Zona peligrosa

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Conduje en dirección a Warburton bastante más rápido que el maldito chófer del furgón de la cárcel y me planté en la prisión en menos de cincuenta minutos. El panorama era impresionante. Una tormenta estaba llegando desde el oeste con rapidez, y los rayos del bajo sol de la tarde se filtraban entre las nubes y apuntaban directamente a la prisión.

Las torres y las torretas metálicas brillaban cegadoras por efecto de los anaranjados chorros de luz. Reduje un poco la velocidad y me detuve al llegar al acceso general a la cárcel. Ya había tenido bastante la otra vez. Spivey ahora iba a tener que salir a buscarme. Me bajé del Bentley y fui hacia el guardia. Su expresión era relativamente amistosa.

—¿Spivey está de guardia? —pregunté.

—¿Quiere hablar con él? —preguntó el guardia a su vez.

—Dígale que el señor Reacher está en la entrada.

El hombre se acercó a la cubierta de metacrilato, agachó la cabeza e hizo una llamada.

—Spivey dice que no conoce a ningún señor Reacher —informó.

—Dígale que me envía el jefe Morrison —insistí—. Del cuerpo de policía de Margrave.

El tipo volvió a agachar la cabeza bajo la cubierta de metacrilato, hizo una nueva llamada y se puso a hablar. Al cabo de un minuto salió y dijo:

—Muy bien, puede usted pasar. Spivey lo recogerá en el área de recepción.

—Dígale que va a tener que salir a verme —zanjé—. Que vamos a encontrarnos en la carretera.

Me fui andando y me planté en la polvorienta cuneta de la carretera. Iba a ser una batalla de nervios. Pero algo me decía que Spivey iba a terminar por salir. Lo sabría dentro de cinco minutos. Me mantuve a la espera. Podía oler la lluvia que se acercaba desde el oeste. No tardaría ni una hora en llegar. De pie en la cuneta, seguí a la espera.

Spivey salió. Oí que se abrían las rejas de la jaula para vehículos. Me giré y vi que un Ford bastante sucio cruzaba la salida. Terminó de salir y se detuvo junto al Bentley. Spivey bajó trabajosamente del coche. Vino andando. Un hombre corpulento, sudoroso, con la cara y las manos enrojecidas. Con el uniforme también sucio.

—¿Se acuerda de mí? —pregunté.

Sus ojillos de serpiente pestañearon. Se sentía confuso e inquieto.

—Usted es Reacher, sí —dijo—. ¿Y qué?

—Eso mismo. Soy Reacher. El del viernes pasado. ¿Cómo se explica esa jugada que me hicieron?

Trasladó de un pie al otro el peso de su cuerpo. Spivey iba a hacerse el interesante. Pero ya me había mostrado sus cartas al salir a hablar conmigo. Ya había perdido la partida. Eso sí, seguía sin responder.

—¿Cómo se explica esa jugada? —repetí.

—Morrison está muerto —dijo.

Al momento se encogió de hombros y apretó sus delgados labios. Sin decir una sola palabra más.

De forma aparentemente casual, di un paso hacia la izquierda. Con la idea de que el corpachón de Spivey se situara entre mí y el guardia de la entrada. Para que el guardia no pudiera verme bien. La navaja automática de Morrison apareció en mi mano. La levanté un segundo, a fin de que Spivey la viera bien. Para que reparase en el nombre inscrito con letras doradas en la madera de ébano. La hoja, a continuación, se abrió con un clic resonante. Los ojillos de Spivey estaban fijos en ella.

—¿Sabe? Usé este juguetito con Morrison —le dije.

Spivey seguía mirando fijamente la hoja de acero, que relucía azulada bajo el sol de la inminente tormenta.

—Usted no fue —dijo—. Aunque es posible que tuviera buenas razones para haberlo sido.

Sonreí. Spivey tenía claro que yo no era quien había matado a Morrison. En consecuencia, sabía quién había sido el asesino. Y en consecuencia sabía quiénes eran los jefes de Morrison. Así de fácil. Con tres simples palabras, me había dicho mucho. Acerqué la hoja un par de centímetros a su encarnada cara de pan.

—¿Quiere que use este juguetito con usted? —pregunté.

Miró en derredor con desespero. Vio que el guardia de la puerta estaba a una treintena de metros de distancia.

—Ese hombre no va a ayudarle. Porque lo odia por ser un mierda y un gordo asqueroso. El hombre sigue siendo un simple guardia y tiene claro que usted ha trepado porque ha estado lamiéndole el culo a quien hiciera falta. Ese guardia no le echaría un cable ni aunque estuviera metido en un estercolero hasta las orejas. ¿Por qué coño iba a hacerlo?

—Ya. ¿Y qué es lo que quiere? —preguntó Spivey.

—¿Qué fue eso del viernes? ¿Cómo se explica esa jugada que me hicieron?

—¿Y si se lo digo?

Me encogí de hombros.

—Depende de lo que me diga. Si me dice la verdad, dejo que vuelva ahí dentro. ¿Va a decirme la verdad?

No contestó. Seguíamos de pie junto a la carretera. Una batalla de nervios. Y Spivey tenía los nervios desquiciados. Por lo que estaba perdiendo la batalla. Sus ojillos fueron de un lado a otro, para al final posarse otra vez en la hoja afilada.

—Muy bien, voy a decírselo —convino finalmente—. Yo de vez en cuando hacía algún que otro favor a Morrison. El viernes me llamó. Dijo que iba a enviarme a dos tipos. Los nombres no me dijeron nada. Nunca había oído hablar de usted o del otro fulano. Mi encargo era el de hacer que matasen al tal Hubble. Eso es todo. A usted no teníamos que hacerle nada en absoluto. Se lo juro.

—¿Y qué pasó?

—Que mi gente la cagó —dijo—. Eso es todo. Se lo juro. Al que teníamos que cargarnos era al otro. A usted no iba a pasarle nada. Y bueno, al final salió a la calle, ¿no? No le pasó nada, ¿verdad? Entonces, ¿por qué está haciéndome pasar este mal rato?

Le hice un leve tajo en la garganta con la navaja. Spivey se quedó paralizado de horror. Al cabo de un momento, un grueso gusano de sangre oscura emergió del pequeño corte.

—¿El motivo?

—A mí nunca me cuentan el motivo —dijo—. Yo simplemente hago lo que me ordenan.

—Así que hace lo que le ordenan, ¿eh?

—Eso mismo. Prefiero no enterarme de los motivos.

—Y bien, ¿quién le dio la orden en este caso?

—Morrison —dijo—. Morrison fue el que me dio la orden.

—¿Y quién dio la orden a Morrison?

Mantuve el filo a un par de centímetros de su mejilla. Estaba a punto de ponerse a gimotear de miedo. Fijé la mirada en sus ojillos de reptil. Spivey conocía la respuesta. Lo podía leer en el fondo de aquellos ojillos. Spivey sabía quién había hecho el encargo a Morrison.

—¿Quién dio la orden a Morrison? —insistí.

—No lo sé —respondió—. Se lo juro, por la memoria de mi madre.

Me lo quedé mirando un largo instante. Meneé la cabeza.

—Es mentira, Spivey —dije—. Lo sabe perfectamente. Y me lo va a decir.

Spivey negó con la cabeza a su vez. Su rojiza cara de pan se movió violentamente de lado a lado. La sangre corría por su mentón y ya descendía por su fofa papada.

—Si se lo digo, me matarán.

Llevé la navaja a su barrigón. Le rajé la camisa con manchas de grasa.

—Si no me lo dice, yo mismo voy a matarlo.

Los individuos como Spivey solo piensan a corto plazo. Si me lo decía, lo matarían mañana. Si no me lo decía, moriría hoy mismo. Era lo que estaba pensando en ese momento. A corto plazo. Por lo que se dispuso a decírmelo. Empezó a aclararse la garganta, como si la tuviera reseca. No le salían las palabras. Como un hombre perdido en el desierto que se arrastrara por las dunas y tratara de pedir agua a gritos. Pero iba a decírmelo.

O no. Por encima de su hombro, se levantó una nubecilla de polvo. Oí el rugido distante de un motor de gasóleo. Y vi que la grisácea forma del furgón de la cárcel llegaba por la carretera. Spivey volvió el rostro para atisbar su salvación. El guardia de la entrada salió de su garita para recibir el furgón. Spivey volvió el rostro hacia mí. En sus ojos había un malévolo brillo de triunfo. El furgón estaba cada vez más cerca.

—¿Quién dio la orden, Spivey? —insistí—. Dígamelo ahora mismo, o volveré a por usted.

Pero Spivey dio un paso atrás, se volvió y huyó bamboleándose hacia su Ford mugriento. El furgón pasó de largo rugiendo y me cubrió de polvo. Cerré la navaja automática y me la metí en el bolsillo. Fui al Bentley a paso rápido y me marché de allí.

La tormenta me estuvo siguiendo durante todo el regreso. No era lo único que me agobiaba. Me sentía muy frustrado. Esa mañana había estado a una frase de saberlo todo. Y ahora seguía sin saber nada. La situación se había complicado.

No tenía quién me apoyara, no tenía medios, no tenía ayuda. No podía depender de Roscoe o de Finlay. No podía esperar que estuvieran de acuerdo con mis intenciones. Y ya tenían sus propios problemas en la comisaría. ¿Qué era lo que Finlay me había dicho? Que estaban trabajando bajo las mismas narices del enemigo. Tampoco podía esperar mucho de Picard. El agente del FBI también estaba operando en solitario, por su cuenta. No podía confiar más que en mí mismo.

Por otra parte, yo no estaba atado de manos por leyes, restricciones o burocracias. No tenía que pensar en los derechos legales de un criminal ni en las limitaciones impuestas por la Constitución. Ni en los protocolos o normas de actuación policial. Tampoco tenía que elevar peticiones a las altas instancias para ocuparme de esos sujetos. ¿Que si era justo? Ya lo creo que sí. Estábamos hablando de unos sujetos muy peligrosos. Que habían traspasado todo límite tiempo atrás. Gente peligrosa de verdad. ¿Qué era lo que Finlay me había dicho? Que era muy mala gente. Una gente que había asesinado a Joe Reacher.

Al volante del Bentley, enfilé la pequeña pendiente que llevaba a la casa de Roscoe. Aparqué en la calle, frente a la vivienda. Roscoe no estaba en casa. El Chevrolet no estaba aparcado en su lugar de siempre. El gran reloj cromado en el salpicadero del Bentley marcaba las seis menos diez. Diez minutos de espera. Me bajé del asiento delantero, abrí la portezuela de atrás y me tumbé en el largo asiento tapizado en cuero de aquel automóvil viejo y enorme.

Quería irme de Margrave esa misma tarde. De hecho, lo que quería era irme de Georgia para siempre. Encontré un mapa en el compartimento de la parte posterior del asiento del conductor. Lo miré y me dije que si conducíamos hacia el oeste, después de llegar a Warburton de nuevo y dejar atrás la cárcel, al cabo de una hora u hora y media atravesaríamos el límite con Alabama. Era lo que quería hacer. Dirigirme al oeste a toda velocidad en compañía de Roscoe, entrar en Alabama y detenernos frente al primer bar en el que se anunciara música en directo. Olvidarme de mis problemas hasta mañana. Comer cualquier plato barato, beberme unas cervezas frías, escuchar algo de música salvaje. Junto con Roscoe. Mi idea de una velada a lo grande. Me mantuve a la espera de que ella llegara de una vez. Empezaban a caer las sombras. El aire de la tarde de pronto era un poco más frío. Hacia las seis, unos gruesos goterones empezaron a martillear el techo del Bentley. Todo apuntaba al estallido de una gran tormenta eléctrica, pero esta nunca llegó a producirse. No llegó a desencadenarse. Tan solo siguieron cayendo esos goterones iniciales, como si el cielo estuviera muriéndose de ganas de liberarse pero no terminara de decidirse a hacerlo. Se hizo muy oscuro, y el pesado automóvil empezó a balancearse ligeramente por efecto del húmedo viento.

Roscoe llegó con retraso. La tormenta llevaría unos veinte minutos amenazando con estallar cuando vi que su Chevy bajaba con lentitud por la pendiente. Los faros barrían la lluvia de izquierda a derecha. Me iluminaron en el momento en que el Chevy entró en el camino de la casa. Fueron a dar contra la puerta del garaje y se apagaron tan pronto como Roscoe apagó el motor. Me bajé del Bentley y fui hacia ella. Nos abrazamos. Nos besamos. Fuimos al interior.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Espero que sí —respondió—. Ha sido un día de perros.

Hice un gesto de asentimiento. Era un hecho.

—¿Estás horrorizada? —pregunté.

Después de dar las luces y correr las cortinas, respondió:

—Lo de esta mañana ha sido lo más horroroso que he visto en la vida. De lejos. Pero voy a decirte una cosa que no pienso repetir a nadie más. No me he sentido horrorizada por lo que le sucedió a Morrison. Es imposible apiadarse de un individuo como él. Pero sí que me horroriza la suerte que corrió su mujer. Ya tenía que ser bastante duro convivir con un tipejo como Morrison… Como para, además, morir por su culpa, ¿no te parece?

—¿Qué me dices de los demás? —apunté—. De Teale, por ejemplo.

—La cosa no me sorprende. Esa familia siempre ha estado formada por gentuza de la peor especie, desde hace doscientos años. Lo sé todo sobre esa familia. Mi propia familia ha tenido que lidiar con ella desde hace muchísimo. ¿Por qué este Teale iba a ser distinto? Pero por Dios que me alegro de que todos los demás miembros del cuerpo hayan resultado estar limpios. Tenía miedo de descubrir que alguno más estaba involucrado en la trama. No sé si hubiera podido soportarlo.

Entró en la cocina. La seguí. Guardó silencio. No estaba viniéndose abajo, pero no se encontraba bien. Abrió la puerta del frigorífico. El gesto venía a decir: «Ya lo ves, no hay nada para cenar». Me sonrió con fatiga.

—¿Por qué no me invitas a cenar?

—Claro que sí —dije—. Pero no aquí. En Alabama.

Le expliqué lo que quería hacer. El plan le gustó. Algo más animada, fue a ducharse. Me dije que a mí tampoco me vendría mal una ducha, de forma que la acompañé. Pero la cosa llevó su tiempo porque tan pronto como empezó a desabotonarse la planchada camisa del uniforme, mis prioridades cambiaron. El atractivo de un bar en Alabama se tornó secundario. Y la ducha también podía esperar. Roscoe llevaba lencería negra bajo el uniforme. Unas piezas muy finas. Acabamos por hacer el amor con frenesí en el suelo del dormitorio. La tormenta eléctrica terminó por estallar en el exterior. La lluvia empezó a azotar la pequeña vivienda. Los relámpagos centelleaban y los truenos resonaban.

Finalmente conseguimos llegar a la ducha. Que a esas alturas nos resultaba realmente necesaria. Algo después estaba tumbado en la cama, mirando a Roscoe vestirse. Se puso unos vaqueros descoloridos y una camisa de seda. Apagamos las luces, cerramos la puerta y nos marchamos en el Bentley. Eran las siete y media, y la tormenta estaba yéndose al este, hacia Charleston, antes de perderse en el Atlántico. Era posible que mañana llegase a las Bermudas. Pusimos rumbo al oeste, donde el cielo era de una tonalidad más rojiza. Torcí por la carretera que llevaba a Warburton. Pasé junto a los caminos rurales que puntuaban los interminables campos oscuros y dejé atrás la cárcel a toda velocidad. El edificio era una gran masa cuadrada iluminada por aquella asquerosa luz amarillenta.

Media hora después de haber pasado por Warburton, nos detuvimos para llenar de gasolina el depósito del viejo automóvil. Cruzamos por unas plantaciones de tabaco y luego el Chattahoochee por un viejo puente en Franklin. Y seguimos en línea recta con rumbo al límite del estado. Llegamos a Alabama antes de que fueran las nueve de la noche. Convenimos en no dar más vueltas y detenernos en el primer bar que viéramos abierto.

Cosa de kilómetro y medio más adelante vimos un garito de carretera. Nos detuvimos en el aparcamiento y salimos del coche. El local tenía bastante buena pinta. Era un edificio grande, ancho y bajo, construido con tablones embreados. Muchos neones, muchos automóviles en el aparcamiento, y se oía música. El rótulo en la puerta rezaba: THE POND. Música en directo siete noches por semana, a las nueve y media cada noche. Roscoe y yo nos cogimos de la mano y entramos.

Nos encontramos con el ruido típico de un bar, con música de la gramola y con una atmósfera calurosa que olía a cerveza. Nos abrimos paso hacia el fondo y encontramos un amplio círculo de mesas dispuestas en torno a una pista de baile, presidida por un escenario. El escenario en realidad era poco más que una baja plataforma de hormigón. Era posible que en otros tiempos hubiera sido utilizado como muelle de carga y descarga para camiones. El techo era bajo y la luz tenue. Encontramos una mesa vacía y tomamos asiento. A la espera de que nos atendieran, nos entretuvimos mirando cómo el grupo musical iba preparándolo todo para su actuación. Las camareras iban de un lado para otro, como si fueran jugadores de baloncesto. Una de ellas vino a nuestra mesa, y pedimos sendas cervezas y hamburguesas con queso y guarnición de patatas fritas y aros de cebolla. La chica no tardó ni dos minutos en volver portando una bandeja de latón con nuestras consumiciones. Comimos y bebimos, y pedimos más de lo mismo.

—Y bien, ¿qué vas a hacer en lo referente a Joe? —preguntó Roscoe.

Iba a terminar el trabajo que Joe había empezado. Fuera cual fuese dicho trabajo. Me llevara el tiempo que me llevase. Era la decisión que había tomado aquella mañana, mientras descansaba en la caliente cama de su casa. Pero Roscoe era agente de policía. Y en consecuencia se había comprometido a hacer que la legalidad fuera respetada en todo momento. Una legalidad que para mí no era más que un simple engorro. No sabía qué responder. Pero Roscoe no esperó a oír mi respuesta.

—Creo que tienes que averiguar quiénes lo mataron —dijo.

—¿Y entonces?

No fuimos más allá. El grupo en ese momento empezó a tocar. La conversación se tornó imposible. Roscoe me sonrió a modo de disculpa y meneó la cabeza. Aquel grupo estaba tocando a todo volumen. Con una seña vino a decirme que ya hablaríamos después. Volvimos los rostros hacia el escenario. Me quedé con las ganas de oírle responder a mi pregunta.

El local se llamaba The Pond, y el grupo llevaba el nombre de Pond Life. Pintaba bien. Un trío al viejo estilo. Guitarra, bajo y batería. Muy influidos por el estilo de la banda de Stevie Ray Vaughan. Desde la muerte de Stevie Ray a bordo de su helicóptero en un accidente no lejos de Chicago, se diría que la tercera parte de los varones blancos menores de cuarenta años de los estados del Sur habían formado sus bandas en homenaje al fallecido maestro. Casi todo dios hacía eso. Y tampoco era muy complicado. No importaba el aspecto físico que tuvieras o las ropas que vistieras. Lo único que hacía falta era agarrar el instrumento y tocar. Los mejores de estos tipos eran tan buenos como Stevie Ray a la hora de mezclar el clásico rock and roll de bareto y el blues de Texas al viejo estilo.

Esta banda era bastante buena, sí que lo era. Pond Life. Eran unos tipos más bien desastrados. El bajo y el batería eran altos, greñudos, gordos y cubiertos de mugre. El guitarrista era bajito y moreno, y de hecho tenía cierto parecido con el viejo Stevie Ray. La misma sonrisa con huecos en la dentadura. Tocaba una negra guitarra imitación del modelo Gibson Les Paul, conectada a un gran amplificador Marshall con cabezal en lo alto. Un buen sonido como los de antes. En combinación con las cuerdas gruesas y no demasiado tensas, las grandes pastillas de guitarra que sobrecargaban las válvulas del viejo Marshall producían aquel maravilloso sonido robusto, a mitad de camino entre el grito y el zumbido, imposible de conseguir por otros medios.

Lo estábamos pasando en grande. Bebimos una cerveza tras otra, apretujados los dos en la mesa. Salimos a bailar un rato. No pudimos resistirnos. La banda seguía tocando un tema tras otro. El local estaba cada vez más lleno y caluroso. La música era cada vez más rápida y estridente. Las camareras iban y venían al trote, con botellas de cerveza en las bandejas.

Roscoe tenía una pinta espléndida. Su camisa de seda estaba empapada. Y no llevaba nada debajo. Así me lo indicaba el modo en que la seda húmeda se pegaba a su piel. Me sentía en el séptimo cielo. Me encontraba en un anónimo local al viejo estilo con una mujer guapa de verdad y un grupo de música bastante bueno. Joe podía esperar hasta mañana. Margrave estaba a un millón de kilómetros. Mis problemas se habían esfumado. No quería que la velada terminara.

La banda siguió tocando hasta bien entrada la noche. Hasta bastante después de la medianoche. Roscoe y yo estábamos medio borrachos y aturdidos. No era cuestión de volver en coche a Margrave. Estaba lloviendo otra vez, un poco. No me apetecía conducir hora y media bajo la lluvia. No después de haberme metido todas aquellas cervezas en el cuerpo. No quería acabar estrellado contra una cuneta. O metido en un calabozo. Un rótulo indicaba la existencia de un motel a kilómetro y medio. Roscoe sugirió ir allí. Lo dijo entre risitas, como si fuéramos una pareja de adolescentes fugados de casa, o algo por el estilo. Como si la hubiera llevado al otro lado del límite del estado con aquel propósito en mente. No era el caso. Pero tampoco iba a poner objeciones.

Salimos del bar con los oídos zumbándonos y subimos al Bentley. Conduje el gran automóvil con precaución y lentitud durante kilómetro y medio. Vi el motel al frente. Un edificio viejo, bajo y alargado, que se diría salido de una película. Estacioné en el aparcamiento y fui a la recepción. Desperté al encargado nocturno. Pagué lo que me pidió y dije que nos llamara a primera hora de la mañana. Cogí la llave y volví al coche. Lo conduje hasta la entrada de nuestra habitación, aparqué y entramos. El interior era limpio y tan anónimo que bien hubiera podido estar en cualquier otro punto de Estados Unidos. Pero la habitación estaba caldeada y resultaba cómoda, mientras la lluvia tamborileaba sobre el tejado. Y tenía una cama de gran tamaño.

No quería que Roscoe pillara un resfriado. Era mejor que se quitara cuanto antes aquella camisa empapada, y así se lo dije. Me respondió con una risita. Y dijo que no sabía que en el ejército me hubieran enseñado medicina. Respondí que me habían enseñado lo suficiente sobre primeros auxilios.

—¿Te parece que necesito primeros auxilios? —dijo con una nueva risita.

—Vas a necesitarlos muy pronto —respondí siguiéndole la broma— como no te quites esa camisa de una puñetera vez.

Se la quitó. Un momento después estaba encima de ella. Así de guapa y provocativa era aquella mujer. Siempre estaba dispuesta a todo.

Algo después los dos descansamos entrelazados. Y hablamos. Sobre quiénes éramos, sobre lo que habíamos hecho hasta entonces. Sobre quiénes queríamos ser, sobre lo que queríamos hacer en el futuro. Me habló de su familia. La suya era una historia de mala suerte que se remontaba a generaciones atrás. Parecían haber sido gente decente, campesinos, gente que había estado a punto de salir adelante pero que nunca lo había conseguido. Gente que había tenido que luchar en los tiempos difíciles, antes de la llegada de los productos químicos, de la maquinaria, rehenes de las fuerzas de la naturaleza. Cierto viejo antepasado a punto estuvo de hacerse rico, pero terminó por perder todas sus tierras cuando el bisabuelo del alcalde Teale construyó el ferrocarril. Se produjeron algunos desahucios, y la mala sangre se perpetuó en el tiempo, de tal forma que Roscoe hoy amaba Margrave pero detestaba ver a Teale paseándose como si fuera el dueño del pueblo, justo lo que era en realidad, lo que los Teale siempre habían sido.

Le hablé de Joe. Le hablé de cosas que nunca había contado a nadie. Todas las cosas que siempre me había callado. Todo cuanto sentía por él y por qué me sentía obligado a hacer algo por su muerte. Le dije que iba a sentirme feliz al hacerlo. Seguimos hablando largo rato y nos quedamos dormidos el uno en los brazos del otro.

Pareció como si un momento después el encargado estuviera aporreando la puerta para despertarnos. Martes. Nos levantamos un poco aturullados. El sol tenía que vérselas con un amanecer húmedo. Al cabo de cinco minutos estábamos dirigiéndonos al este en el Bentley. El sol continuaba su ascenso y empezaba a resultar cegador al brillar en el parabrisas, que estaba cubierto de rocío.

Terminamos por despertarnos del todo. Cruzamos la frontera del estado y entramos otra vez en Georgia. Cruzamos el río en Franklin. Seguimos avanzando a buena velocidad por el vacío condado rural. Los campos estaban ocultos bajo un etéreo manto de neblina matinal. La neblina pendía sobre la tierra como si fuera vapor. El sol se acabó de levantar y empezó a brillar con mucha fuerza.

Ninguno de los dos hablamos. Queríamos mantenernos en aquella tranquila intimidad durante tanto tiempo como fuera posible. El cercano regreso a Margrave iba a suponer el pinchazo de aquella maravillosa burbuja de paz. Mientras conducía aquel coche imponente por aquellas carreteras rurales deseé que hubiera muchas otras noches como la de ayer. Y muchas otras tranquilas mañanas como esa. Roscoe estaba arrebujada en el gran asiento de cuero a mi lado. Sumida en sus pensamientos. Parecía sentirse muy feliz. Era lo que yo quería.

Volvimos a pasar junto a Warburton a toda velocidad. Sobre la alfombra de la niebla baja, la cárcel parecía flotar como una ciudad de alienígenas. Pasamos junto a la pequeña arboleda que había visto desde el furgón de la prisión. Pasamos junto a las hileras de matas de los campos. Llegamos al cruce y torcimos por la carretera del condado en dirección sur. Dejamos atrás la cafetería de Eno, la comisaría y el cuartel de los bomberos. Enfilamos Main Street. Giramos a la izquierda al llegar a la estatua dedicada al hombre que había rapiñado unas buenas tierras para el ferrocarril. Seguimos por la corta pendiente abajo hasta llegar a la casa de Roscoe. Aparqué junto a la acera y salimos del coche, bostezando y desperezándonos. Intercambiamos sendas sonrisas. Lo habíamos pasado bien. Cogidos de la mano, fuimos andando por el camino del jardín.

La puerta de la casa estaba entreabierta. No demasiado. Unos tres o cuatro centímetros. Estaba entreabierta porque habían roto la cerradura. Alguien se había dedicado a machacarla con una barra de hierro. El destrozo impedía que la puerta se pudiera cerrar del todo. Roscoe se llevó la mano a la boca y ahogó un grito. Tenía los ojos muy abiertos. Su mirada se desplazó de la puerta a mi rostro.

La agarré por el hombro y la aparté a un lado. Nos pegamos a la puerta del garaje. Nos agazapamos. Pegados a las paredes, rodeamos la casa. Escuchando con atención al llegar a cada ventana y arriesgándonos a asomar la cabeza para mirar un momento con rapidez. Volvimos a encontrarnos ante la destrozada puerta principal. Estábamos mojados de resultas de habernos arrodillado en el suelo empapado y de rozarnos con los goteantes arbustos. Nos levantamos. Nos miramos y nos encogimos de hombros. Abrimos la puerta por completo y entramos.

Miramos por todas partes. En la casa no había nadie. No había daños. No se oía ruido alguno. El equipo de música seguía en su lugar, lo mismo que la televisión. Roscoe miró en su armario. El revólver de la policía seguía estando ajustado al cinturón. Miró en los cajones y en su pequeño escritorio. No habían tocado nada. No habían estado buscando nada. No faltaba nada. Nos miramos. Y entonces me fijé en algo que se habían dejado al marchar.

El bajo sol de la mañana entraba por la puerta abierta y trazaba una pequeño rayo de luz en el suelo. Vi que en el parqué había varias pisadas. Muchas pisadas. Varias personas habían entrado por la puerta en dirección a la sala de estar. La línea de las pisadas desaparecía en la gruesa alfombra de la sala de estar. Y reaparecía en el suelo de parqué que conducía al dormitorio. Para después volver por el mismo camino, a través de la sala de estar hasta salir por la puerta de la casa. Las pisadas eran las de unos individuos que habían estado expuestos a la lluvia de la noche. Una ligera película de lluvia embarrada se había secado sobre la madera y había dejado aquellas tenues pisadas. Eran tenues, pero perfectas. Podía ver que habían entrado por lo menos cuatro personas. Cuatro personas que luego se habían marchado. Las pisadas que habían dejado atrás eran inconfundibles. Todas ellas se habían hecho con botas de goma. Como las que usan en invierno en el norte del país.

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