Zona peligrosa

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Subimos al Chevrolet, y Roscoe dio la luz del habitáculo. Sacó la fotografía del bolsillo. Acercó la foto a la luz, hasta que esta iluminó bien la brillante superficie. La estudió. Me la pasó.

—Fíjate en el borde izquierdo de la foto.

En la imagen, Sherman Stoller estaba de pie ante una camioneta de color amarillo. Paul Hubble estaba en segundo término, con el rostro medio girado. Las dos figuras y el vehículo ocupaban la imagen entera, con la salvedad de una cuña de asfalto en la parte inferior. El fondo de la izquierda estaba aún más borroso que Hubble, pero conseguí distinguir el extremo de un edificio moderno, de paneles de metal. Un alto árbol más allá. El marco de una puerta. Un portón industrial, con la persiana metálica subida. El marco era rojo oscuro, asimismo industrial. En parte decorativo, en parte protección contra los elementos. La persiana del portón estaba abierta, y el interior en penumbra.

—Es uno de los almacenes de Kliner —dijo Roscoe—, en el extremo de la carretera del condado.

—¿Estás segura?

—He reconocido el árbol.

Volví a mirar. Se trataba de un árbol muy peculiar. Muerto en uno de sus lados. Quizá por efecto de un rayo.

—Es uno de los almacenes de Kliner —repitió—. No tengo duda.

Cogió el teléfono del coche y volvió a contemplar la fotografía. Marcó el número de la policía de tráfico en Atlanta y pidió información sobre la matrícula de la furgoneta de Stoller. Esperó unos momentos, tamborileando con el índice sobre el volante. Oí el crepitar de la respuesta en el auricular. Colgó y se volvió hacia mí.

—La furgoneta está registrada a nombre de Industrias Kliner —dijo—. La dirección que consta es la del bufete de abogados Zacarías Pérez, en Jacksonville, Florida.

Asentí. Roscoe hizo otro tanto. Los amigos de Sherman Stoller. Los que dos años antes lo habían sacado en libertad de la comisaría central de Jacksonville cincuenta y cinco minutos después de haber sido detenido.

—Muy bien —dijo ella—. Veámoslo todo en su conjunto. Hubble, Stoller, la investigación emprendida por Joe… Están imprimiendo billetes falsos en los almacenes de Kliner, ¿es eso?

—No —respondí—. No se imprimen billetes falsos en Estados Unidos. La impresión siempre se hace en el extranjero. Así me lo ha explicado Molly Beth Gordon, y se supone que esa mujer sabe de lo que habla. Según me dijo, Joe había hecho que fuera imposible. Y fuera lo que fuese lo que Stoller hacía exactamente, Judy nos ha dicho que dejó de hacerlo hace un año. Por su parte, Finlay dice que Joe emprendió esta investigación hace un año. Por la misma época en que Hubble despidió a Stoller.

Roscoe asintió con la cabeza.

—Vamos a necesitar que Molly nos ayude —dijo—. Nos hace falta una copia del expediente reunido por Joe.

—Picard también podría ayudarnos. Si encontramos el hotel de Joe y entramos en su habitación, es posible que demos con el original. Los dos pueden sernos de utilidad, tanto Molly como Picard.

Roscoe apagó la luz. Puso el coche en marcha y emprendió el camino de regreso al hotel en el aeropuerto. Me arrellané en mi asiento. Bostecé. Me daba cuenta de que Roscoe estaba poniéndose nerviosa. Ya no tenía más cosas que hacer. No le quedaban más distracciones. Y ahora iba a tener que hacer frente a las horas de la noche, en las que uno es más vulnerable. Con el precedente de lo ocurrido en su casa la noche previa. Por eso estaba poniéndose nerviosa.

—¿Tienes la pistola, Reacher?

Me volví hacia ella.

—Está en el maletero —respondí—. En la caja. Tú misma la metiste ahí, ¿te acuerdas?

—Súbela al hotel, ¿entendido? Así me sentiré más segura.

Sonreí en la oscuridad. Tenía sueño. Bostecé.

—Yo también me sentiré más seguro —dije—. Esa pistola es lo que no hay.

Nos sumimos en el silencio. Roscoe llegó al aparcamiento del hotel. Salimos del coche y nos desperezamos en la oscuridad. Abrí el maletero. Saqué la caja y cerré bien la tapa. Entramos por el vestíbulo y subimos en el ascensor.

Nos metimos en la cama nada más entrar en la habitación. Roscoe dejó su brillante revólver del 38 en la alfombra situada a su lado de la cama. Volví a cargar el gran pistolón del 44 y lo dejé a mi lado. Montado y con el seguro quitado. Colocamos una silla bajo el picaporte de la puerta. Roscoe iba a sentirse más segura.

Me desperté temprano y me quedé tumbado en la cama, pensando en Joe. Era miércoles por la mañana. Mi hermano llevaba cinco días muerto. Roscoe acababa de levantarse. Estaba de pie en el centro de la habitación, haciendo unos ejercicios. Una especie de yoga. Acababa de ducharse y no había terminado de vestirse. No llevaba pantalones. Tan solo una camisa. Me estaba dando la espalda. Mientras hacía sus estiramientos, la camisa se le subía. Dejé de pensar en Joe.

—¿Roscoe?

—¿Sí?

—Tienes el culo más bonito del mundo.

Soltó una risita. Me abalancé sobre ella. No pude evitarlo. Era lo único que podía hacer. Aquella mujer me volvía loco. Su risita me había enloquecido. Arrastré su cuerpo hacia la gran cama de hotel. El edificio hubiera podido venirse abajo en aquel momento, y no nos hubiéramos dado cuenta. Algo después yacimos exhaustos y entrelazados. Así seguimos un rato. Roscoe finalmente se levantó y se duchó por segunda vez en la mañana. Volvió a vestirse. Poniéndose los pantalones y todo. Me sonrió, como viniendo a decirme que ya estaba bien de someterme a una tentación constante.

—¿Lo decías en serio? —preguntó.

—¿El qué? —Dije, sonriendo.

—Ya sabes. —Me devolvió la sonrisa—. Eso de que tengo el culo bonito.

—No he dicho que tuvieras el culo bonito —la corregí—. Culos bonitos los hay a patadas. Lo que he dicho es que tienes el culo más bonito del mundo entero.

—Pero ¿lo has dicho en serio?

—Ya lo creo que lo he dicho en serio. Ni se te ocurra subestimar ese culo que tienes, Roscoe, te lo digo yo.

Llamamos al servicio de habitaciones y pedimos el desayuno. Quité la silla del picaporte para que pudieran entrar con el carrito. Abrí las recias cortinas. La mañana era fantástica. El cielo azul brillaba, no se veía una sola nube, el sol otoñal resplandecía. La habitación de pronto se inundó de luz. Abrimos un poco la ventana, para que entraran el aire, los olores y los sonidos de la mañana. La vista era espectacular. Cubría el aeropuerto entero y parte de la ciudad situada más atrás. Iluminados por el sol, los coches del aparcamiento semejaban joyas dispuestas sobre terciopelo. Los aviones despegaban y viraban en el aire con lentitud, como pájaros orondos e importantes. Los edificios del centro resultaban imponentes bajo el sol. Una mañana estupenda. Pero se trataba de la sexta mañana seguida que mi hermano no había llegado a ver.

Roscoe cogió el teléfono y llamó a Finlay en Margrave. Le habló de la fotografía tomada a Hubble y a Stoller delante de uno de los almacenes de Kliner. A continuación le dio el número de nuestra habitación y le pidió que nos avisara si Molly trataba de contactar con nosotros desde Washington. O si Picard llamaba con información de la agencia de alquiler de coches sobre el Pontiac incinerado. Me dije que sería mejor quedarnos en Atlanta por si Picard se adelantaba a Molly y conseguíamos dar con el hotel de Joe. Lo más seguro era que se hubiera quedado en la ciudad, posiblemente cerca del aeropuerto. No tenía sentido volver en coche a Margrave para tener que regresar a Atlanta poco después. De forma que nos quedamos a la espera. Manoseé el dial de la radio empotrada junto a la cama. Encontré una emisora que ponía música que no estaba mal del todo. Unos temas que parecían sacados de los primeros álbumes de Canned Heat. Animados, luminosos y perfectos para una mañana soleada en la que no había mucho que hacer.

Llegó el desayuno, y nos lo comimos todo. Las tortitas, el sirope de arce, el tocino. Dimos buena cuenta del café que nos trajeron en una gran jarra de porcelana. Después me tumbé un rato en la cama. No tardé en sentirme un poco inquieto. En decirme que habíamos hecho mal en quedarnos. Parecía como si no estuviéramos haciendo nada en absoluto. Advertí que Roscoe estaba pensando lo mismo. Colocó la foto de Hubble y Stoller en una mesita y se puso a observarla con atención. Yo no dejaba de mirar el teléfono. Nadie nos llamaba. Empezamos a pasearnos arriba y abajo, a la espera de que pasara algo. Finalmente me agaché para recoger la Desert Eagle del suelo, junto a la cama. La sostuve en la mano. Reseguí con el dedo el nombre grabado en la culata. Miré a Roscoe. Tenía curiosidad por saber más sobre el tipo que se había comprado esa gigantesca automática.

—¿Qué tal era ese Gray?

—¿Gray? —repitió—. Un profesional de lo más meticuloso. Si te interesa echarle un vistazo a los papeles de Joe, tendrías que haber visto los de Gray. En la comisaría están todos los expedientes y atestados que escribió a lo largo de veinticinco años. Pormenorizados a más no poder. Gray era un buen inspector.

—¿Cómo es que se ahorcó?

—No lo sé. Nunca llegué a comprenderlo.

—Estaba deprimido…

—No seriamente. A ver si me explico… Sí que era un poco depresivo. Era un hombre más bien sombrío. Y se aburría con su trabajo. Era un buen policía, y en Margrave había estado perdiendo el tiempo. Pero su situación en febrero no era peor que en los meses anteriores. Me quedé asombrada al saberlo. Y me llevé un disgusto enorme.

—¿Os llevabais bien?

Se encogió de hombros.

—Sí —respondió—. En cierta forma, estábamos bastante unidos. Gray era un hombre algo hosco, que no tenía verdaderos amigos. Nunca se había casado, vivía solo, no tenía familia. Era abstemio, por lo que nunca salía a tomar una cerveza. Era callado, de aspecto un poco desastrado, con sobrepeso. No tenía pelo, pero sí una barba larga y descuidada. Un hombre que estaba a gusto consigo mismo. Un solitario. Pero que estaba todo lo unido a mí que podía estarlo con otra persona. Nos entendíamos bien, a nuestro modo.

—¿Y nunca te dijo nada? —pregunté—. ¿Un mal día sencillamente se ahorcó?

—Eso fue lo que pasó —dijo ella—. Me quedé horrorizada. Nunca lo entenderé.

—¿Cómo es que tenías su pistola en el escritorio?

—Me preguntó si podía guardarla allí. No tenía espacio en su escritorio. Siempre lo tenía atestado de papeles. Me preguntó si podía guardarle una caja con la pistola. Era su arma personal. Dijo que los del cuerpo nunca iban a autorizar que la usara porque era de un calibre demasiado grande. Me lo contó todo como si fuera un secreto.

Volví a mirar la pistola del muerto sobre la alfombra. El silencio se vio roto por el timbrazo del teléfono. Fui corriendo y descolgué. Oí la voz de Finlay. Agarré el auricular y contuve el aliento.

—¿Reacher? —dijo Finlay—. Picard tiene lo que necesitamos. Ha conseguido dar con el origen del coche.

Suspiré e hice un gesto con la cabeza a Roscoe.

—Muy bien, Finlay —dije—. ¿Cómo lo ha averiguado?

—Vaya a su oficina. Él mismo se lo contará todo en detalle. He preferido no hablar mucho por teléfono desde aquí.

—Gracias, Finlay. Hablamos luego.

—Entendido. Y cuídense, ¿de acuerdo?

Colgó. Sonreí y me quedé mirando el teléfono.

—Pensaba que nunca iba a llamar —dijo Roscoe—. Pero, bueno, dieciocho horas tampoco están tan mal, incluso para los del FBI, ¿no te parece?

La delegación del FBI en Atlanta estaba en un nuevo edificio de oficinas del gobierno federal enclavado en el centro. Roscoe aparcó frente a la puerta. En el mostrador de recepción hicieron una llamada y nos dijeron que el agente especial Picard en un momento bajaría a encontrarse con nosotros. Esperamos de pie en el vestíbulo. Una gran sala, decorada con cierta buena voluntad, pero que seguía haciendo gala de esa atmósfera deprimente que suelen tener los edificios gubernamentales. Picard apareció por la puerta de uno de los ascensores al cabo de tres minutos. Vino hacia nosotros. Su corpachón parecía ocupar el vestíbulo entero. Me saludó con una inclinación de la cabeza y estrechó la mano de Roscoe.

—Finlay me ha hablado mucho de usted —dijo.

Su voz de oso era tan profunda como siempre. Roscoe asintió con un gesto y sonrió.

—Y, bien, hablemos del coche que encontró Finlay —dijo Picard—. Estamos hablando de un Pontiac de alquiler. Alquilado a Joe Reacher en el aeropuerto de Atlanta, el jueves a las ocho de la noche.

—Buen trabajo, Picard —elogié—. ¿Tiene alguna idea de dónde pudo haberse alojado Joe?

—Tengo algo mejor que una idea, amigo. El coche lo alquiló por teléfono, los de la agencia fueron a entregarlo a su hotel.

Me dio el nombre de un hotel situado a kilómetro y medio del que estábamos alojados nosotros.

—Gracias, Picard —dije—. Le debo un favor.

—No hay problema, amigo —respondió—. Y cuídense, ¿de acuerdo?

Dio media vuelta y se dirigió al ascensor. Fuimos a toda prisa al aeropuerto. Roscoe torció por la carretera de acceso y aceleró hasta sumarse al flujo de vehículos. Vi que una furgoneta de color negro venía en sentido contrario por la autopista. Una furgoneta con la trasera descubierta, nueva. Me volví y vi que desaparecía entre los coches. Una furgoneta negra. Con la trasera descubierta. Nueva. Probablemente no era nada. En los estados del Sur se venden furgonetas con la trasera descubierta a mansalva.

Roscoe mostró su placa al recepcionista del hotel en el que, según Picard, Joe se había registrado el jueves. El recepcionista consultó el ordenador y nos dijo que había estado en la habitación 621, en el sexto piso, al final del pasillo. Agregó que uno de los encargados se encontraría con nosotros frente a la puerta. Subimos en el ascensor y recorrimos el pasillo en penumbra. Nos quedamos esperando ante la puerta del cuarto de Joe.

El encargado llegó un momento después y abrió la puerta con una llave maestra. Entramos. La habitación estaba vacía. La habían limpiado y arreglado a la perfección. Estaba lista para alojar a otros ocupantes.

—¿Y su equipaje? —pregunté—. ¿Dónde lo han dejado?

—Lo sacamos todo el sábado —explicó el hombre—. Este caballero se registró el jueves por la noche, y se suponía que iba a dejar la habitación antes de las once de la mañana del viernes. En estos casos concedemos un día más a nuestros huéspedes, y si no aparecen, sacamos todas sus cosas y las enviamos a mantenimiento.

—Entonces, ¿tienen guardadas sus cosas? —insistí.

—Sí, abajo —respondió el gerente—. Tendrían que ver lo que guardamos. La gente se deja las cosas más impensables.

—¿Podemos echar una mirada? —pregunté.

—Está todo en el sótano —nos indicó—. Bajen por la escalera que hay en el vestíbulo. No tendrán problema en encontrarla.

El encargado se marchó. Roscoe y yo bajamos en el ascensor, encontramos la escalera y descendimos al sótano. La sala de mantenimiento era enorme, y en ella había montones de sábanas y toallas limpias. Así como canastos de lavandería y cestitas con jabones y sobrecitos con champú. Las empleadas iban y venían con carritos. En un rincón había un cubículo acristalado ocupado por una mujer sentada a un pequeño escritorio. La mujer levantó la mirada, y Roscoe le enseñó la placa.

—¿En qué puedo ayudarles? —dijo la mujer.

—Habitación seis dos uno —repuso Roscoe—. El sábado por la mañana sacaron ustedes unos efectos personales… ¿Los tienen aquí?

Volví a contener el aliento.

—¿La seis dos uno? —dijo la mujer—. Ya no están aquí. Vino a llevárselos.

Respiré hondo. Habíamos llegado demasiado tarde. Me sentí abrumado por la frustración.

—¿Quién vino? —pregunté—. ¿Y cuándo?

—El huésped. Esta mañana, a las nueve o nueve y media.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté.

Sacó un pequeño libro de un estante y lo abrió. Humedeció con la lengua uno de sus dedos y resiguió una anotación.

—El señor Joe Reacher —respondió—. Firmó en el libro y se llevó sus cosas.

Dio la vuelta al libro y nos mostró la página. En ella estaba garabateada una firma ilegible.

—¿Qué aspecto tenía ese tal Reacher? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Parecía extranjero —contestó—. Latino. Cubano, quizá. Un hombre bajito y moreno, delgado, con una sonrisa agradable. Muy amable y cortés, si recuerdo bien.

—¿Tienen una lista de esos efectos personales?

Su dedo regordete resiguió unas líneas más abajo. En ellas aparecían anotadas una bolsa de viaje, ocho prendas de vestir, un neceser de aseo, dos pares de zapatos. Y un maletín.

Nos marchamos y subimos al vestíbulo por la escalera. Salimos a la soleada mañana. El día ya no me parecía tan bonito como antes.

Llegamos al coche. Nos detuvimos y nos miramos. Estaba tratando de dilucidar si Joe podría haber sido lo bastante listo y precavido como para hacer lo que yo hubiese hecho en su lugar. Joe había pasado mucho tiempo rodeado de individuos listos y precavidos.

—Roscoe… Si fueras ese tipo que se ha marchado de aquí con las cosas de Joe, ¿qué harías en su lugar?

Dejó la portezuela del coche entreabierta y lo pensó.

—Me quedaría con el maletín. Y lo llevaría a donde tuviera que llevarlo. Todo lo demás lo tiraría.

—Yo haría igual. ¿Dónde lo tirarías?

—En el primer sitio que encontrara, imagino.

Entre ese hotel y el siguiente discurría una pequeña calle que trazaba un arco por la parte posterior de ambos edificios y enlazaba con la carretera del aeropuerto. A lo largo de una veintena de metros, la calzada estaba flanqueada por una hilera de contenedores de basura. Señalé los contenedores.

—Supongamos que se fue en coche por allí. Y que tiró la bolsa de viaje a uno de esos contenedores.

—Pero lo lógico es suponer que se quedó con el maletín, ¿no? —dijo Roscoe.

—Es posible que lo que estamos buscando no sea el maletín. Ayer recorrí varios kilómetros hasta llegar a ese bosquecillo, pero al final me escondí en el campo descubierto. Una maniobra de diversión. Es una costumbre que tengo. Y es posible que Joe también la tuviera. Quizá cargaba con un maletín pero llevaba los papeles de importancia en la bolsa de viaje.

Roscoe se encogió de hombros. La idea no la convencía. Echamos a andar por la calle. Vistos de cerca, los contenedores eran enormes. Tuve que izarme a pulso para asomar la cabeza y mirar dentro de ellos. El primero estaba vacío. En él no había más que mugre de años incrustada. El segundo estaba lleno. Encontré un palo alargado y revolví el interior. No vi nada. Me bajé del contenedor y fui a ver en el siguiente.

Vi que había una bolsa de viaje en lo alto, ladeada sobre unos viejos cartones. La enganché con el palo y la saqué. La tiré al suelo, a los pies de Roscoe. Bajé del contenedor y me acuclillé. Una bolsa baqueteada por el uso. Con marcas y ralladuras. Con un montón de adhesivos de líneas aéreas pegadas en los costados. Y una pequeña placa dorada sujeta a un asa. La placa rezaba: REACHER.

«Muy bien, Joe —me dije—. Vamos a ver si eras de los listos».

Me puse a buscar los zapatos. Los encontré en un compartimento lateral. Dos pares, como estaba anotado en el listado del hotel. Procedí a sacar la suela interior de cada zapato. Bajo la suela del tercero encontré una minúscula bolsita de plástico herméticamente cerrada. Con una hoja de papel de impresora doblada en el interior.

«Joe, eras más listo que el hambre», me dije. Y me reí.

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