Zona peligrosa
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—Hay algo que tengo que preguntarle —dije.
A Finlay estaba empezando a agotársele la paciencia. Consultó su reloj y dijo:
—Espero que no vaya a hacerme perder el tiempo, Reacher.
Seguíamos caminando hacia el norte. El sol comenzaba a descender, pero el calor seguía siendo intenso. No entendía cómo Finlay podía llevar puesta una americana de tweed. Y un chaleco aterciopelado. Yo andaba por delante, hice que fuéramos por el pequeño parque de la localidad. Cruzamos por el césped, hasta llegar a la estatua en honor a Caspar Teale, en la que nos apoyamos a descansar un momento.
—Me ha dicho que a Morrison le cortaron los huevos, ¿no es así?
Asintió. Me miró, expectante.
—Bueno —dije—. Mi pregunta es la siguiente: ¿han encontrado los huevos?
Me indicó que no con un gesto.
—No —respondió—. Y eso que miramos por todas partes. Tanto nosotros como el forense. No los vimos por ninguna parte. Los testículos no han aparecido.
Sonrió sin alegría al decirlo. Su sarcástico humor de policía volvía a salir a la superficie.
—Entendido —dije—. Era lo que necesitaba saber.
Su sonrisa torcida se ensanchó. Y llegó hasta sus ojos.
—¿Por qué quiere saberlo? ¿Es que sabe dónde están?
—¿Cuándo va a tener lugar la autopsia? —pregunté a mi vez.
Finlay seguía sonriendo, sombríamente.
—La autopsia no va decirnos nada sobre todo eso —dijo—. Le cortaron los huevos. Ya no tienen nada que ver con él. No estaban por allí. Se han esfumado. Así que no van a encontrarlos en la autopsia.
—No la encontrarán en la suya —contesté—. Pero sí en la autopsia de su mujer. Cuando miren lo que comió antes de morir.
La sonrisa se borró del rostro de Finlay. Guardó silencio y me miró.
—Explíquese, Reacher.
—De acuerdo. Hemos salido a hablar un rato, ¿no? Pero antes tengo que hacerle otra pregunta. ¿Cuántos homicidios han tenido lugar en Margrave?
Lo pensó. Se encogió de hombros.
—Ninguno —contestó—. Por lo menos, en los últimos treinta años o así. No desde que empezaron a establecer el censo electoral definitivo, o eso me parece.
—Y ahora se han encontrado con cuatro asesinatos en cuatro días —dije—. Y pronto van a encontrarse con un quinto muerto.
—¿Un quinto muerto? ¿Quién va a ser el quinto?
—Hubble —respondí—. Mi hermano, ese tal Sherman Stoller, el matrimonio Morrison y Hubble. Cinco muertos. Después de treinta años sin homicidios, de pronto se encuentran con cinco. No puede ser una casualidad, ¿cierto?
—No, claro. Es evidente que no. Que existen unos vínculos.
—En un momento voy a hablarle de nuevos vínculos. Pero primero ha de saber algunas cosas, ¿entendido? Yo sencillamente estaba de paso por aquí. El viernes, el sábado y el domingo, hasta el momento en que encontraron que las huellas dactilares se correspondían con las de mi hermano, yo no tenía el menor interés en todo esto. Tan solo estaba a la espera, con la idea de largarme de aquí lo antes posible.
—¿Y? —dijo él.
—Y resultó que me contaron algunas cosas —expliqué—. Hubble me contó unas cuantas en Warburton, pero no presté mucha atención. Porque Hubble no me interesaba, ¿está claro? Me contó varias cosas, sin que yo le preguntara en detalle al respecto, por lo que es posible que no me acuerde de todas.
—¿De qué cosas me está hablando? —preguntó Finlay.
Empecé a hablarle de las que recordaba. Intenté explicárselo con las mismas palabras de Hubble. Le conté a Finlay que este se encontraba metido en un tinglado de algún tipo y que habían amenazado con matarlos a él y a su mujer. La amenaza incluía unos detalles precisos que se correspondían punto por punto con lo que Finlay había visto con sus propios ojos.
—¿Está seguro de todo eso? —dijo Finlay—. ¿Exactamente lo mismo?
—Palabra por palabra —corroboré—. Idéntico. Que le clavarían a la pared y le cortarían los huevos, que obligarían a su mujer a comérselos y que luego les rajarían el cuello. Palabra por palabra, Finlay. A no ser que tengamos dos individuos en el mismo lugar que formulan la misma amenaza, está claro que aquí hay otro vínculo.
—Entonces, ¿Morrison estaba metido en el mismo negocio sucio que Hubble? —preguntó.
—Los dos estaban al servicio de la gente que lleva ese negocio.
Le expliqué que Hubble había estado hablando con un investigador. Y que el investigador a su vez había contactado con Sherman Stoller, quienquiera que fuera este.
—¿A qué investigador se refiere? —preguntó—. ¿Y qué pintaba en todo esto Joe?
—Ese investigador era Joe —respondí—. Hubble me contó que el hombre alto y con la cabeza rapada era un investigador que estaba tratando de ayudarle a salirse de ese tinglado.
—¿Qué clase de investigador era su hermano? ¿Para quién demonios trabajaba?
—No lo sé. Lo último que oí fue que estaba trabajando para el Departamento del Tesoro.
Finlay se apartó de la estatua y echó a andar en dirección norte.
—Tengo que hacer unas cuantas llamadas. Hay que investigar todo eso.
—No vaya tan rápido —dije—. Todavía no he terminado.
Finlay iba andando por la acera. Yo caminaba por la calzada, para no darme con los toldos y las marquesinas de las tiendas. Por la calle no circulaba ningún coche por el que preocuparse. Eran las dos de la tarde de un lunes, y el pueblo estaba desierto.
—¿Cómo sabe que Hubble está muerto? —preguntó Finlay.
Se lo dije. Lo pensó. Se mostró de acuerdo con mi razonamiento.
—¿Lo han matado porque habló con un investigador? —preguntó.
Moví la cabeza. Me detuve frente a la barbería.
—No —respondí—. Eso no lo sabían. Si lo hubieran sabido, habrían acabado con él mucho antes. El jueves como muy tarde. Creo que tomaron la decisión de darle el pasaporte el viernes pasado, hacia las cinco de la tarde. Después de que usted lo llamara por el número de teléfono que encontraron en el zapato de Joe. Se dijeron que no podían correr el riesgo de que hablara con la policía o los funcionarios de la cárcel. De forma que le hicieron el encargo a Spivey. Pero los chicos de Spivey fracasaron. No estuvieron a la altura, por lo que decidieron intentarlo otra vez. Su mujer dice que alguien lo llamó para indicarle que hoy se quedara en casa porque pensaban intentarlo de nuevo. Y parece que han tenido éxito.
Finlay asintió lentamente con la cabeza.
—Mierda —exclamó—. Él era nuestra única manera de saber qué cojones es lo que está sucediendo aquí. Debería haberle dado una tunda mientras tuvo oportunidad, Reacher.
—Gracias, Finlay —dije—. Si hubiera sabido que el muerto era mi hermano, le habría pegado a Hubble tal paliza que usted le hubiera oído gritar desde la otra punta del pueblo.
Soltó un gruñido. Nos sentamos en un banco situado frente al escaparate de la barbería.
—Le pregunté que era eso de Pluribus —dije—. No me respondió. Me contó que había diez personas de por aquí metidas en esa trama, así como otros de fuera que estaban dispuestos a intervenir cuando fuera necesario, por dinero. Según explicó, la operación resulta vulnerable hasta el domingo próximo, en el que algo importante va a pasar. La cosa pende de un hilo, por así decirlo.
—¿Qué va a pasar el domingo? —preguntó Finlay.
—No me lo dijo.
—¿Y no insistió en preguntarle?
—El asunto no me interesaba mucho. Ya se lo he dicho.
—¿Y él no le dio alguna idea sobre la naturaleza de esa operación? —quiso saber.
—Ni la menor idea.
—¿Le dijo quiénes eran esas diez personas?
—No —contesté.
—Por Dios, Reacher, no está siendo de mucha ayuda, ¿se da cuenta?
—Lo siento, Finlay. En ese momento sencillamente pensaba que Hubble no era más que un capullo. Si pudiera volver atrás en el tiempo, haría las cosas de otra manera, créame.
—¿Diez personas? —repitió.
—Sin contar con el propio Hubble —precisé—. Sin contar con Sherman Stoller, tampoco. Pero supongo que entre ellas estaba el jefe Morrison.
—Pues qué bien —dijo Finlay—. Tan solo tengo que encontrar a nueve individuos.
—A uno de ellos lo va a encontrar hoy mismo.
La furgoneta negra que había visto en el aparcamiento de la cafetería de Eno se detuvo en la acera opuesta. Allí se quedó, con el motor en punto muerto. El joven Kliner apoyó la cabeza en el antebrazo y fijó la mirada en mí desde la ventanilla. Finlay no lo vio, pues en ese momento tenía los ojos puestos en la otra acera.
—Tendría que estar pensando en Morrison —dije.
—¿Qué pasa con Morrison? —repuso—. Está muerto, ¿no?
—Sí, pero ¿qué piensa sobre la forma en que lo mataron? ¿Qué le dice eso?
Se encogió de hombros.
—Que han tratado de hacer un escarmiento —dijo finalmente—. Que han enviado un mensaje a otros, ¿no?
—Correcto, Finlay. Pero ¿qué fue lo que hizo mal?
—La cagó de una forma u otra, supongo.
—Correcto, Finlay —repetí—. A Morrison le ordenaron encubrir lo que pasó junto a los almacenes el jueves por la noche. Era su cometido. Por eso estaba en ese lugar a medianoche.
—¿Eso cree? —dijo Finlay—. Antes me dijo que eso era mentira.
—No. Morrison no me vio pasar por allí. Eso formaba parte del cuento chino. Pero sí que estaba allí. Y vio a Joe.
—¿En serio? —dijo Finlay—. ¿Cómo lo sabe?
—Morrison me vio por primera vez el viernes, ¿de acuerdo? En el despacho. Se puso a mirarme como si me hubiera visto antes pero no recordara dónde. Era porque antes había visto a Joe. Hubble vino a decirme lo mismo. Me dijo que yo le recordaba a ese investigador con quien había hablado.
—Entonces, ¿Morrison estaba allí? ¿Él fue el autor de los disparos?
—Me cuesta creerlo —respondí—. Joe era razonablemente listo. Y no hubiera dejado que un gordo subnormal como Morrison lo matara a tiros. El que hizo los disparos tuvo que ser otro. Tampoco me parece que Morrison fuera el maníaco. Un despliegue físico semejante lo hubiera matado de un infarto. Yo creo que fue el tercer hombre. El encargado de borrar los rastros. Pero se olvidó de mirar en los zapatos de Joe. Razón por la cual ustedes hicieron venir a Hubble a comisaría. Y alguien se puso furioso al saberlo. Pues entonces estaban obligados a matar a Hubble. A Morrison también le dieron lo suyo, pero como castigo
—Y menudo castigo —observó Finlay.
—Lo de Morrison también fue un mensaje —dije—. Piénselo bien.
—¿En qué tengo que pensar? Ese mensaje no estaba destinado a mí.
—¿A quién lo estaba entonces?
—Pues lo normal en estos casos. Al siguiente en la línea de mando, ¿no es así? —dijo Finlay.
Asentí con un gesto.
—¿Entiende por qué me interesaba saber quién iba a ser el nuevo jefe de policía?
Finlay otra vez bajó la mirada y contempló la acera.
—Por Dios… —dijo—. ¿Me está diciendo que el próximo jefe de policía está metido en ese negocio?
—Tiene que ser así. ¿Cómo se explica que hubieran fichado a Morrison? Desde luego, no lo hicieron por su simpatía, ¿cierto? Lo ficharon porque necesitaban contar con la ayuda del jefe de policía. Porque les resulta útil de una forma u otra. Por eso no iban a cargarse a Morrison sin contar con un sustituto. Y sea quien sea ese sustituto, estamos hablando de un tipo muy peligroso. Un tipo que en todo momento va a tener presente lo que le sucedió a Morrison. A quien sin duda le han murmurado al oído: «Ya has visto lo que le hemos hecho al anterior. Ten por seguro que te haremos lo mismo si no cumples con lo pactado».
—¿Y quién es esa persona? —preguntó Finlay—. ¿Quién va a ser el nuevo jefe?
—Es lo que le estaba preguntando.
Sentados en el banco situado delante de la barbería, guardamos silencio un momento. El sol empezaba a brillar bajo el borde del toldo a franjas.
—Nosotros solo somos tres: usted, yo y Roscoe —dije—. Tal como están las cosas, lo más seguro es dar por supuesto que todos los demás están implicados en el asunto.
—¿Roscoe? ¿Por qué?
—Por muchas razones —respondí—. Pero la principal, porque hizo todo lo posible por sacarme de Warburton. Morrison quería verme entre rejas, como cabeza de turco de lo sucedido el jueves por la noche. Por consiguiente, si Roscoe hubiera formado parte de la trama, no habría movido un dedo para sacarme de la cárcel. Pero el hecho es que me sacó. Contraviniendo el propósito de Morrison. Él era corrupto, Roscoe no.
Me miró. Soltó un gruñido.
—¿De verdad cree que estamos los tres solos? Es usted muy desconfiado, Reacher.
—Tengo mis putas razones para ser desconfiado, Finlay —contesté—. Aquí están matando a gente. Y uno de los muertos era mi propio hermano.
Nos levantamos del banco. Al otro lado de la calle, el joven Kliner apagó el motor y salió de su furgoneta. Echó a andar lentamente en nuestra dirección. Finlay se frotó la cara con las manos, como si estuviera lavándosela sin agua.
—¿Y ahora qué hacemos? —dijo.
—Usted tiene cosas en las que ocuparse. Tiene que hablar con Roscoe a solas y contarle todos los detalles, ¿entendido? Dígale que se ande con mucho cuidado. Luego tiene que hacer algunas llamadas, hablar con Washington y averiguar qué estaba haciendo Joe aquí.
—De acuerdo —repuso Finlay—. ¿Y usted qué va a hacer?
Señalé con la cabeza al joven Kliner.
—Voy a hablar un momento con este tipo —respondí—. No hace más que mirarme.
Dos cosas sucedieron mientras el joven Kliner llegaba andando por la calzada. En primer lugar, Finlay se marchó a toda prisa. Sin decir esta boca es mía, se encaminó hacia el norte de la población. En segundo lugar, oí que las persianas se cerraban de golpe en la ventana de la barbería situada a mi espalda. Miré en derredor. Se diría que en el mundo entero tan solo quedábamos yo y el joven Kliner.
De cerca, su aspecto resultaba interesante. No era ningún alfeñique. Mediría uno ochenta, no pesaría menos de ochenta kilos, y todo en él hablaba de cierta energía fuera de control. En sus ojos había mucha inteligencia, pero también era perceptible cierto brillo extraño e inquietante. Aquellos ojos suyos me dijeron que seguramente no se trataba de la persona más equilibrada que fuera a conocer en la vida. Llegó y se plantó delante de mis narices. Clavó la mirada en mí.
—Está metiéndose donde no lo llaman —me espetó.
—¿Es que la acera es suya?
—Ya lo creo que sí —fue su respuesta—. La fundación de mi padre pagó su construcción, hasta la última losa. Pero no me estaba refiriendo a la acera. Estoy hablando de la señorita Roscoe. Esa mujer es mía. Es mía, desde el primer día que la vi. Está esperándome. Lleva cinco años esperándome, hasta que llegue el momento propicio.
Le devolví la mirada.
—¿Entiende usted el inglés? —pregunté.
El joven Kliner se puso en tensión.
—Soy un hombre razonable —dije—. Si la señorita Roscoe un día me dice que lo prefiere a usted, al momento me voy de aquí para siempre. Pero hasta que llegue ese día, manténgase alejado de ella. ¿Me explico?
El tipo estaba hirviendo de rabia. Pero de repente cambió. Se diría que funcionaba por medio de un mando a distancia y que alguien había pulsado la tecla de cambio de canal. Se relajó visiblemente, se encogió de hombros y me dedicó una amplia sonrisa juvenil.
—Muy bien —dijo—. Sin rencores, ¿de acuerdo?
Tendió la mano para que se la estrechara, y a punto estuvo de hacerme picar el anzuelo. En el último segundo retiré mi mano un par de centímetros y la cerré sobre sus nudillos, no en su palma. Un viejo truco del ejército. Fingen que van a estrechar tu mano de forma amigable, pero lo que se proponen es apretarla con todas sus fuerzas y machacártela. Para dejar claro quién es el más machote, o algo por el estilo. Pero tienes que estar preparado. Y retirar la mano un par de centímetros y apretar con fuerza. Apretar los nudillos, no la palma. De forma que neutralizas su propia presión. Si pillas bien los nudillos, no fallas ni aunque quieras.
Empezó a apretar, pero no tenía la menor oportunidad de salirse con la suya. Su propósito era el de aplicar toda su fuerza y mirarme fijamente mientras yo las pasaba canutas. Pero esta vez lo tenía mal. Apreté sus nudillos con fuerza una vez, una segunda vez, con un poco más de fuerza, y finalmente le solté la mano, le di la espalda y eché a andar en dirección norte. Me encontraría a más de cincuenta metros de distancia cuando oí que el motor de la furgoneta se ponía en marcha. El ruido sordo fue desplazándose hacia el sur hasta perderse en el calor de la tarde.