Zona peligrosa

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Tuve que hacer más de seiscientos kilómetros para volver a la comisaría de Margrave. Los recorrí a la máxima velocidad a la que me atreví. Tenía que hablar con Finlay. Tenía que exponerle la nueva teoría que se me había ocurrido. Aparqué el viejo Cadillac junto al coche nuevo de Teale. Entré y saludé con la cabeza al sargento de la entrada, que me devolvió el saludo.

—¿Está Finlay? —pregunté.

—En el despacho del fondo —respondió—. En compañía del alcalde.

Fui corriendo por la sala de trabajo en dirección al gran despacho. Finlay y Teale estaban en el interior. Finlay tenía que darme una mala noticia. Lo deduje al ver sus hombros encorvados. Teale me miró con sorpresa.

—¿Está otra vez en el ejército, señor Reacher? —preguntó.

Tardé un segundo en entender a qué se refería. A la ropa militar que llevaba puesta. Lo miré de arriba abajo. Iba vestido con un traje de tela gris brillante con costuras por todas partes. Y lucía una corbatita de lazo con el broche de plata.

—Usted tampoco es quién para presumir de ropas, fantoche —le espeté.

Se miró su ropa tan atildada con sorpresa. Sacudió con la mano una mota de polvo y me miró con ojos furiosos.

—Puedo hacer que lo detengan por dirigirse a mí en ese tono —me amenazó.

—Y yo puedo arrancarle la cabeza —le solté—. Y después metérsela por ese culo tan estirado que tiene.

Se levantó. Nos estuvimos fulminando con las miradas un largo instante. Teale aferraba el mango de su pesado bastón como si estuviera pensando en darme con él. Así lo indicaban sus ojos, que iban del bastón a mi cabeza. Finalmente se fue cojeando y cerró la puerta de un portazo. La entreabrí unos centímetros y espié. Estaba acercando su mano al teléfono de uno de los escritorios situados en el otro extremo. Iba a llamar a Kliner. Para preguntarle cuándo demonios iba a hacer algo conmigo. Cerré la puerta otra vez y me giré hacia Finlay.

—¿Qué problema hay? —pregunté.

—Estamos metidos realmente en una situación de mierda —reconoció—. Pero ¿ha conseguido mirar dentro del camión?

—Se lo cuento en un minuto —dije—. Pero ¿cuál es el problema?

—¿Empiezo por el problema pequeño? ¿O por el problema más gordo?

—Empiece por el pequeño.

—Picard dice que Roscoe va a tener que quedarse un día más en la casa segura. Que no hay otro remedio.

—Mierda. Tenía ganas de verla. ¿Ella no ha puesto objeción?

—Según Picard, no —dijo él.

—Mierda —repetí—. ¿Y cuál es el segundo problema?

—Alguien se nos ha adelantado —murmuró.

—¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

—La cosa tiene que ver con el listado de su hermano —explicó—. El listado de esas iniciales, en el que se hacía mención al garaje de Sherman Stoller. Bueno, pues esta mañana hemos recibido un télex de la policía de Atlanta. La casa de Stoller se ha incendiado esta noche pasada. La casa junto al campo de golf, la que visitó en compañía de Roscoe. Ha ardido por completo, con el garaje incluido. Un incendio provocado. Alguien se ocupó de rociarlo todo con gasolina.

—Por Dios… —musité—. ¿Y qué ha sido de Judy?

—Un vecino nos ha dicho que se marchó el martes por la noche. Justo después de que ustedes hablaran con ella. Desde entonces no ha vuelto. En la casa no había nadie.

Asentí con la cabeza.

—Judy es una chica lista —dije—. Pero eso no significa que se nos hayan adelantado. Ya miramos en el interior del garaje. Si lo que se proponían era esconder algo, han llegado con retraso. Porque allí no quedaba nada que esconder, ¿no le parece?

—Y en lo referente a esas iniciales… —prosiguió—. A las relacionadas con esas dos universidades. Esta mañana conseguí identificar a «W. B.», el hombre de Princeton. El profesor Walter Bartholomew. Anoche fue asesinado en la puerta de su casa.

—Joder. ¿Cómo lo mataron?

—A cuchilladas. La policía de Nueva Jersey considera que fue un atraco que salió mal. Pero eso a nosotros no nos vale, ¿verdad?

—¿Hay más buenas noticias?

Meneó la cabeza.

—La cosa es todavía peor. Bartholomew sabía algo. Pero lo mataron antes de que pudiera hablar con nosotros. Por eso digo que se nos han adelantado, Reacher.

—¿Qué sabía Bartholomew?

—No tengo ni idea —dijo Finlay—. Cuando llamé a ese número, el que me respondió fue un profesor adjunto, un colaborador de Bartholomew. Según parece, el viejo profesor estaba muy interesado en cierto descubrimiento que había hecho y anoche se quedó trabajando hasta muy tarde en su despacho. El profesor adjunto le llevaba vieja documentación. Bartholomew lo estuvo mirando todo a conciencia. Luego recogió sus cosas, envió un correo electrónico al ordenador de Joe y se marchó. Se tropezó con esos supuestos atracadores, y se acabó lo que se daba.

—¿Qué decía en ese correo electrónico?

—Que por la mañana iba a telefonearle —dijo Finlay—. El profesor adjunto dice tener la seguridad de que Barthomolew había encontrado algo importante.

—Mierda —solté—. ¿Y qué me dice de esas iniciales en Nueva York? ¿«K. K.»?

—Todavía no lo sé. Pero supongo que se trata de otro profesor. Espero que todavía no hayan conseguido dar con él.

—Entendido —dije—. Me voy a Nueva York a encontrarme con él.

—¿A qué vienen tantas prisas? ¿Es que ha pasado algo raro con el camión?

—Algo muy raro. Resulta que el camión estaba vacío.

En el despacho se hizo el silencio.

—¿Me está diciendo que el viaje de regreso lo hizo vacío?

—Miré en el interior justo después de hablar con usted. Y estaba vacío. Allí dentro no había más que aire.

—Por Dios.

Su expresión era de disgusto e incredulidad. La explicación de Roscoe en lo tocante a la distribución lo había convencido por completo. Hasta el punto de que la había felicitado y estrechado la mano. La teoría de la menorá. Una buena teoría. Tan buena que ahora le resultaba difícil creer que no fuese cierta.

—Tenemos que pensarlo todo muy bien. Porque la teoría de Roscoe tiene mucho sentido. Piense en el mapa del país. En los números anotados por Gray. Todo encaja. Es evidente, y estoy convencido. Estamos hablando de una red de distribución. No puede tratarse de otra cosa. Lo he estado pensando muy detenidamente.

—Roscoe tenía razón —convine—. Y usted también tiene razón en lo que dice. La red en forma de menorá existe. Y tiene su centro en Margrave. Es una red de distribución. Pero nos equivocamos en un pequeño detalle.

—¿En cuál?

—En la dirección que sigue esa red de distribución. La entendimos al revés. El flujo se da exactamente en la dirección contraria. Estamos hablando de la misma menorá, pero el flujo se dirige a este lugar, no parte de este lugar.

—De forma que no están cargando los camiones en Margrave… —observó—. En Margrave es donde los descargan. No están deshaciéndose de unas reservas. Están acumulándolas. Aquí, en Margrave. Pero ¿unas reservas de qué? ¿Está seguro de que no imprimen esos billetes falsos en otros lugares y luego los transportan hasta aquí?

Negué con la cabeza.

—No tiene el menor sentido. Molly me dijo que en Estados Unidos no se imprimen billetes falsos. Que Joe terminó con ese negocio.

—Entonces, ¿qué están transportando hasta aquí?

—Es lo que tenemos que averiguar —dije—. Por lo que sabemos, transportan en torno a una tonelada a la semana. Y también sabemos que es algo que puede ir escondido dentro de cajas de aparatos de aire acondicionado.

—¿Eso piensa? —dijo Finlay.

—Eso fue lo que cambió el año pasado. Hasta septiembre pasado estaban llevando ese algo al exterior. Lo hacía Sherman Stoller. Esos transportes de aparatos de aire acondicionado no eran un señuelo, eran el verdadero negocio. Estaban exportando algo escondido en las cajas de cartón de los aparatos. Sherman Stoller todos los días las llevaba a Florida para que las cargaran en un barco. Por eso perdió los nervios cuando le dieron el alto por conducir con exceso de velocidad. Por eso ese abogado tan prestigioso se presentó al instante. No porque se encontrara en Florida para cargar el género. Sino porque justo había terminado de cargarlo en el camión. Y la policía de Jacksonville durante cincuenta y cinco minutos estuvo a unos metros de descubrir el cargamento.

—Pero ¿un cargamento de qué?

—No lo sé —reconocí—. A los policías no se les ocurrió registrar en profundidad. Vieron un cargamento de aparatos de aire acondicionado en cajas de cartón selladas, con sus números de serie y todo lo demás, y se dijeron que allí no había nada ilegal. Esas cajas de cartón eran un escondite muy bueno. Y el transporte de aparatos de aire acondicionado hacia el sur resulta perfectamente plausible. ¿Quién va a sospechar de algo así?

—Sin embargo, me está diciendo que hace un año lo dejaron.

—Eso mismo —dije—. Porque sabían que el cuerpo de guardacostas iba a emprender aquella gran operación, de forma que se quitaron de encima toda la mercancía que pudieron. Si recuerda, las notas tomadas por Gray recogen que por entonces redoblaron los transportes. Hasta que hace un año los suspendieron por completo. Pensábamos que era porque tenían miedo de que los guardacostas detectaran la entrada de la mercancía, pero lo que en realidad se temían era que detectaran la salida de esa mercancía.

Finlay asintió con un gesto. Parecía contrariado.

—Estábamos equivocados —observó.

—Estábamos equivocados en muchas cosas. Despidieron a Stoller porque ya no lo necesitaban. Decidieron mantener almacenado el material, sin tocarlo en absoluto hasta que los guardacostas terminaran con su operativo. En consecuencia, lo que tienen guardado en el almacén hasta el domingo no son unas simples reservas. Se trata de todo el puto mogollón.

Mientras Finlay montaba guardia en la puerta, me senté al escritorio de madera de palisandro y llamé a la Universidad de Columbia en Nueva York. El número era el de la facultad de Historia Moderna. Me respondió una administrativa muy amable. Pregunté si en la facultad trabajaba un profesor cuyas iniciales fueran «K. K.». Al momento lo identificó como Kelvin Kelstein. Llevaba muchos años en la facultad, una especie de eminencia, o eso parecía. Pero las cosas entonces se complicaron. Pregunté a la mujer si Kelstein podía ponerse al teléfono. Me respondió que no, que estaba muy ocupado y que no quería ser molestado otra vez.

—¿Otra vez? ¿Quién lo ha estado molestando antes?

—Dos inspectores de policía llegados de Atlanta.

—¿Cuándo?

—Esta misma mañana. Se han presentado preguntando por él y no ha habido forma de decirles que no.

—¿Puede describirme a esos dos hombres?

Hizo una pausa, tratando de acordarse bien.

—Eran de origen hispano. Pero no me acuerdo de mucho más. El que estuvo hablando conmigo era muy cortés. Pero sin un aspecto físico distintivo.

—¿Ya se han encontrado con el profesor?

—Han quedado en verse con él a la una —dijo—. Me parece que van a invitarle a almorzar, no sé bien donde.

Mi mano se cerró más aún en torno al auricular.

—Escúcheme —dije—. Escúcheme con mucha atención. Quiero que vaya a ver al profesor Kelstein. Ahora mismo. Hable con él, y me da igual lo que pueda estar haciendo en este momento. Dígale que es una cuestión de vida o muerte. Dígale que esos dos tipos de Atlanta en realidad no son policías. Que anoche estuvieron en Princeton y asesinaron al profesor Walter Bartholomew.

—¿Es que está de broma? —dijo ella poco menos que chillando.

—Hablo muy en serio. Me llamo Jack Reacher. Y tengo la impresión de que Kelstein ha estado en contacto con mi hermano, Joe Reacher, del Departamento del Tesoro. Dígale que esa gente también ha asesinado a mi hermano.

La mujer guardó silencio un momento. Tragó saliva. Volvió a hablar, algo más calmada.

—¿Qué tengo que decirle al profesor Kelstein?

—Dos cosas —respondí—. Primero. Que no se encuentre con esos dos hispanos de Atlanta. Bajo ningún concepto. Repito. Bajo ningún concepto. ¿Entendido?

—Sí.

—Bien. Segundo. Que ahora mismo vaya a ver a los responsables de seguridad de la universidad. Ahora mismo, ¿está claro? Que se quede con ellos y que me espere allí. Estaré con él en unas tres horas. Lo que Kelstein tiene que hacer es permanecer con los responsables de seguridad y no moverse de su lado hasta que me presente a verlo. ¿Puede prometerme que va a convencerlo?

—Sí —repitió.

—Dígale que llame a Princeton desde la oficina de los de seguridad —agregué—. Y que pregunte por Bartholomew. Con eso se convencerá.

—Muy bien —dijo la mujer—. Voy a asegurarme de que haga todo cuanto acaba de indicarme.

—Y deles mi nombre a los de seguridad —añadí—. No quiero encontrarme con problemas para entrar. El profesor Kelstein podrá identificarme. Dígale que me parezco físicamente a mi hermano.

Colgué. Y dije a Finlay:

—Esa gente tiene el listado de Joe. Y han enviado a dos tipos a Nueva York. Uno de ellos es el mismo que se hizo con el maletín de Joe. Un fulano pulcro y cortés. Tienen el listado de Joe.

—Pero ¿cómo se explica? El listado de su hermano no estaba en el maletín…

Me estremecí de miedo. Y lo entendí todo. Estaba clarísimo.

—Baker —dije—. Baker forma parte de la trama. Hizo una fotocopia adicional. Cuando usted le pidió que copiara el listado de Joe. Hizo una segunda fotocopia, que después entregó a Teale.

—Por Dios… —musitó él—. ¿Está seguro?

Asentí con la cabeza.

—Hay más —dije—. Teale ha estado liándonos desde el primer momento. Hemos dado por sentado que todos los demás miembros del cuerpo de policía eran honestos. Pero Teale tiene escondidos a sus propios peones. Y ahora no sabemos quién coño está metido en todo esto y quién no. Tenemos que irnos de aquí ahora mismo. Vámonos.

Salimos del despacho. Cruzamos por la sala de trabajo. Dejamos atrás las puertas acristaladas y nos subimos al coche de Finlay.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—A Atlanta —respondí—. Al aeropuerto. Tengo que volar a Nueva York.

Arrancó y se dirigió al norte por la carretera del condado.

—Baker ha estado metido en todo esto desde el principio —dije—. Lo he tenido delante de los ojos, pero no me he dado cuenta hasta ahora.

Lo pensé todo bien mientras Finlay seguía conduciendo. Paso a paso. El viernes pasado me encontré a solas con Baker en la pequeña sala de interrogatorios. Cuando tendí las muñecas en su dirección, no tuvo reparo en liberarme de las esposas. A un fulano que supuestamente era un asesino, que además se había ensañado con el cadáver de su víctima. Baker no tuvo problema en encontrarse a solas con un individuo así. Más tarde le pedí que me llevara al cuarto de baño. Lo hizo con descuido, sin prestar mucha atención. Hubiera podido desarmarle y escapar. En ese momento pensé que Baker sencillamente había oído mis respuestas a las preguntas de Finlay y se había convencido de mi inocencia.

Pero Baker desde el principio sabía que yo era inocente. Lo sabía a la perfección. Por eso se había mostrado tan descuidado. Porque sabía muy bien que yo no era más que una cabeza de turco, un inocente que pasaba por allí. ¿Y quién va a tenerle miedo a un inocente que pasaba por allí? ¿Para qué molestarse en tomar muchas precauciones cuando uno acompaña al baño a un tipo así?

También fue quien trajo a Hubble para que lo interrogara Finlay. Yo me había estado fijando en su lenguaje corporal, que en ese momento denotaba un conflicto interior. Lo atribuí al hecho de que Hubble era amigo personal de Stevenson y pariente político suyo. Pero no era ese el problema. El problema era que Baker había caído en una trampa. Tenía claro que llevar a Hubble a la comisaría suponía el desastre. Pero no podía desobedecer a Finlay sin despertar sospechas. Estaba atado de pies y manos, y ninguna solución era buena.

También había hecho lo posible por encubrir la identidad de Joe. Había manipulado las huellas dactilares para que Joe siguiera sin ser identificado. Porque sabía que esas huellas estaban en el ordenador central de Washington. Por eso había hecho lo posible para dificultar que fueran reconocidas. Pero había cometido el error de anunciar demasiado pronto el resultado nulo. Por inexperiencia. Porque siempre había dejado en manos de Roscoe el trabajo de tipo técnico. No sabía bien cómo funcionaba el sistema. Pero yo, en su momento, no había sabido sumar dos y dos. Porque me sentía abrumado por el descubrimiento, al segundo intento, de que las huellas del muerto coincidían con las de mi hermano Joe.

Desde entonces, Baker siempre se había mantenido cerca de nuestra investigación encubierta. Había hecho lo posible por que confiásemos en él y se había mostrado servicial y eficiente. Finlay había estado utilizándolo como una especie de vigilante. Y Baker desde el primer momento había estado yendo a ver a Teale para informarlo de todos los retazos de información que nos había ido sacando de una forma u otra.

Finlay estaba dirigiéndose al norte a una velocidad endiablada. Enfiló la rampa de la autopista con el Chevy y pisó el acelerador al dejarla atrás.

—¿Y si habláramos con el cuerpo de guardacostas? —sugirió—. ¿Y si les pidiéramos que prolongaran el operativo hasta el domingo, el día en que esa gente tiene previsto reiniciar los transportes al exterior?

—Lo dirá en broma. El presidente se ha llevado un montón de críticas por esa decisión, y no va a echarse atrás el primer día de la entrada en vigor simplemente porque usted se lo pida.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Llamar a Princeton otra vez. Hablar otra vez con ese profesor adjunto. Quizá sea capaz de averiguar lo que Barthomolew descubrió anoche. Se le puede llevar a un lugar seguro y hacer que se ponga a trabajar.

Finlay soltó una risa.

—¿Es que a estas alturas queda algún lugar seguro? —apuntó.

Le recomendé que utilizara el motel de Alabama en el que Roscoe y yo habíamos estado el lunes por la noche. Un motel perdido en el mapa y lejos de todas partes. No había lugar más seguro. Le pedí que llevara el Bentley al aeropuerto y que dejara la llave y el tique del aparcamiento en el mostrador de información de la terminal de llegadas. Hice que me lo repitiera todo bien, para asegurarme de que no se había perdido detalle. Estaba conduciendo a ciento treinta kilómetros por hora, pero no dejaba de volver el rostro hacia mí mientras hablaba.

—Vigile la autopista, Finlay —le dije—. No es cuestión de que tengamos un maldito accidente de tráfico.

Sonrió y miró al frente. Volvió a pisar con fuerza el acelerador. El gran Chevy de la policía ahora avanzaba a ciento cuarenta. Finlay, de pronto, volvió el rostro otra vez y estuvo mirándome a los ojos durante unos trescientos metros seguidos.

—No me sea cobarde —dijo.

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