Zona peligrosa

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Finlay asintió con la cabeza. Estaba convencido. Sonrió. Se levantó y estrechó la mano de Roscoe.

—Buen trabajo —elogió—. Un análisis perfecto. Siempre dije que era usted lista, Roscoe. ¿No es verdad, Reacher? ¿No le dije que era lo mejor que teníamos?

Lo confirmé con un gesto y sonreí. Roscoe se ruborizó. Finlay seguía estrechándole la mano, sonriente a su vez. Pero me di cuenta de que estaba repensando lo expuesto hace un momento, tratando de dar con puntos débiles en la argumentación. Solo encontró dos.

—Pero ¿qué me dice de Hubble? —preguntó—. ¿Dónde encajaba Hubble? Porque no iban a fichar a un directivo bancario para cargar camiones, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

—Hubble trabajó como responsable de dinero en efectivo de un banco —expliqué—. Su labor en la trama era la de distribuir los billetes falsos. Se encargaba de introducirlos en el sistema. Y sabía dónde hacerlo. Sabía dónde necesitaban esos billetes. Estaba haciendo su trabajo de antes, pero al revés.

—¿Y qué me dice de esos aparatos de aire acondicionado? —repuso él—. Sherman Stoller los transportaba a Florida. Es lo que le dijo su mujer. Sabemos que es verdad porque vieron las dos viejas cajas de cartón en el garaje. Y llevaba el camión lleno de esos aparatos cuando la policía de Jacksonville lo registró. ¿Cómo se explica eso?

—Supongo que se trataba de un negocio legítimo —respondí—. Un señuelo para despistar y encubrir el negocio ilegal. Una especie de camuflaje. Para explicar el constante ir y venir por Florida. De lo contrario habría tenido que hacer los viajes a Jacksonville de vacío.

Finlay asintió.

—Una jugada muy astuta —convino—. Así no tenía que ir de vacío. Tiene sentido. Aprovechaba para vender esos aparatos y sacarse un dinero extra.

Soltó la mano de Roscoe y dijo:

—Vamos a necesitar muestras de los billetes falsificados.

Sonreí. Me acababa de acordar de una cosa.

—Tengo unas cuantas —dije. Llevé la mano al bolsillo y saqué el grueso fajo de billetes de cien. Cogí el que estaba al principio del fajo y el que estaba al final, y entregué ambos billetes a Finlay.

—¿Son falsos? —preguntó.

—Tienen que serlo. Charlie Hubble me dio este fajo de billetes de cien para gastos. Lo más probable es que fueran de su marido. También me quedé con el dinero que encontré en los bolsillos de esos dos tipos que el martes andaban buscándome.

—¿También cree que son falsos? ¿Por qué?

—Piénselo —dije—. Kliner necesita efectivo para sus operaciones. ¿Por qué iba a usar dinero de verdad? Estoy seguro de que pagaba a Hubble con billetes falsos. Y de que pagó con billetes falsos a esos dos tipos de Jacksonville.

Finlay acercó los dos billetes de cien a la luz de la ventana. Roscoe y yo nos acercamos a mirar.

—¿Está seguro de lo que dice? A mí me parecen de los buenos.

—Son falsos —afirmé—. Tienen que serlo. Es lo lógico, ¿no cree? Los falsificadores suelen decantarse por los billetes de cien. Los de más valor resultan difíciles de pasar, y no vale la pena falsificar los de menos valor. ¿Y para qué iban a gastar dinero de verdad si tienen toneladas de billetes de pega a su disposición?

Miramos bien los billetes. Los escudriñamos, los palpamos, los olimos, los frotamos con los dedos. Finlay abrió su cartera y sacó uno de sus propios billetes de cien. Comparamos los tres. Nos los fuimos pasando. No veíamos ninguna diferencia.

—Si se trata de unas falsificaciones, son unas falsificaciones de puta madre —dijo Finlay—. Pero lo que dice tiene lógica. Lo más probable es que la Fundación Kliner esté operando con billetes falsos.

Devolvió el billete bueno a su cartera y se metió los dos falsos en un bolsillo.

—Voy a volver a la comisaría. Ustedes dos preséntense mañana al mediodía. Teale siempre sale a almorzar fuera. Entonces hablaremos.

Roscoe y yo fuimos en coche a Macon, a setenta kilómetros de distancia. Quería seguir en movimiento. Una norma fundamental de seguridad. No hay que quedarse quieto. Escogimos un anodino motel al sureste de la ciudad. Todo lo lejos de Margrave que se puede estar en Macon, cuyo centro urbano ahora se encontraba entre nosotros y nuestros enemigos. El viejo alcalde Teale me había aconsejado buscar un motel en Macon. Y yo le había hecho caso por esa noche.

Nos duchamos con agua fría y nos metimos en la cama. Nos sumimos en un sueño inquieto. En la habitación hacía calor. Nos estuvimos removiendo en la cama durante casi toda la noche. Al final caímos rendidos y nos levantamos con el amanecer. Nos quedamos de pie, bostezando a la media luz. Jueves por la mañana. Nos sentíamos como si no hubiéramos pegado ojo. Recogimos nuestras ropas y nos vestimos en la penumbra. Me dije que sería mejor que pronto me comprara otras nuevas. Pensaba pagarlas con los billetes falsos de Kliner.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Roscoe.

No respondí. Estaba pensando en otra cosa.

—¿Reacher? —dijo—. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué le pasó a Gray?

—Se ahorcó.

Lo pensé un poco más.

—¿Eso crees? —Dije.

Se quedó en silencio.

—Por Dios… —dijo—. ¿Es que tienes dudas de que fuera eso lo que pasó?

—Es posible. Piénsalo. Supongamos que se encaró con uno de ellos. Supongamos que lo encontraron husmeando donde no tendría que estar husmeando.

—¿Crees que lo mataron? —preguntó. Había pánico en su voz.

—Es posible —repetí—. Yo creo que esa gente mató a Joe, a Stoller, a los Morrison, a Hubble y a Molly Beth Gordon. Creo que intentaron matarnos a los dos. Si alguien es una amenaza, lo matan. Es la forma que tiene Kliner de hacer las cosas.

Roscoe guardó silencio un instante. Estaba pensando en su viejo compañero, Gray, el inspector tan arisco como paciente. Veinticinco años de trabajo meticuloso. Un tipo así era una amenaza. Un tipo que se pasaba treinta y dos días tomando notas pacientemente era una amenaza. Roscoe levantó la mirada y asintió con la cabeza.

—Seguramente dio algún paso en falso.

Asentí con un movimiento de la cabeza.

—Lo ahorcaron. Y lo arreglaron todo para que pareciese un suicidio.

—No puedo creerlo…

—¿Le hicieron una autopsia?

—Eso supongo.

—Pues vamos a tener que comprobarlo. Tendremos que volver a hablar con el forense de Yellow Springs.

—Pero lo lógico es suponer que el forense ya lo hubiese dicho, ¿no? —objetó ella—. Si hubiera tenido dudas, lo habría dicho en su momento…

—Se lo habría dicho a Morrison —repuse—. Y Morrison no le habría hecho el menor caso. Porque los que estaban compinchados con él fueron los responsables. Vamos a tener que averiguarlo por nuestra cuenta.

Roscoe se estremeció.

—Estuve en su funeral —recordó—. Fuimos todos. El jefe Morrison pronunció unas palabras a la salida de la iglesia. Y después habló el alcalde Teale. Dijeron que Gray era un magnífico policía. El mejor que había en Margrave. Pero fueron ellos quienes lo mataron.

Lo dijo con mucho sentimiento. Porque ella siempre se había sentido a gusto en Margrave. Su familia había estado trabajando allí a lo largo de varias generaciones. Roscoe tenía sus raíces allí. Y le gustaba formar parte de la comunidad. Pero aquella comunidad estaba podrida por dentro. Podrida por completo, corrompida por entero. No era una comunidad. Era un lodazal pestilente, un lodazal de sangre y de dinero sucio. El mundo de Roscoe estaba viniéndose abajo en aquel momento.

Salimos de Macon y nos dirigimos al norte en dirección a Margrave. A mitad de camino, Roscoe torció a la derecha y fuimos hacia Yellow Springs por una carretera secundaria. Hacia el hospital. Yo estaba muerto de hambre. No habíamos desayunado. Lo que no resultaba muy aconsejable si uno va a visitar un depósito de cadáveres. Llegamos al hospital, rodeamos el edificio y aparcamos cerca de la gran puerta metálica giratoria.

Salimos del coche. Fuimos andando por el camino que llevaba a las dependencias administrativas. El sol empezaba a hacerse notar. Hubiera sido un placer quedarse al aire libre. Pero entramos y fuimos en busca del forense. Lo encontramos en su destartalado despacho. Con la misma expresión cansada de siempre. Vestido con su bata blanca de siempre. Alzó la vista y nos invitó a entrar con un gesto.

—Buenos días, amigos —dijo—. ¿En qué puedo ayudarles?

Tomamos asiento en los mismos taburetes del martes. Procuré mantenerme alejado del fax. Dejé que Roscoe llevara la voz cantante. Era lo mejor, pues yo no tenía cargo oficial alguno.

—En febrero pasado —dijo—, el inspector en jefe de la policía de Margrave se suicidó. ¿Lo recuerda?

—¿Un hombre llamado Gray…? —apuntó el forense.

Roscoe asintió. El forense se levantó y fue a un archivador. Abrió uno de los cajones, de forma un tanto trabajosa. El cajón terminó de abrirse con un chirrido metálico. El forense recorrió los archivos con los dedos.

—Febrero —dijo—. Gray.

Sacó una carpeta y la llevó al escritorio. La dejó caer sobre el tapete del escritorio. Tomó asiento con cierta brusquedad y abrió la carpeta. Una carpeta delgada, en la que no había mucho.

—Gray —repitió—. Sí, me acuerdo de él. Se ahorcó, ¿no era eso? El primer caso que nos llegó de Margrave en treinta años. Se colgó de una viga del garaje de su casa, ¿no?

—Eso mismo —dijo ella. Y a continuación guardó silencio.

—Bueno, ¿y en qué puedo ayudarles? —preguntó el forense.

—¿Encontró algo raro?

El forense consultó los papeles de la carpeta.

—Cuando un hombre termina por ahorcarse, es que en su vida pasaba algo raro —dijo.

—Pero ¿encontró algo que le pareciese muy raro?

Los ojos fatigados del forense nos miraron por turno.

—¿Algo sospechoso? —aclaró Roscoe.

En el rostro del forense se dibujó la misma media sonrisa que habíamos visto el martes.

—¿Encontró que en su muerte había algo sospechoso? —insistí.

Meneó la cabeza.

—No —dijo—. Un suicidio por ahorcamiento. Caso cerrado. Gray se subió a un taburete de cocina que había llevado al garaje. Hizo un nudo, se lo pasó por el cuello y le dio una patada al taburete. Todo encajaba. Varios de los vecinos del pueblo nos dieron más datos. No encontré ningún indicio sospechoso.

—¿Qué datos le dieron esos vecinos? —preguntó Roscoe.

El forense la miró un segundo. Volvió a posar la vista en sus papeles.

—Ese hombre sufría de depresión —explicó—. Desde hacía tiempo. La noche en que sucedió lo que sucedió había estado bebiendo en bares con su jefe, ese tal Morrison al que luego también vimos por aquí, y con el alcalde del pueblo, un tal Teale. Los tres estuvieron bebiendo a conciencia para olvidarse de cierto caso en el que Gray había metido la pata hasta el fondo. Gray pilló una borrachera de campeonato, por lo que tuvieron que acompañarlo a casa. Lo llevaron hasta allí y lo dejaron. Gray seguramente se sentía hundido. Fue al garaje y se ahorcó.

—¿Es lo que le dijeron? —preguntó Roscoe.

—Morrison firmó una declaración —respondió el forense—. Estaba muy afectado. Se decía que esa noche tendría que haber hecho más, ya me entienden, quedarse en casa con Gray o algo parecido.

—¿La declaración le pareció convincente? —pregunté.

—Yo no conocía a Gray —dijo el forense—. Este centro trabaja con una docena de cuerpos de policía distintos. Yo hasta entonces nunca había tratado con alguien de Margrave. Es un pueblo de lo más tranquilo, ¿no? O lo ha sido durante mucho tiempo, mejor dicho. Pero lo que hizo Gray encaja con el patrón habitual en estos casos. La bebida provoca que las emociones se disparen.

—¿Encontró indicios físicos de algún tipo? —pregunté.

Volvió a consultar los papeles. Me miró.

—El cadáver apestaba a whisky. Y había unos moratones recientes en los brazos y antebrazos. Lo que encaja con el hecho de que dos hombres tuvieran que llevarle a casa porque estaba muy ebrio. No vi nada sospechoso en todo ello.

—¿Efectuaron una autopsia oficial? —preguntó Roscoe.

—No hizo falta. Lo sucedido estaba muy claro, y estábamos desbordados de trabajo. Como digo, tenemos muchos otros casos de los que ocuparnos. Ese mes de febrero nos encontramos con un verdadero aluvión de casos. Y su jefe, Morrison, nos pidió que fuéramos un poco discretos. Creo recordar que, de hecho, nos escribió una nota. Diciendo que la cuestión era delicada y que no quería que la familia de Gray se enterara de que este había estado completamente borracho la noche de su muerte. Su deseo era el de preservar un poco la dignidad del muerto. Por mí no había problema. No veía nada raro en ello, y estábamos desbordados de trabajo, por lo que autoricé que el cuerpo fuera incinerado cuanto antes.

Roscoe y yo nos miramos. El forense se levantó, fue al archivador y devolvió la carpeta al interior. El cajón se cerró con un chirrido metálico.

—¿Esto es todo, amigos? —apuntó—. Si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

Le dimos las gracias por su amabilidad. Salimos un poco confusos del destartalado despacho. Volvimos a encontrarnos bajo el cálido sol otoñal. Nos miramos pestañeando, sin hablar. Roscoe estaba demasiado indignada para articular palabra. Acababa de oír que a su viejo amigo lo habían asesinado.

—Lo siento —dije.

—Toda esa historia es un cuento de mierda, de pies a cabeza —soltó—. Gray no había metido la pata en un caso, porque nunca metía la pata. No estaba particularmente deprimido. Y era abstemio. No bebía ni gota. De forma que esa noche en absoluto estaba borracho. Tampoco hubiera salido a tomar algo con Morrison. O con el puñetero alcalde. De eso nada. Porque ninguno de los dos le caía bien. Ni loco hubiera salido a tomar algo con ellos. Tampoco tenía familia conocida. Por lo que todo eso de la familia, lo delicado del asunto y la preservación de su dignidad es un puro cuento chino. Lo mataron y luego contaron ese cuento chino al forense para que no metiera mucho las narices en el asunto.

Sentado en el coche, esperé a que terminara de liberar su rabia y su frustración. Finalmente calló y se mantuvo inmóvil. Estaba deduciendo el modo en que lo habían hecho todo.

—¿Tú crees que Morrison y Teale lo hicieron personalmente? —preguntó.

—Con la ayuda de otro más —respondí—. Fueron tres. Diría que se presentaron en su casa y llamaron a la puerta. Gray abrió, y Teale lo encañonó con una pistola. Morrison y el tercer hombre se abalanzaron sobre él y lo sujetaron por los brazos. Lo que explica esos moratones. Teale le obligó a beberse una botella de whisky o por lo menos vertió el licor sobre sus ropas. Lo llevaron al garaje por la fuerza y lo ahorcaron.

Roscoe arrancó y salió del aparcamiento del hospital. Rodeó el edificio y enfiló la carretera rural que llevaba a Margrave.

—Lo mataron —sentenció—. Como mataron a Joe. Creo que ahora entiendo lo que tienes que estar sintiendo.

—Van a pagarlo —aseguré—. Van a pagárnoslo a los dos.

—Esos hijos de puta van a enterarse —dijo ella.

Nos sumimos en el silencio. Seguimos hacia el norte y torcimos por la carretera del condado. Diecisiete kilómetros en línea recta hasta Margrave.

—Pobre Gray… —musitó—. No puedo creerlo. Un hombre tan inteligente y tan precavido…

—No lo bastante inteligente —dije—. O lo bastante precavido. Hemos de tenerlo bien presente. Ya sabes lo que hay que hacer, ¿no? Nunca estés a solas. Si ves que alguien viene a por ti, sal corriendo. O pégale un tiro al muy cabrón. Siempre que puedas, permanece junto a Finlay. ¿Entendido?

Su mirada no se apartaba de la carretera. Conducía a una velocidad endemoniada por la recta carretera. Estaba pensando en Finlay.

—Finlay… —repitió—. Hay algo que no entiendo, ¿sabes?

—¿El qué?

—Son dos, ¿no? Teale y Morrison. Son los que manejan la ciudad según el antojo de Kliner. Están al frente del cuerpo de policía y entre los dos hacen y deshacen a su gusto. El inspector en jefe es Gray. Un hombre mayor, con la cabeza bien amueblada, perspicaz, testarudo. Lleva veinticinco años en el cuerpo, desde mucho antes que empezara toda esta mierda. Se lo encontraron al llegar y no podían deshacerse de él. Y como era de esperar, ese inspector en jefe tan despierto y tenaz un día empieza a sospechar de los dos. Se ha dado cuenta de que en el pueblo está pasando algo raro. Los dos a su vez se dan cuenta de lo que Gray ha comprendido. Así que deciden liquidarle. Lo matan para no correr riesgos. ¿Y qué hacen después?

—Dímelo.

—Contratan a un sustituto —dijo—. Finlay, un hombre procedente de Boston. Un profesional todavía más despierto y tenaz que el propio Gray. ¿Por qué cojones iban a hacer una cosa así? Si Gray representaba un peligro, Finlay podía ser doblemente peligroso. ¿Cómo se explica? ¿Por qué se les ocurrió contratar a un policía aún más listo que el anterior?

—Es fácil de responder. Porque tenían la impresión de que Finlay era tonto de remate.

—¿Que Finlay era tonto? ¿Cómo demonios pudieron pensar una cosa así?

Expliqué cuanto Finlay me había contado el viernes mientras comíamos unos dónuts en la pequeña barra del bar que había en el supermercado. Lo sucedido con su divorcio. Su estado mental por entonces. ¿Qué me había dicho? Que se había convertido en poco menos que en un imbécil. Que apenas era capaz de articular dos palabras seguidas.

—Lo entrevistaron el jefe Morrison y el alcalde Teale —recordé—. Finlay me dijo que lo hizo tan mal en esa entrevista de trabajo que sin duda tuvieron que tomarle por estúpido. Eso explica que lo contrataran. Porque andaban buscando a un estúpido para el cargo.

Roscoe se echó a reír. Su risa me alegró.

—¡Por Dios! —exclamó—. La cosa no puede ser más irónica. Seguro que estuvieron planeándolo todo a conciencia. Se dijeron que tenían un problema con Gray. Y que les convenía que su sucesor fuera una especie de débil mental. Por lo que decidieron escoger al candidato al puesto que peor lo hiciera en las entrevistas de trabajo.

—Justamente —convine—. Fue lo que hicieron. Y escogieron a un tipo de Boston que en ese momento estaba traumatizado y andaba perdido por el mundo. Pero cuando se puso a trabajar, el hombre se había recuperado lo suficiente para dejar claro que era un profesional muy eficiente y perspicaz.

La idea le hizo sonreír durante el siguiente par de kilómetros. Subimos una pequeña pendiente y emprendimos el largo descenso hasta Margrave. Otra vez estábamos en tensión. Aquello era como adentrarse en una zona de guerra. De la que habíamos salido unas horas. La idea de volver a entrar en ella no resultaba muy tranquilizadora. Hasta ese momento había creído que lo vería todo con más calma cuando identificara con claridad a los tipos a los que estaba enfrentándome. Pero no era eso lo que sucedía. Porque este enfrentamiento no tenía lugar en un terreno neutral. El terreno estaba completamente dominado por mis rivales. El pueblo entero estaba metido en el asunto. Habían comprado al pueblo entero. No podía esperar que alguien fuera neutral. Estábamos llegando a cien kilómetros por hora a un lugar pero que muy peligroso. Mucho más de lo que había supuesto en un principio.

Roscoe aminoró al llegar a los primeros edificios. El gran Chevrolet enfiló el reluciente asfalto de Margrave. A izquierda y derecha, las magnolias y los cornejos dieron paso a céspedes aterciopelados y cerezos ornamentales. Unos árboles cuyos troncos relucían de pulcritud. Como si hubieran pulimentado la corteza a mano. Lo que en Margrave probablemente era una realidad. Lo más seguro era que la Fundación Kliner estuviera pagando muy bien a alguien para que se ocupara del asunto.

Pasamos por las calles de las tiendas, despreocupadamente vacías, todas ellas sostenidas por mil dólares a la semana ganados sin esfuerzo alguno. Rodeamos el pequeño parque con la estatua en honor a Caspar Teale. Dejamos atrás la calle que llevaba a la casa de Roscoe, la casa con la puerta rota y entreabierta. Dejamos atrás la cafetería. Los bancos emplazados bajo los elegantes toldos y marquesinas. Las zonas ajardinadas frente a las cuales antaño había bares y hoteles, cuando Margrave era una ciudad honrada. Y llegamos a la comisaría. Entramos en el estacionamiento y aparcamos. El Bentley de Charlie Hubble seguía allí donde lo había dejado.

Roscoe apagó el motor. Seguimos sentados en el coche un minuto. No queríamos salir. Nos estrechamos las manos con fuerza. Un breve gesto de buena suerte. Salimos del coche. A dar la batalla.

La comisaría estaba bien refrigerada y casi desierta. Solo estaban Baker, sentado ante su escritorio, y Finlay, quien justo acababa de salir del despacho situado en la parte posterior. Nos vio y se acercó de inmediato.

—Teale va a volver en diez minutos —anunció—. Y tenemos un pequeño problema.

Nos hizo pasar al despacho. Entramos, y cerró la puerta.

—Ha llamado Picard —dijo.

—¿Y qué problema hay? —pregunté.

—La cosa tiene que ver con esa casa segura en la que están escondidos Charlie Hubble y sus hijos —indicó—. Recordemos que toda esta situación tiene que seguir siendo extraoficial, ¿entendido?

—Es lo que él me dijo. Según explicó, está operando por su cuenta y riesgo.

—Justamente. Y ese es el problema. Picard no puede contar con agentes que se encarguen de vigilar en la casa. Pero necesita que alguien esté con Charlie. Hasta el momento, él mismo se ha encargado de hacerlo. Pero ya no puede seguir haciéndolo. No puedo tomarme más horas libres. A la vez, la situación tampoco le parece del todo correcta, ya me entienden. Hasta ahora ha estado a solas en la casa con Charlie, una mujer, con su hija y demás. Y se ve que la niña le tiene un miedo tremendo.

Miró a Roscoe. Se hizo cargo de lo que le iba a venir.

—Solo sería durante veinticuatro horas —dijo Finlay—. Es lo único que Picard nos pide. ¿Puede ocupar su lugar?

Roscoe se encogió de hombros. Sonrió.

—Claro que sí —dijo—. No hay problema. Puedo quedarme un día. Pero tiene que prometerme que me hará regresar en cuanto empiece la verdadera diversión.

—Por descontado —dijo Finlay—. Pero la verdadera diversión no va a empezar hasta que tengamos más información sobre este caso. Cuando llegue ese momento, Picard puede operar de forma oficial y situar a sus propios agentes en la casa segura. Y usted se vuelve a Margrave.

—Muy bien —convino ella—. ¿Cuándo tengo que ir?

—Ahora mismo —respondió él—. Picard va a presentarse en cualquier momento.

Roscoe sonrió.

—Tenía claro que iba a decirle que sí, ¿no?

Finlay sonrió a su vez.

—Como dije a Reacher, es usted lo mejor que tenemos.

Fuimos los dos por la sala de trabajo y salimos por una de las puertas acristaladas. Roscoe sacó la maleta del interior del Chevrolet y la dejó en la acera.

—Nos vemos mañana, supongo —dijo.

—¿No te importa? —pregunté.

—No, claro que no. Todo va a ir bien. No hay lugar más seguro que una casa segura del FBI, ¿verdad? Pero voy a echarte de menos, Reacher. No esperaba que fuéramos a tener que separarnos tan pronto.

Apreté su mano. Me besó en la mejilla. Sus labios buscaron los míos. Finlay en ese momento asomó la cabeza por una de las puertas de la comisaría. Y dijo a Roscoe:

—No se olvide de poner a Picard al día, ¿entendido?

Roscoe volvió el rostro y asintió. Nos quedamos a solas bajo el sol. No tuvimos que esperar mucho. El sedán azul de Picard se presentó en el aparcamiento al cabo de un par de minutos. Y se detuvo junto a nosotros. Al hombretón le costó salir del coche. Su corpachón casi parecía bloquear la luz del sol.

—Tengo que darle las gracias, Roscoe —dijo—. Me está ayudando mucho.

—No hay problema —dijo ella—. Usted también está ayudándonos, ¿no? ¿Dónde está ese lugar al que tenemos que ir?

Picard esbozó una sonrisa torcida. Me saludó con un gesto de la cabeza.

—Eso no puedo decírselo —explicó—. No delante de terceras personas. Ya estoy corriendo demasiados riesgos. Y tengo que pedirle que después no revele nada a nadie, ¿entendido? Y, Reacher, le pido que más tarde no haga preguntas a Roscoe o a Charlie, ¿entendido?

—Claro —dije. No tenía previsto hacerle preguntas a Roscoe. Ella misma se encargaría de contármelo todo por su propia voluntad.

—Muy bien —dijo Picard.

Se despidió con un gesto y cogió la maleta de Roscoe. La tiró al asiento trasero. Subieron los dos al sedán azul y se marcharon. En dirección al norte. Me despedí de ellos con la mano. El coche terminó por perderse de vista.

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