Zona peligrosa

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Aminoré al llegar al extremo norte de Main Street y fui a velocidad moderada por la ciudad dormida. Nadie decía palabra. Hubble estaba tumbado en el asiento trasero, ido. Finlay estaba sentado a mi lado. Los tres respirábamos dificultosamente. Nos encontrábamos en ese momento de calma que precede al peligro inminente.

El reloj del salpicadero marcaba la una de la madrugada. Me proponía esperar escondido hasta las cuatro. Era un poco supersticioso con eso de las cuatro de la mañana. La hora que en el ejército solíamos llamar «el momento de la KGB». Se decía que era la hora preferida por los soviéticos para llamar a las puertas de los que iban a ser detenidos. A esa hora sus víctimas se encontraban desprevenidas. Resultaba fácil efectuar las detenciones. Nosotros también las hacíamos a esa hora de vez en cuando. A mí siempre me había funcionado. Por eso ahora quería esperar hasta las cuatro, por última vez.

Fui a izquierda y derecha por los callejones situados tras la última manzana del barrio comercial. Apagué los faros y me detuve en la oscuridad, frente a la parte posterior del edificio de la barbería. Desconecté el motor. Finlay miró en derredor y se encogió de hombros. Una visita a la barbería a la una de la mañana no le resultaba más demencial que el hecho de estrellar un Bentley de cien mil dólares contra un edificio. No más que haberse pasado diez horas encerrado por un lunático en una celda. Después de haber trabajado veinte años en Boston y seis meses en Margrave, Finlay no se sorprendía con mucha facilidad.

Hubble se enderezó en el asiento trasero. El hombre estaba bastante hecho polvo. Acababa de estrellarse con el coche tres veces, de forma deliberada. Cada una de las colisiones lo había dejado conmocionado. Y agotado. No es fácil pisar el acelerador al máximo y estrellarse con un automóvil una, dos y tres veces. Pero lo había hecho. No todo el mundo hubiera podido. Sin embargo, ahora estaba pagándolo. Me bajé del coche y me planté en la acera del callejón. Hice un gesto a Hubble, indicándole que saliera del coche. Vino hacia mí en la oscuridad. Se detuvo, un tanto tembloroso.

—¿Se encuentra bien? —pregunté.

—Supongo que sí —dijo, encogiéndose de hombros—. Me he hecho daño en la rodilla, y el cuello me duele en cantidad.

—Ande un poco por la acera —le recomendé—. No se quede entumecido.

Hice que caminara un poco por el callejón a oscuras. Diez pasos arriba, diez pasos abajo, un par de veces. Cojeaba un poco de la pierna izquierda. Era posible que la portezuela le hubiera dado en la rodilla derecha al hundirse. Hubble movía la cabeza en círculo, para destensar los músculos agarrotados en el cuello.

—¿Mejor? —pregunté.

Sonrió. Pero la sonrisa se le transformó en mueca por un repentino dolor del tendón.

—Sobreviviré —dijo.

Finlay salió del coche y se unió a nosotros. Estaba volviendo a ser el de siempre. Se desperezó un poco, como si acabara de levantarse de la cama. Me sonrió en la oscuridad.

—Buen trabajo, Reacher. Estaba preguntándome cuándo demonios iba a sacarme de allí. Y bien, ¿qué ha sido de Picard?

Fingí que mi mano era una pistola e hice amago de disparar. Asintió con la cabeza. Era un hombre demasiado reservado para decir más. Tuve un impulso y le estreché la mano. A continuación me volví y golpeé con los nudillos la puerta de atrás de la barbería. Que se abrió al momento. El más viejo de los dos ancianos apareció en el umbral como si hubiera estado esperándonos. Nos abrió la puerta del todo, como hubiera hecho un mayordomo. Invitándonos a entrar. Entramos, y fuimos en fila india por un pasillo que llevaba a un pequeño almacén. Nos detuvimos junto a unos estantes llenos de utensilios y productos de barbería. El hombrecillo contrahecho llegó tras nosotros.

—Necesitamos que nos ayuden —dije.

El viejo se encogió de hombros. Levantó su palma de caoba para indicarnos que esperásemos un momento. Fue a la parte delantera y volvió con su socio. El menos viejo de los dos. Hablaron entre sí un momento, en un murmullo áspero y urgente.

—Arriba —dijo el menos viejo.

Subimos por una angosta escalera. Fuimos a parar a un piso situado sobre el establecimiento. Los dos ancianos nos condujeron a la sala de estar. Corrieron las cortinas y encendieron un par de lámparas de luz tenue. Nos indicaron que tomásemos asiento. La habitación era pequeña y apenas tenía muebles, pero estaba limpia. Se estaba a gusto. Si un día tenía una habitación, me gustaría que fuera como esa. Nos sentamos. El menos viejo se acomodó a nuestro lado; el otro salió y cerró la puerta a su espalda. Allí sentados los cuatro, nos miramos los unos a los otros. El barbero echó el rostro hacia delante y dijo:

—Muchachos, no son los primeros en esconderse en nuestra casa.

Finlay miró en derredor y optó por llevar la voz cantante.

—¿Ah, no? —apuntó.

—No, señor, no son los primeros —respondió el barbero—. Aquí hemos escondido a muchos otros muchachos. Y también muchachas.

—¿Quiénes eran? —preguntó Finlay.

—Muchos otros. De todo tipo —dijo el anciano—. Gente del sindicato que defendía a los jornaleros de las granjas de cacahuetes, o a los de los melocotoneros. Chicas del movimiento por los derechos civiles que ayudaban a los negros a inscribirse en el censo electoral. Chicos que no tenían ningunas ganas de que los enviaran a Vietnam. De todo, ya se lo digo.

Finlay asintió con la cabeza.

—Y ahora somos nosotros los que nos hemos escondido con ustedes —observó.

—¿Va a haber problemas en el pueblo? —preguntó el barbero.

—Muchos problemas —corroboró el policía—. Y va a haber muchos cambios.

—Era lo que esperaba. Hace años que lo espero.

—¿En serio?

El barbero asintió con un gesto y se levantó. Se dirigió a un gran armario, abrió la puerta y nos indicó que fuéramos a ver. El armario era enorme, con estantes. Llenos de dinero. Fajos y más fajos sujetos con gomas elásticas. Por todo el armario. Posiblemente habría doscientos mil dólares.

—El dinero de la Fundación Kliner —explicó el viejo—. No hacen más que regalarnos dinero. Lo que me escama, y mucho. Yo tengo setenta y cuatro años. Durante setenta años, la gente no hizo más que meárseme encima. Y ahora no hacen más que regalarnos dinero. Lo que huele a chamusquina, ¿verdad?

Cerró la puerta del armario lleno de billetes.

—Ese dinero ni lo tocamos. No tocamos ni un solo centavo del dinero que no nos hemos ganado. Sencillamente lo guardamos en el armario. ¿Ustedes andan investigando la Fundación Kliner?

—La Fundación Kliner mañana habrá dejado de existir —dije.

El viejo movió la cabeza. Miró la puerta del armario e hizo un gesto de reprobación. Se marchó, cerró la puerta y nos dejó a solas en aquella habitación pequeña pero cómoda.

—No va a ser fácil —dijo Finlay—. Somos tres, y ellos también son tres. Pero tienen cuatro rehenes. Y dos de ellos son niños. Ni siquiera sabemos dónde los tienen secuestrados.

—En el almacén —afirmé—. Seguro. ¿En qué otro sitio iban a tenerlos? No disponen de los hombres suficientes para mantenerlos vigilados en otro lugar. Y ya oyó la cinta. Ese eco que sonaba indica que fue grabada en el almacén.

—¿Qué cinta? —preguntó Hubble.

Finlay lo miró.

—Obligaron a Roscoe a grabar una cinta para Reacher. Con un mensaje. Para demostrar que la tenían en su poder.

—¿Roscoe? —dijo Hubble—. ¿Y Charlie?

Finlay negó con la cabeza.

—En la cinta solo habla Roscoe —respondió—. No aparece Charlie.

Hubble asintió. Mi amigo de Harvard acababa de dejar claro que era muy listo. La imagen de Charlie con un cuchillo en la garganta y obligada a hablar por un micrófono hubiera sumido a Hubble en el pánico más absoluto, hasta convertirlo en completamente inútil para nuestros propósitos.

—Están en el almacén —repetí—. De eso no hay duda.

Hubble conocía bien el almacén, había estado trabajando en su interior durante un año y medio. Hicimos que nos lo describiera en detalle. Encontramos papel y lápiz e hicimos que nos dibujara un plano. Pormenorizado, con todas las puertas, las escaleras, las distancias, los detalles. Terminamos teniendo un plano del que un arquitecto se hubiera sentido bastante orgulloso.

El almacén era el último de los cuatro edificios. Estaba muy próximo al tercero, que cubría las necesidades de los granjeros de la zona. Los separaba de los otros dos una valla que estaba a menos de un metro de sus paredes metálicas. Los otros tres lados estaban rodeados por la valla principal que circundaba el complejo. Esa valla principal estaba muy cercana a la parte posterior del almacén pero bastante alejada de la fachada delantera, a fin de que los camiones tuvieran espacio para maniobrar.

El portón con la persiana metálica ocupaba casi toda la fachada. Junto a la esquina más alejada había una pequeña puerta de servicio que daba a la planta baja. Nada más entrar por esa pequeña puerta, uno se encontraba con el mecanismo de apertura de la persiana del portón. A la izquierda había una escalera de hierro que llevaba a un despacho. Ese despacho estaba en un saliente en lo alto del gran almacén, a unos diez o doce metros del suelo. El despacho contaba con grandes ventanales y una especie de balcón con barandilla que permitía supervisar todo cuanto ocurría en el interior. En la parte posterior del despacho, una puerta daba a una escalera de incendios que discurría por la pared exterior del edificio.

—Entendido —dije—. Está todo muy claro, ¿no?

Finlay se encogió de hombros.

—Me preocupa la posibilidad de que cuenten con refuerzos —dijo—. Que hayan puesto vigilancia en el exterior.

—No cuentan con refuerzos —aseguré—. Me preocupa mucho más la cuestión de las escopetas. Es un espacio muy grande. Y hay dos niños.

Asintió con expresión sombría. Entendía lo que estaba diciendo. Las escopetas disparan un cono de plomo en un ángulo muy abierto. Las escopetas y los niños forman una mala combinación. Callamos. Eran casi las dos de la madrugada. Nos quedaba una hora y media de espera. Íbamos a salir a las tres y media. Para llegar a las cuatro. Mi hora preferida para lanzarme a un asalto.

La espera. Como si fuéramos soldados en una trinchera. O pilotos antes de emprender una incursión. Yo no decía palabra. Finlay dormitaba. Ya había hecho ese tipo de cosas antes. Muchas veces, probablemente. Despatarrado en la silla, su brazo derecho pendía inerte a un lado. La esposa seccionada seguía en su muñeca como un brazalete de plata.

Hubble estaba sentado muy tieso en la silla. Era la primera vez que se encontraba en una situación semejante. Cada dos por tres estaba moviéndose, quemando energía de forma inútil. Lo entendía. Sus ojos me miraban una y otra vez. Preguntándome. Respondí encogiéndome de hombros.

Las dos y media, y un puño llamó a la puerta con suavidad. La puerta se entreabrió un par de palmos. El mayor de los dos viejos estaba en el umbral. Me señaló con su índice retorcido y tembloroso.

—Hay alguien que quiere verle, hijo.

Finlay se enderezó en la silla. Hubble pareció asustarse. Hice una seña a ambos para que no se movieran. Me levanté y saqué del bolsillo la gran pistola automática. Liberé el seguro. El anciano agitó las manos.

—No va a necesitar ese cacharro, hijo —dijo—. No va a necesitarlo en absoluto.

Con un gesto impaciente, me instó a salir de una vez. Volví a guardar la pistola en el bolsillo. Miré a mis dos compañeros y salí tras el viejo. Me llevó hasta una cocina diminuta. Una mujer muy mayor estaba sentada en un taburete. Con la piel del mismo color caoba que la del anciano, flaca a más no poder. Su estampa llevaba a pensar en la de un viejo árbol en pleno invierno.

—Mi hermana —nos dijo el barbero—. La han despertado con su charla.

Se acercó a la mujer, se agachó y le dijo al oído:

—Este es el muchacho blanco del que estuve hablándote.

La mujer levantó la mirada y me sonrió. Se diría que el sol acababa de salir. Entreví un retazo de la belleza física que en su momento tuvo que tener, hace muchos años. Me tendió la mano, y se la estreché. El viejo barbero nos dejó a solas en la cocina.

—Pregúntele por aquel hombre —me dijo un momento antes de salir.

El viejo se marchó con paso dificultoso. Yo seguía estrechando la mano de su hermana. Me acuclillé a su lado. No hizo intento alguno de retirar la mano, la dejó en mi manaza.

—No oigo muy bien. Va a tener que hablarme al oído.

Me acerqué a ella. La mujer olía como una vieja flor marchita.

—¿Ahora me oye mejor?

—Sí, hijo —respondió—. Ahora sí que lo oigo bien.

—Estuve preguntándole a su hermano por Blind Blake —expliqué.

—Lo sé, hijo. Me lo contó todo.

—Su hermano me dijo que usted lo conoció personalmente.

—Ya lo creo que sí. Llegué a conocerle muy bien.

—¿Podría hablarme un poco de él?

—¿Qué quiere que le cuente? Hace mucho tiempo que Blake nos dejó.

—¿Cómo era en persona?

Guardó silencio un momento. Sus labios tremolaron sin hacer ruido, y noté unas fuertes pulsaciones en su muñeca huesuda. Movió la cabeza como si tratara de escuchar un sonido muy lejano.

—Era ciego —respondió finalmente—. Y también era muy dulce.

La mujer tenía noventa años. Era casi tan vieja como el siglo. Y ahora estaba acordándose de cuando tenía veinte o treinta años. No de la niñez o la adolescencia. Se estaba acordando de cuando era una mujer hecha y derecha. Y me estaba diciendo que Blind Blake era un tipo muy dulce.

—Yo era cantante —explicó—. Y él tocaba la guitarra. ¿Ha oído esa vieja expresión: «Toca como los ángeles»? Pues bien, era lo que decían de Blake. Cuando echaba mano a su viejo instrumento, las notas salían tan rápido que a una no le daba tiempo a cantarlas. Pero cada nota era una campanilla de plata, una campanilla perfecta que flotaba en el aire. Nos pasábamos la noche entera cantando y tocando, y luego, por la mañana me iba con él a un prado. Nos sentábamos a la sombra de un árbol viejo y grande, y seguíamos cantando y tocando. Por puro placer. Sencillamente porque nos gustaba.

Tarareó un par de compases. Su voz estaría una quinta por debajo de lo que sonara en su juventud. Era tan delgada y frágil que uno esperaba encontrarse con una aguda voz de soprano, pero la anciana tenía una voz de contralto, baja y susurrante. Contagiado por sus recuerdos, me imaginé a los dos en un viejo prado de Georgia. El intenso olor de las flores silvestres, el zumbido perezoso de los insectos de la mañana, los dos con la espalda junto al gran árbol, cantando y tocando por puro placer. Lanzando al viento las canciones irónicas y desafiantes compuestas por Blake, las mismas que a mí me apasionaban.

—¿Qué fue de él? —pregunté—. ¿Lo sabe?

Asintió con un gesto.

—En este mundo tan solo hay dos personas que lo saben. Y yo soy una de ellas.

—¿Va a decírmelo? Podríamos decir que vine a este pueblo para averiguarlo.

Asintió de nuevo. Con tristeza. Con lágrimas en sus ojos viejos y acuosos.

—Han pasado sesenta y dos años —dijo—. Y usted es el primero que me lo ha preguntado.

Contuve el aliento. Sus labios tremolaron y su mano escarbó en mi palma.

—Blake era ciego —dijo—. Pero tenía mucha chispa y era muy orgulloso. Siempre estaba sonriendo con orgullo. Tenía mucho ángel y mucha energía. Andaba rápido y hablaba rápido, nunca paraba quieto, siempre con aquella sonrisa suya en los labios. Pero una tarde salimos de uno de los locales de esta ciudad… Íbamos los dos andando por la acera, riéndonos. No había nadie más en la calle, excepto dos hombres blancos que venían de frente por la acera. Un hombre y un chaval. Les vi y me bajé de la acera, como se suponía que teníamos que hacer. Me hice a un lado y me quedé en la calzada para que pasaran. Pero el pobre Blake era ciego. No les vio llegar. Y se estampó contra el chaval blanco. Un chaval de unos diez o doce años de edad. El chavalito salió despedido y fue a parar a la calzada. Se hizo un corte en la cabeza al darse con una piedra y soltó un grito estremecedor. El padre del chaval estaba de pie en la acera. Yo sabía quién era. Un hombre muy importante del pueblo. Su chaval no hacía más que chillar a pleno pulmón. Pidiéndole a gritos a su padre que le diera lo suyo a aquel negrata. El padre perdió los nervios y empezó a sacudirle a Blake con el bastón. Un bastón con un gran mango de plata. Estuvo golpeando a Blake con el bastón hasta que le abrió la cabeza como si fuera una sandía. Lo mató en el acto. Cogió al chaval de la mano y se encaró conmigo. Hizo que fuera al abrevadero a lavar el pelo, la sangre y los sesos de Blake pegados al mango del bastón. Me dijo que nunca contara a nadie lo sucedido, o me mataría. Así que me escondí, hasta que alguien llegó y se encontró con el pobre Blake muerto y tendido en la acera. Entonces salí de mi escondite y me puse a gritar y a chillar como todos los demás. Nunca he contado esta historia hasta el día de hoy.

Grandes lagrimones resbalaban por sus flacas mejillas. Me acerqué un poco más y se los sequé con un dedo. Puse su otra mano entre las mías.

—¿Quién era ese chaval?

—Alguien a quien he seguido viendo desde entonces —respondió—. Alguien a quien he seguido viendo casi todos los días con esa sonrisa suya de desprecio en el rostro, recordándome siempre al pobre Blake tendido en la acera y con la cabeza reventada.

—¿Quién era ese chaval?

—Fue un accidente —dijo la mujer—. Todo el mundo lo hubiera entendido así. El pobre Blake era ciego. El chaval no tenía por qué haber armado aquel escándalo. Tampoco se había hecho tanto daño. Era lo bastante mayorcito para darse cuenta de la situación. Lo sucedido fue culpa suya, por haberse puesto a gritar y a chillar de aquella manera.

—¿Quién era ese chaval?

Se volvió y clavó la mirada en mí. Me reveló el secreto que había guardado a lo largo de sesenta y dos años.

—Grover Teale —dijo—. Luego se convirtió en el alcalde, lo mismo que su padre. Ese hombre cree ser el rey del mundo, pero para mí nunca ha sido más que un mocoso malcriado que hizo que mataran a mi pobre Blake por el simple hecho de ser ciego y negro.

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