Vulkan vive
Capítulo Veintisiete. Fe
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Capítulo Veintisiete. Fe
Capítulo Veintisiete
Fe
Oculto en el borde del túnel de desagüe, Dagon dio la señal de avanzar.
Vogel entró primero, con el cuchillo desenfundado mientras se aproximaba a su presa.
La batalla anterior había golpeado con dureza a aquellos legionarios leales, y había muchos menos guerreros de lo que había esperado. Una lástima, significaría menos almas que ofrecer al Panteón. A lo mejor ofrecería también el alma de Narek si este volvía a entrometerse.
Eran cuatro, todos Salamanders, sentados juntos y bien envueltos en sus capas. Uno, un techmarine a juzgar por la armadura y el atuendo, hablaba al resto. Debían de estar discutiendo tácticas. Otros dos estaban tumbados bajo una lona, y, agachado junto a ellos y también bien acurrucado en una piel de dragón, estaba el humano que los Word Bearers buscaban.
Una intensa lluvia ácida pervertía el auspex, pero el guerrero no necesitaba escáneres que le dijeran que los cuatro legionarios que daban la espalda al túnel no tardarían en ser hombres muertos.
Era una estupidez dejar al humano con tan poca vigilancia, pero Vogel sabía que sus adversarios habían recibido una buena paliza en el manufactorum. Dudaba que quedaran muchos. Sonrió, mostrando dos hileras de dientes afilados que él mismo había limado, y recordó el modo en que la habilidad para manejar la disformidad del apóstol oscuro había revelado a este la ubicación de sus enemigos. Los túneles podrían haber conducido a cualquiera de los cincuenta o más desagües. Vogel estaba seguro de que aquellos guerreros no esperarían un ataque tan pronto.
Desenvainó un segundo cuchillo y avanzó con cautela y sin hacer ruido a terreno abierto; las pisadas quedaban tapadas por la lluvia. Sus camaradas asesinos iban justo detrás de él, pero Vogel no los necesitaba. Iba a matar a todos esos alfeñiques él solo.
Numeon estaba aferrado a la pared del risco, por debajo del chorro de agua que rebosaba. Echó una ojeada a la derecha y vio a Leodrakk con los dedos enguantados hundidos en la artificial pared rocosa. A la izquierda, también Daka’rai permanecía bien sujeto. Tres de sus hermanos estaban ocultos en el lado opuesto de las torrenciales cascadas, ocultos por el agua. K’gosi y otros tres estaban sumergidos bajo el sumidero.
Numeon no podía ver nada de lo que sucedía arriba. Todo lo que podía oír era el rugido del agua mientras martilleaba contra su armadura. Incluso a través del respirador del casco, el aire era nauseabundo y húmedo.
«Pronto…», se dijo.
Todo dependía de Shen’ra ahora. Todo lo que Numeon y el resto tenían que hacer era hacer honor a su sacrificio.
Vogel poseía el sigilo de un cazador pero la urgencia de un maníaco. Lo último acostumbraba a socavar lo primero, motivo por el que Narek solo lo había querido en su escuadra cuando necesitaba asesinos y podía confiar menos en subterfugios. De habérsele permitido hacer aquello con Dagon y posiblemente Melach, Narek lo habría abordado de un modo distinto. Algo en la escena que tenía delante, la tranquila conversación entre camaradas, la figura acurrucada del humano inmóvil, le dio que pensar. Podría haber hablado, podría haber sugerido cautela pero en cambio dejó que Dagon diera luz verde al ataque. Tras eso, Vogel se precipitó al frente para ser el primero.
Narek no tuvo inconveniente en permitírselo y lo siguió con Dagon, Melach y Saarsk.
Elías también formaba parte de la vanguardia, mientras el resto de los Word Bearers aguardaba en el túnel por si se les necesitaba. Narek mantenía al apóstol oscuro detrás de él, molesto porque Elías hubiera insistido en formar parte de la escuadra exterminadora. El miedo a Erebus y a una pérdida de categoría en la XVII era una persuasiva motivación, al parecer.
Vogel había alcanzado casi al techmarine cuando Narek tuvo una terrible premonición. Sus inquietudes, abstractas en un principio, pasaron a ser realidad, y en ese caso ya no podía seguir callando su advertencia.
—Los ojos… —siseó en tono apremiante a Dagon por el comunicador.
—¿Qué les pasa?
—¡Mira!
Los tres Salamanders que estaban sentados y escuchando al techmarine tenían las lentes retinales apagadas, y sus ojos, que por lo general ardían, deberían haber proyectado una luz tenue a través de ellas.
Eso significaba que los ojos no eran las únicas cosas apagadas, lo cual por su parte significaba…
Narek se irguió y gritó.
—¡Vogel! ¡No!
Demasiado tarde, el asesino hundió la daga en la espalda del techmarine. Fue un golpe letal, que atravesó directamente el corazón principal del legionario. Vogel arrancó la hoja. Estaba cubierta de sangre. Estaba a punto de matar a otro cuando el golpe sordo de un objeto al chocar contra el suelo de madera atrajo su mirada hacia abajo.
Con una luz roja parpadeante, una bomba incendiaria rodó del guantelete abierto del techmarine. Había dibujada una sonrisa en el rostro sin vida de Shen’ra cuando este soltó el disparador del hombre muerto.
La explosión inmoló a Vogel y arrojó a los demás al suelo. Un río de fuego barrió el muelle, encendiendo una cadena de granadas enterradas dentro y alrededor de la entrada del túnel. Estallaron en cuestión de segundos, lo que liberó una explosión secundaría que selló por completo el desagüe tras una tonelada de escombros.
Arrojado violentamente hacia atrás en dirección a la entrada y luego lejos de ella al detonar la segunda carga, Narek fue a parar al suelo, aturdido pero vivo. Había arrastrado a Elías al suelo con él en un intento de impedir que el apóstol oscuro resultara herido. Podría odiarle, pero seguía teniendo un deber que cumplir. Atisbando a través del humo y el fuego, el cazador vio a cuatro legionarios que emergían del sumidero con los bólters alzados. Arrojó su cuchillo y le perforó el cuello a uno antes de que tuviera la oportunidad de disparar.
Dagon tenía ya el rifle apoyado en el hombro, preparado para ejecutar a un segundo acechante, cuando un disparo silbó desde una cierta distancia y le alcanzó justo en un lado de la cabeza. El tirador estaba ya muerto antes de chocar contra el muelle.
Disparos de bólter de los legionarios sumergidos hicieron pedazos a Melach, antes de que el Word Bearer hubiera acabado de sacar su pistola.
Boca abajo, casi debajo de Narek, Elías disparó una ráfaga y alcanzó a uno de los legionarios que emergían, que habían desenvainado espadas y arremetían a través del agua. Narek sospechó que andaban escasos de munición —o que no tenían—, ya que una descarga concentrada habría puesto fin a la lucha con rapidez. Se preguntó para qué estarían guardando sus balas aquellos legionarios.
Seis más asomaron por encima del borde del sumidero. Uno avanzó por delante del resto. Era un Salamander, un centurión.
Un veloz recuento dejó las posibilidades bastante igualadas, pero de los muchos que había en el túnel solo unos pocos habían conseguido salir antes de que la explosión tuviera lugar y dejara al resto encerrado dentro. Los legionarios enemigos también tenían un plan y la ventaja de la sorpresa.
Elías estaba ya de pie. Disparó y alcanzó al oficial Salamander en el hombro. Este trastabilló pero siguió adelante, blandiendo un espadón de aspecto pesado.
Narek tuvo que enfrentarse a otras preocupaciones cuando los dos procedentes del sumidero fueron a por él. Desenvainó a toda prisa su gladio para bloquear una estocada y atrapó un segundo ataque con el antebrazo, y luego arrastró al legionario hacia él, aplastándole la rejilla del comunicador con un salvaje cabezazo.
Saarsk había entablado combate con algunos de los Salamanders que se habían encaramado por encima del reborde del sumidero. Apuñaló a uno y disparó a otro antes de que el francotirador le perforara el pecho, y los que quedaban en pie echaron al Word Bearer al suelo para acabar con él.
El cazador vio cómo Elías era derribado al ser embestido por el oficial Salamander. Los dos guerreros cayeron violentamente sobre el muelle sin dejar de forcejear, y este se resquebrajó bajo su peso. Al cabo de un segundo el muelle de madera se partió, arrojando a todos los que estaban sobre él a la inmundicia del sumidero. Apagó el fuego que todavía chisporroteaba sobre la armadura de Narek, y este aprovechó el repentino cambio de terreno para efectuar un disparo a bocajarro sobre uno de sus adversarios. Con un gruñido, el Salamander rodó sobre sí mismo y desapareció bajo el agua.
Un codazo contra la garganta del segundo legionario abolló la gorguera del guerrero y lo dejó medio asfixiado, liberando a Narek de enemigos inmediatos. La caída había separado a Elías y al oficial Salamander. Estaban cerca del borde del sumidero y de una prolongada caída al interior del embalse de suciedad situado abajo. Sin hacer caso de los otros legionarios, que habían empezado a reagruparse tras el veloz contraataque de los Word Bearers, Narek fue directo hacia Elías.
—¿Qué estás haciendo? —chilló el apóstol oscuro.
Les sobrepasaban en potencia de fuego, con un francotirador apuntándoles desde lejos. Todos los demás miembros de la escuadra asesina estaban muertos o no tardarían en estarlo, y todos los refuerzos estaban atrapados dentro del túnel sin material de excavación.
—Salvar nuestras vidas —soltó Narek mientras cogía a Elías y saltaba con él por el borde del sumidero en dirección al espumeante tumulto que rugía abajo.
Numeon corrió al borde del sumidero y casi saltó.
Leodrakk lo detuvo, tirando del capitán hacia atrás por la espaldera.
—Ya hemos perdido a suficientes hombres —dijo, pero se inclinó al frente y apuntó abajo con el bólter.
—Ahorra proyectiles —le indicó Numeon, con amargura—. Ya no están.
Dejando de lado su ira, Leodrakk transigió y bajo el arma.
—Casi lo teníamos a ese mal nacido.
—Querrán vengarse de esto. Volveremos a verle.
—¿Le has visto el brazo? —preguntó Leodrakk—. Estaba herido, era reciente.
—No hemos sido nosotros.
—¿Ni ninguno de los suyos?
—No —respondió Numeon, pensativo—, fue alguna otra cosa.
Tras unos cuantos segundos observando la marea de cochambre que seguía cayendo del sumidero y sin ver a ninguno de los dos Word Bearers atrapados por la corriente, se apartaron del borde.
K’gosi estaba vivo. Tenía el peto ensangrentado allí donde un Word Bearer había hundido un cuchillo, pero aparte de eso estaba ileso. Hacía tiempo que había agotado sus reservas de promethium y flexionaba el guantelete izquierdo con semblante irritado. El derecho lo tenía posado sobre el pecho de Shen’ra.
—Recordaremos tu sacrificio, hermano —murmuró, arrodillándose junto al techmarine al que había hecho girar sobre la espalda como si durmiera. El fragmento de muelle sobre el que descansaba Shen’ra era casi todo lo que quedaba de la estructura; los demás seguían metidos en aguas residuales hasta las espinillas blindadas.
El techmarine no era la única baja. Daka’rai también estaba muerto, de espaldas sobre la porquería con un cuchillo sobresaliendo del cuello. Ukra’bar había recibido un disparo de bólter a bocajarro y no volvería a levantarse. Todos los demás tenían heridas de poca importancia, y ninguna era comparable a la herida que dejaba la muerte de sus hermanos.
Todos los presentes inclinaron las cabezas, antes de que Leodrakk dijera en voz alta:
—Ni siquiera podemos quemarlos.
—No, no podemos. —Numeon fue hacia la figura caída boca abajo del humano muerto, uno de los cazadores del sumidero, y recuperó la capa de K’gosi para devolvérsela a este—. Así que debemos honrarlos de un modo distinto.
En la mano izquierda alzó la lanza de fulgurita. Durante la lucha, se la había arrebatado al apóstol oscuro de la funda de la espada.
La desesperación se transformó en esperanza ante la visión del objeto prosaico, aunque ninguno de los que lo veían era capaz de explicar por qué. Chisporroteaba lleno de poder, con un dorado resplandor interno que hablaba de la benevolencia del Emperador y de su casi divinidad. Se habían tomado medidas rigurosas para refutar la idea del Emperador como un dios, pero su poder siempre había sugerido lo contrario, pese al deseo de pasar de la superstición a la iluminación. Sin embargo, los últimos meses habían empezado a poner en entredicho ese paradigma, pues el universo no era jurisdicción exclusiva de mortales, fueran humanos o alienígenas; también era el reino de dioses, y la mayoría de ellos eran malignos. Los Word Bearers creían en ellos, incluso intentaban ganarse los oscuros favores de sus soldados de a pie. Tenían fe, pero aquello en lo que creían era horrible.
Mientras sostenía la punta de lanza bien alta, Numeon supo que él también tenía fe: en el Emperador y en su proyecto para la galaxia y la humanidad, y fe en que su primarca seguía vivo. El poder de la fulgurita pareció encender esa creencia; la encendió en todos ellos.
Pasó con suavidad los dedos por el sigilo que llevaba en el cinto.
—Vulkan vive —declaró con sencillez.
Cada uno de los legionarios de pie ante él respondió. Primero K’gosi e Ikrad:
—Vulkan vive.
Luego G’orm y B’tarro:
—Vulkan vive.
Y Hur’vak y Kronor:
—Vulkan vive.
Con cada nueva voz, el coro sonaba más fuerte, hasta que solo quedó uno por unirse.
Numeon miró a su hermano de la Pyre Guard a los ojos y vio el dolor y la pena que guardaba allí desde que Skatar’var había caído en Isstvan. Si alguien tenía motivos para dudar, ese era Leodrakk. El recuerdo de aquel día y la huida hasta las naves de desembarco dejó un regusto amargo y pesaroso en la boca de Numeon, pero mantuvo el semblante neutral mientras contemplaba a Leodrakk.
Desplazando la mirada de Numeon a la lanza, de ella al sigilo y luego de vuelta a Numeon, Leodrakk asintió:
—Vulkan vive.
Juntos convirtieron la afirmación en un grito de guerra, que gritaron al cielo en un acto de desafío y como uno solo.
—¡Vulkan vive!
Se aferrarían a esa creencia y la utilizarían para dar a su causa una esperanza de la que estaban muy necesitados.
Por primera vez desde que habían escapado de Isstvan, vencidos y ensangrentados, Numeon supo lo que tenía que hacer. Fue a colocarse de nuevo en el borde del sumidero e hizo una seña a Pergellen, con quien sabía que también aguardaban Hriak y John Grammaticus.
Era hora de volver a hablar con el humano.