Zona peligrosa

Zona peligrosa


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Habían entrado a por nosotros en mitad de la noche. Decididos a que la sangre corriera en abundancia. Habían venido con todo el equipo. Con las botas de goma y los monos de nailon. Con los cuchillos, el martillo, la bolsa con clavos. Habían venido con la idea de hacernos picadillo, como a Morrison y a su mujer.

Habían abierto una puerta que les estaba prohibida. Era el segundo error fatal que cometían. Ahora eran hombres muertos. Iba a darles caza y a sonreír mientras los veía morir. Porque atacarme a mí venía a ser como atacar a Joe por segunda vez. Él ya no estaba en este mundo para defenderme. Un segundo insulto. Una segunda humillación. No era una cuestión de defensa propia. Se trataba de honrar la memoria de Joe.

Roscoe estaba siguiendo el rastro de las pisadas. Su reacción era típica, la de no darse por enterada. Cuatro hombres se habían presentado para masacrarla en mitad de la noche. Ella lo sabía, pero prefería hacer caso omiso. No pensar en ello. Hacerle frente a la situación no haciéndole frente en absoluto. No era una mala estrategia, pero Roscoe no tardaría en despertar a la cruda realidad. Hasta que llegara ese momento, hacía lo posible por mantenerse ocupada siguiendo las ligeras pisadas impresas en el suelo.

Nos habían estado buscando por toda la casa. Se habían dividido en dos parejas al llegar al dormitorio y habían mirado por todas partes. Tras reagruparse en la sala de estar, se habían marchado. Buscamos más huellas en el camino, pero no había nada. El liso asfalto estaba mojado y desprendía vapor. Volvimos al interior. Los únicos indicios con que contábamos eran la cerradura destrozada y las tenues pisadas por toda la casa.

Ninguno de los dos dijimos palabra. Yo estaba temblando de ira. Sin dejar de mirar a Roscoe. A la espera de que finalmente se viniera abajo. Ella había visto los cadáveres de los Morrison. Yo no. Finlay me había dado los detalles. Era suficiente. Finlay había estado en el lugar de los hechos. Y se había estremecido al ver el panorama. Roscoe también había estado allí. Y había visto con sus propios ojos lo que nos querían hacer a los dos.

—Y bien, ¿a quién andaban buscando? —preguntó finalmente—. ¿A ti, a mí, a los dos…?

—A los dos —respondí—. Se han dicho que Hubble seguramente habló conmigo en la cárcel. Y que yo después te lo conté todo. Piensan que sabemos todo cuanto Hubble sabía.

Asintió con un gesto vago. Se apoyó en el marco de la puerta trasera y contempló el pulcro jardín. Vi que palidecía. Se estremeció. Sus defensas se vinieron abajo. Apoyó la espalda junto a la puerta. Trató de aplastarse contra la pared. Fijó la mirada en el vacío como si estuviera contemplando todos aquellos horrores sin nombre. Rompió a llorar como si tuviera el corazón destrozado. Fui a su lado y la abracé con fuerza. Apreté su pecho contra el mío y seguí abrazado a ella mientras lloraba para liberarse del miedo y la tensión. Siguió llorando largo rato. Su cuerpo estaba ardiendo; daba la impresión de estar muy débil. Sus lágrimas terminaron por empaparme la camisa.

—Gracias a Dios que anoche no estuvimos aquí… —musitó.

Estaba obligado a mostrar seguridad en mí mismo. El miedo no iba a conducirle a ninguna parte. El miedo solo serviría para reconcomerle las energías. Era preciso que plantase cara al miedo. Esta noche iba a tener que plantarle cara otra vez, esta noche y el resto de las noches de su vida.

—Ojalá hubiéramos estado aquí —dije—. Les hubiéramos sacado unas cuantas respuestas.

Me miró como si estuviera loco de atar. Meneó la cabeza.

—¿Y qué hubieras hecho? —preguntó—. ¿Matar a cuatro hombres?

—A tres nada más —respondí—. El cuarto nos hubiera dado esas respuestas.

Lo dije con aplomo absoluto. Con total convicción. Como si la cosa cayera por su propio peso. Me miró. Era lo que yo quería; que se fijara bien en aquel hombre que había sido soldado a lo largo de trece años. Un hombre capaz de matar con las manos desnudas. Con los ojos azules y gélidos. Hice todo cuanto pude por proyectar dicha imagen de invencibilidad, de implacabilidad, de protección. Clavé los ojos en ella sin pestañear en lo más mínimo. Ese truco me había servido para achantar a marines borrachos, aunque fueran de dos en dos. Lo que quería era que Roscoe se sintiera segura. Quería corresponder a todo cuanto me estaba dando. No quería verla asustada.

—Cuatro palurdos tontitos no me dan miedo —dije—. Conmigo lo tienen claro. Me he cargado a gente mucho más peligrosa. Si vuelven por aquí, van a tener que recogerlos con un cubo. Y voy a decirte una cosa, Roscoe, si a alguien se le ocurre pensar en hacerte daño, ese hombre está muerto antes de que termine de pensarlo.

Funcionaba. Estaba convenciéndola. Necesitaba que se sintiera despierta, dura de pelar, con plena seguridad en sí misma. Lo que quería era que se viniera arriba de una vez. Y la cosa estaba funcionando. Sus ojos tan hermosos estaban recobrando el empuje.

—Hablo en serio, Roscoe —dije—. Mientras estés a mi lado no va pasarte nada.

Volvió a mirarme. Se echó el cabello hacia atrás.

—¿Me lo prometes?

—Ya lo creo que sí, monada —respondí. Contuve el aliento.

Suspiró desmañadamente. Se apartó de la pared y dio un paso al frente. Esbozó una sonrisa valerosa. La crisis había quedado atrás. Otra vez estaba en plena forma.

—Eso sí, ahora mismo nos vamos de aquí —dije—. No vamos a quedarnos en la casa para que jueguen al tiro al blanco con nosotros. Así que mete en una bolsa todo cuanto vayas a necesitar.

—Muy bien —convino—. ¿Te parece que antes reparemos la puerta de la casa?

Lo pensé un momento. La pregunta tenía su importancia táctica.

—No —respondí—. Si la arreglamos, daremos a entender que hemos visto el destrozo. Si lo hemos visto, sabemos que estamos en peligro. Es mejor que piensen que no lo sabemos. Porque entonces pensarán que la próxima vez no van a necesitar andarse con cuidado. Así que mejor fingir que no hemos visto lo de la puerta. Que no hemos vuelto a casa. Es mejor hacerse los tontos. Si nos toman por tontos, es muy posible que se pasen de listos. Y la próxima vez nos será más fácil verles venir.

—Muy bien —dijo ella.

No parecía estar convencida del todo, pero tampoco me había dicho que no.

—Así que mete en una bolsa lo que vayas a necesitar —repetí.

No le gustaba la idea, pero fue a recoger sus cosas. Empezaba el juego. Yo no sabía con seguridad quiénes eran exactamente nuestros oponentes. Pero sí sabía jugar a ese juego. La jugada inicial consistía en hacerles pensar que siempre andábamos un paso por detrás de ellos.

—¿Hoy voy a trabajar? —preguntó Roscoe.

—Tienes que hacerlo. Tienes que seguir llevando tu vida normal. Y hemos de hablar con Finlay. Tenemos que conseguir toda la información posible sobre Sherman Stoller. Y no te preocupes, que esa gente no va a dispararnos en plena comisaría. Lo intentarán en un lugar tranquilo y apartado, por la noche seguramente. Teale es el único de los malos que está en la comisaría, así que no te quedes a solas con él. No te separes de Finlay, de Baker o de Stevenson, ¿entendido?

Asintió con un movimiento de la cabeza. Fue a ducharse y a vestirse para el trabajo. Al cabo de veinte minutos salió del dormitorio vestida con el uniforme. Se palpó los bolsillos. Ya estaba lista. Me miró.

—¿Me lo prometes? —preguntó.

Lo dijo en tono de interrogación, pero, a la vez, también de disculpa y de confianza renovada. Le devolví la mirada.

—Ya lo creo que sí —respondí, haciéndole un guiño.

Asintió y me devolvió el guiño. Todo iba a salir bien. Salimos de la casa y dejamos la puerta entreabierta, como la habíamos encontrado.

Escondí el Bentley en el garaje de Roscoe para reforzar la impresión de que no habíamos pasado por la casa. Subimos a su Chevy y decidimos desayunar en la cafetería de Eno. Roscoe arrancó y emprendió el ascenso por la pendiente. El coche daba la impresión de ser muy bajo y liviano en comparación con el viejo Bentley. Una furgoneta estaba viniendo ladera abajo en nuestra dirección. De un bonito color verde oscuro, muy limpia, flamante. En el costado tenía pintada una leyenda en vistosas letras doradas: FUNDACIÓN KLINER. Era una furgoneta como las que había visto que usaban los jardineros.

—¿Qué clase de furgoneta es esa? —pregunté a Roscoe.

Enfiló Main Street en dirección a la cafetería.

—La fundación tiene un montón de furgonetas de ese tipo —me explicó.

—¿A qué se dedica esa fundación?

—A muchas cosas —dijo—. Quien está al frente es el viejo Kliner. El ayuntamiento le vendió las tierras donde están sus almacenes, y como parte del acuerdo se comprometió a establecer unos programas en beneficio del pueblo. El que los dirige es Teale, desde el ayuntamiento.

—¿Teale? —repetí—. Teale es el enemigo.

—Los dirige porque es el alcalde —dijo ella—. No porque sea Teale. Esos programas de ayuda aportan mucho dinero a la comunidad; un dinero que se invierte en el mantenimiento de las calles y zonas ajardinadas, en la biblioteca, en la ayuda a los pequeños negocios, en becas de estudio… El cuerpo de policía también recibe su parte. De hecho, la fundación me ayuda con la hipoteca de mi casa porque estoy en el cuerpo de policía.

—No es de extrañar que Teale sea tan poderoso —observé—. ¿Y qué me dices de ese joven Kliner? El tipo me dijo que me olvidara de ti. Llegó a decirme que tú le pertenecías.

Roscoe se estremeció.

—Es un capullo —dijo—. Yo lo evito como la peste. Y tú tendrías que hacer lo mismo.

Siguió conduciendo, un tanto nerviosa. Miró en derredor una y otra vez, inquieta. Como si se sintiera amenazada. Como si alguien en cualquier momento fuera a plantarse pistola en mano frente al coche. La vida tranquila en aquel pueblo de Georgia había terminado para siempre. La irrupción en su casa de cuatro desconocidos en mitad de la noche había puesto punto final definitivo a aquella plácida existencia.

Entramos en el aparcamiento de la cafetería, y el gran Chevy se balanceó levemente por efecto de la suave suspensión. Salimos y fuimos andando por la gravilla hacia la cafetería. El día era magnífico. La lluvia de la noche había enfriado el ambiente y dejado jirones de nubes en el cielo. Los paneles metalizados del exterior del local reflejaban el mate del cielo. Se diría que la nueva estación había llegado por fin.

Entramos. La cafetería estaba desierta. Nos acomodamos en una mesa, y la camarera con gafas nos trajo café. Pedimos huevos con beicon y distintas guarniciones. Una furgoneta negra llegó por la calle y entró en el aparcamiento. La misma furgoneta que había visto tres días antes. Pero el conductor esta vez era otro. No el joven Kliner. Este hombre era de mayor edad. De poco menos de sesenta años, pero delgado y musculoso. Con el pelo del color del acero y cortado al rape. Vestido con ropas vaqueras, como si fuera un ranchero. Daba la impresión de vivir al aire libre bajo el sol. Su aire imponente y el brillo implacable de su mirada eran perceptibles incluso desde la ventana de la cafetería.

—Ese es Kliner —informó Roscoe—. El viejo Kliner.

Entró por la puerta y se detuvo un instante. Miró a izquierda y derecha, y tomó asiento frente a la barra. Eno salió de la cocina para saludarlo. Los dos estuvieron hablando un momento en voz baja, con las cabezas muy próximas entre sí. Kliner finalmente volvió a erguirse. Su mirada se posó en Roscoe un segundo. Tenía un rostro delgado, liso y duro. Su boca parecía una línea trazada a cuchillo. Sus ojos finalmente me buscaron. Sentí como si un foco estuviera iluminándome. Sus labios esbozaron una sonrisa de curiosidad. Tenía una dentadura impresionante, con largos caninos que se proyectaban hacia el interior y unos incisivos cuadrados y lisos. Amarillentos, como los de un lobo viejo. Sus labios volvieron a cerrarse, y desvió la mirada. Abrió la puerta y fue andando por la gravilla en dirección a la furgoneta. El gran motor rugió, y el vehículo se marchó haciendo saltar la gravilla por los aires.

Miré cómo desaparecía y me giré hacia Roscoe.

—Cuéntame algo más sobre esos Kliner.

De nuevo parecía estar nerviosa.

—¿Por qué? —preguntó—. Nuestras vidas corren peligro… ¿Y lo único que se te ocurre es hablar de los Kliner?

—Estoy buscando información —dije—. Y el apellido Kliner no hace más que aparecer por todas partes. Ese viejo Kliner parece ser un individuo interesante. Y el hijo es un pieza de cuidado. También he visto a la mujer. Parece ser infeliz. Me pregunto si todo esto tiene que ver con alguna cosa.

Se encogió y movió la cabeza.

—No veo por qué —dijo—. En realidad son unos recién llegados, solo llevan cinco años en el pueblo. La familia se hizo rica con el procesado del algodón, hace ya unas cuantas generaciones, allá en Mississippi. Creo que inventaron cierto producto químico que por entonces era novedoso, una fórmula especial. Con cloro o sodio, o algo por el estilo. No estoy segura. Se hicieron de oro, pero con el tiempo tuvieron problemas con el organismo local de protección del medio ambiente, hace unos cinco años o así, por cuestiones de contaminación o algo parecido. Los peces morían por todo el río hasta llegar a Nueva Orleans por culpa de los vertidos.

—¿Y qué pasó?

—Que Kliner trasladó la fábrica —respondió Roscoe—. Cerró la planta en Mississippi y abrió otra igual en Venezuela o un país parecido. Luego trató de diversificar sus negocios. Se presentó aquí, en Georgia, hace cinco años y montó esos almacenes de productos de consumo, de electrónica o algo por el estilo.

—Entonces, ¿la familia no es de aquí?

—Nunca los había visto hasta hace cinco años. No sé mucho de ellos. Pero tampoco he oído nada malo. Parece que Kliner es un tipo de armas tomar, incluso puede que no tenga muchos escrúpulos pero, bueno, digamos que tampoco es un tontito, y a mí con eso ya me vale.

—¿Y cómo es que su mujer parece estar tan asustada? —pregunté.

Roscoe torció el gesto.

—No es que esté asustada —dijo—. Lo que está es enferma. Es posible que tenga miedo porque está enferma. Es posible que le tenga miedo a la muerte, ¿no te parece? Kliner no tiene la culpa.

La camarera llegó con la comida. Comimos en silencio. Las raciones eran enormes. Los fritos estaban bien hechos y los huevos deliciosos. Ese Eno sabía cómo preparar unos buenos huevos. Me hinché a tomar café. La camarera no hacía más que ir y venir con la jarra en la mano.

—¿Eso de Pluribus no te dice nada? —inquirió Roscoe—. ¿No te suena de algo? ¿Del colegio, quizá?

Lo pensé bien.

—¿Es una palabra en latín? —preguntó.

—Forma parte del lema de Estados Unidos, ¿no? —apunté—. E Pluribus Unum. Significa: «A partir de muchos, uno». Una nación formada por muchas antiguas colonias.

—Entonces, ¿eso de Pluribus significa «muchos»? ¿Es que Joe sabía latín?

Me encogí de hombros.

—No tengo ni idea —reconocí—. Pero es probable. Joe siempre fue muy listo. Es posible que supiera algunas frases en latín. No estoy seguro.

—Ya —convino Roscoe—. ¿Se te ocurre alguna otra razón para que Joe viniera aquí?

—El dinero, de una forma u otra —respondí—. Es lo único que se me ocurre. Joe trabajaba para el Departamento del Tesoro, o eso tengo entendido. Hubble trabajaba en un banco. El único punto en común es el dinero. Es posible que los de Washington puedan aclarárnoslo. Si no pueden, vamos a tener que empezar de cero.

—Muy bien —dijo ella—. ¿Necesitas alguna cosa en particular?

—Voy a necesitar el atestado de esa detención en Florida —contesté.

—¿La detención de Sherman Stoller? De eso hace dos años…

—Por algo hay que empezar.

—De acuerdo. Voy a pedirlo. —Se encogió de hombros—. Llamaré a Florida. ¿Alguna cosa más?

—Necesito un arma.

No respondió. Dejé un billete de veinte en la mesa de formica. Fuimos andando hacia el Chevrolet sin distintivos.

—Necesito un arma —repetí—. Estamos hablando de un asunto muy serio, ¿no crees? Y por eso voy a necesitar una pistola. No puedo ir a una tienda a comprarla. No llevo encima documentos de identificación de ningún tipo.

—Muy bien —convino—. Voy a conseguírtela.

—No tengo permiso de armas —dije—. Tendrás que hacerlo sin que se enteren los demás.

Asintió con la cabeza.

—No hay problema —dijo—. Nadie va a enterarse.

Nos dimos un largo beso apasionado en el aparcamiento de la comisaría. Salimos del coche y cruzamos una de las puertas de cristal. Y nos tropezamos con Finlay, que venía en dirección a la salida.

—He de volver al depósito de cadáveres —explicó—. Ustedes dos vénganse conmigo. Tenemos que hablar. De bastantes cosas.

Salimos otra vez al nublado exterior. Volvimos a subirnos al Chevy de Roscoe, quien de nuevo se situó frente al volante. Me senté en el asiento trasero, mientras Finlay se acomodaba junto a Roscoe. El coche se puso en marcha, y Finlay se volvió hacia nosotros dos.

—Han llamado del Departamento del Tesoro y me han tenido un largo rato al teléfono —nos contó—. Veinte minutos o media hora. Tenía miedo de que Teale apareciese en cualquier momento.

—¿Qué han dicho? —pregunté.

—Nada —respondió él—. Media hora hablando, y no me han dicho nada.

—¿Nada? ¿Qué quiere decir con eso?

—Que no han querido decirme nada —aclaró—. Que exigen un puto montón de peticiones formales por parte de Teale antes de decirme una sola palabra.

—Pero le han confirmado que Joe trabajaba para ellos, ¿no?

—Sí, eso sí que me lo han dicho —respondió Finlay—. Entró a trabajar en el departamento hace diez años, procedente de Inteligencia militar. Ellos mismos fueron quienes lo buscaron. Tenían sus propias razones para hacerlo.

—¿Qué razones eran esas? —pregunté.

—No han querido decírmelo —repuso—. Hace un año justo que su hermano se puso a trabajar en un nuevo caso muy especial, pero el asunto es secreto. Está claro que Joe era una figura importante en el departamento, Reacher. Tendría que haber oído cómo hablaban de él. Como si fuera el mismísimo Dios.

Guardé silencio un momento. Yo lo había estado ignorando todo sobre la vida de Joe. Lo que se dice todo.

—¿Eso es todo…? —pregunté—. ¿Eso es todo cuanto ha conseguido averiguar?

—No —respondió—. Continué insistiendo, y al final me pusieron con una mujer llamada Molly Beth Gordon. ¿Ha oído ese nombre antes?

—No. ¿Tendría que haberlo oído?

—Parece ser que Gordon estaba muy unida a Joe —dijo Finlay—. Es posible que hubiera algo entre ellos. La mujer estaba muy alterada. No paraba de llorar.

—¿Y qué le dijo?

—Nada —respondió él—. No estaba autorizada. Pero se comprometió a contarle a usted todo cuanto pudiera. Dijo que era una irregularidad, pero que lo haría en atención a que es el hermano menor de Joe.

Asentí con la cabeza.

—Entendido —dije—. Eso está mejor. ¿Cuándo tengo que hablar con ella?

—Llámela hacia la una y media. A la hora del almuerzo. Parece que en ese momento no hay nadie en su oficina. Está corriendo muchos riesgos, pero está dispuesta a hablar con usted. Eso me dijo al menos.

—Entendido —repetí—. ¿Le dijo alguna cosa más?

—Se le escapó una cosa. Al parecer estaba previsto que Joe contara todo cuanto sabía en una reunión el próximo lunes por la mañana.

—¿El lunes? —Dije—. ¿Justo después del próximo domingo?

—Correcto —repuso Finlay—. Parece que Hubble tenía razón. Hay algo que va a suceder este domingo o poco antes. Fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, Joe tenía claro que para entonces sabría si estaba ganando o perdiendo la partida. Pero Gordon no me dijo más. No estaba en absoluto autorizada a hablar conmigo, y daba la impresión de que había gente cerca que podía estar escuchando. Así que llámela, Reacher, pero no se haga demasiadas ilusiones. Es posible que no sepa nada. La mano izquierda no sabe lo que hace la derecha… Ya sabe usted lo secretista que es esa gente.

—La burocracia… —observé—. ¿Para qué carajo sirve? Muy bien, más vale seguir dando por sentado que estamos solos en este asunto. De momento, por lo menos. Aunque vamos a tener que recurrir a Picard otra vez.

Finlay asintió con un gesto.

—Picard hará lo que esté en su mano. Anoche me llamó. La familia Hubble está en lugar seguro. Por el momento él se ha apartado, pero si lo necesitamos, podemos contar con él.

—Sería conveniente que investigara los últimos movimientos de Joe —le aconsejé—. Joe tuvo que haber usado un coche. Seguramente llegó a Atlanta en avión desde Washington, se alojó en un hotel y alquiló un coche, ¿no le parece? Lo más seguro es que viniera en coche a Margrave el jueves por la noche. Y que lo dejara aparcado en algún lugar. Lo que puede ayudarnos a dar con el hotel. Y es posible que Joe dejara algunas cosas en su habitación en ese hotel. Documentos, quizá.

—Picard no puede hacer eso —objetó Finlay—. El FBI no cuenta con medios para ir buscando coches abandonados. Y nosotros tampoco podemos hacerlo, al menos mientras Teale siga rondando por la comisaría.

Me encogí de hombros.

—Pues vamos a tener que hacerlo —dije—. No nos queda otro remedio. Hable con Teale y cuéntele un cuento chino. Dígale que es de suponer que el recluso evadido que según él acabó con los Morrison seguramente utilizó un coche de alquiler. Dígale que necesita comprobarlo. Teale no puede decirle que no, pues eso vendría a cuestionar la veracidad de su propia historia, ¿no le parece?

—De acuerdo —dijo Finlay—. Voy a intentarlo. Igual funciona y todo.

—Joe sin duda tenía varios números de teléfono —afirmé—. El número que encontraron metido en su zapato estaba en un trozo de papel de impresora, ¿no? Pues bueno, ¿dónde está el resto de ese papel? Apuesto a que en la habitación de su hotel, olvidado sobre la mesa, cubierto de números de teléfono.

Excepto el de Hubble, que fue arrancado de la parte superior del papel. Si encuentra el coche, presione a Picard para que encuentre ese hotel por medio de la agencia de alquiler, ¿entendido?

—Entendido —repuso Finlay—. Haré lo que pueda.

Al llegar a Yellow Springs, torcimos por el camino de acceso al hospital. Aminoramos para superar los badenes, entramos en el aparcamiento de la parte posterior y aparcamos junto a la puerta del depósito de cadáveres. No quería entrar. Joe seguía allí. Mi mente rememoró los preparativos de anteriores funerales. Hasta la fecha nunca había tenido que encargarme personalmente. El Cuerpo de Infantería de Marina se había ocupado del de mi padre, y Joe del de mi madre.

Pero salí del coche con los dos, y fuimos andando hacia la puerta. El aire era frío. Entramos. Encontramos el camino que llevaba al despacho destartalado. El mismo médico forense de la vez anterior estaba sentado tras el escritorio. Llevaba la misma bata blanca y lucía la misma expresión cansada en el rostro. Nos invitó a entrar con un gesto. Entramos y nos sentamos. Yo lo hice en un taburete. No quería volver a tomar asiento junto al fax. El forense nos miró por turnos. Lo miramos.

—¿Qué tiene para nosotros? —preguntó Finlay.

El fatigado hombre, sentado tras el escritorio, se dispuso a responder. Como quien se dispone a pronunciar una conferencia. Cogió tres carpetas que tenía a la izquierda y las dejó sobre el tapete protector del escritorio. Abrió la que estaba encima. Cogió la segunda y también la abrió.

—El matrimonio Morrison. El hombre y la mujer.

Volvió a mirarnos por turnos. Finlay asintió.

—Torturados y asesinados —indicó—. La secuencia de los hechos está muy clara. A la mujer la sujetaron. Dos hombres, diría, uno por cada brazo. Se los agarraron y retorcieron. Hay fuertes contusiones en los brazos y antebrazos, así como ciertas lesiones en los ligamentos de resultas de haberle retorcido los brazos. Está claro que las contusiones fueron teniendo lugar desde que la agarraron por primera vez hasta que la mujer murió. Los moretones cesan cuando la sangre termina de circular, ¿me explico?

Asentimos sin decir palabra. Se explicaba.

—Diría que transcurrieron unos diez minutos —continuó—. Desde el principio hasta el final. A la mujer la sujetaron con violencia. Al hombre lo clavaron a la pared. Creo que ambos estaban desnudos. Cuando los sorprendieron llevaban unos batines, ¿no es así?

—Unos albornoces —dijo Finlay—. Estaban desayunando.

—Bueno, pues los albornoces se los quitaron al momento —dijo el forense—. Al hombre lo clavaron a la pared, aunque sus pies rozaban el suelo. A continuación fueron a por sus genitales. Le sajaron el escroto. La autopsia indica que a la mujer la obligaron a tragarse los testículos amputados.

En el despacho se hizo el silencio. Un silencio sepulcral. Roscoe me miró. Un largo instante. Hasta que sus ojos volvieron a posarse en el forense.

—Los he encontrado en el estómago —aclaró el médico.

Roscoe estaba tan blanca como la bata del forense. Durante un momento pensé que iba a caerse del taburete. Cerró los ojos sin decir palabra. Estaba visualizando lo que tenían previsto hacernos la noche pasada.

—¿Y? —dijo Finlay.

—A la mujer la mutilaron —prosiguió el forense—. Le cortaron los pechos, le infligieron daños en la región genital, le rebanaron el cuello. A continuación le cortaron el cuello al hombre. Esa fue la última herida causada por los asesinos. Así lo indicaba el chorro arterial del cuello, situado por encima de todas las demás manchas de sangre que había en la habitación.

En el despacho se produjo un silencio mortal. Un silencio prolongado.

—¿Qué armas emplearon? —pregunté.

El hombre sentado tras el escritorio fijó en mí su mirada exhausta.

—Un objeto afilado, naturalmente —dijo con una pequeña sonrisa sin alegría—. Recto, de unos diez o doce centímetros de largo.

—¿Una navaja barbera? —pregunté.

—No —contestó—. Desde luego que fue algo tan afilado como una navaja barbera, pero era rígido, y con doble filo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque hay indicios de que fue utilizado por uno y otro lado —dijo el forense, haciendo un gesto con la mano—. Así. Al cortar los pechos de la mujer. Cortaron por uno y otro lado. Como quien corta filetes de una pieza de salmón.

Asentí. Roscoe y Finlay guardaron silencio.

—¿Qué sabe sobre el otro hombre? —pregunté—. ¿Stoller?

El forense apartó a un lado las dos carpetas correspondientes a los Morrison y abrió la tercera. Echó un vistazo y me miró. Esta tercera carpeta era más gruesa que las dos anteriores.

—¿Se llamaba Stoller? —dijo—. Aquí consta como «sin identificar».

Roscoe alzó la mirada.

—Le enviamos un fax —contestó—. Ayer por la mañana. Encontramos la correspondencia con sus huellas.

El forense rebuscó por el escritorio desordenado. Encontró un fax. Lo leyó y asintió. Tachó el «sin identificar» que constaba en la carpeta y escribió: «Sherman Stoller» en la parte de arriba. Otra vez esbozó una pequeña sonrisa sin alegría.

—Este hombre está aquí desde el domingo —explicó—. He podido examinarle más a fondo, ya me entienden. Está un poco mordisqueado por las ratas, pero en un estado bastante menos malo que el de los Morrison.

—¿Y qué nos puede decir de él? —pregunté.

—Ya hemos hablado de las balas, ¿no? No hay más que añadir sobre la causa de la muerte.

—Pero ¿qué más sabe?

La carpeta era demasiado gruesa para limitarse a contener la información sobre los disparos, la fuga desesperada y la muerte por desangramiento. Estaba claro que el forense tenía más cosas que contarnos. Vi que llevaba los dedos a los papeles y presionaba ligeramente con las yemas. Como si estuviera tratando de dar con unas vibraciones o leer un texto escrito en braille.

—Este hombre era camionero de profesión.

—¿Camionero?

—Eso creo —dijo el forense en tono convencido.

Finlay levantó la mirada. La cosa le interesaba. Era evidente que los procesos deductivos lo fascinaban. Lo había visto cuando lo sorprendí con mis deducciones sobre su paso por Harvard, su reciente divorcio y su decisión de dejar de fumar.

—Continúe —le instó Finlay.

—En pocas palabras —dijo el forense—. He dado con algunos indicios que así lo señalan. Tenía un trabajo sedentario, pues tenía la musculatura y las nalgas flojas. Las manos un tanto redondeadas, con bastantes restos antiguos de gasóleo incrustados en la piel. También había muchos rastros de gasóleo en las suelas de sus zapatos. Los órganos internos indicaban que se alimentaba mal y seguía una dieta rica en grasas. Asimismo he encontrado un nivel más bien alto de sulfuro de hidrógeno en la sangre y en los tejidos. Este hombre se pasaba la vida en la carretera, expuesto a los humos de un montón de tubos de escape. He adivinado que era camionero por la abundante presencia de gasóleo.

Finaly indicó su conformidad con un gesto. Hice otro tanto. Stoller había llegado al depósito de cadáveres sin nada que hablara de su persona, sin documento de identidad, sin historial de ningún tipo, tan solo con un reloj en la muñeca. Ese forense era muy bueno. Nos contempló mientras asentíamos aprobando sus conclusiones. Parecía sentirse complacido. Y daba la impresión de que tenía más cosas que decir.

—Sin embargo, este camionero llevaba algún tiempo sin trabajar —agregó.

—¿Por qué? —preguntó Finlay.

—Porque todos esos indicios y trazas son un tanto antiguos —aclaró el forense—. Diría que durante mucho tiempo estuvo conduciendo camiones, pero que luego dejó de hacerlo. Que apenas estuvo al volante durante los últimos nueve o doce meses. Así que diría que era camionero… Pero un camionero desempleado.

—Muy bien, doctor, buen trabajo —lo felicitó Finlay—. ¿Tiene copias para nosotros de cuanto acaba de explicar?

El forense le pasó un sobre de buen tamaño a través del escritorio. Finlay se acercó y lo cogió. Nos levantamos. Quería irme de allí cuanto antes. No quería ver más cuerpos destrozados. Roscoe y Finaly se dieron cuenta y asintieron en silencio. Nos fuimos a toda prisa, como si tuviéramos una cita y llegáramos con retraso. Sentado tras el escritorio, el forense ni se inmutó. El hombre había visto marcharse de su despacho a un montón de personas que parecían llegar con retraso a una cita.

Subimos al coche de Roscoe. Finlay abrió el gran sobre y sacó la información sobre Sherman Stoller. La dobló y se la metió en el bolsillo.

—Algo tenemos, de momento —observó—. Es posible que esto nos lleve a alguna parte.

—Voy a hacer que los de Florida me envíen ese atestado de detención —dijo Roscoe—. Y seguramente encontraremos su dirección. Un camionero ha de constar en muchos sitios, ¿no? En el listado de afiliados al sindicato, en el seguro médico de turno, en el registro de permisos de conducir… Creo que será fácil encontrar más información.

Hicimos el trayecto de regreso a Margrave en silencio. En la comisaría tan solo estaba el sargento del mostrador de recepción. Era la hora del almuerzo en Margrave, lo mismo que en Washington. Ambas poblaciones se encontraban en el mismo huso horario. Finlay me pasó un papelito que llevaba en un bolsillo y se fue a montar guardia en la puerta del despacho decorado en madera de palisandro. Entré y me dispuse a llamar a la mujer que posiblemente fuera la amante de mi hermano.

El número facilitado por Finlay era el de la extensión directa de Molly Beth Gordon. Respondió al primer timbrazo. Le di mi nombre. Se puso a llorar.

—Habla usted igual que Joe… —dijo.

No respondí. No tenía ganas de hundirme en el baúl de los recuerdos. Y ella tampoco tendría que tenerlas, teniendo en cuenta que estaba extralimitándose en sus funciones y corría peligro de que la oyeran. Mejor haría en decirme lo que tuviera que decirme y colgar cuanto antes.

—Y bien, ¿qué estaba haciendo Joe en un pueblo como este? —pregunté.

Reprimió un gemido, y su voz de pronto me llegó con claridad.

—Estaba llevando a cabo una investigación —dijo—. Aunque no sé que era exactamente lo que andaba investigando.

—Pero ¿qué clase de asunto estaba investigando? O, dicho de otra forma, ¿a qué se dedicaba Joe?

—¿Es que no lo sabe?

—No —reconocí—. No nos resultaba fácil seguir en contacto, me temo. Así que va a tener que explicármelo todo desde el principio.

Una larga pausa al otro lado de la línea.

—Muy bien —repuso Molly—. No tendría que decírselo. No tengo autorización. Pero voy a hacerlo. Dinero falsificado. Joe dirigía la sección del Tesoro encargada de combatir la falsificación de billetes.

—¿Dinero falsificado?

—Sí. Joe era el jefe de la sección. Estaba al frente de todos los operativos. Joe era un hombre excepcional, Jack.

—Pero ¿por qué estaba aquí, en Georgia? —Quise saber.

—No lo sé —respondió ella—. No tengo ni idea. Pero voy a tratar de averiguarlo para usted. Puedo copiar sus archivos. Sé cual es la contraseña de su ordenador.

Se produjo una nueva pausa. Ahora sabía algo con certeza sobre Molly Beth Gordon. Yo había dedicado mi tiempo a las contraseñas de ordenador. Todo policía militar tiene que hacerlo. Había estudiado la psicología. La mayor parte de los usuarios eligen mal. Muchos de ellos escriben la puñetera palabreja en un papelito amarillo adhesivo que luego pegan junto a la pantalla del ordenador. Los que son más listos escriben el nombre de su cónyuge, el de su perro, el de su coche preferido o el nombre de la isla en la que estuvieron en luna de miel o en la que se follaron a su secretaria. Los que se creen aún más listos escriben números, y no letras, pero escogen la fecha de su cumpleaños, su aniversario de boda o algo igualmente facilón. Si consigues averiguar algo sobre el usuario, lo normal es que tengas bastantes probabilidades de dar con su contraseña.

Pero eso no hubiera funcionado con Joe. Mi hermano era un profesional que había trabajado en Inteligencia militar durante buena parte de su vida. Su contraseña sería una mezcla aleatoria de números, letras, signos de puntuación, mayúsculas y minúsculas. Imposible de adivinar. Si Molly Beth Gordon sabía cuál era su contraseña, era porque Joe se la había dicho. No había otra explicación. Joe confiaba en ella. Estaba unida a ella de verdad. Puse algo de ternura al decir:

—Molly, eso sería estupendo. Necesito conseguir esa información como sea.

—Lo suponía —repuso—. Espero disponer de ella mañana. Volveré a llamarles, tan pronto como pueda. Tan pronto como sepa alguna cosa.

—¿Es que en Margrave pueden estar falsificando billetes de banco? —pregunté—. ¿Puede tratarse de eso?

—No —dijo—. Las cosas no funcionan así. Al menos dentro de Estados Unidos. Resulta ridícula esa imagen que tiene la gente de unos tipos malencarados que se dedican a imprimir billetes falsos en un sótano. No es así como funcionan las cosas. Porque Joe se encargó de que dejaran de funcionar de esa forma. Su hermano era un genio, Jack. Hace unos años estableció ciertos protocolos en lo referente al papel y las tintas especiales, de tal forma que si a alguien se le ocurre la idea, se le cae el pelo en cuestión de días. El sistema es seguro al cien por cien. En Estados Unidos ya nadie imprime dinero falso. Joe se ocupó de ello. Las falsificaciones se efectúan en el extranjero. Todos los billetes falsos que detectamos vienen de fuera. Eso era lo que Joe estuvo persiguiendo durante años. El dinero falso procedente del extranjero. No sé por qué razón concreta estaba en Georgia. Pero mañana voy a averiguarlo. Se lo prometo.

Le di el número de la comisaría y le pedí que no hablara con nadie que no fuera yo, Roscoe o Finlay. Molly colgó al momento, como si alguien hubiera aparecido de pronto. Seguí sentado un rato, tratando de imaginar qué aspecto tendría aquella mujer.

Teale había vuelto a la comisaría, en compañía del viejo Kliner. Estaban hablando junto al mostrador de la entrada, con aire confidencial. Kliner estaba dirigiéndose a Teale del mismo modo en que se había dirigido a Eno en la cafetería. Quizá se tratara de algún asunto relativo a la fundación. Roscoe y Finlay se encontraban junto a las celdas. Me acerqué. Me situé entre ambos y les expliqué en voz baja:

—Dinero falso. Todo esto tiene que ver con la falsificación de billetes de banco. Joe estaba al cargo de la sección del Departamento del Tesoro encargada de perseguir las falsificaciones. ¿Alguna vez han oído hablar de un asunto parecido en este pueblo?

Se miraron y respondieron que no en silencio. Oí que una de las puertas de cristal se abría. Kliner estaba saliendo de la comisaría. Teale echó a andar en nuestra dirección.

—Me largo —les indiqué.

Pasé junto a Teale y me dirigí a la puerta. Kliner estaba en el aparcamiento, de pie junto a la furgoneta negra. Esperándome. Sonrió. Mostrando sus dientes de lobo.

—Siento lo de su hermano.

Su voz era tranquila y bien modulada. La propia de un hombre con estudios. Algo sibilante. Una voz que no encajaba del todo con su imagen de hombre de campo.

—Mi hijo está disgustado con usted.

Me miró. En sus ojos había una especie de fuego. Me encogí de hombros.

—El chaval fue el primero en disgustarme a mí —le contesté.

—¿Cómo es eso? —preguntó Kliner en tono imperioso.

—Puede ser que por el simple hecho de existir.

Me fui andando por el aparcamiento. Kliner subió a la furgoneta. La puso en marcha y salió disparado. Se dirigió al norte. Yo me dirigí al sur. Eché a andar hacia la casa de Roscoe. Llegué en unos diez minutos. Saqué el Bentley del garaje. Conduje el coche cuesta arriba y llegué a Main Street. Iba mirando a uno y otro lado, tratando de dar con la tienda de ropa. Estaba tres puertas más allá de la barbería. Aparqué el Bentley y entré. Utilicé el dinero para gastos que me había dado Charlie Hubble y compré al encargado —un hombre de aspecto tristón— un par de pantalones, una camisa y una americana beige de algodón, la prenda más formal que estaba dispuesto a vestir. Sin corbata. Me puse las nuevas ropas en el probador. Metí las viejas en una bolsa, que dejé en el interior del Bentley.

Fui tres puertas más abajo y me planté ante la barbería. El más joven de los dos viejos iba a salir por la puerta. Se detuvo y puso su mano en mi brazo.

—¿Cómo se llama usted, hijo?

No había motivo para que no se lo dijera, o eso pensé.

—Jack Reacher.

—¿Tiene unos amigos hispanos en este pueblo?

—No —respondí.

—Bueno, pues ahora sí que los tiene. Dos tipos que andan preguntando por usted.

Lo miré. Sus ojos escudriñaron la calle.

—¿Quiénes son esos dos tipos?

—Nunca los había visto hasta ahora —dijo—. Dos tipos bajitos, vestidos con camisas chillonas, que van en un coche marrón. Han estado preguntando por Jack Reacher por todas partes. Les hemos dicho que nosotros no conocemos a ningún Jack Reacher.

—¿Cuándo han venido?

—Esta mañana. Después del desayuno.

—Entendido —dije, moviendo la cabeza—. Gracias.

El viejo me abrió la puerta.

—Pase, por favor —me invitó—. Mi compañero se ocupará de usted. Aunque se ha puesto un poco nervioso. Será que se hace mayor.

—Gracias —repetí—. Hasta la vista.

—Eso espero, amigo.

Se marchó por Main Street. Entré en la barbería. El más viejo de los dos barberos se encontraba en el interior. El hombrecillo contrahecho cuya hermana había cantado con Blind Blake. No había ningún otro cliente. Saludé al barbero con un gesto de la cabeza y me senté en el sillón.

—Buenos días, amigo mío —dijo.

—¿Es que se acuerda de mí? —pregunté.

—Claro que sí —respondió—. Fue nuestro último cliente. Nadie más ha pasado por aquí.

Le pedí que me afeitara, y empezó a preparar la espuma.

—¿Dice que fui su último cliente? Pero si estuve aquí el domingo… Y hoy es martes. ¿El negocio siempre va así de mal?

El viejo se detuvo e hizo un gesto con la navaja de afeitar.

—Va así de mal desde hace años —comentó—. El viejo alcalde no viene por aquí, y todos los blancos del pueblo hacen lo que hace el alcalde. Con la salvedad del señor Gray, el de la comisaría, que siempre venía tan puntual como un reloj, tres o cuatro veces por semana, hasta que se ahorcó. Que Dios se apiade de él. Es usted el primer hombre blanco que ha entrado aquí desde febrero pasado, fíjese.

—¿Cómo es que Teale no viene a su barbería?

—Diría que ese hombre tiene un problema —explicó el viejo—. Creo que no le hace gracia eso de estar sentado en el sillón y cubierto de espuma junto a un hombre de raza negra con una navaja en la mano. Quizá tiene miedo de que pueda pasarle algo malo.

—¿Es que podría pasarle algo malo?

El viejo soltó una risita seca.

—Es posible que el riesgo sea muy serio —dijo—. El muy cabrón…

—¿Y tienen bastantes clientes negros para ganarse la vida?

Me puso la toalla sobre los hombros y empezó a cubrirme de espuma con la brocha.

—Amigo, no nos hacen falta clientes para ganarnos la vida.

—¿No? ¿Y cómo es eso?

—Porque tenemos una subvención de la comunidad.

—¿En serio? ¿Y a cuánto sube?

—A mil dólares —contestó.

—¿Quién le paga ese dinero?

Empezó a afeitarme la barbilla. La mano le temblaba.

—La fundación Kliner —murmuró—. Por medio de su programa de ayuda a la comunidad. Es una subvención al negocio. Todos los que tienen tiendas y demás reciben una subvención. Llevan cinco años pagándonosla.

—Eso es bueno —convine—. Pero con mil dólares al año no les llegará para ganarse la vida. Es mejor que nada, pero todavía necesitan que vengan clientes, ¿no?

Solo estaba charlando por charlar, como suele hacerse en las barberías. Pero el viejo de pronto empezó a inquietarse, y mucho. La mano le temblaba, y tuvo problemas para terminar de afeitarme. Yo tenía la mirada fija en el espejo. Después de lo sucedido la víspera, sería tremendo que me cortaran el cuello por accidente.

—La verdad es que no tendría que explicarle todo esto —murmuró—. Pero como veo que es amigo de mi hermana, voy a contarle un secreto de los gordos.

El hombre se confundía. Yo no era amigo de su hermana. No la había visto en la vida. Sencillamente él me había hablado de ella, y eso era todo. El hombre seguía allí plantado con la navaja de afeitar. Nos estábamos mirando a través del espejo. Como cuando estuve con Finlay tomando un café en el pequeño supermercado.

—No nos pagan mil dólares al año —musitó. Acercó los labios a mi oreja y agregó—: Nos pagan mil dólares por semana.

Empezó a reírse solo, de forma incontenible. Me limpió la poca espuma que quedaba en mi rostro. Me pasó un paño húmedo y caliente por la cara. Y me quitó la toalla de los hombros como si fuera un mago de circo en plena actuación.

—Por eso no nos hacen falta clientes —rio.

Le pagué y fui hacia la puerta. Aquel tipo estaba loco.

—Dele saludos a mi hermana —dijo a mi espalda.

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