Zona peligrosa

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Nos subimos los tres al Bentley negro de Charlie aparcado en el callejón situado tras la barbería, sin decir palabra. Arranqué y me dirigí al norte. Con las luces apagadas y a poca velocidad. El gran sedán oscuro avanzaba por la noche como un depredador recién salido de su guarida. Como un gran submarino que acabara de dejar su muelle y estuviera adentrándose en el agua helada. Crucé el pueblo y me detuve a cierta distancia de la comisaría. Estaba tan silenciosa como una tumba.

—Voy a coger una pistola —dijo Finlay.

Entramos por las puertas hechas trizas. El Bentley de Hubble estaba en la sala de trabajo, inmóvil en la penumbra. Los neumáticos delanteros habían reventado, y el morro estaba incrustado entre los retorcidos barrotes de las celdas. El aire hedía a gasolina. El depósito perdía. El capó seguía en alto. Hubble ni echó una mirada a su coche.

Finlay pasó junto al coche destrozado y fue al gran despacho. Entró. Esperé junto a Hubble sobre los cristales hechos añicos. Finlay salió armado con un revólver y una caja de cerillas. Y con una sonrisa torcida en el rostro. Nos indicó con un gesto que saliéramos. Prendió una cerilla, la tiró bajo la carrocería del destrozado Bentley verde y salió corriendo.

—Una maniobra de diversión. Irá bien ¿no?

Vimos que el fuego prendía cuando maniobramos para salir del aparcamiento. Unas lenguas de fuego de un azul brillante se estaban extendiendo por la moqueta como una ola en la playa. El fuego prendió en la madera astillada y se desplazó hacia el exterior, alimentándose con voracidad del gran charco de gasolina. Las llamas se tornaron amarillas y anaranjadas, y empezaron a alimentarse del aire que entraba por el hueco de las puertas de la entrada. Al cabo de un minuto, la comisaría estaba ardiendo por entero. Sonreí para mí y me metí en la carretera del condado.

Conduje con las luces encendidas durante la mayor parte del trayecto. A buena velocidad. Llegué en unos doce minutos. Apagué las luces y me detuve a unos doscientos metros de nuestro objetivo. Di media vuelta en la carretera y reculé un poco. Dejé el coche con el morro apuntando hacia el sur. Hacia el pueblo. Con las puertas sin cerrar. Y con la llave puesta.

Hubble llevaba la cizalla. Finlay revisó el revólver que se había agenciado en el despacho. Busqué con la mano bajo mi asiento y cogí la botella de plástico llena de gasolina. Me la metí en el bolsillo, junto a la cachiporra. Pesaba bastante. Me ajusté la chaqueta, la Desert Eagle asomaba un poco por el bolsillo. Finlay me pasó las cerillas. Me las metí en el otro bolsillo.

De pie, a oscuras, nos miramos un momento. Asentimos los tres. Fuimos corriendo campo a través en dirección al árbol partido por el rayo, cuya silueta se recortaba a la luz de la luna. Nos llevó un par de minutos llegar hasta él corriendo sobre la tierra reblandecida por las lluvias. Nos detuvimos junto al retorcido tronco del árbol. Cogí la cizalla de manos de Hubble y, a una nueva señal, nos dirigimos a la valla que discurría por la parte posterior del almacén. Eran las cuatro menos diez de la madrugada. No habíamos intercambiado una sola palabra desde que dejamos atrás la comisaría envuelta en llamas.

En un minuto recorrimos los setenta metros que nos separaban de la valla. Nos situamos frente al pie de la escalera de incendios. Finlay y Hubble agarraron cada uno un trozo de valla metálica para tensarla, y empecé a recortar los rombos metálicos con la cizalla. Me resultó tan fácil como si estuviera cortando barras de regaliz. Hice una gran abertura de más de dos metros, hasta llegar al punto en que se erigía la alambrada de espino.

Entramos por el boquete. Fuimos al pie de las escaleras. Nos detuvimos. Oí unos sonidos en el interior. De movimiento, de roces, un tanto apagados por el eco del gran espacio. Respiré hondo. Hice una seña a mis compañeros, instándoles a pegarse a las planchas metálicas de la pared. No era del todo imposible que hubiera alguien vigilando por fuera. La intuición me decía que aquella gente no contaba con refuerzos. Pero a Finlay seguía inquietándole la posibilidad de que hubiera guardias fuera. Y hacía mucho tiempo que había aprendido a tener en cuenta las opiniones de los hombres como Finlay.

Indiqué a los dos que se quedaran quietos y rodeé con sigilo la esquina del almacén. Me acuclillé y dejé caer la cizalla al suelo de hormigón, desde un palmo de altura. La cizalla hizo el ruido preciso que yo quería. Como si alguien estuviera tratando de entrar en el almacén. Me pegué a la pared y esperé con la cachiporra en la mano.

Finlay tenía razón. Había un vigilante en el exterior. Y yo también tenía razón. No contaban con refuerzos. El vigilante era el sargento Baker. Lo oí antes de verlo. Oí su respiración tensa y sus pisadas en el suelo de hormigón. Apareció por la esquina y se detuvo a un metro de donde me encontraba. Allí plantado, miró la cizalla. Tenía su revólver del 38 en la mano. Su mirada fue de la cizalla a la valla. Vio el boquete e hizo amago de salir corriendo hacia allí.

Y entonces murió. Le arreé con la cachiporra. Pero no cayó al suelo. Soltó el revólver y bailó desmadejadamente, como si tuviera las piernas de goma. Finlay vino corriendo y lo agarró por el cuello. Lo mismo que un mozo de granja que estuviera retorciéndole el pescuezo a un pollo. Baker seguía llevando la placa con su nombre sobre el bolsillo del uniforme. Era lo primero en lo que me había fijado, nueve días atrás. Dejamos su cuerpo tendido sobre el hormigón. Esperamos cinco minutos. Escuchando con atención. No vino nadie más.

Volvimos junto a Hubble. Respiré hondo otra vez. Puse el pie sobre la escalera de incendios. Subí. Pisaba con cuidado y sin hacer ruido. Continué subiendo. La escalera metálica resonaría como una maldita campana si cometíamos alguna torpeza. Finlay me seguía, agarrándose al pasamanos con la mano derecha y con la pistola en la izquierda. Tras él venía Hubble, demasiado asustado para respirar con fuerza.

Fuimos ascendiendo con sigilo. Tardamos dos minutos en subir aquellos diez metros. Fuimos con mucha cautela. Nos quedamos inmóviles en la pequeña plataforma situada en lo alto. Apoyé el oído en la puerta. No se oía ruido alguno. Hubble cogió su juego de llaves. Apretándolas bien con el puño, para que no tintinearan. Con cuidado, lentamente, escogió la llave indicada. La insertó en la cerradura poco a poco. Contuvimos el aliento. Hizo girar la llave. La cerradura hizo clic. La puerta se abrió unos centímetros hacia fuera. Contuvimos la respiración. No oímos ruido alguno, ninguna reacción. Todo estaba en silencio. Hubble abrió un poco más la puerta, lentamente y con cuidado. Cuando la puerta llegó a su altura, Finlay lo relevó y la abrió un poquito más. Me la pasó. Terminé de abrirla y la pegué a la pared. La sujeté con la botella de gasolina.

La luz salía del despacho y caía sobre la escalera de incendios, trazando un haz brillante sobre la valla y el campo situados una decena de metros por debajo. En el almacén, unas lámparas de arco voltaico iluminaban el interior y daban de lleno en los grandes ventanales del despacho. Podía ver todo cuanto había en el interior. Y lo que vi me dejó atónito.

Nunca había creído en la suerte. Nunca había tenido razones para creer en ella. Nunca había confiado en ella, porque nunca había tenido ocasión de hacerlo. Pero la suerte ahora me acompañaba por completo. Treinta y seis años de mala suerte y de problemas se habían esfumado de un plumazo. Los dioses estaban de mi lado, animándome e instándome a seguir adelante. En ese momento comprendí que había ganado la partida.

Porque los niños estaban dormidos en el despacho. Los hijos de Hubble. Ben y Lucy. Tumbados sobre un montón de vacíos sacos de arpillera. Dormidos por completo, con esa inocencia que tan solo es propia de los niños. Estaban sucios y andrajosos. Vestidos con los mismos uniformes escolares que llevaban el lunes. Parecían dos de esos golfillos que aparecen en las fotografías color sepia del viejo Nueva York. Tumbados en los sacos, medio despatarrados, durmiendo a pierna suelta. Las cuatro de la mañana. La hora que siempre me había dado suerte.

Los niños eran lo que había estado preocupándome. Eran el factor que convertía toda esa maldita operación en poco menos que imposible. Lo había pensado todo bien un millar de veces. Había estado pensando en un sinfín de estrategias, empeñado en dar con una solución que pudiera funcionar. No había encontrado ninguna. El resultado de mis elucubraciones siempre era negativo. Lo que en la academia militar llamaban «planes no satisfactorios». Siempre terminaban con los niños convertidos en hamburguesas por obra de las grandes escopetas. Los niños y las escopetas forman una mala combinación. Había imaginado que los cuatro rehenes estarían juntos y vigilados muy de cerca por las dos escopetas. A los niños repentinamente presa del pánico, a Charlie chillando y las dos Ithaca disparando a la vez. No había conseguido encontrar ninguna solución al problema, porque en todo momento me los había imaginado juntos. Lo hubiera dado todo, lo que fuese, a cambio de que los niños estuvieran dormidos en un rincón aparte. Y eso era lo que sucedía. Era un hecho. Un zumbido de júbilo atronó en mis oídos como lo hubieran hecho los gritos de unos espectadores locos de contento en un gran estadio deportivo.

Me volví hacia mis compañeros. Acerqué mi cabeza a las suyas y les hablé con el más débil de los susurros:

—Hubble, usted se encargará de la niña. Y usted del niño, Finlay. Tápenles la boca con la mano. No hay que hacer el menor ruido. Váyanse con ellos al árbol. Hubble, a continuación, llévelos al coche. Y Finlay, usted vuelva aquí de inmediato. Hay que hacerlo muy rápido. Y en silencio.

Saqué la Desert Eagle y le quité el seguro. Apoyé la muñeca contra el marco de la puerta y apunté a través del despacho a la puerta interior. Finlay y Hubble entraron en el despacho sin hacer ruido.

Hicieron lo que tenían que hacer. En silencio, llegaron hasta los niños y les taparon las bocas con las manos. Se los llevaron al momento. Salieron con sigilo del despacho y pasaron junto al cañón de mi gran pistolón presto a abrir fuego. Completamente despiertos por la sorpresa, los niños se debatían en sus brazos. Sus grandes ojos me miraron con asombro. Sin hacer ruido, Hubble y Finlay emprendieron el descenso por la escalera de incendios. Reculé hasta llegar a una esquina de la plataforma metálica. Encontré un ángulo perfecto para cubrirlos. Los observé mientras bajaban con cuidado por la escalera, llegaban al suelo de hormigón y salían por el boquete de la valla. Corrieron por el haz de luz que iluminaba el campo, diez metros por debajo de mi posición, y se perdieron en la noche.

Me relajé. Bajé la pistola. Escuché con atención. Solo oí aquella especie de chirrido procedente del interior del enorme almacén. Entré en el despacho sin hacer ruido. Repté por el suelo hasta llegar a los ventanales. Levanté la cabeza con mucho cuidado y miré hacia abajo. Nunca voy a olvidar lo que vi.

Fijadas al techo del edificio, cerca de un centenar de lámparas de arco voltaico iluminaban por completo el interior del almacén. Un espacio enorme, de unos treinta metros de longitud y unos ochenta de anchura. Unos veinte de altura. Lleno de billetes de un dólar. Una colosal montaña de dinero ocupaba el espacio entero. En la esquina más alejada, alcanzaría unos quince metros de altura. Un inmenso y verde iceberg de dinero.

Vi que Teale se encontraba en la otra punta del almacén. Estaba sentado en aquella montaña de dólares, a unos tres metros de altura. Con la escopeta sobre las rodillas. Su figura se veía empequeñecida por la inmensa elevación de color verde que se alzaba a sus espaldas. El viejo Kliner se encontraba unos quince metros más cerca. Sentado un poco más alto en aquella montaña de billetes. Sentado sobre cuarenta toneladas de dinero. Con la escopeta en las rodillas.

Las escopetas formaban los dos lados de un triángulo completado por Roscoe y Charlie Hubble. Dos figuras diminutas situadas doce metros por debajo. Las estaban obligando a trabajar. Roscoe tenía en las manos una pala, las que usan en los estados del norte del país para quitar la nieve en invierno. Y llevaba paletadas de billetes hacia Charlie. Con un rastrillo de jardín, Charlie los recogía y los iba metiendo en cajas de cartón para aparatos de aire acondicionado. Detrás de ellas se extendía una hilera de cajas selladas. Enfrente había un enorme montón de billetes. No paraban de trabajar, empequeñecidas como dos hormigas pululantes junto a la descomunal montaña de dinero.

Contuve el aliento. Estaba paralizado. La imagen resultaba increíble. Advertí la presencia de la furgoneta negra de Kliner. Estaba junto a la cerrada persiana del portón, con el morro apuntando al exterior. A su lado se encontraba el Cadillac blanco de Teale. Los dos vehículos eran grandes, pero al lado de la montaña de dinero parecían dos juguetitos en una playa. La escena era fantástica, propia de un cuento de hadas. Como si me encontrara en el interior de una gran mina de esmeraldas sacada de alguna vieja leyenda. Todo estaba brillantemente iluminado por las lámparas de arco voltaico. Las figurillas de más abajo eran poco más que unos insectos. Yo no podía creer lo que estaba viendo. Hubble me había dicho que un millón de dólares en billetes de un dólar resultaban impresionantes. Y ahora estaba mirando cuarenta millones. Lo más asombroso era la altura que alcanzaban. Una altura casi diez veces superior a la de las figurillas que trabajaban en el suelo. Una altura superior a la de una casa. A la de dos casas. Resultaba increíble. Aquel almacén era gigantesco. Y estaba enteramente ocupado por una masa sólida de dinero. Por cuarenta millones de billetes auténticos de un dólar.

Las dos mujeres se movían con la falta de elasticidad propia de la fatiga extrema, como dos soldados exhaustos después de unas maniobras inclementes. Medio dormidas, se movían mecánicamente, mientras sus mentes imploraban un poco de descanso a gritos. No hacían más que meter billetes y más billetes en las cajas de cartón. La suya era una labor absurda. La retirada de los guardacostas había pillado a Kliner por sorpresa. No estaba preparado. De forma que el almacén estaba lleno de dinero hasta los topes, un dinero amontonado en completo desorden. Roscoe y Charlie se veían obligadas a hacer esa labor de esclavas mientras Teale y Kliner, a modo de capataces, las miraban con los rostros inexpresivos de quienes saben que están al final del camino. El enorme torrente de dinero iba a terminar por enterrarlos. A inundarlos y a ahogarlos hasta la muerte.

Oí el leve roce metálico de los pies de Finlay en la escalera de incendios. Salí del despacho sin hacer ruido y fui a su encuentro en la plataforma.

—Tienen dos escopetas —susurré—. Roscoe y Charlie están más o menos bien.

Su mirada fue a la luz brillante, y hacia los débiles ruidos de más abajo.

—¿Qué están haciendo ahí? —preguntó en un murmullo.

—Venga a ver. Pero no haga el menor ruido.

Entramos sin hacer ruido y nos arrastramos hasta los ventanales del despacho. Levantamos las cabezas con precaución. Finlay contempló la increíble escena. Durante largo rato. Sus ojos lo recorrieron todo. Me miró. Conteniendo el aliento.

—Por Dios… —dijo.

Le hice una seña, y nos fuimos de allí. Arrastrándonos, llegamos a la plataforma de la escalera de incendios.

—Por Dios… —musitó Finlay de nuevo—. ¿Puede creerlo?

Negué con la cabeza.

—No —murmuré—. No puedo creerlo.

—¿Qué vamos a hacer?

Hice un gesto con la mano indicándole que no se moviera de la plataforma. Me arrastré otra vez hacia el interior y miré por los ventanales. Lo observé todo con atención. El lugar en el que Teale estaba sentado, la puerta interior del despacho, el campo de tiro de Kliner, dónde iban a encontrarse Roscoe y Charlie. Calculé ángulos, estimé distancias. Llegué a una conclusión: el problema era endemoniado.

El viejo Kliner era el que estaba más cerca de nosotros. Roscoe y Charlie trabajaban entre él y Teale. Este último era el más peligroso, pues se encontraba en el otro extremo del almacén. Cuando yo apareciese en lo alto de las escaleras interiores, los cuatro levantarían la mirada al unísono. Kliner al momento levantaría el cañón de la escopeta. Y Teale haría otro tanto. Ambos me dispararían.

Kliner no encontraría obstáculo en su campo de tiro, en un ángulo de sesenta grados, como el de un cazador de patos. Pero Roscoe y Charlie iban a encontrarse entre Teale y yo. El ángulo de tiro de Teale iba a ser mucho más abierto. Estaba sentado a unos tres metros de altura en la montaña de dinero. Dispararía a una decena de metros por encima de donde estaba, desde unos treinta metros de distancia. Su ángulo de tiro iba a ser de unos quince o veinte grados. Su Ithaca estaba diseñada para cubrir un ángulo de tiro mucho mayor. De modo que su disparo iba a someter a las dos mujeres a una mortífera granizada de plomo. Iba a matarlas a las dos, sin remedio. Cuando Teale levantara la vista y disparara, Roscoe y Charlie iban a morir.

Volví reptando y me reuní con Finlay en la escalera. Me agaché y cogí la botella de plástico llena de gasolina. Se la pasé, junto con la caja de cerillas. Me acerqué y le expliqué lo que tenía que hacer. Unas palabras más, y emprendió el silencioso descenso por la larga escalera de incendios. Me arrastré hasta el despacho otra vez y, con cuidado, dejé la Desert Eagle en el suelo, junto a la puerta interior. Con el seguro quitado. Me arrastré hacia el ventanal. Asomé un poco la cabeza y me quedé a la espera.

Pasaron tres minutos. Yo tenía los ojos fijos en la persiana del portón. A la espera. Escudriñando la rendija horizontal que había entre la parte inferior de la persiana y el suelo de hormigón, justo en diagonal desde donde me encontraba. Seguí a la espera. Pasaron cuatro minutos. Las dos minúsculas figurillas continuaban trabajando más abajo. Roscoe y Charlie seguían ocupadas en llenar las cajas con el dinero, bajo la atenta mirada de Teale. Kliner ascendió unos metros por la pendiente de dinero para patear un nuevo aluvión de billetes en dirección a las mujeres. Pasaron cinco minutos. Kliner había soltado la escopeta. Estaría a siete u ocho metros del arma, pateando el dinero una y otra vez, hasta provocar una pequeña avalancha que fue a parar a los pies de Roscoe. Pasaron seis minutos. Siete.

Y entonces vi que la oscura mancha húmeda de gasolina se colaba bajo la persiana del portón. Fluyendo en un charco semicircular. Cada vez mayor. El charco llegó a la base de la montaña de dólares, tres metros por debajo de donde estaba sentado Teale. Una gran mancha oscura sobre el hormigón. Kliner seguía a lo suyo montaña arriba, a unos doce metros de Teale. Y a casi diez de su escopeta.

Repté por el suelo hasta llegar a la puerta interior. Giré el picaporte. El cierre de la puerta se abrió. Recogí la pistola. Entreabrí la puerta. Volví a arrastrarme hacia la ventana. Contemplé el creciente charco de gasolina.

Había estado temiéndome que Teale la oliera de inmediato. Era el punto débil de mi plan. Pero Teale no podía olerla. Porque el almacén entero apestaba de por sí. El olor me había sorprendido de forma tan impactante como un martillazo en cuanto abrí la puerta. Un olor fuerte, amargo, grasiento. El olor del dinero. Millones y millones de arrugados y grasientos billetes de un dólar impregnados por el hedor de manos sudorosas y bolsillos pringosos. El hedor impregnaba el aire. Se trataba del mismo hedor que desprendían las cajas de cartón que había en el garaje de Sherman Stoller. El olor amargo del dinero usado.

Y a continuación vi una llamarada bajo la persiana. Finlay había dejado caer la cerilla. Una llama azulada y baja. Se extendió con rapidez y de pronto se alzó en varias lenguas de fuego como una flor descomunal. Las llamaradas alcanzaron la base de la enorme montaña de dinero. Vi que Teale giraba el rostro y fijaba la mirada en el fuego, paralizado por el horror.

Di un paso hacia la puerta, salí y apunté con la pistola. Apoyé la muñeca en la barandilla del balcón. Apreté el gatillo y le volé la cabeza a Teale, treinta metros más allá. El gran proyectil le atravesó una sien e hizo que su cráneo estallara en mil pedazos, que fueron a parar a la pared situada a sus espaldas.

Y entonces todo se torció. Lo comprendí, en esa especie de horrorosa cámara lenta que se activa cuando tu mente anda más revolucionada que tu cuerpo. Tracé un semicírculo hacia la izquierda con el cañón de mi pistola, con la idea de sorprender a Kliner cuando tratara de recuperar la escopeta. Pero Kliner se arrojó hacia su derecha. Con desespero, se lanzó ladera abajo, hacia el punto en el que Teale había dejado caer su escopeta. En lugar de ir corriendo a coger su arma, había reaccionado yendo a por la de Teale. Con lo que iba a tener la misma mortífera geometría que Teale hubiera tenido. De forma instintiva, mi mano cambió de dirección y empezó a trazar un semicírculo en sentido opuesto, mientras Kliner rodaba pendiente abajo, haciendo saltar los billetes por los aires. Y entonces oí que la puerta de servicio de más abajo se abría de sopetón. El ruido de la puerta al abrirse quedó amortiguado por el eco del estruendoso disparo que había matado a Teale. Picard entró trastabillando en el almacén.

No llevaba la americana, la sangre empapaba su enorme camisa blanca. A grandes zancadas, se dirigió hacia las dos mujeres. Su cabeza iba mirando a uno y otro lado. Me vio y empezó a levantar el brazo derecho. El revólver del calibre 38 parecía minúsculo en su manaza. A treinta metros de Picard, Kliner llegó hasta donde se encontraba la escopeta de Teale, medio enterrada bajo los billetes.

Vi que las azuladas lenguas de fuego empezaban a ascender por la base de la montaña de dólares. Roscoe se giró con lentitud y me miró. Charlie Hubble hizo otro tanto en sentido contrario y se quedó mirando a Teale. Empezó a gritar. Se llevó las manos al rostro, abrió mucho la boca y cerró los ojos. El sonido de sus gritos me llegó de lejos y se mezcló con el eco agonizante de la bala de la Desert Eagle y el ruido de la puerta al ser abierta de golpe.

Me agarré con la mano libre a la barandilla y me asomé al borde. Apunté con la otra mano hacia abajo, disparé por segunda vez y atravesé el hombro derecho de Picard una milésima de segundo antes de que la boca de su revólver terminara de encañonarme. Vi que se desplomaba de espaldas entre un estallido de sangre. Y traté de situar a Picard en mi punto de mira otra vez.

Mi mente estaba analizándolo todo con frialdad, como si el problema fuera puramente mecánico. En el momento de efectuar el disparo había tenido buen cuidado de tensar el hombro para que el fuerte retroceso del pistolón se perdiera hacia arriba. Lo que me permitió ganar una fracción de segundo para llevar mi punto de mira al otro extremo del almacén. Noté el golpetazo en la palma de la mano cuando la combustión de los gases del arma expulsó el casquillo y entró un nuevo proyectil en la recámara. Plantado sobre una deslizante ladera de billetes verdes, Kliner estaba llevando el cañón de la Ithaca a lo alto, al tiempo que metía un cartucho en su interior. Oí el sordo y doble sonido del mecanismo por encima del eco del disparo que había abatido a Picard.

Me dije con frialdad que Kliner iba a disparar con la idea de darme con la parte superior del cono de plomo proyectado por la escopeta, y la parte inferior decapitaría a Roscoe y a Charlie. Con la misma frialdad, calculé que mi bala necesitaría algo más de siete centésimas de segundo para recorrer la longitud del almacén y que mejor haría en apuntar a lo alto del costado derecho de Kliner a fin de que la boca de la escopeta dejara de cubrir a las mujeres.

A continuación dejé de pensar, por completo. Mi mente me había proporcionado toda la información necesaria y ahora se dispuso a contemplar con escepticismo el intento de poner a Kliner en mi línea de fuego antes de que él pudiera terminar de levantar el cañón de la Ithaca. Entre nosotros se estaba dando una exasperante carrera a cámara lenta. Con el pecho contra la barandilla, fui levantando el arma con lentitud, como si fuera muy pesada.

A treinta metros de distancia, Kliner fue levantando el cañón de la escopeta tan lentamente como si estuviera impregnado de melaza. Las dos armas estaban alzándose a la vez, lentamente, centímetro a centímetro, grado a grado. Un poco más arriba cada vez. Parecía no tener fin. Estaba durando toda una vida. Las lenguas de fuego estallaban y se retorcían en la base de la montaña de dinero, abriéndose camino ladera arriba. En el rostro de Kliner se pintó una sonrisa lobuna que dejó al descubierto sus dientes amarillentos. Mientras Charlie continuaba gritando, Roscoe se estaba dejando caer al suelo con la lentitud de una gasa que flotara en el aire. Mi brazo y la escopeta de Kliner seguían ascendiendo en el aire centímetro a centímetro, de una forma enervante.

Mi brazo fue el primero en llegar a lo alto. Disparé y di a Kliner en el pecho; el gran proyectil del calibre 44 hizo que cayera retorciéndose. El cañón de la Ithaca apuntó a un lado en el mismo momento en que apretó el gatillo. La escopeta atronó y disparó a quemarropa contra la montaña de dinero. El aire al momento se vio nublado por una nube de confetis de color verde. Los fragmentos de billete volaban por todas partes, revoloteando como copos de nieve en una tormenta invernal, y eran presa de las llamas al posarse en la montaña incendiada.

Mi mente volvió a su estado natural y bajé corriendo por la escalera. Las lenguas de fuego estaban subiendo por la grasienta montaña de billetes a mayor velocidad que un hombre en plena carrera. Me abrí paso entre la humareda y agarré a Roscoe por un brazo y a Charlie por otro. Hice que se levantaran y las empujé hacia la escalera. Oí el silbido del oxígeno que se colaba bajo la persiana del portón para alimentar el fuego. El almacén era pasto del fuego. La montaña de dinero ardía en llamaradas. Seguí corriendo hacia la escalera, arrastrando a las dos mujeres como podía.

Me di de bruces contra Picard. Se levantó del suelo de repente, choqué con él, reboté y caí al suelo. Su estampa era la de un gigante malherido y vociferante de rabia. Tenía el hombro derecho destrozado, chorreando de sangre. Y la camisa empapada en un intenso tono carmesí. Me levanté como pude, pero me soltó un manotazo con la izquierda. El golpe fue tremendo y me hizo dar un paso atrás. Picard a continuación me soltó un puñetazo, con la izquierda también, que fue a estrellarse en mi brazo y envió la Desert Eagle contra el hormigón. El fuego nos estaba cercando, los pulmones me ardían. Charlie Hubble gritaba histérica.

Picard había perdido el revólver. De pie frente a mí, trastabilló, adelante y atrás. Iba a soltarme otro puñetazo con su descomunal brazo izquierdo. Me adelanté al golpe. Me abalancé contra su corpachón y le propiné un codazo en la garganta. En la vida había dado un codazo tan fuerte como aquel, pero Picard sencillamente se estremeció una fracción de segundo y dio un nuevo paso hacia mí. Me arreó un golpe con su descomunal puño derecho. Caí junto al fuego.

Fui consciente de que lo que estaba respirando era puro humo. Rodé por el suelo para alejarme de las llamas. Picard dio un nuevo paso hacia mí. De pie, entre los flotantes billetes en llamas, me dio una patada en el pecho. Sentí como si me hubiera atropellado un camión. Las llamas prendieron en mi chaqueta. Me la quité rápidamente y se la tiré. Pero la apartó de un manotazo y echó la pierna hacia atrás para propinarme un patadón mortal. Sin embargo, su cuerpo de pronto empezó a contraerse, como si alguien estuviera golpeándole la espalda con un martillo. Vi que Finlay estaba de pie detrás de él, acribillándolo a tiros con el revólver que había cogido en la comisaría. Descerrajó seis disparos sobre la espalda de Picard. Este se volvió y lo miró. Avanzó un paso en su dirección. Finlay apretó el gatillo de nuevo, pero su arma ya se había quedado sin balas.

Me revolví y agarré el pistolón israelí. Lo recogí del ardiente suelo de hormigón y disparé a la nuca de Picard. Su cráneo estalló atravesado por el grueso proyectil. Las piernas se le doblaron, y empezó a caer. Atravesé su cuerpo con mis últimas cuatro balas antes de que terminara de desplomarse.

Finlay agarró a Charlie y se marchó corriendo entre las llamas. Yo agarré a Roscoe, la levanté del suelo y la arrastré escaleras arriba. Cruzamos por el despacho como una exhalación y bajamos por la escalera de incendios mientras las lenguas de fuego nos perseguían por la puerta abierta. Escapamos a todo correr por el boquete en la valla. Cogí a Roscoe en brazos y corrí hacia el árbol partido por el rayo.

Detrás de nosotros, el aire sobrecalentado hizo estallar el tejado del almacén. Las lenguas de fuego ascendieron treinta metros en el cielo de la noche. El cielo se llenó de ardientes fragmentos de billetes de un dólar. El almacén se había convertido en un horno. Notaba su calor en mi espalda, mientras Roscoe hacía lo posible por apartar de sí a manotazos la lluvia de papelitos en llamas. Dejé atrás el árbol y seguí corriendo hacia la carretera. Doscientos metros. Cien metros. Escuché los chirridos y los aullidos que hacía la estructura metálica del almacén. El edificio entero estaba retorciéndose y estallando. Hubble se encontraba junto al Bentley. Abrió las portezuelas traseras del coche y corrió a sentarse al volante.

Los cuatro nos apretujamos en el asiento trasero. Hubble arrancó y pisó el acelerador. El coche salió volando, las portezuelas se cerraron de golpe. Los niños estaban sentados delante, gritando. Charlie también estaba gritando. Al igual que Roscoe. Con un extraño distanciamiento, advertí que yo también estaba gritando.

Hubble condujo a toda velocidad durante más de un kilómetro. Hasta que de pronto pisó el freno. Salimos del coche como buenamente pudimos. Tropezando. Nos abrazamos, nos besamos, estábamos llorando en la cuneta de la vieja carretera del condado. La familia Hubble había hecho un corro. Roscoe, Finlay y yo nos abrazamos. Finlay de pronto se puso a bailar entre risas y gritos, como si de repente hubiera enloquecido. Su antigua sobriedad, tan propia de Boston, se había esfumado por entero. Roscoe se abrazó a mí con más fuerza. Yo estaba contemplando el incendio que ardía a más de un kilómetro de distancia. Estaba yendo a más, extendiéndose a los otros almacenes, los que contenían productos para la agricultura. Los sacos de fertilizante y bidones con gasóleo para tractores empezaron a detonar como si fueran bombas.

Todos nos volvimos para contemplar aquel infierno plagado de llamaradas. Éramos siete, en una desordenada hilera en la carretera, contemplando aquella tormenta de fuego en la lejanía. Gigantescas lenguas de fuego que ascendían centenares de metros en el aire. Bidones con gasóleo que estallaban como granadas de mortero. En el cielo de la noche, los billetes en llamas hacían pensar en un millón de estrellas anaranjadas. Era el Infierno en la tierra.

—Por Dios… —dijo Finlay—. ¿Eso lo hemos hecho nosotros?

—Eso lo ha hecho usted, Finlay. Usted fue el que prendió la cerilla.

Nuevas risas y abrazos. Bailamos, reímos, nos dimos palmadas en la espalda. Levantamos a los niños en vilo, los abrazamos y los besamos. Hubble me estrechó entre sus brazos y me palmeó la espalda. Charlie me abrazó y me besó. Atraje a Roscoe hacia mí y le di un largo beso apasionado. Un beso que parecía no tener fin. Rodeó mi cintura con las piernas y cerró los brazos en torno a mi cabeza. Nos estábamos besando con desespero, como si nos fuese la vida.

Algo después conduje el coche hasta el pueblo, tomándome mi tiempo. Finlay y Roscoe ocupaban el gran asiento a mi lado. Los cuatro miembros de la familia Hubble estaban apretujados en la parte posterior. Nada más dejar atrás el resplandor del incendio vimos el resplandor de la comisaría en llamas. Reduje la velocidad al pasar junto al edificio. El incendio era de aúpa. La comisaría estaba ardiendo hasta los cimientos. En derredor había centenares de personas mirando el fuego en silencio, sin hacer nada para ponerle fin.

Aceleré otra vez y atravesamos el silencioso pueblo. Giré a la izquierda y torcí por Beckman Drive, dejando atrás la estatua del viejo Caspar Teale. Rodeé la blanca iglesia sumida en el silencio. Recorrí kilómetro y medio hasta llegar al familiar buzón pintado de blanco del número veinticinco de la calle. Fui por el serpenteante camino de gravilla. Frené frente a la puerta, para que la familia Hubble se bajara. Di media vuelta y enfilé de nuevo el camino de gravilla. Fui por Beckman Drive otra vez y me detuve al llegar al final.

—Bájese, Finlay.

Sonrió y se bajó. Se perdió andando en la noche. Pasé por Main Street y me dirigí a la casa de Roscoe. Aparqué en el camino del jardín. Entramos en la casa a paso rápido. Arrastramos una pesada cómoda por el pasillo y la pusimos contra la puerta astillada. Nos aislamos por completo del mundo.

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