Vulkan vive
Capítulo Treinta. Nuestras horas finales
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Capítulo Treinta. Nuestras horas finales
Capítulo Treinta
Nuestras horas finales
Isstvan V
La explosión golpeó con fuerza atómica, o al menos así les pareció a los Salamanders atrapados en su interior. Habían estado siguiendo a Vulkan colina arriba, bien pegados a sus talones mientras este embestía contra las disciplinadas filas de Iron Warriors. Había llegado hasta los blindados con rapidez, mucho más veloz de lo que Numeon había creído posible.
La ira lo empujaba, eso y una sensación de injusticia. Las acciones innobles de sus hermanos primarcas habían herido a Vulkan hasta en lo más profundo, mucho más hondo y causando más daño que cualquier espada. Guerreros encomiados todos ellos, los Pyre Guards apenas si podían mantener su ritmo. Nevaba sobre sus cabezas, un aguacero de ceniza blanca que descendía sobre ellos en medio de su ardiente furia. Era una lluvia espesa y extrañamente pacífica, pero no habría paz, ya no, no ahora que la galaxia estaba en guerra. Horus se había ocupado de eso.
Compañías de combate siguieron a sus señores; los capitanes rugían órdenes de ataque mientras miles de guerreros con armaduras verdes ascendían la ladera a la carrera para matar a los hijos de Perturabo. Fue despiadado, brutal. Un devastador fuego cruzado, desde la pared norte y sur de la depresión de Urgall abatió a cientos durante los primeros pocos segundos del engaño. La XVIII Legión derramaba soldados igual que una serpiente suelta escamas. Pero seguían adelante, decididos a no retroceder. La tenacidad era la mayor virtud de un Salamander; la negativa a darse por vencido. Sobre las llanuras de Isstvan, enfrentados a todas aquellas armas, eso estuvo a punto de acabar con toda la legión.
Fue en la cima de la primera cresta, un borde irregular de piedra tachonado de tanques, donde Numeon vio por primera vez el arco de fuego. Discurría, largo y llameante, hacia el interior del cielo cada vez más oscuro. La lengua de fuego ascendió y al llegar al ápice de su parábola se dobló hacia atrás sobre sí misma adoptando la forma de una herradura. Acompañada del chirrido de cohetes, descendió en medio de la carga de los Salamanders y los hizo pedazos.
El impacto perforó un cráter brutal en las colinas de Urgall, igual que la mordedura de una bestia gigantesca resucitada de antiguos mitos y alumbrada en fuego nucleónico. Arrojó guerreros hacia el cielo como si no fueran más que armaduras vacías, desprovistas de carne y huesos. Como una campana de cristal queda hecha añicos al dejarla caer sobre rococemento desde una gran altura, lo mismo le sucedió a la legión. Tanques que seguían a su señor primarca saltaron por los aires y rodaron por la arena negra con los cascos en llamas. Los vehículos que estaban en el epicentro de la explosión quedaron hechos pedazos; orugas y escotillas, reducidos a trozos de metal maltratado, arrancados y convertidos en metralla. Los legionarios que escaparon a la muerte durante la explosión inicial fueron aniquilados por la tormenta de fragmentos. Vehículos superpesados quedaron machacados igual que latas de hojalata aplastadas por un martillo. Las tripulaciones murieron cocidas en su interior, los legionarios se convirtieron en cenizas dentro de aquel horno. Penetró profundamente, justo en el corazón palpitante de las filas de los Salamanders. Que los Pyre Guards se salvaran de lo peor del ataque se debió tan solo al hecho de que iban muy por delante del resto.
Con una fuerza cinética descomunal, el estallido los lanzó en todas direcciones y envolvió sus figuras blindadas en una tormenta de fuego. Un pulso electromagnético anuló las comunicaciones y un plañido de estática ocupó el lugar de una conexión segura. Mantener una organización táctica resultaba imposible. Con un único golpe devastador, el señor de hierro había incapacitado a la XVIII Legión; la había decapitado dejando el cuerpo convulsionándose.
La retirada era la única estrategia viable que quedaba. Multitud de guerreros retrocedieron a la zona de desembarco, intentando subir a bordo de naves que salían disparadas hacia el cielo en un intento de quedar fuera del alcance de la terrible tormenta de traición que rugía allí abajo. No era una huida en desbandada, aunque para cualquier ejército que no fuera las Legiones Astartes lo habría sido, enfrentado a tal violencia. Muchas fueron abatidas cuando los traidores acribillaron el aire con suficiente fuego antiaéreo como para fulminar una armada.
Gimiendo, sintiendo el alcance de cada una de sus muchas heridas, y sin hacer caso de la apremiante cascada de informes de daños que se desplazaba verticalmente por el lado izquierdo de la única lente retinal aún en funcionamiento, Numeon se puso en pie tambaleante. Un trozo de blindaje, uno que había visto antes y conocía bien, yacía al alcance de su mano. Cogió el sigilo que en una ocasión había lucido Vulkan y lo metió en el cinto. Leodrakk estaba con él, pero no pudo ver a su primarca ni al resto de los Pyre Guards. Por entre una banda de niebla sucia le pareció ver a Ganne arrastrando a Varrun por el cuello de metal —el veterano estaba caído de espaldas, con las piernas destrozadas pero disparando aún su bólter—, pero estaba demasiado lejos para estar seguro y había demasiada muerte entre ellos para que el reagrupamiento fuera una opción.
El humo cubría la cresta y la lluvia de cenizas se había recrudecido. La calima producto del fuego que seguía ardiendo le empañaba la visión. Vio el cráter —había sido lanzado hacia atrás fuera del epicentro— y a los cientos de cuerpos retorcidos del interior. Estaban incinerados, fusionados con sus armaduras. Algunos todavía agonizaban. Vio a un apotecario —no sabía decir quién— arrastrándose por la tierra sin piernas mientras intentaba llevar a cabo su deber. No se cosecharía ninguna semilla genética este día. Nadie que permaneciera en Isstvan vestido con el verde esmeralda de la XVIII viviría.
Numeon tenía que llegar hasta una nave, tenían que salvarse él y Leodrakk. Mientras intentaba contactar con los demás y con su primarca a través del lodazal de estática, recordó vagamente haber sido lanzado por los aires y golpeado lateralmente por la estela de calor de la explosión. Estaban lejos de la cima de la cresta. Debían de haber resbalado al interior de un desfiladero estrecho que los había vuelto a llevar abajo, protegiendo sus cuerpos del fuego. Numeon supuso que había perdido el conocimiento. Había fragmentos, pedazos que no poseía en su memoria eidética de lo sucedido tras el impacto del misil. Recordaba que Leodrakk había gritado el nombre de su hermano. Pero Skatar’var no había contestado. Ninguno de los Pyre Guards estaba respondiendo.
—¡Ska! —rugió Leodrakk, medio enloquecido por el dolor y la pena—. ¡Hermano!
Aferraba el ensangrentado guantelete de Skatar’var. Por fortuna, no había mano ni antebrazo en el interior. El guante debió de desprenderse en la explosión.
Numeon agarró a Leodrakk por la muñeca.
—Se ha ido. Se ha ido. Nos vamos, Leo —dijo—. Nos vamos ya. ¡Muévete!
Los Salamanders no eran la única legión castigada por la artillería de Perturabo. Los Iron Warriors, aquellos que habían recibido el embate de la cólera de Vulkan y la de su círculo más allegado de guerreros, también habían sido barridos por la explosión. Uno, que empezaba a recuperar los maltrechos sentidos, fue a intervenir contra Leodrakk y Numeon, pero el Pyre Guard lo abatió con su espadón antes de que pudiera abrir fuego sobre ellos.
Un guerrero, uno de los Piroclastas de K’gosi, intentó agarrar la pierna de Numeon, pero cuando este bajó la mirada para ayudarlo el guerrero ya estaba muerto, quemado de dentro a afuera. Una voluta de humo ascendió de la silenciosa boca desencajada, y Numeon volvió a darse la vuelta.
—Tenemos que reagruparnos, volver a formar… —decía Leodrakk.
—No hay nada con lo que volver a formar, hermano.
—¿Está…? —Leodrakk agarró a Numeon por el hombro, con los ojos suplicantes—. ¿Está…?
Numeon apartó la mirada, y la dirigió al lugar donde los cañones de los Iron Warriors desperdigaban los restos de su —en el pasado— orgullosa legión.
—No lo sé —murmuró.
Medio ciegos, avanzaron dando traspiés, hombro con hombro, mientras las bombas seguían cayendo, sin saber adónde dirigirse ni cuál era la suerte de Vulkan. El humo viciaba el aire, que tenía un penetrante olor a sangre, y lo volvía asfixiante y negro. El respirador de la rejilla de comunicación de Leodrakk estaba estropeado y al legionario le costaba respirar. La lanza de metralla clavada en uno de sus pulmones y que todavía sobresalía del pecho complicaba también las cosas.
El comunicador de la oreja de Numeon crepitó. Le sorprendió tanto su repentino funcionamiento que casi perdió el equilibrio. Era un canal de la XVIII Legión.
—Aquí el capitán de la Pyre Guard Numeon. Estamos efectuando una retirada total. Repito, que todo el mundo regrese a la zona de desembarco y consiga transporte para abandonar el planeta.
Quería regresar, volver para localizar a Vulkan, pero en la carnicería de la depresión eso era imposible. El pragmatismo debía gobernar el corazón de Numeon en aquel momento, no las emociones. Su primarca lo había forjado de ese modo, mediante sus enseñanzas y ejemplo; no estaba dispuesto a deshonrar eso ahora.
—Hermano de la Pyre…
Numeon reconoció la voz en el otro extremo de la conexión al instante. Echó una veloz mirada a Leodrakk, pero el guerrero descendía penosamente por la cresta en dirección a la zona de desembarco y no había advertido que el capitán estaba en comunicación con alguien. Era Skatar’var.
—¿Está Leodrakk contigo?
—Lo tengo conmigo. ¿Dónde estás? —preguntó Numeon.
—No sabría decirlo. Oigo gritos. He perdido mi arma, hermano.
Un pensamiento terrible le pasó por la cabeza a Numeon mientras hacía una pausa para acabar con un moribundo Iron Warrior con la mitad del pecho hecho pedazos, que intentaba levantarse.
—¿Qué puedes ver, hermano? —preguntó, mientras clavaba con fuerza el espadón y retorcía el mango para asegurar la muerte.
—Está oscuro, hermano.
Skatar’var estaba ciego. Numeon miró en todas direcciones pero no pudo verlo. No había modo de saber dónde estaba, ni si él estaba lo bastante cerca para ayudar. Restos de otras compañías descendían la cresta en tropel; los Salamanders disparaban fuego de cobertura mientras retrocedían al lugar donde estaban las naves. Numeon les hizo señas con la mano para que siguieran adelante a la vez que seguía intentando encontrar a su hermano.
—Skatar’var, lanza una baliza. Vendremos a buscarte.
—No, capitán. Estoy acabado. Saca a Leodrakk, salva a mi hermano.
—Podríamos llegar hasta ti. —Numeon registraba el campo de batalla en busca de alguna señal, pero no conseguía localizarlo.
La muerte flotaba en el aire igual que el maloliente humo, que formaba un manto en lo alto debido a los muchos fuegos. En algún lugar de aquella neblina, el comandante Krysan gateó fuera de la cúpula en llamas de su tanque. También él ardía. Los Salamanders nacían en el fuego, y ahora Krysan moriría en él. Los bidones de combustible se calentaron y estallaron justo cuando Krysan caía de la torreta y rodaba envuelto en llamas por un lado del casco fuera ya de la vista. Como su comandante, su otrora orgullosa compañía de blindados ya no era más que un conjunto de armazones de metal chamuscados por el fuego, listos para el desguace.
—¿Estás herido, hermano? —preguntó Numeon, cada vez más desesperado—. ¿Puedes ponerte en pie?
—Los muertos se amontonan sobre mí, Artellus. Sus cuerpos me aplastan. Surgiendo de la negra niebla de combustible ardiendo, apareció un Iron Warrior al que le faltaba el casco y parte del brazo derecho. Alzó un bólter para disparar pero la embestida de Numeon interrumpió en seco el ataque y su vida, cuando el capitán destripó al traidor.
—Necesito algo más, Ska. Los muertos están por todas partes.
Era como contemplar un mar de cadáveres.
—Es tarde para mí. Saca a Leodrakk.
—Ska, tienes que…
—No, Artellus. Déjame ir. ¡Libérate de este infierno y véngame!
No había nada que hacer. La ladera estaba ya repleta de guerreros batiéndose en retirada, y empezaban a estallar escaramuzas entre los supervivientes de ambos bandos.
—Alguien vendrá y te meterá en una nave —dijo el capitán, pero las palabras le sonaron falsas incluso a él.
—Si lo hacen, espero que volvamos a encontrarnos.
La conexión se cortó y Numeon no consiguió volver a conectar.
El espeso humo empezaba a penetrar cada vez más en el valle y a depositarse en el punto más bajo de la cuenca donde las naves de desembarco alzaban el vuelo en acosadas bandadas. Dos ansiosas por despegar chocaron entre sí y ambas cayeron envueltas en llamas. Otra consiguió ganar altura y ascendía penosamente hacia la atmósfera superior cuando fue acribillada por fuego de cañón y se partió, las dos mitades incendiadas cayendo de vuelta al suelo.
Incluso consiguiendo descender de la cresta relativamente ileso, la huida no era ni mucho menos segura.
Cuando por fin alcanzó la zona de desembarco con Leodrakk, Numeon descubrió que la visibilidad era casi nula. Como alquitrán convertido en aire, la oscuridad era prácticamente absoluta. Los sentidos automatizados servían solo hasta cierto punto, pero Numeon logró llegar hasta una nave. Leodrakk daba boqueadas bajo aquel humo inmundo, tan espeso que habría matado a un hombre corriente. El guerrero iba aferrado al hombro izquierdo del capitán y dejaba que este lo guiara. Pero Numeon también tenía dificultades para avanzar. La nave de desembarco estaba ya lo bastante cerca como para tocarla pero la contaminación que los asediaba hacía imposible calcular la ubicación de la rampa de entrada o si esta estaba abierta. A través del áspero casco, Numeon percibió el temblor de los motores de la nave. Tendrían que subir a bordo ya o encontrar otra nave.
Una infernal lluvia de fuego cayó por todas partes a su alrededor; no habría otra nave. Ahí acababa todo; escapaban o morían.
Si tenía que ser lo último, Numeon se juró que caería luchando. Ya lo habría hecho de no ser por Leodrakk.
Saliendo de la oscuridad, una mano fue hacia ellos, y juntos entraron a trompicones en la cubierta de un Stormbird atestado. El interior estaba oscuro; el humo llenaba también la bodega y la iluminación interior estaba apagada. Numeon se dejó caer al suelo y rodó sobre la espalda, con el ojo ardiendo como si alguien le hubiera hundido un cuchillo retorciendo la hoja. Estaba herido de más gravedad de lo que había advertido en un principio, pues había recibido varios impactos durante el descenso mientras protegía a su hermano de la Pyre Guard. Leodrakk estaba de rodillas, expulsando el horrible humo de los pulmones.
La rampa de la nave de desembarco se cerraba. Los estremecimientos de los motores debido a una ignición rápida bamboleaban la bodega mientras el navío pugnaba por ganar altura. Al poco estaban ya en el aire, con los propulsores a toda potencia para alcanzar velocidad de escape. La rampa quedó sellada, la oscuridad pasó a ser absoluta.
Volviéndose sobre un costado, Numeon vio una solitaria banda luminosa brillando en la oscuridad.
—No te muevas, hermano —dijo una voz calmada y seria.
—¿Apotecario?
—No —respondió la voz—. Soy un morlock de los Iron Hands. Pergellen. No te muevas…
Luego la inconsciencia lo embargó y se sumió en ella.
Numeon abrió los ojos y acercó uno de los dedos a la herida que casi lo había dejado ciego. Todavía dolía; recordarla y lo que le traía a la mente era peor que el dolor mismo.
La caminata desde el acueducto, después de reunirse con Pergellen, Hriak y el humano, resultó más bien deprimente. Shen’ra había sido un camarada durante mucho tiempo y, a pesar de su carácter irascible, había forjado fuertes alianzas. Tanto Iron Hand como Raven Guard habían establecido vínculos afectivos con él a su manera. Fue duro enterarse de su muerte, aun cuando todos sabían lo que significaba su sacrificio. Tampoco Daka’rai volvería a ver otro amanecer, ni Ukra’bar, y la pesadumbre por su pérdida quedaba agravada por el hecho de saber que ambos Salamanders habían sido guerreros capaces y que su pequeña compañía se había reducido aún más.
Cuando Numeon había contado a Grammaticus la decisión que habían tomado de ayudarle finalmente, el humano había recibido la noticia con sombría determinación, como si supiera que aquello sucedería, o tal vez le contrariara lo que sucedería a continuación.
—¿Qué os ha hecho cambiar de idea? —había preguntado.
—Esperanza, fe…, esto —Numeon había mostrado la lanza a Grammaticus, pero no le había permitido cogerla—. Se queda conmigo hasta que podamos sacarte del planeta —había dicho, guardándola en la funda de su espada—. Y ¿adónde debes ir?
—No lo sé todavía. Esas instrucciones no se darán hasta que haya abandonado Traoris sano y salvo.
La conversación había finalizado ahí, ya que Numeon había ido a consultar con Pergellen cómo podrían enfocar un ataque a un puerto espacial fuertemente custodiado.
Utilizar el Arca de fuego quedó descartado de inmediato. Desde el inicio de la singular tormenta que mantenía a Ranos sumida en la oscuridad e inundaba el cielo de relámpagos multicolores, no había habido comunicación con la nave. Hasta donde sabían, podría haber sido destruida. Varios legionarios supervivientes habían sugerido tal cosa, hasta que Numeon les había hecho callar.
El capitán había mentido a Grammaticus. No era esperanza lo que les impulsaba, ni tampoco fe. Era un acto de rebeldía y una negativa a renunciar cuando todavía existía la posibilidad de conseguir algo que tuviera significado, aunque ese algo fuera simplemente venganza. Con sus últimas palabras, Skatar’var lo había ligado a esa promesa, y Numeon tenía intención de mantenerla. Todos la tenían.
Lejos del centro del crecimiento urbano descontrolado, la ciudad era menos densa y dejaba de ser un laberinto de calles. Los edificios elevados y amontonados daban paso a viviendas más pequeñas en forma de burbuja y puestos de avanzada. Allí estaban los vigilantes de las tormentas, los hombres y mujeres encargados de la peligrosa tarea de vigilar los campos de rayos y los páramos de cenizas que mantenían separadas cada una de las ocho ciudades. Incluso al otro lado de los desiertos grises que rodeaban Ranos, las descargas de rayos habían cambiado. Eran más violentas y ocurrían con mayor frecuencia, abriendo fisuras abrasadas en la tierra como si la naturaleza misma estuviera siendo herida por el ritual de los Word Bearers.
El puerto espacial ocupaba una meseta llana, que ascendía unos pocos cientos de metros por encima del paisaje urbano. Desde el desagüe del alcantarillado y el acueducto del valle situado abajo, los legionarios y el humano a su cargo habían ido en dirección al puerto, con la esperanza de hallar una ruta fuera del planeta para Grammaticus. Habían rodeado el borde de la meseta, sin hacer uso de las carreteras, ya que estaban muy bien vigiladas. Habían venido por abajo, a través de los afluentes que escupían las cloacas, yendo a parar muy cerca de los límites del puerto espacial, cuyas torres gris acero y cuya desierta pista de aterrizaje contemplaban en estos momentos. Como las criaturas deformes de los mitos de la infancia, Numeon y su maltrecha compañía se agazaparon bajo un puente enorme y parcialmente derrumbado: la acequia artificial que cruzaba seca y sin vida.
Sobre el puente y más allá de él, el tramo de calzada de Ranos estaba desprovisto de toda forma de tráfico. Un vehículo semioruga civil y un par de transportes de cargas más pesadas ofrecían una esquelética imagen ominosa con sus chasis quemados y ennegrecidos. El humo hacía tiempo que había dejado de ascender de los armazones de metal. Ahí, en el puerto espacial, era donde la cólera de los Word Bearers había caído primero, y con más violencia. No podían permitir que ningún navío escapara y diera la alarma. La XVII legión los había masacrado a todos y a todo, incluidos los vehículos.
Numeon estaba oculto por las sombras y la inadvertencia de sus enemigos mientras inspeccionaba el lugar con su mira. Sobre una losa junto a él estaban sus armas, el resto de su munición y el sigilo.
Oyó acercarse a Leodrakk y le vio coger el icono con el martillo que en una ocasión había pertenecido a su primarca y, tal vez, le pertenecería de nuevo.
—¿Lo crees? —preguntó el capitán, bajando la mira telescópica.
A su alrededor, diseminados a lo largo de la parte inferior del puente y ocultos por su voladizo, lo que quedaba de la destrozada compañía se preparaba para sus horas finales. Habían recogido y redistribuido todas las armas y munición que quedaban para asegurar que cada legionario podía combatir al máximo de su eficacia. En una ocasión habría sido tarea de Domadus, pero el Iron Hand ya no estaba y por lo tanto K’gosi había asumido su responsabilidad como intendente. También habían perdido a Shen’ra y a muchos otros que deberían haber tenido un final mejor. Numeon lo reconocía, todo ello. Se llevaría eso a su pira.
—¿Crees que Vulkan vive? —aclaró.
—Pronuncié las palabras, ¿no es cierto? —repuso Leodrakk, devolviéndole el sigilo—. ¿Todavía sigues intentando desentrañar sus misterios, Artellus?
Numeon echó una ojeada al martillo, a la gema tallada para formar la sección transversal.
—Desde que lo recogí del campo de batalla. Pero no tengo ni idea, me temo. Una gran parte del arte de Vulkan está más allá de mi comprensión. Es un dispositivo de alguna clase, no es simplemente ornamental. Había tenido la esperanza de que pudiera revelar un mensaje o algún fragmento de información para guiarnos… —Negó con la cabeza—. No lo sé. Siempre lo vi tan solo como un símbolo, algo que nos diera esperanza en nuestros momentos más difíciles.
—Y ¿es este, entonces, nuestro momento más difícil?
—Podría ser, pero no has respondido a mi pregunta. ¿Crees que Vulkan vive? Decirlo no significa creerlo.
La mirada de Leodrakk vagó hasta donde John Grammaticus estaba acurrucado en el suelo y murmurando para sí, con los brazos alrededor de las rodillas y la cabeza inclinada mientras intentaba mantener el cuerpo caliente. Hriak estaba a poca distancia, vigilando ostensiblemente al humano. Lo había resguardado psíquicamente de la capacidad para manejar la disformidad del clérigo, proyectando el destello espiritual de la esencia de Grammaticus hacia el exterior igual que un ventrílocuo proyecta la voz, para atraer a los Word Bearers a la trampa del desagüe. No había sido una experiencia agradable para el humano, pero el bibliotecario apenas lo había advertido, y le había importado aún menos.
—Veo algo en la lanza que enciende esperanza, la cual apenas ha sido un pobre rescoldo durante mucho tiempo —admitió Leodrakk, señalando la fulgurita que descansaba confortablemente en la vaina del capitán—.
Me he resistido porque tener esperanza por uno es tener esperanza por otro.
—Ska —supuso correctamente Numeon.
—Podría seguir vivo.
—Igual que todos nuestros hermanos de la Pyre, pero tengo mis dudas.
—Sabemos que no murió en la explosión —apuntó Leodrakk, y no pudo evitar que la voz tuviera un tono mordaz.
No fue hasta más tarde, cuando su nave de desembarco estaba en el aire y había conseguido pasar por entre los piquetes de los traidores que rodeaban Isstvan, cuando Numeon contó a Leodrakk que Skatar’var se había puesto en contacto con él. Sabía que Leodrakk habría querido regresar, que, a diferencia de él, no habría hecho caso de los deseos de su hermano. El legionario no protestó furiosamente ni golpeó a su capitán como este suponía que era su derecho. Simplemente se ensombreció, igual que una llama cuando la privan poco a poco de oxígeno.
—Te perdoné en ese momento en la nave cuando me lo contaste —indicó el guerrero.
—Tu perdón es irrelevante, Leo. O salvaba nuestras vidas o regresaba en busca de Skatar’var y firmaba nuestras sentencias de muerte. Tomé la decisión pragmática, la única que podía tomar en aquellas circunstancias.
Leodrakk desvió la mirada, más allá del puente y en dirección al puerto espacial. Incluso a tanta distancia, las patrullas eran visibles.
—¿Por qué me cuentas esto ahora, hermano? —preguntó Numeon.
—Porque quería que supieras que no había animosidad entre nosotros por esto. Habría querido regresar, y sé que los tres habríamos muerto. Aunque eso tampoco lo hace más fácil. Siempre habrá una parte de mí que se pregunte si podríamos haberle encontrado, si sobrevivió y pasamos por su lado sin verle, a solo unos metros de distancia.
—He tenido las mismas dudas con respecto a Vulkan, pero me atengo a mi decisión y sé que si se me volviera a presentar no me apartaría del rumbo que ya he tomado. La historia no puede borrarse y escribirse de nuevo. Está escrita, y todo lo que podemos hacer es desempeñar nuestro deber hasta la muerte, independientemente de lo que ansiemos para nosotros.
Pergellen les interrumpió a través del comunicador.
—Habla, hermano —dijo Numeon, reaccionando a la solicitud de comunicación del Iron Hand a la vez que activaba el microauricular insertado en la oreja.
—Veo a nuestros antiguos primos.
—¿Cuántos son?
—Más de los que a ti o a mí nos gustaría.
—En ese caso estas son nuestras horas finales.
—Eso parece, hermano —contestó el Iron Hand.
No había arrepentimiento ni pesar en la voz. No servía de nada. Solo quedaba un deber que llevar a cabo en ese momento.
Numeon dio las gracias al explorador y cortó la conexión.
—Que se preparen —dijo.
Leodrakk se daba ya la vuelta para cumplir la orden cuando Numeon le agarró del brazo.
—Lo sé, Artellus —le dijo el guerrero, dando una palmada al capitán en el hombro—. Por Shen, por Ska, por todos ellos.
Numeon asintió y le soltó.
—Lo cierto es que resulta más bien impresionante cuando lo miras desde esta distancia —comentó Numeon cuando Leodrakk se hubo ido.
El capitán contemplaba los fogonazos de los rayos sobre los páramos de cenizas.
—La palabra que acude a mi mente es «mortífero» —respondió Grammaticus, que se había levantado y estaba de pie junto al capitán de la Pyre.
—La mayoría de las cosas hermosas de la naturaleza lo son, John Grammaticus.
—No te tenía catalogado como filósofo, capitán.
—Cuando has visto la furia de la tierra de cerca, contemplado cómo montañas escupen fuego y el cielo enrojece con el color de las ascuas, reflejando su aliento abrasador en las nubes de ceniza sobre tu cabeza, aprendes a valorar la belleza que hay en ello. De lo contrario, ¿qué es lo que queda sino tragedia?
—Todo tiene que ver con la tierra —murmuró Grammaticus.
Numeon le miró de soslayo.
—¿Qué?
—Nada. Haces lo correcto.
—No necesito que tú me lo digas.
El Salamander se volvió para contemplar a Grammaticus. Desde su imponente altura, miró al humano con rostro inescrutable.
—Traicióname, y hallaré un modo de matarte. Si eso no funciona, te llevaré de vuelta a Nocturne y te mostraré esas montañas de fuego que he mencionado.
—Sospecho que no veré en ellas la belleza que tú ves, Salamander. Los ojos de Numeon parecieron arder impasibles.
—No, no la verás.
Detrás de él, el humano fue consciente de otra presencia. Numeon saludó con la cabeza al recién llegado.
—Hriak, ¿está todo preparado?
—Todo está en su lugar, el plan está listo —respondió él con voz áspera. Grammaticus enarcó una ceja.
—¿Qué plan?
Numeon sonrió. Podía advertir que aquello ponía nervioso al humano.
—Me temo que no te va a gustar.