se me ocurrió tras leer el informe para el Senado. Dos párrafos en particular. El primero hablaba de unos antiguos falsificadores de Bogotá. El segundo mencionaba a otros del Líbano, de hacía tiempo también. Tanto los colombianos como los libaneses habían hecho lo mismo: blanquear por completo billetes auténticos de un dólar para reimprimirlos como billetes de cien.
Finlay se pasó un semáforo en rojo. Me miró de nuevo.
—Entonces, ¿Kliner no ha sido el primero en tener la idea?
—No, la idea no es suya. La diferencia está en que esos otros trabajaban a muy pequeña escala, de forma casi artesanal. Kliner se apropió de su técnica y la aplicó de forma industrial. Por así decirlo, es el Henry Ford de los billetes falsos. Henry Ford no fue quien inventó el automóvil, ¿verdad? Pero sí que inventó la producción en serie.
Se detuvo ante el siguiente semáforo. Por el cruce venían varios coches.
—Entonces, ¿el informe para el Senado mencionaba eso del blanqueo de billetes? Si es el caso, ¿cómo se explica que ni Bartholomew ni Kelstein cayeran en la cuenta? Ellos fueron los que escribieron ese maldito informe, ¿no?
—Creo que Bartholomew terminó por caer en la cuenta —dije—. Creo que al final comprendió lo que estaba pasando. Es lo que vino a decir en ese último correo electrónico suyo. Acababa de acordarse. Por lo demás, el informe es muy extenso. Estamos hablando de miles de páginas, escritas hace mucho tiempo. Lo del blanqueo físico de billetes no era más que una minúscula nota a pie de página en una obra descomunal. Y se refería a unas operaciones a muy pequeña escala. Incomparable con lo que Kliner está haciendo. Hay que disculpar a Bartholomew y a Kelstein. No son más que dos viejos. Sin mucha imaginación.
Finlay se encogió de hombros. Aparcó junto a una boca de riego en una zona reservada.