Zona peligrosa
17
Página 19 de 36
17
Atlanta estaba a unos setenta kilómetros, por lo que el viaje me llevó casi una hora. Salí de la autopista en el mismo centro de la ciudad y me dirigí hacia los edificios de mayor altura. Empecé a ver vestíbulos decorados en mármol, aparqué y pregunté a un policía por el barrio comercial.
Fui andando medio kilómetro en la dirección indicada y empecé a ver un banco tras otro. Sunrise International tenía su propio edificio. Una gran torre de cristal situada tras una pequeña plaza con una fuente. La plaza parecía haber sido sacada de Milán, pero la base del edificio estaba construida en sólida piedra, más propia de Londres o de Frankfurt, como correspondía a un banco de los importantes. Un vestíbulo alfombrado en tonos oscuros y decorado en cuero. Podría haber sido el vestíbulo de un tranquilo hotel.
Pregunté por el despacho de Paul Hubble, y la recepcionista consultó un directorio. Me dijo que lo sentía, pero era nueva en el trabajo y no me reconocía, por lo que iba a tener que pedir permiso para que me dejaran entrar. Marcó un número y habló en voz baja. Tapó el auricular con la mano y preguntó:
—¿El motivo de su visita, por favor?
—Soy un amigo.
Volvió a hablar por el aparato y me invitó a entrar en el ascensor. Tenía que ir a la recepción del piso diecisiete. Entré en el ascensor y pulsé el botón. El piso diecisiete aún daba más la impresión que el vestíbulo de que uno estaba en un exclusivo club para caballeros. Alfombras, paneles de madera, luz tenue. Antigüedades impolutas y viejos cuadros. Mientras cruzaba por la gran alfombra central, una puerta se abrió y un tipo vestido con traje y corbata salió a mi encuentro. Me estrechó la mano y me hizo pasar a una pequeña antesala. Dijo ser un gerente de algún tipo. Nos sentamos.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó.
—Estoy buscando a Paul Hubble.
—¿Puedo saber por qué?
—Es un viejo amigo —dije—. Me he acordado de que trabajaba aquí y se me ha ocurrido subir a saludarle un momento.
El del traje asintió con la cabeza. Y bajó la mirada.
—Verá… —dijo—. El señor Hubble ya no trabaja aquí. Siento decirle que nos vimos obligados a prescindir de sus servicios hará unos dieciocho meses.
Asentí con la cabeza a mi vez. Sentado en aquella antesala pequeña y lujosa, miré al tipo y me mantuve a la espera. Era posible que un poco de silencio le empujara a seguir hablando. Si empezaba a hacerle preguntas directas igual no soltaba prenda. Apelando a la confidencialidad y todo eso, como suelen hacer los abogados. Pero me di cuenta de que el hombre era de natural parlanchín. Muchos de esos directivos lo son. Les encanta dejarte impresionado si tienen ocasión. De forma que seguí sentado y a la espera. El tipo empezó a disculparse, dado que yo era amigo personal de Hubble.
—No fue por culpa del propio señor Hubble, claro está —explicó—. Era muy bueno en su trabajo, pero se ocupaba de un sector que dejamos de atender. Fue una decisión estratégica de negocio, que resultó muy negativa para algunas personas, pero son cosas que pasan.
Asentí con un gesto, viniendo a darle la razón.
—Hace mucho que no lo he visto —dije—. No tenía idea. Ni siquiera sabía muy bien qué hacía aquí.
Le sonreí. Tratando de mostrarme tan amigable como ignorante. Lo que no resulta particularmente difícil en un banco. Le brindé mi mirada más expectante. Destinada a que un parlanchín empezara a darle a la lengua. Una mirada que ya me había funcionado en otras ocasiones.
—El señor Hubble se ocupaba de nuestro sector minorista —dijo—. Un sector en el que ya no operamos.
Lo miré con expresión de curiosidad.
—¿Sector minorista? —repetí.
—Banca personal —aclaró—. Efectivo, talones, créditos, clientes individuales… Ya me entiende.
—¿Y cerraron ese departamento? ¿Cómo es eso?
—Salía muy caro. Los costes generales eran muy altos, y los márgenes escasos. Lo mejor era olvidarse del asunto.
—¿Y Hubble formaba parte del departamento? —pregunté.
Asintió con la cabeza.
—El señor Hubble era nuestro responsable de efectivo —explicó—. El suyo era un cargo de importancia. Y era muy bueno en su trabajo.
—¿Qué hacía exactamente? —pregunté.
El hombre no sabía cómo explicármelo. No sabía por dónde empezar. Lo intentó un par de veces.
—¿Usted entiende de dinero? —Acabó por decirme.
—Bueno, algo de dinero sí que tengo —respondí—. Pero no sé si entiendo mucho del asunto.
Se levantó y con un gesto me invitó a acercarme a la ventana. Miramos a la gente que andaba por la calle, diecisiete pisos por debajo. Señaló a un sujeto trajeado que iba a paso rápido por la acera.
—Ese caballero, por ejemplo —dijo—. Vamos a hacer unas cuantas suposiciones, ¿le parece? Probablemente vive en un barrio de las afueras, es posible que tenga una segunda residencia en el campo, dos hipotecas abultadas, dos coches, dinero metido en media docena de fondos de inversión, un plan de pensiones, algunas acciones de bolsa, planes de estudio, cinco o seis tarjetas de crédito, de débito… Digamos que ese hombre tiene un patrimonio neto de medio millón de dólares, ¿le parece?
—Me parece.
—Pero ¿cuánto dinero lleva encima? —me preguntó.
—Ni idea —respondí.
—Lo más probable es que unos cincuenta dólares —afirmó—. Unos cincuenta dólares en una billetera de cuero que le costó ciento cincuenta dólares.
Lo miré. No terminaba de pillarle la idea. El hombre cambió de argumentación. Estaba mostrándose muy paciente conmigo.
—La economía estadounidense es enorme —dijo—. Los activos y los pasivos son incalculablemente grandes. Estamos hablando de billones de dólares. Pero casi nada de todo eso está en efectivo. El caballero de antes tiene un patrimonio neto de medio millón de dólares, pero solo llevaba cincuenta en el bolsillo. Todo lo demás está en papeles u ordenadores. El hecho es que no hay mucho dinero en circulación. En todo Estados Unidos solo hay en circulación unos ciento treinta mil millones de dólares en efectivo.
Me encogí de hombros otra vez.
—A mí me parece suficiente dinero —objeté.
El otro me miró con severidad.
—Pero ¿de cuántas personas estamos hablando? —preguntó—. De casi trescientos millones. Lo que tan solo supone cuatrocientos cincuenta dólares por ciudadano. Ese es el problema al que la banca personal tiene que hacer frente todos los días. Una retirada de cuatrocientos cincuenta dólares en principio resulta muy modesta, pero si todo el mundo decidiera retirar esos cuatrocientos cincuenta de golpe, los bancos del país se quedarían sin efectivo en un abrir y cerrar de ojos.
Guardó silencio y me miró. Asentí con un gesto.
—Entendido —dije—. Ya lo he captado.
—Y la mayor parte del dinero en efectivo no está en los bancos —continuó—. Está en Las Vegas o en los hipódromos. Está concentrado en las que denominamos «áreas económicas de movimiento intensivo de capital». Por consiguiente, un buen gerente de efectivo, y el señor Hubble era uno de los mejores que hemos tenido, constantemente está batallando para que tengamos los suficientes dólares contantes y sonantes. Y está obligado a ir a buscarlos donde sea. Tiene que saber dónde encontrarlos. Tiene que rastrear los billetes de banco. Lo que no resulta fácil. Al final ese fue uno de los factores que hacían que la banca minorista fuera tan costosa para nosotros. Una de las razones por la que nos olvidamos del negocio. Seguimos con él tanto tiempo como pudimos, pero al final tuvimos que abandonar la banca personal. Y tuvimos que despedir al señor Hubble. Lo que nos supo muy mal.
—¿Tiene idea de dónde puede estar trabajando ahora? —pregunté.
Meneó la cabeza.
—Me temo que no.
—Pero tiene que estar trabajando en algún lugar, ¿no?
Volvió a menear la cabeza.
—Profesionalmente, le hemos perdido la pista. Ya no trabaja en el sector bancario; de eso estoy seguro. Lo sé porque no nos ha pedido una carta de recomendación y, hasta ahora, nadie nos ha preguntado por sus antecedentes profesionales. Lo siento, pero no puedo ayudarle. Si estuviera trabajando en algún otro banco, yo lo sabría. Eso lo tengo claro. El señor Hubble hoy debe de estar trabajando en otro sector.
Me encogí de hombros. La pista de Hubble se perdía. Y la conversación con ese tipo se había acabado. Así lo denotaba su lenguaje corporal. Hizo ademán de levantarse. Lo hicimos los dos a la vez. Le di las gracias por su amabilidad. Le estreché la mano. Crucé entre las antigüedades de la sala tenuemente iluminada en dirección al ascensor. Pulsé el botón de la planta baja y salí al grisáceo exterior otoñal.
Me había equivocado en todas mis suposiciones. Hasta ahora pensaba que Hubble trabajaba en el sector bancario, que tenía un empleo legítimo. Que quizá miraba para otro lado y prefería no ver determinadas operaciones más bien pequeñas, que quizá estaba parcialmente metido en algún chanchullo que otro. Que quizá se encargaba de dar el visto bueno a algunos números dudosos. Un poco por obligación. Que había sido un cómplice de alguien, un profesional útil, corrupto, pero no decisivo en definitiva. Pero Hubble llevaba un año y medio sin trabajar en el sector bancario. Eso lo convertía en un delincuente. En un delincuente integral. En un sujeto que estaba en el mismo centro de la trama. Una trama que en absoluto era pequeña.
Fui en coche a la comisaría de Margrave. Aparqué y entré en busca de Roscoe. Teale andaba por allí, pero el sargento del mostrador me hizo un guiño y señaló la habitación del archivo con la cabeza. Roscoe estaba dentro. Parecía cansada. Llevaba un montón de viejas carpetas bajo el brazo. Me sonrió.
—Hola, Reacher. ¿Has venido a librarme de todo esto?
—¿Qué hay de nuevo? —pregunté.
Dejó el montón de carpetas encima de un mueble. Se quitó el polvo de encima y se atusó el cabello. Miró a la puerta de reojo.
—Un par de cosas. Teale tiene una reunión con el consejo de la fundación dentro de diez minutos. Voy a solicitar el fax a Florida en cuanto se largue de aquí. También vamos a llamar a la policía del estado preguntando por coches abandonados.
—¿Dónde está esa pistola que ibas a conseguirme?
Guardó silencio un momento. Se mordió el labio. Estaba acordándose de las razones por las que necesitaba un arma.
—Está en una caja —respondió—. En mi escritorio. Vamos a tener que esperar a que Teale se marche. Y no se te ocurra abrir la caja aquí, ¿entendido? Nadie más está al corriente.
Salimos del archivo y fuimos hacia el despacho decorado con madera de palisandro. La sala de trabajo estaba en silencio. Los dos miembros del grupo de apoyo del viernes estaban enfrascados ante sus ordenadores. Por todas partes había montones de carpetas. Había empezado la cacería de pega del asesino del jefe de policía. En la pared estaba pegado un gran papel destinado a ir escribiendo anotaciones sobre la investigación en curso. En lo alto estaba escrito: MORRISON. No había nada más. La investigación no había progresado mucho.
Nos mantuvimos a la espera en el despacho, en compañía de Finlay. Cinco minutos. Diez. Un puño llamó a la puerta, y Baker asomó la cabeza luciendo una amplia sonrisa. Volví a verle el diente de oro.
—Teale se ha ido —dijo.
Salimos a la sala de trabajo. Roscoe conectó el fax y cogió el teléfono para llamar a Florida. Finlay marcó el número de la policía del estado para preguntar por coches de alquiler que hubieran aparecido abandonados. Me senté frente a otro de los escritorios y telefoneé a Charlie Hubble. Marqué el número de teléfono móvil que Joe llevaba impreso en un papelito metido en el zapato. No me respondieron. Un ruidito electrónico y una voz grabada me dijo que el número al que estaba llamando estaba sin conexión.
Miré a Roscoe.
—Charlie Hubble ha desconectado ese maldito teléfono móvil —dije.
Roscoe se encogió de hombros y fue hacia el fax. Finlay seguía hablando con los de la policía del estado. Vi que Baker se mantenía cerca del triángulo formado por nosotros tres. Me levanté y fui a hablar con Roscoe.
—¿Baker quiere meterse en todo esto? —pregunté.
—Es lo que parece —respondió ella—. Finlay está empleándolo como una especie de centinela. ¿Te parece bien que lo metamos en el asunto?
Lo pensé un momento y negué con un gesto.
—No. En un caso como este, lo mejor es ser pocos y bien avenidos, ¿no te parece?
Volví a sentarme frente al escritorio, que ya había hecho mío. De nuevo marqué el número del móvil. Con el mismo resultado. La misma voz electrónica me volvió a decir pacientemente que la línea estaba desconectada.
—Maldita sea —dije para mí—. ¿Cómo es posible…?
Tenía que averiguar en qué había estado ocupado Hubble durante el último año y medio. Era posible que Charlie pudiera darme alguna idea. A qué hora se iba por las mañanas, a qué hora volvía por las noches, recibos de peaje de autopista, notas de restaurante, cosas por el estilo. También era posible que se hubiera acordado de algo relativo al próximo domingo o a Pluribus. Era posible que me dijera algo de utilidad. Y yo necesitaba algo de utilidad. Y cuanto antes. Pero Charlie había desconectado el maldito móvil.
—¿Reacher? —dijo Roscoe—. Tengo la información sobre Sherman Stoller.
Me mostró un par de hojas de fax. Llenas de letra impresa.
—Estupendo. Vamos a echarle una mirada.
Finlay colgó el teléfono y vino en nuestra dirección
—Los de la policía del estado van a volver a llamarnos —explicó—. Es posible que tengan algo para nosotros.
—Estupendo —repetí—. Es posible que estemos yendo a alguna parte.
Fuimos otra vez al gran despacho. Pusimos sobre el escritorio el fax referente a Sherman Stoller y lo estudiamos en silencio. Se trataba del atestado de una detención efectuada por el cuerpo de policía de Jacksonville, en Florida.
—Blind Blake nació en Jacksonville —indiqué—. ¿Lo sabían?
—¿Quién es ese Blind Blake? —preguntó Roscoe.
—Un cantante —dijo Finlay.
—Un guitarrista, Finlay —corregí.
Un coche patrulla había dado el alto a Sherman Stoller por sobrepasar el límite de velocidad en el puente situado entre Jacksonville y Jacksonville Beach a las doce menos cuarto de una noche de septiembre, hacía ya dos años. Iba al volante de una camioneta y había sobrepasado el límite de velocidad en quince kilómetros. Stoller se puso muy nervioso y empezó a increpar a los policías del coche patrulla. Lo que llevó a su detención por sospechoso de conducir en estado de embriaguez. Le tomaron las huellas y la fotografía en la comisaría central de Jacksonville, y los agentes registraron sus ropas y su vehículo. Stoller se había declarado residente en Atlanta y camionero de profesión.
El registro de sus ropas dio resultado negativo. Lo mismo sucedió con el registro de la camioneta, efectuado con la ayuda de perros. En el interior solo había un cargamento de veinte aparatos nuevos de aire acondicionado, embalados para su exportación desde Jacksonville Beach. Las cajas estaban selladas, llevaban el logotipo del fabricante y un número de serie cada una.
Después de que le fueran leídos sus derechos, Stoller hizo una llamada telefónica. Veinte minutos después, un abogado llamado Pérez, integrante del bufete Zacarías Pérez, muy respetado en Jacksonville, se presentó en la comisaría. Y diez minutos más tarde, Stoller fue puesto en libertad. Apenas estuvo en comisaría cincuenta y cinco minutos.
—Interesante —observó Finlay—. El tipo está a casi quinientos kilómetros de su casa, lo detienen a medianoche… ¿Y al cabo de veinte minutos recibe la visita de un abogado? ¿De uno de los abogados principales de un bufete prestigioso? Stoller parece haber sido un camionero muy especial, eso salta a la vista.
—¿Reconoces esa dirección de Atlanta que dio a la policía? —pregunté a Roscoe.
Negó con la cabeza.
—No, la verdad. Pero puedo comprobarla.
La puerta se entreabrió, y Baker volvió a asomar la cabeza.
—La policía del estado al teléfono —anunció—. Parece que han encontrado el coche.
Finlay consultó su reloj. Y se dijo que Teale aún iba a tardar en volver.
—Muy bien —dijo—. Páseme la llamada aquí, Baker.
Finlay descolgó el teléfono emplazado en el gran escritorio y se llevó el auricular al oído. Tomó unas cuantas notas y dio las gracias a su interlocutor. Colgó y se levantó de la silla.
—Muy bien —dijo—. Vamos a echar un vistazo.
Salimos del despacho con rapidez. Teníamos que ocuparnos del asunto antes de que Teale se presentara y empezara a hacer preguntas. Baker nos miró.
—¿Qué le digo a Teale? —preguntó.
—Dígale que hemos dado con el coche —dijo Finlay—. El coche con el que ese antiguo recluso enloquecido fue a casa de Morrison. Dígale que estamos haciendo muchos progresos, ¿comprendido?
Esta vez era Finlay el que conducía. Fuimos en un Chevrolet sin distintivos, idéntico al de Roscoe. Salió del aparcamiento, puso rumbo al sur y pronto dejó atrás el pueblo. Los primeros kilómetros siguió la carretera que llevaba a Yellow Springs, pero al cabo de un rato torció hacia el este por un camino sin asfaltar. El camino conducía hacia la autopista y terminaba en una especie de área de mantenimiento, situada justo debajo de la calzada. Montones de asfalto y barriles con alquitrán. Y un coche. Un coche que había sido empujado desde lo alto de la autopista. Y que luego había ardido por entero.
—Lo vieron el viernes por la mañana —explicó Finlay—. Dicen que están seguros de que el jueves no estaba en ese lugar. Puede haber sido el coche de Joe.
Lo examinamos. Tampoco había mucho que ver. El automóvil había ardido por completo. Todo cuanto no era de acero se había volatilizado. Ni siquiera estábamos seguros de qué modelo se trataba. A juzgar por la forma, Finlay consideraba que era un coche fabricado por General Motors, aunque era imposible adivinar por qué subsidiaria. Se trataba de un sedán de tamaño medio, pero una vez desaparecidas las piezas de plástico y similares, no hay forma de distinguir un Buick de un Chevy o un Pontiac.
Pedí a Finlay que sostuviera en alto el capó y me metí debajo. Buscaba el número inscrito bajo el parabrisas. Tuve que raspar unos cuantos restos ennegrecidos, pero encontré la pequeña placa alargada de aluminio y pude leer el número en su casi totalidad. Salí de debajo del capó y se lo recité a Roscoe, que tomó nota.
—Y bien, ¿qué piensa? —preguntó Finlay.
—Que podría ser el coche. Supongamos que lo alquiló el jueves por la tarde en el aeropuerto de Atlanta, con el depósito lleno. Y que lo condujo hasta los almacenes. Después alguien se encargó de traerlo hasta aquí. No debió de haber consumido más allá de ocho o nueve litros de gasolina, por lo que quedaba de sobras para que el coche ardiera por completo.
Finlay asintió con un gesto.
—Tiene sentido —convino—. Pero los que dejaron el coche en este lugar fueron tipos de por aquí. Es un sitio estupendo para deshacerse de un automóvil, ¿no cree? Basta con dejarlo en la cuneta que hay sobre nuestras cabezas, empujarlo por el borde, bajar y prenderle fuego. Y después no hay más que marcharse con un cómplice que tenga su coche en los aledaños, a la espera. Cuestión de unos minutos. Pero eso solo pueden hacerlo los que conocen este camino para los operarios del mantenimiento de la autopista. Y solo la gente de por aquí conoce su existencia, ¿no le parece?
Dejamos atrás el coche incinerado y volvimos a la comisaría de policía en el Chevrolet. El sargento del mostrador estaba esperando a Finlay.
—Teale dice que vaya a verle a su despacho —anunció.
Finlay soltó un gruñido e hizo amago de ir para allí. Pero lo agarré por el brazo y dije:
—Dele algo de conversación a Teale. Para que Roscoe tenga un poco de tiempo para comunicar el número de ese coche.
Hizo un gesto de asentimiento y se encaminó al despacho. Fui con Roscoe hasta su escritorio. Iba a coger el teléfono, pero la detuve.
—Primero dame la pistola —musité—. Antes de que Teale termine de hablar con Finlay.
Asintió con la cabeza y miró en derredor. Tomó asiento y cogió las llaves que llevaba prendidas al cinturón. Abrió un cajón grande del escritorio y con la cabeza señaló una caja de cartón achatada. Una caja de las empleadas en las oficinas para guardar papeles, de unos cinco o seis centímetros de altura. El cartón era de los gruesos. Alguien había escrito un nombre en lo alto: GRAY. Me la puse bajo el brazo e hice un gesto a Roscoe. Cerró el cajón y echó el cierre.
—Gracias —dije—. Y ahora haz esas llamadas, ¿de acuerdo?
Me encaminé hacia la salida y abrí una de las pesadas puertas de cristal con el hombro. Fui hasta el Bentley. Dejé la caja en el techo del coche y abrí la puerta. Luego la puse en el asiento del acompañante y subí al automóvil. La cogí y la coloqué sobre mi regazo. Vi que un sedán marrón, un Buick, aminoraba en la carretera, a unos cien metros al norte.
Dos hombres de origen hispano. El mismo coche que había visto delante de la casa de Charlie Hubble el día anterior. Los mismos tipos. De eso no había duda. El coche se detuvo a unos setenta y cinco metros de la comisaría. Ninguno de los dos se bajó. Siguieron allí sentados, a unos setenta y cinco metros de distancia, contemplando el aparcamiento de la comisaría. Tuve la impresión de que estaban mirando directamente al Bentley. Se diría que mis nuevos amigos me habían encontrado. Habían estado buscándome toda la mañana. Ya no tenían que seguir buscando. Eso estaba claro. Allí estaban plantados. De forma que volví a concentrarme en la caja.
En el interior no había más que una cajita con balas y una pistola. Un arma de mil demonios. Una Desert Eagle automática. La había usado con anterioridad. Esas pistolas proceden de Israel. En su momento las recibimos a cambio de todo cuanto enviamos a dicho país. La empuñé. Muy pesada, con el cañón de treinta y cinco centímetros de longitud y casi medio metro de extensión total. Comprobé el cargador. Era la versión de ocho tiros del calibre 44. La que admite ocho proyectiles Magnum del 44.
No estamos hablando de una pistola cualquiera. La bala de por sí pesa casi el doble que la del calibre 38 que llevan los revólveres de la policía. Cuando sale del cañón avanza con mucha mayor rapidez que la velocidad de la luz. Y se estrella contra el blanco con casi tanta fuerza como lo haría un tren de mercancías. No es una pistolita. El problema es la munición. Tienes que escoger. Si la cargas con balas de punta dura, corres el riesgo de atravesar al fulano que tengas delante, pero también a otro fulano que esté cien metros por detrás. De manera que utilizas balas de punta blanda, capaces de abrirle al fulano un agujero tan grande como la tapa de un cubo de basura. Tú escoges.
Las balas en la cajita eran todas de punta blanda. Ya me iba bien. Volví a mirar el arma. Un arma brutal, en perfecto estado. Todo funcionaba. La culata tenía grabado un nombre: GRAY. El mismo que aparecía en la caja de cartón. El inspector muerto, el antecesor de Finlay. El que se había ahorcado en febrero pasado. El tipo tenía que haber sido un coleccionista de armas. Esa no era su pistola reglamentaria. Ningún cuerpo de policía del mundo autorizaría el empleo de un cañón como ese. Era una pistola demasiado pesada y aparatosa.
Cargué la pistola del inspector muerto con seis balas. Devolví las demás a la caja y la dejé en el suelo del coche. Monté la pistola y quité el seguro. Lista y preparada, como solíamos decir. Así ganas una fracción de segundo en el momento de disparar. Lo que puede salvarte la vida. Quizá. Metí la pistola en la guantera de nogal del Bentley. Cabía por los pelos.
A continuación estuve mirando un momento a los dos hispanos del coche marrón. Seguían observándome. Nos estábamos mirando a setenta y cinco metros de distancia. Se mostraban tranquilos y relajados. Pero estaban observándome. Salí del Bentley y eché el cierre. Fui a la entrada de la comisaría. Volví el rostro y miré el sedán color marrón. Allí continuaban. Observándome.
Roscoe estaba sentada a su escritorio, hablando por teléfono. Me saludó con un gesto. Parecía tener noticias. Levantó la mano para indicarme que esperase un momento. Miré la puerta del despacho decorado con madera de palisandro. No me interesaba que Teale saliera antes de que Roscoe terminase de hablar por teléfono.
Salió en el momento preciso en que ella colgó. Tenía la cara enrojecida a más no poder. Y parecía furioso. Empezó a patear el suelo de la sala de trabajo y a golpearlo con el pesado bastón. Con la mirada en el papel en blanco con el encabezamiento de «Morrison» en la pared. Finlay acababa de asomar la cabeza por la puerta del despacho. Me invitó a entrar con un gesto. Miré a Roscoe, me encogí de hombros y fui a ver qué tenía Finlay que decirme.
—¿A qué viene todo ese follón? —pregunté.
Finlay se echó a reír.
—He acabado por ponerle de los nervios —respondió—. Me ha preguntado qué demonios estábamos haciendo, que qué era eso de andar buscando un coche. Le dije que estaba confundido. Lo que yo le había dicho a Baker era que andábamos perdidos, como si fuera de noche, pero que Baker había entendido mal y oído que andábamos buscando un coche.
—Váyase con cuidado, Finlay —le recomendé—. Están matando a gente. Este asunto es muy serio.
Se encogió de hombros.
—Estoy empezando a volverme loco —dijo—. Así que tengo derecho a divertirme un poco, ¿no?
Finlay había pasado veinte años en Boston y había salido con vida de la experiencia. Era posible que también saliera vivo de esta.
—¿Qué se sabe de Picard? —pregunté—. ¿Se ha puesto en contacto con usted?
—No —respondió—. El hombre sigue con lo suyo.
—¿Es posible que haya asignado a dos de sus hombres a tareas de vigilancia?
Finlay rechazó la idea categóricamente con un gesto. Parecía estar muy seguro.
—De eso nada. Me lo hubiera dicho. ¿Por qué?
—Hay un par de tipos que están vigilado la comisaría —le expliqué—. Hará unos diez minutos que rondan por aquí. Van en un sedán color marrón sin distintivos de ninguna clase. Ayer los vi cerca de la casa de Hubble, y esta mañana han estado dando vueltas por el pueblo y preguntando por mí.
Volvió a hacer un gesto de negación.
—Esa gente no está con Picard —aseguró—. Me lo hubiera dicho.
Roscoe entró y cerró la puerta. La mantuvo bien cerrada con la mano, como si temiera que Teale fuera a irrumpir en cualquier momento.
—He llamado a Detroit. El coche era un Pontiac. Lo entregaron hace cuatro meses. Como parte de una gran flota para una compañía de coches de alquiler. Los de tráfico están comprobando la matrícula. Les he dicho que llamen a Picard tan pronto como sepan algo. Los de la compañía de alquiler seguramente podrán decirle dónde lo recogieron. Parece que empezamos a hacer progresos.
De pronto, sentí que estaba más cerca de Joe. Como si hubiera oído un eco distante.
—Estupendo —dije—. Buen trabajo, Roscoe. Y bueno, me voy de aquí. Volveré a las seis. No se separen el uno del otro, ¿entendido? Vayan con ojo.
—¿Adónde va? —preguntó Finlay.
—A dar una vuelta por el campo.
Los dejé en el despacho. Salí de la comisaría. Miré al norte. El sedán color marrón seguía aparcado a setenta y cinco metros de distancia. Los dos hispanos continuaban sentados en el interior. Observándolo todo. Fui al Bentley. Abrí el cierre y entré. Salí del aparcamiento y enfilé la carretera del condado. Sin apresurarme, tomándome mi tiempo. Pasé lentamente junto a aquellos dos tipos y continué hacia el norte. Vi por el retrovisor que el sedán se ponía en marcha. Y que enfilaba la carretera del condado. Aceleró un poco y se situó a mis espaldas. Como si estuviera remolcándolo con un cable invisible. Si yo reducía, el sedán reducía. Si aceleraba, el sedán aceleraba. Como si fuera un juego.