Zona peligrosa
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Estudié química en algo así como siete colegios diferentes. No aprendí mucho. Solo me quedé con algunas impresiones generales. Una cosa de la que me acuerdo es que resulta posible meter una pequeña sustancia adicional en un tubo de cristal y hacer que todo estalle y salte por los aires. Un poquito de polvo origina un resultado mucho mayor de lo previsto.
Así me sentía con lo de Molly. Nunca me había encontrado con ella antes. Ni siquiera había oído hablar de ella. Pero ahora me sentía furioso, de una forma desproporcionada. Lo sentía más por ella que por Joe. Lo que le había sucedido a Joe formaba parte de los riesgos inherentes a su deber. Joe lo sabía. Lo hubiera aceptado. Joe y yo sabíamos lo que eran los riesgos y el deber desde que tuvimos uso de razón. Pero Molly era distinta.
Otra cosa que recordaba de las clases de química tenía que ver con la presión. La presión transforma el carbón en diamante. La presión ejerce unos efectos precisos. Y ahora estaba ejerciendo su efecto sobre mí. Mentalmente veía a Molly aparecer por el pasillo de desembarque. Andando con orgullo, decidida a encontrarse con el hermano de Joe y echarle una mano. Con una ancha sonrisa de triunfo en el rostro. Portando un maletín con unos documentos que no tendría que haber copiado. Arriesgándose mucho. Por mí. Por Joe. Esa imagen mental estaba convirtiéndose en una presión formidable sobre cierta vieja falla geológica. Tenía que decidir qué haría con esa presión. Tenía que decidir si iba a aplastarme y hundirme o si iba a convertirme en un diamante.
Nos encontrábamos los tres junto al coche de Roscoe en el aparcamiento del aeropuerto. Anonadados, en silencio. Eran casi las tres de la tarde del miércoles. Llevé la mano al brazo de Finlay. En primera instancia Finlay pensó en permanecer en el aeropuerto e implicarse en la investigación. Dijo que era su deber. Tuve que gritarle y espetarle que no teníamos tiempo. Y sacarlo de la terminal casi a rastras. Hice que fuera con nosotros al coche porque sabía que lo que hiciéramos en los próximos minutos iba a suponer la diferencia entre ganar o perder.
—Tenemos que hacernos con el informe de Gray —dije—. Es la segunda opción que nos queda.
Finlay se encogió de hombros. Se había rendido.
—Es lo único que tenemos —convino.
Roscoe asintió.
—Vamos —instó.
Me subí con ella a su coche. Finlay iba por delante. Roscoe y yo no intercambiamos una sola palabra. Pero Finlay no paró de hablar consigo mismo durante todo el recorrido. No paraba de gritar y de maldecir. Veía que agitaba la cabeza con rabia en el interior de su automóvil. No paraba de gritar, de maldecir y de espetar imprecaciones al parabrisas.
Teale estaba esperándonos al otro lado de las acristaladas puertas de la comisaría. Con la espalda apoyada en el mostrador de la entrada. Aferrando el mango del bastón con su vieja mano sembrada de manchas. Nos vio llegar a los tres y se marchó cojeando a la sala de trabajo. Se sentó ante un escritorio. El más próximo al archivo.
Pasamos por su lado en dirección al gran despacho. Nos sentamos. Saqué del bolsillo la hoja impresa por Joe y se la pasé a Finlay. La miró con detenimiento.
—No es mucho, ¿verdad? —observó—. ¿Y qué significa el encabezamiento? E Unum Pluribus… Está al revés, ¿no?
Asentí.
—«De uno salen muchos» —dije—. No entiendo el significado.
Se encogió de hombros. Volvió a leer el encabezamiento. Lo estudió. Un puño llamó a la puerta, y Baker entró.
—Teale acaba de salir del edificio —nos informó—. Está hablando con Stevenson en el aparcamiento. ¿Necesitan alguna cosa de mí?
Finlay le pasó la hoja impresa.
—Hágame una fotocopia de esto, si no le importa —dijo.
Baker salió a hacer el encargo. Finlay tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—¿Qué significan todas esas iniciales? —preguntó.
—Solo hay dos que estén claras —le expliqué—. Las que corresponden a Hubble y a Molly Beth. Otras dos se corresponden con los números de teléfono de dos universidades. La última es la de un policía de Nueva Orleáns.
—¿Y qué hay del garaje de Stoller? —preguntó—. ¿Miraron en él?
—Nada —dije—. Solo encontramos un par de cajas de cartón vacías, para los aparatos de aire acondicionado que estuvo transportando el año pasado… Y que de vez en cuando robaba.
Finlay soltó un gruñido. Baker regresó, me devolvió el papel impreso por Joe y me pasó la fotocopia recién hecha. Entregué la copia a Finlay.
—Teale acaba de irse —informó Baker.
Salimos del despacho y vimos que el Cadillac blanco terminaba de salir del aparcamiento. Abrimos la puerta del archivo.
Margrave era un pequeño pueblo perdido en el mapa, pero Gray se había pasado veinticinco años llenando el archivo de documentación. Las cuatro paredes estaban cubiertas por unas vitrinas con las puertas esmaltadas en blanco que iban del suelo al techo. Abrimos todas aquellas puertas. Cada una de las vitrinas estaba llena de carpetas dispuestas en hileras. Habría un millar. Unas carpetas de cartón con etiquetas en el lomo y unas pequeñas anillas de plástico para poder sacarlas de las vitrinas con facilidad. A la izquierda de la primera puerta, en el estante superior de la primera vitrina, estaba la sección correspondiente a la «A». A la derecha de la última puerta inferior estaba la sección «B». La sección correspondiente a la «K» se encontraba en la pared situada frente a la puerta, un poco a la izquierda y al nivel de los ojos.
Encontramos una carpeta con la etiqueta «Kliner». Estaba entre «Klan» y «Klipspringer contra el estado de Georgia». Llevé el dedo a la pequeña anilla. Saqué la carpeta. Pesaba mucho. Se la pasé a Finlay. Fuimos al despacho otra vez. Dejamos la carpeta en el escritorio de palisandro. La abrimos. Estaba llena de papeles viejos y amarillentos.
Pero aquellos papeles no eran los que esperábamos. No tenían nada que ver con Kliner. Nada en absoluto. El montón de casi diez centímetros estaba formado por viejos memorandos del cuerpo de policía. Sobre cuestiones operativas. Era un material que tendrían que haber tirado a la basura hacía décadas. Pura historia. Procedimientos que seguir en el caso de que la Unión Soviética disparase un misil dirigido a Atlanta. Procedimientos que seguir en el caso de que un hombre negro se empeñara en viajar en un autobús ocupando uno de los asientos reservados a los blancos. Un montón de cosas así. Pero nada tenía que ver con la letra «K». En ningún sitio se hacía referencia a Kliner. Miré el montón de papeles y sentí que la presión era cada vez más intensa.
—Alguien se nos ha adelantado —observó Roscoe—. Alguien que se ha llevado el informe sobre Kliner y en su lugar ha dejado todo este material inservible.
Finlay asintió con la cabeza.
—No —dije yo—. Porque no tiene sentido. Les hubiera bastado con coger la carpeta y tirarla a la basura. El que hizo esto fue el propio Gray. Necesitaba esconder el informe, pero no quería alterar el orden de las carpetas en el archivo. De forma que sacó el contenido de la carpeta, que luego llenó con todo este viejo papelamen. Para que todo pareciera estar tan ordenado como siempre. Era un hombre concienzudo, ¿no?
Roscoe se encogió de hombros.
—¿Que Gray lo escondió? —dijo—. Es posible… En su momento escondió la pistola en mi escritorio. No tenía reparo en esconder cosas.
La miré. Algo en sus palabras hizo que me alarmara.
—¿Cuándo te dio la pistola? —pregunté.
—Después de Navidad. No mucho antes de morir.
—Hay algo muy raro en eso —afirmé—. El tipo era un inspector con veinticinco años de experiencia, ¿no es verdad? Un buen policía, un profesional veterano y respetado. ¿Cómo se explica que un hombre así pensara que su arma personal tenía que ser mantenida en secreto? Esa no era la cuestión. Gray te dio la caja porque dentro había algo que tenía que estar escondido.
—Me dio la caja para ocultar la pistola —contestó Roscoe—. Ya te lo dije.
—No —respondí—. No me lo creo. La pistola era un señuelo, para asegurarse de que mantendrías la caja escondida en un cajón cerrado con llave. Gray no tenía por qué ocultar esa pistola suya. Siempre que fuera para su uso particular, tenía todo el derecho del mundo a tener el arma que quisiera, aunque fuera una bomba atómica. Lo que quería mantener en secreto no era la pistola, sino otra cosa que había dentro de la caja.
—Pero en la caja no hay ninguna otra cosa —dijo ella—. Ningún expediente ni nada por el estilo, ¿no?
Nos quedamos inmóviles un segundo. Y de pronto echamos a correr. Salimos por la puerta y fuimos al Chevy de Roscoe aparcado. Sacamos la caja de Gray del maletero. La abrimos. Entregué la Desert Eagle a Finlay. Examiné la cajita con las balas. Nada. En la caja de cartón no había nada más. La meneé un poco. Estudié la tapa. Nada. Rompí la caja. Desgarré los bordes encolados y aplasté el cartón. Nada. Y entonces rompí la tapa. Había una llave escondida bajo una esquina. Pegada con cinta adhesiva a la cara interior. Allí donde nadie podía verla. Allí donde un hombre muerto la había escondido cuidadosamente.
No sabíamos a qué cerradura correspondía aquella llave. Y esa cerradura no iba a estar en la comisaría. Ni en la casa de Gray. Eran unos lugares demasiado evidentes para un hombre tan precavido. Miré la llave y sentí que la presión era cada vez más fuerte. Cerré los ojos y visualicé a Gray pegando la llave bajo la tapa de la caja. La caja que luego entregó a su amiga Roscoe. Después contempló cómo Roscoe la metía en el cajón de su escritorio y cerraba bien este. Se sintió algo más tranquilo. Visualicé dicha imagen y la proyecté dos veces en mi mente hasta dar con la respuesta al problema de la llave.
—La barbería… Algún sitio en la barbería —dije.
Arrebaté a Finlay la Eagle Desert e hice que entraran en el coche a toda prisa. Roscoe se puso al volante. Arrancó, salió del aparcamiento y se dirigió hacia el centro urbano.
—¿Por qué? —preguntó.
—Gray acostumbraba a ir a la barbería —expliqué—. Tres o cuatro veces por semana. Me lo dijo uno de los viejos que trabaja allí. Era el único blanco que se acercaba. Porque en ella se sentía seguro, a salvo. Lejos de Teale, de Kliner y de todos los demás. Y el hecho es que no tenía por qué ir a la barbería, ¿no es así? Tú misma me has dicho que era calvo y llevaba una barba medio desastrada. Gray no iba para que le cortasen el pelo o lo afeitasen. Iba porque se llevaba bien con los dos viejos. En ellos podía confiar. Y por eso les pidió que escondieran lo que andamos buscando.
Roscoe se detuvo en la calle de la barbería. Salimos y fuimos corriendo. En el interior no había un solo cliente. Solo estaban los dos viejos, sentados en sus sillas sin hacer nada. Les mostré la llave.
—Venimos a recoger las cosas de Gray —dije.
El de menor edad meneó la cabeza.
—No podemos dárselas, amigo.
Vino hacia mí y me quitó la llave de la mano. Fue a un lado y la puso en la palma de Roscoe.
—Ahora sí que podemos —explicó—. El viejo señor Gray nos dijo que solo podíamos dárselas a su amiga, la señorita Roscoe.
Volvió a coger la llave. Fue hacia el lavamanos y se agachó para abrir un estrecho cajón de caoba empotrado por debajo. Sacó tres carpetas. Unas viejas carpetas gruesas, con las cubiertas color beige. Entregó una de ellas a Roscoe, otra a Finlay y otra a mí. Hizo un gesto a su compañero, y se fueron los dos a la trastienda. Nos dejaron a solas. Roscoe tomó asiento en una banqueta tapizada que había junto a la ventana. Finlay y yo nos acomodamos en los gruesos sillones de barbero. Nos pusimos a leer.
En mi carpeta había un grueso montón de atestados policiales. Fotocopiados y después enviados por fax. Por lo que resultaban un tanto borrosos. Se trataba de un expediente reunido por el inspector James Spirenza, del Grupo quince del departamento de homicidios del cuerpo de policía de Nueva Orleáns. Ocho años atrás, a Spirenza le habían asignado la investigación de un asesinato. Luego le asignaron siete más. Todos vinculados al mismo caso, un caso en el que había habido ocho homicidios. Spirenza no había resuelto ni uno solo de ellos. Su investigación había sido un fracaso absoluto.
Pero el hombre hizo todo lo que pudo. Su investigación fue meticulosa. Concienzuda. La primera víctima había sido el propietario de una fábrica textil que estaba interesado en un nuevo proceso químico para el tratamiento del algodón. La segunda había sido el capataz de la fábrica, quien había dejado la empresa y estaba tratando de conseguir financiación para montar su propia compañía.
Las siguientes seis víctimas habían sido funcionarios de la EPA, el organismo federal de protección del medio ambiente. Estos funcionarios habían estado investigando un caso desde su oficina en Nueva Orleáns. El caso tenía que ver con la contaminación en el delta del Mississippi. Los peces estaban muriendo. La causa tenía su origen unos trescientos cincuenta kilómetros más arriba. Una fábrica de procesamiento textil, situada en el estado de Mississippi, estaba vertiendo compuestos químicos en el río —hidróxido de sodio, hipoclorito de sodio y cloro—, compuestos que, al mezclarse con las aguas fluviales, habían formado un mortífero cóctel.
Las ocho víctimas habían muerto del mismo modo. De dos disparos en la cabeza efectuados con una pistola automática provista de silenciador. Del calibre 22. De forma limpia y precisa. Spirenza había dado por sentado que eran obra de un asesino a sueldo. El policía trató de dar con el ejecutor por dos medios. El primero fue el de hablar con todos sus contactos y no dejar árbol sin agitar. Los asesinos a sueldo no son tan abundantes. Spirenza y sus compañeros hablaron con todo el mundo. Pero nadie sabía nada.
El segundo método de Spirenza fue más clásico todavía. Deducir quién se estaba beneficiando de aquellos asesinatos. El empresario textil de Mississippi era un claro candidato. Este hombre se había visto acosado por las ocho personas muertas. Dos de ellos lo habían acosado en el plano comercial. Y los ocho restantes amenazaban con ponerle fin a su negocio. Spirenza investigó al empresario a fondo. De forma pormenorizada, a lo largo de un año. Los papeles que tenía entre manos así lo dejaban claro. Spirenza había recurrido al FBI y al fisco. Quienes habían mirado hasta el último centavo de sus cuentas bancarias en busca de pagos no justificados hechos en efectivo al escurridizo ejecutor.
Estuvieron investigando a lo largo de un año entero, pero no encontraron nada. Eso sí, descubrieron unas cuantas cosas muy desagradables. Spirenza estaba convencido de que el empresario había matado a su mujer. De resultas de una paliza, o eso sospechaba. El fulano había vuelto a casarse, por lo que Spirenza envió un fax al cuerpo local de policía advirtiéndolos de sus sospechas. El hijo de ese hombre era un psicópata. Un sujeto todavía peor que su padre, en opinión de Spirenza. Un psicópata con todas las de la ley. El empresario textil había estado protegiendo a su hijo cada vez que este se pasaba de la raya. Encubriéndolo. Comprando el silencio de otros para que no lo metieran en problemas. El muchacho había pasado por una docena de centros para casos como el suyo.
Pero no habían podido acusar al empresario de nada. El FBI de Nueva Orleáns perdió el interés. Spirenza cerró el caso. Se olvidó del asunto, hasta que un viejo inspector de un pueblo perdido en Georgia le envió un fax, pidiendo información sobre la familia Kliner.
Finlay cerró la carpeta. Hizo girar el sillón de barbero y se encaró conmigo.
—La fundación Kliner es un montaje absoluto —dijo—. Lo que se dice un montaje absoluto. Es una tapadera para esconder algo. Aquí lo pone bien claro. Gray descubrió el pastel. Porque examinó sus cuentas de arriba abajo. Todos los años la fundación invierte millones de dólares, pero sus ingresos son de cero dólares. De cero dólares.
Cogió uno de sus papeles. Lo miró un momento. Me lo pasó. Era una hoja de cálculo que mostraba los gastos efectuados por la fundación.
—¿Lo ve? —dijo—. Es increíble. Eso es lo que están gastando.
Lo miré. En la hoja de cálculo figuraba una suma enorme. Asentí.
—Es posible que sea mucho más —observé—. Yo solo llevo aquí cinco días. Antes estuve recorriendo Estados Unidos de punta a punta. Y antes estuve viajando por el mundo. Margrave es, de lejos, la población más limpia, cuidada e impoluta que he visto en la vida. Está mejor conservada que el Pentágono o la Casa Blanca. Y lo digo en serio. Todo cuanto hay en Margrave es nuevo o ha sido renovado. Todo es perfecto, tanto que resulta inquietante. Y los costes tienen que ascender a una verdadera fortuna.
Finlay movió afirmativamente la cabeza.
—Y Margrave también es un lugar muy extraño —agregué—. Casi siempre está desierto. Apenas hay vida. Casi no hay ninguna actividad comercial en todo el pueblo. Aquí nada se mueve. Nadie está ganando dinero.
Me miró con rostro inexpresivo, sin terminar de comprender.
—Piénselo —dije—. Pongamos el caso de la cafetería de Eno. Un establecimiento nuevecito. Un pequeño restaurante a la última, decorado con cromados brillantes. Pero Eno casi no tiene clientes. He estado un par de veces. Y las dos veces no había más que un par de clientes. Hay más camareras que gente comiendo. ¿Cómo se las arregla Eno para pagar las facturas? ¿Los gastos generales? ¿La hipoteca? Lo mismo vale para todos los demás negocios que hay en el pueblo. ¿Alguna vez ha visto que en ellos haya muchos clientes?
Finlay lo pensó. Dijo que no con la cabeza.
—Lo mismo vale para esta barbería —dije—. Estuve aquí el domingo por la mañana y el martes por la mañana. El viejo me dijo que no habían tenido un solo cliente entre una mañana y la otra. Ni un solo cliente en cuarenta y ocho horas.
Callé. Me acordé de otra cosa que me había dicho el viejo. Aquel viejo barbero medio contrahecho. De pronto lo vi todo bajo una nueva luz.
—El barbero más viejo de los dos… —recordé—. Me contó una cosa. Una cosa bastante rara. En ese momento pensé que estaba loco. Le pregunté cómo se ganaban la vida si no tenían clientes. Me respondió que no necesitaban clientes para ganarse la vida porque la Fundación Kliner les pagaba un dinero. «¿Cuánto?», pregunté. Me dijo que mil pavos. Según añadió, es lo que pagan a todo quien tiene un negocio en este lugar. De forma que supuse que se trataría de una especie de subvención al comercio, de mil dólares al año, ¿no?
Finlay asintió con un gesto. Parecía encontrarle sentido al asunto.
—Yo sencillamente estaba charlando para matar el rato —añadí—. Como se hace cuando uno está sentado en una barbería. Le dije que no estaba mal eso de recibir mil dólares al año, pero que no era suficiente para pagar las facturas. ¿Sabe qué me respondió?
Finlay meneó la cabeza en silencio. Traté de acordarme de las palabras exactas que me había dicho el viejo. Pues quería ver si Finlay, al oírlo, reaccionaba también sin darle importancia.
—El hombre me lo contó como si fuera un secreto de los gordos. Como si estuviera jugándose mucho al decírmelo. Me lo contó en un susurro. Explicó que no tendría que contármelo, pero que iba a hacerlo porque conocía a su hermana.
—¿La conoce? —preguntó Finlay, sorprendido.
—No, nada de eso. El hombre estaba más bien confuso. El sábado le había estado preguntando por Blind Blake, ya sabe, aquel viejo guitarrista, y entonces me dijo que su hermana lo había tratado un poco hace sesenta años. Supongo que no se acordaba bien de nuestra conversación anterior y que pensaba que le había dicho que conocía a su hermana.
—Y bien, ¿cuál era ese gran secreto? —preguntó Finlay.
—Me dijo que no eran mil dólares al año. Sino que eran mil dólares a la semana.
—¿Mil dólares a la semana? —repitió Finlay—. ¿Mil dólares? ¿Eso es posible?
—No lo sé. En ese momento di por sentado que el viejo estaba mal de la cabeza. Pero ahora pienso que estaba diciéndome la verdad.
—¿Mil dólares a la semana? —volvió a repetir—. ¡Una subvención al comercio de aquí te espero! Estamos hablando de cincuenta y dos mil dólares al año. De un montón de dinero, Reacher.
Lo pensé. Señalé la suma que aparecía en la hoja de cálculo de Gray.
—Porque les hacen falta unas cifras así. Si están gastando todo ese dinero, necesitan unas cifras así, para quitarse todo ese dinero de encima.
Finlay estaba pensativo. Dándole vueltas a la cuestión.
—Tienen comprado al pueblo entero —dijo—. Lo han hecho con mucho cuidado, muy poco a poco. Han comprado al pueblo entero pagando mil dólares a la semana aquí y allí.
—Eso mismo —convine—. La Fundación Kliner se ha convertido en la gallina de los huevos de oro. Nadie quiere arriesgarse a ponerla en peligro. Y por eso todos se mantienen calladitos y miran para otro lado cuando conviene.
—Claro —convino—. Los Kliner podrían dedicarse a asesinar a la gente, y nadie diría ni pío.
Lo miré.
—Los Kliner ya han asesinado a varios, y nadie ha dicho ni pío.
—Y bien, ¿ahora qué vamos a hacer? —preguntó Finlay.
—Lo primero es averiguar qué demonios se traen los Kliner entre manos.
Me miró como si yo estuviera loco.
—Ya sabemos lo que se traen entre manos, ¿no? Imprimir un montón de putos billetes falsos en esos almacenes que tienen.
Meneé la cabeza.
—No, nada de eso —dije—. En Estados Unidos casi no se imprimen billetes falsos. Joe se encargó de acabar con todo eso. Los dólares falsos se imprimen en el extranjero.
—Pero entonces, ¿qué está pasando? —preguntó él—. Pensaba que todo esto tenía que ver con dinero falso. Si no, ¿cómo se explica que Joe estuviera investigando por la zona?
Roscoe nos miró desde la banqueta situada bajo la ventana.
—Todo tiene que ver con el dinero falso —afirmó—. Lo sé perfectamente. Y conozco hasta el último detalle.
Levantó la carpeta de Gray.
—La respuesta en parte está aquí —dijo.
Con la mano libre, cogió el periódico del día que había en el establecimiento.
—Y en parte también está aquí —agregó.
Finlay y yo fuimos a su lado. Miramos la carpeta que había estado estudiando. Un informe de vigilancia. Gray había estado escondiéndose bajo el trébol de la autopista para observar el tráfico de camiones que entraba y salía de los almacenes.
Durante treinta y dos días espaciados en el tiempo. Los resultados aparecían enumerados con claridad, en tres apartados. Los primeros once días había visto que cada día un camión llegaba del sur a primera hora de la mañana. También había visto camiones que salían de los almacenes a todas horas, dirigiéndose al norte y al oeste. A continuación enumeraba los destinos de esos camiones, atendiendo a sus matrículas. Gray sin duda había estado equipado con prismáticos. El listado de destinos cubría casi todo el país. Desde California hasta Massachusetts. Esos once primeros días había registrado once camiones que llegaban y sesenta y siete que partían. El promedio diario era de un camión que llegaba y de unos seis que partían, camiones más pequeños, o sea, una tonelada aproximada de cargamento a lo largo de una semana.
El primer apartado cubría el primer año. El segundo capítulo cubría el segundo año. Había estado observándolo todo en nueve ocasiones. Había visto que salían cincuenta y tres camiones. El mismo promedio de seis que el año previo, con destinos similares. Durante la primera mitad del año, a los almacenes llegaba un camión al día, lo mismo que antes. Pero durante la segunda mitad, las entregas se habían hecho más frecuentes y ascendían a dos camiones al día.
Los últimos doce días se ajustaban a otro patrón. Las anotaciones habían sido hechas durante los cinco últimos meses de su vida. Entre el otoño pasado y febrero, las salidas siguieron siendo de unos seis camiones por jornada, asimismo con destinos muy diversos. Pero en el listado no constaba ni una sola llegada de un camión. Ni una. A partir del otoño pasado, de los almacenes seguían saliendo cargamentos, pero ninguno llegaba.
—¿Entonces? —apuntó Finlay.
Roscoe se arrellanó en el asiento y sonrió. Lo tenía claro.
—Es evidente, ¿no? —dijo—. Están introduciendo billetes falsos en el país. Billetes impresos en Venezuela, el país en el que Kliner estableció su nueva fábrica de productos químicos. El dinero llega en barco, y lo trasladan de Florida a los almacenes de Margrave. A continuación lo llevan en camión a las grandes ciudades del norte y el oeste. Los Ángeles, Chicago, Detroit, Nueva York, Boston, grandes ciudades en las que se mueve mucho dinero y es fácil colar esos billetes falsificados. Estamos ante una red de distribución de dinero falso procedente del extranjero. La cosa cae por su peso, Finlay.
—¿Eso cree? —preguntó él.
—Pues claro. Acuérdese de Sherman Stoller. Ese hombre constantemente iba y venía de Florida, de Jacksonville Beach, donde estaba el barco con el cargamento del extranjero. Acuérdese de que lo detuvieron allí por exceso de velocidad. Sin duda iba a cargar el dinero transportado por mar. Por eso Stoller estaba tan nervioso. Por eso hizo que el abogado ese de campanillas fuera corriendo a sacarle de apuros.
Finlay asintió.
—Todo encaja —afirmó ella—. Piense en un mapa de Estados Unidos. El dinero se imprime en Sudamérica y llega por mar. Lo desembarcan en Florida. Lo transportan algo más arriba y, desde el sureste, lo llevan a Los Ángeles, en el oeste; a Chicago, en el centro del país. A Nueva York y a Boston, en el norte. La cosa se ramifica. Como un candelabro o una menorá. ¿Sabe lo que es una menorá?
—Claro —dijo él—. Ese candelabro que usan los judíos.
—Justamente. Es la forma que tiene en el mapa. El trayecto de Florida a Margrave es el tallo. Y los distintos brazos después se extienden hacia las grandes ciudades, de Los Ángeles a Boston, pasando por Chicago. Es una red de importación, Finlay.
Con la mano iba trazando una menorá en el aire. Tenía sentido. Una red de distribución mediante camiones cargados de dinero falso desembarcado en Florida, que utilizaba el gran nudo de autopistas cercano a Atlanta para dirigirse a las grandes urbes del norte y el oeste. La imagen de la menorá era buena. El brazo izquierdo se desplegaba en horizontal, con destino a Los Ángeles. La idea tenía sentido. Y resultaba casi seguro que Margrave constituía el eje. Y que aquellos almacenes eran el centro físico de distribución. La geografía era la adecuada. Resultaba inteligente utilizar un pueblo remoto y tranquilo como Margrave como centro de distribución. A todo esto, los responsables tenían un montón de dinero en efectivo para utilizarlo a conveniencia. Dinero falso, pero que la gente iba a gastar igual. Y estábamos hablando de muchísima pasta. Esa gente transportaba una tonelada a la semana. Una operación a escala industrial. Gigantesca. Que explicaba los desembolsos ingentes hechos por la Fundación Kliner. Pero Finlay seguía sin estar convencido.
—Pero ¿qué me dicen de los últimos doce meses? —objetó—. No ha habido llegadas de camiones. Miremos el listado de Gray. No ha estado llegando más dinero. Desde hace un año exacto. A Sherman Stoller lo despidieron, ¿no es así? A lo largo del último año no ha llegado nada, y sin embargo siguen distribuyendo algo. Cada día salían seis camiones, lo mismo que antes. ¿Qué significa eso? ¿De qué mercancía estamos hablando?
Roscoe sonrió con malevolencia y le mostró el periódico.
—La respuesta está aquí. Los periódicos no hacen más que hablar de lo mismo desde el viernes. Los guardacostas. En septiembre pasado emprendieron ese gran operativo contra el contrabando, ¿verdad? Un operativo que fue anunciado a bombo y platillo. Kliner lo vio venir y sin duda empezó a acumular excedentes, en previsión de lo que iba a pasar. Fíjense en las notas de Gray. Durante los seis meses anteriores a septiembre se estuvieron duplicando las llegadas de camiones. Porque Kliner estaba acumulando excedentes de dinero falso en los almacenes. Un dinero que luego siguió distribuyendo al ritmo de siempre. Por eso tienen pánico de ser descubiertos. Porque llevan un año sentados encima de una montaña de billetes falsos. Y ahora los guardacostas van a cancelar ese operativo… Con lo que Kliner y los demás van a poder seguir importando como en los viejos tiempos. Eso es lo que va a suceder el domingo próximo. Es lo que la pobre Molly quiso decir cuando nos instó a hacer algo antes del domingo. Tenemos que entrar en los almacenes antes de que se deshagan del resto del dinero acumulado.