Vulkan vive
Capítulo Veintiocho. Flaquezas humanas
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Capítulo Veintiocho. Flaquezas humanas
Capítulo Veintiocho
Flaquezas humanas
Kharaatan, durante la Gran Cruzada
La noche había caído sobre la ciudad de Khartor por última vez. Mediante un trabajo conjunto del Ejército Imperial, tanto de la sección de infantería como de la blindada, titanes de la Legio Ignis y dos legiones de Space Marines, el mundo de Kharaatan fue considerado, por fin, oficialmente sumiso. Finalizada la tarea de los guerreros, la administración imperial con su ejército de personal logístico, codificadores, servidores, ingenieros, fabricantes, taxónomos y escribientes podían iniciar la larga tarea de recolonizar Uno-Cinco-Cuatro Seis y repatriarlo en nombre del Emperador y del Imperio.
Su antiguo nombre de Kharaatan, junto con los nombres de todas sus ciudades y otros emplazamientos geográficos importantes, cambiaría. Por el momento bastaría con denominaciones sencillas, tales como el indicador que le habían dado cuando el consejo de guerra había autorizado la guerra de sumisión. Con el tiempo, se elegirían denominaciones nuevas para ayudar a los colonos a adaptarse mejor y considerar ese mundo como el suyo, como un mundo imperial leal con leales ciudadanos del Imperio.
Kharaatan y toda la parafernalia asociada a él representaban rebelión y discordia. Con el cambio de nombres, el poder de todo ello quedaba revocado y era reemplazado por otro.
Parte de esa transformación empezaba con la catalogación y el transporte de toda la población de Kharaatan. Esos hombres, mujeres y niños, fueran rebeldes o inocentes, jamás volverían a ver su hogar. Algunos irían a colonias penitenciarias, otros serían enviados a mundos necesitados de trabajadores ligados por contratos de servicio, a algunos los ejecutarían. Pero, al final, la huella cultural de la población de Kharaatan desaparecería para siempre.
El logista Murbo no pensaba en nada de eso mientras llevaba a cabo las comprobaciones finales antes de la salida del transportador. Tras lo que habían parecido más bien días que horas de catalogación e interrogatorios concienzudos, el Departamento Munitorum, ayudado por empleados del Administratum en cohortes del tamaño de batallones, había reunido y dividido por fin a la población de Khartor. Era la última ciudad. También había sido una de las de mayor tamaño. La expresión «dolor de cabeza» no describía ni por asomo el espantoso martilleo presente en la cabeza de Murbo, de modo que su aguante era muy limitado como también lo era su diligencia.
Cuando pasó traqueteando junto al primer transporte, no advirtió el olor. Llevaba a remolque toda una manada de servidores y a un lexmechanic, pero hacía mucho que los habían despojado de la carga de las sensaciones olfativas, de modo que tampoco ellos hicieron ninguna pregunta.
Anochecía, y un viento frío soplaba desde el desierto. Murbo deseaba estar de vuelta en su alojamiento a bordo de la nave, bien calentito y con algo caliente en la tripa también. Había estado guardando una botella justo para aquella ocasión.
Había más de cincuenta transportes que debía comprobar, anotar y verificar antes de que hubiera acabado; luego tenía que confirmar el destino del pasaje con el piloto y entrar dichos datos en su pizarra, que en aquellos momentos sostenía en la mano. El protocolo del Administratum era efectuar también comprobaciones visuales, para asegurar que no se pasaba por alto a nadie. En la caótica confusión que seguía a una sumisión llevada a cabo con éxito pero iniciada en pie de guerra, no era raro que franjas enteras de población quedaran olvidadas.
El primer bloque de antiguos khar-tanos, los prisioneros con rumbo a colonias penitenciarias, ya había salido. La tarea de Murbo era despachar a aquellas personas destinadas a convertirse en ciudadanos imperiales en desafiantes mundos nuevos. No estaba seguro de a quiénes compadecía más, pero su compasión no duró. La rebelión cosechaba sus crueles recompensas cuando era contra el Imperio.
Paseó la débil lámpara de lumen por toda la bodega, vio a los ocupantes de ojos inexpresivos meditando sobre sus nuevas vidas y efectuó un recuento aproximado. Todo parecía estar bien al principio, pero cuando llegó al segundo transporte y estaba a punto de pasar al tercero se detuvo.
—¿No te parecieron un poco silenciosos? —preguntó al lexmechanic.
El encorvado empleado pareció desconcertado por la pregunta.
—Sospecho que están meditando sobre lo estúpido que fue alzarse contra el Imperio.
No, no era eso, pensaba Murbo.
No había nada que Murbo deseara más en aquel momento que acabar con su trabajo y largarse a sus aposentos para volar a la atmósfera de Uno-Cinco-Cuatro Seis, pero los antiguos khar-tanos tendían a ser más vocingleros.
Luego estaba el olor, que, animado por la brisa del desierto, había empezado a parecer más fétido.
Aumentó la intensidad del resplandor de la linterna y regresó al primer transporte.
—¡Ah, por el Trono!… —exclamó con voz ahogada, volviendo a dirigir la luz al interior de la bodega.
Frenéticamente, el hombre corrió al siguiente transporte y volvió a hacer lo mismo. Luego fue al tercero, al cuarto, al quinto. Para cuando llegó al decimosegundo, empezó a vomitar como un loco.
Doblado todavía sobre sí mismo, Murbo despidió con un ademán al lexmechanic que fue a ayudarlo.
—No mires ahí dentro —advirtió. Luego preguntó—: ¿Quién hay aún en el planeta?
Una vez más, el encorvado hombrecillo pareció confundido bajo la pardusca túnica.
—¿Aparte de nosotros?
—Militares —dijo Murbo, limpiándose la barbilla.
El lexmechanic comprobó su pizarra de datos.
—Según el registro del Munitorum, todos los efectivos militares han abandonado la superficie… —Hizo una pausa, alzando una mano de aspecto atrofiado mientras efectuaba más comprobaciones—, pero todavía hay dos transportes de la Legión en tierra.
—Llámalos —ordenó Murbo—. Hazlo ya.
Vulkan estaba solo de pie en la enorme bodega de carga del Corredor de la noche. Por lo general se utilizaba para el transporte de armas, víveres y los innumerables pertrecho que eran necesarios en una guerra. Esa noche albergaba a los muertos. Una serie de ataúdes ocupaban la zona este de la bodega, pero el número era misericordiosamente bajo, gracias al veloz e incruento desenlace del sitio de Khartor. Cuántas vidas se habían usado para pagar por esa bendición…, vidas que habían padecido torturas y tenido un doloroso final… Vulkan lo sabía muy bien.
El derramamiento de sangre tampoco había concluido con la masacre de la ciudad de Khar-tann. El motín durante la depuración de los ciudadanos de Khartor había acabado con muchas muertes. Aunque sospechaba que sus hermanos Night Lords habían sido responsables en parte de eso, no podía absolverse a sí mismo de toda culpa.
Seriph descansaba ante él dentro de su ataúd. Era sencillo, sin adornos, un simple tubo metálico con una máquina criogénica incorporada para retardar la putrefacción y asegurar que los difuntos llegaran a su lugar de descanso final intactos. Los medicae habían limpiado sus heridas, pero la mancha de sangre de la túnica seguía allí. De no ser por eso y por la tétrica palidez de la piel, Vulkan podría haber creído que simplemente dormía.
Quería decirle que lamentaba que estuviera muerta, que deseaba haberle hecho caso durante el incendio de Khar-tann y accedido a su petición de una entrevista. Había decidido que su historia debía ser contada, y que Seriph sería la encargada de ello. Pero ya no sería así. Un cadáver no podía contar historias.
Inclinó la cabeza a modo de disculpa muda.
—¿Por qué ella? —preguntó una voz con suavidad desde las sombras. Vulkan no se dio la vuelta pero levantó la cabeza.
—¿Qué haces todavía aquí? —preguntó, repentinamente severo.
—Venía a buscarte, hermano —dijo Curze, yendo a colocarse junto a Vulkan.
—Ya me has encontrado.
—Percibo un poco de cólera en ti. —Curze sonó casi dolido por ello—. ¿No te alegra verme?
Vulkan le miró entonces. Con ojos que rebosaban un vitriolo manifiesto.
—Di lo que hayas venido a decir y déjame.
Curze lanzó un resoplido desdeñoso, como si todo ello le divirtiera. —No has contestado a mi pregunta. De todos los mortales que han muerto para hacer que este mundo se amoldara a los deseos de nuestro Imperio, ¿por qué te importa tanto esta?
Vulkan volvió otra vez la mirada al frente.
—Yo protejo la vida. Soy un protector de la humanidad.
—Por supuesto que lo eres, hermano. Pero el modo en que te pusiste en peligro por ella fue… inspirador. —Curze sonrió; luego la sonrisa se transformó en una mueca burlona, e incapaz de seguir fingiendo, empezó a reír—. No, lo siento. —Dejó de reír y mostró un semblante serio—. Es algo que de verdad me desconcierta. Eres un sensiblero, Vulkan. Conozco el afecto que sientes por estos alfeñiques, pero ¿qué hacía que ella fuera tan especial para que llores de este modo su muerte?
Vulkan volvió la cabeza y estaba a punto de contestar cuando el intraauricular del comunicador crepitó. Ninguno de los dos primarcas llevaba el casco, pero seguían conectados al grupo de combate.
Mientras que los ojos de uno de los primarcas se abrían de par en par, los del otro se entornaron, y Vulkan supo que Curze oía el mismo mensaje.
Vulkan alargó las manos hacia su hermano y lo agarró por la gorguera, arrastrándolo hacia él. Curze sonrió y no opuso resistencia.
—¿Has sido tú? —preguntó el señor de los dragones—. ¿Has hecho tú esto? —rugió cuando Curze no respondió enseguida.
La sonrisa se diluyó y pasó a ser la línea oscura de los pálidos labios de Curze.
—Sí —siseó, con los fríos ojos clavados en él.
Vulkan lo soltó, empujándolo hacia atrás fuera de su vista a la vez que le daba la espalda.
—Los has matado…, a todos ellos.
Curze fingió desconcierto.
—Eran nuestros enemigos, hermano. Se alzaron en armas contra nosotros, intentaron matarnos.
Vulkan se volvió de cara a él, enfurecido, casi suplicando, repugnado ante lo que Curze había hecho.
—En absoluto, Konrad. Has asesinado a los inocentes, a los débiles. ¿Cómo puede servir eso para nada que no sea satisfacer un deseo sádico de derramar sangre?
Curze pareció cavilar realmente sobre ello. Frunció el entrecejo.
—No estoy seguro de que lo haga, hermano. Pero ¿en qué se diferencia eso de lo que hiciste con esa xenos? No era más que una niña, no suponía ninguna amenaza para ti. A los rebeldes de Kharaatan se les ha concedido una muerte rápida. Al menos no los he quemado vivos.
Vulkan carecía de respuesta. Había matado a la niña en un arranque de ira, impulsado por el dolor por la muerte de Seriph y como castigo por los daños que los desmandados xenos habían causado. Puede que también debido a que los odiaba, a los eldar, por el pillaje y el dolor que habían infligido a Nocturne.
Curze vio dudar a su hermano.
—¿Lo ves? —dijo en voz baja, acercándose para susurrar—: Nuestros talantes son bastante similares, ¿no es cierto, hermano?
Vulkan profirió un rugido y agarró al otro primarca, arrojándolo al otro extremo de la bodega.
Curze se deslizó, con la armadura chirriando mientras rayaba la cubierta de metal bajo ella. Estaba ya en pie cuando Vulkan le cayó encima, y consiguió bloquear un violento puñetazo dirigido al rostro. Lanzó un golpe corto, que alcanzó a Vulkan en el pecho e hizo vibrar sus costillas incluso a través de la armadura. Vulkan lanzó un resoplido, de dolor, pero agarró la cabeza del otro y la empujó hacia abajo contra su rodilla alzada.
Curze osciló hacia atrás, escupiendo saliva ensangrentada. Vulkan lo placó por la cintura, sin darle tiempo a recuperarse, y lo derribó de espaldas. Un violento puñetazo volvió la cabeza de Curze y le desgarró la mejilla. El caído reía entre dientes manchados de sangre. Vulkan volvió a pegarle, haciendo que se le estremeciera la mandíbula. Curze rio aún más alto pero se atragantó un poco cuando su hermano empezó a aplastarle la tráquea. Vulkan cerró las manos —duras como el hierro de un herrero— alrededor de la garganta de Curze.
—Sabía que no eras distinto —siseó este, tratando aún de reír—. Eres un asesino. Todos nosotros somos asesinos, Vulkan.
El primarca lo soltó. Se sentó hacia atrás, todavía a horcajadas sobre Curze, y jadeó en busca de aire, en busca de cordura. Lo habría matado de no haberse detenido. Habría matado a su hermano.
Un poco tambaleante aún, Vulkan se puso en pie y pasó por encima del cuerpo caído de espaldas de Curze.
—Mantente alejado de mí —advirtió sin aliento, y abandonó la bodega a grandes zancadas hasta donde aguardaba su transporte.
Curze permaneció en el suelo, pero volvió la cabeza para ver partir a Vulkan, sabiendo que aquello no había acabado ni mucho menos entre ellos.
Sabía que estaba perdido. Lo sospeché en el mismo instante en que crucé las puertas del Laberinto de Hierro. Aquello no era un desafío que pudiera superar, ni algo que pudiera desentrañar. Me encontraba en un lugar aparentemente infinito y de una complejidad firenziana, forjado por una mente a la altura de la mía.
No, eso no era del todo veraz. Mi mente no estaba en forma, y por lo tanto los uniformes pasillos de latón y hierro que se extendían ante mí estaban más allá de la capacidad de mi intelecto para sortearlos.
De pie en la centésima encrucijada —cada avenida que había elegido en las noventa y nueve anteriores me había conducido más al interior del laberinto y, sin embargo, al mismo tiempo, más lejos de mi objetivo—, me pregunté qué había prometido Curze a mi hermano a cambio de este regalo.
¿A lo mejor Perturabo me odiaba tanto como odiaba al resto de nosotros y había decidido, sencillamente, que tanto le daba a cuál de sus hermanos hacía daño? ¿A lo mejor le molestaba que hubiera sobrevivido a su gloriosa descarga de artillería en Isstvan V, y que rehusara dejarme vencer por sus filas de blindados? Fuera cual fuera la razón, había creado ese lugar con un propósito en mente; que quienquiera que entrara en él jamás saliera. Cuadraba con su forma de pensar, aunque no podría haber estado al tanto de mi inmortalidad. De todos modos, yo creía que Curze necesitaba una conclusión más inmediata. La paciencia no era una de sus virtudes, como tampoco lo era el comedimiento. Con lo del martillo me había proporcionado esperanza, y sospeché que tenía intención de empujarme aún más hacia la locura con esa esperanza. No comprendía que en realidad me había proporcionado un medio realista de escapar de su mazmorra.
Tras decidir que importaba muy poco si no podía hallar el centro del laberinto, tomé el desvío a la izquierda y seguí con mi vagabundeo.
A diferencia de las pruebas anteriores en las tiernas garras de mi hermano, no había trampas, ni enemigos, ni obstáculos de ninguna clase. Llegué a la conclusión que el laberinto en sí era la trampa, la última añagaza de hecho, creada por un archimaestro en la construcción de trampas. Una vez más, sentí el latir del abismo a poca distancia, el negro y el rojo, los salvajes dientes cerrándose a mi alrededor. Apelaba a una parte salvaje de mi psiquis, al monstruo del que había hablado Curze.
Me quité de encima esa sensación. En alguna parte de ese condenado lugar estaban mis hijos. Tenía que encontrarlos, y esperaba que no fuera entre los muchos cadáveres que había visto hasta el momento. La mayor parte de los restos eran óseos, aunque algunos todavía retenían la carne marchita. Eran las ratas de Curze, los pobres desdichados que habían intentado vencer al laberinto antes que yo. Todos ellos habían muerto todavía aferrados a la esperanza, desesperados y enloquecidos.
Creo que eso era lo que Curze quería para mí, que me consumiera físicamente, que me hundiera y desesperara, que me convirtiera en un juguete del que mofarse y al que castigar cuando no fuera capaz de soportar su propia presencia detestable.
Ferrus seguía conmigo. Ya no hablaba, se limitaba a seguirme como una sombra. Podía oír sus blindadas pisadas siguiendo mis pasos, lentas y torpes.
—Creo que nos estamos acercando, hermano —dije al espectro que acechaba a unos pocos metros de distancia.
Sus dientes repiquetearon entre sí en lo que tomé por una risa burlona.
—Criatura de poca fe —murmuré.
Vagué así durante días, posiblemente incluso semanas. No dormí, ni tampoco descansé, y no podía comer. Las energías me abandonaron y empecé a debilitarme y atrofiarme. Pronto no sería muy diferente de Ferrus, tan solo una sombra furiosa condenada a recorrer esos pasillos eternamente.
Y entonces oí las garras.
Empezó como un ligero golpeteo de metal sobre metal, un golpecito agudo asestado repetidamente contra las paredes, que resonaba por el laberinto hacia mí. Paré y escuché, percibiendo un cambio en el juego de Curze, un deseo de verlo finalizado. El ruido adquirió potencia y se transformó en arañazos. Ya no estaba a solas con mi lenta e insidiosa locura.
—Curze —llamé desafiante.
La única respuesta fue el arañar en el metal. Pensé que se podría estar acercando. Empecé a moverme, en un intento de localizar el origen del sonido, caminando primero, a la carrera después.
—Vulkan… —susurró el aire con la voz incitadora de mi hermano.
Corrí tras ella, al mismo tiempo que el repiqueteo y los arañazos se abrían paso al interior de mi mente, produciéndome una enorme irritación.
Doblé una esquina, siguiendo mis instintos, pero no hallé más que otro corredor tan lúgubre y ordinario como todos los demás.
—Vulkan…
Vino de detrás de mí y giré en redondo a la vez que algo oscuro y veloz se escurría por mi lado. Hice una mueca de dolor, llevándome la mano al costado. Al apartarla vi sangre y el corte superficial que mi hermano me había asestado.
—¡Da la cara! —vociferé, con el puño apretado y los hombros encorvados en una postura feroz.
Apenas reconocí mi propia voz, de tan bestial como se había vuelto.
Únicamente me respondieron los arañazos.
Los perseguí, cual sabueso a la caza de algo, pero no encontré ni rastro de Curze. La línea entre depredador y presa se difuminaba: en ocasiones era yo quien daba caza; en otras era mi hermano. Llegué a otro cruce, otra encrucijada, e intenté orientarme, pero las punzadas en mi cabeza no lo permitieron.
—Vulkan…
La voz regresó, provocándome.
Rugí y estrellé el puño contra la pared más cercana. Apenas si dejó una abolladura. Volví a rugir, arqueando el cuello atrás para vociferar a la oscuridad. El monstruo de mi interior andaba suelto y ansiaba sangre.
Curze volvió a herirme, invisible en la oscuridad, y dibujó una línea de relucientes rubíes sobre mi bíceps. Aquello me impelió a seguir adelante, alimentó mi cólera. Un tercer corte apareció en el pecho, y la sangre manó en rojas lágrimas por el músculo pectoral. Un cuarto me acuchilló el muslo. Casi lo atrapé esa vez. Pero fue como agarrar humo.
—Vulkan… —susurró. El sonido de los arañazos permanecía allí, la provocación siempre presente.
Yo sangraba por al menos una docena de heridas, y la energía vital corría por mis piernas para formar charcos en los espacios entre los dedos de los pies, de modo que dejaba huellas ensangrentados tras de mí. No fue hasta que bajé la mirada al camino que estaba a punto de tomar que me detuve y vi la marca de mi paso, la emborronada pero inconfundible huella de mis pies.
Me vine abajo, vencido; no había nada que hacer con mi ira más que volverla hacia mi interior. Cerré los ojos y vi el abismo. Estaba posado justo en el borde, mirando abajo.
Un repentino puyazo de dolor en el costado me hizo retroceder con un gruñido.
—No te preocupes —siseó Curze, pellizcando mi hombro con garras a la vez que hundía el cuchillo en mi costado derecho—. Esto no te matará.
Me di la vuelta por completo, escupiendo rabia, listo para arrancarle la cabeza de los hombros a mi hermano, pero Curze ya no estaba, y me quedé tratando de agarrar el aire.
Dejó un rastro de risas tras de sí, junto con el ya omnipresente sonido de garras arañando el metal.
Una película roja cubrió mi visión: el filtro de mi cólera. Estaba a punto de ir tras él —aunque mi subconsciente intuía que era eso lo que él había planeado desde el principio—, cuando me detuve.
Impidiéndome el paso, le vi. Estaba de pie justo delante de mí, tan nítido y real como mi propia mano ante mi rostro.
Verace, el rememorador.
—Te he visto antes —susurré, alargando la mano hacia él como para evaluar lo real o espectral que era el discreto hombrecillo.
Verace asintió.
—En Ibsen, ahora Caldera —dijo.
—No, ahí no. —Arrugué la frente, intentando recordar, pero la ira me enturbiaba las ideas—. Aquí…
—¿Dónde? —preguntó él.
El hombre estaba apenas a unos pocos metros de distancia cuando dejé de avanzar hacia él.
—Aquí —repetí, y el recuerdo fue aclarándose mientras era él quien avanzaba hacia mí—. Estabas con ellos, con los prisioneros que Curze me obligó a asesinar.
Me miró con curiosidad.
—¿Los asesinaste, Vulkan?
—No pude salvarlos. Tú también estabas en el banquete. Recuerdo tu cara.
—¿Qué más recuerdas?
Verace estaba a un escaso metro de distancia. Me arrodillé de modo que estuviéramos casi ojo con ojo. Era el modo de hacer de los Salamanders.
—Soy un primarca. —Me sentía más calmado en su presencia, a medida que los pedazos quebrados de mi mente empezaban a juntarse—. Soy Vulkan.
—Sí, así es. ¿Eres capaz de recordar lo que te dije en una ocasión?
—¿En Ibsen?
—No, en otra parte. En Nocturne.
Las lágrimas afloraban a mis ojos, mientras esperaba fervientemente que aquello no fuera tan solo otra aparición, una jugarreta cruel para sumergirme más en la demencia.
—Dijiste —empecé, con la voz estrangulada por la emoción—, que velarías por nosotros cuando pudieras.
—Cierra los ojos, Vulkan.
Los cerré y bajé la cabeza para que posara la mano sobre ella.
—Siéntete en paz, hijo mío.
Esperé una revelación, un destello de luz, algo. Pero todo lo que siguió fue silencio. Al abrir los ojos, vi que Verace ya no estaba. Por un momento me pregunté si había sido real, pero al alzarme noté que las extremidades recuperaban algo de energía y me embargaba una nueva determinación. El monstruo interior estaba a raya, firmemente encadenado. Por el momento al menos, mi mente volvía a pertenecerme. Durante cuánto tiempo, no lo sabía. La paz que se me pudiera haber otorgado no duraría en ese lugar. Era necesario que actuara.
Curze no estaba bien; creo que lo supe allá en Kharaatan. Siempre había estado así, sin esperanza, trastornado por la ira por dentro y por fuera. Me era imposible imaginar cómo debía de ser vivir con eso, pero luego pensé en todo el sufrimiento que había provocado, las vidas que había eliminado sin ninguna necesidad para satisfacer sus apetitos sádicos. Recordé a Nemetor, y a todos los demás que había torturado y matado, todo en nombre de algo tan nimio como el aburrimiento.
La compasión que sentía duró poco, mi determinación iba fortaleciéndose por momentos.
—Tenías razón —grité a las sombras donde sabía que mi hermano escuchaba—. Sí pienso que soy mejor que tú. Únicamente un alfeñique y un cobarde pelea como tú lo haces, Konrad. Nuestro padre tenía razón al hacer caso omiso de tus lloriqueos y descartarte. Sospecho que todo ello le asqueaba. Solo tú conoces el terror auténtico, ¿no es cierto, hermano? —Fruncí el ceño—. Tan débil, tan patético. Nostramo no te convirtió en el canalla despreciable que eres, hermano. Languidecías en el arroyo con el resto de aquellos anormales en el mismo instante momento en que nuestro padre erró al crearte. —Reí con autocomplacencia—. Era inevitable que uno de nosotros fuera imperfecto, que estuviera tan corrompido por flaquezas humanas que no pudiera soportar la propia presencia o la presencia de otros. No puedes evitarlo, ¿verdad? Compararte con cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces has descubierto que no dabas la talla tras tal observación? ¿Cuándo te diste cuenta de que culpar a tu educación y a tus hermanos ya no sonaba convincente? ¿Cuándo diste la vuelta al espejo y contemplaste la parodia despreciable en la que te has convertido?
No llegó ninguna respuesta desde la oscuridad, pero podía percibir la cólera creciente de mi hermano de un modo tan palpable como el suelo de hierro bajo los pies.
—Nadie te teme, Konrad. Un nombre diferente no cambia lo que eres en realidad. Te revelaré un secreto… Te compadecemos, todos nosotros. Te toleramos porque eres nuestro hermano pero ninguno de nosotros te teme. Pues ¿qué hay que temer si no eres más que una criatura irascible rabiando en la oscuridad?
Esperé que arremetiera contra mí, mostrando las garras, pero en vez de eso oí un motor enorme revolucionando por debajo de mí, bajo el laberinto mismo. Con el rechinar de pesados engranajes, una porción enorme de la pared se retrajo al interior del suelo. Luego otra y otra. En segundos, apareció un camino ante mí y al final de este otra puerta, con los mismos dibujos que la entrada al Laberinto de Hierro.
Sabía que no podía haber encontrado la salida solo. Una vez disipada la niebla de mi ira salvaje, comprendí que solo había un modo de alcanzar el premio. Curze tendría que mostrármelo. Mis hermanos y yo fuimos creados de un modo distinto a los hijos adoptados de nuestras legiones. Durante el proceso de creación de progenie, nuestro padre había destilado una parte de su esencia y voluntad en el interior de todos nosotros. En las Legiones Astartes dio forma a un ejército de guerreros engendrado para un único propósito, unir Terra y luego la galaxia. En mis hermanos y en mí, deseó tener generales pero también algo más; quería iguales, quería hijos. En nosotros vertió su inteligencia sin par y su habilidad incomparable para la bioingeniería. Nos convertimos en más que humanos; cada rasgo, cada cromosoma fueron mejorados y llevados a su ápice genético. Fuerza, velocidad, perspicacia militar, capacidad táctica, iniciativa, resistencia: todo ello fue amplificado por la ciencia milagrosa del Emperador. Pero igual que cuando diriges una lente a una pintura antigua, era imposible aumentar un detalle sin aumentar todos los demás al mismo tiempo. Nosotros éramos más que humanos, éramos superiores a los Space Marines, pero al tiempo que se potenciaban nuestros activos, lo mismo sucedía con nuestros defectos.
No importó al principio, no mientras la Cruzada proseguía su arrollador y brillante avance, cual cometa que llevaba luz a los cielos sumidos en la ignorancia. La rivalidad no tardó en dar paso a los celos, a la envidia; la seguridad en uno mismo pasó a ser arrogancia; la cólera acabó convertida en obsesión homicida. Todos nosotros teníamos imperfecciones, porque ser humano, incluso mejorados como nosotros, implica poseer defectos. Un estado perfecto no puede obtenerse de un diseño imperfecto.
Curze poseía más defectos que la mayoría de nosotros. Sus deficiencias eran notorias, sus debilidades excesivamente humanas resultaban evidentes en cada palabra y acción. Llevaba la venganza en la sangre. Lo atormentaba, era un deseo nihilista de descargar sobre otros el daño que le infligían. Se odiaba a sí mismo y por lo tanto reflejaba ese odio hacia el exterior. Pero que otro volviera el espejo sobre él, que uno de sus odiados hermanos le mostrara la criatura llena de desprecio por sí misma que ya sabía que era…, eso no podía quedar sin castigo. Mi carcelero me había revelado muchas cosas sobre su yo interior durante mi encarcelación. Me pregunté, durante esos últimos días, quién tenía atrapado a quién en realidad. Había explotado las debilidades de Curze y este me había mostrado la salida. Quería ser liberado tanto como yo.
Al mismo tiempo que empezaba a recorrer el sendero hacia ella, la puerta fue abriéndose poco a poco. En el interior vi las entrañas del laberinto y en el centro de la estancia, mi martillo, Portador del Amanecer. En torno a él, como pude ver al acercarme más a la enorme entrada, estaban mis hijos.
Ahí, pues, era donde le pondríamos fin. Curze y yo. Uno sería libre, el otro quedaría condenado para siempre.