Zona peligrosa

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Detalles. Pruebas. Vigilancia. Es la base de todo. Uno tiene que emplearse a fondo y observarlo todo bien y durante el tiempo necesario, hasta conseguir lo que necesita. Mientras Roscoe se dedicaba a prepararle tazas de café a Charlie Hubble y Finlay estaba sentado en el despacho de madera de palisandro, yo iba a tener que concentrarme en vigilar lo que ocurría en los almacenes. De forma pormenorizada, hasta que entendiera de manera exacta cómo lo hacían todo. Era posible que tardara veinticuatro horas seguidas. Y que Roscoe volviera antes de que hubiese terminado.

Me subí al Bentley y recorrí los veinte minutos que me separaban del trébol de la autopista. Reduje la velocidad al pasar junto a los almacenes. Tenía que dar con un buen lugar desde el que vigilarlo todo. La rampa de subida en dirección norte pasaba por debajo de la de bajada, en dirección sur. Bajo esa segunda rampa había una especie de pasadizo entre los cortos y anchos pilones de hormigón. Me dije que sería buena idea esconderme detrás de uno. El lugar era un poco oscuro y estaba ligeramente elevado, por lo que tendría una buena vista de los almacenes. Había encontrado lo que necesitaba.

Aceleré, y el Bentley subió por la rampa. Enfilé los carriles que llevaban a Atlanta. Llegué a la ciudad al cabo de una hora. Estaba empezando a hacerme una idea de conjunto sobre la geografía local. Andaba buscando un barrio comercial del tipo modesto y popular. No tardé en encontrarlo. Pronto estuve en la clase de avenida que me interesaba. Talleres de reparación de automóviles, negocios de venta de mesas de billar, tiendas de muebles de oficina de segunda mano. Aparqué delante de una pequeña iglesia baja. Al otro lado de la avenida había dos tiendas de artículos para excursionistas, cazadores y demás. Fui hacia la que estaba a la izquierda y entré.

La puerta agitó una campanilla. El encargado sentado tras el mostrador levantó la vista. Su aspecto era el habitual en ese tipo de comercios. Un hombre de raza blanca, con barba negra, pantalones de camuflaje y botas de tipo militar. Con un gran pendiente de oro en una oreja, parecía un pirata. Era posible que fuera un antiguo militar. O que le hubiera gustado serlo. Me saludó con un gesto de la cabeza.

Tenía todo cuanto yo necesitaba. Escogí unos pantalones y una camisa de color caqui. Encontré una chaqueta de camuflaje de mi talla. Me fijé bien en los bolsillos. Tenían que ser lo bastante amplios para que la Desert Eagle cupiera. Luego cogí una cantimplora y unos prismáticos de buena calidad. Lo llevé todo al mostrador. Saqué el fajo de billetes de cien. El encargado de la barba me miró con interés.

—Tampoco me vendría mal una cachiporra —dije.

Me miró un momento más. Sus ojos fueron al fajo de los billetes. Se agachó y sacó una caja con aspecto de ser bastante pesada. Escogí una gruesa porra de unos veinte centímetros de largo. Un tubo de cuero, forrado con cinta adhesiva en un lado, a modo de empuñadura. Hecho a partir de un manguito flexible de fontanería. En el interior del tubo de cuero había perdigones de plomo. Un arma efectiva. Asentí con la cabeza. Pagué y me fui de allí. La campanilla volvió a resonar cuando salí por la puerta.

Conduje el Bentley un centenar de metros y me detuve ante un taller de reparaciones de coches en el que se anunciaba que ahumaban los cristales de las ventanillas. Hice sonar el claxon, y un fulano salió por la puerta en mi dirección.

—¿Puede oscurecerme los cristales de este coche?

—¿De este coche? Claro que sí. Yo oscurezco las ventanillas de cualquier modelo.

—¿Cuanto tardaría?

El tipo se situó junto al coche y resiguió con el dedo la lisa carrocería.

—Con una preciosidad así, hay que hacer un trabajo de primera. Un par de días, quizá tres.

—¿Por cuánto?

Sin apartar el dedo de la carrocería, aspiró entre los dientes, como siempre hacen los de los talleres cuando les pides un precio por su trabajo.

—Doscientos —respondió—. Pero estamos hablando de un trabajo de primera clase, el adecuado para una virguería como esta.

—Le pagaré doscientos cincuenta —dije—. Pero a cambio me hará un trabajo todavía mejor y me prestará un coche durante los dos o tres días que va a necesitar, ¿entendido?

El otro volvió a aspirar entre los dientes y llevó la palma de la mano al capó del Bentley.

—Trato hecho, amigo.

Saqué la llave del Bentley del llavero, y al poco rato me vi al volante de un Cadillac de ocho años de antigüedad, color aguacate. El coche parecía funcionar bastante bien y resultaba mucho más anónimo. El Bentley era un automóvil formidable, pero no me servía para hacer labores de vigilancia. Resultaba difícil pensar en un coche más llamativo.

Salí de la ciudad por el sur y me detuve en una estación de servicio. Hice que llenaran el gran depósito del Cadillac y aproveché para comprar chocolatinas, frutos secos y agua mineral. Luego entré en el cuarto de baño y me cambié de ropa. Me vestí con las prendas militares y tiré las viejas a la papelera. Me subí al coche otra vez. Metí la Desert Eagle en el largo bolsillo interior de mi nueva chaqueta. Montada y con el seguro quitado. Metí las balas sobrantes en el bolsillo exterior de arriba. En el bolsillo lateral derecho llevaba la navaja automática de Morrison, y en el izquierdo la cachiporra recién comprada.

Repartí las chocolatinas y los frutos secos por todos mis bolsillos. Vertí el agua de una botella en la cantimplora, y llegó el momento de ponerse a trabajar. Tardé una hora en llegar al término municipal de Margrave. Conduje el viejo Cadillac en torno al trébol de la autopista. Enfilé otra vez la rampa de ascenso en dirección al norte. Me desvié por el arcén y me detuve justamente en la tierra de nadie existente entre la rampa de subida y la de bajada. Allí donde no podían verme los que salieran o entraran en la autopista. Los únicos que podían hacerlo eran los que pasaran de largo en dirección a Margrave, y a esos les daría igual.

Subí el capó y lo abrí del todo. Cerré el coche y lo dejé donde estaba. Nadie iba a fijarse en un viejo sedán estacionado junto a un arcén. Una imagen tan familiar que uno ni repara en ella. A continuación subí por el murete de hormigón del borde del arcén. Bajé a toda prisa por el terraplén. Eché a correr hacia el sur y atravesé la rampa de ascenso. Seguí corriendo hasta situarme bajo el pasadizo. Llegué al otro lado, bajo la autopista, y me agazapé tras un pilón de hormigón. Sobre mi cabeza, los camiones salían por el desvío en dirección a Margrave. Y seguramente los había que reducían la marcha y giraban hacia los almacenes cercanos.

Terminé de ponerme cómodo al amparo del pilón. Gozaba de un buen punto de observación: a unos doscientos metros de distancia, y unos ocho o diez metros por encima. Podía contemplar el conjunto de los almacenes como quien contempla un diagrama. Los prismáticos que acababa de comprar eran de bastante buena calidad. Los almacenes eran cuatro. Todos idénticos, construidos el uno junto al otro, emplazados en una línea oblicua desde donde me encontraba. El conjunto estaba circundado por una valla imponente, con muchos alambres de espino en lo alto. Cada uno de los cuatro almacenes tenía su propia valla interior. Cada valla interior tenía su propia puerta de acceso. La valla exterior contaba con una puerta de acceso general que daba a la carretera. El lugar rebosaba de actividad.

En el primer almacén no estaba pasando nada de interés. La gran persiana metálica estaba abierta. Vi que entraban y salían unos cuantos camiones procedentes de las granjas de los aledaños. La gente estaba cargando y descargando a plena luz del día. Resistentes sacos de arpillera, repletos. De productos del campo, quizá, o de semillas o fertilizantes. De lo que usaran los granjeros de la zona. No tenía ni idea. Pero allí no había secreto alguno. Todo estaba a la vista. Todos los camiones eran de aquellos andurriales. Con matrículas de Georgia. No se veía un solo vehículo procedente de otro estado. Ni lo bastante grande para trasladar un cargamento a los lejanos estados del Norte. En el primer almacén no había nada raro, eso saltaba a la vista.

Lo mismo valía para el segundo y el tercero. Las puertas estaban abiertas, con las persianas metálicas en lo alto. La actividad también tenía lugar a plena luz del día. Allí no había secreto alguno. Los camiones eran de otro tipo, pero también del estado. No veía bien qué estaban cargando en ellos. Puede que fueran artículos al por mayor, para su distribución en las pequeñas tiendas del condado. Artículos manufacturados, quizá. En este tercer almacén parecía haber bidones. Nada que en principio resultara interesante.

El almacén que andaba buscando era el cuarto. El situado al final de la hilera. Era evidente. Su situación era la idónea. Quedaba disimulado por la actividad incesante que tenía lugar en los otros tres almacenes y, al ser el último de todos, nadie tenía por qué acercarse a él. Estaba claro que ese almacén era el que andaba buscando. Más allá, a unos setenta metros, se erguía el árbol partido por un rayo. El que Roscoe había visto en la fotografía donde Stoller y Hubble aparecían frente a una camioneta amarilla. Una instantánea tomada en el solar situado frente al cuarto almacén recogería el árbol tras la esquina posterior de la nave. Estaba claro. Ese era el lugar, estaba clarísimo.

La gran persiana de la puerta estaba bajada. Frente a ella había dos vigilantes. Aunque me hallaba a doscientos metros, pude ver que sus rostros estaban alerta y en tensión. Los estuve observando un minuto. Estaban paseándose ante la puerta, pero eso era todo. De forma que me puse a observar la carretera. A la espera de que un camión llegase y se dirigiese al cuarto almacén.

Tuve que esperar largo rato. Tanta espera me ponía un poco nervioso, por lo que empecé a cantar para mí. Desgrané todas las versiones de Rambling on My Mind que conocía. Una canción versionada hasta la saciedad. Suele considerarse que es una canción tradicional, porque nadie sabe quién la compuso. Ni de dónde procede. De la zona del delta del Mississippi, lo más probable. Es una canción sobre culos de mal asiento, sobre personas incapaces de permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Sobre gente como yo. Llevaba casi una semana en Margrave. Más tiempo del que me había quedado en cualquier otro lugar de modo voluntario. Tendría que quedarme para siempre. Con Roscoe. Me gustaba estar con ella. Estaba empezando a pensar en un futuro a su lado. Era una perspectiva agradable.

Pero habría problemas. Cuando el sucio dinero de Kliner dejara de fluir, el pueblo entero se iría a la mierda. No habría razón alguna para seguir en él. Y yo había nacido para vagar sin rumbo. Como decía la canción que estaba tarareando en silencio, yo tenía que estar siempre en movimiento. Una canción tradicional, pero que bien hubieran podido escribir para mí. Tenía la sospecha de que quien la compuso posiblemente fue el propio Blind Blake. Un hombre que siempre estaba en movimiento. Que había pasado por este lugar preciso cuando en lugar de pilones de hormigón había árboles viejos e imponentes. Sesenta años atrás, Blind Blake había pasado por esta carretera que yo ahora vigilaba, puede que cantando la misma canción que yo ahora estaba entonando.

Joe y yo acostumbrábamos a cantar esa vieja canción. A modo de irónico comentario sobre la vida de una familia con un padre militar. Nos hacían subir a un avión en uno y otro lugar y, después, nos desembarcaban en una base medio desierta en otro punto del globo. No llevaríamos veinte minutos en el nuevo destino y ya nos poníamos a cantar la vieja canción. Como si a esas alturas llevásemos demasiado tiempo allí y tuviéramos ganas de marcharnos cuanto antes. Apoyado en el pilón de hormigón, estaba cantando la canción otra vez, para mí, pero también para él.

Me llevó algo más de media hora cantar las distintas versiones del tema, una vez para mí y otra vez para Joe. Durante este rato vi que una media docena de camiones llegaban a los almacenes. Todos conducidos por gente de la zona. Camionetas polvorientas con matrículas de Georgia. Ningún gran vehículo para largas distancias con un remolque manchado de hollín. Ningún camión que se dirigiera al almacén del fondo. Estuve cantando más de media hora, sin obtener ninguna información.

Pero sí conseguí unos aplausos. Al terminar de entonar la última canción, unos aplausos lentos e irónicos llegaron de la oscuridad situada a mi espalda. Me volví junto al ancho pilón de hormigón y escudriñé la penumbra. Entreví que un hombre llegaba medio arrastrándose. La silueta se hizo más clara. Un vagabundo de algún tipo. Con el pelo largo y grasiento, y vestido con ropas gruesas en capas superpuestas. Unos ojos brillantes en un rostro arrugado y sucio. El tipo se detuvo a distancia prudencial.

—¿Quién demonios eres? —pregunté.

Se apartó la cortina de pelo de los ojos y esbozó una sonrisa divertida.

—¿Y tú quién demonios eres? —preguntó a su vez—. ¿Cómo es que vienes al lugar donde vivo y te pones a berrear de ese modo?

—¿Es que vives debajo de la autopista?

Terminó de enderezarse y se encogió de hombros.

—De forma temporal —dijo—. Llevo un mes aquí. ¿Es que te molesta?

Le dije que no con la cabeza. No me molestaba. Aquel tipo tenía que vivir en alguna parte.

—Siento haberte molestado —dijo—. Voy a irme de aquí esta misma noche.

Me llegó su olor. No era agradable. Este fulano olía como si se hubiera pasado la vida entera en la carretera.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —añadió—. Hemos decidido irnos a otro lugar. Así que nos vamos.

—¿Nos vamos? —repetí—. ¿Es que hay más gente?

El fulano me miró con cara rara. Se volvió y señaló hacia atrás. Pero allí no había nadie. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la semioscuridad. Lo único que se veía era el voladizo de hormigón situado bajo los carriles elevados. Un espacio vacío.

—Mi familia —dijo—. Ha sido un placer conocerte. Pero tenemos que irnos. Ha llegado el momento de marcharse.

Llevó la mano atrás y cogió un petate de lona. Un petate militar. Con una desvaída anotación en la lona. El nombre de un soldado, un número y una unidad. El tipo echó a andar hacia la carretera.

—Un momento —dije—. ¿Dónde estabas la semana pasada? ¿El jueves pasado?

El tipo se detuvo y se volvió a medias.

—Llevo un mes aquí. Y el jueves no vi nada en particular.

Lo miré y miré su petate. Un antiguo soldado. Los soldados nunca se ofrecen voluntarios ni hablan de los demás. Es la norma fundamental a la que se atienen. Me aparté del pilón de hormigón y saqué una chocolatina del bolsillo. La envolví en un billete de cien dólares. Y la tiré en su dirección. La cogió y se la metió en el bolsillo.

—¿Y bien? ¿Qué fue lo que no viste el jueves pasado? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—No vi nada —respondió—. Es la pura verdad. Pero mi mujer sí que vio muchas cosas.

—Muy bien —repuse—. ¿Por qué no le preguntas a tu mujer qué vio?

Asintió con un gesto. Se volvió y habló en un susurro con el aire a su espalda. Volvió a mirarme.

—Vio a unos extraterrestres —dijo—. Una nave espacial enemiga, camuflada en forma de una camioneta negra, brillante. Con dos extraterrestres disfrazados de seres humanos en el interior. Vio unas luces en el cielo. Humo. La nave espacial llegó, se convirtió en un gran coche, y el comandante de los extraterrestres salió disfrazado de policía. Un tipo gordo y bajo. Un coche blanco llegó algo después por la autopista. Claro está, era otra nave espacial que aterrizaba, de la que se bajaron dos tipos, el piloto y el copiloto. Se pusieron todos a bailar, allí, junto a la puerta de la valla, porque todos habían llegado de otra galaxia. Mi mujer dice que fue muy interesante. A ella le encantan esas cosas. Dice que siempre está viendo cosas así.

Subrayó sus palabras con un gesto de la cabeza. Hablaba en serio.

—Yo me lo perdí —explicó. Señaló el aire a su espalda—. Tenía que bañar a nuestra hijita. Pero eso es lo que vio mi mujer. A ella le encantan las cosas así.

—¿Oyó algo tu mujer? —pregunté.

Se lo preguntó. Obtuvo la respuesta y empezó a menear la cabeza como si yo estuviera loco.

—Los extraterrestres no hacen el menor ruido —aseguró—. Pero al copiloto extraterrestre le dieron con sus espadas láser, y el tipo después se arrastró hasta aquí. Murió desangrado en el sitio preciso en el que estás. Tratamos de ayudarlo, pero no se puede hacer casi nada cuando a alguien le han dado con unas espadas láser, ¿verdad? Los médicos se lo llevaron el domingo.

Asentí. El fulano se marchó con su petate. Le vi alejarse y volví a esconderme tras el pilón. Contemplé la carretera. Y revisé mentalmente cuanto ese vagabundo acababa de contarme, ateniéndose a la versión de su mujer. Un testigo presencial. El tipo seguramente no hubiera convencido al Tribunal Supremo, pero a mí me había convencido de todas todas. No era el hermano del Tribunal Supremo el que había llegado en una nave espacial y se había puesto a bailar en la puerta de acceso a los almacenes.

Transcurrió una hora sin que pasara nada. Me comí una chocolatina y me bebí casi medio litro de agua. Seguí sentado y a la espera. Un camión de buen tamaño llegó del sur y aminoró la marcha al acercarse a la entrada de los almacenes. Miré por los prismáticos y vi que la matrícula era de Nueva York. Un rectángulo blanco y polvoriento. El camión avanzó por el asfalto y se detuvo ante la cuarta puerta. Los dos vigilantes se la abrieron e indicaron al conductor que entrara. El camión se detuvo por segunda vez, y los dos tipos cerraron bien la puerta. El conductor, a continuación, dio marcha atrás en dirección a la persiana de la puerta del almacén. Se detuvo y bajó del camión. Uno de los vigilantes subió a la cabina, mientras el otro se metía en una puertecita lateral y activaba el mecanismo de apertura de la persiana. El camión tiró marcha atrás, y la persiana volvió a cerrarse. El conductor se quedó en el exterior, aprovechando para estirar un poco las piernas. La cosa había durado menos de medio minuto, y allí nadie había visto nada.

Me mantuve a la espera. El camión estuvo dieciocho minutos en el interior. Hasta que la persiana se abrió de nuevo, y el vigilante condujo el vehículo al exterior. La persiana volvió a cerrarse, y el vigilante se bajó de la cabina. El conductor llegado de Nueva York se sentó otra vez al volante, mientras el vigilante corría a abrirle la puerta de la valla. El camión la cruzó y enfiló la carretera del condado. Giró hacia el norte y pasó a veinte metros de donde me encontraba. Subió por la rampa y, con el motor rugiendo, se sumó al tráfico que discurría en dirección norte.

Casi de inmediato, un segundo camión bajó por la rampa, dejando atrás el tráfico que discurría hacia el sur. Un camión parecido, del mismo tamaño, cubierto por la misma mugre de autopista. Fue por la carretera y se detuvo ante el acceso a los almacenes. Yo no dejaba de mirar con los prismáticos. Matrícula de Illinois. El mismo ritual otra vez. El camión se detuvo ante la segunda puerta. Fue marcha atrás hasta la persiana. El conductor se bajó, y el vigilante ocupó su lugar. La persiana se abrió lo justo para que la oscuridad del interior engullera el vehículo. Todo muy rápido y eficiente. Unos treinta segundos otra vez, de principio a fin. Y con todo el secreto del mundo. A los conductores no les permitían pasar al interior del almacén. Tenían que esperar fuera.

El camión de Illinois tardó menos en salir. Dieciséis minutos. El conductor volvió a sentarse al volante y se fue por donde había venido, en dirección a la autopista. Lo miré cuando pasó por mi lado, a una veintena de metros.

De acuerdo con nuestra teoría, habían cargado parte del remanente en ambos camiones, que ahora se dirigían de regreso al norte. Al máximo de velocidad permitido, con destino a las grandes ciudades. Hasta el momento, los hechos parecían ajustarse a nuestra teoría. Todo encajaba, o eso me decía yo.

Nada sucedió durante la hora siguiente. El cuarto almacén estuvo cerrado a cal y canto. Empecé a aburrirme. Me dije que ojalá el vagabundo no se hubiera marchado. Podríamos haber charlado un rato. Y entonces vi que llegaba el tercer camión del día. Miré por los prismáticos y reparé en que la matrícula era de California. El mismo tipo de camión, de un color rojo sucio. Bajó por la rampa de la autopista y se dirigió al último de los almacenes. Sin embargo, las cosas sucedieron de forma distinta esta vez. El camión llegó junto al almacén, pero no se produjo el esperado cambio de conductor. El vehículo sencillamente entró de culo bajo la persiana abierta, sin detenerse. Ese conductor tenía permiso para entrar en el almacén. Una nueva espera. De veintidós minutos esta vez. La persiana finalmente se abrió, y el camión salió. Cruzó por las puertas y se dirigió a la autopista.

Tomé una decisión con rapidez. Había llegado el momento de marcharse. Quería ver el interior de uno de esos camiones. Agarré los prismáticos y la cantimplora, y fui corriendo hacia el terraplén. Subí a toda prisa por la empinada pendiente y me metí en el viejo Cadillac. Arranqué, fui por el arcén y entré en la rampa de acceso. Di gas al motor y aceleré en dirección al norte.

Me dije que el camión rojo me llevaría tres o cuatro minutos de ventaja. No mucho más. Adelanté a varios vehículos, aceleré y seguí a buena velocidad. Creía estar ganándole terreno al camión. Divisé el camión al cabo de unos pocos kilómetros. Reduje un poco y me mantuve a distancia, a unos trescientos metros por detrás. Con la idea de que hubiera una media docena de vehículos entre el camión y yo. Me arrellané en el asiento y me armé de paciencia. Según la teoría de la menorá esbozada por Roscoe, nos estábamos dirigiendo a California.

Seguimos hacia el norte sin apresurarnos. A no mucho más de setenta kilómetros por hora. El gran depósito del Cadillac estaba casi lleno de gasolina. Con lo que tenía suficiente para cubrir casi quinientos kilómetros. Si seguíamos a esa velocidad, incluso un poco más. Los problemas llegarían si me veía obligado a acelerar. La aceleración del viejo motor de ocho cilindros agotaría la gasolina del depósito con rapidez, con tanta rapidez como el café de una cafetera recién hecha termina por agotarse. Pero si seguíamos a esa velocidad intermedia iba a tener una autonomía considerable. De seiscientos kilómetros, quizá. Lo suficiente para llegar incluso a Memphis.

Continuamos avanzando. El camión rojo sucio era muy visible trescientos metros más allá. Torció a la izquierda antes de llegar al extremo meridional de Atlanta. Dirigiéndose al oeste, a través de una zona rural. La teoría de la distribución por el momento se sostenía. Aminoré y me quedé rezagado antes de girar a mi vez. No quería que el conductor sospechara que estaban siguiéndolo. Pero por la forma en que efectuaba los cambios de carril, el fulano no parecía prestar mucha atención a los retrovisores. Así que me acerqué un poco más.

El camión rojo seguía en ruta. Yo me mantenía unos ocho coches por detrás. El tiempo fue pasando. Media tarde. Empezó a anochecer. Con una mano al volante, comí unas chocolatinas y bebí un poco de agua. No había manera de conseguir que la radio funcionara. Un aparato más bien raro, de fabricación japonesa.

El tipo del taller seguramente lo había instalado por su cuenta. Igual estaba averiado. Me pregunté qué tal le iría con el ahumado de los cristales del Bentley. Y lo que Charlie me diría cuando viese que le devolvía el coche con los cristales oscurecidos. Me dije que ese seguramente iba a ser el menor de sus problemas.

Seguimos conduciendo durante casi seiscientos kilómetros. Ocho horas. Salimos de Georgia y atravesamos todo Alabama hasta llegar a la esquina noreste de Mississippi. Era noche cerrada. El sol del otoño se había esfumado por completo. Los vehículos circulaban con las luces encendidas. Seguimos conduciendo en la oscuridad. Empecé a tener la sensación de que llevaba toda la vida siguiendo a aquel fulano. Y entonces, cerca ya de la medianoche, el camión rojo redujo la velocidad. Estaría unos seiscientos metros por delante cuando vi que giraba para entrar en un área de servicio situada en medio de la nada. Cerca de una población llamada Myrtle. A unos ochenta o noventa kilómetros del límite con Tennessee. A unos cien kilómetros de Memphis. Entré en el área de servicio. Y aparqué lejos del camión.

Vi que el conductor se bajaba de la cabina. Un tipo alto y corpulento. Con el cuello grueso y los hombros anchos y poderosos. Moreno, de unos treinta o treinta y pocos años. Con los brazos tan largos como los de un primate. Yo conocía a ese tipo. Era el hijo de Kliner. Un psicópata con todas las de la ley. Lo miré. Hizo algunos estiramientos y bostezó en la oscuridad junto al camión inmóvil. Lo miré con atención y me lo imaginé el jueves por la noche, junto a la puerta de los almacenes, bailando.

El joven Kliner cerró bien el camión y echó a andar hacia el edificio del área de servicio. Esperé unos segundos y comencé a seguirle. Me dije que lo primero que haría sería ir al cuarto de baño, por lo que me quedé plantado frente al quiosco de prensa, no lejos de la puerta. Vi que salía y se dirigía al restaurante. Se sentó a una mesa y se desperezó en la silla. Cogió el menú con el aire despreocupado de quien va a tomarse su tiempo. Se disponía a cenar con tranquilidad. Me dije que iba a estar sentado en el restaurante veinticinco minutos o media hora.

Volví al estacionamiento. Lo que quería era acceder al interior del camión y echar un vistazo. Pero me di cuenta de que allí no iba a poder hacerlo. No tenía la menor oportunidad. Había gente andando por todas partes, y un par de coches patrulla estaban detenidos en las inmediaciones. El lugar estaba iluminado como una feria. Tendría que esperar a otro momento.

Volví andando al edificio. Entré en una cabina telefónica y marqué el número de la comisaría de Margrave. Finlay me respondió al instante con su sobria entonación de Harvard. Llevaba largo rato sentado junto al teléfono, a la espera de que lo llamara para informar.

—¿Dónde está? —quiso saber.

—No lejos de Memphis —indiqué—. Estuvieron cargando un camión en el almacén, y lo he seguido hasta aquí con la idea de mirar dentro cuando pueda. El conductor es el hijo de Kliner.

—Entendido —dijo—. Picard me ha llamado. Roscoe está en la casa y se encuentra bien. Supongo que a estas horas estará durmiendo, si es que tiene un poco de cabeza. Dice que le manda un beso.

—Mándele otro de mi parte, si tiene oportunidad. Y cuídese, amigo mío.

—Lo mismo digo.

Colgó.

Fui andando al Cadillac. Me senté al volante y esperé. Pasó media hora hasta que el hijo de Kliner reapareció. Fue andando hacia el camión rojo. Terminó de limpiarse los labios con el dorso de la mano; al parecer había cenado la mar de bien. Desde luego, se había tomado su tiempo. Lo perdí de vista. Al cabo de un minuto, el camión se estremeció ruidosamente y enfiló el camino de salida. Pero el hombre no se dirigió a la autopista, sino que torció a la izquierda por una pequeña carretera lateral. Iba al motel cercano, con intención de hacer noche allí.

Aparcó el camión frente a la segunda de las habitaciones en hilera del motel. Una gran farola iluminaba el vehículo de lleno. Salió y cerró bien la portezuela. Sacó una llave del bolsillo y fue a la habitación. Abrió la puerta, entró y la cerró. Vi que la luz se encendía en el interior y que la cortina se corría. El hombre se había presentado con la llave en el bolsillo. Sin necesidad de pasar por la recepción del motel. Seguramente se había registrado en el mismo restaurante. Había pagado la habitación y le habían dado la llave. Por eso había tardado lo suyo en salir del maldito restaurante.

Me encontraba con un problema. Necesitaba mirar en el interior del camión. Precisaba hacerme con pruebas. Tenía que asegurarme de que estaba en lo cierto. Y debía hacerlo cuanto antes. Quedaban cuarenta y ocho horas para el domingo. Tenía cosas que hacer antes del domingo. Muchas cosas. Iba a tener que entrar en el camión como fuera, allí mismo, bajo la intensa luz de la farola. Mientras aquel psicópata, el hijo de Kliner, descansaba a tres metros de distancia en la habitación del motel. No era lo más tranquilizador, desde luego. Iba a tener que esperar un rato. Hasta que el joven estuviera profundamente dormido y no pudiera oírme.

Esperé media hora. Me fue imposible aguardar más. Puse el viejo Cadillac en marcha y avancé en la semioscuridad. El motor estaba haciendo un ruido de mil demonios en mitad de aquel silencio. Aparqué el coche junto al camión rojo, pegadito. Con el morro hacia la habitación del motel donde dormía el hijo de Kliner. Me bajé del Cadillac por el lado opuesto al asiento del conductor. Me quedé inmóvil y a la escucha. Nada.

Cogí la navaja automática de Morrison que llevaba en el bolsillo y me subí al parachoques delantero del Cadillac. Subí al capó, y de ahí al techo de la cabina. Una vez en lo alto, me quedé quieto. Escuché con atención. Nada. Me puse boca abajo en el techo de la cabina.

Un camión de ese tipo siempre tiene el techo del remolque translúcido, con una lámina de fibra de vidrio. Si la lámina no ocupa el techo entero, por lo menos forma un tragaluz que ilumina un poco el interior de la caja. Lo que facilita la carga y descarga. Quizá sencillamente lo hacen porque así el camión pesa un poco menos. O para abaratar costes. Los fabricantes hacen lo que sea para ahorrarse un dólar. Y la mejor forma de entrar en la caja de un camión de ese tipo es a través del techo.

Me subí a pulso hasta el techo del remolque y me tumbé boca abajo sobre la lámina de fibra de vidrio. Abrí la navaja automática. La clavé en la lámina, en el centro mismo del techo. Hice un agujero de unos tres centímetros por cinco. Para echar una mirada dentro. Como quien mira por una aspillera.

La luz en la habitación del motel se encendió de repente. La cortina de la ventana se abrió ligeramente, y un triángulo de luz fue a parar al Cadillac aparcado junto al camión. Por encima de donde me encontraba. Mis pies asomaban por el borde del remolque. Solté un gruñido, me pegué al techo y contuve el aliento.

Se abrió la puerta de la habitación del motel. El joven Kliner salió. Se quedó mirando el Cadillac. Se agachó y escudriñó en el interior. Fue andando por el lado y miró el camión. Se cercioró de que las portezuelas estaban bien cerradas. Tiró de las manillas con fuerza. El vehículo tremoló ligeramente bajo mi cuerpo. Fue andando hacia la parte posterior y comprobó las puertas traseras. Tiró con fuerza del cierre. Oí que las puertas chirriaban.

Volvió a rodear el camión. Tumbado en lo alto del techo, oí el crujir de sus pisadas. Volvió a mirar bien el Cadillac. Y finalmente regresó a la habitación. Cerró la puerta de un portazo. Apagó la lámpara. El triángulo de luz desapareció.

Esperé cinco minutos. Me mantuve inmóvil en lo alto del camión. Finalmente me moví un poco, lo justo para acercarme al agujero que había hecho en la lámina de fibra de vidrio. Empujé hacia abajo un trozo de fibra y me agarré al borde del agujero. Me arrastré hacia delante y miré dentro.

El camión estaba vacío. Por completo. Allí dentro no había nada.

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