Vulkan vive

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Capítulo Veintinueve. Se acabó el huir

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Capítulo Veintinueve. Se acabó el huir

Capítulo Veintinueve

Se acabó el huir

Elías yacía sobre la espalda. También estaba solo. La momentánea preocupación se convirtió en cólera cuando advirtió que no era tan solo al cazador lo que echaba en falta. La fulgurita había desaparecido. A través de lentes retinales embadurnadas de porquería, alzó la vista hacia las rugientes cataratas de aguas residuales que manaban de innumerables desagües. En alguna parte allí arriba estaba su enemigo, y tenían su lanza. Aquel maldito Salamander, el centurión. Él la había cogido durante la pelea, antes de que Narek los hubiera lanzado a ambos por encima del borde.

—Narek.

Al cabo de un momento, un jadeante cazador respondió por el comunicador. Estaba corriendo.

Nuestro acuerdo ha concluido —⁠dijo.

—Estoy tumbado en un charco de cochambre, Narek. ¿Cómo puede ser esa una conclusión satisfactoria?

Siempre has yacido entre porquería, apóstol oscuro. Una vida por una vida, la tuya por la mía. Ahora he recuperado la mía. Nuestra alianza queda anulada. Te dije que haciendo la vista gorda nuestra deuda quedaba saldada. He decidido concluir mi misión yo solo. Mi asunto ahora es con ellos. Alégrate de que te deje vivir —⁠añadió, antes de que la conexión fuera engullida por la estática.

Elías no se molestó en activar el frasco de disformidad; sospechaba que Narek lo había destruido. El cazador no iba a regresar, al menos no junto a él.

Un escaneo superficial le informó de que la armadura funcionaba con normalidad. Había sufrido algunos daños menores durante la caída, pero eran insignificantes. Se puso en pie con dificultad, con la única ayuda de una mano y un brazo, sosteniendo la extremidad abrasada contra el pecho. Le dolía una barbaridad, pero usó eso para alimentar su cólera. El abandono de su deber por parte de Narek no quedaría sin castigo. Si volvía a verle, mataría al cazador. Amaresh tendría que haberlo hecho durante el ataque al manufactorum, pero el destino había torcido las cosas. El placer de la defunción de Narek tendría que esperar. Recobrar la lanza era primordial. Si los seguidores del Imperio tenían el arma y al humano, entonces solo podían hacer una cosa.

—Jadrekk —masculló en el comunicador, sabiendo que el perrito faldero contestaría a su amo.

A poca distancia podía ver el puerto espacial de Ranos y sabía que había trasbordadores atracados capaces de alzar el vuelo. La mayor parte de las naves de los Word Bearers habían regresado al puesto de mando y Elías había ordenado a una pequeña guarnición que lo custodiara.

Jadrekk contestó tal y como había pronosticado.

—Fija mi señal y lleva a todos nuestros efectivos al puerto espacial de Ranos —⁠ordenó el apóstol oscuro⁠—. Di a Radek que espere visita y prepare una recepción de bienvenida, y por recepción de bienvenida me refiero a un escuadrón de la muerte.

Jadrekk confirmó que así se haría y Elías cortó la conexión.

Erebus no tardaría en llegar, y Elías estaba decidido a que tanto la lanza como el humano estuvieran en su poder antes de eso. Allá en el norte, podía ver la tempestad que se derramaba sobre el foso de sacrificios. Los relámpagos hacían temblar el cielo, partiendo la noche en dos. Una vez que la lanza hiriera a Grammaticus, una de aquellas hendiduras se abriría y los No Nacidos lo inundarían todo. Elías sería recompensado por su fe y devoción. Mientras caminaba penosamente por entre la inmundicia oyó esa promesa, susurrando ese sinsentido sibilante. El Panteón le reconocería y ascendería. Era su destino.

—Se acabó el huir —rezongó, dirigiendo la mirada al oscuro horizonte del sur y a la sombra del puerto espacial⁠—. Solo queda la muerte.

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