Zona peligrosa

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Era de noche cuando llegué a las inmediaciones de Atlanta. Salí de la autopista tan pronto como los altos edificios empezaron a agruparse. Fui por las calles de la ciudad y me detuve ante el primer motel que vi. Cerré bien el Bentley y fui a la recepción. El encargado me miró desde el otro lado del mostrador.

—¿Tienen una habitación libre?

—Por treinta y seis dólares

—¿Hay teléfono en la habitación?

—Claro. Y aire acondicionado y televisión por cable.

—¿También tiene el listín de las páginas amarillas?

Asintió con la cabeza.

—¿Tienen un plano de Augusta?

Señaló con el pulgar un expositor junto a la máquina de los cigarrillos. Estaba lleno de planos, mapas y folletos. Cogí treinta y seis dólares del fajo que llevaba en el bolsillo del pantalón. Dejé el dinero en el mostrador. Anoté mis datos personales en el registro. Dije llamarme Roscoe Finlay.

—Habitación doce —dijo el tipo, pasándome la llave.

Me detuve a coger un plano y fui corriendo hasta la habitación doce. Entré y cerré la puerta con llave. No miré la habitación en absoluto. Sencillamente busqué el teléfono y las páginas amarillas. Me tumbé en la cama y desplegué el plano. Abrí las páginas amarillas por la sección de los hoteles.

El listado era enorme. En Augusta había centenares de lugares en los que alojarse. Literalmente centenares. Páginas enteras de ellos. Así que miré bien el plano. Me concentré en un cuadrángulo de casi un kilómetro de largo y cuatro manzanas de ancho, a uno y otro lado de la principal avenida a la que se accedía llegando desde el oeste. Era el sector que me interesaba. Puse el mapa junto al listín y fui marcando hoteles.

Dieciocho hoteles. Uno de ellos era el establecimiento en el que me encontraba. De modo que descolgué el teléfono y llamé a recepción. El encargado me respondió.

—¿En este motel está registrado un hombre llamado Paul Lennon? —pregunté.

Una pausa. El hombre estaba comprobándolo.

—¿Lennon? —repitió—. No, señor.

—De acuerdo —dije. Y colgué.

Respiré con fuerza y llamé al primer hotel de mi lista.

—¿En este hotel se aloja un hombre llamado Paul Lennon?

Una pausa.

—No, señor —respondió el recepcionista.

Fui llamando a los demás hoteles. A un hotel tras otro.

—¿En este hotel se aloja un hombre llamado Paul Lennon? —pregunté una y otra vez.

Siempre se producía una pausa mientras el recepcionista lo miraba. A veces oía el ruido de las páginas del libro de registro. Otras veces lo miraban en un ordenador, y entonces les oía teclear.

—No, señor —me fueron diciendo. Uno tras otro.

Seguía tumbado en la cama, con el teléfono sobre el pecho. Estaba llegando al hotel número trece.

—¿En este hotel se aloja un hombre llamado Paul Lennon?

Una pausa. Oí el sonido de unas páginas.

—No, señor —respondió el decimotercer recepcionista.

—Entendido —dije. Colgué.

Descolgué de nuevo y marqué el decimocuarto número. La línea resultó estar ocupada. Colgué y marqué el decimoquinto.

—¿En este hotel se aloja un hombre llamado Paul Lennon?

Una pausa.

—Habitación ciento veinte —informó el decimoquinto recepcionista.

—Gracias —dije. Y colgué.

Tumbado en la cama, cerré los ojos y suspiré. Dejé el teléfono en la mesita de noche y consulté el plano. El decimoquinto hotel estaba a tres manzanas de distancia. Al norte de la avenida. Dejé la llave de la habitación sobre la cama y volví al coche. El motor aún estaba caliente. Hacía menos de media hora de mi llegada.

Tuve que conducir tres manzanas al este antes de poder girar a la izquierda. Y luego tres manzanas al norte antes de poder girar otra vez. En una especie de espiral interminable. Encontré el hotel y aparqué frente a la puerta. Entré en el vestíbulo. Era un hotelucho de mala muerte. Ni limpio ni bien iluminado, parecía una caverna.

—¿Puedo ayudarle en algo? —dijo el recepcionista.

—No —contesté.

Seguí la flecha que señalaba la dirección de los pasillos. Di con la habitación ciento veinte. Llamé a la puerta con los nudillos. Oí el sonido de la cadenilla. La puerta se abrió de par en par.

—Hola, Reacher.

—Hola, Hubble.

Empezó a formular una pregunta tras otra, pero le hice salir sin contemplaciones y lo metí en el coche. Nos quedaban cuatro horas de autopista, y tiempo habría para responderle. No podía detenerme. Iba con dos horas de ventaja sobre el horario previsto y quería seguir así. Nunca se sabía cuándo iba a necesitar esas dos horas de ventaja.

Hubble tenía bastante buen aspecto. No estaba hundido. Llevaba seis días escondido, y le había ido bien. Su aire de suficiencia se había esfumado por entero. Se le veía más despierto. Un poco más duro de pelar. Un tipo más a mi estilo. Iba vestido con ropas baratas de gran almacén, con sus calcetines y todo. Llevaba unas viejas gafas con montura de acero. Y la franja de piel blanca que había dejado el Rolex ahora estaba cubierta por un reloj digital de los que cuestan siete dólares. Su aspecto era el de un fontanero o un vendedor de recambios para automóvil.

No tenía maletas. Había estado viajando sin equipaje. Miró un momento la habitación y salió conmigo al pasillo. Como si le costara creer que su vida en la carretera había terminado. Como si estuviera diciéndose que iba a echarla un poco en falta. Cruzamos el lóbrego vestíbulo y salimos a la noche. Se detuvo al ver el coche aparcado frente a la puerta.

—¿Ha venido en el coche de Charlie?

—Su mujer estaba preocupada. Y me pidió que lo buscara.

Asintió con la cabeza. Me miró con cara inexpresiva.

—¿Y esos cristales ahumados?

Sonreí y me encogí de hombros.

—Se lo cuento en otro momento. Es una larga historia.

Arranqué y me fui de allí. Hubble tendría que haberme preguntado cómo estaba su mujer, pero había algo que no terminaba de gustarle. Cuando me abrió la puerta del cuarto de par en par, su alivio me resultó patente, pero no dejé de observar que también albergaba cierta reserva. Se trataba de una cuestión de orgullo. Había huido y se había escondido, y creía haberlo hecho todo bien. Pero no era el caso, pues yo lo había encontrado. Era lo que estaba diciéndose en aquel momento. Se sentía aliviado y, al tiempo, molesto.

—¿Cómo demonios me ha encontrado?

Otra vez me encogí de hombros.

—Fácil. Porque tengo mucha práctica en localizar a fulanos huidos. Me pasé años dando caza a los desertores del ejército.

—Pero ¿cómo se las ha arreglado? —insistió—. Yo podría haber estado en cualquier otro lugar.

—No —zanjé—. Por una razón muy sencilla. Y por eso me ha sido fácil. Porque no llevaba encima tarjetas de crédito, ni el carnet de conducir ni documento de identificación alguno. Lo único que llevaba encima era dinero en efectivo. Por lo que no iba a coger un avión o un coche de alquiler. No le quedaba más remedio que recurrir a un autobús.

Llevaba un rato conduciendo por aquel laberinto de calles, por aquella espiral interminable. Finalmente encontré el acceso a la autopista. Cambié de carril, subí por la rampa y me sumé al tráfico que discurría en dirección a Atlanta.

—Era un comienzo —expliqué—. Luego traté de ponerme en su lugar. Usted estaba aterrado por lo que pudiera pasarle a su familia. Así que me dije que no iba a alejarse mucho de Margrave, aunque fuera para tener la conciencia un poco más tranquila. Lo que en realidad ha estado haciendo es dar vueltas en torno a Margrave. Fue en taxi a la estación de autobuses de Atlanta, ¿no?

—Sí —reconoció—. El primer autobús en salir era el de Memphis, pero me quedé a esperar el siguiente. Memphis está demasiado lejos. No quería ir tan lejos.

—Por eso me resultó fácil —dije—. Estaba usted dando vueltas en torno a Margrave, por así decirlo. Manteniendo la distancia, pero sin acercarse demasiado. Y en el sentido contrario a las agujas del reloj. Es el sentido que la gente suele escoger, si tiene la oportunidad. Se trata de una verdad universal, Hubble. Todo cuanto tuve que hacer fue contar los días, estudiar el mapa y predecir adónde iba a dirigirse cada día. Me dije que el lunes estuvo en Birmingham, Alabama. Que el martes estuvo en Montgomery. El miércoles en Columbus. El jueves no lo tuve claro. Pensé que quizá estuvo en Macon, pero está demasiado cerca de Margrave.

Asintió con la cabeza.

—El jueves fue una pesadilla —dijo—. Estuve en Macon, en un lugar infecto donde no pegué ojo en toda la noche.

—Y el viernes por la mañana se presentó aquí, en Augusta —dije—. También aposté a que se quedaría en Augusta un par de días. Me dije que, después de Macon, seguramente estaría cansado. Eso sí, esta noche a punto he estado de ir a Greenville, en Carolina del Norte. Pero al final acerté.

Hubble guardó silencio. Había creído ser invisible, pero había estado dando vueltas en torno a Margrave como la luz de un faro en el cielo nocturno.

—Pero he estado usando un nombre falso.

—Ha estado usando cinco nombres falsos —dije—. Cinco noches, cinco hoteles, cinco nombres. El quinto nombre es el mismo que el de la primera noche, ¿verdad?

Atónito, asintió con la cabeza.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Porque he dado caza a unos cuantos tipos en el pasado —respondí—. Y porque sabía unas cuantas cosas sobre usted.

—¿Como qué?

—Que es un admirador de los Beatles. Me comentó que había visitado el edificio Dakota en Nueva York y que había estado en Liverpool, en Inglaterra. En su casa tiene la discografía casi completa de los Beatles. Y la primera noche que se encontró ante el mostrador de recepción de un hotel, se registró con el nombre de Paul Lennon, ¿cierto?

—Cierto.

—No John Lennon —precisé—. La gente normalmente prefiere conservar el nombre de pila. No sé bien por qué, pero es lo que suele pasar. Así que era usted Paul Lennon. El martes fue Paul McCartney. El miércoles fue Paul Harrison. Y el jueves fue Paul Starr. El viernes llegó a Augusta y se convirtió en Paul Lennon otra vez, ¿no es así?

—Sí —dijo—. Pero en Augusta hay un millón de hoteles. En la ciudad se celebran convenciones, hay torneos de golf… ¿Cómo demonios supo dónde buscarme?

—Lo estuve pensando un poco. El viernes llegó a media mañana, procedente del oeste. Los tipos como usted acostumbran a hacer el mismo camino. Así se sienten más seguros. Había estado metido en un autobús durante horas seguidas, quería estirar las piernas y respirar a gusto, por lo que se puso a andar. Recorrió unos centenares de metros, pero entonces le entró el pánico y se metió en el primer hotel que encontró. De forma que el área que me interesaba era más bien pequeña. En ella había dieciocho hoteles. El suyo fue el decimoquinto.

Meneó la cabeza. Presa de sentimientos encontrados. Avanzábamos a toda pastilla por la autopista. El Bentley viejo y grande rozaba el límite de velocidad.

—¿Cómo están las cosas en Margrave? —preguntó.

Era la pregunta del millón. La formuló de forma vacilante, como si esa pregunta le pusiera nervioso. A mí me ponía nervioso responderle. Reduje un poco la velocidad. Porque a saber cómo iba a reaccionar Hubble. No era cuestión de que nos estrellásemos. No teníamos tiempo para accidentes de tráfico.

—Estamos metidos en la mierda hasta el cuello —dije—. Y apenas tenemos siete horas para arreglarlo.

Dejé lo peor para el final. Le dije que Charlie y los niños se habían ido el lunes en compañía de un agente del FBI. Porque corrían peligro. Y luego le dije que dicho agente no era otro que Picard.

En el coche se hizo el silencio. Seguí conduciendo cinco o seis kilómetros sin que ninguno de los dos dijera palabra. Aquello era más que un silencio. Era un vacío absoluto y enervante. Como si la atmósfera del planeta entero se hubiera visto succionada. Era un silencio que zumbaba en el oído.

Hubble empezó a removerse en el gran asiento de cuero a mi lado. Así continuó un rato, hasta que de pronto volvió a quedarse inmóvil. Su mente no terminaba de asumir la enormidad y el horror de lo sucedido. Era un mecanismo de protección como cualquier otro. Me miró y dijo:

—Muy bien. Entonces va a tener que rescatarlos a los tres, ¿no es así?

Volví a pisar el acelerador. En dirección a Atlanta.

—Voy a rescatarlos yo. Pero necesito su ayuda. Por eso lo primero que he hecho es ir en su busca.

Asintió. La angustia había quedado atrás. Hubble había llegado a esa situación en la que uno sencillamente hace lo que tiene que hacer. Yo conocía bien esa situación. Porque vivía en ella de forma permanente.

Treinta kilómetros después de haber salido de Augusta vimos unas luces al frente y unos operarios con chalecos fluorescentes. Se había producido un accidente al otro lado. Un camión se había estrellado contra un sedán estacionado en el arcén. Otros vehículos estaban aparcados de cualquier manera en el arcén. El asfalto estaba sembrado de papeles viejos. Varias personas se afanaban en recogerlos. Hubble lo contempló todo por la ventanilla.

—Siento mucho lo de su hermano. No tenía idea. Murió por mi culpa, ¿no?

Se encogió en el asiento. Pero me interesaba que siguiera hablando. Era preciso que estuviera bien despierto. Por lo que le hice la pregunta que me reconcomía desde hacía una semana.

—¿Cómo demonios fue a meterse en un negocio como este?

Se encogió de hombros. Exhaló un profundo suspiro. Como si la idea de meterse en algo así resultara imposible. Como si la idea de salirse de algo así resultara imposible.

—Perdí mi trabajo —dijo con sencillez—. Me sentí hundido. Y muy disgustado. Y también asustado, Reacher. Habíamos estado viviendo un sueño, ¿sabe? Un sueño dorado. La nuestra era una vida perfecta, idílica. Estaba ganando una fortuna y gastando una fortuna. Pero entonces empezaron a llegarme rumores. La banca minorista pendía de un hilo. Mi departamento estaba en cuestión. De pronto comprendí que el desastre podía ser inminente. Lo siguiente que pasó fue que cerraron el departamento. Me despidieron. Y dejé de cobrar mi salario.

—¿Y?

—Perdí la cabeza —respondió—. Estaba loco de ira. Me había dejado la piel trabajando para aquellos hijos de puta. Yo era muy bueno en mi trabajo. Les había hecho ganar una fortuna. Y de pronto me habían puesto en la calle. Para ellos no era más que un pegote de mierda en el zapato. Me entró el miedo. Iba a perderlo todo. También estaba cansado. No podía empezar desde cero otra vez. Era demasiado mayor para empezar de cero. No tenía las energías necesarias. Sencillamente, no sabía qué hacer.

—Y entonces apareció Kliner.

Asintió. Había palidecido.

—Se había enterado. Supongo que porque Teale se lo dijo. Teale lo sabe todo sobre todo el mundo. Kliner me llamó un par de días después. Yo ni siquiera se lo había contado a Charlie. Me llamó y me pidió que me reuniera con él en el aeropuerto. Me hizo subir a su avión privado, acababa de volver de Venezuela. Me llevó a almorzar a las Bahamas. Si quiere saber la verdad, me sentí halagado.

—¿Y?

—Empezó a dorarme la píldora —continuó Hubble—. Me dijo que tenía que verlo como una oportunidad de hacer algo de verdad, para dejar de ser el esclavo de un banco del montón. Me propuso trabajar con él; me dijo que podría ganar mucho dinero. Yo no sabía mucho sobre Kliner. Sabía lo de la fortuna familiar y lo de la fundación, claro. Pero hasta entonces nunca había hablado con él. Estaba claro que era muy rico, que era un hombre que había triunfado en la vida. Y que era pero que muy listo. Sentado en el interior de su avión privado, me pidió que trabajara con él. No para él, sino con él. Me sentí halagado. A la vez estaba angustiado, desesperado. Le dije que sí.

—¿Y entonces?

—Al día siguiente me llamó —siguió Hubble—. Tenía que volar en su avión a Venezuela y reunirme con él en la fábrica Kliner. Fue lo que hice. Solo estuve un día en Venezuela. No llegué a ver nada. Luego me llevó a Jacksonville. Durante una semana entera no hice más que ir al bufete de su abogado. Y después ya era demasiado tarde. No podía salirme del asunto.

—¿Por qué no? —Quise saber.

—Esa semana fue tremenda —dijo—. Una semana parece poco tiempo, ¿verdad? Nada más que una semana. Pero Kliner me apretó las tuercas a conciencia. El primer día no hizo más que halagarme. Y tentarme por todos los medios posibles. Me contrató, con un gran salario, con bonificaciones por resultados, lo que hiciera falta. Fuimos a clubes y a hoteles. Gastaba el dinero como si tuviera un grifo por el que salieran los billetes verdes. El martes empecé a trabajar. Mi labor resultó ser más complicada que la que hacía en el banco. Era una labor muy concreta. Kliner quería conseguir dinero en efectivo, claro, pero solo quería billetes de un dólar. Yo no terminaba de entenderlo. También quería que llevara bien las cuentas. Hasta el último detalle. Eso no me suponía ningún problema. Y Kliner era un jefe que te dejaba hacer y sabía delegar. Que no te sometía a presiones. Los problemas empezaron el miércoles.

—¿Cómo es eso?

—El miércoles le pregunté qué era exactamente lo que estaba haciendo. Y Kliner me lo dijo. Me lo dijo exactamente. Y me dijo que ahora yo también estaba haciendo lo mismo. Que yo también estaba implicado. Que más me valía mantener la boca cerrada. El jueves empecé a sentirme mal. No podía creerlo. Le dije que quería dejar el trabajo. Y entonces me llevó en coche a un lugar desolado y asqueroso. Su hijo estaba esperándonos. En compañía de dos hispanos. En una habitación del fondo había un tipo encadenado a la pared. Kliner me explicó que aquel tipo se había pasado de listo. Y me dijo que prestara mucha atención. Su hijo empezó a soltar unas patadas tremendas al hombre encadenado, hasta convertirlo en un amasijo sanguinolento. Delante de mis propios ojos. Los dos hispanos a continuación sacaron unos cuchillos y poco menos que descuartizaron al pobre tipo. Había sangre por todas partes. Fue horrible. No podía creer lo que estaba viendo. Vomité una y otra vez.

—Continúe.

—Aquello fue de pesadilla. Esa noche no pegué ojo. Pensé que nunca más iba a poder dormir por las noches. El viernes por la mañana volvimos en el avión. Sentados en el avión, me dijo lo que tenía pensado. No se limitarían a hacerme pedazos a mí solo. Le harían lo mismo a Charlie. Me lo contó todo en detalle. ¿Cuál de los dos pezones le cortaría primero? ¿El derecho o el izquierdo? Y después de que estuviéramos los dos muertos, ¿por cuál de los niños empezarían? ¿Por Lucy o por Ben? De pesadilla. Dijo que me clavarían a una pared. Yo estaba cagándome encima. Aterrizamos, y entonces llamó a Charlie e insistió en que cenáramos juntos los tres. Dijo que para celebrar que estábamos haciendo negocios juntos. Charlie estaba contenta, porque Kliner es un hombre muy poderoso en la zona. Tuve que fingir que todo iba como la seda. Ni siquiera había explicado a Charlie que los del banco me habían despedido. Tuve que fingir que aún seguía trabajando en el banco. Durante toda la noche, el muy hijo de puta estuvo interesándose cortésmente por Charlie y los niños. Sonriéndome todo el tiempo.

Callamos. Rodeamos Atlanta otra vez, para enlazar con la autopista que llevaba al sur. Las luces de la gran ciudad relucían a nuestra derecha. A la izquierda se extendían los campos de cultivo, vacíos y oscuros. Entramos en la autopista, y pisé el acelerador en dirección sur. Con rumbo a un pequeño punto perdido entre aquellos interminables campos de cultivo.

—¿Qué pasó después? —pregunté.

—Empecé a trabajar en el almacén. Donde Kliner quería que trabajara.

—¿Qué hacía?

—Gestionar el suministro. Tenía un pequeño despacho y mi trabajo era el de conseguir los billetes de un dólar. Así como supervisar las operaciones de carga y transporte.

—¿El conductor era Sherman Stoller?

—Sí. A Stoller le habían asignado la ruta de Florida. Cada semana transportaba un millón de dólares en billetes. Sherman a veces tenía un día libre, y entonces uno de los vigilantes lo sustituía. Pero lo normal era que fuese él el transportista. Me ayudaba con las cajas, ayudaba a la hora de cargar. Teníamos que trabajar como locos. No tiene usted ni idea. Aquello era como tratar de vaciar una piscina con una pala.

—Pero Stoller estaba robando, ¿verdad?

Asintió con la cabeza. La luz del salpicadero arrancó un destello a la montura de acero de sus gafas.

—En Venezuela contaban el dinero, como es lógico —explicó—. Al cabo de un mes o así me informaban de los totales recibidos. Que luego yo cotejaba con las cantidades pesadas y anotadas. Más de una vez nos encontramos con que faltaban unos cien mil dólares. Y bajo ningún concepto yo podía cometer un error así. Se trataba de una suma sin importancia, estamos hablando de miles de millones en billetes falsos, así que, ¿qué más daba? Pero se trataba de una caja cada vez. Lo que suponía un importante margen de error. Comprendí que Sherman de vez en cuando se quedaba con una de las cajas.

—¿Y?

—Lo avisé —respondió Hubble—. No pensaba irme de la lengua, pero le dije que se andara con cuidado. Si Kliner se enteraba, lo mataría. Y yo también me vería metido en problemas. Ya estaba bastante de los nervios con aquel trabajo que me había caído en suerte. La cosa era de locos. Kliner estaba importando muchos de los billetes falsos. Aquello podía con él. Yo me decía que estaba poniendo en peligro el negocio. Teale gastaba los billetes falsos como si fueran confetis, para tener controlado el pueblo.

—¿Qué pasó durante los últimos doce meses? —Quise saber.

Se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—Tuvimos que suspender los transportes —dijo—. Los guardacostas nos iban a impedir que siguiéramos llevando los billetes por mar a Venezuela. Kliner decidió ir acumulando excedentes. Se decía que el operativo de los guardacostas no iba a durar mucho tiempo. Tenía claro que no contaban con el presupuesto necesario. Pero la cosa se prolongó más de lo previsto.

Este último año fue horroroso. La tensión era tremenda. Y de pronto se anuncia que se va a suspender el operativo de interceptación. Nos pilló desprevenidos. Kliner había pensado que el operativo continuaría en vigor hasta las próximas elecciones en noviembre. Por eso no estamos preparados para reemprender los transportes. Ni por asomo. El dinero está acumulado en montones dentro del almacén. Ni siquiera lo han metido en cajas.

—¿Cuándo contactó con Joe? —pregunté.

—¿Joe? —dijo—. ¿Su hermano se llamaba Joe? A mí me dijo que se llamaba Polo.

Negué con la cabeza.

—Palo —le corregí—. Es el lugar donde nació. Una población en Leyte, en las Filipinas. El hospital ocupaba el edificio de una antigua catedral. Recuerdo que a los siete años me vacunaron contra la malaria en ese hospital.

Hubble guardó silencio un largo instante, como si estuviera rindiendo tributo a Joe.

—Llamé a los del Tesoro hace un año —dijo finalmente—. No sabía a quiénes más llamar. No podía hablar con la policía, porque Morrison era el jefe; no podía hablar con el FBI, pues Picard era uno de nuestros cómplices. De forma que llamé a Washington y conté lo que estaba pasando a ese hombre que se presentó como Polo. Un hombre muy capaz. Me dije que Polo seguramente conseguiría ponerle fin al asunto. Le conté que lo mejor que podía hacer era pillarlos con todo aquel dinero en el almacén. Porque entonces tendría pruebas.

Vi el rótulo de una gasolinera y tomé la repentina decisión de entrar en ella. Hubble se encargó de llenar el depósito. Encontré una botella de plástico en una papelera e hice que también la llenara.

—¿Para qué? —preguntó con extrañeza.

Me encogí de hombros.

—Para casos de emergencia.

No dijo más. Pagamos al encargado, y un minuto después estuvimos otra vez en la autopista. Dirigiéndonos al sur. Estaríamos a cosa de media hora de Margrave. Era casi medianoche.

—¿Qué le llevó a huir de su casa el lunes?

—Kliner me llamó. Me dijo que me quedara en casa, que dos de sus hombres vendrían a buscarme. Pregunté por qué. Me explicó que había un problema en Florida y que tendría que ir a resolverlo.

—¿Pero…?

—Pero no le creí. Cuando oí mencionar lo de los dos hombres, al momento me acordé de lo sucedido en Jacksonville. Me entró el pánico. Llamé a un taxi y me fui volando.

—Hizo bien, Hubble. Salvó la vida.

—¿Sabe una cosa?

Lo miré de reojo.

—Si me hubiera dicho que uno de sus hombres venía a buscarme, no me habría dado cuenta. Si me hubiera dicho: «Quédese en casa, que uno de mis hombres pasará a recogerle», ni me habría fijado. Pero me dijo que vendrían dos.

—Cometió un error —convine.

—Sí —dijo Hubble—. Casi no puedo creerlo. Kliner nunca comete errores.

Moví la cabeza y sonreí en la oscuridad.

—El jueves pasado cometió uno.

El gran reloj cromado en el salpicadero del Bentley marcaba las doce de la noche. Tenía que terminar con todo este asunto de una vez antes de las cinco de la mañana. De forma que me quedaban cinco horas. Si todo iba bien, sería más tiempo del que necesitaba. Si la jodía, daría igual que tuviera cinco horas, cinco días o cinco años. Tan solo iba a tener una oportunidad. Y había que aprovecharla. En el ejército solíamos decir: «Basta con una sola vez, pero hay que hacerlo bien». «Y con rapidez», pensé en referencia a la noche que tenía por delante.

—Hubble, voy a necesitar que me ayude.

Me miró con curiosidad.

—¿Cómo? —preguntó.

Se lo expliqué en detalle durante los siguientes diez minutos. De forma pormenorizada, una y otra vez, hasta que lo aprendió de memoria. Salí de la autopista y fui por la carretera del condado. Dejé atrás los almacenes a toda velocidad y enfilé los veinte kilómetros que faltaban para llegar al pueblo. Aminoré al pasar frente a la comisaría. Estaba en silencio y con las luces apagadas. En el aparcamiento no había un solo coche. El cercano cuartel de bomberos estaba como siempre. El pueblo estaba desierto y en silencio. La única luz que se veía era la de la barbería.

Torcí por Beckman Drive y subí por la pendiente en dirección a la casa de Hubble. Giré al llegar al buzón pintado de blanco y fui por el serpenteante camino de gravilla. Me detuve frente a la puerta.

—Las llaves de mi coche están dentro —dijo Hubble.

—La puerta está abierta —le indiqué.

Fue a mirar. Empujó la puerta astillada con aprensión, como si pudiera haber una trampa. Vi que entraba. Salió un minuto después. Llevaba las llaves en la mano, pero no fue al garaje, sino que vino hacia el coche y preguntó:

—La casa está hecha un desastre. ¿Qué ha pasado?

—Que monté una emboscada en su casa —le expliqué—. Para cuatro tipos que vinieron a por mí en plena noche. Llovía a mares.

Acercó su rostro al mío.

—¿Eran esos tipos…? —preguntó—. Ya sabe. ¿Los que Kliner pensaba enviarme si hablaba?

Asentí.

—Vinieron con todo el equipo.

Las luces del salpicadero iluminaban ligeramente sus facciones. Abrió mucho los ojos, pero no me veía. Estaba viendo lo que había visto en sus peores pesadillas. Asintió lentamente con la cabeza. Llevó la mano a mi brazo y apretó. Sin decir palabra. Dio un paso atrás y se marchó en silencio. Sentado en el coche, me pregunté cómo podía haber detestado a Hubble una semana atrás.

Aproveché el momento para volver a cargar la Desert Eagle. Reemplacé las cuatro balas disparadas en la autopista cerca de Augusta. Y vi que Hubble salía del garaje al volante de su viejo Bentley color verde. El motor estaba frío, de forma que el coche exhalaba una nube de vapor blanco. Levantó el pulgar al pasar por mi lado, y seguí la blanca nubecilla por el camino y por Beckman Drive. Pasamos junto a la iglesia y torcimos por Main Street a velocidad moderada. Formábamos una especie de pequeña procesión imponente. Dos magníficos automóviles antiguos que avanzaban por el pueblo dormido, prestos a entrar en batalla.

Hubble se detuvo cuarenta metros antes de llegar a la comisaría. Aparcó en el lugar preciso que yo le había indicado. Apagó los faros y se quedó a la espera, con el motor en funcionamiento. Pasé a su lado y entré en el aparcamiento de la comisaría. Aparqué en la plaza más alejada del edificio y salí. Dejé las cuatro puertas sin echar el cierre. Saqué del bolsillo la gran pistola automática. La noche era fresca, y el silencio resultaba enervante. Oí el motor del coche en marcha de Hubble a cuarenta metros de distancia. Monté la Desert Eagle, y el ligero ruido metálico resonó en la noche.

Fui corriendo hacia la comisaría y me dejé caer al suelo antes de llegar a la pared. Repté un par de metros, hasta que pude escudriñar a través de una de las puertas de cristal. Miré bien. Escuché con atención. Contuve el aliento. Seguí mirando y escuchando hasta que lo tuve claro.

Me levanté y corrí el seguro del pistolón. Me lo guardé en el bolsillo. Hice mis cálculos. El cuartel de bomberos y la comisaría estaban a unos trescientos metros desde el extremo norte de Main Street. Al otro lado, la cafetería de Eno se encontraba a unos ochocientos metros. Me dije que como muy pronto podrían llegar en unos tres minutos. Dos minutos para reaccionar y un minuto para venir corriendo desde Main Street. Si reducíamos ese tiempo a la mitad para tener un margen de seguridad, contaba con unos noventa segundos.

Fui a la carretera del condado, me situé en la calzada e hice una señal a Hubble. Vi que su coche arrancaba y se dirigía al acceso al cuartel de bomberos. Se detuvo un momento a un lado de las grandes puertas rojas.

Hubble fue hacia delante e hizo girar el Bentley. Se situó en el ángulo adecuado, hasta alinearse con la entrada al cuartel de bomberos, con el morro apuntando a la carretera. El coche dio una sacudida cuando Hubble puso la marcha atrás. Aceleró de sopetón, y el gran automóvil de pronto vino hacia donde me encontraba.

El coche se estrelló de culo contra la puerta del cuartel de bomberos. El viejo Bentley pesaría unas dos toneladas y arrancó la puerta de su marco sin ningún problema. Se produjo un tremendo estrépito y chirriar de metal, y oí que los faros traseros se hacían trizas y que el parachoques se caía y rebotaba contra el hormigón. Me colé por el hueco entre la puerta y el marco justo cuando Hubble fue hacia delante. El cuartel estaba a oscuras, pero encontré lo que andaba buscando. Estaba ajustado a un lado del camión de los bomberos, de forma horizontal, a la altura de la cabeza. Una cizalla, enorme, de más de un metro de largo. La desenganché de sus sujeciones y fui corriendo a la puerta.

Nada más verme salir, Hubble dio media vuelta. La parte posterior de su Bentley estaba hecha unos zorros. La puerta del maletero se bamboleaba, y las abolladas planchas de metal chirriaban al rozarse entre sí. Pero Hubble hizo lo que tenía que hacer. Terminó de dar media vuelta y se alineó con la entrada a la comisaría. Se detuvo un segundo y pisó gas a fondo. Aceleró contra las grandes puertas acristaladas. De frente.

El viejo Bentley hizo trizas el cristal, que salió despedido por todas partes, y se empotró contra el mostrador de recepción, hasta detenerse en el centro de la sala de trabajo. Entré corriendo en ella. Finlay estaba de pie en la celda situada en el centro. Paralizado por el asombro. Tenía la muñeca derecha esposada a los barrotes que daban a la última celda. Él se encontraba en la parte posterior, casi pegado a la pared. Justo lo que me convenía.

Hice a un lado como pude los restos del mostrador de recepción y dejé campo libre a Hubble. Le indiqué con un gesto que había llegado su turno. Giró y dio marcha atrás en el espacio que le había dejado libre. Aparté a toda prisa los escritorios y sillas de la sala, para que nada le obstaculizara el camino. Me volví y le di la señal.

El morro de su coche estaba tan destrozado como la parte trasera. El capó se bamboleaba en lo alto, y el radiador estaba hecho cisco. Un agua verdosa caía por debajo de la carrocería, y el vapor salía silbando por la parte superior. Los faros estaban hechos puré, y el parachoques golpeaba contra los neumáticos. Pero Hubble estaba cumpliendo. Con el freno puesto, estaba acelerando el motor. Justo lo que le había dicho que hiciera.

Vi que el coche se estremecía. De repente salió proyectado al frente y se lanzó contra la celda que ocupaba Finlay. Chocó de medio lado contra los barrotes de titanio y, como si fuera un hacha contra una valla de madera, los destrozó. El capó del Bentley salió volando, y el parabrisas estalló. El metal retorcido hacía un ruido de mil demonios. El coche destrozado se detuvo con un sonoro silbido de vapor. El aire se llenó de polvo.

Me metí por el hueco en la celda y ajusté la mordaza de la cizalla a la cadena que unía la muñeca de Finlay al barrote. Hice presión hasta que la cizalla rompió la cadena. Entregué la cizalla a Finlay y le hice salir de la celda por el hueco. Hubble intentaba salir por la ventanilla del Bentley. El impacto había deformado tanto la puerta que ya no se abría. Tiré de él hasta sacarlo del vehículo, cuyas llaves cogí. Salimos corriendo los tres por la sala de trabajo, hasta pisar las esquirlas de cristal de las puertas de la entrada. Llegamos al coche y nos subimos a todo correr. Arranqué, di marcha atrás y salí del aparcamiento. Enfilé la carretera en dirección al pueblo.

Finlay estaba libre. En total, había tardado noventa segundos.

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