Zona peligrosa

Zona peligrosa


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Hubble durmió un rato en su cama. Se revolvió y se despertó. Se revolvió un poco más. Estuvo desorientado un momento, hasta que recordó dónde estaba. Hizo amago de consultar su reloj, pero solo vio la franja de piel pálida donde antes tenía el aparatoso Rolex. Se llevó los dedos al puente de la nariz y recordó que se había quedado sin gafas. Suspiró y dejó caer la cabeza en la almohada a rayas. Un fulano sumido en la tristeza.

Podía entender su miedo. Pero también parecía sentirse derrotado. Como si hubiera echado los dados y perdido la partida. Como si hubiera estado esperando a que fuera a pasar algo y ese algo no hubiera sucedido, de forma que ahora estaba desesperado.

Hasta que empecé a entenderlo todo.

—Ese hombre al que mataron estaba tratando de ayudarte, ¿verdad? —apunté.

La pregunta lo sobresaltó.

—Me temo que eso no puedo decírtelo —respondió.

—Tengo que saberlo —dije—. Quizá contactaste con ese hombre para que te ayudara. Quizá hablaste con él. Quizá por eso lo mataron. Quizá ahora estén diciéndose que seguramente también vas a hablar conmigo. Lo que también podría costarme la vida.

Hubble cabeceó y se balanceó ligeramente en la cama. Respiró hondo. Me miró directamente a los ojos.

—Ese hombre era un investigador —dijo—. Hice que viniera aquí porque quiero ponerle fin a todo el tinglado. No quiero seguir con ese asunto. Yo no soy un delincuente. Estoy muerto de miedo y quiero salirme del negocio. Ese hombre iba a sacarme del negocio y a terminar con él de una vez. Pero cometió algún error y ahora está muerto, por lo que nunca voy a poder salir de ese negocio. Y si se enteran de que fui yo quien le hice venir, me matarán. Y si no me matan, me condenarán a un montón de años de cárcel, porque todo este tinglado se ha salido de madre y resulta muy peligroso.

—¿Quién era ese tipo? —pregunté.

—No me dio su nombre —explicó Hubble—. Tan solo me dio un nombre en código. Me dijo que era más seguro así. Me cuesta creer que lo mataran. Me pareció un hombre con muchos recursos. A decir verdad, me recuerdas a él. Tú también das la impresión de ser un hombre con muchos recursos.

—¿Qué estaba haciendo por los almacenes? —Quise saber.

Hubble meneó la cabeza y se encogió de hombros.

—No entiendo bien qué pasó —dijo—. Hice que contactara con otro hombre, con quien iba a reunirse en ese lugar. Pero es raro que no mataran también al otro tipo. No entiendo que solo se cargaran a uno de los dos.

—¿Quién era ese otro fulano con el que iba a reunirse? —pregunté.

Guardó silencio y negó con la cabeza.

—Ya te he contado demasiado. Tengo que estar loco. Me matarán.

—¿Quiénes están metidos en ese asunto? —pregunté.

—¿Es que no escuchas? —Soltó—. No voy a decirte ni una sola palabra más.

—No te estoy pidiendo nombres. Ese tinglado es de los gordos, ¿verdad?

—Es un tinglado enorme —respondió—. El más enorme del que hayas oído hablar en la vida.

—¿Cuántas personas están metidas en el asunto?

Se encogió de hombros y lo pensó. Hizo un recuento mental.

—Diez personas. Sin contarme a mí.

Lo miré y me encogí de hombros.

—No me parece que diez personas sean tantas —dije.

—Bueno, también hay otros a los que recurrir en casos puntuales —explicó—. Siempre están disponibles cuando es necesario. Pero el núcleo principal lo forman diez personas. Los que están al corriente de todo son diez, sin contarme a mí. No son tantas personas, pero créeme si te digo que el asunto es muy importante.

—¿Qué hay de ese tipo al que enviaste a hablar con el investigador? ¿Es una de esas diez personas?

Hubble meneó la cabeza.

—No, tampoco lo estoy incluyendo —respondió.

—De forma que estás tú, está él y hay diez personas más, ¿es eso? —apunté—. Y me estás hablando de un tinglado muy gordo, ¿es eso?

Asintió con expresión sombría.

—El más gordo del que hayas oído hablar en la vida —repitió.

—Y me dices que el tinglado ahora resulta muy peligroso —recordé—. ¿Por qué? ¿Por culpa de ese investigador que ha estado haciendo preguntas?

Hubble volvió a negar con la cabeza. El cuerpo le temblaba, como si mis preguntas estuvieran haciéndole daño físico.

—No —dijo—. Por otra razón distinta. Digamos que en este momento el punto débil está más a la vista que nunca. La vulnerabilidad es alta. La cosa siempre ha sido muy arriesgada y cada vez lo es más. Pero la situación ahora, de pronto, puede decantarse en uno u otro sentido. Si superamos este momento, nadie va a enterarse de lo sucedido. Pero si no lo superamos, el escándalo va a ser el mayor que hayas visto en la vida, y hablo en serio. Pase lo que pase, va a ir de muy poco.

Lo miré. No me parecía un tipo capaz de provocar el mayor escándalo que hubiera visto en la vida.

—¿Y durante cuánto tiempo va a seguir dándose esta situación de peligro? —Quise saber.

—Lo peor ya casi ha pasado —dijo—. Es posible que durante una semana más. Diría que una semana y un día más. El próximo domingo habrá pasado el peligro. Igual vivo para verlo.

—¿Así que después del próximo domingo ya no habrá peligro? ¿Cómo es eso? ¿Qué va a pasar el próximo domingo?

Meneó la cabeza y volvió el rostro. Como si no me viera, como si yo no estuviera allí haciéndole esas preguntas.

—¿Qué es eso de Pluribus?

No respondió. Se limitó a seguir negando con la cabeza. El terror lo había llevado a cerrar los ojos.

—¿Se trata de una palabra en código? —insistí.

No estaba escuchándome. La conversación había terminado. Dejé de insistir, y volvimos a sumirnos en el silencio. Lo que ya me iba bien. No quería saber más cosas. No quería enterarme de nada en absoluto. Eso de ser un recién llegado y estar al corriente de los chanchullos de Hubble no parecía ser muy bueno para la salud. No había sido bueno para la salud del fulano alto y con la cabeza rapada. No tenía interés en correr su misma suerte, que me encontraran muerto junto a la valla de unos almacenes, parcialmente escondido bajo unos cartones viejos, con dos agujeros de bala en la cabeza y todos los huesos fracturados. Lo que quería era dejar que corriera el tiempo, que el lunes llegara de una vez y salir por piernas de aquel lugar. Tenía la intención de estar muy lejos de allí el domingo.

—Muy bien, Hubble —convine—. No hay más preguntas.

Se encogió de hombros y asintió. Permaneció sentado en silencio un largo rato. Finalmente habló, en voz baja, con un marcado tono de resignación.

—Gracias —dijo—. Es mejor así.

Estaba tumbado de lado en la estrecha cama, haciendo lo posible por huir mentalmente a algún limbo de alguna clase, pero Hubble no paraba de moverse. Se revolvía, se giraba, suspiraba una y otra vez. Estaba empezando a irritarme otra vez. Me volví hacia él.

—Lo siento —dijo—. Estoy muy nervioso. Me ha sentado bien hablar con otra persona. Si estuviera solo en este lugar, terminaría por enloquecer. ¿Podemos hablar de alguna otra cosa? De ti, por ejemplo. Háblame de ti. ¿Y tú quién eres, Reacher?

Me encogí de hombros.

—Yo no soy nadie —contesté—. Sencillamente soy un tipo que pasaba por aquí. Y que el lunes va a marcharse para no volver.

—No hay nadie que no sea alguien —contestó—. Todos tenemos una historia. Cuéntame la tuya.

Así que estuve un rato hablando, tumbado en la cama, contando lo que había hecho durante los últimos seis meses. Hubble también estaba tumbado en su cama, mirando el techo de hormigón, escuchándome, olvidándose un poco de sus problemas. Le conté que había estado en el Pentágono. Washington, Baltimore, Philadelphia, Nueva York, Boston, Pittsburgh, Detroit, Chicago. Museos, música, hoteles baratos, bares, autobuses y trenes. La soledad. Un hombre que estaba recorriendo el país del que era ciudadano como si fuera un turista con poco dinero. Un hombre que veía la mayoría de las cosas por primera vez. Que contemplaba la Historia aprendida en aulas polvorientas situadas a medio mundo de distancia. Que contemplaba todas aquellas cosas que habían sido importantes para la conformación del país. Campos de batalla, fábricas, declaraciones, revoluciones. Que también se interesaba por conocer cosas quizá no tan importantes. Lugares de nacimiento, clubes, carreteras, leyendas. Las cosas importantes y las que no lo eran tanto, las cosas que supuestamente representaban a mi país. Había encontrado algunas.

Describí a Hubble el largo trayecto por las praderas y los deltas interminables que se extendían desde Chicago hasta Nueva Orleans. Le hablé de mi descenso por el litoral del golfo de México hasta llegar a Tampa. Donde cogí un autobús de la Greyhound con destino a Atlanta. Y luego tomé la inexplicable decisión de bajarme del autobús en las cercanías de Margrave. Le hablé de la larga caminata bajo la lluvia, después de haber tomado tan caprichosa decisión. Debido a una nota en la que mi hermano decía haber pasado por el pueblo donde Blind Blake posiblemente murió hacía más de sesenta años. Al decírselo, me sentí un tanto estúpido. Hubble tenía que vérselas con una verdadera pesadilla, mientras que yo no hacía más que dar tumbos sin sentido. Pero Hubble entendió qué me empujaba a hacerlo.

—Yo también lo hice una vez —dijo—. Durante nuestra luna de miel. Fuimos a Europa. Hicimos escala en Nueva York, y me pasé medio día buscando el edificio Dakota, donde mataron a John Lennon a tiros. En Inglaterra estuvimos recorriendo Liverpool tres días, buscando el Cavern Club. El local donde los Beatles empezaron. No lo encontramos. Supongo que lo habrían demolido.

Siguió hablando un rato. Sobre sus viajes, más que otra cosa. Había viajado a muchos sitios con su mujer. Lo habían pasado bien. Habían viajado por medio mundo: por Europa, México, el Caribe… Por todo Estados Unidos y Canadá. Los dos habían disfrutado mucho de sus viajes.

—¿A veces no te sientes muy solo? —preguntó—. ¿No te molesta eso de estar siempre viajando sin ninguna compañía?

Le dije que no, que me gustaba. Que disfrutaba de la soledad y el anonimato. Que me sentía como si fuera invisible.

—¿Qué quieres decir con eso de que te sientes invisible? —preguntó. La cosa parecía interesarle.

—Siempre viajo por carretera —expliqué—. Siempre por carretera. A veces ando un poco y luego cojo el autobús. O el tren. Siempre pago en efectivo. Así no hay forma de seguirme el rastro. No hay papeles que indiquen por dónde he pasado, ni transacciones con tarjeta de crédito ni listados de pasajeros. Nadie podría seguirme la pista. Nunca digo mi nombre a nadie. Si me quedo en un hotel, pago en efectivo y les doy un nombre falso.

—¿Por qué? —quiso saber—. ¿Quién demonios anda siguiéndote?

—Nadie —contesté—. Pero me resulta divertido. Me gusta el anonimato. Y me digo que es una forma de darle por saco al sistema. Y en este momento estoy pero que muy mosqueado con el sistema.

Vi que de nuevo volvía a sumirse en sus pensamientos. Estuvo dándole vueltas a la cabeza largo rato. Vi que volvía a sentirse abrumado por unos problemas que no terminaban de desaparecer. Vi que se dejaba llevar por el pánico, como si se tratase de una marea irresistible.

—Y bien, aconséjame cómo tengo que manejarme con Finlay —dijo—. Cuando me pregunte por mi confesión de culpabilidad, le responderé que en ese momento estaba muy estresado por cierto negocio que tengo entre manos. Le diré que habían surgido unos competidores y que habían amenazado con vengarse en mi familia. Que no sé nada sobre ese hombre muerto o sobre el papel con mi número de teléfono. Haré lo posible por arreglarlo. ¿Cómo lo ves?

Me dije que su plan no parecía muy consistente.

—Dime una cosa. Sin darme más detalles, ¿tú les resultas verdaderamente útil a esa gente? ¿O todo se limita a que estás enterado de algunas cosas?

Extendió los dedos y lo pensó un momento.

—Sí que les resulto útil. Tengo una función precisa, que es de gran utilidad. Fundamental, incluso.

—¿Y si no estuvieras ahí para llevar a cabo ese trabajo? —pregunté—. ¿Se verían obligados a fichar a otro para que realizara la misma función?

—Sí que se verían obligados. Y les resultaría un poco difícil dar con la persona adecuada, teniendo en cuenta mi cometido.

Hubble estaba evaluando sus probabilidades de seguir con vida como si estuviera evaluando una petición de crédito en su despacho.

—Muy bien —dije—. Ese plan que me has descrito es tu única posibilidad. Así que llévalo a la práctica.

No veía que pudiera hacer otra cosa. Hubble era una pequeña pieza en un tinglado de gran envergadura. Una pieza esencial, eso sí. Y nadie se carga un tinglado tan enorme sin una buena razón. De forma que su futuro estaba claro. Si los otros llegaban a enterarse de que él era quien había hecho venir a un investigador de fuera, ya podía darse por muerto. Pero si los otros no llegaban a enterarse, entonces no corría ningún peligro. Así de fácil. Me dije que tenía bastantes probabilidades de salvarse, por una razón muy convincente.

Hubble había confesado porque creía que la cárcel era una especie de santuario donde estaría a salvo y no podrían hacerle nada. Era una de las cosas que había pensado antes de decidirse a confesar. Y había pensado mal. Se equivocaba. En la cárcel no iba a estar a salvo de un ataque, sino todo lo contrario. Si hubieran querido, habrían podido acabar con él. Pero la otra cara de la moneda era que no lo habían atacado. De hecho, me habían atacado a mí. No a Hubble. Por lo que me dije que Hubble no corría peligro. No iban a por él, pues, de haber ido a por él, a estas alturas habrían podido matarle. A estas alturas lo habrían matado. Pero el hecho era que no lo habían matado. Y eso que, al parecer, en este momento estaban muy nerviosos por cierto riesgo temporal. Lo ocurrido venía a demostrarlo. Empezaba a creer que Hubble iba a salirse de esta.

—Sí, Hubble —dije—. Lleva a la práctica ese plan que tienes pensado. Es lo mejor que puedes hacer.

La celda siguió cerrada todo el día. En la galería reinaba el silencio. Tumbados en las camas, dejamos que pasara el resto de la tarde. Sin hablar más. Ya habíamos hablado lo suficiente. Me aburría y me decía que ojalá hubiera conservado el periódico que había dejado en la comisaría de Margrave. El periódico donde el presidente aparecía aplicando recortes a la prevención del crimen para ser reelegido. Ahorrando un dólar en los guardacostas hoy a fin de invertir diez dólares en cárceles como esa en el futuro.

El viejo celador se presentó con la cena a eso de las siete. Cenamos. El celador volvió y se llevó la bandeja. Sin nada que hacer, dejamos que pasaran las horas. A las diez apagaron las luces, y nos vimos sumidos en la oscuridad. Había caído la noche. No me descalcé y dormí con un ojo abierto, por si Spivey tenía nuevos planes para mí.

Las luces volvieron a encenderse a las siete de la mañana del domingo. Me desperté cansado, pero hice esfuerzos para salir de la cama. Me obligué a hacer un poco de ejercicio para mitigar los dolores de mi cuerpo. Hubble estaba despierto, pero en silencio. Mirando cómo hacía ejercicio sin apenas interés. El hombre continuaba sumido en sus propios pensamientos. Nos trajeron el desayuno antes de las ocho. El mismo viejo con el carrito. Comí el desayuno y me bebí el café. Estaba terminando de bebérmelo cuando el cierre saltó y la puerta se abrió. Terminé de abrirla, salí al pasillo y me tropecé con un guardia que se dirigía a nuestra celda.

—Ya puede decir que le traigo suerte —dijo el guardia—. Está libre.

—¿Que estoy libre? —repetí.

—Usted y el otro —dijo—. Reacher y Hubble, están en libertad por indicación del cuerpo de policía de Margrave. Hagan el favor de estar listos en cinco minutos, ¿entendido?

Volví al interior de la celda. Hubble estaba apoyado con los codos en el colchón. No había probado el desayuno. Parecía estar más angustiado que nunca.

—Tengo miedo —dijo.

—No va a pasarte nada.

—¿En serio? Una vez que esté fuera de aquí, podrán acabar conmigo cuando quieran.

Negué con la cabeza.

—Les hubiera sido más fácil acabar contigo aquí —dije—. Créeme, si hubieran querido matarte, ya estarías muerto. No tienes por qué preocuparte, Hubble.

Asintió con expresión pensativa y se puso en pie. Recogí el abrigo, y salimos los dos al pasillo, donde nos quedamos a la espera. El guardia volvió antes de que transcurrieran cinco minutos. Nos condujo por un corredor y nos hizo pasar por dos puertas de seguridad. Nos metió en un ascensor. Entró con nosotros y con una de sus llaves activó el ascensor. Salió cuando las puertas empezaban a cerrarse.

—Buena suerte —dijo—. No vuelvan por aquí.

El ascensor nos llevó hasta un vestíbulo. Lo atravesamos y salimos a un patio de hormigón en el que hacía un calor sofocante. Levanté el rostro hacia el sol y respiré el aire del exterior. Mi aspecto sin duda era el del protagonista de alguna vieja película mala, puesto en libertad tras haberse pasado un año en confinamiento solitario.

En el patio estaban aparcados dos coches. Uno era un gran sedán oscuro, un Bentley inglés, que seguramente tendría unos veinte años pero daba la impresión de que acababa de salir de fábrica. En su interior estaba una mujer rubia. Me dije que tenía que ser la esposa de Hubble, pues este fue hacia ella como si fuera la cosa más preciosa del mundo. En el otro coche estaba sentada la agente Roscoe.

Salió y vino andando en mi dirección. Tenía un aspecto de fábula. No llevaba el uniforme. Pantalones vaqueros y una camisa ligera de algodón. Chaqueta de cuero. Un rostro tranquilo e inteligente. El cabello suave y oscuro. Los ojos muy grandes. El viernes me había dicho que era una mujer atractiva. No me había equivocado.

—Hola, Roscoe —la saludé.

—Hola, Reacher —respondió. Y sonrió.

Tenía una voz maravillosa. Y una sonrisa espléndida. La estuve contemplando todo el tiempo que pude. Fue muy agradable. Algo más allá, los Hubble se estaban alejando en el Bentley, despidiéndose con las manos por la ventanilla. Les devolví el gesto y me pregunté qué iba a depararles el futuro. Probablemente no llegaría a saberlo nunca, a no ser que las cosas les fueran mal y me enterara por un periódico en algún otro lugar.

Roscoe y yo subimos al coche. Que en realidad no era suyo, según me explicó. Era un vehículo del cuerpo sin distintivos que a veces usaba. Un Chevrolet nuevo, grande, limpio y silencioso. Roscoe había dejado el motor y el aire acondicionado conectados, por lo que hacía fresco dentro. Salimos del patio y pasamos por las sucesivas jaulas. Tras dejar atrás la última, Roscoe pisó el acelerador y enfilamos la carretera a toda velocidad. El morro del coche se erguía al tiempo que la parte trasera se hundía por efecto de la suave suspensión. No volví la vista atrás. Me contenté con seguir allí sentado, sintiéndome bien. Salir de la cárcel es una de las mejores experiencias que hay en la vida. Como lo es no saber qué va a pasar mañana. También lo es ir en un coche en silencio por una carretera soleada con una mujer guapa al volante.

—Y bueno, ¿qué ha pasado? —Dije al cabo de kilómetro y medio—. Cuéntemelo.

Me contó una historia más bien simple. El viernes a última hora de la tarde se pusieron a investigar mi coartada. Ella y Finlay. En la sala de trabajo de los agentes. A media luz. Un par de lámparas de escritorio iluminadas. Papeles para tomar notas. Vasos de café. Listines telefónicos. Haciendo llamadas los dos, mientras mascaban el extremo de un lápiz. Hablando en voz baja. Haciendo averiguaciones con paciencia. Una escena que yo mismo había protagonizado un millar de veces.

Tras llamar a Tampa y a Atlanta, a medianoche habían podido hablar con otro pasajero de mi autobús y con el que me vendió el billete en la estación de Tampa. Ambos se acordaban de mí. A continuación pudieron hablar con el conductor. Quien confirmó que se había detenido en el desvío a Margrave a las ocho de la mañana del viernes. Poco después de la medianoche, mi coartada no podía ser más sólida, tal como ya les había adelantado.

El sábado por la mañana recibieron un extenso fax procedente del Pentágono en el que se detallaba mi hoja de servicios. Treinta años de mi vida reducidas a unas cuantas hojas de papel. A estas alturas parecía tratarse de la historia de otra persona, pero el hecho era que respaldaba mi versión de los hechos. Finlay se había quedado impresionado al leerla. A continuación les llegó el informe sobre mis huellas dactilares procedente de la base de datos del FBI. El incansable ordenador las había cotejado a las dos y media de la madrugada. Las huellas se correspondían con las registradas cuando ingresé en el ejército de Estados Unidos, trece años atrás. Mi coartada era sólida, y mi historial había sido examinado a fondo.

—Finlay estaba satisfecho —explicó Roscoe—. Usted era la persona que decía ser, y a medianoche del jueves se encontraba a seiscientos kilómetros de distancia. Eso quedó claro. Finlay volvió a llamar al forense, por si había cambiado de opinión en lo referente al momento de la muerte. Pero no, el forense seguía pensando que había tenido lugar hacia la medianoche.

Meneé la cabeza. Finlay estaba resultando ser un tipo muy cauto.

—¿Y qué me dice del muerto? —pregunté—. ¿Hicieron que volvieran a cotejar sus huellas digitales?

Adelantó al camión de un granjero. Era el primer vehículo que habíamos visto en un cuarto de hora. Roscoe me miró un instante y asintió con la cabeza.

—Finlay me dijo que usted había insistido en que las cotejaran otra vez. Pero ¿por qué?

—Porque tardaron demasiado poco tiempo en darles un resultado negativo —dije.

—¿Que tardaron demasiado poco tiempo? —repitió.

—Usted me dijo que la base de datos del FBI se rige por un sistema piramidal, ¿no es así? —le expliqué—. Primero coteja las huellas con las de los diez delincuentes más buscados, después con las de los cien más buscados, las de los mil, etcétera. ¿No es así?

De nuevo asintió.

—Atengámonos a mi propio ejemplo —dije—. Yo también aparezco en la base de datos, pero estoy muy abajo. Por lo que me ha dicho, el ordenador necesitó catorce horas para llegar hasta mí, ¿correcto?

—Correcto —dijo ella—. Yo misma envié sus huellas al FBI a eso de las doce y media de la mañana, y el ordenador dio con usted hacia las dos y media de la madrugada.

—Muy bien —convine—. Catorce horas. De forma que si hacen falta catorce horas para llegar cerca de la base de la pirámide, van a ser necesarias más de catorce horas para llegar a la misma base. Es lo que dice la lógica, ¿no?

—Sí.

—Pero ¿que sucedió en el caso del muerto? —Dije—. Encontraron el cuerpo a las ocho de la mañana, ¿y a qué hora enviaron las huellas a la base de datos? A las ocho y media, como muy pronto. Pero Baker me dijo que no habían encontrado a nadie con esas huellas cuando estuvieron hablando conmigo a las dos y media. Me acuerdo bien de la hora porque estaba mirando el reloj de pared. Estamos hablando de seis horas nada más. Si necesitaron catorce horas para dar conmigo en la base de datos, ¿cómo se explica que tan solo necesitaran seis para determinar que las huellas del muerto no constaban en esa misma base de datos?

—Por Dios —dijo—. Tiene razón. Baker tuvo que cometer un error. Finlay tomó las huellas, y Baker fue quien las envió. Seguramente hizo mal el escaneado. Hay que hacerlo con cuidado, o las huellas no se transmiten con claridad. Si el escaneado no está claro, la base de datos trata de descifrarlo, y el resultado final es el de ilegible. Baker seguramente pensó que la respuesta era negativa. Los códigos son parecidos. Pero bueno, las he enviado otra vez, a primera hora de esta mañana. Pronto las tendremos.

Seguimos hacia el este, y Roscoe me explicó que ayer por la tarde había pedido a Finlay que me sacara de la cárcel de Warburton de inmediato. Finlay lo pensó y le dijo que sí, pero se encontró con un problema. Iban a tener que esperar hasta hoy porque Warburton, ayer por la tarde, estaba prácticamente incomunicada. Según dijeron a Finlay, se había producido un incidente en las duchas. Un preso había muerto, otro había perdido un ojo. Unos disturbios raciales con todas las de la ley, un enfrentamiento entre bandas de presos negros y blancos.

Sentado junto a Roscoe, sentí que el horizonte se me echaba encima. Había matado a un hombre y dejado medio ciego a otro. Iba a tener que hacerle frente a mi conciencia. Pero el hecho era que no tenía mala conciencia. Ni por asomo. Me sentía como si hubiera aplastado dos cucarachas en aquellas duchas. Aunque una cucaracha en realidad es un ser más o menos evolucionado y razonable. Aquellos sujetos de la Hermandad Aria eran peores que cualquier bicho infecto. Le había soltado una patada en la garganta a uno de ellos, y el tipo había terminado asfixiándose, con la laringe destrozada. Bueno, pues que se jodiera. Él fue quien empezó, ¿no? Atacarme era como cruzar una puerta de acceso restringido. Lo que venía después era problema suyo. Era un riesgo que corría. Si no le gustaba, que no hubiera abierto la maldita puerta. Me encogí de hombros y me olvidé del asunto. Volví a mirar a Roscoe.

—Gracias —repuse—. Lo digo en serio. Ha hecho todo lo que ha podido para sacarme de ese lugar.

Ella no respondió a mi comentario; sencillamente enrojeció un poco, hizo un ligero gesto con la mano y siguió conduciendo. Esta mujer estaba empezando a gustarme mucho. Aunque seguramente no lo bastante para impedirme salir por piernas de Georgia tan pronto como pudiera. Como mucho me quedaría una o dos horas más, y luego le pediría que me llevara a la estación de autobuses más próxima.

—Me gustaría invitarle a comer —dije—. Para darle las gracias, por así decirlo.

Lo estuvo pensando durante casi medio kilómetro, giró el rostro y me sonrió.

—De acuerdo —convino.

Torció a la derecha por el desvío a la carretera del condado y aceleró en dirección a Margrave, hacia el sur. Dejó atrás la cafetería nueva y flamante de Eno, y siguió conduciendo hacia el centro del pueblo.

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