Zona peligrosa

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—¿Tú…? —dijo Finlay con incredulidad.

Picard le sonrió con frialdad.

—El mismo —dijo—. Y ha sido todo un placer, créeme. Me habéis sido de mucha ayuda los dos. Muy amables. Me habéis estado informando en todo momento del curso de la investigación. Pusisteis a la familia Hubble en mis manos, al igual que a la agente Roscoe. No podría haberos pedido más.

Finlay parecía estar clavado en el suelo. Y temblando.

—¿Tú…? —repitió.

—Tendrías que haberte dado cuenta el viernes, capullo —le espetó Picard—. Envié a ese hispano canijo al hotel de Joe dos horas antes de avisarte a ti. Me decepcionaste. No creía que fuese a tener que esperar tanto para contarte todo esto.

Nos miró y sonrió. Finlay desvió la vista. Me miró. No supe qué decirle. Era incapaz de pensar. Fijé los ojos en la mole de Picard en la puerta y me dije que ese iba a ser el último día de mi vida.

—Usted póngase ahí —me ordenó Picard—. Al lado de Finlay.

Dio dos enormes zancadas y me apuntó directamente. De forma mecánica reparé en que el suyo era un nuevo modelo de revólver del 38 con el cañón corto. Me dije que sería preciso en una distancia tan corta. Pero que no se podía esperar que un arma del calibre 38 fuera a derribar a un hombre. Y éramos dos contra uno. Y Finlay llevaba su propia pistola en la sobaquera, escondida bajo la americana de tweed. Pero al momento dejé de hacer cálculos, pues el alcalde Teale entró por la puerta. Llevaba el pesado bastón en la mano izquierda. Pero en la derecha tenía una escopeta de las empleadas por la policía. Una Ithaca Mag-10. No importaba demasiado adónde estuviera apuntando.

—Póngase ahí —repitió Picard.

—¿Dónde está Roscoe? —pregunté.

Se echó a reír. Sin decir palabra, siguió riendo e hizo un gesto con el cañón del revólver instándome a situarme junto a Finlay. Me levanté y fui hacia donde me indicaba. Me sentía como si estuviera lleno de plomo. Apreté los labios y me moví con la sombría determinación de un impedido que tratase de caminar.

Me puse junto a Finlay. Teale nos estaba cubriendo con la enorme escopeta. Picard llevó la mano con rapidez al interior de la americana de Finlay. Le quitó el revólver de la sobaquera. Y se lo metió en el bolsillo de su propia americana. La prenda se le abrió por el peso del arma. Parecía una tienda de campaña. Se movió a un lado y me cacheó. Yo estaba desarmado. Había dejado mi chaqueta en el maletero del Bentley. Picard dio un paso atrás y se situó junto a Teale. Finlay estaba mirándolo como si el corazón fuese a estallarle en cualquier momento.

—¿Cómo puedes hacerme algo así? —preguntó—. Tú y yo somos amigos de siempre.

Picard se limitó a encogerse de hombros.

—Te dije que no te metieras en todo esto —respondió—. Te lo dije en marzo pasado. Hice lo posible para que no vinieras a este pueblo. Te avisé. ¿O no? Pero no me escuchaste, capullo, y es que mira que llegas a ser cabezón. Así que esto es lo que hay, amigo mío.

Mientras escuchaba los rugidos de Picard, lo sentía más por Finlay que por mí mismo. Pero en ese momento Kliner entró por la puerta. En su rostro duro como el pedernal se dibujaba una ancha sonrisa. Sus afilados dientes de lobo brillaban. Fijó los ojos en mí. Llevaba otra escopeta Ithaca Mag-10 en la izquierda. Y en la derecha empuñaba la pistola con la que había matado a Joe. Y con la que ahora me estaba apuntando a mí.

Una pistola Ruger Mark II. Una automática del calibre 22, pequeña pero igualmente mortífera. Provista de un grueso silenciador. El arma idónea para el ejecutor que gusta de acercarse mucho a su víctima. Nueve días antes, el extremo de aquel silenciador había descansado sobre la sien de mi hermano. De eso no tenía dudas. Podía sentirlo.

Picard y Teale fueron al otro lado del escritorio. Teale tomó asiento en el sillón. Picard estaba de pie como un gigante a su lado. Kliner hizo un gesto indicándonos a Finlay y a mí que nos sentáramos. Nos sentamos frente al gran escritorio de madera de palisandro. Miramos a Teale a la cara. Kliner cerró la puerta del despacho y apoyó la espalda contra la madera. En la mano tenía la escopeta, a la altura de la cadera, apuntándome a la cabeza. La pistola del 22 con silenciador apuntaba al suelo.

Miré a los tres, uno tras otro. El viejo Teale estaba contemplándome con un odio furibundo pintado en su rostro rugoso. Se lo veía trastornado, presa de la tensión. Desesperado, incluso. Como si estuviera a punto de derrumbarse. Parecía ser veinte años más viejo que el hombre mayor pero bien conservado a quien había visto el lunes. Picard tenía mucho mejor aspecto. Hacía gala de la seguridad en sí mismo propia de un deportista de éxito. Como una estrella del fútbol o un campeón olímpico que estuviera visitando su antiguo colegio. Pero en sus ojos había cierta ansiedad. Y estaba haciendo repiquetear un pulgar contra el muslo. Él también estaba en tensión.

Ladeé la mirada y fijé los ojos en Kliner. Lo miré fijamente. Pero en su rostro no había nada. Un rostro delgado, duro y curtido. Que no se movía un ápice. Estaba petrificado. Su rostro y su cuerpo no delataban nada en absoluto. Parecía una estatua tallada en madera de teca. Pero en sus ojos había una especie de brillo cruel. Me miraron con desprecio desde su rostro vacío y duro.

Teale abrió un cajón del escritorio. Sacó la grabadora que Finlay había utilizado conmigo el viernes. Se la entregó a Picard. Este dejó el revólver en el escritorio y desenredó los tiesos cables. Enchufó el aparato. No se molestó en comprobar el micrófono. Porque no iban a grabar nada. Iban a hacernos escuchar una grabación. Teale pulsó la tecla del interfono del escritorio. Oí que el timbre sonaba al otro lado de la puerta.

—¿Baker? —dijo Teale—. Venga aquí, por favor.

Kliner se apartó de la puerta, y Baker entró. Vestido de uniforme. Con el revólver del 38 en la funda. Me miró. No sonrió en absoluto. Llevaba dos casetes en la mano. Teale los cogió.

—Escuchen con atención esta cinta. Van a encontrarla muy interesante.

Insertó el casete y pulsó la tecla de reproducción. El motor empezó a zumbar, y del altavoz salió un pequeño silbido. De pronto me llegó la voz de Roscoe, con un fuerte eco al fondo. Presa del pánico. Su sonido llenó el despacho.

—¿Reacher? —dijo Roscoe—. Este es un mensaje que tengo que enviarte, ¿entendido? El mensaje es que va a ser mejor que hagas lo que te dicen, o voy a tener un problema. El mensaje es que, si tienes duda sobre qué tipo de problema, lo mejor va a ser que vuelvas al depósito de cadáveres y eches otra mirada al informe de la autopsia de la señora Morrison. Este tipo de problema. Así que ayúdame, ¿de acuerdo? Fin del mensaje, Reacher.

Su voz dejó de sonar; volvió a escucharse el eco y el sibilante ruido de fondo. Oí un ligero gemido, como si la hubieran apartado del micrófono por la fuerza. Teale apagó el aparato. Lo miré fijamente. Me sentía frío como el hielo. Ya no era un ser humano.

Picard y Baker estaban contemplándome con visible satisfacción. Con la satisfacción de quienes tienen la baza ganadora. Teale sacó la cinta del aparato y la dejó a un lado en el escritorio. Levantó la otra cinta para que la viéramos bien y la insertó en la máquina. Volvió a pulsar la tecla de reproducción.

—Otra más. Escuche con atención.

Volvió a oírse el mismo ruido de fondo sibilante. Seguida por la voz de Charlie Hubble, también con un eco de fondo. Hablando en tono histérico. Como el lunes por la mañana en el camino de gravilla de su casa.

—¿Hub? —dijo la voz de Charlie—. Soy Charlie. Estoy con los niños. No estoy en casa, ¿entiendes? Y tengo que darte un mensaje. Si no vuelves, van a hacerles algo a los niños. Me dicen que ya sabes lo que es ese algo. Es lo mismo que nos iban a hacer a ti y a mí, pero dicen que esta vez se lo harán a los niños. Así que tienes que volver cuanto antes, ¿entendido?

La voz pronunció esta última palabra con una creciente nota de pánico y terminó enmudecida por aquel ruido sibilante. Teale apagó el aparato. Sacó el casete y lo dejó con cuidado en el borde del escritorio. Justamente delante de mí. Kliner se situó en mi campo visual y dijo:

—Va a llevarse esto con usted. Va a llevárselo, va a ir a ver a Hubble dondequiera que sea que lo tiene escondido y va a hacer que escuche esta cinta.

Finlay y yo nos miramos. Con el mismo asombro. Miré a Kliner fijamente y dije:

—Hubble a estas alturas está muerto. Y ustedes son quienes lo han matado.

Kliner titubeó.

—No me venga con esas mierdas —dijo—. Está claro que íbamos a matarle, pero usted lo quitó de en medio. E hizo que se escondiera en algún lugar. Charlie nos lo ha dicho.

—¿Que Charlie se lo ha dicho? —repetí.

—Le preguntamos dónde estaba Hubble. Y nos dijo que usted sabría dónde encontrarle. Insistió en ello. En ese momento habíamos puesto una navaja entre las piernas de su hijita. Nos dijo que usted había estado ayudando y aconsejando a su marido. Que sin duda sabría encontrarlo. Espero que esa mujer no estuviera mintiéndonos. Lo espero por el bien de todos.

—A Hubble lo han matado ustedes —les espeté—. Y no sé nada más sobre este asunto.

Kliner suspiró.

—No me venga con esa mierda. Usted ha escondido a Hubble en algún lugar, y necesitamos que vuelva con nosotros. Lo necesitamos con urgencia. Es una simple cuestión de negocios. Y tenemos varias opciones. La primera, sacarle la verdad a golpes. Ya lo hemos hablado entre nosotros. Pero podemos encontrarnos con un problema táctico. Es posible que quiera jugar al despiste y nos mande a la dirección equivocada. Lo que nos vendría muy mal, pues el tiempo apremia. Seguramente ha estado sopesando esa idea, ¿verdad?

Esperó a oír que decía. No dije nada.

—Así que vamos a hacer otra cosa. Picard va a ir con usted a recoger a Hubble. Cuando lleguen al lugar donde se encuentra, Picard me llamará. A mi teléfono móvil, tiene el número. Y entonces los tres volverán aquí, ¿comprendido?

No respondí.

—¿Dónde está Hubble? —preguntó Kliner de pronto.

Iba a responder algo, pero levantó la mano para hacerme callar.

—Como he dicho, no me venga con estupideces. A ver, salta a la vista que está devanándose los sesos para encontrar una solución. Sin duda está pensando en alguna forma de reducir a Picard. Pero no va a conseguirlo.

Me encogí de hombros. No dije palabra.

—Va a encontrarse con dos problemas —agregó Kliner—. El primero es que dudo mucho de que pueda reducir a Picard. Hasta la fecha nadie lo ha conseguido. El segundo es que Picard no tiene anotado mi teléfono móvil. Se lo sabe de memoria.

Me encogí de hombros otra vez. Kliner era un fulano de los listos. De la peor calaña.

—Un par de cosas más —añadió—. No sabemos exactamente a qué distancia se encuentra Hubble. Y usted no piensa decirnos la verdad. Así que esto es lo que vamos a hacer: vamos a darle un límite de tiempo.

Dejó de hablar y se acercó a Finlay. Levantó la pistola del 22 y llevó el extremo del silenciador al oído de Finlay. Lo insertó y empujó con fuerza, de tal forma que Finlay a punto estuvo de caerse de la silla.

—Al inspector lo vamos a encerrar en una de las celdas —explicó—. Esposado a los barrotes. Si Picard no me ha llamado antes del amanecer, voy a apuntar con la escopeta a la celda del inspector y voy a hacerle pedazos. Y luego voy a hacer que la guapa agente Roscoe se encargue de limpiar con una esponja las vísceras pegadas a las paredes. Entonces voy a darle otra hora. Si Picard no me ha llamado antes del amanecer, voy a empezar con la simpática agente Roscoe. Que morirá presa de unos dolores atroces, Reacher. Pero antes vamos a tratarla como la zorra que es. Vamos a divertirnos con ella, y mucho. Es posible que ella no lo pase tan bien. Porque vamos a hacerle toda clase de guarradas. De las peores. El alcade Teale y yo hemos estado hablándolo durante una hora seguida y tenemos muy claro qué le vamos a hacer.

Kliner casi tiró a Finlay de la silla al presionar la pistola automática contra su oído. Finlay no dijo palabra. Kliner me sonrió, mostrando muchos dientes. Le devolví la sonrisa, con tranquilidad. Kliner era hombre muerto. Estaba tan muerto como si se hubiera tirado de un rascacielos. Todavía no se había estrellado contra la acera. Pero ya había dado el salto al vacío.

—¿Ha quedado claro? —dijo—. Digamos que tiene que llamarme antes de las seis de mañana si quiere salvarle la vida al señor Finlay. Y antes de las siete para salvar a la señorita Roscoe. Y no intente pasarse de listo con Picard. Nadie más tiene mi número de teléfono.

Volví a encogerme de hombros.

—¿Ha quedado claro? —repitió.

—Ha quedado clarísimo —dije—. Hubble se ha dado el piro, y usted no sabe cómo encontrarlo. Es lo que me está diciendo, ¿no?

En el despacho se hizo el silencio.

—No tiene ni idea de cómo encontrarlo, ¿verdad? —Le solté—. Es usted un inútil, Kliner. Un mierda y un inútil. Se cree muy listo, pero no es capaz de encontrar a Hubble. No sería capaz de encontrar su propio culo ni aunque le dieran un espejo pegado a un palo de fregona.

Oí que Finlay contenía el aliento. Pensaba que yo estaba jugando con su vida. Pero el viejo Kliner lo dejó en paz. Volvió a situarse en mi campo visual. Había palidecido. El hombre olía a estrés. Estaba empezando a hacerme a la idea de que Hubble seguía con vida. Llevaba una semana muerto, y ahora de pronto estaba otra vez con vida. Estaba vivo, escondido en alguna parte. Había pasado la semana escondido, mientras trataban de dar con él. No lo habían pillado en casa el lunes por la mañana. Se había ido por su propio pie. Lo habían llamado conminándole a quedarse en casa, pero había olido algo raro y había salido por piernas para salvar la vida. Y no conseguían encontrarle. Paul Hubble me había concedido el pequeñísimo margen de ventaja que yo necesitaba.

—¿Qué tiene Hubble para que necesiten encontrarle como sea? —pregunté.

Kliner se encogió de hombros.

—Hubble es el único cabo suelto —dijo—. He arreglado todo lo demás personalmente. Y no voy a quedarme sin negocio porque un capullo y un imbécil como Hubble sea amigo de darle a la lengua. Así que lo necesito en casa. Donde tiene que estar. Y usted va a traérmelo.

Eché la cabeza hacia delante y lo miré a los ojos.

—¿Es que su hijo no puede ir a por él? —pregunté sin levantar la voz.

Nadie dijo palabra. Acerqué mi rostro al suyo un poco más.

—Dígale a su hijo que vaya a buscarlo él mismo.

Kliner guardaba silencio.

—¿Dónde está su hijo, Kliner? —pregunté.

No respondió.

—¿Qué le ha pasado? —pregunté—. ¿Tiene alguna idea?

Kliner lo sabía, pero no quería saberlo. Me daba cuenta. No terminaba de aceptarlo. Había enviado a su hijo a por mí, y él no había vuelto. De forma que lo sabía, pero no quería reconocerlo. Su rostro pétreo se tornó flácido. Quería saberlo. Pero no podía preguntármelo. Quería odiarme por haber matado a su hijo. Pero tampoco podía hacerlo. Porque sería tanto como reconocer que era verdad.

Seguí mirándole fijamente. Lo que Kliner en ese momento quería era encañonarme con la gran escopeta y convertirme en una rojiza masa informe, pero no podía. Porque me necesitaba para traerle a Hubble. Estaba reconcomiéndose por dentro. Se moría de ganas de dispararme. Pero, para él, cuarenta toneladas de dinero eran más importantes que la vida de su hijo.

Seguí mirando sus ojos muertos. Sin pestañear. Pregunté con voz suave:

—¿Dónde está su hijo, Kliner?

En el despacho se produjo un largo silencio.

—Váyanse de aquí ahora mismo —dijo Kliner—. Reacher, si dentro de un minuto no se ha marchado, me cargo al inspector pero ya.

Me levanté. Miré a los cinco. Hice un gesto a Finlay con la cabeza. Me fui. Picard me siguió y cerró la puerta sin hacer ruido.

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