Vulkan vive

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Capítulo Treinta y dos. Campos de rayos

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Capítulo Treinta y dos. Campos de rayos

Capítulo Treinta y dos

Campos de rayos

K’gosi estaba muerto. La última ráfaga le había atravesado la coraza pectoral y se había llevado con ella la mayor parte del torso superior.

—Hermano… —gruñó Leodrakk, devolviendo el fuego a través de la oscuridad y la acumulación de humo de disparos⁠—. ¡Vulkan vive! —⁠gritó en un intento de hacerse oír por encima del estruendo de armas automáticas.

Los restos de su compañía estaban inmovilizados. Un fuego virulento estallaba sobre sus cabezas, rociando a los acurrucados guerreros con chispas y metralla procedentes de la lenta desintegración del refugio en el que estaban.

Una entrada secundaria les había permitido llegar hasta allí, dejando atrás las primeras patrullas y la entrada exterior. El puerto espacial estaba basado en tres anillos concéntricos, cada uno reduciéndose en dirección al centro donde estaba la pista principal de aterrizaje. Todas las naves de los alrededores del complejo habían sido destruidas, dejando tan solo las de la parte central.

Por desgracia, esa zona había resultado ser la más fuertemente custodiada, y la entrada secundaria un señuelo para atraer a la maltrecha compañía al interior. A unos pocos cientos de metros de distancia, tres transbordadores, así como las propias naves de los Word Bearers, estaban listos para despegar.

A pesar de su desafío, Leodrakk sabía que jamás conseguirían llegar hasta ellos. Según su monitor retinal, únicamente quedaban seis legionarios en pie. El resto estaban heridos o muertos.

A la vez que disparaba, gritó por el comunicador:

—Ikrad, ordena a tus hombres que avancen. ¡El resto, fuego de cobertura!

Tres Salamanders avanzaron, moviéndose muy despacio a lo largo de una sección de pasillo que dominaban torres pórtico que conducían a la pista de aterrizaje. G’orm cayó antes de alcanzar el siguiente punto en el que poder refugiarse, un hueco reforzado con un contrafuerte en el que apenas cabían Ikrad y B’tarro.

Incluso con los sentidos automatizados era difícil saber a cuántos se enfrentaban. Entre ráfagas de fuego, Leodrakk intentó contar las siluetas en servoarmadura que bloqueaban el final del corredor, pero cada vez que lo hacía más se añadían a la horda.

Los Word Bearers resistían y no mostraban indicios de ir a permitir que los Salamanders se abrieran paso. Leodrakk se asomó fuera de su refugio para echar una segunda mirada. Un obús silbó cerca de su cabeza, con el sonido al rebotar en el casco amplificado por los sentidos automatizados. Sigilos de alarma descendieron en tropel por el dañado monitor retinal. Había escapado por los pelos, pero aún mantenía la cabeza pegada al cuerpo. Por el momento.

La voz de Ikrad crepitó en el comunicador.

No veo al clérigo.

Yo no puedo ver casi nada —⁠dijo Hur’vak en tono cortante.

—No importa —replicó Leodrakk—. Mantened su atención centrada en nosotros. Mantenedlos aquí.

—Eso puede resultar problemático, hermano —⁠indicó Kronor, señalando detrás de ellos en dirección a donde podía oírse a un segundo contingente de Word Bearers colocándose en posición.

Bajo el visor, Leodrakk sonrió. No tenía demasiada munición y sospechaba que a sus hermanos les sucedía lo mismo. El fuego de bólter llovía desde el final del pasillo ahora, acentuado por algún que otro fogonazo de un volkite, y desportillaba los contrafuertes de hierro y las columnas donde estaban refugiados los Salamanders. Pronto los acribillaría desde ambos lados y eso pondría fin al ataque.

Mascullando un juramento por Skatar’var, Leodrakk se dirigió a lo que quedaba de sus hombres.

—¿Cómo se enfrentan los Salamanders a sus enemigos? —⁠preguntó.

—Ojo con ojo —le llegó la respuesta al unísono.

—Y diente con diente —finalizó Leodrakk, desenvainando la espada.

Lanzó un rugido y se alzó. Los demás gritaron tras él, decididos a morir empuñando las armas y recibiendo heridas de cara. Fue una carga gloriosa pero breve.

—¡Vulkan vive!

Andanadas de rayos danzaban raudas y violentas sobre el desierto. Cubierto por la capa de dragón de Numeon, Grammaticus los observaba con recelo.

—Nos matarás a todos aquí fuera —⁠dijo, con la voz amortiguada a través del reinhalador.

Era el que usó en la excavación, la única parte de su equipo original que todavía le acompañaba, no así el personaje al que había pertenecido. Además de los rayos, que resquebrajaban el cielo en un sistema circulatorio de venas y afluentes en arco, tormentas de cenizas barrían los páramos. La arenilla y las partículas de mineral eran tan abrasivas como el cristal, y letales cuando se levantaban del suelo a velocidades cercanas a las de un huracán. Si bien no eran un obstáculo para un legionario con armadura, podían resultar fatales para un mortal.

Hriak desviaba la peor parte con un escudo cinético psíquico que había alzado y que mantenía ante ellos con un concienzudo esfuerzo. Aquello estaba agotando al bibliotecario, que no había hablado desde que los tres habían entrado en los campos de rayos.

—Estar aquí fuera es lo que nos está manteniendo con vida, John Grammaticus —⁠respondió Numeon.

Al igual que Hriak, su armadura estaba recibiendo un terrible castigo allí fuera en medio de la tormenta, y ya gran parte de la pintura verde había quedado corroída por los vientos llenos de cenizas rasposas. Desde la llegada al planeta, las tormentas habían empeorado. Su caminata inicial a la ciudad en sí fue mucho menos traicionera. De algo sí podían dar gracias: de momento habían evitado los relámpagos. Un rayo cayó a poca distancia, rociando el aire con arena cristalizada.

—Todas las pruebas indican lo contrario —⁠dijo Grammaticus, viendo la negra cicatriz que había dejado el rayo⁠—. Creo que habría preferido estar con nuestros camaradas en el puerto espacial.

—No, no lo habrías preferido —⁠replicó Numeon en tono amenazador, y ahí finalizó la discusión⁠—. La nave no está lejos. Además —⁠añadió, echando una ojeada a lo lejos, a las dunas que se alzaban mucho más allá a la derecha del grupo⁠—, no estamos desprotegidos.

Pergellen sabía que a Numeon le exacerbaba tener que dejar atrás al resto. Al fin y al cabo, era Leodrakk quien se había ofrecido voluntario para conducir al resto de la compañía al interior del puerto espacial de modo que el capitán de la Pyre y el Raven Guard pudieran llegar hasta un medio alternativo de huida. Atacar el puerto espacial jamás había sido viable. Fue descartado ya antes de ser planteado, pero el enemigo no lo sabía. Resueltos a matar a los intrusos que habían interferido con sus planes, los Word Bearers habían concentrado todos sus efectivos en el equipo que atacaba el puerto espacial. Nadie vería a los tres viajeros solitarios que afrontaban insensatamente los campos de rayos. Al menos, esa era la teoría. Pergellen habría permanecido con el grupo de distracción también, de no ser porque se había considerado prudente asegurar aún más el poder sacar al humano del planeta. La mira de su arma los vigilaría y rastrearía los páramos de cenizas en busca de legionarios errantes que se hubieran olido la estratagema y hubieran decidido ir de caza.

Yacía totalmente plano contra el suelo, con el abrasivo viento de cenizas arañando el generador de energía y los hombros mientras apuntalaba el rifle bajo la barbilla. Su ojo no había abandonado la mira desde que hubo encontrado su posición en la duna. Era un buen puesto de observación, lo bastante alto como para permitir una cobertura decente pero suficientemente bajo para que no destacara. También era sólido, con una cresta de lecho de roca descansando bajo toda aquella ceniza.

Primero siguió a Hriak, luego a Numeon, y por fin a Grammaticus, dejando que la retícula del objetivo se posara sobre la cabeza encapuchada del humano. Luego volvió a dirigir la mira hacia los páramos para ver si los seguían.

«Por ahora, todo bien…».

Según sus cálculos, el lugar de aterrizaje no estaba lejos, y una vez allí localizarían la cañonera que habían ocultado tras descender al planeta. La otra nave operativa ya no. Estaba lejos de su alcance, pero Pergellen había trazado una ruta de regreso a ella por si acaso aún era posible una evasión.

Una breve ventisca de cenizas pasó veloz sobre el Iron Hand, ensuciando la lente de la mira. Mantuvo la posición, pero al atisbar por la mira ahora obstruida le pareció distinguir tres grandes figuras humanoides avanzando de cara a la tormenta. La visibilidad era ya pobre, y la lente sucia la empeoraba. Pergellen consideró la posibilidad de dar la voz de alarma pero decidió no hacerlo por si el tráfico de comunicaciones por audio estaba siendo monitorizado de algún modo. Dudaba que fuera Leodrakk o cualquiera de sus hombres, pero tenía que estar seguro si iba a eliminar a alguien. Alzó el cuerpo sobre los codos, e iba a limpiar la mira cuando oyó un crujido apenas perceptible de arena desplazada detrás de él.

—Ponte en pie y date la vuelta. No pienso dispararte por la espalda —⁠ordenó una voz bronca.

Era la primera vez que la oía, pero Pergellen supo instintivamente a quién pertenecía. Con esa información en mente, aflojó la sujeción de la pistola de proyectiles explosivos que llevaba en la cadera.

—¿Honor? —inquirió Pergellen, levantándose⁠—. Tenía entendido que la decimoséptima había dejado atrás tales escrúpulos hace tiempo.

—Sirvo a mi propio código. Ahora date la vuelta.

El Iron Hand así lo hizo y vio a un guerrero con una armadura roja y negra llena de abolladuras y manchas. Lo recordaba del lugar de la emboscada, del ataque al manufactorum y de la escaramuza en el desagüe del alcantarillado. Parecía que el Word Bearer también lo recordaba a él.

—Eres el explorador —dijo asintiendo.

Pergellen se preguntó si lo había hecho como una muestra de respeto.

—Y tú eres el cazador.

El guerrero volvió a asentir.

—Barthusa Narek.

—Verud Pergellen.

—Tu destreza es impresionante, Pergellen —⁠admitió Narek.

—Bien, no creo que estemos aquí para intercambiar impresiones, ¿o sí?

—En efecto. Habría preferido enfrentarme a ti rifle contra rifle, pero no hay tiempo para eso ahora. —⁠Parecía casi apenado⁠—. En lugar de eso, nos queda la pistola o la espada.

En cuanto lo había visto, Pergellen había catalogado y evaluado la amenaza de cada una de las armas del cazador. Parecían consistir principalmente en armas blancas, pero también tenía una pistola de cartuchos explosivos y el rifle de francotirador que en aquellos momentos apuntaba al corazón del Iron Hand.

—¿Te parecen bien estos términos? —⁠preguntó Narek.

—¿Por qué haces esto?

—Doy por supuesto que no te refieres a las acciones de mi Legión, ni a mi lealtad a ella. Si lo que creo que preguntas es por qué no me he limitado a ejecutarte donde estabas y por qué te estoy concediendo una posibilidad de matarme, la respuesta es simple. Necesito saber… quién es el mejor.

Agachándose, sin que los ojos se apartaran de Pergellen ni un segundo, soltó la correa del rifle de encima del hombro y depositó el arma sobre la cresta delante de él. Luego se puso en pie.

—Ahora estamos en igualdad de condiciones, de modo que lo repetiré, ¿pistola o espada?

El viento lleno de cenizas aullaba y la arenilla restallaba alrededor de los dos legionarios colocados el uno frente al otro sobre la duna. Pergellen calculó que había poco más de cuatro metros entre ellos. Tenía que poner fin a aquello con rapidez. Enemigos empezaban a converger sobre Numeon y el resto. Por lo menos, tenía que enviar una advertencia, pero no antes de que se ocupara de esto. Tomó una decisión.

—Es una oferta justa —dijo—. ¿Espada?

—Muy bien.

Cada legionario echó mano a su pistola, sabiendo que el otro haría lo mismo. Un único disparo resonó. Narek fue más rápido.

Numeon miró en dirección a la cresta, siguiendo la detonación de una pistola que oyó incluso por encima de la tormenta. Un rayo hendió el suelo frente a él y arrojó al capitán al suelo de espaldas, con la armadura soltando humo.

En ese mismo instante volvió la cabeza y vio a los guerreros detrás de ellos. Contó a tres, y avanzaban con rapidez por entre la arremolinada ceniza. Titilaban, como el resplandor de un espejismo, primero lejanos, luego más cerca, y más cerca aún. Usaban artificios de la disformidad.

—¡Hriak! —gritó a voz en cuello, levantándose con torpeza.

En la lejana elevación, aquella en la que Pergellen debía estar vigilando, vio una sombra caída y otra en pie, que desaparecía en la tormenta mientras retrocedía.

—Prepárate —susurró el bibliotecario a Grammaticus.

Acto seguido echó a correr, pero no en ayuda de Numeon. Pasó junto al capitán sin dedicarle ni una mirada, pues había percibido al psíquico que había entre ellos.

—Es el clérigo —chilló—. Lo siento, Artellus, debe de haber seguido mi rastro psíquico al interior de los páramos.

Numeon volvía a estar en pie y corría ya hacia Grammaticus, que avanzaba penosamente por entre la tormenta. Sin el escudo cinético estaba recibiendo una buena paliza. Únicamente el pellejo de dragón lo mantenía con vida.

—¿Dónde está vuestra maldita nave? —⁠le espetó, irritado, desde el interior de la capa.

—Cerca.

—¿Escondisteis una nave aquí fuera? —⁠preguntó Grammaticus.

—Yo no…, mis hermanos cuervos —⁠dijo Numeon⁠—. Era indetectable.

Dirigió su atención a Hriak, que había empezado a trazar dibujos arcanos en el aire ante él.

—¿Hermano? —llamó Numeon.

Seleccionó con un guiño del ojo un icono de proximidad que hacía poco que había empezado a parpadear en la zona de su monitor retinal que todavía funcionaba, y señaló la tormenta.

Al mirar en la dirección que Numeon había señalado, Grammaticus reparó en una silueta voluminosa que asomaba a través de la neblina de cenizas.

«Oculta a plena vista, usando la tormenta para esconderla», pensó Grammaticus, «Qué propio de la decimonovena».

—Vete, sácalo de aquí —dijo Hriak⁠—. Yo me ocuparé de esto. El banquete de los cuervos ya se ha retrasado demasiado para mí. Victorus aut mortis.

Numeon volvió a dirigirse hacia el humano.

—¿Estás bien, estás…?

Grammaticus le apuntó con el puño. Algo centelleó en el anillo que llevaba.

—Mejor que tú, me temo.

El rayo láser acuchilló la lente retinal del capitán, quemando el ojo y abrasando el rostro. El legionario profirió un grito de dolor, llevándose la mano al ojo; el traumatismo le hizo caer de rodillas. El rayo lo había golpeado y le había quebrado parte de la armadura. La herida no coagulaba como era debido, la fisiología potenciada de Numeon estaba anulada por algo que había en la tormenta, algo que el clérigo había introducido. Todo ello hacía que el ojo ardiera aún más dolorosamente.

Medio ciego, trató de agarrar al humano, con la intención de machacarlo esta vez.

Grammaticus le había golpeado con una potente descarga. Mientras los legionarios urdían su ataque al puerto espacial y esa astuta finta para llevarlo a otra nave, él había estado alterando la tecnología del anillo. El disparo había usado toda la energía. El arma digital ya no servía y no volvería a cargarse, pero había perforado las defensas del legionario y lo había dejado fuera de combate el tiempo necesario para escabullirse de sus garras.

Cogió a toda prisa la fulgurita de la vaina de la espada de Numeon y esquivó con habilidad el intento de atraparlo del Salamander.

—Lo siento —dijo Grammaticus, la voz tornándose más distante cuanto más lejos corría⁠—, pero me estorbabas.

Corriendo con todas sus fuerzas contra la tormenta, llegó hasta la nave. La suave vibración de los motores de turbina resultaba evidente tan de cerca, y ahora que estaba junto al vehículo podía verlo con más claridad. Miró atrás en busca de alguna señal de sus captores.

A lo lejos centellearon rayos que no eran producto de la tormenta. Iluminaron a tres figuras, con armadura de combate de legionario. Una cuarta, el Raven Guard, se enfrentaba a ellas. Numeon seguía en el suelo pero empezaba a levantarse.

Grammaticus podía pilotar la nave sin la ayuda de los Salamanders, pero sabía que no disponía de mucho tiempo para subir a bordo y salir de allí. Dio la vuelta hasta la rampa de acceso posterior y paró.

Algo goteaba a través de la escotilla posterior de acceso, como si alguien hubiera abierto una válvula y llenado la bodega de agua. Ese algo era oscuro, turbio, y apestaba a aguas estancadas. Había algo que no estaba bien en ese lugar, en esa ciudad, Grammaticus lo había percibido nada más aterrizar en el planeta con Varteh y los otros. No tenía arma; el anillo estaba inservible, y por lo tanto solo podía confiar en su propio ingenio. En aquel instante parecía más que un poco precario.

Grammaticus golpeó el icono que abría la escotilla y se preparó para lo que hubiera dentro. Su intención había sido saltar a la rampa de la cañonera mientras todavía descendía, correr a la cabina y abandonar Traoris de una vez por todas, pero la figura de pie ante él le impedía el paso.

Atrapado durante tanto tiempo en la cuenca de drenaje, todos esos años… El agua no le había tratado bien. Grammaticus no era capaz de recordar su nombre, pero la criatura que le miraba con ira a través de mechones de pelo lacia que colgaban sobre el rostro hundido sí que conocía a Grammaticus.

Retrocedió por instinto, sintiendo un dolor punzante en el tobillo donde las cinco ronchas diminutas todavía eran visibles en la carne.

—Tú no eres… —empezó a decir, pero ¿cómo podía estar seguro?

Todas las cosas que había visto, todas las acciones que había llevado a cabo…

El muchacho ahogado avanzó hacia Grammaticus, con andar pesado y vacilante, dejando un rastro de agua de cloaca tras él.

Un trauma de la infancia, uno de su primera vida; ¿por qué eclipsaba ese horror a todos los demás?

Retrocedió y descubrió que una rígida armadura le impedía seguir con su retirada. Se volvió para enfrentarse a su atacante, sabiendo que el juego había tocado ya a su fin.

—Vas en la dirección equivocada si quieres escapar —⁠dijo Numeon, con un ojo llameando a través de la lente retinal.

Grammaticus echó una veloz mirada atrás y vio que el muchacho ahogado había desaparecido. Pero el retraso le había salido caro.

—¿Es ahora cuando me matas? —⁠preguntó, todavía un poco alterado pero afianzando la compostura por momentos.

—Debería haberte matado cuando te vi. Dime, ¿es cierto lo que dijiste, vive todavía Vulkan?

—Hasta donde yo sé… —la respuesta de Grammaticus quedó interrumpida por la detonación de una pistola bólter.

Delante de él, Numeon se retorció cuando el proyectil impactó en el torso y derribó al Salamander.

—Has resultado ser excepcionalmente escurridizo, John Grammaticus —⁠dijo una voz educada pero al mismo tiempo aterradora.

El chasquido sordo de una pistola al ser cebada para volver a disparar dejó a Grammaticus paralizado. Se dio la vuelta, estando ya en mitad de la rampa, y vio al clérigo Word Bearer que le apuntaba con una arma.

—Pero, claro, tú eres bastante excepcional, ¿verdad?

—Eso me han dicho —respondió él, con la fulgurita todavía en la mano.

—Dame la lanza —ordenó el apóstol oscuro⁠—. Arrójala al suelo.

Numeon seguía en el suelo y no parecía que fuera a levantarse. Grammaticus obedeció.

—¿Ahora qué?

—Ahora vendrás conmigo y te mostraré el significado auténtico de la disformidad.

—Me parece que voy a pasar, si no te importa.

—No dije que tuvieras una elección, mortal.

Elías movió ligeramente el cañón del arma, indicando a Grammaticus que descendiera la rampa y saliera de la bodega abierta de la cañonera.

El humano vaciló.

—Acabaré hecho pedazos ahí fuera.

Elías dirigió una breve mirada al athame envainado en su cinto.

—No estarás aquí fuera el tiempo suficiente para eso. Lo de quedar hecho pedazos viene más tarde, sin embargo.

Grammaticus empezaba a dar los primeros pasos rampa abajo, intentando desesperadamente pensar en un modo de salir de aquello, cuando una descarga hizo temblar el aire. No procedía del campo de rayos, no tenía nada que ver en absoluto con la tormenta. Elías también la sintió y empezó a darse la vuelta.

Algo venía.

Numeon se moría. No necesitaba los datos biométricos cada vez más inestables que le facilitaba la armadura para saberlo. Iconos rojos de alarma centelleaban ante sus ojos, una transmisión chisporroteante y repleta de estática que contribuía más a obstaculizar sus sentidos que a potenciarlos.

Soltó las abrazaderas del casco y se lo quitó.

El Word Bearer, el clérigo que habían estado buscando, que sin duda había matado a Hriak, no le prestó ninguna atención. Mientras contemplaba la tormenta, Numeon detectó un cambio en el aire. Sintió calor e imaginó el estremecimiento de los átomos a medida que el velo de la realidad se abría y era reescrito.

Alargó la mano, en apariencia en busca de una arma, tal vez su pistola, ya que el espadón estaba demasiado lejos para cogerlo, pero se encontró aferrando el sigilo.

El sigilo de Vulkan.

Para sus legionarios había pasado a ser un símbolo enigmático de esperanza, pero para el primarca no albergaba tal misterio. Él lo había creado, lo había imbuido con tecnologías que iban más allá de la comprensión de incluso sus hijos de las Legiones Astartes.

Era una baliza, una luz para conducir una nave siniestrada a tierra firme o a un viajero perdido a casa.

Durante unos breves segundos la tormenta amainó hasta convertirse en un murmullo; la última descarga de un rayo pareció congelarse en el aire y se transformó en un desgarrón en la realidad que emanaba luz.

Al fijar la mirada en aquella luz, Numeon vio una figura delineada en poder divino.

—Vulkan vive… —musitó, y la emoción y la sangre afloraron a la vez a su garganta para asfixiarlo.

Elías enfundó la pistola, al comprender que tendría poco efecto en lo que fuera que estaba a punto de emerger a la realidad. Iba a coger su athame, decidido a huir, cuando reconoció a la figura que aparecía ante él.

—Mi amo —murmuró, y dobló una rodilla en tierra, inclinando la cabeza ante Erebus.

Erebus no le prestó la menor atención. En cambio contempló a John Grammaticus, que seguía de pie en la rampa de la cañonera, petrificado por lo que acababa de presenciar.

El viajero iba encapuchado. La oscura túnica envolvía el armazón de una servoarmadura. No había rostro bajo la capucha, solo una máscara de plata moldeada simulando uno. En una mano, Erebus empuñaba un cuchillo ritual que ocultaba bajo la vestimenta; la otra mano era biónica, pendiente aún de recubrir con carne, y la alargó para recuperar la fulgurita.

—Levanta —dijo a Elías, aunque miraba a Grammaticus.

La voz sonó vieja, pero áspera y llena de la resonancia del auténtico poder.

—Has llegado en un momento auspicioso… —⁠empezó a decir Elías, antes de que Erebus lanzara una feroz cuchillada con la fulgurita y seccionara la garganta del otro apóstol oscuro.

—Ya lo creo que sí —dijo este, dejando que la sangre que manaba a chorros de las arterias desgarradas de Elías pintara la parte delantera de su túnica.

Agonizando, incapaz de taponar la herida trazada por una arma divina, Elías no pudo hacer otra cosa que intentar arañar a su antiguo amo. Consiguió asir la máscara de plata y arrancársela del rostro a su señor antes de que él le agarrara las convulsionadas manos y lo empujara hacia atrás.

Grammaticus retrocedió atemorizado cuando Erebus se volvió hacia él. Algo similar a un demonio le contemplaba, uno que tenía un horroroso cráneo despellejado, color rojo sangre y con retazos de tejido cicatrizal que no se curaba igual que la carne y la piel corrientes. Era más oscuro, encarnado, y brillaba con un lustre sobrenatural. Varios cuernos pequeños sobresalían de la calva, pequeñas protuberancias de afilado hueso.

A los pies de Erebus, Elías jadeaba como un pez sin agua. Agonizaba. Su desesperación pareció atraer la atención de Erebus, y Grammaticus se alegró de que aquellos ojos infernales ya no estuvieran fijos en él.

En cuclillas, Erebus habló a su antiguo discípulo.

—Eres tan estúpido como corto de miras, Valdrekk. —⁠Le mostró la fulgurita, que todavía emitía un leve resplandor, bien sujeta en su mano biónica⁠—. Esto no gana guerras, simples pedazos de madera y metal no pueden hacer eso. Jamás fue el arma que buscabas. Son los primarcas, los nacidos del dios, las armas. Afila las nuestras, embota las de nuestro enemigo.

Erebus se inclinó hacia él y apretó la mano de carne sobre la boca totalmente abierta de Elías. El forcejeo fue breve y sin incidentes.

—Lo entrego a los No Nacidos como recompensa por intentar traicionarme.

Grammaticus tardó un par de segundos en comprender que Erebus le hablaba a él. Bajó los ojos y vio que la fulgurita le apuntaba.

—Cógela —dijo Erebus—. Nadie te detendrá. —⁠Alzó los ojos entonces, y había un saber terrible en ellos⁠—. Ve a llevar a cabo tu tarea, John Grammaticus.

Con suma cautela, el humano cogió la lanza. Enseguida, volvió a subir la rampa y presionó el icono que la cerraba. Cuando miró atrás, tanto Erebus como Elías habían desaparecido.

Aunque no era un legionario, sabía pilotar la nave. Sus habilidades como piloto eran ejemplares y no había muchas embarcaciones, humanas o xenos, que no supiera pilotar. Tras cruzar la bodega para la tropa, Grammaticus abrió la puerta que le permitiría el acceso a la cabina de mando. Era amplia, construida para dar cabida a un legionario, pero se las arregló bastante bien. Necesitó unos pocos minutos pero consiguió conectar los sistemas de la nave para vuelo atmosférico, y los motores ya habían calentado.

A través del glacis de la nave advirtió que el cielo sobre Ranos estaba cambiando. Habían aparecido figuras en las nubes de tormenta, asomando enormes y demasiado definidas para ser simples sombras. Erebus había hecho más que poner fin a la vida de un rival al matar a Elías. Grammaticus no tenía la menor intención de quedarse por allí y averiguar qué era eso.

El encendido de los motores estremeció la nave entera cuando Grammaticus la impulsó hacia delante y luego empezó a ganar altura. Una veloz comprobación de los sensores mostró una senda a través del puñado de naves en órbita. Ninguna de ellas era apropiada; tendría que hallar otro puerto espacial y conseguir pasaje a bordo de un crucero, preferiblemente no militar.

Estaría custodiado, lo sabía. Pero si llegaba allí antes que Polux, tendría una posibilidad mucho mejor de escabullirse a través de sus sistemas de seguridad.

El oscuro firmamento cedió el paso a un vacío negro y desolado mientras la cañonera atravesaba a toda velocidad la atmósfera superior y seguía adelante.

Un reflejo en el glacis sobresaltó a Grammaticus al principio, el recuerdo del muchacho ahogado todavía era demasiado reciente, pero disimuló bien el repentino pánico. El eldar le contempló con severidad.

—¿Has tenido éxito, John Grammaticus? —⁠preguntó Slau Dha.

—Sí, la fulgurita está en mi poder.

—Y ¿sabes lo que debes hacer?

—¿Todavía pones en duda mi convicción?

—Limítate a responder a la pregunta.

Grammaticus suspiró, profundamente hastiado.

—Sí, sé lo que hay que hacer. Aunque matar a un primarca no será fácil.

—Esta ha sido siempre tu misión.

—Lo sé, aun así…

—Su gracia está ligada a la tierra. Separado de ella, será débil y se le puede matar como a cualquiera de los otros.

—¿Por qué él? ¿Por qué no el León o ese cabrón de Curze? ¿Por qué tiene que ser él?

—Porque él es importante y porque no debe vivir para convertirse en el guardián de la puerta. Haz esto y tu pacto con la Cábala acabará.

—No sé por qué pero lo dudo.

—No importa lo que creas, mon-keigh. Todo lo que importa es lo que hagas a continuación.

—No te preocupes. Conozco mi misión y la llevaré a cabo tal y como se me ha ordenado.

—Cuando llegues a Macragge —⁠dijo el autarca, amenazador a pesar de que tan solo era un reflejo⁠—, encuéntrale. Ya lleva allí algún tiempo.

—No debería ser demasiado difícil.

—Será más duro de lo que crees. Ya no es él mismo. Necesitarás ayuda.

—Otro primarca, sí, lo sé. Sospecho que habrá pocos que hagan cola para ser su verdugo, no obstante.

—Te llevarías una sorpresa.

—Los de tu especie están llenos de sorpresas.

Slau Dha hizo caso omiso del desaire, considerando que no merecía su atención.

—¿Y luego —preguntó en cambio—, cuando la fulgurita haya sido entregada?

Una repentina erupción estelar obligó a Grammaticus a oscurecer el glacis, poniendo fin, de hecho, a la comunicación, pero contestó de todos modos.

—Entonces, Vulkan muere.

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