Vulkan vive

Vulkan vive


Pérdida de la gracia…

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Pérdida de la gracia

Pérdida de la gracia

Ardiendo. Ardiendo sin parar.

Desperté y sentí calor y el hedor de mi propia carne abrasada. Tenía el cuerpo envuelto en llamas. No necesitaba mirar para saberlo, cada una de mis terminaciones nerviosas lo decía a gritos.

Caía.

Pensé que había sucumbido a otra de las trampas mortales de mi hermano, a algún pozo o abismo de fuego.

Pero había descendido durante demasiado tiempo y demasiado ingrávidamente para que fuera así.

Abrí los ojos y en los pocos segundos de que dispuse antes de que sus humores vítreos hirvieran y luego se evaporaran en las cuencas, vi una esfera enorme debajo de mí a través de la llameante calina.

Era un mundo gris —casi pálido— envuelto en nubes blancas. Yo estaba muy por encima de él, penetrando en su atmósfera superior sin una nave o la protección siquiera de mi armadura.

La piel se consumió. La carne también, luego los músculos.

La cabeza se me torció hacia atrás, la boca se me abrió de par en par, en un alarido silencioso mientras experimentaba un dolor atroz en una escala inconmensurable.

Estrellas y nebulosas pasaron ante mí a toda velocidad, pero carecía de los medios de verlas.

Mientras mi cerebro se rebelaba contra lo que el cuerpo le decía, presencié mi propia destrucción a través de mi imaginación.

«Vulkan, su cuerpo, un infierno…

… la piel consumiéndose cual pergamino, la grasa de la carne chisporroteando…

… la carne soltándose y desintegrándose.

Vulkan, convertido en hueso ennegrecido.

Su esqueleto desecado penetra en la atmósfera superior hasta que por fin…

Vulkan muere».

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