Zona peligrosa

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No resulta fácil pasar por los arcos de seguridad de un aeropuerto equipado con una cachiporra, una navaja automática y un pistolón automático, por lo que dejé la chaqueta de camuflaje en el coche de Finlay y le pedí que lo escondiera todo en el Bentley. Entró conmigo en la terminal de salidas y pagó con la tarjeta de crédito un billete de ida y vuelta de Atlanta a Nueva York, que le salió por casi setecientos dólares. A continuación se fue al motel en Alabama. Yo fui a embarcarme en el vuelo con destino al aeropuerto La Guardia.

El vuelo duró algo más de un par de horas, a las que hubo que sumar un trayecto de treinta y cinco minutos en taxi. Llegué a Manhattan a las cuatro y media en punto. Había estado allí en mayo, y tenía el mismo aspecto en septiembre. Los calores del verano habían quedado atrás, y la ciudad había vuelto a sumirse en el trabajo. El taxi me llevó por el puente de Triborough y se dirigió al este por la calle 116. Rodeó Morningside Park y me dejó ante la puerta principal de la Universidad de Columbia. Entré y encontré el departamento de seguridad del campus. Llamé con los nudillos a la puerta de cristal.

Un guardia de seguridad consultó un papel en su tablilla y me dejó pasar. Me condujo hasta una habitación situada al fondo y señaló con el dedo al profesor Kelvin Kelstein. Un hombre muy viejo, bajito y pequeño, arrugado por el paso de los años, con una gran mata de pelo blanco. El hombrecillo resultaba idéntico al encargado de limpiar el pasillo que había conocido en la tercera galería de la cárcel de Warburton, con la salvedad de que era de raza blanca.

—¿Esos dos hispanos han vuelto a aparecer? —pregunté al guardia de seguridad.

Negó con la cabeza.

—No los he visto. La secretaria del viejo profesor les dijo que no podía quedar para almorzar. Es posible que se hayan largado.

—Eso espero —dije—. Entretanto, van a tener que mantener bajo vigilancia al profesor durante unos días. Digamos que hasta el domingo.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué pasa?

—No estoy seguro del todo —reconocí—. Pero confío en que el viejo profesor pueda decírmelo.

El guardia nos acompañó hasta el despacho de Kelstein y nos dejó a solas. Un despacho pequeño y desordenado, atestado de libros y gruesas revistas que llegaban hasta el techo. Kelstein se sentó en un viejo sillón y me invitó a hacer otro tanto en el que estaba enfrente.

—¿Qué le ha pasado exactamente a Bartholomew? —preguntó.

—No lo sé con seguridad —respondí—. La policía de Nueva Jersey dice que lo atracaron y acuchillaron en la puerta de su casa.

—Pero usted no está muy convencido… —Adivinó Kelstein.

—Mi hermano en su momento hizo un listado de contactos —le expliqué—. Y usted es el único de todos ellos que sigue con vida.

—¿Su hermano era el señor Joe Reacher?

Asentí con la cabeza.

—Lo asesinaron el jueves pasado —dije—. Estoy tratando de averiguar el porqué.

Kelstein inclinó la cabeza y echó una mirada por el sucio cristal de la ventana.

—Creo que ya sabe el porqué —repuso—. Porque su hermano era un investigador. Y es evidente que lo mataron en el curso de una investigación. Lo que necesita saber es qué estaba investigando exactamente.

—¿Usted puede decirme qué investigaba?

El anciano profesor movió la cabeza.

—Solo en términos generales —respondió—. No puedo darle detalles específicos.

—¿Es que Joe no habló con usted en detalle?

—Yo solo estuve asesorándolo un poco. Hicimos unas cuantas especulaciones los dos. Lo que me gustaba mucho. Su hermano Joe era un compañero intelectual muy estimulante. Tenía una mente despierta y se expresaba con mucha precisión. Resultaba un placer trabajar con él.

—Pero ¿no llegaron a hablar en detalle?

Kelstein abrió las manos en gesto de impotencia.

—Hablamos de muchas cosas. Pero sin llegar a conclusión alguna.

—Ya —dije—. ¿Le parece que empecemos por el principio? Joe y usted hablaban sobre la falsificación de billetes de banco, ¿no es así?

Kelstein ladeó ligeramente la cabeza. Estaba empezando a divertirse.

—Evidentemente —convino—. ¿De qué otra cosa íbamos a hablar yo y el señor Joe Reacher?

—¿Por qué usted? —pregunté.

El viejo profesor sonrió con modestia, pero al momento frunció el ceño. Finalmente me miró con cierta expresión de ironía y dijo:

—Porque soy el mayor falsificador de moneda de la Historia —declaró—. Iba a decir que soy uno de los dos mayores de la Historia, pero, por desgracia, después de lo sucedido anoche, el único que queda soy yo.

—¿Usted y Bartholomew…? ¿Eran falsificadores?

El anciano sonrió.

—No por iniciativa propia —precisó—. En el curso de la Segunda Guerra Mundial, a los jóvenes como Walter y yo nos asignaron unas labores muy extrañas. Nuestros mandos consideraron que íbamos a ser más útiles en misiones de inteligencia que en el campo de batalla. Nos adscribieron al SIS, que como sabe fue el origen de la CIA. Mientras otros se encargaban de hacerle frente al enemigo con armas y bombas, a nosotros nos encargaron plantarle cara en el terreno de la economía. Ideamos un plan destinado a poner patas arribas la economía de la Alemania nazi hundiendo el valor de su divisa nacional. Nuestra gente fabricó centenares de millones de reichmarks falsificados, que los bombarderos luego arrojaban sobre Alemania. Los billetes falsos caían del cielo como si fueran confetis.

—¿Consiguieron lo que pretendían?

—Sí y no —fue su respuesta—. Desde luego, su economía se vio afectada. Su divisa perdió valor con rapidez. Pero, como es sabido, gran parte de la producción alemana tenía origen en el trabajo esclavo. Y a los esclavos les da lo mismo si el dinero con que pagan a otros es falso o no. Por lo demás, la gente se las ingenió para encontrar otras monedas. Chocolatinas, cigarrillos, lo que fuese. Por lo que tuvimos éxito tan solo en parte. Eso sí, Walter y yo nos habíamos convertido en los dos mayores falsificadores de la Historia. Esto es, si hablamos de números puros y duros. Yo nunca he entendido mucho de tintas, marcas de agua y esas cosas.

—Y me dice que Joe estaba consultándolo a usted…

—Walter y yo terminamos por obsesionarnos —prosiguió—. Nos pusimos a estudiar la historia de la falsificación del dinero. Este tipo de falsificación se inició con la misma introducción del papel moneda. Siempre ha existido. Nos convertimos en unas autoridades en la materia y continuamos estudiándola después de que acabara la contienda. Seguimos en contacto más o menos informal con los gobiernos. Finalmente, hace unos cuantos años, una subcomisión del Senado nos encargó un informe. Sin falsa modestia, puedo afirmar que ese informe se ha convertido en la biblia de los especialistas del Tesoro asignados a combatir la falsificación del dinero. Su hermano se lo sabía de memoria, como es natural. Razón por cual nos pidió consejo a Walter y a mí.

—¿Qué quería saber?

—A Joe le hicieron venir para que hiciese una limpieza. Su hermano era un hombre brillante, Jack. La misión que le encargaron fue la de erradicar la falsificación de moneda. Una misión que es sencillamente imposible, y así se lo dijimos tanto Walter como yo. Pero a punto estuvo de conseguirlo. Pensó bien lo que era necesario hacer y aplicó unas cuantas medidas tan simples como imaginativas. Casi acabó con la falsificación de billetes en Estados Unidos.

Sentado en el atiborrado despacho, seguí escuchando al anciano. Kelstein había conocido a Joe mejor que yo. Había compartido sus esperanzas y sus planes. Había celebrado sus éxitos y le había brindado su comprensión en los momentos difíciles. Habían hablado largamente, inspirándose mutuamente. La última vez que yo hablé con Joe cara a cara fue de forma muy breve, tras el funeral por nuestra madre. No le pregunté qué estaba haciendo. Yo solo lo veía como mi hermano mayor. Joe. Y punto. Nunca supe que era un investigador con centenares de personas a sus órdenes, nombrado por la Casa Blanca para resolver unos problemas muy difíciles, capaz de impresionar a un viejo tan listo como Kelstein. Sentado en la silla, de pronto me sentía abrumado. Había perdido algo que no sabía que tenía.

—Sus métodos eran brillantes —afirmó Kelstein—. Su análisis fue certero. Decidió centrarse en la tinta y en el papel. Porque en último término, la tinta y el papel son lo que cuentan, ¿verdad? Si alguien compraba la clase de tinta o de papel que podía usarse para falsificar un billete, los hombres de Joe lo sabían en cuestión de horas. Dentro de Estados Unidos, Joe redujo las falsificaciones en un noventa por ciento. Y puso tal empeño en perseguir el diez por ciento restante que consiguió detener a casi todos los responsables antes de que pudieran distribuir los billetes falsos. A mí me dejó muy impresionado.

—Entonces, ¿cuál era el problema?

Kelstein movió sus pequeñas manos, como si estuviera apartando una cosa y centrándose en otra.

—El problema estaba en el extranjero —dijo—. Fuera de Estados Unidos. La situación en el extranjero es muy distinta. ¿Sabía que fuera de nuestro país hay dos veces más dólares que en territorio estadounidense?

Asentí con un gesto. Resumí cuanto Molly me había dicho al respecto. Sobre la necesidad de tener confianza y fe en nuestra divisa. Sobre el miedo a un repentino hundimiento del atractivo del dólar. Kelstein cabeceaba como si yo fuera un alumno aventajado.

—Exacto —concluyó—. La cuestión tiene más que ver con la política que con la delincuencia. En último término, el deber primordial del gobierno estriba en defender el valor de su divisa. Tenemos doscientos sesenta mil millones de dólares en el exterior. El dólar es la moneda nacional de decenas de otros países, aunque sea de forma no oficial. En la nueva Rusia, por ejemplo, hay más dólares que rublos. De hecho, podría decirse que lo que Washington ha hecho es obtener un gigantesco crédito del exterior. Si ese crédito lo hubiéramos obtenido de cualquier otro modo, ahora estaríamos pagando veintiséis mil millones de dólares al año nada más que en intereses. Pero, tal como están las cosas, únicamente nos cuesta lo que gastamos en imprimir unos papeles con los retratos de varios presidentes muertos. Este es el quid de la cuestión, señor Reacher. No hay mejor negocio para un gobierno que la impresión de unos billetes que van a ser comprados en el extranjero. Por eso, el trabajo de su hermano Joe tenía un valor astronómico para este país: veintiséis mil millones de dólares, nada menos. Y su hermano hizo su trabajo con una energía concordante con esa cifra astronómica.

—Entonces, ¿el problema es de tipo geográfico?

—Estamos hablando de dos lugares precisos —dijo Kelstein—. Oriente próximo, en primer lugar. Joe sospechaba que había una fábrica en el valle de la Bekaa en la que manufacturaban unos billetes de cien dólares prácticamente perfectos. Pero su hermano no podía hacer mucho al respecto. ¿Usted ha estado allí?

Meneé la cabeza. Había estado destinado en Beirut un tiempo y conocí a unos cuantos que fueron enviados al valle de la Bekaa por una u otra razón. No volvieron muchos.

—Ese valle está en la parte del Líbano controlada por los sirios —explicó Kelstein—. Joe se refería a esa zona como a «las malas tierras». Allí hacen de todo. Hay campos de adiestramiento para terroristas de todo el mundo, laboratorios para el procesamiento de drogas, lo que haga falta. Incluso cuentan con una réplica bastante buena de nuestra Casa de la Moneda.

Lo pensé. Me acordé de la temporada que pasé en Beirut.

—¿Quién los protege?

El anciano sonrió.

—Una pregunta inteligente —aprobó—. Comprenderá que una operación de este tipo, tan visible y tan compleja, tiene que contar con un patrocinador de algún tipo. Joe sospechaba que el patrocinador —por no decir el propietario de la fábrica— era el gobierno sirio. Razón por la cual no se implicó en el asunto más que de forma tangencial. Su hermano consideraba que la solución tenía que ser de tipo diplomático. Y que si la diplomacia no obtenía resultados, sería necesario recurrir a los bombardeos aéreos. Es posible que el tiempo termine por darle la razón.

—¿Y el segundo lugar? —pregunté.

Kelstein señaló con el dedo el mugriento cristal de la ventana, hacia el sur de Amsterdam Avenue.

—Sudamérica —dijo—. Venezuela era el otro lugar de procedencia de los billetes falsos. Joe lo había descubierto. Era en lo que estaba trabajando últimamente. De Venezuela están saliendo unos billetes falsos de cien dólares cuya perfección es increíble. Pero en este caso se trata de una operación de tipo privado. No hay el menor indicio de que el gobierno de ese país esté metido en el asunto.

Asentí con la cabeza.

—Por lo que sabemos, la cosa tiene que ver con un individuo llamado Kliner —dije—. Ese Kliner vive en Georgia, el estado donde Joe fue asesinado.

—Justamente —convino Kelstein—. El hábil señor Kliner es quien dirige esta operación. Eso lo sabíamos con certeza. ¿Qué está haciendo ahora Kliner?

—Está dejándose llevar por el pánico —afirmé—. Y está matando a gente.

Kelstein me miró con tristeza.

—Era de esperar que a Kliner le entrara el pánico. Tiene que proteger una operación verdaderamente extraordinaria. La mejor que he visto en mi vida.

—¿La mejor?

—La más increíble —dijo Kelstein, con algo parecido al entusiasmo—. ¿Cuánto sabe sobre la falsificación de divisas?

Me encogí de hombros.

—Sé un poco más que hace una semana. Pero supongo que no lo suficiente.

—Hay dos tipos de falsificadores. Los malos y los buenos. Los buenos hacen su trabajo como tiene que ser. ¿Conoce usted la diferencia entre la entalladura y la litografía?

Dije que no con un gesto. Kelstein cogió una de las revistas que tenía al lado y me la pasó. Se trataba del boletín quincenal de una sociedad de historiadores.

—Ábrala. Por la página que sea. Pase los dedos por el papel. Muy liso y suave, ¿verdad? Se trata de una impresión litográfica. El tipo de impresión que hoy se emplea de forma casi universal. Para imprimir libros, revistas, periódicos, de todo. Un rodillo entintado pasa por el papel en blanco. Pero la entalladura es distinta.

Dio una fuerte palmada. Yo di un respingo. La palmada resonó mucho en el despacho en silencio.

—Esto es la entalladura —explicó—. Una plancha de metal que se estampa contra el papel. De forma que el producto final muestra una imagen repujada o en relieve. La imagen impresa tiene aspecto tridimensional. De una forma muy característica.

Se levantó del asiento, sacó su billetera y extrajo un billete de diez dólares. Me lo pasó.

—¿Se da cuenta? Las planchas de metal son de níquel recubierto de cromo. En el cromo se graban unas líneas muy finas, en las que después se inserta tinta. La plancha cae sobre el papel, y la tinta queda fijada en la superficie. ¿Entiende? La tinta se encuentra en los surcos de la plancha, de forma que al ser transferida al papel forma unas pequeñas elevaciones. La impresión por entalladura es la única que consigue esas pequeñas elevaciones en el papel. Es la única manera de lograr que la falsificación parezca auténtica. El método que utilizan los buenos falsificadores.

—¿Qué me dice de la tinta? —pregunté.

—Hay tres colores. Negro, y dos tipos de verde. Lo primero en ser impreso es el reverso del billete, con el verde más oscuro. El papel entonces es puesto a secar, y el anverso se imprime con la tinta negra. Una vez secado a su vez, se aplica el verde claro al anverso. Esta tinta verde se utiliza para imprimir cosas como el número de serie del billete. Sin embargo, la impresión del verde se efectúa por medio de un proceso diferente, llamado tipografía. Se trata de una forma de timbrado, al igual que la entalladura, con la salvedad de que la tinta imprime los surcos del papel.

Moví la cabeza y estudié el billete de diez dólares, por uno y otro lado. Lo acaricié con los dedos. Nunca había examinado uno con tanto detenimiento.

—De manera que los problemas son cuatro —prosiguió Kelstein—. La imprenta, las planchas, las tintas y el papel. Es posible comprar una imprenta, nueva o usada, en cualquier lugar del mundo. Hay centenares de medios de hacerse con ellas. La mayoría de los países imprimen el dinero, los bonos y los títulos financieros en imprentas de ese tipo. De forma que es posible adquirir una imprenta en el extranjero. También es factible fabricar una imprenta. Joe descubrió que unos falsificadores tailandeses habían reconvertido una máquina para envasar calamares en una imprenta de billetes. Y esos falsos billetes de cien hechos en Tailandia eran perfectos.

—¿Qué me dice de las planchas?

—Las planchas son el problema número dos. Pero todo es cuestión de talento. En el mundo hay personas capaces de falsificar pinturas de los viejos maestros o de interpretar un concierto de Mozart para piano tras haberlo escuchado una sola vez. Y está claro que hay grabadores muy capaces de reproducir billetes de banco. Lo que resulta perfectamente lógico, ¿no? Si en Washington hay alguien capaz de grabar el original, está claro que en otro lugar del mundo tiene que haber otro individuo capaz de copiarlo. Pero es un fenómeno raro. Los grabadores verdaderamente buenos son pero que muy raros. Hay unos cuantos en Armenia. El grabador que trabajaba con los tailandeses de la máquina para el envasado de calamares era de origen malayo.

—Muy bien —dije—. Kliner ha comprado una imprenta y ha encontrado a un buen grabador. ¿Y qué pasa con las tintas?

—Las tintas son el tercer problema. En Estados Unidos es materialmente imposible comprar las tintas que se necesitan. Joe se encargó de ello. Pero en el extranjero sí que se pueden comprar. Como he dicho, casi todos los países cuentan con una casa de la moneda. Y es evidente que Joe no podía operar en todos y cada uno de los países del planeta. De modo que las tintas son fáciles de encontrar. Para el verde, es cuestión de ir mezclando y experimentando hasta dar con el tono preciso. Pero la tinta negra es magnética, ¿lo sabía?

Negué con la cabeza. Volví a mirar el billete de diez con atención. Kelstein sonrió.

—No lo va a ver —dijo—. A la tinta negra se le agrega un compuesto químico férrico en forma de líquido. Las máquinas electrónicas para contar billetes funcionan gracias a dicho compuesto. Lo que hacen es escanear el grabado situado en el centro del retrato; las máquinas leen la señal proyectada por el grabado, del mismo modo que un reproductor de casetes lee los sonidos registrados en una cinta.

—¿Y es posible conseguir esa tinta?

—En cualquier lugar del mundo. Porque se utiliza en todos los países. Nosotros vamos un poco por detrás, porque no nos gusta reconocer que nos inquietan las posibles falsificaciones.

Recordé cuanto me había dicho Molly. Confianza y fe en la divisa nacional. Asentí.

—Una divisa tiene que proyectar una imagen de estabilidad —explicó—. Por eso no nos interesa mucho cambiar su aspecto. Es preciso que tenga un aspecto fiable, sólido, siempre el mismo. Vuélvase y mire por la ventana, haga el favor.

Me volví. El edificio del Departamento del Tesoro se erguía en una calle desierta. Solo se veía un coche que pasaba cerca. Un viejo Ford modelo T, o eso parecía.

—Casi no se han efectuado cambios desde 1929 —dijo Kelstein—. Lo que es importante en el plano psicológico. Hemos escogido anteponer la imagen de fiabilidad en detrimento de la seguridad. Lo que dificultó mucho el trabajo de Joe.

De nuevo asentí con un gesto.

—Entendido. Hemos hablado de la imprenta, de las planchas y de las tintas. ¿Qué me dice del papel?

A Kelstein se le iluminó el rostro. Juntó sus pequeñas manos como si por fin hubiéramos llegado al capítulo realmente interesante.

—El papel es el cuarto problema. Aunque mejor haríamos en decir que es el problema número uno. Es el problema principal, con mucho. Y es lo que Joe y yo no terminábamos de entender sobre la operación que dirige Kliner.

—¿Cómo es eso?

—Porque el papel que emplean es perfecto —dijo—. Perfecto al cien por cien. El papel que utilizan, de hecho, es mejor que la impresión. Lo que resulta verdaderamente inaudito.

Empezó a menear la poblada cabeza. Como si no pudiera más que sentir admiración por la proeza de Kliner. Sentados el uno junto al otro en los dos sillones guardamos silencio un momento.

—¿Perfecto al cien por cien?

Asintió con la cabeza y continuó con su exposición:

—Nunca en la vida se ha visto una cosa así. El papel constituye la principal dificultad en todo el proceso. Le recuerdo que no estamos hablando de un pequeño taller llevado por aficionados, sino de una operación gigantesca, de escala industrial. Esa gente está imprimiendo cuatro mil millones de dólares al año, en billetes de cien falsos.

—¿Tantos?

—Cuatro mil millones —repitió—. Más o menos lo mismo que produce la fábrica situada en Líbano. Los números son de Joe, y él tenía que saberlo. Y de ahí que resulte inexplicable. Cuatro mil millones en billetes de cien suponen cuarenta millones de billetes de banco. Lo que es muchísimo papel. Una cantidad de papel absolutamente inexplicable, señor Reacher. Y resulta que ese papel es perfecto.

—¿Qué tipo de papel es el que necesitan?

Cogió el billete de diez dólares de mi mano. Lo arrugó y lo extendió.

—Es una mezcla de fibras —dijo—. Una solución muy ingeniosa, lo que se dice única. Un ochenta por ciento de algodón y un veinte por ciento de lino, más o menos. Sin rastro de pulpa de madera. Este material tiene más en común con la camisa que lleva puesta que con un periódico, por poner un ejemplo. Contiene un colorante muy especial, para obtener una tonalidad blanca única. Y en su composición entran unos polímeros rojos y azules, dispuestos de forma aleatoria y tan finos como la seda. El papel moneda es un papel maravilloso. Duradero a lo largo de los años, no se deshace en el agua fría o caliente. Tiene una gran absorbencia, idónea para aceptar el dibujo en plancha más fino ideado por los grabadores.

—Entonces, ¿ese papel es difícil de copiar?

—Virtualmente imposible —respondió—. En cierta forma, resulta tan difícil de copiar que ni siquiera el proveedor oficial del gobierno puede copiarlo. Tienen enormes dificultades para mantener su consistencia remesa tras remesa, y eso que estamos hablando del mejor fabricante de papel del mundo, con diferencia.

Imprenta, planchas, tintas y papel. Pensé en todo ello otra vez.

—En tal caso, ¿diría que la clave de todo este asunto radica en el suministro de papel?

—Fue la conclusión a la que llegamos. Teníamos claro que el suministro del papel era fundamental, pero no teníamos ni idea de cómo lo estaban obteniendo. Por eso no puedo ayudarle mucho. No pude ayudar a Joe, y ahora tampoco puedo ayudarle a usted. Lo siento.

Lo miré.

—La gente de la que estamos hablando tiene unos almacenes… Un almacén en cuyo interior hay algo. ¿Podría ser papel de este tipo?

Soltó un bufido desdeñoso. Giró su cabeza leonina en mi dirección.

—¿Es que no escucha? —me espetó—. Resulta imposible conseguir papel moneda. Imposible por completo. No podría usted comprar ni cuarenta hojas de papel moneda, así que de cuarenta millones ni le hablo. Todo esto es un misterio absoluto. Joe, Walter y yo estuvimos devanándonos los sesos durante un año entero y no encontramos la solución.

—Creo que Bartholomew sí que encontró la solución.

Kelstein asintió con tristeza. Se levantó con lentitud del sillón y fue a su escritorio. Pulsó la tecla de repetición del último mensaje en el contestador automático de su teléfono. En el despacho resonó un pitido electrónico, seguido por la voz de un muerto.

«¿Kelstein? —dijo el muerto—. Soy yo, Bartholomew. Es jueves por la noche, bastante tarde. Mañana te llamo y te cuento cómo lo hacen. Ya te dije que lo descubriría antes que tú. Buenas noches, viejo amigo».

Había animación en la voz de Bartholomew. De pie junto al escritorio, Kelstein tenía la mirada perdida, como si el espíritu de Bartholomew estuviera flotando en el aire. Parecía sentirse disgustado, y no supe decir si por la muerte de su viejo colega o si porque este había descubierto la solución antes que él.

—El pobre Walter… —se lamentó—. Fuimos amigos durante cincuenta y seis años.

Guardé silencio un momento. Finalmente me levanté.

—Voy a averiguar qué está pasando —le prometí.

—¿Eso cree? ¿Por mucho que ni el propio Joe fuera capaz?

Miré al anciano y me encogí de hombros.

—Es posible que Joe lo averiguase. No sabemos qué sabía en el momento en que lo mataron. Pero bueno, me vuelvo a Georgia. A seguir investigando el caso.

Kelstein suspiró, con cierta expresión de angustia en el rostro.

—Buena suerte, señor Reacher. Espero que consiga terminar el trabajo que empezó su hermano. Es posible que lo logre. Joe hablaba mucho de usted. Le tenía aprecio, ¿sabe?

—¿Qué hablaba de mí?

—Con frecuencia —dijo el anciano—. Le tenía un gran aprecio. Y decía que era una lástima que ese trabajo suyo de usted le obligara a estar tan lejos de él.

Durante un momento fui incapaz de articular palabra. Sentí unos remordimientos atroces. Me había pasado años seguidos sin pensar en él en absoluto, pero él sí que había estado pensando en mí.

—Aunque el más mayor de los dos era él, usted siempre cuidó de su hermano —agregó el anciano—. Es lo que me dijo Joe. Me dijo que era usted un hombre muy duro de pelar. Creo que Joe se sentiría orgulloso de que fuera usted el que se ocupase de esos Kliner.

Asentí con un gesto.

—Tengo que irme —dije.

Estreché su débil mano y lo dejé con los guardias de seguridad.

Estaba tratando de determinar de dónde estaba sacando Kliner aquel papel perfecto y, también, si iba a llegar a tiempo al aeropuerto para coger el vuelo de las seis con destino a Atlanta. A la vez, hacía lo posible por borrar de mi mente cuanto Kelstein me había dicho sobre el afecto que Joe me profesaba. Las calles estaban llenas de gente y yo estaba demasiado ocupado pensando en todo aquello y tratando de encontrar un taxi libre, por lo que no reparé en los dos hispanos que venían en mi dirección. Pero sí que reparé en la pistola que uno de los dos me enseñó. Una pequeña automática empuñada por una mano igualmente pequeña, escondida bajo una de esas gabardinas color caqui que los de las grandes ciudades llevan dobladas en el brazo en septiembre.

Me mostró la pistolita, y su compañero señaló un coche aparcado en la calle veinte metros más allá. El automóvil vino hacia nosotros. El otro se aprestó a abrir la portezuela como hacen los conserjes uniformados de esos edificios tan postineros que tienen en Nueva York. Miré la pistola y miré el coche, tratando de tomar una decisión.

—Entra en el coche —dijo el de la pistolita—. O disparo.

Allí plantado en la acera, me dije que iba a perder el avión. Si no recordaba mal, el próximo vuelo sin escalas despegaba a las siete.

—Entra en el coche —repitió.

Me dije que no iba a abrir fuego en plena calle. La pistola era pequeña, pero no tenía silenciador. Haría un ruido de mil demonios, y en esa calle había mucha gente. El segundo fulano no tenía ningún arma en las manos. Era posible que llevara otra pistola en el bolsillo. También estaba el conductor del coche, quien probablemente contaba con su propia arma en el asiento de al lado. Yo estaba desarmado. La chaqueta militar con la cachiporra, la navaja y la Desert Eagle estaba en Atlanta, a casi mil kilómetros de distancia. Iba a tener que tomar una decisión.

Decidí no entrar en el coche. Seguí allí plantado en la acera, confiando en que el de la pistolita no se atrevería a disparar en público. Allí seguía él también, con la gabardina doblada sobre el arma, apuntándome. El coche se detuvo a nuestro lado. El segundo fulano estaba a mi otro lado. Eran unos tirillas. Entre los dos no sumaban lo que yo solo. El coche estaba a la espera. Todos estábamos inmóviles. Petrificados como maniquíes en un escaparate. La nueva moda del otoño: pantalones militares de camuflaje y gabardinas Burberry.

Los dos fulanos se encontraban ante un problema muy gordo. En una situación así, tienes una fracción de segundo para llevar a cabo tu amenaza. Si dices que vas a disparar, tienes que disparar. Si no lo haces, la fuerza se te ha ido por la boca. Te han pillado el truco. Si no disparas, no eres nadie. Y el otro seguía sin disparar. Continuaba allí petrificado, hecho un mar de dudas. La gente daba un rodeo para esquivarnos en aquella acera tan concurrida. Los coches estaban empezando a hacer sonar los cláxones, impacientes ante aquel coche parado.

Esos tipos eran listos. Lo bastante listos para no dispararme en una calle de Nueva York atestada de gente. Lo bastante listos para comprender que les había pillado el truco. Lo bastante listos para no volver a formular una amenaza que luego no podrían llevar a la práctica. Pero no lo bastante listos para largarse. Seguían allí plantados.

Hice amago de dar un paso atrás. La pistola escondida bajo la gabardina fue hacia mí. Seguí el movimiento y agarré al tipo por la muñeca con mi mano izquierda. Tiré de ella, situando la pistola a mi espalda y abracé a aquel alfeñique con fuerza, pasándole el brazo derecho por los hombros. Parecía como si estuviéramos bailando un vals en la acera o fuéramos dos amantes en una estación de tren. Me eché hacia delante con violencia y lo aplasté contra el coche. Sin dejar de agarrarle la muñeca con todas mis fuerzas, clavándole las uñas en la piel. Aunque fuera con la mano izquierda, estaba haciéndole daño. El peso de mi cuerpo le hacía difícil respirar.

Su compañero seguía con la mano en la portezuela del coche, mirando a un lado y otro. Su otra mano de pronto fue a un bolsillo. Por lo que me eché hacia atrás, me giré de golpe y lo empujé contra el automóvil. Y salí por piernas. Cinco zancadas, y me perdí entre el gentío. Me abrí paso entre la multitud. Me escondí en un portal, salí otra vez, crucé una y dos calles entre los cláxones de los coches. Los dos tipejos estuvieron siguiéndome, pero el tráfico acabó por disuadirlos. No estaban dispuestos a correr tantos riesgos como yo.

Cogí un taxi ocho manzanas más allá y llegué a La Guardia a tiempo para embarcarme en el vuelo directo a Atlanta de las seis. Por la razón que fuese, el vuelo de regreso duró más tiempo. Sentado en mi asiento durante dos horas y media, no hice más que pensar en Joe mientras sobrevolábamos Nueva Jersey, Maryland y Virginia. Cuando estábamos sobre las dos Carolinas y Georgia estuve pensando en Roscoe. Quería estar con ella otra vez. La echaba en falta como nunca.

Descendimos entre unas gruesas nubes tormentosas. El atardecer en Atlanta estaba oscureciéndose por las negras nubes. Al parecer, una gran tormenta se cernía sobre Georgia. Cuando salimos del avión, el aire en el pequeño túnel estaba enrarecido y olía tanto a gasóleo como a la inminente tormenta.

Recogí la llave del Bentley en el mostrador de información de la terminal de salidas. Estaba dentro de un sobre, junto con un tique del aparcamiento. Salí a recoger el coche. Noté que el viento era cálido. La tormenta iba a ser de las gordas. La atmósfera estaba cargada de electricidad. Encontré el Bentley en el aparcamiento de corta estancia. Las ventanillas traseras estaban oscurecidas. El tipo aquel no había tenido tiempo de ahumar las delanteras ni el parabrisas. Con lo que el coche parecía uno de los empleados por una familia real o algo por el estilo, por alguien con mucha pasta y que disponía de chófer propio. La chaqueta militar estaba en el maletero. Me la puse y volví a notar el peso tranquilizador de mi pequeño arsenal en los bolsillos. Me puse al volante, salí del aparcamiento y fui hacia el sur por la autopista en sombras. Eran las nueve de la noche del viernes. Quedaban algo así como treinta y seis horas para que el domingo empezaran a llevarse del almacén la mercancía acumulada durante tanto tiempo.

Eran las diez cuando llegué a Margrave. Solo treinta y cinco horas por delante. Durante la hora pasada al volante estuve pensando en algunas cosas que nos habían enseñado en la academia militar. Habíamos estudiado las distintas filosofías militares, por lo general ideadas por aquellos viejos alemanes que tanto disfrutaban con el asunto. Yo nunca prestaba mucha atención, pero ahora me acordaba de uno de los puntos fundamentales, el que decía que uno, más tarde o más temprano, está obligado a enfrentarse a la fuerza principal del enemigo. Porque, de lo contrario, uno no gana la guerra. Más tarde o más temprano tienes que buscar al grueso del enemigo, combatirlo y destruirlo.

Tenía claro que la fuerza principal de esa gente en principio estaba formada por diez personas. Así me lo había dicho Hubble. Luego fueron nueve, después de que se cargaran a Morrison. Sabía que los Kliner padre e hijo, Teale y Baker formaban parte de ella. Tenía que averiguar quiénes eran los otros cinco. Sonreí para mí. Salí de la carretera del condado y entré en el aparcamiento de la cafetería de Eno. Aparqué a cierta distancia del establecimiento y salí del coche. Me desperecé y bostecé en la noche. La tormenta no terminaba de estallar, pero sin duda iba a hacerlo. La atmósfera seguía siendo sofocante. El aire continuaba cargado de electricidad. Seguía notando el viento cálido a mi espalda. Entré en la parte posterior del coche, me tumbé en el largo asiento de cuero, con la idea de dormir un rato. Una hora, una hora y media quizá.

Empecé a soñar con John Lee Hooker. En su vieja época, antes de que volviera a hacerse famoso. Tenía una vieja guitarra con cuerdas de acero, que tocaba sentado en un taburete. El taburete estaba situado sobre una tabla. El hombre acostumbraba a incrustar chapas de botellas de cerveza en las suelas de sus zapatos, para hacer más ruido. Como si fuera una especie de bailarín de claqué. Sentado en el taburete, tocaba la guitarra con su estilo áspero y deslavazado. Sin dejar de darle a la tabla con los zapatos con chapas en las suelas. En mi sueño, John Lee no cesaba de sacarle ritmo a la tabla con sus viejos zapatos.

Pero no era John Lee el que estaba haciendo ese ruido. Era un puño que estaba golpeando el parabrisas del Bentley. El sargento Baker estaba mirándome desde fuera. El reloj cromado del salpicadero marcaba las diez y media. Había dormido media hora. No iba a dormir más.

Lo primero que hice fue cambiar de plan. Uno mucho mejor acababa de caerme llovido del cielo. Todos aquellos viejos alemanes se hubieran sentido encantados. La flexibilidad táctica era una cualidad que apreciaban. Lo segundo que hice fue llevar mi mano al bolsillo y quitar el seguro de la Desert Eagle. A continuación salí por la portezuela opuesta y miré a Baker por encima del techo del coche. El hombre me brindó su sonrisa más amigable, con su diente de oro y todo.

—¿Cómo está, Reacher? En Margrave le pueden detener por dormir en un espacio público.

Le sonreí, de forma amigable también.

—Ya sabe lo que dicen los expertos en tráfico. Que si uno está cansado al volante, lo mejor es que pare y eche una cabezadita, ¿no es así?

—Venga conmigo, le invito a una taza de café —dijo—. Si lo que quiere es quitarse el sueño, nada mejor que el buen café que prepara Eno.

Cerré bien el coche. Mantuve la mano en el bolsillo. Fuimos andando por la gravilla en dirección a la cafetería. Entramos y nos sentamos en la mesa del final. La camarera de las gafas nos trajo café. No se lo habíamos pedido, pero lo había adivinado.

—Y bueno, ¿cómo se encuentra? —preguntó Baker—. ¿Sigue sintiéndose mal por lo de su hermano?

Me encogí de hombros. Cogí la taza de café con la mano izquierda. La derecha seguía cerrada en torno a la culata de la Desert Eagle que tenía en mi bolsillo.

—Tampoco estábamos tan unidos —aclaré.

Baker movió la cabeza.

—¿Roscoe sigue echándole una mano a esa gente del FBI? —preguntó.

—Supongo.

—¿Y el viejo Finlay, por dónde anda esta noche?

—Está en Jacksonville —respondí—. Ha tenido que ir a Florida a comprobar no sé qué.

—¿En Jacksonville? ¿Y qué es lo que tiene que comprobar en Jacksonville?

Volví a encogerme de hombros. Bebí un sorbo de café.

—Ni idea, oiga —dije—. Finlay a mí no me cuenta nada. No me considera un igual. Para él no soy más que el chico de los recados. Lo último que me ha dicho es que vaya a casa de Hubble a buscarle algo.

—¿A casa de Hubble? ¿Y qué es eso que tiene que buscarle?

—Unos papeles viejos —respondí—. Los que encuentre por ahí, supongo.

—Y luego, ¿qué? —preguntó Baker—. ¿También se marcha a Florida?

Negué con la cabeza. Bebí otro sorbo de café.

—Finlay me ha dicho que los mande por correo a una dirección en Washington —dije—. Lo que voy a hacer es dormir en casa de Hubble y enviarlo todo por la mañana.

Baker asintió con un lento gesto de la cabeza. Y al momento volvió a esgrimir su sonrisa tan amigable. Pero la sonrisa no podía ser más forzada. Terminamos de bebernos el café. Baker dejó un par de dólares en la mesa y nos fuimos. Se subió al coche patrulla y se despidió con la mano. Dejé que se fuera y fui andando al Bentley. Me dirigí al sur de aquel pueblo pequeño y sombrío, y giré para entrar en Beckman Drive.

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