Zona peligrosa
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Roscoe y yo nos pusimos a dar saltos por la acera, con tanto entusiasmo como los suplentes de un equipo de fútbol que estuvieran celebrando el tanto de un compañero en el campo. Finalmente nos subimos al Chevy y regresamos a toda prisa a nuestro hotel. Entramos corriendo en el vestíbulo, subimos en el ascensor. Abrimos la puerta de la habitación y entramos. El teléfono estaba sonando. Era Finlay otra vez, llamando desde Margrave. Daba la impresión de estar tan entusiasmado como nosotros.
—Ha llamado Molly Beth Gordon —anunció—. Y lo ha conseguido. Ha encontrado los documentos que nos hacen falta. Ahora mismo está viniendo en avión. Me ha dicho que el asunto es increíble. Parecía estar lo que se dice asombrada. Llegará a las dos a Atlanta, en el vuelo de la compañía Delta procedente de Washington. Me encontraré con ustedes a esa hora en la terminal de llegadas. ¿Picard les ha conseguido algo?
—Ya lo creo —dije—. Ese Picard es un hombre muy listo. Y creo que tengo el otro trozo del papel de impresora.
—¿Lo cree? —se extrañó Finlay—. ¿No lo sabe?
—Justo acabo de volver al hotel —le expliqué—. Aún no lo he mirado.
—Pues mírelo de una vez, por Dios. Es importante, ¿no?
—Hablamos luego, amigo mío —me despedí.
Nos sentamos a la mesa situada junto a la ventana. Abrimos la bolsita de plástico y sacamos el papel. Lo desdoblamos con cuidado. Un papel de impresora. La parte superior derecha había sido arrancada, pero era posible leer el encabezamiento: «Operación E Unum».
—«Operación E Unum Pluribus» —completó Roscoe.
Seguía un listado a triple espacio de iniciales con números de teléfono. Las primeras iniciales eran «P. H». El número de teléfono había sido arrancado.
—«Paul Hubble» —dijo Roscoe—. El papelito que encontró Finlay incluía su número y el final del encabezamiento.
Asentí. Seguían cuatro iniciales. Las primeras eran «W. B.» y «K. K.». Al otro lado había sendos números telefónicos. Vi que el de «K. K.» llevaba un prefijo de Nueva York. Me dije que iba a tener que buscar el prefijo correspondiente al número de «W. B.». Las siguientes iniciales eran «J. S.» Cuyo prefijo era 504. Nueva Orleáns. Hacía menos de un mes que había estado en esa ciudad. Las últimas iniciales era «M. B. G.». El número de teléfono llevaba el prefijo 202. Lo señalé, para que Roscoe se fijara en él.
—Molly Beth Gordon —dijo—. En Washington.
Asentí otra vez. No era el número al que yo había llamado desde la comisaría. Era posible que se tratase de su teléfono particular. Al final del listado había unas palabras —no unas iniciales— sin correspondencia con números de teléfono algunos. La penúltima entrada rezaba: «Garaje de Stoller». La última estaba formada por cuatro palabras: «Informe de Gray sobre Kliner». Miré las mayúsculas cuidadosamente trazadas y sentí que la personalidad perfeccionista y un tanto pedante de mi hermano emanaba del papel.
A Paul Hubble ya lo habíamos conocido. Ahora estaba muerto. A Molly Beth Gordon la conocíamos. Iba a llegar a Atlanta a las dos del mediodía. Habíamos estado en el garaje de la casa de Sherman Stoller. Quedaba por averiguar qué significaban el encabezamiento subrayado, las iniciales con sus números de teléfono y, por último, ese informe de Gray sobre Kliner. Consulté mi reloj. Era poco más del mediodía. Demasiado temprano para limitarnos a esperar la llegada de Molly Beth. Me dije que por algo íbamos a tener que empezar.
—Primero pensemos en el encabezamiento —dije—. E Unum Pluribus.
Roscoe se encogió de hombros.
—Es el lema nacional de Estados Unidos, ¿no? Esa frase está en latín, ¿verdad?
—No —dije—. Es el lema nacional, pero al revés. Esto viene a significar: «De uno salen muchos».
—¿Es posible que Joe se equivocara al escribirlo?
Rechacé la idea con un gesto.
—Lo dudo. No creo que Joe pudiera cometer un error así. Esta frasecita tiene su significado.
Roscoe hizo otro gesto de impotencia.
—A mí no me suena de nada —dijo—. ¿Qué más tenemos?
—«Informe de Gray sobre Kliner» —leí—. ¿Es que Gray redactó un informe sobre Kliner?
—Lo más probable —dijo ella—. Gray escribía informes sobre casi cualquier cosa. Si alguien escupía en la acera, Gray al momento redactaba un informe.
Moví la cabeza. Fui hacia la cama y descolgué el teléfono. Llamé a Finlay. Baker me dijo que había salido. Así que probé a llamar a los demás números del listado de Joe. El número correspondiente a las iniciales «W. B.» resultó ser el de la facultad de Historia Moderna de la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey. Colgué sin más. No veía la relación por ninguna parte. El número de «K. K.» era el de un teléfono de Nueva York. Universidad de Columbia, facultad de Historia Moderna. Volví a colgar. A continuación marqué el teléfono de «J. S.» en Nueva Orleáns. Sonó un timbrazo, y una voz que no estaba para bromas respondió al instante:
—Grupo quince de inspectores.
—¿Inspectores? —repetí—. ¿Estoy hablando con el cuerpo de policía de Nueva Orleáns?
—Aquí el Grupo quince —dijo la voz—. ¿En qué puedo ayudarle?
—¿En su grupo hay alguna persona que responda a las iniciales «J. S.»? —pregunté.
—¿«J. S.»? —repitió la voz—. Hay tres personas con esas iniciales. ¿Con cuál de ellas quiere hablar?
—No lo sé —reconocí—. ¿El nombre Joe Reacher le dice algo?
—Pero ¿esto qué coño es? —exclamó el otro—. ¿Es uno de esos programas de la tele o qué?
—Pregunte a sus compañeros, hágame el favor —dije—. Pregunte a cada uno de esos «J. S.» si conocen a Joe Reacher. ¿Me hará ese favor? Lo llamaré más tarde, ¿entendido?
El tipo de Nueva Orleáns soltó un gruñido y colgó. Miré a Roscoe, me encogí de hombros y colgué.
—Bueno, vamos a tener que esperar a que llegue Molly —dijo ella.
Asentí con un gesto. Sentía cierta aprensión ante la perspectiva de encontrarme con Molly. Iba a ser como encontrarme con un fantasma asociado a otro fantasma.
Sentados a la mesa junto a la ventana, vimos que el sol empezaba a descender. Matamos el rato pasándonos el uno al otro el arrugado papel impreso por Joe. Contemplé el encabezamiento. «De uno salen muchos». Ese era Joe Reacher, en cuatro palabras. Algo de importancia, pero escondido tras un sarcástico juego de palabras.
—Vamos —dijo Roscoe.
Nos sobraba tiempo, pero estábamos inquietos. Así que cogimos nuestras cosas. Fuimos en el ascensor hasta el vestíbulo y pagué las llamadas telefónicas recién hechas con el dinero de los dos fulanos muertos. Nos subimos al Chevy de Roscoe y nos dirigimos a la terminal de llegadas. No nos resultó fácil encontrarla. Los hoteles de aeropuerto están diseñados para personas que vienen de la terminal de llegadas o se dirigen a la de salidas. Nadie parecía haber previsto nuestro caso.
—No sabemos qué aspecto tiene Molly —recordó Roscoe.
—Pero ella sí que sabe qué aspecto tengo yo —dije—. Porque me parezco mucho a Joe.
El aeropuerto era inmenso, mayor que algunos de los pueblos en los que yo había estado. Seguimos conduciendo durante varios kilómetros. Encontramos la terminal de salidas. Nos pasamos de largo el acceso al aparcamiento. Volvimos por donde habíamos venido y nos detuvimos ante la barrera. Roscoe cogió el billete y entramos en el estacionamiento.
—A la izquierda —le indiqué.
El estacionamiento estaba a rebosar. Mientras miraba en busca de algún espacio libre, por el rabillo del ojo me fijé en una vaga forma negra que llegaba por el otro lado.
—¡Gira a la derecha! —grité.
Me parecía haber visto la trasera descubierta de una furgoneta de color negro recién salida de fábrica acercándose por la derecha. Roscoe dio un volantazo y enfiló el siguiente pasillo. Vi el destello de unas luces rojas encajadas en metal de color negro. Una furgoneta de color negro terminó de salir y perderse de vista. Roscoe entró en el siguiente pasillo.
Ningún otro vehículo circulaba por él. Solo se veían hileras y más hileras de automóviles aparcados bajo el sol. Lo mismo que en el pasillo siguiente. No vimos ninguna furgoneta de color negro. Recorrimos todo el estacionamiento. Lo que nos llevó su tiempo. Había un montón de coches que entraban y salían. No vimos ninguna furgoneta negra.
Pero sí que vimos a Finlay. Tras aparcar en una plaza libre, emprendimos el largo trayecto a pie hasta la terminal. Y Finlay de pronto apareció ante nuestros ojos. Resultó que había aparcado su coche en una hilera adyacente, por lo que hicimos el resto del camino juntos.
La terminal estaba llena de gente. Y era descomunal. De construcción baja pero descomunal. Las pantallas avisaban de las llegadas. El vuelo Delta procedente de Washington y con llegada a las dos acababa de aterrizar. Fuimos por un largo pasillo de suelo de goma que conducía a las puertas de la salida de pasajeros. Por el centro del pasillo discurrían dos cintas transportadoras. A la derecha una serie interminable de chillones anuncios multicolores publicitaban las maravillas del soleado Sur, al que uno siempre podía viajar por placer o por negocios. A la izquierda había un tabique acristalado que iba del suelo al techo y tenía una franja blanca pintada al nivel del ojo para que los despistados no se la pegaran contra el cristal.
Las puertas de salida de pasajeros estaban detrás de ese tabique de cristal. Los pasajeros recién llegados iban desfilando por esas puertas y seguían andando por el otro lado del cristal. La mitad de ellos desaparecían camino de las zonas de recogida de equipajes. Luego reaparecían y encontraban distintas puertas de salida en el tabique acristalado, por las que accedían al pasillo principal. Los pasajeros que solo iban con equipaje de mano al momento se dirigían a las puertas de salida. Ante cada una de las puertas se apiñaban amigos y familiares que acudían a recibir a los recién llegados.
Los pasajeros iban saliendo por las puertas, situadas a unos treinta metros de distancia las unas de las otras. Los amigos y familiares iban hacia ellos, de tal modo que había mucha confusión. Tuvimos que abrirnos paso a través de ocho grupos distintos para llegar a nuestra puerta. Yo iba apartando a la gente sin contemplaciones. Estaba un poco nervioso. La fugaz aparición de la furgoneta negra en el aparcamiento me había puesto nervioso.
Llegamos a nuestra puerta. Nos situamos a un lado, justo delante del cristal. Lo que nos permitía ver el final del pasillo de desembarque. Los pasajeros ya estaban saliendo del avión. Los observé mientras salían por el pasillo de desembarque y giraban para dirigirse a la zona de recogida de equipaje y su puerta de salida. En nuestro lado del cristal, la gente empujaba hacia las puertas situadas más allá. De forma que nos estaban arrastrando. Aquello era como nadar en un mar tempestuoso. No hacíamos más que dar un paso atrás tras otro y apenas sí conseguíamos mantenernos donde estábamos.
Por el otro lado del cristal estaba llegando mucha gente. Me fijé en una recién llegada que bien podría ser Molly. De unos treinta y cinco años, traje chaqueta oscuro, con un maletín y una bolsa de viaje. Hice lo posible para que se fijara en mí, pero de pronto vio a otra persona, levantó la mano, soltó un gritito al otro lado del cristal y envió un beso a un tipo situado a unos diez metros de donde yo estaba. El desconocido se abrió paso para llegar a la puerta por donde iba salir.
De pronto tuve la impresión de que casi cualquiera de aquellas mujeres podía ser Molly. Por lo menos había veinte candidatas. Rubias y morenas, altas y bajas, guapas y menos guapas. Todas ataviadas con ropa formal, con el equipaje propio de quien viaja por negocios, caminando con el aire fatigado pero decidido de los ejecutivos que tienen un día muy ajetreado. Las miré con atención. Integradas en la corriente humana que avanzaba por el otro lado del cristal, algunas de ellas miraban en busca de sus maridos, amantes, chóferes, contactos de negocio. Otras avanzaban con la mirada al frente. Todas se movían como empujadas por aquella masa compacta.
Una de ellas cargaba con dos piezas de equipaje de cuero, de color granate, a juego: un grueso maletín en una mano y una pequeña maleta con ruedas de cuya larga asa tiraba con la otra mano. Una mujer pequeña, rubia, con cara de sentirse muy animada. Se detuvo al salir del pasillo de desembarque y miró a la gente situada tras el cristal. Sus ojos pasaron por mi rostro sin detenerse. Pero al momento volvieron a escudriñarme. Me miró de forma directa. La gente estaba empezando a apiñarse a su espalda, empujándola. Se las arregló para acercarse al cristal. Me acerqué a mi vez. Me miró. Sonrió. Y saludó con los ojos al hermano de su amante muerto.
—¿Molly? —Dije a través del cristal.
Levantó el grueso maletín, como si fuera un trofeo. Lo señaló con la cabeza. Sonrió ampliamente, en señal de triunfo. Volvió a verse empujada por detrás, presionada por el gentío que enfilaba la salida. Miró en nuestra dirección, para asegurarse de que seguíamos al otro lado. Roscoe, Finlay y yo hicimos lo posible por no perderla.
Al otro lado del cristal, la multitud estaba empujando a Molly en dirección a la salida. En nuestro lado, la gente empujaba en el sentido opuesto. De forma que cada vez estábamos separándonos más de Molly. Un nutrido grupo de estudiantes universitarios se cernió sobre nosotros, con la idea de llegar a una de las puertas situadas más allá. Unos grandullones bien alimentados que montaban un follón de mil demonios. Mis dos compañeros y yo de pronto nos vimos cinco metros atrás. Al otro lado del cristal, Molly se encontraba mucho más allá. Su rubia cabeza desaparecía entre el gentío. Me abrí paso hacia un lado y subí a la cinta transportadora… Que resultó ir en el sentido contrario. Me vi desplazado otros cinco metros atrás antes de saltar por encima del pasamanos y situarme en la otra cinta transportadora.
Ahora estaba yendo en la dirección deseada, pero la cinta estaba llena de gente que no se movía, al parecer satisfecha con la velocidad de tortuga con que se desplazaba aquella cinta mecánica. En grupos de tres, ocupando todo el espacio por completo. Era imposible pasar a través de ellos. Me subí al estrecho pasamanos e intenté avanzar por él como si fuera una cuerda floja. Pero tuve que acuclillarme, pues no conseguía mantener el equilibrio. Lo perdí y caí a mi derecha, pegándome un buen trastazo. Me vi transportado cinco metros en la dirección opuesta, hasta que me las arreglé para ponerme en pie. Presa del pánico, miré al otro lado del cristal y vi que Molly estaba siendo empujada por la multitud hacia la zona de recogida de equipajes. Roscoe y Finlay se encontraban muy por detrás de mí. Pero de nuevo me empujaban en sentido contrario.
No me interesaba que Molly perdiera el tiempo en el área de recogida de equipajes. Había cogido un avión para llegar aquí cuanto antes. Tenía una información urgente que darnos. Estaba claro que no había venido con una maleta de las grandes. Agaché la cabeza y eché a correr. Apartando a golpes a los que se cruzaban en mi camino. Seguí corriendo en sentido contrario al desplazamiento de la cinta transportadora. El suelo de goma insistía en adherirse a las suelas de mis zapatos. Cada zancada me llevaba su tiempo. La gente me chillaba escandalizada. A mí me daba igual. Seguí corriendo, tirando por los suelos a un montón de personas. Salí de la cinta transportadora y me abrí paso a codazos entre la multitud apiñada frente a las puertas de salida.
La zona de recogida de equipajes resultó ser una gran sala de techo bajo, iluminada por unas lámparas amarillentas. Me abrí paso como pude. Mirando a uno y otro lado, tratando de dar con Molly. No la encontraba. La sala estaba atiborrada de gente. Habría unas cien personas pegadas a la cinta transportadora del equipaje, haciendo cola en grupos de tres, más o menos. La cinta estaba en movimiento, sacando las bolsas y maletas de los pasajeros. Junto a la pared había una hilera de carritos, y la gente hacía cola para insertar una moneda de veinticinco centavos y hacerse con uno. Luego se dirigían con el carrito a recoger sus maletas, chocando con los demás. Aquello era un batiburrillo de empujones y encontronazos.
Me abrí paso entre el gentío, a codazos y golpes de hombro, buscando a Molly con la mirada. La había visto entrar. Y no la había visto salir. Pero no estaba en la sala. Examiné un rostro tras otro. Me dejé llevar por la incesante marea de gente y de pronto me vi en la puerta de salida. Roscoe estaba agarrando el marco con la mano, para no verse arrollada también.
—¿Ha salido? —pregunté.
—No —respondió—. Finlay está vigilando en la otra punta del pasillo. Y yo no me he movido de aquí.
La multitud seguía pasando por nuestro lado. Pero el gentío que iba saliendo por la puerta se fue reduciendo. Según parecía, el pasaje del avión estaba terminando de salir. Llegaron los rezagados. Entre ellos, una anciana en una silla de ruedas, empujada por un empleado del aeropuerto. El tipo tuvo que detenerse y maniobrar en torno a algo que yacía en la entrada de la zona de recogida de equipaje. Una maletita con ruedas, de cuero color granate. Tirada en el suelo y con el asa telescópica abierta al máximo. A cuatro metros de distancia, reparé en la bonita placa dorada que tenía en su parte frontal: «M. B. G.».
Roscoe y yo entramos en la sala de recogida de equipajes. Apenas habían pasado unos minutos, pero estaba casi desierta. Como mucho habría una decena de personas. La mayoría de las cuales estaban terminando de recoger sus maletas y dirigiéndose a la salida. Un minuto después, en la sala no quedaba nadie. La cinta transportadora seguía desplazándose, pero sin transportar nada en absoluto. Hasta que se detuvo. En la sala se hizo el silencio. Roscoe y yo nos miramos.
La sala tenía cuatro paredes, un suelo y un techo. Una puerta de entrada y otra de salida. La cinta del equipaje serpenteaba partiendo de una abertura de un metro de anchura en la pared y terminaba en otra abertura de la misma longitud. Las dos estaban cubiertas por unos gruesos flecos de goma negra. Junto a la cinta había una puerta de servicio. Cerrada y sin pomo.
Roscoe fue corriendo a recoger la pequeña maleta de Molly Beth. La abrió. En el interior había una muda y un neceser de aseo. Y una fotografía. De tamaño mediano, en un marco metálico. Joe. Se parecía a mí, pero era un poco más delgado. Con el cráneo afeitado y bronceado. Con una sonrisa sarcástica en el rostro.
En la sala de pronto resonó el aullido de una sirena. La cinta transportadora entró en movimiento otra vez. Nos la quedamos mirando. La cinta, y la abertura con los negros flecos de caucho. Salió un maletín. De cuero color granate. Alguien había cortado las correas de sujeción. El maletín estaba abierto. Y vacío.
Avanzó mecánicamente en nuestra dirección. Miramos las correas cortadas. Alguien las había cortado con una hoja afilada. Alguien que tenía demasiada prisa para abrir los cierres del maletín.
Me subí a la cinta en marcha. Corrí en dirección opuesta a su movimiento y me lancé en plancha a través de los flecos de goma que cubrían la abertura de la pared. Caí de bruces, y la cinta empezó a llevarme hacia el otro lado. Me resistí, braceando y andando a gatas, como si fuera un niño. Rodé a un lado y me puse en pie de un salto. Me encontraba en un muelle de carga. En el que no había nadie. El sol de la tarde relucía en el exterior. El aire olía al gasóleo de los vehículos de carga que se movían por las pistas de aterrizaje.
Por todas partes había montones de maletas y bultos. Apilados en muelles de carga. El suelo de goma estaba sembrado de viejas etiquetas y códigos de barras. Me encontraba en una especie de sucio laberinto. Fui corriendo entre los altos montones de bultos, de un muelle de carga al siguiente. Agarrándome a las barras metálicas para no perder el equilibrio a cada giro. Mirando en derredor con desespero. Allí no había nadie. Ni un alma. Seguí corriendo, resbalando y tropezando con los bultos.
Encontré el zapato izquierdo de Molly. Tirado junto al acceso a un muelle de carga en penumbra. Entré. Nada. Entré en el muelle siguiente. Nada. Jadeante, me detuve un segundo. Debía tener la cabeza clara. Fui corriendo hasta el final de pasillo y empecé a mirar cada uno de los muelles de carga a ambos lados. A izquierda y derecha, a izquierda y derecha, corriendo por donde había venido en un zigzag desesperado y sin aliento.
Encontré el otro zapato en el antepenúltimo muelle de carga. Y entonces vi la sangre. Un creciente charco pegajoso, junto a la entrada al siguiente muelle. Molly estaba tumbada de espaldas en la penumbra, entre dos altos montones de cajones de madera. Despatarrada en el suelo de goma. La sangre manaba de su cuerpo. Le habían abierto el vientre. Alguien le había clavado un cuchillo en la barriga y destripado por debajo de las costillas.
Pero aún seguía con vida. Vi que su pálida mano se movía. Tenía los labios salpicados de brillantes burbujas de sangre. La cabeza estaba inmóvil, pero sus ojos se movían a uno y otro lado. Fui corriendo a su lado. Acuné su cabeza. Me miró. Se obligó a musitar:
—Tiene que ser antes del domingo…
Y murió en mis brazos.