Zona peligrosa

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Las cosas no funcionaron entre Roscoe y yo. Estaba claro que no iban a funcionar. Los problemas eran demasiados. La cosa duró algo más de veinticuatro horas, y luego terminó. Volví a encontrarme en la carretera.

Eran las cinco de la mañana del domingo cuando arrastramos la pesada cómoda por el pasillo y la usamos para mantener cerrada la puerta rota de la casa. Los dos estábamos exhaustos. Pero la adrenalina seguía bombeando dentro de nosotros, de forma que no pudimos pegar ojo. Lo que hicimos fue hablar. Y cuando más estuvimos hablando, más se fue complicando la situación.

Roscoe había estado secuestrada durante casi sesenta y cuatro horas. No la habían maltratado. Me aseguró que no le habían tocado un pelo. Estaba aterrada, pero se limitaron a utilizarla como una esclava. Picard se la había llevado en coche el jueves. Yo mismo les había visto irse juntos. Me había despedido personalmente de ellos. Un kilómetro y medio después de haber salido del pueblo, Picard se detuvo y la encañonó. La desarmó, la esposó y la condujo al almacén. Entró por el portón, y al momento pusieron a trabajar a Roscoe junto con Charlie Hubble. Las dos estuvieron en el almacén todo el tiempo que pasé observando el edificio desde mi escondite bajo la autopista. La propia Roscoe fue quien descargó el camión pintado de rojo con el que Kliner hijo se presentó ese día. El camión que estuve siguiendo hasta el área de descanso cercana a Memphis, que yo había descubierto con asombro que estaba vacío.

Charlie Hubble llevaba cinco días y medio trabajando en el almacén sin parar. Desde el lunes por la noche. A Kliner por entonces ya le había entrado el pánico. La cancelación del operativo de los guardacostas iba a tener lugar antes de lo que había supuesto. Y Kliner tenía claro que era preciso trabajar sin descanso para meter en las cajas de cartón los billetes amontonados en el almacén. Razón por la que Picard llevó a los Hubble directamente al almacén. Donde Kliner los puso a trabajar de inmediato. Apenas si habían dormido unas pocas horas por las noches, tumbados sobre los montones de billetes, esposados a los barrotes de la escalera metálica que llevaba al despacho.

El sábado por la noche, después de que su hijo y los dos vigilantes del edificio no volvieran, Kliner terminó por perder la cabeza. Ya no le quedaba un solo empleado. E hizo que sus rehenes se pusieran a trabajar sin el menor descanso. El sábado por la noche no durmieron en absoluto. Tuvieron que seguir con la ingrata labor de meter en cajas los incontables montones de billetes de banco. Y el retraso cada vez era mayor. Cada vez que un nuevo camión llegaba y descargaba otra gran pila de billetes en el suelo del almacén, Kliner se ponía más frenético.

Así que Roscoe había estado trabajando como una esclava durante casi tres días enteros. Temiendo por su vida, en serio peligro, exhausta y humillada durante tres largos días. Y la culpa había sido mía, como le dije. Así se lo repetí en varias ocasiones, y ella una y otra vez me dijo que no me lo echaba en cara. «Lo siento», le decía yo. «No tienes por qué», respondía ella.

Nos escuchamos el uno al otro. Aceptamos lo que el otro tenía que decir. Pero yo seguía pensando que la culpa había sido mía. Y no estaba seguro al cien por cien de que ella en realidad no estuviera pensando lo mismo. Por mucho que dijera lo contrario. No llegamos a discutir, pero fue el primer indicio de que entre nosotros había un problema.

Nos duchamos en la pequeña cabina del cuarto de baño. Estuvimos bajo el chorro durante casi una hora, enjabonándonos el uno al otro, quitándonos el pestazo a dinero, a sudor y a fuego. Seguíamos conversando. Le conté lo sucedido el viernes por la noche, la emboscada bajo la lluvia en la casa de Hubble. No escatimé detalle. Mencioné los sacos con los afilados cuchillos, el martillo y los clavos. Le expliqué lo que les hice a aquellos cinco sujetos. Pensaba que se alegraría de saberlo.

Y ese fue el segundo problema. No parecía serlo mientras el chorro de agua caliente seguía cayendo sobre nuestros cuerpos. Pero detecté algo en su voz. Un ligero temblor. Un matiz que no era de asombro o desaprobación, sino que venía a ser el apunte de una pregunta. ¿No había ido demasiado lejos? Fue algo que oí en su voz.

Yo me decía que había hecho todas aquellas cosas por ella y por Joe. No porque hubiera tenido ganas de hacerlas. Todo tenía que ver con lo sucedido a Joe, con el hecho de que ese era el pueblo de Roscoe y esa era su gente. Las había hecho porque en su momento la había visto apoyarse contra la pared de la cocina, llorando con desespero. Las había hecho por Joe y por Molly. Aunque yo en el fondo consideraba que no tenía por qué justificar mis acciones, me decía que esas eran las razones por las que había hecho todas aquellas cosas.

En aquel momento no parecía que fuese un problema. La ducha hizo que nos relajáramos. El vapor devolvió el color a nuestras pieles. Fuimos a la cama. Dejamos las cortinas abiertas. El día era magnífico. El sol relucía en lo alto del diáfano cielo azul, y el aire olía a fresco y a limpio. Todo apuntaba a un nuevo día en nuestras vidas.

Hicimos el amor con gran ternura, con gran energía, con gran alegría. Si alguien en ese momento me hubiera dicho que al día siguiente iba a encontrarme otra vez en la carretera, lo habría tomado por loco. Yo me decía que no había ningún problema en absoluto, que mi imaginación estaba jugándome malas pasadas. Y que si, de hecho, había un problema, las verdaderas razones eran fáciles de entender: la resaca del estrés y el subidón de adrenalina. La fatiga absoluta, quizá. El hecho de que Roscoe hubiera estado secuestrada. Era posible que estuviera reaccionando como reaccionan muchas víctimas de secuestros: con cierta desconfianza hacia quienes no han compartido su experiencia. Con cierto resentimiento hacia los demás. Era posible que dicho resentimiento estuviera alimentando los remordimientos que yo sentía por haber dejado que la secuestraran. Podían ser muchas otras cosas. Me dormí con la seguridad de que despertaríamos felices, de que iba a quedarme en aquella casa para siempre.

Despertamos felices. Dormimos hasta media tarde. Pasamos un par de maravillosas horas desperezándonos, besándonos y riendo, iluminados por el sol de la tarde, que daba de lleno en la ventana. Volvimos a hacer el amor. Nos alimentaba la alegría de sabernos vivos y seguros, juntos los dos. Nunca antes habíamos hecho el amor tan bien. Pero era la última vez que lo hacíamos. En aquel momento no lo sabíamos.

Roscoe fue en el Bentley a la cafetería de Eno para comprar algo de comida. Volvió al cabo de una hora y me contó que se había encontrado con Finlay. Luego empezó a hablar del futuro. Lo que suponía un gran problema. Los demás problemas resultaban ridículos en comparación.

—Tienes que ver cómo está la comisaría —dijo—. No ha quedado nada más que un solar con escombros de menos de un palmo de altura.

Puso la comida en una bandeja. Cenamos en la misma cama. Pollo frito.

—Los cuatro almacenes han ardido por completo —explicó—. Los destrozos han llegado hasta la misma autopista. La policía del estado ha tomado cartas en el asunto. Y han tenido que venir los bomberos de Atlanta y Macon.

—¿La policía del estado ha intervenido en el asunto? —pregunté.

Se echó a reír.

—Todo el mundo está interviniendo —dijo—. Ha sido una cadena. El jefe de los bomberos de Atlanta ha hecho venir a los artificieros, pues con tanta explosión no sabía a que atenerse. Los artificieros no pueden operar sin avisar al FBI, pues ellos se ocupan de los posibles casos de terrorismo. Y esta mañana también han movilizado a la Guardia Nacional.

—¿La Guardia Nacional? —repetí—. ¿Cómo es eso?

—Eso es lo mejor de todo. Finlay dice que, cuando el techo del almacén estalló durante el incendio, el dinero salió volando por todas partes. Esa especie de confetis en llamas, ya sabes. Por los campos han caído millones de billetes de un dólar. En varios kilómetros a la redonda. El viento los ha llevado por todas partes, a través de los campos, hasta la autopista. En su mayoría se han quemado, pero algunos están intactos. Tan pronto como ha salido el sol, han acudido miles de personas para recoger el dinero desperdigado por la zona. Por eso las autoridades han llamado a la Guardia Nacional, para que controle a las multitudes.

Pegué un bocado. Lo pensé.

—El que llama a la Guardia Nacional es el gobernador del estado, ¿no? —apunté.

Asintió con la cabeza. Mientras daba cuenta de una alita de pollo.

—El gobernador también ha tomado cartas en el asunto —dijo—. Está en el pueblo ahora mismo. Y Finlay ha llamado al Departamento del Tesoro, explicando lo que le sucedió a Joe y demás. Entonces los del Tesoro han enviado a un equipo de investigadores. Ha sido como una bola de nieve cada vez más grande.

—¿Qué más está pasando?

—Que en el pueblo hay muchos nervios, claro está. Corren rumores de toda clase. Todos dan por sentado que la fundación ha pasado a la historia. Según Finlay, la mitad de los vecinos finge no haber sabido nada en absoluto y la otra mitad está furiosa porque van a dejar de recibir esos mil dólares a la semana. Cuando he ido a comprar la comida, el viejo Eno tenía pinta de estar realmente rabioso. Tendrías que haberlo visto.

—¿Finlay está preocupado?

—Se lo toma con calma —respondió—. Está muy ocupado, como es natural. En el cuerpo de policía no quedamos nada más que cuatro. Finlay, yo, Stevenson y el sargento de la entrada. Finlay dice que es la mitad del personal que vamos a necesitar para ocuparnos del follón que se ha montado, pero que es el doble de lo que el municipio va a poder pagar ahora que se han terminado los subsidios de la fundación. En todo caso, todo esto es competencia del alcalde… Pero resulta que en el pueblo nos hemos quedado sin alcalde.

Yo estaba sentado en la cama, comiendo. Los problemas estaban empezando a preocuparme. No me había dado cuenta con claridad hasta este momento. Pero ahora lo veía claro. En mi mente estaba cobrando forma una pregunta decisiva. Una pregunta que debía hacerle a Roscoe. Quería formularla a bocajarro, a fin de obtener una respuesta espontánea y sincera. No quería darle tiempo a meditar su respuesta.

—Roscoe… —Dije.

Levantó la mirada. Se quedó a la espera.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté.

Me miró como si la pregunta la sorprendiera.

—Trabajar como una burra, supongo. Hay muchísimo que hacer. Vamos a tener que reconstruir el pueblo entero. Quizá sea posible convertirlo en un lugar mejor. Y creo que puedo desempeñar un papel importante en ello. Lo que de paso me serviría para mejorar un poco mi situación. Es una perspectiva que me ilusiona. Este es mi pueblo, y quiero implicarme a fondo en su futuro. Quizá un día me convierta en concejal. ¿Quién sabe? Quizá más tarde me presente como candidata a la alcaldía. No estaría nada mal, ¿verdad? Después de tantos años, el pueblo lo estaría llevando un Roscoe en lugar de un Teale.

La miré. Su respuesta tenía sentido, pero no era la indicada. No era la indicada para mí. No era mi intención hacerle cambiar de idea. No quería presionarla en absoluto. Por eso le había hecho la pregunta a bote pronto, antes de contarle mis propios planes. Lo que quería era su respuesta espontánea y sincera. Acababa de dármela. Tenía sentido. Ese era su pueblo. Si alguien podía mejorarlo, esa persona era ella. Si alguien era capaz de trabajar sin descanso y dejarse la piel en ello, esa persona era Roscoe.

Pero su respuesta no era la indicada para mí. Comprendí que iba a tener que irme. Y con rapidez. El problema tenía que ver con lo que iba a suceder en los próximos días. Todo el asunto se había salido de madre. Al principio, aquello solo tenía que ver con Joe. Se trataba de una cuestión privada. Pero ahora era un tema de interés público. Al igual que todos aquellos billetes de dólar medio quemados, se había extendido por todas partes.

Roscoe había mencionado al gobernador, al Departamento del Tesoro, a la Guardia Nacional, a la policía del estado, al FBI, a los investigadores del cuerpo de bomberos de Atlanta. A media docena de organismos empeñados en aclarar qué había pasado en Margrave. Iban a mirarlo todo con lupa. Pronto se sabría que Kliner había sido el mayor falsificador de dólares de la Historia. Y que el alcalde del pueblo había desaparecido. Y que cuatro agentes de policía habían estado involucrados en la trama. El FBI se pondría a buscar a Picard. La Interpol tomaría cartas en el asunto, en razón de la conexión con Venezuela. La situación iba a ponerse al rojo vivo. A Margrave iban a acudir seis organismos distintos compitiendo entre sí para conseguir resultados cuanto antes. Iban a peinar hasta el último centímetro del lugar.

Y uno u otro de esos organismos terminaría por encontrarme. Yo era un forastero que había aparecido en el lugar y el momento menos indicados. No les llevaría ni un minuto comprender que era el hermano del investigador del gobierno muerto, cuyo asesinato lo había desencadenado todo. Empezarían a buscar mis posibles motivaciones y no tardarían en llegar a la conclusión: «La venganza». Me meterían en un calabozo y se pondrían a interrogarme a fondo.

No iban a condenarme. No corría riesgos en ese sentido. No había el menor indicio que me incriminara. Porque en todo momento había tenido buen cuidado de borrar todas mis huellas. También sabía cómo darles largas a unos interrogadores. Ya podían seguir haciéndome preguntas hasta que me saliera una larga barba blanca, no iban a sacarme nada. Eso estaba claro. Pero lo intentarían. Lo intentarían como locos. Me mantendrían encerrado en Warburton un par de años. Un par de años en la galería de los presos preventivos. Un par de años de mi vida. Ese era el problema. Yo no podía quedarme de brazos cruzados a la espera de que me encerrasen en Warburton. Justo acababa de volver a la vida. Había estado disfrutando de mis primeros seis meses de libertad en treinta y seis años. Esos seis meses habían sido los más felices de mi existencia.

De forma que iba a marcharme. Antes incluso de que supieran que había estado en Margrave. Tomé mi decisión. Otra vez iba a convertirme en invisible. Tenía que alejarme del foco puesto en Margrave y esconderme allí donde todos aquellos eficientes organismos no fueran a mirar. Lo que suponía que mis sueños de un futuro junto a Roscoe habían saltado hechos pedazos antes de que pudieran convertirse en realidad. Y que iba a tener que decirle a Roscoe que no estaba dispuesto a perder dos años de mi vida a cambio de seguir a su lado. Tenía que decírselo a las claras.

Estuvimos hablándolo durante toda la noche. No discutimos ni levantamos la voz. Solo estuvimos hablándolo. Roscoe veía que lo que yo tenía pensado era lo mejor para mí. A mi vez, yo veía que lo que Roscoe tenía pensado era lo mejor para ella. Me pidió que me quedara. Lo pensé bien. Dije que no. Le pedí que se marchara conmigo. Lo pensó bien. Dijo que no. No había más que decir.

Pasamos a hablar de otras cosas. De lo que cada uno iba a hacer. Y poco a poco fui dándome cuenta de que quedarme en Margrave hubiera sido una especie de muerte en vida para mí. Porque no quería tener nada que ver con cuanto Roscoe me estaba diciendo. No quería tener nada que ver con elecciones, alcaldías, concejales y comisiones municipales. Ni con los impuestos sobre la vivienda, obras de mantenimiento y estrategias de la cámara de comercio. No quería ser partícipe de un futuro así de tedioso y frustrante. En el que los pequeños resentimientos, remordimientos y disgustos terminarían por crear un abismo entre los dos. Lo que yo quería era lo que le estaba diciendo. Ir por la carretera a mi antojo y dormir en una nueva población cada noche. Recorrer kilómetros y más kilómetros, sin saber en absoluto adónde me dirigía. Lo que quería era vagabundear. Era lo que tenía en mente.

Seguimos hablando, tristes y melancólicos, hasta que amaneció. Le pedí un último favor. Que organizara el funeral de Joe. Que hiciera que acudieran Finlay, los Hubble y los dos viejos barberos. Que pidiera a la hermana del más anciano de los dos que fuera también y cantara una canción triste en homenaje a Joe. Que preguntara a la vieja mujer dónde estaba aquel prado en el que sesenta y dos años atrás solía cantar acompañada por la guitarra de Blind Blaker. Por último, pedí a Roscoe que diseminara las cenizas de Joe en aquel prado.

Roscoe me llevó a Macon en el Bentley. Eran las siete de la mañana. No habíamos dormido. El trayecto nos llevó una hora. Yo estaba sentado en la parte posterior, escondido tras las ventanillas con los cristales polarizados. No quería ser visto. Subimos por la pendiente de su calle y nos sumamos al tráfico de la mañana. Al pueblo estaba llegando muchísima gente. Reparé en todo aquel bullicio antes incluso de llegar a Main Street. Vi los camiones con las unidades móviles de la CNN y demás canales de televisión. Me agazapé en el asiento trasero del coche. Había gente por todos lados, y no eran más que las siete. Por todas partes se veían hileras de azulados sedanes con matrículas del gobierno. Doblamos por la esquina en la que se encontraba el pequeño supermercado. La gente hacía cola para desayunar en la pequeña barra del interior.

Atravesamos el pueblo bañado por el sol. En Main Street era imposible aparcar. Había automóviles estacionados hasta en las aceras. Vi los coches de los bomberos y la policía del estado. Eché una mirada a la barbería cuando pasamos de largo, pero no vi a los dos ancianos. Iba a echarles de menos. Al igual que al viejo Finlay. Siempre iba a preguntarme que habría sido de él. «Buena suerte en la vida, amigo mío de Harvard», pensé. Buena suerte para los Hubble también. Esta mañana iba a suponer el principio de un camino muy largo para ellos. Iban a necesitar mucha suerte. Mucha suerte de la buena. Y también Roscoe la iba a necesitar. Sentado en silencio, le deseé lo mejor en la vida. Se lo merecía. De verdad.

Me condujo hasta Macon. Encontró la estación de autobuses. Aparcó. Me pasó un sobre. Me dijo que no lo abriera aún. Me lo metí en un bolsillo. Le di un beso de despedida. Me bajé del coche, sin volver la vista atrás. Oí el sonido de los neumáticos en la calzada y supe que se había ido. Entré en la estación de autobuses. Compré un billete. Crucé la calle, entré en una tienda barata de ropa y me compré algunas prendas. Me las puse en el probador y tiré a la papelera las malolientes y viejas ropas militares. Volví a cruzar la calle y me subí a un autobús con destino a California.

Tuve los ojos empañados por las lágrimas durante más de ciento cincuenta kilómetros. Hasta que el autobús dejó atrás el límite del estado. Contemplé la esquina sureste de Alabama. Abrí el sobre que me había dado Roscoe. En el interior estaba la fotografía de Joe. La había cogido del maletín de Molly Beth. La había sacado del marco y la había recortado un poco con unas tijeras para que cupiera en un bolsillo. En el reverso había anotado su número de teléfono. Aunque no me hacía falta. Lo había memorizado.

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