Zona peligrosa

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Estaba mirando a las dos camareras con la expresión ausente. Una mediría unos diez centímetros más que la otra. Y pesaría seis o siete kilos más. La menos corpulenta era de complexión delicada en comparación. Más atractiva. Con el pelo más largo y más claro. Y unos ojos bonitos detrás de las gafas. Las dos guardaban cierta semejanza superficial. Pero no eran verdaderamente parecidas. Había un millar de diferencias entre la una y la otra. No era difícil distinguir a la una de la otra.

Yo le había preguntado a Roscoe cuál de ellas era nuestra camarera. ¿Y qué me había respondido? No me había dicho que la más bajita, ni la que llevaba el pelo más largo, ni la que tenía el cabello más claro, ni la que era más delgada, la más guapa o la más joven. Me había dicho que era la que llevaba gafas. Porque una llevaba gafas y la otra no. La principal diferencia estribaba en que una llevaba gafas y la otra no. Todo lo demás quedaba en segundo término. Todas las demás diferencias eran relativas. Más alta, más robusta, el pelo más corto o más largo, más bajita, más pequeña, más guapa, el pelo más oscuro o más claro, más joven. Las gafas no eran una diferencia relativa. Una llevaba gafas y la otra no. Se trataba de una diferencia absoluta. No había posibilidad de confundirse. Nuestra camarera era la que llevaba gafas.

Eso era lo que Spivey había visto el viernes por la noche. Spivey se había presentado en la sala de ingresos poco después de las diez de la noche. Con una escopeta y una tablilla con un formulario en sus rojizas manazas de campesino. Y había preguntado quién de los dos era Hubble. Me acordé de la forma en que su voz aguda resonó en el búnker. No tenía sentido una pregunta así. ¿Y a Spivey qué más le daba quién era quién? No necesitaba saberlo. Pero nos lo había preguntado. Hubble levantó la mano. Spivey se lo quedó mirando un momento con sus ojillos de serpiente. Reparó en que Hubble era físicamente más endeble, más bajito, menos corpulento, con menos pelo y más rubio, más joven que yo. Pero ¿en qué rasgo distintivo se había fijado? En que Hubble llevaba gafas. Yo no. Las pequeñas gafas de montura dorada. Una diferencia absoluta. Spivey en ese momento se dijo: «Hubble es el que lleva gafas».

Pero el que llevaba gafas a la mañana siguiente era yo y no Hubble. Porque los de la Mara Roja habían hecho trizas las gafas de Hubble en la puerta de nuestra celda. A primera hora de la mañana. Las pequeñas gafas de montura dorada habían dejado de existir. Yo, después, le había arrebatado unas gafas de sol a uno de aquellos tipos y me las había quedado, a modo de trofeo. Me las metí en el bolsillo y me olvidé de ellas. Más tarde, en los baños, mientras estaba examinándome en el espejo la frente, reparé en que llevaba las gafas en el bolsillo. Las saqué y me las puse. No eran oscuras, pues tenían los cristales polarizados. Podían pasar por unas gafas normales y corrientes. Estaba yo con las gafas puestas cuando los de la Hermandad Aria irrumpieron en los baños. Spivey acababa de ordenarles: «Encontrad a los dos nuevos y matad al que lleva gafas». Y los tipos se habían empleado a fondo. Tenían el encargo de matar a Paul Hubble.

Me atacaron a mí porque la descripción recibida no se ajustaba a los hechos. Spivey sin duda había informado de ello después. Y los que le habían encargado acabar con Hubble no se habían dado por vencidos. Lo habían intentado una segunda vez. Y ese segundo intento había tenido éxito. La policía acababa de ordenar a todos sus efectivos que se dirigieran a Beckman Drive de inmediato. Al número veinticinco de la calle. Porque alguien se había encontrado con un espectáculo horroroso en aquella casa. Con una carnicería. Hubble estaba muerto. Los cuatro de la familia estaban muertos. Habían sido torturados y masacrados. Por mi culpa. Porque no había considerado la situación con el detenimiento necesario.

Fui a la barra. Me dirigí a nuestra camarera. La que llevaba gafas.

—¿Pueden pedirme un taxi?

El cocinero estaba contemplándome a través de la abertura del montaplatos. Era posible que se tratara del propio Eno. Bajo, fornido, moreno, un poco calvo. Mayor que yo.

—No, no podemos —contestó—. ¿En qué lugar se cree que está? ¿En un hotel de lujo? Esto no es el Waldorf-Astoria, amigo. Si quiere un taxi, búsquelo usted mismo. Tampoco es que nos haga mucha ilusión verlo otra vez por aquí. Usted es de los que traen problemas.

Lo miré con cara de pocos amigos. Estaba demasiado aturdido para decirle nada. Sin embargo, la camarera sencillamente se rio en su cara. Llevó la mano a mi brazo y dijo:

—No haga caso a Eno. Es un viejo que siempre está quejándose. Voy a pedirle un taxi. Usted quédese a la espera en el aparcamiento, ¿vale?

Esperé en la calle. Cinco minutos, y el taxi se presentó. Un automóvil nuevo e inmaculado, como todo cuanto uno veía en Margrave.

—¿Adónde lo llevo, señor? —preguntó el taxista.

Mencioné la dirección y dio un lento giro de ciento ochenta grados. Puso rumbo al centro urbano. Pasamos por delante del cuartel de los bomberos y la comisaría de policía. El aparcamiento estaba vacío. Ni un solo coche patrulla. Todos se habían ido. En dirección a la casa de Hubble. Torcimos a la derecha al llegar al pequeño parque y pasamos frente a la iglesia en silencio. Entramos en Beckman Drive. Tenía claro que un kilómetro y medio más adelante nos encontraríamos con un montón de coches frente al número veinticinco de la calle. Coches patrulla con las luces de emergencia. Los automóviles sin distintivos correspondientes a Finlay y a Roscoe. Una ambulancia o dos. El forense no tardaría en llegar de su destartalado despacho en Yellow Springs.

Pero la calle estaba vacía. Eché a andar por el sendero que llevaba a la casa de Hubble. El taxi dio media vuelta y se fue. De pronto se hizo el silencio. Ese espeso silencio imperante en una calle tranquila en un día muy caluroso. Observé a mi alrededor. Allí no había nadie. No había coches de la policía ni ambulancias. No se oían gritos. No se oía el ruido metálico de las camillas, ni voces ahogadas por el horror. No había fotógrafos de la policía, y el lugar no estaba acordonado por cintas.

El gran Bentley oscuro estaba aparcado en el camino de gravilla. Pasé junto al vehículo de camino hacia la puerta. Esta de pronto se abrió. Charlie Hubble salió corriendo. Gritando. Estaba histérica. Pero seguía viva.

—¡Hub ha desaparecido! —chilló.

Vino corriendo por la gravilla. Se plantó ante mis narices.

—¡Hub no está! —gritó—. ¡Ha desaparecido! No consigo encontrarle…

Solo se trataba de Hubble. Lo habían pillado y habían dejado su cuerpo tirado en algún lugar. Alguien había encontrado el cadáver y llamado a la policía. A gritos y con voz sollozante. Los coches y las ambulancias se encontraban en ese lugar. No en Beckman Drive. En otro lugar. Pero tan solo se trataba de Hubble.

—Algo no marcha bien —dijo Charlie—. Todo eso de la cárcel… Tiene que tratarse de algún problema en el banco. Hub últimamente está muy tenso. Y ahora ha desaparecido. Se ha esfumado. Ha pasado algo, eso lo tengo muy claro.

Cerró los ojos. Se puso a chillar. Estaba perdiendo los nervios por completo. Cada vez estaba más histérica. No sabía cómo calmarla.

—¡Anoche volvió a casa muy tarde! —gritó—. Esta mañana aún estaba en casa cuando llevé a Ben y a Lucy a la escuela. Y ahora ha desaparecido. No ha ido al trabajo. Lo llamaron de la oficina diciéndole que hoy se quedara en casa, y todas sus cosas están aquí: su cartera, su móvil, su americana, su billetera, sus tarjetas de crédito, su carnet de conducir… Sus llaves están en la cocina. La puerta principal estaba abierta de par en par. No ha ido al trabajo. Simplemente ha desaparecido.

Yo estaba paralizado. Por completo. Se habían llevado a Hubble de casa por la fuerza y lo habían matado. Delante de mí, Charlie parecía estar a punto de desplomarse. De pronto empezó a hablarme en un murmullo. Un murmullo que era peor que los gritos.

—Su coche sigue ahí —barbotó—. Hub no puede haberse ido andando. No le gusta caminar. Siempre va en el Bentley a todas partes.

Hizo un gesto en dirección a la parte posterior de la casa.

—El Bentley de Hub es verde oscuro —dijo—. Y sigue en el garaje. Acabo de verlo. Tiene que ayudarnos. Tiene que encontrarle. Se lo pido por favor, señor Reacher… Le pido que nos ayude. Hub está metido en un problema, eso lo tengo claro. Ha desaparecido. Me dijo que usted seguramente podría ayudarle. Que le salvó la vida. Que sabía cómo hacer las cosas.

La mujer estaba histérica, sollozante. Pero yo no podía ayudarle. No iba a tardar en darse cuenta. Baker o Finlay pronto vendrían a comunicarle la horrorosa noticia. Finlay, lo más seguro. Sin duda sabía bien cómo hacerlo. Probablemente lo había hecho mil veces durante su etapa en Boston. Sabía hacer gala de la necesaria dignidad y gravedad. Le daría la noticia, sin entrar en muchos detalles, y la llevaría en coche al depósito de cadáveres para que identificara formalmente el cuerpo. Los del depósito lo habrían envuelto en gruesos vendajes para esconder las heridas más repugnantes.

—¿Va a ayudarnos? —insistió Charlie.

Decidí que iba a irme. Me acercaría a la comisaría. Me enteraría de los detalles, del dónde, el cuándo y el cómo. Pero luego volvería con Finlay. Esto había sido por culpa mía, de modo que estaba obligado a volver.

—No se mueva de aquí . Y va a tener que dejarme su coche, ¿de acuerdo?

Rebuscó en el interior de su bolso y sacó un grueso manojo de llaves. Me las pasó. La llave del coche tenía una gran «B» grabada en relieve. Charlie asintió ligeramente con la cabeza y se quedó donde estaba. Fui al Bentley y me senté al volante. Di marcha atrás y enfilé el camino en curva de la propiedad. Recorrí Beckman Drive en silencio. Torcí a la izquierda por Main Street, en dirección a la comisaría.

En el aparcamiento de la comisaría había varios coches patrulla y algunos automóviles sin distintivos. Aparqué el Bentley de Charlie junto a la acera y entré. En la sala de trabajo había un gran revuelo. Vi a Baker, a Stevenson, a Finlay. Y a Roscoe. Vi a los dos del grupo de apoyo del viernes. Morrison no estaba, ni tampoco el sargento del mostrador. Todos se mostraban anonadados. Sus miradas eran imprecisas. Estaban horrorizados. Pensando en otras cosas. Nadie me dijo nada. Se contentaron con mirarme con ojos sombríos. Sin apartarlos, como si no terminaran de verme. El silencio era absoluto. Roscoe finalmente se acercó. Había estado llorando. Llegó y puso la cabeza en mi pecho. El rostro le ardía. Me abrazó, largamente.

—Ha sido horrible —dijo. Y no añadió nada más.

La acompañé a su escritorio e hice que se sentara. Acaricié su hombro un instante y fui a ver a Finlay. Estaba sentado en un escritorio, y su mirada era inexpresiva. Con un gesto de la cabeza le sugerí que pasáramos al despacho situado al fondo. Necesitaba enterarme de lo sucedido, y Finlay me lo iba a contar. Me siguió al interior del despacho. Tomó asiento frente al escritorio. En la silla donde yo mismo estuve sentado el viernes, con las muñecas esposadas. Me senté al otro lado del escritorio. Las tornas habían cambiado.

Me lo quedé mirando un momento. Estaba estremecido de veras. Volví a quedarme helado. Tenían que haberse ensañado mucho con Hubble para que Finlay se sintiera así. Finlay había estado trabajando en una gran ciudad a lo largo de veinte años. Y sin duda había visto de todo durante esos veinte años. Sentado en el escritorio, sentí un tremendo remordimiento. Yo había dicho a Hubble que no creía que su vida corriera peligro.

—Y bien, ¿qué ha pasado? —pregunté.

—La cosa es muy seria —respondió, sin añadir nada más.

Tenía que serla. A mi hermano le habían disparado en la cabeza, y los dos grandes orificios de salida le habían borrado la cara. Y después habían convertido su cadáver en una masa sanguinolenta. Pero Finlay no se había dejado abrumar por el espectáculo. Las ratas habían estado devorando al segundo muerto, en cuyo cadáver apenas había quedado sangre. Pero Finlay tampoco se había dejado abrumar. Hubble era un vecino del pueblo, lo que naturalmente empeoraba un poco la situación. Pero el viernes pasado Finlay de hecho ni sabía quién era Hubble. Y Finlay ahora parecía estar tan traumatizado como si hubiera visto un fantasma. Tenían que haberse ensañado mucho con Hubble.

Lo que apuntaba a que en Margrave estaba pasando algo muy gordo. Porque el ensañamiento solo tiene sentido cuando hay un propósito definido. La amenaza del ensañamiento sirve para meterle el miedo en el cuerpo al pobre desgraciado de turno. A Hubble se lo habían metido, eso estaba claro. Se había tomado la amenaza pero que muy en serio. La amenaza está para eso. Pero la puesta en práctica final del ensañamiento tiene una segunda intención. Un segundo propósito. Que no tiene que ver con el pobre desgraciado víctima del ensañamiento. El propósito es el de que la amenaza resulte creíble por parte del siguiente pobre desgraciado. El mensaje: «Ya has visto que hablamos en serio. Ya ves lo que le hemos hecho al otro fulano. Y muy bien podemos hacértelo a ti también». Al ensañarse con Hubble de esa manera, estaban revelando que en Margrave sucedía algo muy gordo, algo que movía mucho dinero, algo en lo que estaban implicados otros vecinos del pueblo.

—Dígame qué ha pasado, Finlay —insistí.

Se echó hacia delante. Se llevó las manos a la boca y la nariz, y soltó un profundo suspiro.

—Muy bien —dijo—. Ha sido lo que se dice horroroso. Uno de los peores casos que he visto. Y he visto unos cuantos, para que lo sepa. He visto muchos casos tremendos, pero esto va más allá. Estaba desnudo. Lo clavaron a la pared. Con seis o siete grandes clavos de carpintero hincados en las manos y los brazos. Por las partes carnosas. Le clavaron los pies al suelo. A continuación le cortaron las pelotas. A lo bestia. Había sangre por todas partes. Lo que se dice horroroso. Y después le cortaron el cuello. De oreja a oreja. Mala gente, Reacher. Esta es muy mala gente. Todo lo mala que se puede ser.

Me quedé aturdido. Finlay estaba esperando a que yo dijera algo. Pero no se me ocurría nada. Estaba pensando en Charlie. Iba a preguntarme si yo había averiguado algo. Finlay tendría que ir a su casa. Yo tendría que ir ahora mismo y contarle lo sucedido. Era su trabajo, no el mío. Entendía que sintiera aprensión. Era difícil dar una noticia así. Resultaba difícil exponer los detalles. Pero se trataba de su trabajo. Eso sí, iría con él. Porque la culpa había sido mía. Eso no tenía vuelta de hoja.

—Sí —convine—. Muy mala gente.

Echó la cabeza hacia atrás y miró en derredor. Volvió a suspirar, mientras fijaba la vista en el techo. El hombre estaba desolado.

—Y eso no ha sido lo peor —observó—. Tendría que haber visto lo que le hicieron a su mujer.

—¿A su mujer? —repetí—. ¿Qué coño me está diciendo?

—Lo que le hicieron a su esposa —insistió—. Una verdadera carnicería.

Me quedé sin habla un momento. El mundo entero se me vino encima.

—Pero si acabo de verla —dije—. Hace veinte minutos. Ella está bien. A ella no le han hecho nada.

—¿A quién dice que ha visto? —preguntó Finlay.

—A Charlie —respondí.

—¿Quién demonios es Charlie?

—Charlie —dije de forma automática—. Charlie Hubble. Su mujer. Charlie está bien. A ella no le han tocado un pelo.

—¿Y qué tiene que ver Hubble con todo esto?

Me lo quedé mirando.

—¿De quién estamos hablando? —pregunté—. ¿A quién han matado?

Finlay me miró como si estuviera mal de la cabeza.

—Pensaba que ya estaba enterado —dijo—. Al jefe de policía. Al jefe Morrison. Y a su mujer.

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