Vulkan vive
Desde una tierra abrasada…
Página 5 de 40
Desde una tierra abrasada…
Desde una tierra abrasada…
—Vulkan vive.
Dos palabras. Dos palabras chirriantes. Se cerraron a mi alrededor igual que una trampa herrumbrosa, aprisionándome con sus brutales dientes. Tantos muertos… No, asesinados. Y, sin embargo…
«Vulkan».
«Vive».
Sentí cómo cada una resonaba en mi cráneo como un martillo pilón que golpea un diapasón, presionando las sienes; cada sílaba fue una dolorosísima vibración en mi cabeza. Apenas si eran más que un susurro burlón, estas dos sencillas palabras, que se mofaban de mí porque había sobrevivido cuando debería haber muerto. Porque yo vivía, ellos no.
Sorpresa, sobrecogimiento, o tal vez era el simple deseo de no ser oído el motivo de que quien hablaba formara sus palabras de un modo tan quedo. En cualquier caso, la voz que las pronunció mostraba una gran seguridad y poseía un carisma innegable.
Yo conocía esa cadencia, ese timbre, me eran tan familiares como los míos. Reconocí la voz de mi carcelero. Y la mía sonó también áspera cuando me pronuncié:
—Horus…
A pesar de todo el poderío claro y concluyente de mi hermano, incluso en su voz, yo apenas podía hablar. Era como si hubiera estado enterrado mucho tiempo y tuviera la garganta ronca por haber tragado tanta tierra. Todavía no había abierto los ojos, pues los párpados me pesaban y escocían como si los hubieran lavado con promethium puro.
Promethium.
La palabra trajo con ella un recuerdo sensorial, la imagen de un campo de batalla envuelto en niebla tóxica y con olor a muerte. La sangre saturaba el aire. Empapaba la arena negra bajo los pies. El humo se adhería a estandartes bordeados de llamas. Por fragmentos, recordé una batalla diferente a cualquier otra que mi Legión o yo hubiéramos librado jamás. Unos ejércitos tan inmensos, un poder militar tan grande, casi elemental en su furia. Hermanos que mataban a hermanos, una mortandad que llegaba a decenas de miles de bajas. Puede que más.
Vi morir a Ferrus, aun cuando no estuve presente en su asesinato, pero lo vi mentalmente. Él y yo poseíamos un vínculo, forjado en algo más que sangre fraternal. Éramos demasiado parecidos para que no fuera así.
Era Isstvan V lo que veía. Un mundo negro y sumido en la ignorancia por el que pululaba una multitud de legionarios empeñados en destruirse unos a otros. Tanques de combate a centenares, titanes vagando por el horizonte en manadas asesinas, naves de desembarco que inundaban el cielo y lo asfixiaban con su humo mortífero y los gases de sus motores.
Caos. Un caos absoluto e inimaginable.
Esa palabra tenía un significado distinto ahora.
A mi mente acudieron más retazos de la masacre. Vi una ladera, con una compañía de tanques en la cima. Los cañones apuntaban bajo y disparaban todo su armamento contra nuestras filas, machacándonos.
El blindaje se resquebrajaba. El fuego era incesante. Los cuerpos quedaban hechos pedazos.
Cargué con la Pyre Guard, pero no tardé en dejarlos atrás a medida que mi ira superaba mi capacidad para razonar. Ataqué los tanques por mi cuenta en un principio, como un martillo. Con las propias manos, me abrí paso al interior de la línea de blindados, la aporreé, rugiendo mi desafío a un cielo empapado de rojo.
A medida que mis hijos me igualaban en ira, la luz y el fuego siguieron a mi ataque, y el cielo se desgarró en una enorme franja de cegador blanco magnesio. Los que estaban cerca cerraron los ojos ante aquella luminosidad, pero yo vi caer los misiles. Contemplé la detonación y observé cómo el fuego se extendía por el mundo igual que un océano en ebullición.
Luego todo fue oscuridad… durante un tiempo, hasta que recordé haber despertado, aunque aturdido. Tenía el blindaje de combate quemado y había sido arrojado fuera de la batalla. Solo, me incorporé con dificultad y vi a un hijo caído.
Era Nemetor.
Le acuné como a un bebé, alzando el Portador del amanecer en el aire a la vez que gritaba mi angustia, aunque no sirviera de nada. Pues no importa cuánto lo desees: los muertos nunca regresan. La verdad es que no. Y, cuando lo hacen, si mediante algún arte maligno se les puede traer de vuelta, lo hacen cambiados para siempre. Son retornados. Únicamente un dios puede hacer regresar a los muertos y devolverlos a los vivos, y a todos nos habían dicho que los dioses no existían. Acabaría por comprender la enorme insensatez e innegable veracidad de eso más adelante.
Mis enemigos me alcanzaron en una avalancha, asestando puñaladas y golpeando con garrotes. Algunos iban vestidos totalmente de negro y otros envueltos en hierro. Maté a unos sesenta de ellos antes de que me arrebataran a Nemetor de los brazos. Y mientras permanecía arrodillado allí, magullado y sangrando, una sombra cayó sobre mí.
Pregunté:
—¿Por qué, hermano?
Y las palabras que vinieron a continuación fueron las que quedaron más frescas en mi memoria, pues era Curze alzándose imponente ante mí.
—Porque eres el que está aquí.
No era la respuesta que esperaba. Mi pregunta tenía un significado mucho más amplio que Curze no captó. Tal vez no había respuesta, pues ¿acaso no es inevitable que un día un hijo se rebele contra el padre y desee sucederle, aun cuando esa sucesión signifique cometer un parricidio?
Aunque no podía abrir bien los ojos, debido a la sangre que los mantenía pegados, y el casco había desaparecido, juro que vi sonreír a Curze mientras me contemplaba como a uno de sus esclavos. Ese malnacido. Incluso ahora, creo que lo encontraba divertido. Todo el horror, la sórdida vergüenza de la traición y el modo en que se adhería a nuestras carnes. Nosotros los primarcas, nosotros que se suponía que éramos los mejores entre todos los hombres, resultamos ser los peores.
A Konrad siempre le había complacido esa clase de ironía, porque nos hacía descender a todos a su nivel.
—Estás lleno de sorpresas.
En un principio pensé que volvía a ser Curze —mi sentido del tiempo y el espacio colisionaban pero no conectaban, lo que dificultaba una concentración adecuada—, pero él jamás me dijo eso en Isstvan; nunca dijo nada más tras aquel momento.
No, era Horus quien hablaba. Ese tono cultivado, ese profundo tono de bajo que había hecho posible su traición. Solo él podría haberlo hecho. Yo simplemente no sabía por qué, no aún.
Abrí por fin los ojos y vi ante mí el semblante patricio del que en una ocasión fue un hombre noble. Hay quienes le llamarían semidiós, supongo. A lo mejor todos lo éramos a nuestro modo, tan distintos unos de otros, pero por otra parte se suponía que los dioses recibían la supersticiosa veneración de hombres inferiores y crédulos.
Y, sin embargo, ahí estábamos. Gigantes, reyes guerreros, sobrehumanos en todos los aspectos. Uno de nosotros incluso tenía alas: unas hermosas alas blancas angelicales. Al rememorarlo ahora, no entiendo cómo es que nadie miró a Sanguinius y se preguntó si era realmente un dios.
—Lupercal —empecé a decir, pero Horus me interrumpió con una carcajada amarga.
—Ah, Vulkan, lo cierto es que has recibido una paliza brutal.
Llevaba una armadura negra, un traje que solo le había visto lucir en una ocasión y que no se parecía en nada al de los Luna Wolves de sus orígenes, ni al de los Sons of Horus que lideró después. No solo vestía de negro, sino que también parecía exudar ese color en oleadas, como si no fuera un blindaje sino algún ánima oscura que lo envolviera. Yo lo había percibido antes, había captado algún indicio del hombre en que estaba convirtiéndose, pero para mi vergüenza no hice nada para impedirlo. Un ojo fulminante brillaba en el estómago, llameante y anaranjado como el sol de Nocturne pero sin el calor genuino del fuego natural.
Me agarró la barbilla con un puño de energía con garras, y noté el pellizco de las afiladas uñas.
—¿Qué quieres de mí? ¿Matarme, como mataste a mis hijos? ¿Dónde está este lugar, en el que me tienes prisionero?
A medida que los ojos se adaptaban, sanando mediante los dones otorgados por mi excepcional padre, no veía más que oscuridad; lo que me recordó la sombra que Curze proyectó sobre mí cuando estaba a su merced en las llanuras de Isstvan.
—Tienes razón respecto a una cosa —dijo Horus, la voz fue cambiando a medida que yo recuperaba lucidez, para adquirir poco a poco un tono más agudo y rígido—, sí eres un prisionero. Uno muy peligroso, creo. En cuanto a mi propósito —rio de nuevo—, la verdad es que no lo sé aún.
Parpadeé una vez, dos, y el rostro que tenía delante se transformó en otro, uno que apenas podía creer.
—¿Roboute?
Mi hermano, el primarca de la XIII Legión de Ultramarines, había desenvainado un gladio. Parecía ceremonial, como si nunca hubiera derramado sangre.
—¿Es a él a quien ves? —preguntó Guilliman. Entrecerró los ojos e introdujo la hoja en mi carne desnuda.
Solo entonces me di cuenta de que me habían quitado la armadura, y noté los grilletes alrededor de muñecas, tobillos y cuello. El gladio se hundió profundamente, abrasador al principio pero tornándose más frío alrededor de la herida. Lo hundieron en mi pecho hasta la empuñadura.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Qué… qué… es esto?
El aliento se abrió paso a través de mis pulmones, burbujeando con la sangre que ascendía hasta la garganta y provocando un gorjeo.
—Es una espada, Vulkan —respondió con una carcajada.
Rechiné los dientes, y la ira me impidió responder.
Su voz volvió a cambiar al mismo tiempo que Guilliman se inclinaba muy cerca de mí y ya no pude ver su rostro, aunque sí sentir su aliento a putrefacción en la mejilla.
—Vaya, me parece que voy a disfrutar con esto, hermano. Tú no, desde luego, pero yo sí.
Profirió un siseo como si saboreara el pensar en aquellas torturas que estaba ya fraguando, y me recordó al sonido quedo de las alas de un quiróptero. Apreté las mandíbulas con fuerza al descubrir la auténtica identidad de mi atormentador, y el nombre escapó por entre mis dientes como una maldición.
—Curze.
Persona non grata…
Una figura con una armadura carmesí entró dando un traspié en la estancia, como si atravesara un corte hecho en un velo, una cuchillada literal que separaba realidades y le permitía escapar a una bendita oscuridad.
Valdrekk Elías había estado esperando en el sanctasanctórum, aguardando durante días el regreso de su señor. Era previsible que recibiera una lección de humildad a manos del señor de la guerra. Era bien sabido que Horus desafiaría al Panteón y también lo era que su propio padre lo abandonaría. De todos modos, la causa de un mártir no era para él, pues estaba destinado a una gloria mayor e imperecedera.
Así se le había dicho a Elías, y por lo tanto él había esperado.
Ahora acunaba a una figura maltrecha, desgarrada y apaleada, atacada furiosamente por los mismos guerreros que se suponía que tenían que ser sus aliados.
—Amo bendito, estás herido…
La voz de Elías temblaba, de miedo, de vergüenza, de ira. Había sangre por todo el suelo. Riachuelos oscuros iban a parar al interior de sigilos marcados sobre las baldosas de hierro, proyectando un resplandor sobrenatural a medida que cada grabado se llenaba de sangre.
Elías murmuraba para impedir que el tenue resplandor acabara siendo algo que no pudiera controlar. Dudaba que su señor fuera a ser de alguna utilidad en aquel momento. La estancia era un sanctasanctórum sagrado; allí no debería derramarse sangre ociosamente.
Con la cabeza inclinada, de cara al suelo, su señor temblaba y gemía de dolor. No…, no era dolor.
Era risa.
Elías le dio la vuelta y vio el rostro destrozado de Erebus, sus ojos blancos que miraban desde un cráneo envuelto en carne empapada en sangre. Los dientes bordeados de rojo castañeteaban en una boca sin labios, chocando entre sí en un rictus burlón antes de separarse al respirar.
Elías le contempló horrorizado.
—¿Qué te han hecho?
Erebus intentó responder pero no lo consiguió, y escupió un grumo rojo.
El discípulo alzó a su señor y lo transportó en brazos a pesar del peso de la armadura de combate, sosteniendo la figura parcialmente insensible atravesada contra su cuerpo.
Las puertas de aquel lugar sagrado se abrieron con un estallido de presión liberada y el zumbido de servomecanismos ocultos, dando paso a un pasillo. El apotecarion estaba a poca distancia.
—Una lección… —dijo al fin Erebus con voz ronca, gorjeando las palabras a través de la sangre.
Elías se detuvo. La sangre goteaba con un constante tintineo rítmico al golpear las placas de la cubierta bajo sus pies. Se inclinó sobre Erebus, el hedor a cobre aumentó a medida que se acercaba.
—¿Sí?
—Una lección… para ti.
Erebus deliraba y apenas conservaba la consciencia. Lo que fuera que le habían hecho casi lo había matado. Quien fuera que lo hubiera hecho casi lo había matado.
—Habla, maestro —musitó Elías con todo el fervor y devoción de un fanático.
Puede que Erebus hubiera caído en desgracia en algunos círculos, con su padre desde luego, pero todavía tenía sus partidarios. Eran pocos pero también eran fervientes. La voz del apóstol oscuro se convirtió en un susurro, e incluso para alguien con la capacidad auditiva mejorada como Elías las palabras resultaron difíciles de distinguir.
—Afila las nuestras, embota las suyas…
—¿Maestro? No sé de qué hablas. Cuéntame, ¿qué debo hacer?
Con una energía que no dejaba traslucir su delicado estado, Erebus agarró a Elías por la garganta. Sus ojos, aquellos orbes sin párpados de perpetua mirada fija llena de odio, llamearon. Fue como si atisbara al interior del alma corrompida de Elías, escudriñando en busca de cualquier vestigio de falsedad.
—Las armas… —jadeó, en voz más alta, enojado.
Volvió a reír, como si esa fuera una verdad que acababa de comprender, antes de escupir más sangre.
La mirada del discípulo pasó al athame que aferraba la mano con aspecto de garra de su señor. Que todavía sujetara el arma se debía únicamente a que los dedos eran biónicos.
—¿Las armas? —preguntó Elías.
—Podemos ganar la guerra. Son todo lo… que importa. —El cuerpo quedó flácido, el fuego apasionado del apóstol oscuro fue usurpado finalmente por sus heridas—. Debemos tenerlas nosotros o negárselas a nuestro… —La voz de Erebus se apagó y este perdió el conocimiento.
Elías se sentía perdido. No sabía qué hacer pero confiaba en la voluntad divina del Panteón para que lo guiara. A toda prisa, llevó a Erebus al apotecarion y en cuanto el apóstol oscuro quedó depositado sobre la mesa de operaciones y bajo los tiernos cuidados de sus cirujanos, Elías abrió un canal de comunicación.
—Narek.
La voz que respondió era áspera y chirriante.
—Hermano.
Elías sabía que el athame era poderoso. No era un novicio sin instrucción en el arte de la disformidad. Sabía muy bien lo que el objeto podía hacer. Él poseía el suyo propio, una simple imitación del que Erebus aferraba, como la tenían sus apóstoles menores. Pero siempre se había preguntado si existían otros artefactos parecidos en el universo. Otras «armas», como suponía ahora.
Sonrió ante la idea de obtener una, del poder que podría poseer con ella.
—Hermano —repitió Narek cuando Elías no respondió enseguida.
La sonrisa del discípulo se hizo aún mayor, sin manifestarse en sus ojos.
—Prepara a tus guerreros. Tenemos mucho que hacer.