Zona peligrosa
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Cuando llegué a la comisaría, un gran Cadillac de color blanco estaba aparcado junto a la entrada. Recién salido de fábrica y con todos los accesorios a la última. Asientos de mullido cuero negro y madera falsa por todas partes. Hacía pensar en una casa de putas de Las Vegas en comparación con la sobria madera de nogal y la vieja tapicería en piel del Bentley de Hubble. Necesité cinco largos pasos para rodear el capó y llegar a las puertas del edificio.
En el refrigerado interior, todo el mundo estaba reunido en torno a un viejo muy alto y con el pelo plateado. Vestido con un traje de corte anticuado. Con una corbata de lacito con broche de plata. Tenía toda la pinta de ser un capullo de campeonato. Un político. El conductor del Cadillac. Tendría unos setenta y cinco años y cojeaba al andar con la ayuda de un grueso bastón con un vistoso mango de plata. Adiviné que se trataba del alcalde Teale.
Roscoe salió del gran despacho situado en la parte posterior. Parecía bastante conmocionada tras haber estado en la casa de los Morrison. No tenía una expresión muy alegre, pero me saludó con un gesto e intentó sonreír. Me indicó que entrara en el despacho con ella. Volví a mirar al alcalde Teale un momento y fui en su dirección.
—¿Estás bien? —pregunté.
—He estado mejor otras veces —respondió Roscoe.
—¿Te has enterado de la película? ¿Finlay te ha puesto al corriente?
Asintió con la cabeza.
—Finlay me lo ha explicado todo.
Entramos en el gran despacho. Finlay estaba sentado tras el escritorio, con el viejo reloj de pared a sus espaldas. Marcaba las cuatro menos cuarto. Roscoe cerró la puerta. Miré al uno y a la otra.
—Y bien, ¿a quién le ha tocado el premio? —pregunté—. ¿Quién es el nuevo jefe?
Finlay me miró desde el asiento y meneó la cabeza.
—Nadie —dijo—. El alcalde Teale va a ponerse personalmente al frente del cuerpo de policía.
Me acerqué a la puerta y la abrí un par de centímetros. Miré y vi que Teale estaba al otro lado de la sala de los agentes y que tenía arrinconado a Baker contra la pared. Parecía estar pegándole una buena bronca, por las razones que fuesen. Me lo quedé mirando un momento.
—¿Y qué piensan de la noticia? —pregunté a Roscoe y a Finlay.
—Todos los demás miembros del cuerpo son honestos —afirmó Roscoe.
—Eso parece, sí —convine—. Pero el hecho de que sea el sucesor de Morrison demuestra que está al servicio de esa gente. Teale forma parte de la trama.
—¿Cómo podemos saber que está a su servicio? —repuso ella—. Es posible que sea el jefe. No hay que descartar que esté al frente de todo el tinglado.
—No —contesté—. El jefe de esa gente hizo que se ensañaran con Morrison, para transmitir un mensaje. Si Teale fuera el jefe, ¿qué sentido tendría enviarse un mensaje a sí mismo? Ese tipo está al servicio de otros. Y ahora están utilizándole para obstaculizar la investigación.
—Eso está claro —dijo Finlay—. Ya ha empezado a hacerlo. Nos ha ordenado que dejemos en suspenso la investigación de lo sucedido a Joe y a Stoller. Que nos concentremos en el caso Morrison. Y que lo hagamos por nuestra cuenta, sin ayuda del exterior, sin hablar con el FBI ni con otros. Según dice, lo que está en juego es el orgullo de nuestro cuerpo de policía. Y ya nos está metiendo en un callejón sin salida. Dice que está claro que a Morrison lo asesinó alguien recién salido de la cárcel. Alguien a quien Morrison contribuyó a encarcelar hace tiempo y que ahora se ha cobrado su venganza.
—Un callejón sin salida de mil demonios —secundó Roscoe—. Vamos a tener que examinar todos los casos de los últimos veinte años y cotejar cada nombre en cada expediente con los de los presos puestos en libertad en todo el país. Estamos hablando de meses de trabajo. Teale ha ordenado a Stevenson que deje de patrullar las calles y se concentre en esta labor. Stevenson va a estar pegado a un escritorio. Y lo mismo va a pasarme a mí.
—Es peor que un callejón sin salida —intervino Finlay—. Es una especie de aviso en clave. En nuestros archivos no hay individuos propensos a la venganza violenta. En Margrave nunca se han dado crímenes de ese tipo. Eso lo sabemos todos. Y Teale sabe que lo sabemos. Pero no estamos en situación de plantarle cara, ¿verdad?
—¿Y si se limitan a ignorar esa orden suya? —sugerí—. ¿Y si se contentan con hacer lo que hay que hacer?
Finlay se arrellanó en el asiento. Miró al techo, suspiró y meneó la cabeza.
—No —dijo—. Estamos trabajando en las mismas narices del enemigo. Teale en este momento no tiene motivo para pensar que sabemos algo sobre el asunto. Y tenemos que conseguir que siga creyéndolo. Tenemos que hacernos los tontos y comportarnos como si no supiéramos nada, ¿entiende? Lo que va a limitar nuestra efectividad. Pero lo peor es la cuestión de las autorizaciones. Si tengo que elevar una petición al juez, voy a necesitar que Teale firme el documento. Y está claro que Teale no va a firmarlo.
Me encogí de hombros.
—No estaba pensando en recurrir a los conductos oficiales —expliqué—. ¿Han llamado a Washington?
—Estoy a la espera de que me devuelvan la llamada —dijo él—. Y espero que Teale no se me adelante a la hora de coger el teléfono.
Moví la cabeza.
—Lo que necesitan es otro lugar en el que trabajar —afirmé—. ¿Qué me dice de ese amigo suyo que está en el FBI de Atlanta? Ese agente del que me habló. Quizá podría pedirle que le dejara usar su despacho de modo informal.
Finlay lo pensó un instante. Movió la cabeza.
—No es mala idea —dijo—. Desde luego, tendríamos que hacerlo sin que nadie se enterase. Ha quedado claro que no puedo pedirle a Teale que haga una petición oficial. Esta noche llamaré a mi amigo desde mi casa. Se llama Picard. Es un buen hombre. Se llevará bien con él cuando lo conozca. Es de Nueva Orleans, del mismo barrio francés. En su momento estuvo asignado a la oficina del FBI en Boston, hace un montón de años. Un hombre corpulento, muy listo, de los que nunca se arrugan.
—Dígale que es necesario que sea discreto a más no poder —indiqué—. No nos interesa que sus agentes se presenten en Margrave hasta que nos resulte conveniente.
—¿Qué piensas hacer con Teale? —me preguntó Roscoe—. Ese hombre está a sueldo de los tipos que mataron a tu hermano.
Me encogí de hombros otra vez.
—Eso va a depender de su grado de implicación —respondí—. Es evidente que Teale no fue el que hizo los disparos.
—¿Ah, no? —dijo ella—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque no es lo bastante rápido de movimientos. Teale cojea y se ayuda con un bastón. Es demasiado lento para empuñar una pistola. O para pillar a Joe por sorpresa. Tampoco fue el que pateó el cadáver. Es demasiado viejo. No tiene la suficiente fuerza. Tampoco fue el encargado de borrar las huellas. Ese fue Morrison. Pero si Teale me busca un problema, se va a encontrar metido en la mierda hasta el cuello. Si no lo hace, me olvidaré de ese cabrón.
—¿Y ahora qué hacemos? —planteó Roscoe.
Me encogí de hombros. No respondí.
—Yo diría que el domingo es la clave —observó Finlay—. Esos tipos se encuentran con un problema cuya resolución está prevista para el próximo domingo. Y me parece claro que el nombramiento de Teale es una solución provisional. El hombre tiene setenta y cinco años, y nunca en la vida ha trabajado como policía. Es un recurso temporal, para darles tiempo hasta el domingo.
Sonó el timbre del interfono situado en el escritorio. La voz de Stevenson preguntó por Roscoe. Tenían que revisar un montón de expedientes. Abrí la puerta, pero Roscoe de pronto se detuvo. Acababa de ocurrírsele algo.
—¿Y qué hay de Spivey? —preguntó—. El hombre de Warburton. El que recibió el encargo de arreglar la muerte de Hubble, ¿no es así? Spivey tiene qué saber de quién partió esa orden. Sería cuestión de ir a preguntárselo. Igual resulta útil.
—Es posible —dije.
Cerré la puerta a su espalda.
—Eso sería perder el tiempo —me dijo Finlay—. ¿Usted cree que Spivey iba a contarle algo así por las buenas?
Sonreí.
—Si lo sabe, me lo dirá —contesté—. Con esta clase de preguntas, todo depende de cómo las formule uno, ¿no le parece?
—Ándese con ojo, Reacher —dijo—. Si se dan cuenta de que está cerca de saber lo que sabía Hubble, lo matarán lo mismo que a él.
En mi mente apareció la imagen de Charlie con sus hijos. Me estremecí. Aquella gente terminaría por comprender que Charlie estaba cerca de saber lo que Hubble sabía. Era inevitable. Y que incluso los niños podían saber algo. Una persona cauta se diría que los niños posiblemente habían oído algo. Eran las cuatro de la tarde. Los niños estarían saliendo de la escuela. Y por la zona había unos individuos que trabajaban equipados con botas de caucho, con monos de nailon y con guantes de goma. Y con una bolsa de clavos de carpintero. Y un martillo.
—¡Finlay, llame a su amigo Picard ahora mismo! —Dije—. Necesitamos su ayuda. Tenemos que llevar a Charlie Hubble y a sus hijos a un lugar seguro. Ya mismo.
Finlay asintió con expresión grave. Se daba cuenta de la situación. Lo entendió.
—Claro que sí —dijo—. Hágame un favor y vaya a la casa de Beckman Drive pero ya. Quédese en la casa. Yo me encargo de hablar con Picard. No se mueva de allí hasta que se presente Picard, ¿entendido?
Agarró el teléfono. Y marcó un número de Atlanta que se sabía de memoria.
Roscoe otra vez estaba sentada a su escritorio. El alcalde Teale acababa de entregarle un montón de carpetas. Me acerqué al escritorio, cogí una silla vacía y me senté junto a ella.
—¿A qué hora terminas?
—A las seis, más o menos.
—Tráete un par de esposas a casa, ¿te parece?
—Jack Reacher, eres lo que no hay… —musitó ella.
Teale no nos quitaba ojo, de forma que me levanté y besé a Roscoe en el cabello. Salí y fui andando hacia el Bentley. El sol de la tarde estaba empezando a ponerse, y ya no hacía calor. Las sombras comenzaban a ser alargadas. Se diría que el otoño estaba al caer. Oí un grito a mi espalda. El alcalde Teale me había seguido. Volvió a llamarme. Me quedé donde estaba. Obligándolo a venir a mi encuentro. Llegó renqueante, ayudándose con el bastón. Me tendió la mano y se presentó. Dijo llamarse Grover Teale. Tenía ese don de los políticos para clavar en ti una mirada y una sonrisa tan fijas como la luz de una linterna. Como si hablar conmigo fuera el mayor placer posible en la vida.
—Me alegro de verlo —dijo—. El sargento Baker me ha puesto al día en lo referente a los asesinatos junto a los almacenes. Me parece que todo está más que claro. Cometimos un tremendo error al detenerlo, y todos sentimos mucho lo de su hermano. Como es natural, cuando lleguemos a unas conclusiones definitivas, se lo haremos saber sin dilación. Por lo demás, antes de que se marche usted, le pido que acepte mis disculpas en nombre del cuerpo de policía. No quisiera que se fuera de aquí con una mala impresión de nosotros. ¿Lo dejamos en un simple error humano?
—Muy bien, Teale —dije—. Pero ¿por qué da por supuesto que voy a marcharme?
Titubeó un brevísimo instante, pero se recuperó de la sorpresa al momento.
—Tenía entendido que estaba de paso —comentó—. En Margrave no tenemos hotel, y no pensaba que hubiera encontrado alojamiento.
—Me quedo —respondí—. Me han invitado de forma muy hospitalaria y generosa. Por lo que sé, el Sur es famoso por la hospitalidad de sus gentes, ¿no es así?
Sonrió abiertamente y llevó la mano a la bordada solapa de su americana.
—Desde luego que sí, señor. Claro está —convino—. El Sur en general y el estado de Georgia en particular es conocido por su hospitalidad. Sin embargo, y como sabe, en este momento nos encontramos en una situación complicada. En vista de las circunstancias, me atrevo a decir que se encontraría más cómodo en un motel en Atlanta o Macon. Como es natural, seguiríamos manteniendo estrecho contacto con usted y lo ayudaríamos en lo concerniente a la organización del funeral por su hermano. Me temo que aquí, en Margrave, vamos a estar todos muy ocupados. Y que usted va a aburrirse. La agente Roscoe tiene mucho trabajo que hacer. Y es poco conveniente que se vea distraída en su trabajo, ¿no le parece?
—No voy a distraerla —dije con tranquilidad—. Tengo claro que su labor es fundamental.
Teale me miró con el rostro inexpresivo. Directamente a los ojos, aunque tenía la desventaja de no ser tan alto como yo. Terminaría por hacerse daño en su cuello viejo y flaco. Y si insistía en seguir mirándome de esa forma, incluso era posible que yo mismo le rompiera ese cuello viejo y flaco. Le sonreí con frialdad y fui andando hacia el Bentley. Lo abrí y entré. Conecté el potente motor y bajé la ventanilla.
—Hasta la vista, Teale —me despedí.
Era el final de la jornada escolar, y nunca había visto tanta actividad en el pueblo. Me crucé con dos personas en Main Street y vi a cuatro más en un corrillo junto a la iglesia. Posiblemente formaran parte de alguna asociación que se reunía por las tardes, para la lectura de la Biblia, o envasar melocotones para el invierno. Los dejé atrás y conduje el gran automóvil por el suntuoso kilómetro y medio de Beckman Drive. Torcí al llegar junto al blanco buzón de los Hubble e hice girar el viejo volante de baquelita por las curvas del camino de grava.
El problema que tenía yo para avisar a Charlie era que no tenía claro cuánto podía decirle. Evidentemente, no iba a explicarle los detalles. Bastante poca gracia me hacía tener que decirle que Hubble estaba muerto. Estábamos aprisionados en una especie de limbo. Pero no podía mantener a Charlie en la ignorancia de forma indefinida. Tenía que enterarse del contexto, hasta cierto punto. O no haría caso a mis advertencias.
Aparqué frente a la puerta y llamé al timbre. Los niños llegaron corriendo cuando Charlie abrió y me dejó pasar. Tenía aspecto de estar muy fatigada y tensa. A los niños se los veía contentos. No se habían contagiado de las inquietudes de su madre. Charlie les dijo que se fueran y me condujo a la cocina, grande y moderna. Le pedí que me hiciera un poco de café. Comprendí que se moría de ganas de hablar, pero que no terminaba de decidirse a hacerlo. La miré mientras encajaba el filtro en la cafetera.
—¿No tienen criada?
Negó con la cabeza.
—No me hace falta —respondió—. Prefiero hacerlo todo yo.
—La casa es muy grande.
—Supongo que me gusta sentirme ocupada.
Callamos. Charlie conectó la cafetera eléctrica, que empezó a emitir un ligero silbido. Me senté a una mesa situada junto a la ventana. Con vistas a una gran extensión de césped aterciopelado. Charlie vino y se sentó al otro lado de la mesa. Cruzó las manos frente al rostro y dijo:
—Me he enterado de lo de los Morrison. ¿Mi marido tiene algo que ver con eso?
Traté de determinar qué era lo que tenía que responderle. Ella se mantuvo a la espera. El café empezó a borbotear en la cocina.
—Sí, Charlie —respondí—. Me temo que sí. Aunque él no quería verse involucrado en ese tipo de cosas, ¿me explico? Estamos hablando de algún tipo de chantaje.
Lo asumió con entereza. Seguramente ya sospechaba algo por el estilo. Sin duda había estado dando vueltas a todas las posibles explicaciones. Y esa era la más plausible. Por eso ahora no se mostraba asombrada ni escandalizada. Se limitó a asentir. De pronto parecía más relajada. Le había hecho bien oír de otros labios lo que ella misma pensaba. El problema había salido a relucir. Su existencia ahora era un hecho. De forma que podíamos abordarlo.
—Me temo que eso que dice tiene sentido —convino Charlie.
Se levantó para servir el café y agregó:
—Es la única forma que tengo de explicar su comportamiento. ¿Hub está en peligro?
—Charlie, siento decir que no tengo idea de dónde se encuentra en este momento.
Me pasó una taza de café. Se sentó en la pequeña barra de la cocina.
—¿Hub está en peligro? —repitió.
Fui incapaz de responder. Las palabras no me salían. Se apartó de la barra y volvió a sentarse delante de mí, a la mesa. Acunó su taza en la mano. Era una mujer atractiva. Rubia y guapa. Con los dientes perfectos, buena constitución ósea, delgada, atlética. Con mucha personalidad. Antes la había tomado por una de las típicas bellezas del Sur. El tipo de mujer que ciento cincuenta años atrás hubiera estado al frente de una plantación con esclavos. Ahora estaba empezando a verla de otra forma. Me daba cuenta de que era mujer con nervio. Le gustaba ser rica y no tener que trabajar, claro estaba. Salones de belleza y almuerzos con las amigas en Atlanta. El Bentley y las tarjetas oro de crédito. La gran cocina que había costado más dinero del que yo ganaba en un año. Pero, en última instancia, aquella era una mujer muy capaz de arremangarse y ponerse a pelear. Era posible que ciento cincuenta años atrás se hubiera sumado a una caravana de pioneros con destino al lejano Oeste. Tenía el nervio suficiente. Me miró directamente a los ojos.
—Esta mañana me dejé llevar por el pánico. Lo que es muy poco frecuente en mí. Me temo que se llevó una muy mala impresión de mí. Después de que se fuera me tranquilicé y me puse a pensar. Y llegué a la misma conclusión que acaba de exponerme. Hub se ha metido en algo raro, en algo que le viene muy grande y que ha terminado por arrastrarlo. Y bien, ¿qué voy a hacer al respecto? Lo primero que voy a hacer es no dejarme llevar más por el pánico y pensármelo todo bien. Me he sentido abrumada desde el viernes pasado, y ahora me avergüenzo. No es propio de mí, en absoluto. Por eso hice algo que espero que sepa perdonarme…
—Continúe —dije.
—Llamé a Dwight Stevenson. En su momento me dijo que había visto un fax del Pentágono con su hoja de servicios como policía militar. Le pedí que lo cogiera y me lo leyera. Me pareció que esa hoja de servicios suya era excelente.
Me sonrió. Acercó un poco la silla a la mesa.
—Así que he pensado en contratarlo. Quiero contratarlo de forma particular para que resuelva el problema de mi marido. ¿Estaría dispuesto a hacerme ese favor?
—No —respondí—. No puedo hacerlo, Charlie.
—¿No puede…? ¿O no quiere?
—Digamos que se daría un conflicto de intereses —expliqué—. No podría trabajar para usted de la forma adecuada.
—¿Un conflicto de intereses? ¿Por qué razón?
Hice una larga pausa. Y traté de explicarme lo mejor posible.
—Su marido tenía mala conciencia, ¿no es así? —Dije—. Se puso en contacto con un investigador, un agente del gobierno, con la idea de reconducir la situación. Pero entonces mataron a ese investigador del gobierno. Y me temo que el investigador me interesa mucho más que su esposo.
Charlie asentía con la cabeza, siguiendo mis explicaciones.
—Pero ¿por qué? —preguntó—. Usted no trabaja para el gobierno.
—El investigador del que estamos hablando era mi hermano —respondí—. Una coincidencia que es de locos, lo sé, pero no consigo quitármela de la cabeza.
—Lo siento mucho —dijo—. ¿No estará pensando que Hub traicionó a su hermano?
—No. Eso es lo último que hubiera hecho. Hub dependía de él por completo para salir del embrollo. Sencillamente, hubo algo que salió mal.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo—. ¿Por qué habla de mi marido en el pasado?
La miré directamente a los ojos.
—Porque está muerto —respondí—. Y lo siento mucho.
Charlie se quedó boquiabierta. Palideció y apretó los puños hasta que sus nudillos cobraron una tonalidad cerúlea. Pero no se desmoronó.
—Yo no creo que esté muerto —musitó—. Porque lo sabría. Porque algo me lo estaría diciendo. Yo creo que simplemente está escondido en algún lugar. Y quiero que lo encuentre. Le pagaré lo que me pida.
Le dije que no con un lento gesto de la cabeza.
—Por favor —me pidió.
—No voy a hacerlo, Charlie —dije—. No voy a aceptar su dinero para hacer algo así. Porque eso sería aprovecharme de su situación. No puedo aceptar su dinero porque sé que está muerto. Lo siento mucho, pero es lo que hay.
Se produjo un largo silencio. Sentado a la mesa, llevé las manos al café que me había preparado.
—Y si no le pagara, ¿lo haría? —preguntó Charlie—. Sencillamente podría tratar de encontrarlo mientras investiga lo que le ocurrió a su hermano, ¿no le parece?
Lo pensé. No veía cómo podía decirle que no.
—Muy bien —convine—. Voy a hacer lo que me propone, Charlie. Pero, insisto, no espere que haga milagros. Creo que nos encontramos ante una situación muy fea.
—Yo creo que está vivo —insistió—. Si no lo estuviera, a estas alturas ya lo sabría.
Empecé a preocuparme por lo que pasaría cuando encontraran el cadáver de Hubble. Charlie tendría que hacerle frente a la realidad lo mismo que un camión sin frenos que fuera a estamparse contra la fachada de un edificio.
—Va a necesitar dinero para gastos —dijo Charlie.
No estaba seguro de aceptarlo, pero al momento me pasó un sobre abultado.
—¿Con esto le bastará?
Miré dentro del sobre. Había un grueso fajo de billetes de cien dólares. Hice un gesto de conformidad. Me bastaría.
—Y por favor quédese el coche —dijo—. Utilícelo durante tanto tiempo como le haga falta.
Volví a asentir con la cabeza. Pensé en todo lo demás que necesitaba saber y me obligué a utilizar el presente.
—¿Dónde trabaja Hub? —pregunté.
—En Sunrise International. Es un banco.
Me dio una dirección de Atlanta.
—Muy bien, Charlie —dije—. Voy a preguntarle una cosa más. Es muy importante. ¿Su marido alguna vez mencionó la palabra Pluribus?
Lo pensó y se encogió de hombros.
—¿Pluribus? —repitió—. ¿Eso no tiene que ver con la política? ¿No es una de esas palabras que aparecen en un podio cuando el presidente está pronunciando un discurso? Nunca oí a mi marido hablar de eso.
Hub estudió dirección de empresas.
—¿Nunca le oyó usar esa palabra? —insistí—. ¿Ni siquiera por teléfono? ¿O en sueños?
—Nunca —contestó.
—¿Y qué me dice del próximo domingo? —pregunté—. ¿Su marido, en algún momento, mencionó el domingo próximo? ¿Le habló de algo que está previsto que suceda este domingo?
—¿El domingo próximo? —repitió—. No creo haberle oído decir nada. ¿Por qué? ¿Qué va a suceder el domingo?
—No lo sé —respondí—. Es lo que estoy tratando de descubrir.
Lo pensó otra vez, un largo instante, pero finalmente meneó la cabeza y se encogió de hombros. Levantó las palmas de las manos en señal de rendición.
—Lo siento —dijo.
—No se preocupe. Pero hay una cosa que tiene que hacer.
—¿El qué?
—Tiene que irse de aquí.
Seguía teniendo los nudillos blancos, pero no se había venido abajo.
—¿Me está diciendo que tengo que irme? ¿Y esconderme en otro lugar? Pero ¿adónde voy a ir?
—Esta tarde un agente del FBI vendrá a recogerla —repliqué.
Me miró con expresión de pánico.
—¿El FBI? —dijo. Palideció más todavía—. Esto es muy serio, ¿verdad?
—Pero que muy serio. Tiene que estar preparada para irse cuanto antes.
—De acuerdo —convino lentamente—. No puedo creer que todo esto sea real.
Salí de la cocina y me metí en la sala donde el día anterior habíamos estado bebiendo té helado. Crucé las dobles puertas y rodeé la casa sin apresurarme. Fui andando por el camino de gravilla, entre los macizos de plantas y salí a Beckman Drive. Llegué junto al buzón de la casa, me detuve y apoyé la espalda en él. Todo estaba en silencio. Lo único que se oía era el seco crujido del césped bajo mis pies.
De pronto oí que un coche se acercaba desde el oeste. El automóvil redujo la velocidad poco antes de llegar a lo alto de la pequeña loma. Un momento después apareció en mi campo visual. Era un Buick color marrón, de tipo muy corriente, en el que iban dos tipos bajitos y morenos, hispanos, vestidos con sendas camisas chillonas. Avanzaban a poca velocidad acercándose al lado izquierdo de la calle, mientras trataban de dar con el buzón de los Hubble. Con la espalda apoyada en el buzón, los miré. Sus ojos se encontraron con los míos. El coche volvió a acelerar y torció hacia la derecha, hacia el vacío paisaje de melocotoneros. Di un paso al frente y les vi alejarse. Se levantó una nube de humo cuando el Buick dejó atrás el inmaculado asfalto de Margrave y enfiló el polvoriento camino rural. Volví corriendo a la casa. Era necesario que Charlie se diera prisa.
Estaba en el interior, aturullada, hablando sola y atropelladamente como una niña que se fuera de vacaciones. Haciendo listas en voz alta. Un mecanismo destinado a ahuyentar el pánico que en ese momento sentía. El viernes era una mujer rica y ociosa casada con un ejecutivo de banca. Hoy, lunes, un desconocido le había dicho que su marido estaba muerto y que se fuera cuanto antes de su casa para salvar la vida.
—¡Y coja el móvil! —le ordené.
No respondió. Tan solo oí un silencio angustiado. Pisadas y puertas de armarios que se cerraban de golpe. Durante casi una hora estuve sentado en la cocina con los restos del café. Hasta que oí el claxon de un automóvil y unas ruidosas pisadas en la gravilla. Un puño aporreó la puerta. Llevé la mano al bolsillo y la cerré en torno al mango de ébano de la navaja automática de Morrison. Fui al recibidor y abrí.
Junto al Bentley estaba aparcado un bonito sedán azul, y un gigantesco hombre de raza negra se encontraba al pie del escalón de la puerta. El desconocido era tan alto como yo, quizá más incluso, pero debería pesar por lo menos cuarenta kilos más: ciento treinta o ciento cuarenta en total. Yo a su lado era un peso pluma. Se plantó en el umbral con la elegante facilidad de un atleta.
—¿Reacher? —dijo el gigante—. Es un placer conocerlo. Soy Picard, del FBI.
Me estrechó la mano. El hombre era realmente enorme. Tenía cierto despreocupado aire de competencia que me llevó a alegrarme de que estuviera de mi lado. Picard parecía uno de los míos. Un tipo que podía resultar muy útil si las cosas se ponían feas. De pronto sentí mayor confianza. Me hice a un lado para que entrase en la casa de Charlie.
—Muy bien —dijo Picard—. Finlay me ha explicado todos los detalles. Siento mucho lo de su hermano. ¿Hay algún lugar en el que podamos hablar con calma?
Fui con él hacia la cocina. Se puso a mi lado, y le bastó con un par de zancadas para plantarse en la cocina. Miró en derredor y se sirvió el poco café que quedaba. A continuación vino hacia mí y puso la mano en mi hombro. Sentí como si me lo hubieran golpeado con un saco de cemento.
—Vamos a dejar unas cuantas cosas claras —dijo—. Todo esto va a quedar entre usted y yo, ¿entendido?
Asentí. Su voz se ajustaba a su masa corporal. Una especie de sordo rumor. La voz que tendría un oso pardo que hubiera aprendido a hablar. Era difícil echarle una edad. Era uno de esos hombres corpulentos y en buena forma física que se conservan bien durante décadas. Asintió con un gesto a su vez y se apartó de mi lado. Apoyó su corpachón en la barra de la cocina.
—Todo esto me supone un problema de los gordos —explicó—. El FBI no puede intervenir sin una petición efectuada por el funcionario responsable de la jurisdicción local. Que aquí es ese tal Teale, ¿no es así? Por lo que me dice Finlay, supongo que Teale no va a hacer esa llamada. De forma que mi presencia en este lugar puede costarme muy cara. Como para caerme de culo, amigo. Pero estoy dispuesto a olvidarme de las normas en atención a Finlay. Nos conocemos de hace tiempo, y hemos pasado muchas juntos. Pero tiene que recordar que todo esto no es oficial, ¿está claro?
Volví a asentir con la cabeza. Me parecía bien. Muy bien, mejor dicho. Una ayuda de tipo no oficial me vendría de primera. Serviría para resolver el problema sin perder el tiempo en trámites innecesarios. Me quedaban cinco días antes del domingo. Esta mañana me había dicho que cinco días iban a ser más que suficientes. Pero ahora, después de la desaparición de Hubble, tenía la sensación de que en realidad era muy poco tiempo. Demasiado poco para malgastarlo en trámites innecesarios.
—¿Adónde va a llevar a la familia? —pregunté.
—A una casa segura en Atlanta —respondió Picard—. Una vivienda que el FBI tiene desde hace años. Allí estarán a salvo, pero no voy a darle la dirección exacta… Y he de pedirle que luego no haga preguntas a la señora Hubble al respecto, ¿entendido? Tengo que andarme con pies de plomo en este asunto. Y si la dirección de una casa segura llega a ser conocida por mi culpa, voy a verme con la mierda hasta el cuello.
—Muy bien, Picard —dije—. Conmigo no va a tener problemas en ese sentido. Y le doy las gracias.
Asintió, con la expresión grave de quien está atado de pies y manos. Charlie y los niños en ese momento salieron por la puerta, cargando con bolsas y maletas hechas de cualquier manera. Picard se presentó. Vi que la hija de Hubble se sentía aterrada por la envergadura de aquel tipo. Su hermano abrió mucho los ojos al ver la placa de agente especial del FBI que Picard estaba mostrando a Charlie. Entre los cinco llevamos el equipaje al sedán azul y lo metimos en el maletero. Estreché las manos a Picard y a Charlie. Se metieron en el coche, que Picard puso en marcha al momento. Me despedí de ellos con un gesto de la mano.