Zona peligrosa
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Estaba mirando a Finlay con mucha atención, tratando de determinar hasta qué punto podía confiar en él. Iba a ser una decisión de vida o muerte. Me dije que su respuesta a una pregunta muy sencilla me ayudaría a dilucidarlo.
—¿Y ahora van a nombrarle jefe a usted? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—No —dijo—. No van a nombrarme jefe.
—¿Está seguro?
—Estoy seguro.
—¿A quién corresponde tomar esa decisión?
—Al alcalde —contestó Finlay—. El alcalde del pueblo es quien nombra al jefe de policía. Está a punto de venir. Se llama Teale. Es de una buena familia de Georgia. Uno de sus antepasados fue un magnate del ferrocarril que era propietario de todo cuanto había en el pueblo.
—¿Se refiere al fulano ese que aparece en varias estatuas? —pregunté.
Finlay asintió con un gesto.
—Caspar Teale —dijo—. El primero de todos ellos. Desde entonces, los Teale han mandado en el pueblo. El actual alcalde es su bisnieto o algo parecido.
Me encontraba en un campo minado. Y necesitaba dar con una senda segura.
—¿Qué puede decirme de este tal Teale?
Finlay se encogió de hombros. Lo pensó un momento y dijo:
—Es uno de esos típicos capullos sureños. De una vieja familia, probablemente formada por una larga sucesión de capullos sureños. Los Teale han sido los alcaldes del pueblo desde el principio. Supongo que este de ahora no es peor que los anteriores.
—¿Se mostró agitado? —Quise saber—. Cuando lo llamó para notificarle lo sucedido a Morrison…
—Se mostró inquieto, por así decirlo. A ese hombre no le gustan los problemas.
—¿Cómo es que no va a nombrarle jefe de policía? Usted es el siguiente en el escalafón, ¿no?
—Tengo claro que no va a hacerlo —dijo Finlay—. Sus motivos tendrá. No es asunto mío.
Me lo quedé mirando otro largo instante. La cuestión era de vida o muerte.
—¿Podemos hablar en otro lugar? —pregunté.
Me miró desde el otro lado del escritorio.
—Usted pensaba que el muerto era Hubble. ¿Por qué?
—A Hubble lo han matado —afirmé—. El hecho de que también hayan matado a Morrison no cambia las cosas.
Fuimos andando al pequeño supermercado. Nos sentamos frente a la barra vacía, cerca de la ventana. Yo estaba en el mismo taburete donde la muy pálida señora Kliner se había sentado la víspera. Parecía haber pasado mucho tiempo desde entonces. El mundo había cambiado desde entonces. Pedimos sendas tazas de café y un plato grande de dónuts. Sentados el uno junto al otro. No nos mirábamos directamente, sino a través del espejo situado tras la barra.
—¿Por qué no van a nombrarle jefe de policía?
Su reflejo se encogió de hombros en el espejo. Daba la impresión de estar un tanto sorprendido. No terminaba de entender la conexión. Pero muy pronto iba a entenderla.
—Tendrían que hacerlo —respondió—. Tengo mayor cualificación que todos los demás. He trabajado veinte años en una gran ciudad. En un verdadero cuerpo de policía. ¿Y qué han hecho los demás? Tomemos el caso de Baker, por ejemplo. Baker se considera listo. Pero ¿qué ha hecho en la vida? ¿Trabajar durante quince años en un pueblo de mala muerte? ¿En un lugar perdido en el mapa? ¿Y él qué demonios puede saber?
—Entonces, ¿por qué no van a nombrarle a usted? —insistí.
—Es una cuestión personal.
—¿Le parece que voy a contárselo a los del periódico de por aquí?
—Es una larga historia.
—Pues cuéntemela —le insté—. Tengo que saberla.
Miró mi imagen en el espejo. Suspiró.
—Dejé mi trabajo en Boston en marzo pasado —explicó—. Después de veinte años. Con una hoja de servicios inmaculada. Y ocho menciones honoríficas. Reacher, yo era un inspector pero que muy bueno. Me había ganado la jubilación, y con la pensión completa. Pero mi mujer estaba volviéndose loca. Se estaba comportando de una forma muy rara desde el otoño. Lo que resultaba irónico. Habíamos estado casados a lo largo de esos veinte años. Yo me había deslomado a trabajar. El cuerpo de policía de Boston es una especie de manicomio. Trabajábamos siete días por semana. Día y noche. Mis compañeros de trabajo no hacían más que separarse de sus parejas.
Se detuvo y bebió un largo sorbo de café. Mordisqueó uno de los dónuts.
—Pero no era mi caso —dijo finalmente—. Mi mujer se las arreglaba para soportar todo aquello. Nunca se quejó, ni una sola vez. Era una mujer excepcional. Nunca me dio problemas.
Volvió a sumirse en el silencio. Pensé en los veinte años que había pasado en la policía de Boston. Trabajando todas las horas del mundo en aquella vieja ciudad y en la que no había un momento de respiro. Barrios mugrientos construidos en el siglo XIX. Servicios colapsados. Presiones constantes. Un interminable desfile de tipos raros, de malos de película, de políticos, de problemas. Finlay había sabido sobrevivir.
—Todo empezó el otoño pasado —prosiguió—. Estábamos a seis meses del final. De que la cosa se acabara para siempre. Nos decíamos que quizá podríamos marcharnos a vivir a una casita en algún lugar. Tomarnos unas vacaciones. Pasar mucho tiempo juntos. Pero a mi mujer empezó a entrarle el pánico. No le hacía gracia eso de pasar mucho tiempo juntos. No quería que me jubilara. No quería que me pasara el día en casa. Me dijo que había terminado por comprender que yo en realidad no le gustaba demasiado. Que no me amaba. Que no me quería en su vida. Había disfrutado de aquellos veinte años y no quería que su vida cambiara. Yo no podía creerlo. Era mi sueño de siempre. Trabajar veinte años y jubilarme a los cuarenta y cinco. Y disfrutar de la vida juntos, los dos, antes de que fuéramos demasiado mayores, no sé si me explico. Era mi sueño, y me había pasado veinte años seguidos trabajando para convertirlo en realidad. Pero a ella no le interesaba. Terminó por decirme que la idea de pasarse veinte años a mi lado en una casita de campo le daba escalofríos. La cosa fue a peor. No nos entendíamos. Yo estaba lo que se dice hundido.
De nuevo calló. Pedimos más café. Era una historia triste. Las historias de sueños rotos siempre lo son.
—Por supuesto, al final nos divorciamos —dijo—. No había otra salida. Fue ella quien me lo exigió. Y resultó terrible. Me sentí abrumado, abrumado por completo. Y luego, durante mi último mes en el cuerpo, me puse a leer los listados de plazas vacantes que nos enviaban los del sindicato. Vi que había un trabajo en este pueblo. Llamé a un viejo amigo mío que está en el FBI de Atlanta y le pregunté por este pueblo. Me previno. Me dijo que me olvidara del asunto. Me explicó que era un cuerpo de policía ridículamente pequeño, en un pueblo que no aparecía en todos los mapas. El puesto vacante era el de inspector en jefe, pero el cuerpo tan solo contaba con un inspector. Y el cuerpo lo dirigía un gordinflón medio imbécil. La localidad estaba bajo el control de cierto individuo de una buena familia de Georgia que no se había dado cuenta de que la esclavitud fue abolida hacía mucho. Mi amigo en Atlanta me recomendó que me olvidara del asunto. Pero yo estaba tan jodido que quería trabajar en un sitio así. Pensaba que me estaría bien empleado enterrarme en vida. A modo de penitencia, no sé si me entiende. Y el dinero me iba a hacer falta. Este empleo estaba muy bien pagado, e iba a necesitar la pasta para pagar la pensión y los gastos de los abogados. De forma que solicité la plaza y vine de visita. Los que me entrevistaron fueron Morrison y el alcalde Teale. Yo estaba verdaderamente hundido, Reacher. Estaba hecho un manojo de nervios. Era incapaz de articular dos palabras seguidas. La mía tuvo que ser la entrevista de trabajo más grotesca de la historia. Tuvieron que tomarme por idiota. Pero el hecho es que me concedieron la plaza. Supongo que ya les iba bien concedérsela a un negro, para dárselas de modernos. Soy el primer policía negro en toda la historia de Margrave.
Me giré en el taburete y lo miré a los ojos.
—¿Me está diciendo que lo contrataron para cubrir el expediente? ¿Y que por eso Teale no va a nombrarle jefe de policía?
—Me parece evidente —dijo—. Teale me considera un imbécil, un negrito medio tonto que le viene bien para sacar pecho. Pero a quien no hay que ascender en ningún caso. Lo que tiene cierto sentido. Es difícil de creer que me dieran el empleo, aunque fuera para cubrir el expediente de la raza.
Hice una seña al encargado pidiéndole la cuenta. Lo que me acababa de contar Finlay me era de ayuda. A Finlay no iban a nombrarle jefe de policía. De forma que ahora confiaba en él. También confiaba en Roscoe. Íbamos a luchar los tres juntos contra quienesquiera que fuesen aquellos tipos. Miré a Finlay por el espejo y meneé la cabeza.
—Se equivoca en una cosa —dije—. La verdadera razón no es la que usted supone. No van a nombrarlo jefe de policía porque usted no es un criminal.
Pagué la cuenta con un billete de diez, y me dieron el cambio en monedas de veinticinco centavos. El encargado seguía sin tener billetes de dólar. A continuación expliqué a Finlay que necesitaba ver la casa de los Morrison. Que necesitaba conocer todos los detalles. Se encogió de hombros y me llevó al exterior. Giramos y echamos a andar en dirección sur. Pasamos por el pequeño parque y dejamos el centro urbano a nuestra espalda.
—El primero en llegar fui yo —explicó—. Hacia las diez de esta mañana. No había visto a Morrison desde el viernes y necesitaba ponerle al día, pero no me respondían al teléfono. Estábamos a media mañana del lunes y no habíamos hecho nada que pudiera llevarnos a resolver un asesinato cometido el jueves por la noche. Había llegado el momento de mover el culo de verdad. Así que me acerqué a su casa con la idea de hablar con él.
Guardó silencio y siguió andando unos pasos. Mientras rememoraba mentalmente la escena con la que se encontró.
—La puerta de la calle estaba abierta —dijo—. Un par de centímetros, quizá. Tuve un mal presentimiento. Entré y los encontré en el dormitorio principal del primer piso. Me sentí como si hubiera entrado en una carnicería. Había sangre por todas partes. Morrison estaba clavado en la pared, medio colgando de los clavos. Les habían cortado el cuello a los dos, a él y a su mujer. Horroroso. La descomposición de los cuerpos indicaba que habrían pasado unas veinticuatro horas. En un clima cálido. Todo muy desagradable. Llamé a todos nuestros efectivos y lo examinamos todo centímetro a centímetro, sin dejar un cabo suelto. Tengo miedo, y lo digo muy en serio.
Volvió a callar. Por completo.
—Entonces, ¿la cosa sucedió el domingo por la mañana? —pregunté.
Asintió.
—Los periódicos dominicales estaban en la mesa de la cocina. Abiertos, pero sin que apenas los hubieran tocado. El forense considera que los mataron hacia las diez de la mañana del domingo.
—¿Hay algunas pistas concretas?
Sombrío, Finlay de nuevo asintió con un gesto.
—Hay huellas de pisadas en la sangre. La habitación estaba hecha un mar de sangre. Litros y más litros. A estas alturas está reseca en parte, como es natural. Dejaron huellas de pisadas por todas partes. Pero se habían puesto botas de goma, ¿sabe? Ese tipo de botas de caucho que la gente del norte se pone en invierno. No hay manera de localizar el origen de ese calzado. Todos los años deben de venderse millones de pares idénticos.
Habían venido preparados. Tenían claro que iba a haber mucha sangre. Y habían venido con botas de goma. Y seguramente con monos de trabajo también. Como esos monos que se usan en los mataderos. En el área de despiece. Grandes monos de nailon blanco con capuchas, manchados por completo de sangre roja y brillante.
—También llevaban guantes de goma —agregó—. Así lo indican unas manchas en las paredes.
—¿Cuántos eran? —pregunté. Estaba tratando de hacerme una imagen completa de la escena.
—Cuatro —dijo—. Las huellas de pisadas se confunden entre sí, pero yo diría que fueron cuatro.
Asentí en silencio. Tenía sentido que hubiesen sido cuatro. Era el mínimo imprescindible, o eso me parecía. Morrison y su mujer tuvieron que luchar por sus vidas. Por lo menos fueron necesarias cuatro personas para reducirlos. Cuatro de las diez mencionadas por Hubble.
—¿Cómo se desplazaron?
—No sabría decirlo —respondió Finlay—. En la gravilla del sendero hay muchas marcas de neumáticos. Vi algunas que parecían ser más recientes, quizá. De unos neumáticos un poco más anchos, como los de un todoterreno o una furgoneta.
Nos encontrábamos a unos doscientos metros al sur del final de Main Street. Torcimos por un camino de gravilla que parecía discurrir en paralelo a Beckman Drive. La casa de los Morrison estaba al final del camino. Una vivienda grande y de aspecto señorial, con un porche con columnas y árboles perennes plantados de forma simétrica en derredor. Junto a la puerta estaba aparcado un Lincoln nuevo de fábrica. Los espacios entre las columnas estaban precintados con cinta de la policía tendida a la altura de la cintura.
—¿Entramos? —preguntó Finlay.
—Ya que estamos aquí…
Nos agachamos para sortear la cinta y entramos por la puerta principal. La casa estaba patas arriba. Por todas partes se veía el polvillo gris que se emplea para encontrar huellas dactilares. Habían revuelto, registrado y fotografiado absolutamente todo.
—No va a encontrar nada nuevo —me avisó Finlay—. Hemos registrado la casa a fondo.
Asentí y fui a la escalera. Subí. Me detuve al llegar a la puerta entreabierta del dormitorio principal y eché una mirada al interior. No había mucho que ver, con la salvedad de los agujeros de los clavos en la pared y las enormes manchas de sangre. Que ya estaban volviéndose negruzcas. Parecía como si alguien hubiera estado vaciando cubos de brea por todas partes. La alfombra estaba pegajosa. En el parqué había huellas de las botas de caucho. Era posible discernir el intrincado patrón de las pisadas. Bajé por la escalera. Finlay estaba apoyado en una de las columnas del porche delantero.
—¿Contento? —preguntó.
—Impresionante —afirmé—. ¿Han registrado el coche?
Me dijo que no con la cabeza.
—Ese es el coche de Morrison. Sobre todo hemos estado buscando algo que los asesinos hubieran podido dejar.
Fui hacia el Lincoln e intenté abrir la puerta. El cierre no estaba echado. El interior olía a coche nuevo de fábrica y poco más. Era el cochazo de un jefe de policía. No iba a estar lleno de envoltorios de hamburguesas con queso y de vacías latas de refrescos, como sucedería en el caso de un coche patrulla. Pero miré de todas formas. Rebusqué en los compartimentos de las puertas y bajo los asientos. Sin encontrar nada. Abrí la guantera y encontré algo. Una navaja automática. Muy bonita. Tenía la empuñadura de ébano, con el apellido Morrison grabado en letras doradas. Le di al resorte y la abrí. La hoja era de dos filos, de unos dieciocho centímetros de longitud. Acero japonés del tipo quirúrgico. Nuevecita, nunca la habían usado. Cerré la navaja y me la metí en el bolsillo. Estaba desarmado, y la situación era muy seria. La navaja automática de Morrison podría venirme bien. Salí del Lincoln, fui andando por la gravilla y volví a reunirme con Finlay.
—¿Ha encontrado algo?
—No —respondí—. Vamos.
Echamos a andar por el camino, y torcimos en dirección norte al llegar a la carretera del condado. Emprendimos el regreso al pueblo. A lo lejos, la aguja de la iglesia y la estatua de bronce estaban esperándonos.