Vulkan vive
Capítulo Treinta y uno. Portador del Amanecer
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Capítulo Treinta y uno. Portador del Amanecer
Capítulo Treinta y uno
Portador del Amanecer
Le puse el nombre de Portador del Amanecer por un motivo muy concreto.
Los nombres son importantes para las armas, asignan significado y sustancia a lo que de otro modo podrían ser simples herramientas para la guerra. Curze jamás prestó demasiada atención a eso. Sus inquietudes son menos sentimentales, más sanguinarias. Para mi ignorante hermano, una pértiga de metal afilado es tan buena como la mejor espada de un maestro artesano si mata de igual manera. Esta fue su equivocación, este fue el motivo de que yo forjara el martillo como lo hice. Portador del Amanecer era diferente. Traería, literalmente, la luz.
Y en ese momento lo tenía delante en el centro del laberinto de Perturabo, pero no fue el martillo lo que primero atrajo mi mirada.
Los dos estaban muertos. Lo supe antes de cruzar el umbral pero, aun así, lloré por ellos ante la visión de sus cuerpos desangrados.
—¿Estaban muertos antes de que entrara siquiera en este lugar? —pregunté.
Ante mi sorpresa, Curze contestó:
—Antes de que subieras a bordo de mi nave.
La voz era incorpórea, pero provenía de algún lugar de la estancia central.
Nemetor, por supuesto. Tenía que ser él. Era el último de mis hijos al que vi. Curze sabía que eso engendraría una combinación especial de dolor para mí. El otro me produjo una clase de pena distinta, pues formaba parte de una hermandad que durante mucho tiempo había considerado como mi consejo.
—Skatar’var… —susurré el nombre a la vez que alzaba la mano para tocar su cuerpo convertido en esqueleto, pero no llegué a entrar en contacto por muy poco.
Apartando la mirada de mis hijos muertos, contuve el impulso de cortar las cuerdas de las que colgaban igual que piezas de carne y en su lugar me concentré en el Portador del Amanecer.
El martillo estaba exactamente tal como lo recordaba. Parecía de lo más inofensivo descansando en una peana de hierro, aunque puedo decir con toda humildad que es el arma más magnífica que he creado jamás. Brillaba en un lugar que era feo y ordinario en comparación.
El corazón del Laberinto de Hierro era una sala octogonal, sostenida por ocho columnas gruesas. El oscuro metal parecía embeber la luz, absorberla como obsidiana al interior de sus facetas. Pero no era más que hierro, las paredes, el techo, el suelo. Era pesado y denso con poca cosa en lo referente a decoración…, o eso creí en un principio.
Mientras permanecía allí sin hacer nada, empecé a discernir formas forjadas en el metal. Eran rostros, que chillaban, aprisionados para siempre en instantes de absoluta agonía. Debajo de cada uno de los arcos con los que colindaban las columnas colgaba una estatua grotesca y deforme. Eran criaturas monstruosas, arrancadas de los sueños febriles de un demente y atrapadas en imágenes de hierro. No había dos iguales. Algunas tenían cuernos, otras alas o pezuñas bestiales, plumas, garras, un pico curvo, unas fauces dilatadas. Eran espantosas y repelentes, y era incapaz de imaginar qué había empujado a mi hermano a esculpirlas.
De ser aquella estancia un corazón, sería un órgano ennegrecido y canceroso cuyo lento latido sería como el repicar de la muerte.
Al no ver qué otra cosa podía hacer, fui hasta la peana y alargué la mano para coger el martillo. Alguna especie de campo de energía me lo impidió, emitiendo un actínico fogonazo de luz al tocarlo que me hizo retroceder.
—No pensarías que te permitiría cogerlo sin más, ¿verdad?
La voz de Curze se dejó oír desde todas partes y desde ninguna, como había sucedido antes.
Me alejé de la peana, y la puerta por la que había entrado en el corazón del laberinto se cerró a mi espalda mientras yo contemplaba las sombras con recelo. No tenía intención de salir de allí. No había escapatoria de ese modo. El fin de mi tormento estaba ahí dentro con mi hermano. Con la entrada sellada ya, la oscuridad reinó por completo. No había esferas de lumen, braseros ni faroles de ninguna clase. Volví a tocar el campo de energía, dando lugar a que un destello de luz recubriera brevemente el martillo antes de volver a extinguirse como la llama de una vela. El fogonazo me proporcionó poca luz con la que ver, aunque me di la vuelta cuando me pareció ver que una de las estatuas empezaba a moverse.
—Estas tácticas del miedo podrían funcionar con mortales pero yo soy un primarca, Konrad —declaré, dando gracias a mi padre por obsequiarme con estos últimos momentos de lucidez, que necesitaría para enfrentarme a mi hermano ahora—. Uno digno de ese nombre.
—Me consideras indigno, ¿no es así, Vulkan?
Su voz venía de detrás de mí, pero sabía que era un ardid y resistí la tentación de volverme hacia ella.
—No importa lo que piense, Konrad. Ni lo que piense el resto de nosotros. Contemplas tu propio reflejo, hermano. ¿No es eso lo que ves?
—No conseguirás provocarme, Vulkan. Hemos llegado demasiado lejos, tú y yo, para eso.
—¿Pensabas que no habría espejos en la oscuridad, nada que reflejara tu despreciable personalidad? ¿Es por eso que te agazapas ahí, Konrad?
Empecé a darme la vuelta, percibiendo la cercanía de mi hermano, por no decir su presencia misma. Poseía un don no muy distinto al de Corvus —a pesar de mis pullas sugiriendo lo contrario—, aunque su metodología no tenía nada que ver con la del señor de los cuervos.
—¿Me buscas, Vulkan? ¿Deseas tener tu oportunidad otra vez, como la tuviste en Kharaatan?
—¿Por qué tendría que querer yo eso? Eres inferior a mí, Konrad. En todos los aspectos. Siempre lo has sido. El señor del miedo carece de reino, no tiene otros súbditos que los cadáveres que deja. No tienes nada, no eres nada.
—¡Soy el Acechante Nocturno!
Y por fin Curze cedió a su odio hacia sí mismo, a su negación patológica, y se mostró ante mí.

En el corazón del laberinto, Curze finalmente se enfrenta a Vulkan.
Una de las estatuas que colgaba de una arcada, una criatura con aspecto de quiróptero que confundí con una gárgola esculpida, desplegó poco a poco las alas y se dejó caer al suelo. Era él, y blandía una larga espada dentada.
—Los dos somos unas armas muy salvajes, Vulkan —me dijo—. Deja que te lo muestre.
Arremetió contra mí, riendo.
—Nunca envejeces —dijo, volviendo a asestarme un tajo que dejó una herida profunda.
Proferí un grito pero mantuve la suficiente serenidad para asestarle un puñetazo en el cuello. Ni siquiera su armadura podía protegerlo de mis puños de herrero. Yo había doblado metal, sujetado carbones encendidos. Era tan inviolable como el duro ónice de mi piel, y dejé que mi hermano sintiera cada onza de esa fuerza.
Se tambaleó, asestando violentos mandobles, y consiguió alcanzarme justo sobre el ojo izquierdo cuando avancé. Un golpe corto dirigido a la garganta desnuda erró el blanco y fracturó en su lugar el pómulo derecho de Curze. En respuesta, él me ensartó la pierna izquierda, arrancando la hoja y algo de carne antes de que pudiera atraparla. Trastabillé entonces y Curze se escabulló por entre mi torpe gancho de derecha para descargar la espada sobre mi clavícula. Alcé el antebrazo justo a tiempo y noté cómo los dientes del arma se clavaban en hueso. A continuación cargué con el hombro, intentando no prestar atención al terrible dolor que descendía abrasador por todo el brazo. Le oí lanzar un gruñido cuando mi cuerpo fue a estrellarse contra su torso.
Curze intentó tomarlo a broma, pero el pómulo partido le dolía y mi embestida le había dejado casi sin respiración.
Por el rabillo del ojo, pude ver a Ferrus contemplando el desigual duelo. Ya no era el espíritu cadavérico en que yo lo había convertido. La Gorgona volvía a ser tal y como era, tal y como yo quería recordarlo. Ya no me reprendía, y en su lugar percibí en él un deseo apremiante de que yo triunfara.
—Deja que te cuente un secreto, hermano —dije, sin aliento.
Estábamos a unos cuantos palmos de distancia, maltrechos pero reagrupándonos para otro asalto. Divertido, me pidió que continuara.
—De todos nosotros, padre me hizo el más fuerte. Físicamente, no tengo igual entre mis hermanos. En las jaulas de entrenamiento acostumbraba a contenerme…, en especial contra ti, Konrad.
Todo el regocijo desapareció del ya pálido rostro de Curze.
—Soy el Acechante Nocturno —siseó.
—¿Cuál era tu don, Konrad? —pregunté, y retrocedí al mismo tiempo que él avanzaba con la espada en una posición baja.
—Soy la muerte que acecha en la oscuridad —respondió, orientando la hoja de modo que hendiera mi estómago y derramara mis vísceras.
—Siempre fuiste el más débil, Konrad. Yo sí que tenía miedo, lo admito, pero era debido al temor de hacerte daño. No obstante, ya no tengo necesidad de contenerme —dije, sonriendo ante el creciente odio que veía en mi hermano—. Ahora puedo mostrar hasta qué punto soy mejor que tú.
Poseído por una furia repentina, Curze arrojó la espada al suelo y se lanzó sobre mí sin más armas que las manos. Yo sabía que eso iba a suceder y había alterado mi posición solo levemente de modo que estuviera preparado para el ataque. Le dejé asestar el primer golpe. Fue feroz y me arrancó un pedazo de carne de la mejilla. Intentó agarrarme la garganta, con las garras listas para cortar, los dientes al descubierto en un gruñido salvaje…, antes de que yo cerrara el puño alrededor de su antebrazo, me echara hacia atrás y usara su impulso para lanzarlo hacia arriba y por encima de mí.
En la fragua, el balanceo del martillo lo es todo. Dar forma al metal, doblegarlo a mi voluntad: es el arte del herrero. Por su naturaleza, el metal es inflexible. Parte la piedra, hiende la carne. La fuerza no es suficiente. Hace falta destreza y sincronización. Hay que discernir cuándo el martillo ha alcanzado su ápice, cuando el golpe es el más puro; eso es lo que yo sabía. Me lo inculcó mi padre nocturneano, N’bel.
Utilicé sus lecciones en ese momento, levanté a mi hermano como el herrero levanta el batán y lo dejé caer violentamente sobre la peana de hierro, mi yunque. Un chasquido agudo y una oleada de luz que pintó la estancia de diferentes tonalidades de azul precedieron a la desintegración del campo de energía. Curze lo partió con la espalda, con el cuerpo. Mientras rebotaba con fuerza en el suelo de hierro, la energía discurrió por todo él, incendiando terminaciones nerviosas y abrasando cabello y cuero cabelludo. Rodó por el suelo con lo que quedaba del impulso tomado, con humo emanando de las placas de la armadura.
Me incliné sobre el suelo y recogí el martillo caído. Me produjo una sensación agradable volver a tener el Portador del Amanecer en la mano, y pasé el pulgar por el perno de activación que había colocado en la empuñadura.
—No tendrías que haberme conducido hasta aquí, Konrad —le dije. Mi hermano seguía hecho un ovillo en el suelo y dando sacudidas debido a los picos de energía del escudo de fuerza. En un principio pensé que sollozaba, que su vergüenza y el asco que sentía por sí mismo habían vuelto a sumir a mi pobre hermano en la melancolía, pero me equivocaba.
Curze volvía a reír.
—Lo sé, Vulkan —dijo, una vez recuperada algo de su compostura—. Tu baliza no funcionará. Esta sala es a prueba de teletransportes. Nada entra ni sale si no es por esa puerta que tienes detrás. —Sufriendo aún los temblores secundarios producto de la absorción del campo de energía, Curze consiguió ponerse en pie—. ¿Creías que me habías dominado, hermano? ¿Creías que habías conseguido embaucarme para que te dejara escapar? —Sonrió burlón—. La esperanza es cruel, ¿verdad? La tuya era falsa, Vulkan.
Antes de que pudiera impedirlo, hizo girar algo en su avambrazo, activando algún sistema sintonizado con la armadura.
Al oír el rotar de engranajes, me preparé para lo que fuera a suceder. Esperaba otra trampa mortal, una prolongada caída a una mazmorra aún más profunda. En vez de eso, vi que el suelo retrocedía bajo mis pies, dejando una malla resistente que sostenía nuestro peso y que me permitía ver a través de ella.
Había otra estancia debajo del corazón del laberinto, pero no era más que una celda fría y húmeda. No, no era una celda: era una tumba. Débiles tiras de lumen titilaban en la cripta oculta, y la combinación de sus sombras y luces mostró cientos de cuerpos. Humanos y legionarios, prisioneros del Acechante Nocturno, languidecían en la penumbra. Estaban muertos, pero antes de que murieran habían sido torturados y vejados.
—Esta es mi auténtica obra de arte —reveló Curze, señalando con un ademán a los asesinados como un pintor lo haría con su lienzo terminado—, y tú, Vulkan, el rey inmortal presidiendo sobre los angustiados difuntos, eres mi broche de oro.
—Eres un monstruo —musité, con los ojos desorbitados por aquel horror.
—Dime algo que no sepa —siseó.
Sosteniendo su mirada de demente, decidí complacerle.
—Tienes razón —concedí, levantando el Portador del Amanecer para que pudiera verlo—, lo creé como un teletransportador, un medio de escapar incluso de una prisión como esta. Confiaba en que me conducirías hasta aquí, en que necesitarías enfrentarte a mí una última vez. Al parecer conseguiste engañarme para que creyera que no habías tenido esto en cuenta. —Bajé el arma y dejé que el peso de la cabeza tirara hacia abajo del mango hasta que mi mano sujetó justo el extremo de la empuñadura—. Pero te olvidas de una cosa…
Curze se inclinó al frente, como si estuviera ansioso por oír mis palabras. Creía que me tenía, que jamás escaparía de su trampa.
Estaba equivocado.
—¿De qué, hermano?
—También es un martillo.
El golpe le alcanzó en toda la barbilla, un salvaje movimiento ascendente que alzó a Curze del suelo y volvió a arrojarlo al suelo con la terrible fuerza del impacto. Se alzó sobre una rodilla antes de que volviera a golpearle, esta vez sobre el omóplato izquierdo, donde le partí la hombrera por la mitad. Clavé un golpe corto en su estómago antes de volver a balancear el arma para asestar un segundo impacto que lo puso en pie.
Curze estuvo a punto de volver a caer cuando me abalancé sobre él, presionando el mango del martillo contra su garganta a la vez que lo empujaba hasta que chocó contra la pared. Tenía la gorguera partida y colgaba suelta, de modo que mantuve el mango contra la tráquea y presioné sobre ella, con una mano en el pomo y la otra en la cabeza del martillo, y poco a poco empecé a aplastar el hueso.
Sangre y saliva salpicaron la armadura de Curze, escupidas por una boca que todavía sonreía.
—Sí —me dijo medio asfixiado—. Sí…
Era tan despreciable que deseé matarle, poner fin a su padecimiento y obtener una cierta venganza por todo el sufrimiento que nos había causado a mis hijos y a mí.
—Vamos… —Los ojos de Curze suplicaban, y comprendí que quería aquello.
Ya desde Kharaatan lo había querido. No todos los resquicios de debilidad que había visto en ese lugar eran fingidos. Curze realmente sentía odio por sí mismo, hasta tal punto que quería que aquello terminara. Si lo mataba, él tendría todo lo que quería, la muerte y un medio de hacerme descender a su despreciable nivel.
—Estoy condenado, Vulkan… —jadeó—. ¡Ponle fin ahora!
El abismo latía en el borde de mis pensamientos, negro y rojo, el monstruo reptaba hacia lo alto desde sus profundidades para hacerme suyo. Eran tantos los muertos, casi podía oír a los cadáveres instándome a que lo hiciera, que los vengara.
Y entonces vi a Ferrus, con el rostro orgulloso y noble contemplándome, el amado hermano mayor.
—Hazlo… —insistía Curze—. No haré más que volver a matar, cogeré a otro para divertirme. Corax, Dorn, Guilliman… A lo mejor atraparé al León cuando lleguemos a Tramas. No puedes arriesgarte a dejarme vivir.
Le solté, y cayó con las manos aferrando su garganta, mientras respiraba entrecortadamente para devolver el aire a los pulmones. Me fulminó con la mirada; desde debajo de los lacios cabellos, tenía los ojos llenos de furia asesina. Le había despreciado; y lo que era aún peor: le había dejado vivir cuando tenía motivos suficientes para no hacerlo y había demostrado que estaba solo en su depravación.
—No puedes escapar —escupió—. Jamás te dejaré ir.
Bajé la mirada hacia él, llena de compasión.
—Te equivocas sobre eso también. Ninguna artimaña de la que dispongas podrá retenerme aquí ahora, Konrad. —Blandí el martillo, sosteniéndolo en alto como si fuera mi estandarte—. Tus amortiguadores de señal son inútiles. Podría haberme ido en cuanto cogí el martillo de tu jaula, pero elegí quedarme. Quería hacerte daño, pero lo que más quería era saber que podía perdonarte la vida. Sí somos parecidos, Konrad, pero no de ese modo. Nunca de ese modo. Pero si vuelvo a verte, te mataré. Pronuncié esas últimas palabras entre dientes, con la cordura colgando de un hilo finísimo mientras la gracia que Verace me había concedido se desvanecía finalmente. O ¿tal vez fue mi propia determinación lo que había protegido mi mente, en un último esfuerzo hercúleo por evitar la locura? Jamás lo sabría.
Presionando el perno del mango del Portador del Amanecer, cerré los ojos y dejé que el fogonazo del teletransporte me envolviera.