Zona peligrosa

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Hice que se detuviera ante la comisaría, de la que salió con la bolsa con mis pertenencias, en la que estaba mi dinero. A continuación me dejó en el centro de Margrave. Quedamos en encontrarnos dentro de un par de horas en la comisaría. Plantado en la acera bajo el rabioso calor de la mañana de domingo, me despedí con un gesto de la mano. Me sentía incomparablemente mejor. Volvía a ser libre de hacer lo que quisiera. Iba a investigar un poco la historia de Blind Blake, después invitaría a Roscoe a almorzar y luego me iría de Georgia lo antes posible, para no volver nunca más.

Estuve dando vueltas por el pueblo un rato, mirándolo todo, haciendo cuanto tendría que haber hecho el viernes por la tarde. El pueblo tampoco tenía mucho interés. La vieja carretera del condado discurría por el mismo centro del pueblo, de norte a sur, y recibía el nombre de Main Street a lo largo de unas cuatro manzanas. En esas cuatro manzanas había pequeñas tiendas y oficinas, unas junto a las otras, a uno y otro lado, separadas por callejones que iban a morir en la parte posterior de los edificios. Vi una pequeña tienda de alimentación, una barbería, una tienda de ropa para hombre, la consulta de un médico, el bufete de un abogado y una clínica dental. En la parte trasera de los edificios había zonas ajardinadas con vallas blancas y árboles ornamentales. En la calle, las tiendas y los despachos lucían toldos y marquesinas sobre las amplias aceras. En las aceras había bancos de madera, pero nadie estaba sentado en ellos. En aquel pueblo no se veía un alma. Domingo por la mañana en un pueblo perdido en el mapa.

Main Street seguía hacia el norte en línea recta, bordeando otras zonas ajardinadas hasta llegar a la comisaría y el cuartel de los bomberos. Algo menos de un kilómetro más allá se encontraba la cafetería de Eno. Y unos kilómetros después de la cafetería se llegaba al desvío a Warburton, donde estaba la cárcel. Al norte del desvío ya no había nada más, hasta que uno llegaba a los almacenes y el cruce de las autopistas, a veinte kilómetros de donde me encontraba en ese momento.

Desde el extremo sur del pueblo se veía una pequeña agrupación de casas en la que había una estatua de bronce y una calle residencial que discurría hacia el oeste. Fui andando y vi que un discreto rótulo verde anunciaba: BECKMAN DRIVE. La calle donde vivía Hubble. No se veía en toda su extensión, pues pronto llegaba a una ancha plaza ajardinada presidida por una gran iglesia de madera pintada de blanco. La iglesia estaba rodeada de almendros y de automóviles muy limpios y de colores discretos, aparcados en hileras bien formadas. Distinguí el bramido de un órgano y el canto de los feligreses.

La estatua en el césped había sido erigida en honor a un fulano llamado Caspar Teale, quien había hecho algo de importancia hacía unos cien años. Al otro lado de la zona ajardinada, situada más o menos frente a Beckman Drive, otra calle residencial se extendía en dirección este. En una de sus esquinas había un pequeño supermercado. Y eso era todo. El pueblo no daba más de sí. En aquel lugar no había mucho que hacer. En menos de treinta minutos había visto todo cuanto la población tenía que ofrecer.

Eso sí, en la vida había visto un pueblo tan limpio. Uno se quedaba con la boca abierta. Cada una de las edificaciones era nueva o había sido recientemente renovada. Las calzadas eran tan lisas como el cristal, y las aceras estaban inmaculadas y niveladas a la perfección. No se veía un solo bache, socavón o grieta. Se diría que los habitantes repintaban una vez por semana todas las tiendas y oficinas. Los parterres, las plantas y los árboles estaban recortados al milímetro. Parecía como si alguien, todas las mañanas, lamiera con la lengua la estatua de bronce en honor al viejo Caspar Teale, hasta dejarla reluciente. La blanca pintura de la iglesia brillaba tanto que te hacía daño en los ojos. Por todas partes había banderas, el blanco, el azul y el rojo centelleaban a la luz del sol. Aquel pueblo estaba tan limpio que uno sentía aprensión de andar por sus calles, por miedo a dejar la huella del zapato en algún lugar.

En el supermercado de la esquina sureste vendían el tipo de cosas que justificaban que abriera un domingo por la mañana. El establecimiento estaba abierto, pero en su interior tan solo se encontraba un encargado sentado tras la caja registradora. Eso sí, tenían café. Me senté frente a la pequeña barra, pedí un gran tazón y compré un periódico dominical.

El presidente volvía a aparecer en primera página. Ahora se encontraba en California. El hombre estaba explicando a los contratistas de defensa las razones por las que el chollo se les iba a acabar después de cincuenta años de gloria. Seguía viva la polémica sobre las declaraciones que había hecho en Pensacola referentes a los guardacostas. Estaba previsto que los barcos regresaran a sus puertos el sábado por la noche. Y no iban a volver a zarpar hasta que hubiera más dinero. El editorialista del periódico se mostraba escandalizado.

Dejé de leer y levanté la mirada cuando oí que la puerta se abría. Una mujer entró. La recién llegada se sentó en el taburete situado en el otro extremo de la barra. Era mayor que yo, tendría unos cuarenta años. Con el cabello oscuro, muy delgada, vestida con caras ropas negras. Tenía la piel muy blanca. Tan blanca que era casi luminosa. Sus movimientos reflejaban cierta tensión nerviosa. Vi que los tendones de sus muñecas eran tan delgados como cuerdas. Su expresión denotaba una fuerte inquietud. El de la barra se acercó a ella, y la mujer pidió café en voz tan baja que apenas pude oírla, y eso que estaba muy cerca y en la tienda imperaba un silencio absoluto.

No se quedó mucho tiempo. Se bebió la mitad del café, sin dejar de mirar por la ventana. Una furgoneta con la trasera descubierta, de color negro, de pronto aparcó frente a la tienda, y la mujer se estremeció. La furgoneta era nueva, y saltaba a la vista que nunca había sido usada para transportar carga alguna. Me fijé en el conductor cuando abrió la puerta. Un hombre de aspecto encallecido. Bastante alto. Con los hombros anchos y el cuello robusto. Con el pelo negro y los brazos recubiertos de vello. De unos treinta años. La mujer de piel tan blanca se bajó del taburete como si fuera un espectro y permaneció inmóvil un momento. Tragó saliva. Abrió la puerta de la tienda, y me llegó el sonido de un gran motor en punto muerto. La mujer subió a la furgoneta, pero el vehículo no se puso en marcha, sino que siguió estacionado junto a la acera. Hice girar el taburete y miré al que atendía la barra.

—¿Quién es esa mujer? —pregunté.

El tipo me miró como si recién hubiera llegado de otro planeta.

—La señora Kliner —respondió—. ¿Es que no ha oído hablar de la familia Kliner?

—Algo he oído —dije—. Hace poco que he llegado al pueblo. Los Kliner son los propietarios de esos almacenes que hay cerca de la autopista, ¿verdad?

—Eso mismo. Y tienen muchas otras propiedades. El señor Kliner es un hombre muy importante en la zona.

—¿En serio?

—Ya lo creo —afirmó el tipo—. ¿Ha oído hablar de la fundación?

Meneé con la cabeza. Terminé de beberme el café y le pasé la taza para que volviera a llenármela.

—Kliner creó la Fundación Kliner —me explicó—. Y esa fundación ha sido muy beneficiosa para el pueblo, de muchas maneras. Desde que Kliner se presentó aquí, hace ya cinco años, hemos estado viviendo en una especie de navidad permanente.

Asentí.

—¿La señora Kliner se encuentra bien de salud? —pregunté.

El otro dijo que no con la cabeza mientras me servía más café.

—Esa mujer está enferma —comentó—. Muy enferma. ¿Se ha fijado en lo blanca que está? ¿En que parece estar muy débil? Puede que tenga la tuberculosis. He visto a tuberculosos que tenían el mismo aspecto. Antes era una mujer de lo más atractiva, pero ahora tiene un aspecto horroroso, como el de una planta metida dentro de un armario, ¿verdad? Salta a la vista que está muy enferma.

—¿Quién era ese hombre de la furgoneta? —Quise saber.

—Su hijastro. El hijo que Kliner tuvo con su primera esposa. Kliner volvió a casarse, con la mujer que acaba de ver. Según tengo entendido, la señora no se lleva muy bien con el hijastro.

Hizo esa clase de gesto con la cabeza destinado a ponerle fin a una conversación casual y se fue a abrillantar una máquina cromada que había en el otro extremo de la barra. La furgoneta negra seguía aparcada en el exterior. Era verdad que la mujer recordaba a una planta que hubiera estado creciendo en el interior de un armario. En una rara orquídea privada de luz y de alimento. Pero no me parecía que estuviera enferma. No me parecía que sufriera de tuberculosis. A mi entender, su problema era otro. Un problema que había visto en uno o dos casos anteriores. Me parecía que estaba sumida en el terror más absoluto. No sabía el porqué. Ni quería saberlo. No era asunto mío. Me levanté y dejé un billete de cinco dólares en la barra. El encargado me devolvió el cambio en monedas. No le quedaban billetes de un dólar. La furgoneta continuaba estacionada junto a la acera. El conductor estaba erguido en el asiento, con el pecho contra el volante, haciendo caso omiso de su madrastra y mirándome fijamente.

Había un espejo detrás de la barra. Yo tenía el aspecto exacto de quien ha estado viajando en autobús toda una noche y después ha pasado dos días en la cárcel. Me dije que necesitaba asearme un poco antes de ir a comer con Roscoe. El encargado adivinó lo que estaba pensando.

—Puede acercarse a la barbería —me comentó.

—¿En domingo?

El tipo se encogió de hombros.

—En la barbería siempre hay alguien —explicó—. Nunca termina de estar cerrada del todo. Y nunca termina de estar abierta del todo.

Hice un gesto de asentimiento y salí de la tienda. Vi que la pequeña congregación estaba saliendo de la iglesia, algunos charlaban en el césped antes de meterse en los coches. El resto del pueblo seguía siendo un desierto. Pero la furgoneta negra continuaba estacionada junto a la acera, justo delante del pequeño supermercado. El conductor seguía mirándome fijamente.

Eché a andar en dirección norte bajo el sol, y la furgoneta de pronto arrancó y avanzó lentamente en paralelo a la acera, manteniéndose a mi altura. El tipo continuaba mirándome sin parar. Di un par de largas zancadas, y la furgoneta aceleró un poco a fin de seguir a mi altura. De pronto me detuve en seco, y el vehículo me superó. Me quedé donde estaba. El conductor se dijo que no valía la pena dar marcha atrás. Pisó el acelerador, y la furgoneta salió disparada. Me encogí de hombros y eché a andar otra vez. Llegué a la barbería. Me agaché para no darme con el toldo a franjas y probé a abrir la puerta. El cierre no estaba echado. Entré.

Al igual que todo cuanto había en Margrave, la barbería tenía un aspecto de lo más pulcro. En el interior había viejos sillones y cromados pulimentados con esmero. En aquel establecimiento tenían el equipamiento de barbería que todo el mundo se quitó de encima hace treinta años. Ahora todo el mundo quiere volver a tenerlo. Y pagan fortunas para conseguirlos, porque recrean la imagen que la gente quiere tener de Estados Unidos. La imagen que consideran que tenía en el pasado. Yo también pensaba que esa era la imagen que ofrecía mi país. Sentado en el patio de una escuela en Manila o en Múnich, soñaba con verdes céspedes y árboles, con banderas y con una barbería repleta de cromados relucientes como esa.

La barbería estaba regentada por dos ancianos de raza negra. Que simplemente estaban allí. El establecimiento no terminaba de estar abierto ni cerrado del todo. Los dos viejos sencillamente estaban allí, y lo mismo me sucedía a mí, de forma que… ¿por qué no? Y el hecho era que necesitaba de sus servicios con urgencia. Les pedí que me hicieran de todo: un afeitado, un corte de pelo, que me aplicaran una toalla caliente, que me lustraran los zapatos. En las paredes había primeras páginas de periódico enmarcadas. Grandes titulares. «Roosevelt ha muerto». «Victoria de los aliados en la guerra mundial». «Kennedy, asesinado». «Martin Luther King, asesinado». Una música agradable salía de una voluminosa radio con la caja de caoba. El periódico dominical estaba bien doblado sobre una banqueta junto a la ventana.

Los dos ancianos se repartieron el trabajo. Entre ambos hicieron espuma de jabón en un cuenco, afilaron una navaja con la ayuda de una tira de cuero, metieron una brocha bajo el agua del grifo. Me envolvieron en toallas y se pusieron manos a la obra. Uno de ellos empezó a afeitarme con la vieja navaja, mientras el otro permanecía cerca sin hacer nada en particular. Me dije que seguramente intervendría después. El que me estaba afeitando se puso a charlar, como suelen hacer los barberos. Me contó la historia de la barbería. Su colega y él eran amigos desde la niñez. Vivían en Margrave desde siempre. Montaron la barbería bastante antes de la Segunda Guerra Mundial, después de haber trabajado como aprendices en Atlanta. Con el tiempo trasladaron la barbería a este lugar, después de la demolición de su viejo barrio. El hombre me contó la historia del condado desde el punto de vista de un barbero. Me estuvo hablando de los famosos que en un momento u otro habían ocupado estos sillones. Gente de todo tipo.

—¿Y qué me dice de los Kliner? —pregunté.

El abuelo era del tipo locuaz, pero de pronto guardó silencio. Dejó de trabajar y lo pensó un momento.

—Mire, no puedo decirle nada al respecto —explicó—. Es una cuestión sobre la que preferimos no hablar en la barbería. Si no le importa, pregúnteme por cualquier otra persona.

Me encogí de hombros bajo la bata que me habían puesto.

—Muy bien —dije—. ¿Ha oído hablar de Blind Blake?

—He oído hablar de él, claro está —dijo el anciano—. Ese es otro tema del que sí que podemos hablar.

—Estupendo. ¿Qué puede contarme de él?

—Blind Blake solía venir por aquí, de vez en cuando, hace mucho tiempo. Se dice que nació en Jacksonville, Florida, al otro lado del límite del estado. El hombre solía viajar desde Jacksonville, pasando por aquí y por Atlanta, hasta llegar a Chicago, en el norte. Luego bajaba desde Chicago, pasaba por Atlanta, pasaba por aquí, hasta llegar otra vez a Jacksonville. Eran otros tiempos, claro está. No había autopistas, y no había coches, por lo menos para un negro sin dinero y para los que eran como él. La gente hacía el camino a pie o como polizones en trenes de mercancías.

—¿Alguna vez le vio tocar? —pregunté.

Se detuvo y me miró.

—Amigo, yo tengo setenta y cuatro años —dijo—. Todo eso sucedió cuando era muy niño. Estamos hablando del gran Blind Blake. Los tipos como él tocaban en los bares. Y yo no iba a los bares cuando era pequeño, ¿me entiende? Si lo hubiera hecho, mi padre me habría pegado una tunda de aquí te espero. Mejor será que le pregunte a mi socio. Es mayor que yo. Es posible que le viera tocar, aunque igual no se acuerda, pues está fatal de la memoria. El amigo no se acuerda ni de lo que ha desayunado por la mañana. ¿O no? A ver, amigo mío, ¿qué has desayunado por la mañana?

El otro anciano se acercó dificultosamente y apoyó la espalda en el lavamanos de al lado. Era un viejo escuchimizado y del color de la radio de caoba.

—No sé qué he desayunado por la mañana. La verdad es que ni siquiera sé si he desayunado alguna cosa. Pero a ver un momento… No soy más que un viejo, pero los viejos nos acordamos muy bien de ciertas cosas. Puede que no nos acordemos de algo que pasó ayer, pero nos acordamos muy bien de todo lo que sucedió mucho tiempo atrás. La memoria es como un viejo cubo, no sé si me explico. Una vez que está lleno de viejos recuerdos, no hay manera de meter dentro los recuerdos recientes. Imposible. Por eso no me acuerdo de lo que hice esta mañana, porque tengo el cubo a rebosar de viejos recuerdos de hace mucho tiempo. ¿Me explico o no me explico?

—Claro que se explica —le dije—. Y bien, ¿le vio tocar?

—¿A quién? —preguntó.

Miré al uno y al otro. Me pregunté si estaba presenciando una especie de comedia ensayada y repetida mil veces.

—A Blind Blake —respondí—. ¿Alguna vez le vio tocar?

—No, nunca le vi tocar —contestó el viejo—. Pero mi hermana sí que lo vio. Esta hermana mía tiene más de noventa años, y que el Señor la bendiga. En su momento cantaba, y más de una vez cantó junto a Blind Blake.

—¿Que cantó junto a Blind Blake?

—Ya lo creo que sí —dijo el anciano escuchimizado—. Mi hermana acostumbraba a cantar con todo artista que pasara por estos andurriales. Tenga presente que este pueblo estaba junto a la carretera que llevaba a Atlanta. Lo que ahora es la carretera del condado antes llegaba hasta mucho más al sur, hasta el mismo estado de Florida. Era la única carretera que cruzaba Georgia de norte a sur. Las cosas han cambiado, y ahora hay una autopista y hay aviones, por lo que nadie se detiene en este pueblo. Margrave ahora es un lugar insignificante, al que nunca viene nadie.

—Pero ¿me está diciendo que Blind Blake solía pasar por aquí? —insistí—. ¿Y que su hermana más de una vez cantó con él?

—Por aquí pasaba todo el mundo —explicó—. El barrio norte de la ciudad estaba lleno de bares y de casas de huéspedes para la gente que pasaba por el pueblo. Donde ahora están todos esos jardines tan primorosos que ha visto, entre la barbería y el cuartel de los bomberos, antes había un montón de bares y casas de huéspedes. Con el tiempo fueron demoliéndolo todo, y lo que no fue demolido se cayó de puro viejo. Hace mucho que por aquí no pasa nadie. Pero el pueblo por entonces era muy distinto. Siempre había mucha gente de paso. Obreros, jornaleros, percusionistas, camorristas, trotamundos, camioneros, músicos de toda clase. Gentes de toda clase que hacían un alto en el camino para tocar su música… Mi hermana solía cantar con todos ellos.

—¿Su hermana se acuerda de Blind Blake?

—Claro que se acuerda —dijo el anciano—. Siempre decía que Blake era el no va más. Y que tocaba con desgarro. Con mucho desgarro.

—¿Qué fue de él? —pregunté—. ¿Tiene alguna idea?

El viejo lo pensó largamente. Revisó sus recuerdos cada vez más imprecisos. Un par de veces movió la cabeza cubierta de canas. Empezó a cortarme el pelo. Volvió a mover la cabeza.

—No sabría decirle —respondió—. Blake se presentó varias veces en el pueblo. De eso me acuerdo bien. Pero tres o cuatro años después desapareció repentinamente. Yo esa temporada estaba en Atlanta, por lo que no me enteré bien de qué fue lo que le pasó. Alguien me dijo que lo mataron, creo recordar que aquí mismo, en Margrave. Aunque igual fue en otro sitio. Supongo que se metió en problemas y que por eso le dieron el pasaporte.

Seguí allí sentado un rato, escuchando la radio. Finalmente saqué un billete de veinte dólares del fajo que llevaba encima, les pagué por sus servicios y salí a Main Street. Eché a andar hacia el norte. Era casi mediodía, y el sol apretaba de lo lindo. Hacía mucho calor para estar en septiembre. En las aceras no se veía un alma. El calor emanaba de la negra calzada. Blind Blake había recorrido a pie esa calle, posiblemente bajo el sol del mediodía. En la época en que los dos viejos barberos eran niños, esa travesía formaba parte de la carretera que iba al norte, hasta la propia Atlanta y hasta Chicago y más allá, donde había trabajo, esperanza y dinero. El calor del mediodía no había sido un obstáculo para quien se dirigía al destino que tenía en mente. Pero la carretera hoy sencillamente era una negra calzada con dos carriles que no iba a ninguna parte.

Anduve unos minutos bajo la solana hasta llegar a la comisaría. Crucé por el césped bien cuidado, dejé atrás otra estatua de bronce y abrí una de las puertas de cristal. Roscoe estaba esperándome, con la espalda apoyada en el mostrador de recepción. Por detrás, en la sala de los agentes, Stevenson estaba hablando en tono urgente por teléfono. Roscoe estaba pálida y tenía una expresión de gran inquietud.

—Hemos encontrado otro cadáver —anunció.

—¿Dónde? —pregunté.

—Junto a los almacenes, otra vez. Aunque al otro lado de la carretera, bajo las rampas del trébol de la autopista.

—¿Quién lo ha encontrado?

—Finlay —respondió—. Fue allí esta mañana, para echar otro vistazo, con la idea de encontrar algún nuevo indicio. Pero ya ve. Lo único que ha encontrado es otro muerto.

—¿Saben quién es? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Aún no lo hemos identificado —dijo—. Lo mismo que el anterior.

—¿Dónde está Finlay ahora?

—Ha ido a buscar a Hubble. Finlay sospecha que Hubble puede saber algo del asunto.

Asentí con un gesto.

—¿Cuánto tiempo llevaba el cadáver en ese lugar?

—Dos o tres días, posiblemente. Finlay dice que es posible que el jueves por la noche se produjera un doble homicidio.

De nuevo asentí con un gesto. Hubble sin duda sabía algo al respecto. Ese segundo fulano era el que Hubble había enviado a hablar con el investigador alto y con la cabeza rapada. Hubble no se explicaba que el tipo hubiera salido bien parado del asunto. Pero el fulano no había salido bien parado.

Oí que un coche llegaba. Una puerta acristalada se abrió, y Finlay asomó la cabeza

—Al depósito de cadáveres, Roscoe. Usted también, Reacher.

Lo seguimos al caluroso exterior y subimos al coche sin distintivos de Roscoe. El automóvil de Finlay se quedó allí donde estaba aparcado. Roscoe iba al volante, y yo estaba en el asiento trasero. Sentado junto a Roscoe, Finlay se volvió para hablarnos a los dos a la vez. Roscoe salió a la carretera y se dirigió al sur.

—No encuentro a Hubble —comentó Finlay—. En su casa no hay nadie. ¿Le dijo si tenía previsto marcharse a alguna parte?

—No —respondí—. Nada de eso. De hecho, casi no llegamos a hablar en todo el fin de semana.

Finlay soltó un gruñido.

—Tengo que descubrir qué sabe sobre todo este asunto —dijo—. Este follón es muy serio, y está más que claro que Hubble sabe algo al respecto. ¿Qué demonios le ha contado, Reacher?

No respondí. Aún no tenía del todo claro de qué lado estaba. Del de Finlay, seguramente, pero si Finlay empezaba a meterse en ese asunto en el que Hubble andaba metido, Hubble y los suyos lo pagarían con la muerte. La cosa caía por su peso. Por lo que me dije que lo mejor sería mantenerme imparcial y largarme de allí lo antes posible. No quería verme involucrado.

—¿Ha probado a llamarle a su móvil? —pregunté.

Finlay soltó otro gruñido y meneó la cabeza.

—Lo tiene desconectado. Ha saltado un mensaje automático.

—¿Hubble ha venido a recoger su reloj? —pregunté.

—¿Su qué? —dijo Finlay.

—Su reloj. Dejó un reloj de diez mil dólares en manos de Baker el viernes. Cuando Baker nos estaba esposando para el traslado a Warburton.

¿Hubble ha venido a recogerlo?

—No —contestó Finlay—. Me lo hubieran dicho.

—Muy bien. Entonces es que tiene cosas más urgentes que hacer. Ni siquiera un capullo como Hubble se olvidaría de un reloj de diez mil dólares, ¿verdad?

—¿De qué cosas más urgentes me está hablando? —quiso saber Finlay—. ¿Qué le ha contado Hubble?

—A mí no me ha contado ni pío —respondí—. Acabo de decirle que prácticamente no hablamos durante el fin de semana.

Finlay me taladró con la mirada.

—No se pase de listo conmigo, Reacher —me espetó—. Mientras siga sin encontrar a Hubble, voy a mantenerle retenido y voy a aplicarle el tercer grado hasta que me diga qué le ha contado Hubble. Y no me venga con eso de que estuvo calladito todo el fin de semana, los tipos como Hubble no son de los que se quedan callados. Eso lo sé perfectamente, y usted también lo sabe, así que no se pase de listo conmigo. ¿Me explico?

Me contenté con encogerme de hombros. Finlay no podía volver a detenerme. Me dije que posiblemente podría coger algún autobús cerca del depósito de cadáveres. No iba a poder almorzar con Roscoe. Una lástima.

—Y bien, ¿cómo ha sucedido la cosa esta vez? —pregunté.

—De forma bastante parecida a la anterior —respondió Finlay—. Parece que este hombre murió al mismo tiempo, poco más o menos. Lo mataron a tiros, seguramente con la misma pistola. A este no lo patearon después de la muerte, pero es muy probable que lo mataran al mismo tiempo.

—¿Saben de quién se trata?

—Sabemos que se llama Sherman —dijo—. Pero no tenemos más datos.

—Cuénteme lo que sabe.

Estaba empezando a convertirse en una costumbre. Finlay lo pensó un momento. Vi que se decantaba por contármelo. Como si estuviésemos trabajando juntos.

—Un hombre de raza blanca, sin identificar —dijo—. Al igual que el anterior, sin ningún documento de identificación, sin cartera, sin rasgos distintivos en el cuerpo. Pero llevaba un reloj de oro con una inscripción en la parte posterior: «Para Sherman, de Judy con amor». El hombre tendría unos treinta o treinta y cinco años de edad. Es difícil saberlo, porque su cuerpo llevaba allí tirado tres noches seguidas, de forma que las alimañas se habían dado un festín, ¿me explico? El cadáver estaba sin dientes y sin ojos, pero la mano derecha estaba completa, porque la tenía doblada bajo el cuerpo, por lo que he conseguido unas buenas huellas dactilares. Las enviamos a la base de datos hará una hora, y con un poco de suerte algo descubriremos.

—¿Heridas de bala? —pregunté.

Finlay lo confirmó con un gesto de la cabeza.

—Al parecer hechas con la misma pistola. Balas de pequeño calibre, con punta blanda. Parece que el primer disparo solo lo hirió y que consiguió salir corriendo. Le dieron un par de veces más, pero llegó a ponerse a cubierto bajo la autopista. Donde cayó al suelo y terminó por desangrarse. No molieron el cuerpo a patadas porque no llegaron a encontrarlo. O eso me parece.

Lo pensé. El viernes a las ocho había pasado andando por aquel lugar. Entre un cadáver y otro, justamente.

—¿Y cree que ese hombre se llamaba Sherman? —pregunté.

—Es el nombre que aparece en su reloj —repuso Finlay.

—Es posible que el reloj no fuera suyo —dije yo—. El tipo pudo haberlo robado. Pudo haberlo heredado o comprado en una casa de empeños. Pudo haberlo encontrado en la calle.

Finlay profirió un nuevo gruñido. Estábamos a unos quince kilómetros al sur de Margrave. Roscoe conducía con rapidez por la vieja carretera del condado. De pronto aminoró y torció por un desvío a la izquierda que se perdía en el lejano horizonte.

—¿Adónde diablos vamos? —Quise saber.

—Al hospital del condado —dijo Finlay—. Está en Yellow Springs. No en el próximo pueblo, sino en el siguiente que hay en dirección sur. No falta mucho.

Seguimos carretera adelante. Yellow Springs se convirtió en una mancha borrosa en la calima del horizonte. El hospital del condado se encontraba justo después de entrar en el término municipal. El edificio estaba más o menos aislado y databa de cuando las enfermedades eran infecciosas y a los enfermos y a los infecciosos los mantenían aislados. Era un hospital de buen tamaño, un laberinto de edificaciones bajas que se extendían a lo largo de un par de hectáreas. Roscoe aminoró y torció por el camino de acceso. Pasamos por varios baches y viramos hasta llegar a una agrupación de edificios en la parte posterior del complejo. El depósito de cadáveres era una especie de cobertizo alargado con una puerta de persiana. Nos detuvimos y dejamos el coche en el patio, a cierta distancia de la puerta. Nos miramos los unos a los otros y entramos.

Un hombre vestido con bata de médico fue a recibirnos y nos condujo a un despacho. Tomó asiento tras un escritorio metálico e hizo un gesto para que Finlay y Roscoe se sentaran en un par de taburetes. Me quedé de pie, con la espalda apoyada contra un mueble bajo en el que había una pantalla de ordenador y un fax. El lugar daba la impresión de haber sido amueblado y equipado de cualquier manera unos cuantos años atrás, lo que hablaba de un presupuesto limitado. Era por completo distinto a la comisaría de Margrave. El hombre sentado tras el escritorio tenía la expresión fatigada. No era ni joven ni viejo, seguramente sería de la edad de Finlay. Por mucho que llevara una bata blanca, no parecía ser un tipo cuya opinión contara demasiado. No se presentó, sino que dio por sentado que todos sabíamos quién era y a qué se dedicaba.

—¿Qué quieren saber?

Su mirada recorrió nuestros rostros. Se quedó a la espera. Le devolvimos la mirada.

—¿Estamos ante el mismo incidente? —preguntó Finlay. Su esmerada entonación de Harvard parecía estar fuera de lugar en aquel despacho destartalado. El de la bata blanca se encogió de hombros.

—Solo hace una hora que me ha llegado este segundo cadáver —dijo—. Pero sí, yo diría que se trata del mismo incidente. La pistola es la misma, con casi absoluta seguridad. Parece que en ambos casos se han empleado balas de pequeño calibre y punta blanda. Su trayectoria ha sido lenta, lo que apunta a que la pistola tenía un silenciador.

—¿Un pequeño calibre? —pregunté—. ¿Cuán pequeño exactamente?

Su mirada exhausta se volvió hacia mí.

—No soy un especialista en armas de fuego —dijo—. Pero diría que estamos hablando del calibre veintidós. Así de pequeño. De punta blanda. Así lo indican las heridas en la cabeza del primero de los muertos. Dos pequeños orificios de entrada, con astillamiento, y dos grandes orificios informes de salida, propios de balas de pequeño calibre y con punta blanda.

Asentí. Es lo que hacen los proyectiles con punta blanda. La bala penetra en el cuerpo y al momento se achata. Se convierte en un pegote de plomo del tamaño de una moneda de veinticinco centavos que atraviesa todo cuanto encuentra a su paso. Y deja un gran orificio amorfo de salida. Tiene sentido usar un silenciador con proyectiles del 22 de punta blanda. Emplear un silenciador solo tiene sentido si hay una velocidad inicial subsónica. En los demás casos, la bala produce su propio estampido sónico durante la trayectoria hacia el blanco, como si fuera un diminuto avión a reacción.

—Muy bien —dije—. ¿A los dos los mataron en el lugar donde aparecieron los cadáveres?

—De eso no hay duda —respondió el forense—. La hipóstasis es evidente en ambos casos.

Me miró. Lo que quería era que le preguntase qué era eso de la hipóstasis. Yo ya lo sabía, pero decidí mostrarme cortés y lo miré con expresión confusa.

—La hipóstasis posterior a la muerte denota la lividez del cadáver —explicó—. Cuando una persona muere, la circulación se detiene. El corazón deja de latir. La sangre entonces se ajusta a la ley de la gravedad y se asienta en la parte inferior del cuerpo, en los vasos situados más abajo de todo, por lo general en la piel próxima al suelo o al lugar donde se encuentre el cadáver. Los glóbulos rojos son los primeros en asentarse, por lo que tintan la piel de rojo. A continuación se coagulan, de forma que la mancha roja queda fijada, como si fuera una fotografía. Al cabo de unas horas, las manchas se tornan permanentes. Las manchas visibles en el primero de los muertos se ajustan por completo a su postura junto a la valla de los almacenes. Le dispararon, cayó, le patearon el cuerpo en una especie de frenesí enloquecido y el cadáver siguió allí tendido durante unas ocho horas. De eso no hay duda.

—¿Qué opina del hecho de que le patearan el cuerpo con ese salvajismo? —preguntó Finlay.

El forense movió la cabeza y se encogió de hombros.

—En la vida había visto una cosa así —dijo—. Sí que había leído sobre algún caso parecido, en publicaciones médicas. Está claro que se trata de un arrebato psicótico. Sin explicación racional, desde luego. Pues la víctima ya estaba muerta, así que todo eso le daba lo mismo. A un muerto no se le puede hacer daño. Por lo que estamos hablando de un comportamiento que al agresor sencillamente le resultaba gratificante. Estamos hablando de una cólera absoluta y de una tremenda fuerza física. Los daños físicos son muy graves.

—¿Y qué nos dice del segundo muerto? —preguntó Finlay.

—Que hizo lo posible por escapar —respondió el de la bata blanca—. Le hicieron un primer disparo desde cerca y le dieron, pero sin derribarlo, por lo que salió corriendo. Durante la huida recibió dos impactos más. Uno en el cuello y otro más, fatal, en la pantorrilla. Este segundo disparo le sajó la arteria femoral. El hombre consiguió llegar corriendo al punto situado bajo la rampa de la autopista, pero finalmente se desplomó y murió desangrado. Eso está claro. Si no hubiera estado lloviendo toda la noche del jueves, habrían encontrado el rastro de sangre en la carretera. De eso estoy seguro. La pérdida de sangre fue copiosa, de unos siete u ocho litros. Lo sé porque esa sangre ya no está en el interior del cuerpo.

Guardamos silencio. Pensé en la segunda víctima y en su desesperada huida por la carretera, tratando de ponerse a cubierto mientras las balas se abrían paso en su carne. Escondiéndose de cualquier manera bajo la rampa de la autopista, hasta morir entre el sordo quehacer de las alimañas nocturnas.

—Entendido —dijo Finlay—. En tal caso, podemos suponer que las dos víctimas estaban juntas. El que disparó formaba parte de un grupo de tres individuos, pilló a ambas por sorpresa, disparó a la primera de ellas en la cabeza, dos veces, y la segunda víctima entonces salió corriendo. Y recibió tres disparos mientras se daba a la fuga. ¿Le parece plausible?

—¿Considera que los agresores fueron tres? —preguntó el de la bata blanca.

Finlay señaló en mi dirección con un gesto de la cabeza. Era mi teoría, por lo que me correspondía explicarla.

—Tres individuos muy distintos entre sí —afirmé—. Uno competente en el uso de armas de fuego, un segundo poseído por la rabia y fuera de sí, y un tercero no muy ducho a la hora de esconder un cadáver.

El forense movió la cabeza.

—Lo veo posible —convino—. Al primero de los muertos le dispararon a quemarropa. Por lo que es posible asumir que conocía a los agresores y permitió que se le acercaran, ¿no creen?

Finlay asintió.

—Las cosas tuvieron que suceder de esa forma —dijo—. Un encuentro entre cinco personas. Tres de ellas atacan a las otras dos. Lo que habla de una operación bien preparada.

—¿Saben quiénes fueron los agresores? —preguntó el forense.

—Ni siquiera conocemos la identidad de las víctimas —explicó Roscoe.

—¿Tiene alguna teoría sobre su posible identidad? —preguntó Finlay.

El de la bata blanca se puso a consultar unos papeles con anotaciones que tenía en el escritorio, pero el teléfono sonó en ese momento. Respondió a la llamada y pasó el auricular a Finlay.

—Es para usted.

Finlay se echó hacia delante en el taburete y se llevó el auricular al oído. Escuchó un momento en silencio.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Hazme el favor de imprimirlo y envíanoslo aquí por fax, ¿entendido?

Devolvió el auricular al forense y se enderezó en el taburete. En su rostro había una media sonrisa.

—Era Stevenson, desde comisaría —explicó—. Finalmente han encontrado una correlación con las huellas del primero de los muertos. Parece que hicimos bien al pedir que las cotejaran de nuevo. Stevenson va a enviarnos los resultados dentro de un minuto, así que díganos lo que piensa, doctor, y luego trataremos de analizarlo todo en su conjunto.

El de la bata blanca se encogió de hombros con aire cansado y cogió uno de sus papeles.

—No hay mucho que pueda decirles sobre el primero de los dos —repuso—. El cuerpo estaba en muy mal estado. Un hombre alto, en buena forma física, con el cráneo afeitado. El indicio más significativo es el trabajo dental. Parece que al hombre le arreglaron la dentadura en muchos lugares distintos. Parte del trabajo dental es estadounidense, parte parece serlo y parte es propio de otros países.

Junto a mi cadera, el fax emitió unos cuantos pitidos y se puso a chirriar. Una hoja de papel en blanco se insertó automáticamente en el interior.

—¿Y qué le dice todo eso? —quiso saber Finlay—. ¿Que el primer muerto es extranjero? ¿O un norteamericano que vivió en otros países?

La delgada hoja de papel salió impresa del interior del fax. El aparato se detuvo y enmudeció. Cogí el papel. Y lo leí con atención, dos veces. Me quedé helado. Me sobrevino una gélida parálisis. Sencillamente no podía creer lo que decía el fax que acababa de llegar. El cielo pareció venirse abajo. Miré fijamente al forense y hablé:

—Ese hombre creció en el extranjero —dije—. De forma que se hizo arreglar los dientes en distintos países, según donde estuviera viviendo en cada momento. Se rompió el brazo derecho cuando tenía ocho años, y se lo escayolaron en Alemania. Las amígdalas se las extirparon en Seúl.

El forense me estaba mirando con sorpresa.

—¿Pueden averiguar todo eso a partir de unas huellas dactilares?

Negué con la cabeza.

—Ese hombre era mi hermano.

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