Zona peligrosa

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Dejé atrás la cafetería de Eno y me alejé del pueblo en dirección al norte. El sedán continuaba siguiéndome. A unos cuarenta metros. Sin tratar de esconderse. Torcí hacia el este por la carretera de Warburton. Reduje la velocidad. El sedán hizo otro tanto, manteniéndose a unos cuarenta metros de distancia. Fuimos hacia el oeste. Éramos lo único que se movía en aquel vasto paisaje. Podía ver a los dos fulanos por el retrovisor. No dejaban de mirarme. El bajo sol de la tarde lo iluminaba de lleno. La luz baja e hiriente recortaba sus figuras. Jóvenes, hispanos, vestidos con camisas chillonas, con el pelo negro, muy pulcros, muy parecidos. Su coche continuaba siguiéndome.

Seguí conduciendo diez o doce kilómetros más. Estaba buscando un lugar preciso. A cada kilómetro o medio kilómetro había alguna pista de tierra a izquierda o derecha, pistas que se internaban en los campos, pistas por donde los granjeros seguramente iban con su maquinaria, para hacer lo que fuese que hiciesen con ella. Estaba tratando de dar con un camino en particular, uno en el que me había fijado. El camino rodeaba una pequeña arboleda situada a la derecha de la carretera. La única posición a cubierto en muchos kilómetros a la redonda. Me había fijado en la arboleda cuando iba en el furgón de la cárcel el viernes. Y había vuelto a reparar en ella durante el regreso desde Alabama. Una arboleda pequeña pero compacta. Esa mañana había aparecido flotando en la niebla. Un pequeño bosquecillo, próximo a la carretera, a la derecha, con un camino de tierra que lo circundaba hasta enlazar con la propia carretera.

Lo vi a un par de kilómetros de distancia. Los árboles eran un borrón en el horizonte. Seguí conduciendo hacia ellos. Abrí la guantera y saqué la automática. La encajé entre los cojines del asiento de al lado. Los otros dos seguían manteniéndose a cuarenta metros. Cuando estuve a unos trescientos metros del bosquecillo, aceleré de sopetón. El viejo coche salió proyectado hacia delante. Enfilé el camino, giré dando tumbos e hice que el Bentley saliera por la cuneta. Lo situé tras la arboleda y frené de golpe. Empuñé el pistolón y salté al exterior. Dejé abierta la portezuela, como si hubiera salido de cualquier modo y me hubiera escondido a toda prisa entre los árboles.

Pero fui por el otro lado. Por la derecha. Rodeé el capó a todo correr, me adentré un par de metros en un campo de cacahuetes y me pegué al suelo. Serpenteé entre las matas y me situé frente al punto en que su coche tendría que detenerse al toparse con el Bentley. Me apreté contra la tierra rojiza, escondido entre los tallos y las hojas de las plantas. Y me quedé a la espera. Me dije que seguramente habían quedado rezagados unos sesenta o setenta metros, que no habían reparado en mi acelerón. Y entonces oí que llegaba el Buick marrón. Oí el ruido del motor y el gemido de la suspensión. Entró dando bandazos en mi campo visual y se detuvo al encontrarse con el Bentley, quedando recortado contra los árboles. A unos cinco o seis metros de mi posición.

Aquellos tipos eran bastante astutos. Los he visto bastante más tontos, la verdad. El del asiento de al lado del conductor se había bajado del coche antes de efectuar el giro. Por si me había escondido en la arboleda. El conductor había salido por la portezuela correspondiente a su compañero, la que estaba más alejada de los árboles. Hasta situarse delante de mí. Tenía una pistola en la mano y una rodilla en tierra, protegido por el Buick del lugar en que suponía que yo estaba, observando el bosquecillo a través de las ventanillas del automóvil. Iba a tener que obligarle a moverse. No me interesaba que siguiera junto al coche. Yo no quería que el coche sufriera daños.

Estaban observando el bosquecillo con desconfianza. Ese había sido mi propósito. ¿Por qué iba a dirigirme al único bosque existente en kilómetros a la redonda para después ocultarme en un campo de cacahuetes? Era una clásica maniobra de diversión. Y habían caído en la trampa. El fulano apostado junto al coche no perdía la arboleda de vista. Y yo no perdía de vista su espalda. Yo hacía lo posible por respirar de forma pausada, sin dejar de apuntarle con la Desert Eagle. Su compañero estaba adentrándose lentamente entre los árboles, tratando de descubrirme. No iba a tardar en reaparecer.

Lo hizo al cabo de unos cinco minutos. Pistola en mano y apuntando al frente. Rodeó la parte posterior del Buick. Manteniéndose a distancia del Bentley. Se acuclilló junto a su compañero. Los dos se encogieron de hombros. Se acercaron a echarle un vistazo al Bentley. Inquietos por la posibilidad de que estuviera tumbado boca arriba en el suelo del gran coche o agazapado tras el imponente radiador cromado. El tipo que acababa de salir del bosquecillo empezó a reptar, procurando que el Buick estuviera entre su cuerpo y la arboleda, justo delante de donde yo me encontraba. Miró bajo el Bentley, tratando de ver mis pies.

Siguió reptando hasta cubrir toda la longitud del Bentley. Le oí gruñir y jadear, hasta que se alzó un poco por los codos. A continuación volvió a reptar en dirección opuesta y se acuclilló junto a su colega. Con precaución, se levantaron los dos junto al capó del Buick. Fueron andando y miraron en el interior del Bentley. Fueron juntos al borde del bosquecillo y escudriñaron la oscuridad. No me encontraban. Finalmente retrocedieron y se quedaron plantados en el camino, lejos de los coches, recortados en el cielo anaranjado, mirando los árboles, dando la espalda a los campos, dándome la espalda.

No sabían qué hacer. Eran dos tipos de ciudad. De Miami, posiblemente. Vestidos con ropas propias de Florida. Acostumbrados a las luces de neón y los solares en construcción. Acostumbrados a actuar bajo autopistas elevadas, en solares llenos de basura que los turistas nunca veían. No sabían qué hacer al encontrarse frente a un bosquecillo perdido entre cultivos de cacahuetes.

Seguían allí plantados cuando les disparé por la espalda. Dos rápidos disparos. Apuntando hacia arriba, entre los omóplatos. El ruido de la enorme automática resonó como el producido por unas granadas de mano. Los pájaros cambiaron de rumbo en el cielo. Un estruendo por duplicado que retumbó en los campos como los truenos de una tormenta. Dos retrocesos que me hicieron daño en la mano. Los dos fulanos salieron despedidos por los aires. Cayeron de morros, descoyuntados frente a los árboles, al otro lado del camino de tierra. Levanté la cabeza y miré con atención. Tenían esas expresiones inertes y vacías que son lo único que queda cuando la vida se ha esfumado.

Pistola en mano, me acerqué a mirar. Estaban muertos. Yo había visto muchos muertos, y estos dos estaban tan muertos como todos los anteriores. Los grandes proyectiles de la Magnum les habían dado entre los hombros. Allí donde se encuentran las grandes arterias y venas que llevan a la cabeza. Las balas habían causado unos destrozos de aquí te espero. Miré en silencio a los dos muertos y pensé en Joe.

Y luego tuve que ocuparme de otras cosas. Volví al Bentley. Abrí la portezuela y tiré la Desert Eagle al asiento trasero. Fui al Buick y saqué las llaves del contacto. Abrí el maletero. Supongo que esperaba encontrar alguna cosa en el interior. No sentía remordimiento alguno por haberme cargado a aquellos dos. Pero me sentiría mucho mejor si encontraba alguna cosa allí dentro. Como una automática del 22 con silenciador. O cuatro pares de botas de caucho y cuatro monos de nailon. Alguna que otra hoja afilada y de doce centímetros de largo. Cosas así. Pero no encontré cosas así. A quien encontré fue a Spivey.

Llevaría unas cuantas horas muerto. Le habían disparado en la frente con una 38. Casi a quemarropa. El cañón del revólver estaría a unos quince centímetros de su cabeza. Pasé la yema del pulgar en torno a la herida de bala. No había rastros de hollín, pero sí diminutas partículas de pólvora incrustadas en la piel. Que no se borraban. Ese tipo de tatuaje es señal de que han disparado a muy corta distancia. A quince centímetros, a dieciocho como mucho. Alguien lo había encañonado por sorpresa, y el lento y barrigudo funcionario de la cárcel no había sido lo bastante rápido para agacharse.

Tenía una marca en la barbilla, allí donde yo le había cortado con la navaja de Morrison. Sus ojillos de serpiente estaban abiertos. Seguía vistiendo su mugriento uniforme. La panza blanca y peluda asomaba por el siete que yo le había hecho en la camisa. Spivey era un tipo corpulento. Para que cupiera en el maletero, le habían roto las piernas. Valiéndose de una pala o así. Después las habían doblado por los lados a partir de las rodillas para que el cadáver encajara. Lo miré y me puse furioso. Spivey estaba al corriente de todo aquel asunto, pero no me había dicho nada. Y sin embargo lo habían matado. No habían tenido en cuenta que no me hubiera dicho nada. Porque el pánico se había apoderado de ellos. Y estaban haciendo callar a todo el mundo, mientras el reloj seguía corriendo lentamente hacia el domingo. Contemplé los muertos ojos de Spivey, como si en ellos pudiera haber información.

Fui junto a los cadáveres caídos junto al borde del bosquecillo y los registré. Dos billeteras y el contrato de alquiler de un coche. Un teléfono móvil. Eso era todo. El contrato de alquiler era el del Buick. Alquilado en el aeropuerto de Atlanta. El lunes por la mañana a las ocho. Un vuelo de primera hora. Miré en las billeteras. No encontré billetes de avión. Sendos carnets de conducir expedidos en Florida, con direcciones de Jacksonville los dos. Unas fotografías anodinas, unos nombres que no me decían nada. Unas tarjetas de crédito correspondientes a esos mismos nombres. Mucho dinero en efectivo en las billeteras. Lo robé. Ellos no iban a necesitarlo.

Saqué la batería del teléfono móvil y metí el móvil en el bolsillo de uno de ellos y la batería en el del otro. Llevé los cadáveres hasta el Buick y me las arreglé para meterlos en el maletero con Spivey. No fue fácil. No eran muy altos, pero sus cuerpos habían adoptado unas formas más bien raras. Me hicieron sudar a pesar del fresco que hacía. Tuve que emplearme a fondo para que encajaran en el poco espacio que dejaba Spivey. Miré en derredor y encontré sus dos revólveres. Del calibre 38 los dos. Uno estaba cargado por completo. El otro había sido disparado una vez. Olía a reciente. Tiré las dos armas al interior del maletero. Encontré los zapatos de uno de los dos tipos. La Desert Eagle había hecho que salieran volando por los aires. También los arrojé al interior del maletero. Lo cerré. Me adentré en el campo de cultivo y encontré mi escondrijo entre los arbustos. El lugar desde donde les había disparado. Rebusqué, y encontré los dos casquillos de bala. Me los metí en el bolsillo.

Cerré el Buick y lo dejé donde estaba. Abrí el maletero del Bentley. Saqué la bolsa con mis viejas ropas. Las nuevas estaban cubiertas de barro y de la sangre de los dos muertos. Me puse mis prendas de siempre. Hice una pelota con las ropas manchadas de sangre y las metí en la bolsa. Arrojé la bolsa al interior del maletero del Bentley y lo cerré. Lo último que hice fue coger una rama de árbol y borrar todas las pisadas.

Conduje de regreso a Margrave sin apresurarme. Aproveché para calmarme un poco. Una emboscada de manual, sin dificultad técnica ni verdadero peligro. Tenía trece años de experiencia en este tipo de cosas. Podía cargarme con los ojos cerrados a dos pavos como aquellos. Pero el corazón me latía con mayor fuerza de la prevista, y el cuerpo se me estremecía por el subidón de adrenalina. La imagen de Spivey con las piernas dobladas a los lados era lo que me provocaba todo aquello. Respiré hondo y me tranquilicé un poco. Me dolía el brazo derecho. Como si me hubieran pegado un martillazo en la palma de la mano. El dolor se extendía hasta el mismo hombro. Aquella Desert Eagle tenía un retroceso del demonio. Y hacía un ruido infernal. Los oídos seguían zumbándome por la doble explosión. Pero me sentía contento. Había hecho bien el trabajo. Dos tipos duros me habían estado siguiendo al salir de la ciudad. Ahora volvía, y los tipos ya no me seguían.

Dejé el Bentley en el aparcamiento de la comisaría, lo más lejos posible de las puertas de entrada. Devolví la pistola a la guantera y me bajé del coche. Era tarde ya. Las sombras del atardecer empezaban a hacerse notar. El vasto cielo de Georgia estaba oscureciéndose. Adquiriendo la tonalidad de la tinta. La luna estaba en ascenso.

Roscoe estaba sentada al escritorio. Se levantó y fue hacia mí. Salimos de la comisaría. Dimos unos pasos. Nos besamos.

—¿Hay noticias de los de la agencia de alquiler de coches? —pregunté.

Meneó la cabeza.

—Mañana —dijo—. Picard está ocupándose del asunto. El hombre hace lo que puede.

—Muy bien —dije—. ¿Qué hoteles hay en el aeropuerto?

Empezó a desgranar un listado de hoteles. Los que suele haber en casi todos los aeropuertos del país. Presté atención al primero que mencionó. Luego le conté lo sucedido con los dos fulanos de Florida. Una semana atrás me hubiera detenido por haberlos matado. Con la idea de enviarme a la silla eléctrica. Su reacción ahora fue muy distinta. La irrupción en su casa de cuatro tipos calzados con botas de goma había cambiado mucho su forma de ver las cosas. Por lo que se limitó a esbozar una sombría sonrisa de satisfacción.

—Dos menos —comentó—. Buen trabajo, Reacher. ¿Eran los que estoy pensando?

—¿Los de anoche? No. Esos dos no eran de por aquí. No podemos incluirlos entre los diez mencionados por Hubble. Eran de fuera, y los contrataron para que echaran una mano.

—¿Dos tipos duros?

Me encogí de hombros. Hice oscilar la mano en señal de que tenía mis dudas.

—No demasiado —respondí—. No lo suficiente, por lo menos.

Expliqué lo que había encontrado en el maletero del Buick. Se estremeció de nuevo.

—¿Te parece que él era uno de esos diez? —preguntó—. ¿Spivey?

—No —dije—. No lo creo. A Spivey también lo contrataron para que echara una mano. A nadie se le ocurriría meter a un baboso como él en una trama de este tipo.

Roscoe asintió. Abrí el Bentley y saqué la pistola de la guantera. No me cabía en el bolsillo, por lo que volví a meterla en la caja de cartón con las balas. Roscoe metió la caja en el maletero del Chevy. Saqué la bolsa con las ropas sucias. Cerré bien el Bentley y lo dejé en el aparcamiento de la policía.

—Voy a llamar a Molly otra vez —dije—. El asunto es cada vez más complicado, y necesito más información. Hay algunas cosas que se me escapan.

La comisaría estaba casi vacía, por lo que me dirigí al despacho decorado con madera de palisandro. Llamé al número en Washington, y Molly respondió al segundo timbrazo.

—¿Puede hablar? —pregunté.

Me dijo que esperase un momento; oí que se levantaba y cerraba la puerta de su despacho.

—Es demasiado pronto, Jack. No voy a tener lo que necesita hasta mañana.

—Necesito algo de información de tipo general —expliqué—. Necesito saber cómo funcionan esos operativos internacionales que Joe estaba investigando. Necesito saber por qué aquí están pasando cosas cuando se supone que todo eso sucede fuera de nuestro país.

Lo pensó un momento y dijo:

—De acuerdo, voy a proporcionarle algo de información general. Creo que Joe sospechaba que esos operativos estaban siendo controlados desde nuestro país. El problema es difícil de explicar, pero voy a intentarlo. Al parecer, las falsificaciones se efectúan en el extranjero y —lo más importante— la mayor parte del dinero se queda en el extranjero. Tan solo unos cuantos de esos billetes falsos terminan por aparecer en Estados Unidos, lo que no supone un problema grave en el plano doméstico, aunque está claro que queremos ponerle fin al asunto. Pero en el extranjero nos encontramos con un problema diferente. ¿Usted sabe cuánto dinero en efectivo circula en Estados Unidos, Jack?

Me acordé de lo que me había dicho el tipo aquel del banco.

—Ciento treinta mil millones de dólares —respondí.

—Exacto —dijo ella—. Pero en el extranjero hay dos veces esa suma en dólares. Es un hecho. Doscientos sesenta mil millones de dinero estadounidense están en manos de personas repartidas por todo el mundo. En cajas de seguridad en Londres, Roma, Berlín, Moscú, metido dentro de colchones por toda Sudamérica y Europa del Este, escondido bajo suelos, en paredes falsas, en bancos, en agencias de viaje, por todas partes. ¿Cómo se explica?

—No lo sé —reconocí.

—Porque el dólar es la divisa que inspira mayor confianza. La gente cree en el dólar. Y todo el mundo quiere tener dólares. Como es natural, el gobierno de nuestro país está encantado con la situación.

—Porque es bueno para el orgullo nacional, ¿no? —aventuré.

Oí que cambiaba el auricular de mano.

—No es una cuestión de emociones —dijo Molly—. Es una cuestión de negocio. Piénselo, Jack. Si una persona de Bucarest tiene un billete de cien dólares en un cajón de su escritorio, eso significa que alguien, en algún momento, lo intercambió por unos activos en el extranjero por valor de cien dólares exactos. O lo que es lo mismo, nuestro gobierno les vendió un trozo de papel impreso con tinta verde y negra a cambio de cien dólares en bienes o servicios. Un negocio redondo. Y como se trata de una divisa que inspira confianza, lo más probable es que vaya a seguir en ese cajón de escritorio en Bucarest durante muchos años. Estados Unidos nunca va a tener que devolver esos bienes o servicios adquiridos. Mientras la gente siga confiando en el dólar, lo tenemos pero que muy bien.

—¿Y cuál es el problema? —pregunté.

—Resulta un poco difícil de describir —repuso—. Todo tiene que ver con la confianza y con la fe. Es casi metafísico. Si los mercados extranjeros se ven inundados de dólares falsos, la cosa en sí no tiene mucha importancia. Pero si las personas que operan en esos mercados extranjeros se enteran, entonces sí que tiene importancia. Porque les entra el pánico. Pierden la fe. Pierden la confianza. Ya no quieren más dólares. Y con el tiempo preferirán rellenar el colchón de su cuarto con yenes japoneses o marcos alemanes. Por supuesto, antes se quitarán los dólares de encima. Y el gobierno de nuestro país, de la noche a la mañana, se encontraría con una deuda exterior de doscientos sesenta mil millones de dólares. De la noche a la mañana. Y con eso no podríamos, Jack.

—Un problema de los gordos —convine.

—Es así —dijo Molly—. Y el problema tiene lugar lejos de aquí. Las falsificaciones las hacen en el extranjero en su totalidad, y casi todo ese dinero falso se distribuye en el extranjero. La cosa tiene sentido. Las fábricas de billetes falsos están escondidas en parajes remotos, a los que no tenemos acceso, y los falsos dólares luego van a parar a extranjeros que no plantean problemas mientras el billete de turno más o menos tenga el aspecto que se supone que tiene un dólar. Por eso, muy poco de ese dinero termina por ser importado. Tan solo las mejores falsificaciones acaban llegando a Estados Unidos.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? ¿A cuánto asciende lo que llega a nuestro país?

Intuí que fruncía los labios en gesto pensativo.

—No es tanto dinero —respondió—. Supongo que unos miles de millones con el paso del tiempo.

—¿Unos miles de millones? ¿Y eso no es mucho?

—Es una gota en el océano —contestó—. Desde el punto de vista macroeconómico. En comparación con el tamaño de la economía, quiero decir.

—¿Y qué estamos haciendo exactamente al respecto? —pregunté.

—Dos cosas —dijo—. En primer lugar, Joe estaba empeñado en ponerle fin a todo ese negocio. Por razones evidentes. En segundo lugar, hacemos lo posible por fingir que nada de esto está ocurriendo. Para que la moral no decaiga.

Asentí. Empecé a decirme que el gobierno de Washington en el fondo tenía sus razones para tanto secretismo.

—Entendido —dije—. Pero ¿qué pasaría si un día llamara al Tesoro y me interesase por el asunto?

—Lo negaríamos todo —respondió ella—. Le diríamos que no sabemos de qué nos está hablando.

Crucé la sala de trabajo en silencio y me reuní con Roscoe en su coche. Le dije que condujera en dirección a Warburton. Era de noche cuando llegamos a la pequeña arboleda. La luz de la luna hizo que diéramos con ella. Roscoe se detuvo en el lugar que le indiqué. La besé y me bajé del coche. Le dije que me encontraría con ella en el hotel. Di una palmada contra el techo del Chevy y me despedí con un gesto. Roscoe dio un giro de ciento ochenta grados y se marchó lentamente.

Me adentré en el bosquecillo. No quería dejar pisadas en el camino. La gruesa bolsa de viaje complicaba mi avance, pues no dejaba de engancharse en la maleza. Salí del bosquecillo y me planté frente al Buick, que seguía en el mismo sitio. Todo estaba en orden. Abrí la puerta del conductor con la llave y entré. Puse el motor en marcha y fui por el camino hacia la carretera. La suspensión posterior provocaba que el maletero del coche fuera resiguiendo las marcas que dejaban los neumáticos. No era de extrañar. El peso del maletero estaría en torno a los doscientos cincuenta kilos.

Salí a la carretera y me dirigí al este, en dirección a Margrave. Pero al llegar a la carretera del condado, giré hacia el norte. Recorrí a velocidad moderada los veinte kilómetros que me separaban de la autopista. Pasé junto a los almacenes y me uní al tráfico que discurría en dirección a Atlanta. No conducía ni demasiado rápido ni demasiado lento. No quería llamar la atención. El Buick color marrón era un coche del montón, de esos en los que nadie se fija. Ya me iba bien.

Al cabo de una hora empecé a seguir las indicaciones para llegar al aeropuerto. Encontré el acceso al aparcamiento de larga estancia. Cogí un billete en la barrera automatizada y entré. El estacionamiento era enorme. Mejor. Encontré una plaza libre en el centro, a unos cien metros de la valla más cercana. Borré con un pañuelo las huellas en el volante y el cambio de marchas. Salí con la bolsa de viaje. Cerré el Buick y me marché.

Al cabo de un minuto volví la vista atrás. Me resultaba imposible dar con el coche que acababa de abandonar. ¿Cuál es el mejor sitio para esconder un automóvil? El aparcamiento de larga estancia de un aeropuerto. Del mismo modo que una playa es el mejor lugar donde esconder un grano de arena. El Buick podía seguir allí durante un mes seguido sin que nadie reparara en él.

Fui andando hacia la barrera automatizada. Metí la bolsa de viaje en el primer contenedor de basuras que encontré. Y tiré el billete del estacionamiento en el segundo. Tras llegar a la barrera cogí el pequeño autobús interior del aeropuerto y me bajé en la terminal de salidas. Entré y fui a los servicios. Envolví las llaves del Buick en una toalla de papel y las dejé caer en la papelera. Regresé al vestíbulo y salí a la húmeda noche. Cogí otro de los autobuses interiores del aeropuerto y fui a reunirme con Roscoe.

La encontré bajo los neones del gran vestíbulo del hotel. Pagué la habitación con dinero en efectivo, con uno de los billetes de los dos hispanos de Florida. Entramos en el ascensor y subimos. La habitación era oscura y deprimente. Eso sí, era grande. Con vistas al aeropuerto. La ventana contaba con un triple cristal destinado a insonorizar el cuarto del estruendo de los aviones. Olía a cerrado.

—Primero vamos a comer —dije.

—Primero vamos a ducharnos —repuso Roscoe.

Nos duchamos. Eso mejoró nuestro humor. Nos enjabonamos y empezamos a hacer el tonto.

Terminamos por hacer el amor en la ducha mientras el agua caía sobre nuestros cuerpos. Después me entraron ganas de descansar un poco. Pero los dos teníamos hambre. Y debíamos hacer más cosas. Roscoe se puso las ropas que había recogido en su casa por la mañana. Los vaqueros, la camisa, la chaqueta. Tenía un aspecto de fábula. Muy femenino, pero con personalidad. Era una mujer con mucho nervio.

Subimos al restaurante del último piso. No estaba mal. Una gran vista panorámica del aeropuerto. Nos sentamos a una mesa con velas emplazada junto a una ventana. Un jovial camarero de origen extranjero nos sirvió cuanto pedimos. Empecé a devorarlo todo. Estaba muerto de hambre. Me bebí una cerveza y una gran taza de café. Empecé a sentirme medio humano otra vez. Pagué la cuenta con otro billete de los dos fulanos muertos. Bajamos al vestíbulo y nos hicimos con un plano de Atlanta en el mostrador de recepción. Fuimos a recoger el coche de Roscoe.

El aire de la noche era frío, húmedo y olía a gasóleo. El olor típico de los aeropuertos. Nos subimos al Chevy y estudiamos el plano de la ciudad. Nos dirigimos al noroeste. Roscoe estaba al volante, y yo trataba de darle las indicaciones precisas. Nos las vimos con el intenso tráfico, pero terminamos por llegar a donde íbamos, más o menos. Un barrio de casitas bajas. La clase de barrio en el que uno se fija cuando está a bordo de un avión a punto de aterrizar. Casitas unifamiliares en pequeñas parcelas valladas. Charcos de lluvia en las calles. Algunos jardines bien cuidados. Otros ni por asomo. Viejos automóviles sobre ladrillos, sin neumáticos. Todo ello bañado por la luz amarillenta de las farolas de sodio.

Dimos con la calle que andábamos buscando. Encontramos la casa. Bien cuidada. Pulcra y limpia. Una casita de una sola planta. Un pequeño césped, un pequeño garaje para un solo coche. Una estrecha puerta en la valla de alambre. Entramos. Llamamos al timbre. Una mujer mayor entreabrió la puerta sin quitar la cadena y nos miró.

—Buenas noches —dijo Roscoe—. Estamos buscando a Sherman Stoller.

Roscoe me miró un instante. Tendría que haber dicho que estábamos buscando la casa de Stoller. Porque ya sabíamos dónde se encontraba Stoller. En el depósito de cadáveres de Yellow Springs, a cien kilómetros de distancia.

—¿Y ustedes quiénes son? —preguntó la anciana en tono cortés.

—Somos agentes de policía, señora —dijo Roscoe. Una media verdad.

La anciana corrió la cadena y abrió la puerta.

—Pasen, pasen —nos invitó—. Está en la cocina. Comiendo, como siempre.

—¿Quién? —repuso Roscoe.

La anciana se detuvo y la miró con sorpresa.

—Sherman —respondió—. Lo están buscando, ¿no?

Fuimos con ella a la cocina. Un anciano estaba cenando sentado a la mesa. Nos vio, dejó de comer y se pasó la servilleta por los labios.

—Son dos agentes de policía, Sherman —le explicó la mujer.

El anciano nos miró con ojos inexpresivos.

—¿Hay otro Sherman Stoller? —pregunté.

El anciano asintió con la cabeza. Angustiado.

—Nuestro hijo —respondió.

—¿Un hombre de unos treinta años? —pregunté—. ¿De treinta y cinco?

El anciano volvió a asentir. La mujer fue a su lado y llevó la mano a su brazo. Eran sus padres.

—Sherman no vive aquí —dijo él.

—¿Es que se ha metido en problemas? —inquirió ella.

—¿Podrían facilitarnos su dirección? —preguntó Roscoe.

Se tomaron su tiempo, como suelen hacer las personas mayores. Muy deferentes con la autoridad. Muy respetuosos. Estaban ansiosos por hacernos preguntas, pero se contentaron con darnos la dirección.

—Hace dos años que no vive aquí —explicó él.

Tenía miedo. Y hacía lo posible por distanciarse del problema en el que su hijo andaba metido. Les dimos las gracias y nos fuimos. Cuando estábamos cerrando la puerta de la casa, el anciano nos llamó y dijo:

—Hace dos años que se mudó a esa otra dirección.

Salimos a la calle y volvimos al coche. Miramos el plano otra vez. La nueva dirección no aparecía por ninguna parte.

—¿Qué te han parecido esos dos? —preguntó Roscoe.

—¿Los padres? Tienen claro que su hijo últimamente estaba metido en líos. Que se dedicaba a negocios un poco raros. Lo más probable es que no sepan exactamente qué clase de negocios.

—Es lo que me ha parecido. Vamos a encontrar esa nueva dirección…

Roscoe entró en la primera gasolinera que vio, hizo que le llenaran el depósito y pidió indicaciones al encargado.

—Está a una media docena de kilómetros en la otra dirección —me informó Roscoe. Dio un giro de ciento ochenta grados y empezó a alejarse del centro urbano—. La dirección corresponde a unas viviendas nuevas construidas junto a un campo de golf.

Fue escudriñando en la oscuridad, tratando de encontrar las referencias que le había indicado el tipo de la gasolinera. Al cabo de unos seis kilómetros abandonó la avenida, enfiló una carretera recién construida y se detuvo frente al cartel de una inmobiliaria. El cartel publicitaba unas casas de primera calidad, erigidas justo encima del campo de golf. Casi todas estaban vendidas. Más allá del letrero se extendían unas hileras de nuevas edificaciones. Bonitas, no de gran tamaño, pero sí bien construidas. Balcones, garajes, buenos acabados. Unos buenos jardines en la oscuridad. Unos caminos iluminados llevaban a un gimnasio. Al otro lado no había nada. Sin duda se trataba del campo de golf.

Roscoe apagó el motor. Pasé el brazo por el respaldo de su asiento. Llevé la mano a su hombro. Estaba fatigado. No había parado en todo el día. No me hubiera importado seguir allí sentado un buen rato. La noche era tranquila y oscura. En el coche se estaba a gusto. Un poco de música no hubiera venido mal. Música con algo de desgarro. Pero teníamos cosas que hacer. Teníamos que encontrar a Judy. La mujer que había comprado el reloj a Sherman Stoller y había hecho que inscribieran una dedicatoria en la tapa de la caja. «Para Sherman, de Judy con amor». Teníamos que dar con Judy y explicarle que el hombre al que quería había muerto desangrado bajo una autopista.

—¿Qué te parece esto? —preguntó Roscoe. Estaba muy despierta.

—No sé… —Dije—. Estas casas son de compra, no de alquiler. Y no parecen baratas. ¿Te parece que un camionero puede permitirse vivir en un lugar así?

—No lo veo claro —respondió—. Estas casas seguramente cuestan tanto como la mía, y yo no podría pagar la hipoteca sin el subsidio de la fundación. Y está claro que gano más dinero al mes que un camionero.

—Está claro —convine—. Por consiguiente, hay que suponer que el amigo Sherman también estaba recibiendo un subsidio de alguna clase, ¿no te parece? De lo contrario no hubiera podido vivir en un sitio como este.

—Eso mismo. Pero ¿de qué tipo de subsidio estamos hablando?

—Del tipo de subsidio que va dejando muertos por el camino.

La casa de Stoller estaba al final de todo. Seguramente pertenecía a la primera promoción de viviendas construidas en aquel paraje. Su padre nos había dicho que se había mudado dos años atrás. Lo que muy bien podía ser verdad. La primera promoción parecía tener un par de años de antigüedad. Fuimos andando por caminos que discurrían entre grandes macizos de flores. Ascendimos por un sendero hacia la casa de Sherman Stoller. El sendero estaba formado por losas irregulares. Uno se veía obligado a caminar de forma algo antinatural. Mientras yo tenía que andar a pasos cortos, Roscoe se veía obligada a forzar la zancada para ir de una losa a la siguiente. Llegamos a la puerta. Estaba pintada de azul, de un azul apagado y discreto, al viejo estilo.

—¿Vamos a contarle a Judy lo sucedido? —pregunté.

—No nos queda más remedio, ¿verdad? —dijo Roscoe—. Tiene derecho a saberlo.

Llamé a la puerta con los nudillos. Me quedé a la espera. Volví a llamar. Oí que el suelo crujía en el interior. Alguien venía. La puerta se abrió. Una mujer nos estaba mirando. De unos treinta años de edad, aunque parecía mayor. Bajita, nerviosa, cansada. Rubia de bote.

—Somos agentes de policía, señora —la informó Roscoe—. Y estamos buscando el domicilio del señor Sherman Stoller.

La mujer guardó silencio un momento.

—Bueno, pues diría que ya lo han encontrado —repuso finalmente.

—¿Podemos pasar? —preguntó Roscoe en tono cortés.

Un nuevo silencio. La rubia finalmente se volvió y echó a andar por el recibidor. Roscoe y yo nos miramos, y la seguimos. Cerré la puerta a mi espalda.

La mujer nos condujo a la sala de estar. Una estancia de buen tamaño. Decorada con costosos muebles y alfombras. Un gran televisor. Sin equipo de música, sin libros. El conjunto no terminaba de impresionar. Se diría que alguien lo había comprado todo invirtiendo diez mil dólares tras haber hojeado un catálogo durante diez minutos. Un sillón de este tipo, otro de aquel otro, un par más como estos. A la mañana siguiente les entregaron los muebles, que distribuyeron al buen tuntún.

—¿Usted es la señora Stoller? —preguntó Roscoe en el mismo tono cortés.

—Más o menos —contestó la rubia—. No es que estuviéramos casados, pero supongo que ahora da lo mismo.

—¿Se llama Judy? —Intervine.

Asintió con la cabeza. De forma repetida. Aprovechando para pensar.

—Sherman está muerto, ¿no es así? —apuntó.

—En efecto —respondió Roscoe—. Lo siento mucho.

Judy asintió para sí. Su mirada vagó por el feo salón. Guardamos silencio. Judy finalmente se sentó. Nos indicó con un gesto que hiciéramos otro tanto. Tomamos asiento en sendas sillas, formando un triángulo perfecto.

—Tenemos que hacerle unas cuantas preguntas —explicó Roscoe, acercando el rostro al de la rubia—. ¿Le parece bien?

Judy asintió. Su rostro era inexpresivo.

—¿Cuánto tiempo hace que conocía a Sherman? —preguntó Roscoe.

—Unos cuatro años, más o menos. Lo conocí en Florida, donde yo vivía por entonces. Vine con él aquí hace cuatro años justos. Y he seguido viviendo aquí desde entonces.

—¿Cuál era la profesión de Sherman?

Con expresión abatida, Judy respondió:

—Era camionero. Consiguió un buen contrato de trabajo en esta ciudad, aunque no sé muchos detalles. Un contrato a largo plazo, no sé si me explico. Por lo que compramos una casita. Sus padres vinieron a vivir con nosotros. Pero al final les dejamos la casita y nos vinimos a vivir aquí. Sherman estuvo ganando bastante dinero durante tres años. Siempre tenía mucho trabajo. Hasta hace un año, cuando, de pronto, dejó de tenerlo. Desde entonces casi no tuvo empleos. De vez en cuando le salía algún pequeño transporte.

—¿Usted es la propietaria de las dos casas? —se interesó Roscoe.

—Yo no soy propietaria de nada, maldita sea —dijo Judy—. El propietario era Sheman. De las dos casas.

—Me dice que las cosas le fueron bien durante los primeros tres años… —apuntó Roscoe.

Judy se la quedó mirando un momento.

—¿Que si le fueron bien…? —repitió—. Dejémonos de tonterías, por favor. Sherman era un ladrón. Y estaba aprovechándose de algún fulano.

—¿Está segura? —Intervine.

Judy me taladró con la mirada.

—No hace falta ser muy lista para adivinarlo —contestó—. En esos tres años compró dos casas con dinero en efectivo, así como los muebles, los coches, lo que hiciera falta. Y esta casa no le salió precisamente barata. Aquí viven abogados, médicos y gente por el estilo. Y Sherman tenía el suficiente dinero ahorrado como para no tener que trabajar hasta septiembre pasado. Si todo eso lo consiguió trabajando honradamente, entonces yo soy la Primera Dama, ¿me explico?

Nos miró desafiante. Judy lo había tenido claro desde el principio. Y sabía lo que iba a pasarle a Sherman cuando descubrieran el pastel. Nos estaba desafiando a cuestionar su derecho a echarle la culpa de lo sucedido.

—¿Quién le proporcionó ese estupendo contrato de trabajo? —quiso saber Roscoe.

—Una compañía llamada Island Air-Conditioning. Durante tres años se dedicó a transportar aparatos de aire condicionado. Los llevaba a Florida. Es posible que con destino a las islas del Caribe. No estoy segura. Sherman acostumbraba a distraer algunos de esos aparatos. En el garaje aún quedan dos cajas de hace tiempo. ¿Quieren verlas?

No esperó a oír nuestra respuesta. Se levantó y salió del salón. La seguimos. Bajamos por una escalera y atravesamos una puerta. Llegamos a un garaje. No había nada en el interior, salvo dos viejas cajas de cartón pegadas a una pared. Un par de cajas, se diría que llevaban allí un año o dos. Con el logotipo del fabricante: ISLAND AIR-CONDITIONING. Por arriba, la cinta adhesiva estaba arrancada y colgaba a los lados. Cada una de las cajas llevaba un número de referencia escrito a mano en el cartón. Cada una se correspondía con un aparato de aire acondicionado, del tipo que se ajusta a la ventana y hace un ruido de mil demonios. Judy clavó la vista en las cajas y nos miró con rabia. Su mirada decía: «Yo le regalé un reloj de oro y él, a cambio, me jodió la vida para siempre».

Me acerqué y eché un vistazo a las cajas. Estaban vacías. Detecté cierto olor amargo. Volvimos al salón. Judy sacó un álbum de fotos de una vitrina. Tomó asiento y contempló una fotografía de Sherman.

—¿Qué le pasó? —preguntó.

La pregunta era sencilla. Y merecía una respuesta sencilla.

—Le dispararon en la cabeza —mentí—. Murió al momento.

Judy asintió. Como si la cosa no la sorprendiera.

—¿Cuándo?

—El jueves por la noche —explicó Roscoe—. A medianoche. ¿Sherman le dijo adónde iba el jueves por la noche?

Judy meneó la cabeza.

—Nunca me contaba demasiado.

—¿En algún momento le dijo que había contactado con un investigador? —preguntó Roscoe.

Judy volvió a negar con un gesto.

—¿Ha oído mencionar la palabra Pluribus? —pregunté—. ¿Le suena de algo?

Me miró sin entender.

—¿Se trata de una enfermedad? ¿De los pulmones o algo así?

—¿Y qué puede decirnos sobre el próximo domingo? ¿En algún momento le habló del domingo que viene?

—No —contestó Judy—. Nunca me contaba demasiado.

Se quedó mirando las fotos del álbum. La sala se quedó en silencio.

—¿Sherman conocía a unos abogados en Florida? —preguntó Roscoe por fin.

—¿A unos abogados? —repitió Judy—. ¿Por qué iba a conocerles?

—A Sherman lo detuvieron hace dos años en Jacksonville —explicó Roscoe—. Por una infracción de tráfico mientras conducía la camioneta. Un abogado se presentó para sacarlo del apuro.

Judy se encogió de hombros, como si lo sucedido dos años atrás viniera a ser historia antigua.

—Hay abogados que siempre andan buscando clientes, ¿no? —observó—. No me parece que sea tan importante.

—Este abogado no era un buscavidas —aclaró Roscoe—. Era uno de los socios principales de uno de los bufetes más prestigiosos de allí. ¿Cómo es que Sherman lo conocía? ¿Tiene alguna idea?

Judy de nuevo se encogió de hombros.

—Es posible que quienes lo conocieran fuesen los jefes de Sherman —aventuró—. Los de Island Air-Conditioning. Nos proporcionaron una muy buena cobertura sanitaria. Sherman me dejaba ir al médico siempre que me hacía falta.

Volvimos a sumirnos en el silencio. No había más que decir. Judy volvió a mirar las fotos del álbum.

—¿Quieren ver una fotografía de Sherman?

Me acerqué por detrás de su silla para ver bien la imagen. Un hombre con el pelo color arena y cara de rata. Bajito, delgado, sonriente. De pie ante una furgoneta de transporte. Sonriente mientras miraba la cámara. La sonrisa daba cierto patetismo a la instantánea.

—Esta era la furgoneta que solía conducir —dijo Judy.

Pero yo no estaba mirando la furgoneta ni la sonrisa de Sherman Stoller. Estaba fijándome en una figura situada al fondo de la imagen. Aparecía desenfocada y con el rostro medio vuelto, pero lo reconocí. Paul Hubble.

Hice un gesto a Roscoe para que se acercara y viera bien la foto. Una expresión de sorpresa asomó a su rostro al reconocer a Hubble. Se acercó un poco más. Una nueva expresión de sorpresa. Había reconocido algo más.

—¿Cuándo tomaron esta foto? —preguntó.

Judy se encogió de hombros.

—El verano pasado, me parece.

Roscoe señaló con la uña la borrosa cara de Hubble.

—¿Sherman alguna vez le dijo quién era este hombre?

—Su nuevo jefe —respondió Judy—. Llevaría seis meses en el cargo cuando puso a Sherman de patitas en la puta calle.

—¿Su nuevo jefe en Island Air-Conditioning? —apuntó Roscoe—. ¿Y despidió a Sherman por alguna razón precisa?

—Sherman me dijo que porque ya no lo necesitaban. Nunca me contaba demasiado.

—¿Estas son las instalaciones de Island Air-Conditioning? —preguntó Roscoe—. ¿Este lugar en el que tomaron la foto?

Judy asintió ligeramente con la cabeza.

—Eso creo —dijo—. Sherman nunca hablaba mucho del trabajo.

—Necesitamos quedarnos con esta fotografía —repuso Roscoe—. Se la devolveremos.

Judy la sacó de debajo del celofán. Y se la entregó.

—Quédensela. No la quiero.

Roscoe se llevó la foto al bolsillo interior de la chaqueta. Empezamos a irnos de la sala de estar.

—Muerto de un tiro en la cabeza… —musitó Judy—. Es lo que pasa cuando te lo montas de esa forma en la vida. Le dije que más tarde o más temprano iba a encontrarse con un problema.

Roscoe asintió en gesto de comprensión.

—Seguiremos en contacto —le dijo—. Para la celebración del entierro, ya sabe, y es posible que tengamos que tomarle una declaración formal.

Judy nos taladró con la mirada.

—No se molesten —contestó—. No pienso ir a su funeral. No era su esposa, así que tampoco soy su viuda. Voy a hacer lo posible por olvidarme de él para siempre. Ese hombre no hacía más que meterse en problemas.

Siguió mirándonos fijamente. Fuimos por el pasillo hacia la puerta de la casa. Salimos por el camino enlosado. Nos cogimos de la mano al andar hacia el coche.

—¿Qué has visto en la fotografía? —Pregunté.

Roscoe estaba andando con rapidez.

—Espera un momento. Te lo cuento en el coche.

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