Zona peligrosa
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Picard y yo salimos por la sala de trabajo. No había un alma. El sargento del mostrador se había ido. Teale seguramente le había dicho que se marchara a casa. La cafetera estaba conectada. Olía a café. Vi el escritorio de Roscoe. Y el papel pegado en la pared. Para anotar los progresos efectuados en la investigación del caso Morrison. Estaba en blanco. No se habían hecho progresos. Abrí una de las pesadas puertas de cristal y salí a la soleada tarde.
Con el corto cañón de su revólver, Picard me indicó que subiera al Bentley y condujera. No discutí. Fui andando hacia el coche. Nunca en la vida me había sentido tan cerca del pánico. El corazón me latía desbocado, y respiraba con dificultad. Me costaba trabajo seguir andando con normalidad. Me dije que más valía que fuera pensando qué cojones iba a hacer.
Entré en el Bentley y conduje hasta la cafetería de Eno. Rebusqué en el bolsillo del asiento y encontré el mapa. Fui andando bajo el sol de la tarde y entré en el establecimiento. Me senté a una mesa. Pedí café y unos huevos.
Estaba gritándome a mí mismo que tenía que atenerme a lo aprendido a lo largo de trece años de experiencia. Cuanto menos tiempo tienes, más fría has de mantener la cabeza. Si solo te queda un disparo, asegúrate de hacer destrozos con él. No puedes permitirte fallar porque lo planeaste mal. O porque sufriste un bajón de glucosa y esa madrugada te sentiste mareado y sin fuerzas. De forma que me obligué a comer los huevos y beber el café. Hice a un lado la taza y el plato vacíos y abrí el mapa. Empecé a buscar a Hubble. Podía encontrarse en cualquier lugar. Pero tenía que encontrarle. Solo disponía de una oportunidad. No podía ir de un sitio a otro en su busca. Tenía que dar con él en el interior de mi cabeza. El proceso tenía que ser deductivo. Tenía que encontrarle mentalmente e ir a por él después. Con la cabeza agachada, miré bien el mapa extendido sobre la mesa. Estuve mirándolo largo rato.
Estuve casi una hora entera mirando el mapa. Finalmente lo doblé con cuidado. Cogí el cuchillo y el tenedor del plato de los huevos y me llevé los cubiertos al bolsillo con disimulo. Miré en derredor. La camarera de las gafas se acercó.
—¿Se va de viaje, amigo? —preguntó.
Levanté la mirada en su dirección. Vi mi rostro reflejado en sus gafas, así como la gran mole de Picard sentado a la mesa a mi espalda. Me dije que su mano en ese momento seguramente estaba empuñando la culata del revólver. Le respondí que sí con la cabeza a la camarera.
—Es la idea, sí. Un viaje de mil demonios. Un viaje para recordar durante toda la vida.
No supo qué responder a mis palabras.
—Bueno, pues cuídese, ¿vale? —dijo finalmente.
Me levanté y dejé en la mesa uno de los billetes de cien que me había entregado Charlie. Quizá era bueno, quizá no. Pero serviría igual. Y me apetecía dejar una buena propina. Eno estaba sacándose mil pavos a la semana por no hacer nada, pero no sabía si pagaba bien a sus camareras. A juzgar por el rostro del fulano, era poco probable.
—Hasta la vista, señor —dijo la camarera.
—Todo es posible.
Picard me empujó a través de la puerta de salida. Eran las cuatro. Fui por la gravilla hacia el Bentley. Picard me siguió con la mano en el bolsillo. Me subí al coche y arranqué. Salí del aparcamiento y enfilé la vieja carretera del condado en dirección al norte. Recorrí los veinte kilómetros en apenas doce minutos.
Picard me había hecho conducir el Bentley. No su propio coche. Tenía que haber una razón. El motivo no era porque el Bentley fuera más espacioso, sino porque el Bentley era un coche muy fácil de reconocer. Lo que significaba que Picard iba a contar con apoyo adicional. Miré por el espejo y vi que un sedán nos seguía a unos cien metros. Con dos fulanos en el interior. Me encogí de hombros. Aminoré y eché una mirada a los almacenes situados a la izquierda, en lo alto de la carretera del condado. Subí por la rampa y entré en el trébol. Enfilé la autopista a toda la velocidad posible. El tiempo era fundamental.
La autopista me condujo al suroeste de Atlanta. Me desvié al este por la I-20. Seguí adelante, con los dos fulanos del sedán cien metros por detrás, un kilómetro tras otro.
—Y bien, ¿dónde está Hubble? —preguntó Picard.
Era la primera vez que me dirigía la palabra desde que salimos de la comisaría. Lo miré por el rabillo del ojo y me encogí de hombros.
—Ni idea —dije—. Lo mejor que se me ocurre es ir a hablar con un amigo que tiene en Augusta.
—¿Cómo se llama ese amigo?
—Lennon.
—¿Y vive en Augusta?
—Vive en Augusta —respondí—. Es a donde vamos.
Picard soltó un gruñido. Seguimos avanzando. Los otros dos continuaban detrás.
—¿Y quién es ese tipo de Augusta? —preguntó Picard—. ¿Ese tal Lennon?
—Un amigo de Hubble. Ya se lo he dicho.
—Hubble no tiene ningún amigo en Augusta —sentenció—. ¿Cree que no nos hemos molestado en investigar este tipo de cosas?
Me encogí de hombros. No respondí.
—Mejor será que no me venga con cosas raras, amigo —dijo Picard—. A Kliner no le gustaría. Y la mujer lo pasaría aún peor. Kliner puede ser pero que muy cruel, se lo digo yo. Lo he visto en acción.
—¿Cuándo?
—Muchas veces. Como el miércoles pasado, en el aeropuerto. Cuando lo de esa mujer, Molly Beth. La mujer se puso a chillar, y eso a Kliner le encanta. O como el domingo pasado, en la casa de Morrison.
—¿Kliner estuvo allí el sábado?
—Lo pasó en grande —dijo Picard—. Él y su maldito hijo. Ha hecho un favor al mundo al cargarse a ese niñato asqueroso. Tendría que haberle visto el domingo. A los dos polis les dimos el día libre. No nos parecía muy correcto que tuvieran que hacerle algo así a su propio jefe. Los Kliner y yo nos encargamos de todo. El viejo lo pasó en grande. Kliner puede ser pero que muy cruel, ya se lo he dicho. Más vale que me ayude a hacer esa llamada a tiempo, o su amiguita lo va a pasar muy mal.
Guardé silencio. Yo había visto a Kliner hijo el domingo. Cuando se acercó al supermercado a recoger a su madrastra. Hacia las diez y media de la mañana. No paró de mirarme. Acababa de descuartizar a los Morrison.
—¿El viejo Kliner fue el que disparó a mi hermano? —pregunté a Picard.
—¿El jueves por la noche? Sí, claro. Con esa pistolita suya del 22, con el silenciador.
—¿Y Kliner hijo fue el que luego pateó el cuerpo?
El gigante se encogió de hombros.
—El muchacho estaba como loco —dijo—. A ese niñato le faltaba un tornillo.
—Se suponía que Morrison luego tenía que limpiarlo todo, ¿no?
—Se suponía —gruñó Picard—. Se suponía que el muy mamón tenía que meter los cadáveres en el coche antes de prenderle fuego. Pero no encontró el cuerpo de Stoller. Y al final lo dejó correr.
—Kliner se cargó a ocho tipos en Luisiana, ¿no?
Picard se echó a reír.
—Y a algún otro del que no se sabe nada —agregó—. Ese capullo de Spirenza se pasó un año buscando indicios de pagos a un asesino a sueldo. Pero ese asesino a sueldo nunca existió. Porque Kliner se encargaba personalmente del asunto. Para él era como un pasatiempo.
—¿Usted por entonces ya conocía a Kliner?
—Conozco a Kliner desde hace mucho. En su momento hice que me asignaran funciones de enlace con Spirenza y sus investigadores.
Continuamos avanzando en silencio dos o tres kilómetros. Los dos del sedán seguían a unos cien metros detrás del Bentley. Picard me miró y dijo:
—¿Ese tal Lennon no será otro maldito agente del Tesoro, de los que trabajaba para su hermano?
—Es un amigo de Hubble —me limité a responder.
—Y una mierda. Lo investigamos todo a conciencia, y Hubble no tiene amigos en Augusta. Qué cojones, ese tipo no tiene amigos en ninguna parte. ¡Si hasta pensaba que Kliner era su amigo, porque le había dado un trabajito!
Rompió a reír de buena gana.
—Como Finlay, quien también se creía amigo de usted, ¿no? —observé.
Se encogió de hombros.
—Traté de disuadirle. Hice lo posible por advertirle. ¿Y ahora qué otra salida tengo? ¿Hacer que me maten para quedar bien con él?
No contesté. Seguimos avanzando en silencio. El discreto sedán continuaba cien metros por detrás.
—Tenemos que repostar —indiqué.
Picard echó el rostro hacia delante y escudriñó el indicador del depósito. La aguja estaba acercándose al rojo.
—Entre en la primera gasolinera que vea.
Vi el letrero de una gasolinera cerca de una población llamada Madison. Entré en ella y fui hacia los surtidores. Escogí el más alejado y me detuve.
—¿Se encarga usted? —pregunté a Picard.
Me miró con sorpresa.
—No —respondió—. ¿Por quién coño me ha tomado? ¿Por un maldito empleado de gasolinera? Ocúpese usted mismo.
Era la respuesta que quería oír. Me bajé del coche. Picard se bajó por el otro lado. El sedán llegó, y los dos fulanos se bajaron a su vez. Los miré. Eran los mismos tipejos con quienes había tenido un encontronazo en Nueva York, cerca de la universidad donde Kelstein trabajaba. El más escuchimizado de los dos llevaba la gabardina color caqui. Los saludé con un amigable gesto de la cabeza. Les quedaba menos de una hora de vida. Fueron hacia Picard y se quedaron a su lado. Descolgué la boquilla del surtidor y la inserté en el depósito del Bentley.
El tanque era de los gordos. De más de setenta litros. Puse un dedo bajo el gatillo de la boquilla, para que la gasolina bombeara con lentitud. Me puse de medio lado y me apoyé en la carrocería mientras el combustible seguía fluyendo poco a poco. Me pregunté si haría bien en empezar a silbar. Picard y los dos hispanos habían perdido todo interés.
Saqué del bolsillo los dos cubiertos que había cogido en la cafetería de Eno y hundí la punta del cuchillo en el neumático situado junto a mi rodilla derecha. Desde donde se encontraba, Picard seguramente pensaría que me estaba frotando la pierna o algo parecido. A continuación saqué el tenedor y doblé uno de sus dientes hacia el exterior. Lo hundí en el neumático y dejé allí el tenedor. Los dientes del tenedor se habían hincado cerca de un centímetro en el neumático. Terminé de llenar el depósito y colgué la boquilla en su gancho.
—¿Esto lo paga usted? —pregunté a Picard.
Me miró y se encogió de hombros. Sacó un fajo de billetes, extrajo uno de ellos y se lo dio al de la gabardina para que fuese a pagar. Volvimos al interior del coche.
—Un momento —ordenó Picard.
Me quedé a la espera hasta que el sedán arrancó a mi espalda e hizo brillar dos veces los faros delanteros. Sin forzar la velocidad, salí a la autopista. Empezamos a dejar atrás un cartel indicador tras otro. Augusta, cien kilómetros. Augusta, ochenta kilómetros. Augusta, sesenta kilómetros. El viejo Bentley continuaba avanzando a velocidad constante. Los otros nos seguían. El sol que se ponía a mi espalda relucía en tonos rojizos en el retrovisor. El horizonte se veía negro. Ya era noche cerrada en el océano Atlántico. Continuamos avanzando.
El neumático trasero reventó unos treinta kilómetros antes de llegar a Augusta. Eran las siete y media, y estaba oscureciendo. Los dos notamos cuando reventó la rueda; el coche dejó de avanzar en línea recta.
—Un pinchazo —dije—. Mierda…
—Métase en el arcén.
Lo hice, no sin dificultad. El sedán llegó un momento después y se detuvo detrás de nosotros. Salimos los cuatro. La suave brisa había dejado paso a un viento frío que llegaba del este. Me estremecí y abrí el maletero. Cogí la chaqueta y me la puse como si necesitara entrar en calor.
—La rueda de recambio está bajo el maletero —dije a Picard—. ¿Me ayuda a sacar esta caja?
Se acercó y contempló la caja de cartón llena de billetes de un dólar.
—Me temo que le pegamos fuego a la casa que no era —rio.
Sacamos la pesada caja y la dejamos en el arcén. Picard a continuación sacó el revólver y me lo mostró. Su enorme americana ondeaba al viento.
—Que los dos enanitos se ocupen de cambiar la rueda —dijo—. Usted quédese donde está, junto a la caja.
Hizo una seña a los hispanos y les dijo que se ocuparan de la rueda. Encontraron el gato y todo lo demás. Levantaron la carrocería con el gato, sacaron la rueda pinchada. Pusieron la de recambio y ajustaron bien los pernos. De pie junto a la caja con el dinero, yo estaba temblando bajo el viento, apretando la chaqueta en torno a mi cuerpo. Con las manos metidas en los bolsillos y apoyando el peso de mi cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro. Haciéndome pasar por un tipo sin nada que hacer y que estaba muriéndose de frío.
Esperé a que Picard se acercara a comprobar que los pernos estaban bien sujetos. Se agachó. Había llegado mi momento. Saqué la mano del bolsillo, aferrando la navaja automática de Morrison, abierta, y rajé uno de los lados de la caja de cartón. Rajé la parte superior y un lado. Antes de que Picard pudiera apuntarme bien con el revólver, la caja se abrió de golpe y el viento empujó cien mil billetes de un dólar por toda la autopista, hasta nublarlo todo como una ventisca.
Me tiré por encima del murete de hormigón que señalaba el límite del arcén y rodé por el pequeño terraplén. Saqué la Desert Eagle. Disparé al tipejo de la gabardina cuando se acercó al murete, pero no apunté bien y solo le reventé la pierna. A su espalda, un camión con el parabrisas cubierto de billetes verdes se salió de la autopista y fue a estrellarse contra el sedán aparcado tras el Bentley. Luchando por esquivar aquella ventisca de dinero, Picard echó a correr hacia el murete como pudo. Me llegó el chirriar de muchos neumáticos. Los coches en la autopista no hacían más que frenar y virar para eludir el camión accidentado. Rodé sobre mí mismo otra vez, apunté terraplén arriba y disparé al segundo de los hispanos. Le di en el pecho, y se desplomó ladera abajo, en mi dirección. El fulano de la gabardina no paraba de chillar. Con una mano en la pierna destrozada, hacía lo posible por empuñar con la otra la pistolita automática que me había mostrado en Nueva York. Hice un tercer disparo y le volé la cabeza. Vi que Picard me estaba apuntando con el revólver. El viento seguía aullando, y los coches estaban empezando a detenerse en la autopista. Vi que los conductores salían y saltaban para coger los billetes verdes que volaban por el aire. Aquello era el caos.
—¡No se atreva a disparar, Picard! —grité—. ¡Si lo hace, ya puede olvidarse de encontrar a Hubble!
Era algo que él ya sabía. También sabía que era hombre muerto si no volvía con Hubble. Kliner no toleraba el fracaso. Allí seguía, apuntándome a la cabeza con el revólver. Pero no se decidía a disparar. Subí por el terraplén y rodeé el coche. Encañonándolo con la Desert Eagle, le obligué a recular en dirección al tráfico.
—¡Tampoco se atreva usted a disparar! —gritó—. Su amiguita solo va a salvarse si hago esa llamada. Hablo muy en serio. Más vale que me crea.
—¡De acuerdo, Picard! —grité—. Le creo. No voy a dispararle. ¿Usted va a dispararme?
Meneó la cabeza por encima del cañón del revólver.
—No voy a dispararle, Reacher.
Estábamos en una situación para la que no parecía haber salida. Con el dedo en el gatillo, seguíamos dando vueltas en torno al Bentley, diciéndonos el uno al otro que no íbamos a disparar.
Picard estaba diciendo la verdad. Pero yo no. Esperé a que se situara delante del camión accidentado, mientras yo estaba junto al Bentley. Y apreté el gatillo. La bala del calibre 44 le dio de lleno y estrelló su corpachón descomunal contra la maltrecha carrocería a su espalda. No me quedé para hacer un segundo disparo. Cerré el maletero de golpe y me subí al coche. Arranqué. Salí del arcén y esquivé a los que seguían corriendo tras los verdes billetes que volaban por los aires. Pisé a fondo el acelerador y puse rumbo al este.
Treinta kilómetros. Los hice en veinte minutos. El subidón de adrenalina me hacía jadear. Me obligué a calmar los latidos de mi corazón y empecé a respirar con normalidad. Y lancé un grito de triunfo. Un verdadero aullido. Me había quitado a Picard de encima.