Zona peligrosa
10
Página 12 de 36
10
Cierta vez vi una película de la Marina sobre las expediciones al Ártico. Uno podía andar sobre hielo sólido. De pronto el hielo cedía y se rompía. Los hielos flotantes estaban sometidos a unas fuerzas y presiones inimaginables. Y de pronto surgía una geografía nueva por entero. Unos peñascos gigantescos donde antes había una llanura. Unos enormes barrancos ante tus ojos. Un lago colosal delante de ti. El mundo entero se transformaba en un segundo. Así era como me sentía. Estaba rígido por el asombro entre el fax y la pantalla de ordenador, y me sentía como el explorador ártico cuyo mundo ha cambiado por entero en un abrir y cerrar de ojos.
Me condujeron a la sala refrigerada en la parte posterior, para que identificara formalmente el cadáver. Su rostro había sido destrozado por los balazos, y tenía todos los huesos rotos, pero reconocí la pequeña cicatriz en forma de estrella que tenía en el cuello. Se la había hecho veintinueve años atrás, después de que hubiéramos estado jugando con una botella rota. A continuación me llevaron a la comisaría de Margrave. Finlay era quien conducía. Sentada a mi lado, en el asiento trasero, Roscoe me estuvo cogiendo de la mano durante todo el trayecto. Un trayecto que solo duró veinte minutos, pero en el que tuve tiempo de vivir dos vidas. La mía y la de mi hermano.
Mi hermano Joe. Dos años mayor que yo. Nacido en una base militar en Asia hacia el final del mandato de Eisenhower. Yo nací en una base militar en Europa al comienzo de la presidencia de Kennedy. Crecimos juntos en distintos lugares del mundo, viviendo en la transitoriedad, el aislamiento y la unidad tan propias de las familias de militares. La existencia era una sucesión de traslados azarosos que tenían lugar a intervalos impredecibles. Al final nos resultaba extraño permanecer más de nueve meses en un mismo lugar. Durante varios años seguidos no llegamos a ver un invierno. A principios del otoño nos obligaban a abandonar Europa para trasladarnos a vivir a un punto perdido en el Pacífico, que pronto también tendríamos que abandonar.
Nuestros amigos no hacían más que desaparecer. Adjudicaban un nuevo destino a una unidad, y varios de los chicos se marchaban de nuestro lado. A veces nos reencontrábamos con ellos meses después, en otro lugar. A muchos no volvíamos a verlos en la vida. Nadie decía hola o adiós. Uno simplemente estaba o no estaba en el destino de turno.
Con el tiempo, a medida que Joe y yo íbamos creciendo, los traslados fueron haciéndose más frecuentes. La guerra en Vietnam hizo que el ejército intensificara el despliegue de sus efectivos por todo el mundo. La vida se convirtió en una borrosa sucesión de bases militares. Nunca llegamos a tener algo propio. En los aviones de transporte tan solo permitían cargar con un bulto por persona.
Estuvimos habitando esa borrosa sucesión de lugares a lo largo de dieciséis años. Joe era la única constante en mi vida. Y yo lo quería como se quiere a un hermano. Pero esta expresión tiene un significado muy preciso. Los dichos semejantes con frecuencia los tienen. Como cuando se dice que una persona ha dormido como un bebé. ¿Quieren decir que la persona ha dormido bien? ¿O que se ha estado despertando cada diez minutos, berreando? Yo quería a Joe como a un hermano, lo que en nuestra familia implicaba muchas cosas.
La verdad era que nunca llegué a saber con seguridad si lo quería o no. Y él nunca llegó a saber con seguridad si me quería o no. Solo nos llevábamos dos años, pero él había nacido en los años cincuenta y yo en los sesenta. Lo que para nosotros suponía una diferencia mayor que la que en principio supone un lapso de dos años. Y como sucede con todo par de hijos varones que se llevan dos años, siempre estábamos enzarzados en broncas. Nos peleábamos, discutíamos y nos prometíamos sombríamente que ya nos haríamos mayores y le daríamos lo suyo al otro. Durante la mayor parte de esos dieciséis años no tuvimos claro si nos queríamos o nos detestábamos.
Pero contábamos con ese rasgo que se da en las familias de militares. Tu familia era tu unidad. En las bases, a los soldados les inculcaban la lealtad absoluta a su unidad. Era el elemento más distintivo en sus vidas. Una intensa lealtad, que transferían a sus propias familias. Así que uno, de vez cuando, podía detestar a su hermano, pero nunca permitía que otros se metieran con él. Joe y yo compartíamos ese rasgo. Una lealtad incondicional. Cada vez que llegábamos a una nueva escuela, en el patio luchábamos espalda contra espalda y nos hacíamos respetar a puñetazo limpio. Yo cuidaba de él, y él cuidaba de mí, como tenían que hacer unos hermanos. A lo largo de dieciséis años. La mía no fue una niñez muy normal, pero era la única niñez que iba a tener en la vida. Y Joe estaba en el mismo epicentro de esa niñez. Y ahora alguien lo había matado. Mientras estaba sentado en el asiento trasero del Chevrolet de la comisaría, una vocecilla insistía en preguntarme qué cojones iba a hacer al respecto.
Finlay condujo a través de Margrave y aparcó frente a la comisaría. Junto a la acera, delante de las grandes puertas acristaladas. Él y Roscoe salieron del coche y se quedaron a la espera de que yo hiciera otro tanto, como Baker y Stevenson habían hecho cuarenta y ocho horas antes. Salí, y nos quedamos un momento plantados bajo el caluroso sol del mediodía. Finlay finalmente abrió una de la pesadas puertas, y entramos. Recorrimos la vacía sala de trabajo y pasamos al gran despacho.
Finlay tomó asiento tras el escritorio. Me senté en la misma silla que había ocupado el viernes. Roscoe cogió otra silla y tomó asiento a mi lado. Finlay abrió el cajón del escritorio. Sacó la grabadora. Tomó su acostumbrada precaución de comprobar el funcionamiento del micrófono con la uña. Fijó la vista en mí.
—Siento mucho lo de su hermano.
Incliné la cabeza. No dije palabra.
—Me temo que voy a tener que hacerle bastantes preguntas.
Volví a decir que sí con la cabeza. Entendía su situación. Yo mismo me había encontrado muchas veces en esa misma situación.
—¿Quién es el familiar más cercano? —preguntó.
—Yo —respondí—. A no ser que se hubiera casado sin decírmelo.
—¿Le parece que pudo hacer una cosa así?
—No estábamos en contacto —dije—. Pero lo dudo.
—¿Sus padres murieron?
Asentí. Finlay hizo otro tanto. Anotó que el familiar más cercano era yo.
—¿Cuál era su nombre completo?
—Joe Reacher, y nada más.
—¿Joe como diminutivo de Joseph?
—No —aclaré—. Simplemente Joe. Del mismo modo que yo sencillamente me llamo Jack. A nuestro padre le gustaban los nombres poco complicados.
—Entendido —dijo Finlay—. ¿Su hermano era mayor o menor que usted?
—Mayor —dije. Le di la fecha de nacimiento de Joe—. Dos años mayor que yo.
—Entonces, ¿tenía treinta y ocho años de edad?
Dije que sí con la cabeza. Baker había mencionado que la víctima tendría unos cuarenta años. Era posible que Joe no hubiera envejecido bien.
—¿Sabe cuál era su última dirección?
Negué con la cabeza.
—No —respondí—. Solo sé que vivía en Washington. Como le he dicho, no estábamos en contacto.
—Entendido —repitió—. ¿Cuándo lo vio por última vez?
—Hace unos veinte minutos. En el depósito de cadáveres.
Finlay asintió con gesto comprensivo.
—¿Y antes?
—Hace siete años. En el funeral por nuestra madre.
—¿Tiene alguna fotografía de su hermano?
—Ya vio usted todas mis pertenencias —respondí—. No tengo ninguna fotografía.
De nuevo asintió con la cabeza. Guardó silencio. La cosa estaba resultándole difícil.
—¿Puede darme una descripción física?
—¿Antes de que le reventaran la cara a tiros?
—Podría ser de ayuda, entiéndame —repuso Finlay—. Necesitamos saber quién vio a su hermano, cuándo y dónde.
Moví la cabeza.
—Supongo que se me parecía bastante. Mediría un par de centímetros menos. Y pesaría cuatro o cinco kilos menos.
—Entonces, ¿diría que su hermano medía poco menos de dos metros de estatura?
—Eso mismo —convine—. Y pesaba unos noventa kilos.
Finlay así lo anotó.
—¿Siempre llevaba la cabeza rapada?
—No la llevaba la última vez que lo vi —dije—. Por entonces llevaba el pelo normal.
—Hace siete años de eso, ¿no? —apuntó Finlay.
Me encogí de hombros.
—Es posible que estuviera empezando a perder el cabello —observé—. Quizá se rapó la cabeza por vanidad.
Finlay asintió en silencio.
—¿En qué trabajaba? —preguntó.
—Lo último que supe fue que estaba en el Departamento del Tesoro —respondí—. No sé bien a qué se dedicaba en particular.
—¿Y antes? ¿Su hermano también estuvo en el ejército?
Dije que sí con la cabeza.
—Asignado a Inteligencia militar. Lo dejó después de un tiempo y se puso a trabajar en un organismo del gobierno.
—Su hermano le escribió una carta mencionando que había estado por aquí, ¿no es cierto?
—En la que hacía esa referencia a Blind Blake —dije—. Pero sin especificar qué lo había traído por aquí. No tendría que ser difícil averiguarlo.
Finlay asintió
—Mañana a primera hora haremos todas las llamadas pertinentes —comentó—. Por el momento tengo que contentarme con sus respuestas. ¿Está seguro de que no tiene idea de por qué su hermano vino a este pueblo?
Le confirmé que no con un gesto. No tenía la menor idea. Pero sabía que Hubble sí que la tenía. Joe no era otro que el investigador muy alto de estatura y con el nombre en código. Hubble era quien le había hecho venir, y sin duda había tenido sus razones. Lo primero que iba a hacer era dar con Hubble y preguntarle al respecto.
—Antes me ha dicho que no conseguía encontrar a Hubble, ¿verdad?
—No lo encuentro en ningún sitio —respondió—. No está en su casa de Beckman Drive, y nadie del pueblo lo ha visto. Hubble está al corriente de todo esto, ¿verdad?
Me contenté con encogerme de hombros. Prefería guardarme algún que otro as en la manga. Si tenía que sacarle algunas verdades a Hubble como fuera, prefería hacerlo en privado. No me apetecía que Finlay estuviera mirando por encima de mi hombro mientras me dedicaba al asunto. Porque igual encontraba que mis métodos eran un tanto expeditivos. Y tampoco, ni por asomo, quería ser yo el que estuviera mirando por encima del hombro de Finlay. No quería que fuera él el encargado de sacarle esas verdades. Porque yo igual encontraba que sus métodos no eran lo bastante expeditivos. Hubble desembucharía más rápido si era yo quien le preguntaba, y no un policía. Ya me había contado bastantes cosas. Así que lo que sabía Hubble yo lo iba a mantener en secreto. Por el momento.
—No tengo idea de qué sabe Hubble —dije—. Usted es el que me dijo que Hubble se vino abajo.
Finlay soltó un gruñido y me miró desde el otro lado del escritorio. Vi que estaba empezando a pensar en otras posibilidades. Yo tenía claro cuáles eran. De hecho estaba esperando que las tuviera en consideración. En la investigación de un homicidio hay una norma fundamental. Basada en multitud de estadísticas y en la propia experiencia. Esta norma reza: «Cuando hay un muerto, lo primero que hay que hacer es investigar bien a la familia». A los maridos, a las mujeres, a los hijos. Y a los hermanos. Finlay sin duda se había atenido a dicha norma un millar de veces durante sus veinte años de carrera profesional en Boston. Y yo veía que ahora estaba empezando a tenerla en consideración en ese despacho de Margrave. Eso no me convenía. Tenía que distraer su atención. No me interesaba perder más tiempo encerrado en una celda. Prefería dedicar mi tiempo a otras cosas muy distintas.
—Supongo que mi coartada ahora le resulta convincente, ¿no es así? —Dije.
Vio adónde quería ir a parar. Como si fuéramos dos colegas de profesión enfrascados en un problema complicado. Me sonrió un segundo.
—Es convincente —dijo—. Usted se encontraba en Tampa en el momento de los hechos.
—Muy bien —convine—. ¿Al jefe Morrison también le resulta convincente?
—Todavía no está al corriente —dijo Finlay—. No responde al teléfono.
—No quiero que vuelvan a producirse errores que le resulten convenientes —dije—. Ese gordo imbécil dijo que me había visto en ese lugar. Quiero que se entere de que ese testimonio suyo ya no se sostiene.
Finlay cabeceó. Cogió el teléfono y marcó un número. Oí el débil tono de llamada que salía del auricular. Siguió sonando largo rato, hasta que Finlay colgó.
—No está en casa —dijo—. Es domingo al fin y al cabo.
A continuación sacó el listín telefónico del cajón. Lo abrió por la «H». Buscó el número de Hubble en su casa de Beckman Drive. Marcó el número, con el mismo resultado. Varios tonos de llamada. Sin respuesta. Probó con el móvil. Una voz electrónica empezó a decirle que el móvil estaba apagado. Colgó antes de que la frase terminara.
—Cuando lo encuentre, voy a hacer que Hubble venga a comisaría —dijo—. Ese hombre sabe cosas que tendría que habernos dicho. Hasta entonces no puedo hacer mucho, eso está claro.
Me encogí de hombros. Finlay tenía razón. Las pistas eran muy escasas. Lo único significativo que había percibido era el pánico mostrado por Hubble al ser interrogado el viernes.
—¿Qué piensa hacer, Reacher? —preguntó.
—Todavía tengo que pensarlo —respondí.
Finlay fijó la vista en mí. No de forma poco amistosa, pero sí muy seria, como si estuviera tratando de comunicarme una orden y una petición con aquella mirada suya tan directa.
—Deje que sea yo el que se ocupe de esto, ¿entendido? Me parece evidente que no está muy contento y que va a querer que se haga justicia, pero no me interesa que otros se ocupen de mi trabajo, ¿me explico? Este trabajo corresponde a la policía. Y usted no es policía. Así que deje que me ocupe del asunto, ¿entendido?
Me encogí de hombros y asentí. Me levanté y los miré.
—Voy a dar un paseo —dije.
Dejé a los dos en el despacho y fui andando por la sala de los agentes. Abrí una de las puertas acristaladas y salí a la calurosa tarde. Anduve por el aparcamiento y crucé el amplio parterre de césped, hasta llegar a la estatua de bronce. También era en memoria de Caspar Teale, quienquiera que fuese aquel hombre. El mismo fulano homenajeado en el parque situado al sur de la ciudad. Apoyé la espalda contra el caliente pedestal metálico y me puse a pensar.
Estados Unidos es un país gigantesco. Con millones de kilómetros cuadrados. Con casi trescientos millones de habitantes. Joe y yo no nos habíamos visto en siete años, pero habíamos terminado por coincidir en el mismo punto minúsculo, con ocho horas de diferencia. Había pasado andando a solo unos cincuenta metros de donde se encontraba su cadáver. Una coincidencia descomunal. Casi increíble. Finlay estaba haciéndome un gran favor al tratar el episodio como si fuera una coincidencia. Tendría que estar empeñado en desmontar mi coartada por completo. Quizá lo estaba haciendo. Quizá en ese momento estaba hablando por teléfono con Tampa para investigar otra vez el asunto.
Pero no iba a encontrar nada, porque se trataba de una coincidencia. No valía la pena efectuar más comprobaciones. Yo tan solo estaba en Margrave debido a una caprichosa decisión tomada en el último minuto. Si hubiera estado estudiando el mapa un minuto más, el autobús habría dejado atrás el trébol de la autopista y me habría olvidado de Margrave. Habría seguido camino a Atlanta y nunca habría llegado a enterarme de la suerte corrida por Joe. O quizá me enteraría siete años después. Así que no valía la pena darle más vueltas a la cuestión de la coincidencia. Lo único que tenía que hacer era decidir qué cojones iba a hacer al respecto.
Tendría unos cuatro años cuando empecé a comprender el valor de la lealtad. De pronto entendí que tenía que cuidar de Joe como él cuidaba de mí. Con el tiempo, la cosa se tornó más o menos automática. Siempre tenía presente la necesidad de asegurarme de que mi hermano estaba bien. Muchas veces salí al patio de la nueva escuela de turno y me encontré con que varios de los alumnos se estaban metiendo con aquel recién llegado tan alto y tan flaco. Al momento iba a por ellos y molía a palos a unos cuantos. Luego volvía a unirme a mis amigos, para jugar al béisbol o lo que fuese. Sencillamente había cumplido con mi deber, de forma rutinaria. Dicha rutina se prolongó doce años, desde que tenía cuatro hasta que Joe finalmente se marchó de casa. Doce años de rutina tuvieron que dejar cierto rastro en mi mente, pues a partir de ese momento conviví con una pregunta que cierta vocecilla interior siempre me estaba haciendo: «¿Dónde está Joe?». Ahora era un adulto y ya no vivía con la familia, pero la pregunta seguía resonando de forma tenue en mi mente. En el fondo siempre tuve claro que tenía que defenderle y protegerle si la ocasión lo requería.
Pero ahora estaba muerto. Joe ya no estaba en ningún lugar. Con la espalda apoyada en la estatua enclavada frente a la comisaría, oí que una vocecilla me decía: «Tienes que hacer algo respecto a lo de tu hermano».
Una de las puertas de la comisaría se abrió. Con los ojos entrecerrados por la luz de la tarde, vi que Roscoe salía a la acera. El sol estaba a su espalda e iluminaba sus cabellos como si fueran un halo. Miró en derredor y me vio apoyado en la estatua. Echó a andar en mi dirección. Aparté la espalda del bronce caldeado por el sol.
—¿Está bien? —preguntó.
—Estoy bien —respondí.
—¿Está seguro?
—No me estoy viniendo abajo —afirmé—. Quizá tendría que estar viniéndome abajo, pero no es eso lo que me pasa. Si quiere saber la verdad, tan solo me siento aturdido.
Era cierto. No parecía estar sintiendo gran cosa. Quizá se trataba de una reacción un tanto extraña por mi parte, pero era la realidad. Y no tenía sentido fingir otra cosa.
—Muy bien —dijo Roscoe—. ¿Puedo llevarle en coche a alguna parte?
Era posible que Finlay le hubiera encargado mantenerme vigilado, pero no iba a poner objeciones. De pie bajo el sol, aquella mujer tenía un aspecto magnífico. Me daba cuenta de que cada vez me gustaba más.
—¿Le importaría enseñarme dónde vive Hubble?
Vi que estaba pensándose la respuesta.
—¿No le parece mejor dejar que Finlay se ocupe de todo eso?
—Solo quiero ver si ha vuelto a su casa de una vez. No voy a hacerle ningún daño. Mire, si está en casa, llamamos a Finlay de inmediato, ¿le parece?
—Me parece —dijo encogiéndose de hombros. Y sonrió—. Vamos.
Subimos al Chevy del cuerpo de policía. Lo puso en marcha, y salimos del aparcamiento. Giró a la izquierda y se dirigió al sur de aquel perfecto pueblecito de postal. Era un maravilloso día de septiembre. El sol tan intenso aportaba cierta sensación de irrealidad. Las aceras de losas rojas resplandecían y la blanca pintura de las paredes resultaba cegadora. La población parecía estar vacía bajo aquel tórrido sol. Desierta. Roscoe giró a la derecha al llegar al pequeño parque municipal y entró en Beckman Drive. Rodeó la plaza que tenía la iglesia en el centro. Los coches se habían ido, y la plaza estaba en silencio. El servicio religioso había terminado. Beckman Drive resultó ser una ancha calle residencial con árboles en las aceras que discurría por una ligera pendiente. Todo en ella hablaba de bienestar material. Una calle sombreada, fresca y próspera. El sueño de un agente inmobiliario. Las casas no se veían, pues estaban situadas tras unas lomas con césped, árboles enormes, altos setos. Los caminos de acceso se perdían de vista. De vez en cuando se atisbaba un pórtico blanco o un tejado rojo. Cuanto más avanzábamos, mayores eran las parcelas. Entre un buzón y el siguiente había centenares de metros de distancia. Y unos gigantescos árboles. Un lugar en el que imperaba la solidez. Pero un lugar que escondía sus propias historias tras aquella fachada de tranquilidad. En el caso de Hubble, una situación desesperada que lo había llevado a contactar con mi hermano. Una situación que había llevado a mi hermano a la muerte.
Roscoe aminoró al llegar frente a un buzón pintado de blanco y torció por el camino situado a la izquierda, el correspondiente al número veinticinco. La casa se encontraba a un kilómetro y medio aproximado del centro urbano. El sol bañaba su fachada posterior. Era la última vivienda que había en aquella calle. Más allá, campos de melocotoneros se extendían en hileras bajo la calima. Avanzamos con lentitud por el camino serpenteante entre el césped. La casa no era como la había imaginado. Lo que tenía en mente era una gran residencia de color blanco, una casa más o menos normal, pero de mayor tamaño. Esta vivienda era más espléndida. Un palacio. Enorme. Todo en ella hablaba de dinero. Un largo camino de gravilla, un inmenso césped aterciopelado, árboles grandes y elegantes, brillantes y moteados por el sol ardiente. Pero no estaba el Bentley oscuro que había visto al salir de la cárcel. No había nadie en casa, o eso parecía.
Roscoe se detuvo cerca de la puerta principal. Salimos. Todo estaba en silencio. El calor de la tarde resultaba sofocante. Llamamos al timbre y golpeamos con los nudillos en la puerta. Nadie nos respondió. Nos miramos, nos encogimos de hombros y echamos a andar por el césped en torno a la vivienda. La hierba parecía extenderse a lo largo de varias hectáreas, y había un invernadero rodeado de macizos de flores. Fuimos a dar a un ancho patio ajardinado que descendía hasta una piscina. El agua era de una tonalidad azul brillante por efecto de la luz del sol. El aire caliente traía el olor del cloro.
—Una casa de aquí te espero —comentó Roscoe.
Asentí. Me pregunté si mi hermano habría estado en ella.
—Viene un coche. ¿Lo oye? —dijo ella.
Fuimos andando hacia la fachada delantera, a la que llegamos en el momento preciso en que el gran Bentley terminaba de detenerse. La mujer rubia que había visto al salir de la cárcel salió del vehículo. Con ella iban dos niños. Un chico y una chica. La familia de Hubble, a la que el hombre tanto quería. Pero Hubble no estaba con ellos.
La mujer rubia y Roscoe parecían conocerse. Se saludaron, y Roscoe me la presentó. Estrechó mi mano y dijo llamarse Charlene, pero podía llamarla Charlie. Era una mujer de aspecto lujoso: alta, delgada, con buena estructura ósea, cuidadosamente vestida y arreglada.
Pero en su cara había un aire de personalidad que no terminaba de encajar en el conjunto. La suficiente personalidad para que me cayera bien. Prolongó el apretón de manos un instante y sonrió, pero su sonrisa resultó más bien forzada.
—Me temo que este no ha sido el fin de semana más agradable de mi vida —dijo—. Pero me parece que tengo que estarle muy agradecida, señor Reacher. Mi marido asegura que le salvó la vida en la cárcel.
Lo dijo con mucho hielo en la voz. El tono gélido no estaba dedicado a mí, sino a las circunstancias que estaban obligándole a emplear las palabras «marido» y «cárcel» en la misma frase.
—No tiene importancia —dije—. Pero ¿su marido dónde está?
—Ocupado en sus negocios —dijo Charlie—. Vendrá un poco después.
Asentí. Era lo que Hubble tenía planeado. Me había dicho que trataría de contarle algún cuento a su mujer y que después intentaría arreglar las cosas. Me pregunté si Charlie quería hablar del asunto, pero los niños estaban a su lado, en silencio, y comprendí que no iba a hablar delante de ellos. Sonreí a los pequeños, enseñando todos mis dientes. Con la idea de que les entrara la timidez y se fueran corriendo, como los niños suelen hacer al verme, pero se limitaron a sonreír a su vez.
—Este es Ben —los presentó Charlie—. Y esta es Lucy.
Dos chavales muy guapos. La chica aún era un poco regordeta, como sin duda lo había sido la madre de pequeña. Le faltaban los dos dientes frontales. Tenía el cabello fino, del color de la arena y recogido en dos trenzas. El chico no era mucho más corpulento que su hermana menor. Tenía la complexión delgada y el rostro serio. Se veía que no era un gamberro. Dos niños muy agradables. Corteses y callados. Estrecharon mi mano y volvieron a situarse junto a su madre. Miré a los tres y casi pude ver la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Si no se andaba con cuidado, Hubble podía provocar que los mataran, del mismo modo que antes habían matado a mi hermano.
—¿Les apetece un poco de té helado? —preguntó Charlie.
Nos estaba mirando con la cabeza ladeada, a la espera de una respuesta. Tendría unos treinta años, más o menos los mismos que Roscoe. Pero sus maneras eran las de una mujer rica. Ciento cincuenta años antes hubiera sido la señora de una extensa plantación.
—Claro —respondí—. Gracias.
Los niños se fueron a jugar a algún lugar, y Charlie nos hizo pasar por la puerta principal. No es que me apeteciera beber té helado en particular, pero sí quería seguir un rato por allí, por si Hubble regresaba. Quería hablar cinco minutos con él, a solas. Me proponía formularle unas cuantas preguntas muy urgentes antes de que Finlay lo informara de cuáles eran sus derechos como detenido.
La casa era fabulosa. Enorme. Decorada con gusto. En colores claros y limpios. Frescos tonos crema y brillantes ocres. Flores. Charlie nos condujo al invernadero que habíamos visto desde fuera. Parecía sacado de las páginas de una revista ilustrada. Roscoe fue con ella a por el té. Me quedé a solas. Me sentí incómodo. No estaba acostumbrado a las casas. Tenía treinta y seis años, pero nunca había vivido en una casa de verdad. Tan solo había residido en pisos para militares y en una horrorosa residencia para estudiantes junto al río Hudson durante mi época en West Point. No había vivido en otros lugares. Sintiéndome como un feo extraterrestre, me senté sobre un cojín con estampado de flores en un sofá de mimbre y me quedé a la espera. Incómodo, algo aturdido, situado en esa tierra de nadie entre la acción y la reacción.
Volvieron las dos con el té. Charlie venía con una bandeja de plata. Era una mujer atractiva, pero no podía compararse con Roscoe. Roscoe tenía una chispa tan eléctrica en la mirada que convertía a Charlie en poco menos que invisible.
Y entonces sucedió algo inesperado. Roscoe se sentó a mi lado en el sofá de mimbre. Al hacerlo, llevó su mano a mi muslo un instante. Fue un gesto casual, pero muy íntimo y familiar. Una entumecida terminación nerviosa de pronto cobró vida y me dijo a gritos: «Tú también le gustas. Tú también le gustas». Así lo indicaba la forma en que me había tocado la pierna.
Me puse a pensar y lo rememoré todo bajo este nuevo prisma. La forma en que me había tomado las huellas y las fotografías. El hecho de que me trajera café. Su sonrisa y el guiño que me hizo. Su risa. El hecho de que se quedara a trabajar el viernes por la noche y el sábado a fin de sacarme de Warburton. Que fuera en coche a recogerme a la puerta de la cárcel. El gesto de cogerme de la mano después de que hubiera visto el destrozado cuerpo de mi hermano. El hecho de que me hubiera traído en coche a esa casa. Yo también le gustaba.
De repente me alegré de haberme bajado de aquel puñetero autobús. De haber tomado aquella demencial decisión en el último minuto. De pronto me relajé. Me sentí mejor. La vocecilla en mi mente finalmente calló. No había nada que yo pudiera hacer en aquel momento. Hablaría con Hubble cuando lo viera. Hasta entonces seguiría sentado en el sofá en compañía de una amigable mujer morena y atractiva, vestida con una ligera camisa de algodón. Por lo demás, los problemas no tardarían en llegar. Como siempre sucede.
Sentada frente a nosotros, Charlie Hubble empezó a servir el té helado de la jarra. Me llegó el olor del limón y las especias. Charlie me miró y esbozó una sonrisa tan forzada como la anterior.
—En circunstancias normales ahora le preguntaría si está disfrutando de su visita a Margrave —dijo, mirándome con la misma sonrisa poco natural de antes.
No supe qué responderle. Sencillamente me encogí de hombros. Saltaba a la vista que Charlie no sabía nada. Sin duda pensaba que a su marido lo habían detenido por equivocación, por un error de algún tipo. No porque estuviera involucrado en un tinglado que había llevado al asesinato de dos personas. Una de las cuales era el hermano del desconocido al que con tanto esfuerzo sonreía. Roscoe llegó en mi ayuda, y las dos se pusieron a charlar de esto y aquello. Sentado en el sofá, bebí el té, a la espera de que llegara Hubble. No se presentó. La conversación finalmente murió, y llegó el momento de que nos fuéramos. Charlie se mostraba inquieta, como si tuviera cosas que hacer. Roscoe llevó la mano a mi brazo. El contacto me sobresaltó, como si fuera eléctrico.
—Vamos —dijo—. Lo llevo en coche al pueblo.
Me fastidiaba no quedarme a esperar a Hubble. Me sentía como si estuviera traicionando a Joe, pero también quería estar a solas con Roscoe. Lo deseaba. Era posible que cierta tristeza reprimida estuviera intensificando mis ansias. Quería olvidarme de Joe hasta el día siguiente. Me dije que tampoco tenía elección. Hubble no se había presentado. No había otra cosa que pudiera hacer. De forma que nos subimos otra vez al Chevy y enfilamos el serpenteante sendero de la propiedad. Recorrimos Beckman Drive. Rodeamos la plaza de la iglesia. Frente a nuestros ojos se extendía el pequeño parque con la estatua del viejo Caspar Teale.
—¿Reacher? —dijo Roscoe—. Va a quedarse un poco más en el pueblo, ¿verdad? Hasta que aclaremos lo sucedido a su hermano, ¿no es así?
—Eso supongo.
—¿Dónde va a alojarse?
—No lo sé.
Torció hacia la acera del parque. Detuvo el coche. En su rostro había una expresión de ternura.
—Quiero que venga conmigo, a mi casa —dijo.
Sentí que estaba perdiendo la cabeza, pero mis ansias eran tales que la atraje hacia mí y nos besamos. Ese primer beso que siempre es fabuloso. La boca y el pelo, el sabor y el olor, tan nuevos y desconocidos. Me besó largamente, sin despegar sus labios de los míos. Tuvimos que separarnos un par de veces para respirar un poco, hasta que Roscoe de nuevo puso el coche en marcha.
Seguimos durante casi medio kilómetro por la calle que nacía al otro lado de Beckman Drive. Vi el verde borrón de la hojas de los árboles cuando entramos en su jardín iluminado por el sol. Los neumáticos sisearon cuando el coche se detuvo. Salimos desmañadamente y fuimos corriendo hacia la puerta de la casa. Roscoe la abrió con su llave. Entramos. La puerta batió a nuestras espaldas, y Roscoe ya estaba en mis brazos antes de que se cerrara del todo. Nos besamos y fuimos a la sala de estar como pudimos. Roscoe mediría tres o cuatro centímetros menos que yo, y sus pies ya no tocaban el suelo.
Nos quitamos las ropas el uno al otro como si estuvieran ardiendo. Roscoe era una belleza. Tenía el cuerpo firme y fuerte, torneado de maravilla. Su piel era como la seda. Me llevó al suelo, bajo los rayos de luz que se filtraban en horizontal por las persianas. Era un frenesí. Estábamos rodando por el suelo, y nada podía detenernos. Como si el mundo fuera a acabarse en cualquier momento. Nos estremecimos, nos detuvimos y nos quedamos inmóviles y jadeantes. Exhaustos.
Permanecimos abrazados, acariciándonos. Roscoe finalmente se separó de mi cuerpo y me ayudó a levantarme. Nos besamos otra vez y fuimos trastabillando al dormitorio. Levantó las sábanas y nos dejamos caer en la cama. Nos abrazamos y nos sumimos en un profundo aturdimiento poscoital. Yo estaba agotado. Me sentía como si todos mis huesos y nervios fueran de goma. Tumbado en aquel lecho desconocido, me dejé llevar a un lugar situado mucho más allá de la simple relajación. Estaba flotando. La forma cálida de Roscoe estaba acurrucada a mi lado. Mi aliento acariciaba sus cabellos. Nuestras manos reseguían perezosamente unos contornos con los que no estábamos familiarizados.
Me preguntó si quería que fuéramos a buscar un motel. O si prefería quedarme allí con ella. Me reí y respondí que solo iba a poder librarse de mí con una de las escopetas que tenían en la comisaría.
—Si tuviera que ir a comisaría, no cogería una de las escopetas —susurró—. Cogería unas esposas, te encadenaría a la cama y te mantendría prisionero para siempre.
Era primera hora de la tarde, dormimos. A las siete llamé a casa de Hubble. Aún no había vuelto. Di a Charlie el número de Roscoe y le pedí que dijera a Hubble que me llamase lo antes posible. El resto de la velada transcurrió en un suspiro. Nos quedamos profundamente dormidos a eso de la medianoche. Hubble no llamó.
El lunes por la mañana percibí que Roscoe se levantaba para ir al trabajo. Oí la ducha y sé que Roscoe me besó con ternura. Luego se hizo el silencio en la casa y empezó a hacer calor. Seguí dormido hasta las nueve. Nadie llamó al teléfono. Lo que ya me iba bien. Necesitaba un poco de tiempo para pensarlo todo. Tenía que tomar varias decisiones. Tumbado en la cálida cama de Roscoe, traté de responder a la pregunta que la vocecilla en mi mente de nuevo estaba preguntándome.
¿Qué iba a hacer en lo referente a Joe? Di con la respuesta fácilmente. Como sabía que iba a pasar. Una respuesta que sabía ineludible desde el momento en que vi el roto cuerpo de Joe en el depósito de cadáveres. Una respuesta muy sencilla. Iba a vengar a Joe. Iba a terminar lo que mi hermano había empezado. Fuera lo que fuese. Y al coste que fuese.
No preveía especiales dificultades. Hubble era el único recurso con el que contaba, pero con ese recurso me bastaría. Porque iba a cooperar. Antes había dependido de la ayuda de Joe. Ahora iba a depender de mi ayuda. Me daría lo que necesitaba. Sus jefes iban a estar expuestos a lo largo de una semana. ¿Cómo lo había dicho? Que en ese momento había una ventana de riesgo que estaba abierta de par en par. Pues iba a aprovechar dicha ventana para entrar en sus vidas y destruirlos. Ya había tomado mi decisión. Era lo único que podía hacer. No podía dejar el asunto en manos de Finlay. Finlay no entendería todos aquellos años que nos unían. Finlay no estaría de acuerdo con los procedimientos expeditivos que iban a ser necesarios. Finlay no podía entender la tan sencilla verdad que yo había aprendido a los cuatro años de edad: a mi hermano ni tocarlo. Ese era un asunto mío. Mío y de Joe. Se lo debía.
Tumbado en la cálida cama de Roscoe, tracé un plan general. La cosa iba a ser fácil. Fácil a más no poder. No iba a tener problema en contactar con Hubble. Sabía dónde vivía. Tenía su teléfono. Me desperecé y sonreí. Me sentía lleno de energía. Me levanté de la cama y encontré algo de café. Junto a la cafetera había una nota: «¿Te viene bien almorzar temprano en la cafetería de Eno? ¿A las once de la mañana? Y deja que sea Finlay quien se ocupe de Hubble, ¿entendido?». La nota estaba firmada con varios besos e incluía el dibujo de un par de pequeñas esposas. La leí y sonreí al ver el dibujo, pero no iba a dejar que fuese Finlay quien se ocupara de Hubble. De eso ni hablar. Hubble era cosa mía. Consulté el número y llamé a Beckman Drive otra vez. Allí no había nadie.
Me serví una taza grande de café y fui a la sala de estar. El sol en la calle resultaba cegador. Otra vez hacía mucho calor. Fui andando por la casa. Una vivienda pequeña. Una sala de estar, una cocina americana, dos dormitorios, un cuarto de baño completo y un excusado. Muy nuevo, muy limpio. Decorado de forma sencilla pero elegante. Lo que se ajustaba a la personalidad de Roscoe. Sencilla pero elegante. Paredes blancas, gruesas alfombras de vivos colores, algunas piezas de arte navajo. Seguramente había estado en Nuevo México y le había gustado.
Todo estaba tranquilo y en silencio. Roscoe tenía un equipo de sonido, unos cuantos discos y cintas, de un tipo más agradable y melódico que la música áspera y estridente que a mí me gusta. Volví a acercarme a la cocina y me serví más café. Fui a la parte posterior de la casa y vi un pequeño jardín, con un césped alto pero bien cuidado y algunos esquejes recién plantados. Salí al sol y bebí el café a sorbitos.
Regresé al interior y llamé a Hubble otra vez. Sin respuesta. Me duché y me vestí. La ducha era de cabina, con la grifería a mediana altura y distintos jabones de mujer en la pequeña repisa. Sin maquinillas de afeitar por ninguna parte. Terminé de vestirme y lavé la taza de café. Llamé a Hubble otra vez desde el teléfono de la cocina. Dejé que la llamada sonara un buen rato. En su casa no había nadie. Pensé pedirle a Roscoe que me acercara con su coche después de comer. No podía seguir esperando de forma indefinida. Cerré bien la puerta trasera y salí por la principal.
Serían las diez y media. La cafetería de Eno se encontraba a unos dos kilómetros. Un tranquilo paseo de media hora bajo el sol. El día ya estaba siendo muy caluroso. Estaríamos a casi treinta grados. Un otoño soleado en el sur del país. Recorrí los cuatrocientos metros hasta Main Street caminando por una pequeña pendiente. Todo estaba cuidado a la perfección. Altas magnolias y arbustos con flores tardías.
Llegué a la altura del supermercado y torcí por Main Street. Hacía poco que habían barrido las aceras. En los parterres, los jardineros municipales estaban instalando unos aspersores. Algunos empujaban unas carretillas con material procedente de unos flamantes camiones verdes con la leyenda FUNDACIÓN KLINER escrita en letras doradas. Dos hombres estaban pintando una valla. Saludé con la mano a los dos viejos de la barbería, que se encontraban plantados junto a la puerta como si estuvieran a la espera de clientes. Me devolvieron el saludo, y continué con mi paseo.
La cafetería de Eno apareció ante mis ojos. Sus brillantes paneles de aluminio centelleaban bajo el sol. El Chevrolet de Roscoe estaba en el aparcamiento de gravilla. A su lado se encontraba la furgoneta negra que el día antes había visto frente al supermercado. Entré en la cafetería. El viernes me habían obligado a salir por ella de mala manera, esposado y con la escopeta de Stevenson apuntándome a la barriga. Me pregunté si la gente de la cafetería se acordaría de mí. Lo más probable, pensé. Margrave era un pueblo tranquilo a más no poder. No eran muchos los forasteros que pasaban por ella.
Roscoe estaba en una mesa, la misma en la que yo estaba el viernes. Llevaba el uniforme y estaba más guapa que nunca. Me acerqué. Me sonrió con ternura, y me agaché para besarla. Al momento bajó la persiana de la ventana. En la mesa había dos tazas de café. Le acerqué una.
El conductor de la furgoneta negra estaba sentado a la barra. El joven Kliner, el hijastro de aquella mujer tan pálida. Estaba girado, de forma que tenía la espalda contra la barra. Sentado con las piernas bien abiertas, apoyándose en los codos, con la cabeza hacia arriba y mirándome fijamente otra vez. Le di la espalda y volví a besar a Roscoe.
—¿No te parece que todo esto va en detrimento de tu autoridad? —comenté—. ¿Que te vean besándote con un vagabundo al que la policía detuvo el viernes pasado?
—Es probable —convino—. Pero ¿qué más da?
De modo que la besé otra vez. El chico de los Kliner seguía mirándolo todo con atención. Notaba sus ojos clavados en mi nuca. Me volví y le devolví la mirada. La sostuvo un segundo, hasta que se levantó del taburete y se fue. Se detuvo al llegar al umbral y me fulminó con la vista una vez más. Tras lo cual fue a su furgoneta y se marchó. Oí el rugido del motor, y en la cafetería volvió a hacerse el silencio. Estaba más o menos vacía, al igual que el viernes. Un par de clientes y un par de camareras. Las mismas que el viernes. Rubias las dos, la una más alta y corpulenta que la otra. Vestidas con uniformes de camarera. La más baja de las dos llevaba gafas. El parecido físico no era extremo, pero tenían un aire. Como si fueran hermanas o primas. Como si compartieran unos mismos genes hasta cierto punto. Era un pueblo pequeño y aislado.
—He tomado una decisión —dije—. Tengo que averiguar qué le pasó a Joe. De forma que te pido disculpas por adelantado si eso interfiere en lo nuestro, ¿entendido?
Roscoe se encogió de hombros y me sonrió tiernamente. Parecía estar preocupada por mí.
—No tiene por qué interferir —dijo—. No veo por qué tendría que interferir.
Bebí un sorbo de café. El café era bueno. Ya lo había advertido el viernes.
—El segundo cadáver ha sido identificado —dijo ella—. Sus huellas coinciden con las de un hombre que fue detenido hace dos años en Florida. Su nombre era Sherman Stoller. ¿El nombre te dice algo?
Dije que no con la cabeza.
—Nunca antes lo había oído.
De pronto empezó a sonar el busca de Roscoe, el pequeño y negro dispositivo de aviso que llevaba ajustado al cinturón. No había visto aquel cacharro antes. Era posible que solo estuviera obligada a llevarlo durante las horas de trabajo. El chisme seguía sonando. Roscoe lo apagó.
—Maldita sea —dijo—. Tengo que llamar a comisaría. Discúlpame. Voy a llamar por el teléfono del coche.
Me levanté y me hice a un lado para que pudiera salir.
—Pídeme algo de comer, si no te importa —dijo—. Lo mismo que tú vayas a pedir.
—De acuerdo. ¿Cuál de las camareras es la que nos atiende?
—La de las gafas.
Salió de la cafetería. Vi que apoyaba la espalda en el coche y llamaba por el teléfono. Me hizo unas señas desde el aparcamiento. Y me hizo entender que la cosa era urgente, que tenía que volver de inmediato. Con otro gesto me indicó que me quedara donde estaba. Se metió en el coche y se marchó en dirección sur. Me despedí de ella con un vago gesto de la mano, sin mirar de verdad, pues en ese momento tenía los ojos fijos en las dos camareras. Casi había dejado de respirar. Yo necesitaba a Hubble. Y por lo que me había dicho, Roscoe, creía que Hubble estaba muerto.