Vulkan vive
Capítulo Uno. Discípulos
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Capítulo Uno. Discípulos
Capítulo Uno
Discípulos
Las contiendas de dioses enfrentados a menudo no se libran entre ellos, sino a través de sus discípulos».
—SICERO, antiguo filósofo terrano
Algunos describían Traoris como un mundo «bendito». Bendecido por quién o qué era algo susceptible de distintas interpretaciones. Los hechos conocidos eran simplemente estos: el año 898 del trigésimo milenio del calendario imperial, llegó un ser a Traoris conocido como el Rey Dorado.
Aclamado como un liberador, desterró los siniestros cultos que gobernaban antes de su llegada. Acabó con ellos a sangre y fuego, con un ejército de caballeros a sus órdenes que eran a la vez magníficos y aterradores. El conciliábulo de señores-hechiceros que el Rey Dorado derrotó había esclavizado a los traoranos, un pueblo que no había conocido la paz ni la libertad durante muchos siglos, y cuyos antepasados habían abandonado la Vieja Tierra tiempo atrás. Solo, aislado durante la época de la Vieja Noche, Traoris sucumbió a una maldad primigenia. El pecado convirtió las mentes de los hombres más débiles en recipientes entusiastas de esta oscuridad y tan solo una luz gloriosa conseguiría extirparla.
Y así fue como el Rey Dorado desterró la oscuridad, predicando la libertad y la iluminación. Su simple presencia tuvo un efecto sobre este mundo. Lo bendijo.
Transcurrieron muchos años, y entre la partida del Rey Dorado y la recolonización que siguió, Traoris se transformó poco a poco. Los bastiones de los señores-hechiceros desaparecieron, y fábricas enormes surgieron en su lugar. La industria llegó a Traoris y su gente.
Ocho ciudades se alzaban sobre su tierra gris, construidas sobre las ruinas de las antiguas, sus viviendas rebosantes de trabajadores. Anwey, Umra, Ixon, Vorr, Lotan, Kren, Orll y Ranos: eran islas de civilización separadas por muchos kilómetros de inhóspito desierto de cenizas y campos de rayos azotados por tormentas, erigidas allí donde aparecía la mayor concentración de vetas del mineral que Marte codiciaba.
Sí, Traoris era descrito por algunos como un mundo bendito. Pero no por nadie que viviera allí.
Aunque en su fuero interno sabía que era inútil, Alantea corría. Llovía con intensidad, y lo había hecho desde que se habían avistado las naves color ébano y carmesí en el cielo sobre Ranos. Bajo los pies, la calle azotada por la lluvia era resbaladiza. Había caído ya dos veces y su rodilla emitía un peligroso dolor punzante debido a los impactos.
Alantea había estado haciendo su turno en un manufactorum, de modo que solo llevaba puesto un mono gris verdoso y una camisa fina de algodón que el trabajo manual había oscurecido del blanco al gris. Un sobretodo de plastek la protegía en gran medida de la lluvia, pero se abría al correr. Tenía el pelo empapado, que le colgaba por delante del rostro en rubios mechones apelmazados, impidiéndole ver bien en la oscuridad.
Farolas de fósforo siseaban y escupían al tocarlas las gotas de lluvia, y las sombras se desprendían de la lúgubre luz para mostrar construcciones grises bajo ellas. Toda la ciudad era gris, desde la niebla que rezumaba de las chimeneas de las fundiciones hasta las losas de piedra que pisaba Alantea. Ranos era hierro oscuro, era industria y poderío, era un motor que funcionaba a base de músculo y sangre.
También era su hogar.
Las farolas de fósforo brillaban como balizas, hiriendo los ojos de la joven. Pero agradecía su presencia, porque la conducirían a la plaza.
Si al menos pudiera llegar a la plaza Cardinal…
Fuertes pisadas resonaban tras ella, un estribillo ruidoso del frenético latido de su corazón, y al doblar por una calle lateral se atrevió a mirar atrás.
Una sombra. Tan solo una sombra, fue todo lo que vio en realidad. Sin embargo, había visto a esas sombras despedazar al viejo Yulli, destripar a su concienzudo capataz como si fuera un puerco y dejar sus humeantes entrañas sobre el suelo para que el desdichado las contemplara mientras moría. Los demás habían muerto poco después. Estampidos guturales, acompañados de fogonazos cegadores procedentes de gruesas armas negras, los habían destrozado. No quedaba nada, ni siquiera cuerpos. El suelo del manufactorum era una carnicería, y habían destrozado toda la maquinaria.
Alantea había salido disparada en dirección al portón que daba al patio. Había considerado coger uno de los camiones de transporte, hasta que uno de los semiorugas explotó, machacado por un cañón pesado. De modo que en lugar de eso echó a correr, y ahora aquellas sombras la perseguían. No lo hacían a la carrera ni con urgencia, pero iban siempre a unos pocos pasos de distancia.
El miedo flotaba en el aire esa noche. Los obreros no dejaban de hablar sobre que habían localizado y arrestado a unos hombres en las alcantarillas. Abundaban los rumores sobre actividades extrañas, sobre suicidios rituales y otros «actos». Al parecer los clavigers habían encontrado a una muchacha desaparecida junto con los hombres, o al menos sus restos. Lo peor era que los hombres eran simples ciudadanos corrientes, trabajadores de Ranos igual que ella.
Así que cuando atacaron el manufactorum, la paranoia y el terror infectaban ya a los obreros. El pánico había sido aterrador. No obstante, una clase distinta de miedo dominaba a Alantea en esos momentos, alimentado por el deseo desesperado de escapar de él y por la convicción de que algo mucho peor que la muerte le aguardaba si no lo hacía.
Aquel distrito de la ciudad era un laberinto, repleto de avenidas atestadas de sucios bloques de apartamentos que se abrían paso entre almacenes y silos. Callejones y conductos dejaban paso a laberínticas calles laterales donde incluso las ratas se perdían. Pero la joven no conseguía perderlas a ellas, a las sombras que la acechaban. Ellas seguían el rastro de su presa.
Escabulléndose tras una esquina, la muchacha se dejó caer en cuclillas mientras intentaba recuperar el aliento. Resultaba tentador creer que estaba a salvo, o rendirse y renunciar a huir. La ciudad estaba silenciosa, demasiado, y temía ser el último habitante con vida, que Ranos se hubiera extinguido excepto por su diminuta chispa vital. No había visto ni rastro de los clavigers, ni una dramática llamada a las armas de los guardianes del escudo. Ninguna respuesta en absoluto. ¿Qué fuerza enemiga existía capaz de conseguir tal hazaña de subyugación absoluta, sin encontrar apenas la menor resistencia?
Una voz áspera y chirriante que hablaba en un idioma que no comprendió hizo que Alantea se pusiera en pie. Supuso que hablaba a los otros. La idea de un lazo cerrándose de forma casi imperceptible alrededor de su cuello delgado y pálido apareció de forma espontánea en su mente. Estaban más cerca que antes, lo supo instintivamente. Pensó en su padre, en la lenta muerte por cáncer que le aguardaba. Recordó días mejores, todavía pobres pero moderados por la felicidad cuando su padre había estado sano. Él necesitaba medicinas; sin ellas… Unos pocos preciosos momentos más con su padre era todo lo que quería. Al final, eso es lo que todo el mundo quiere en realidad, solo un poco más de tiempo. Pero nunca era suficiente. Es parte de la condición humana, querer vivir, y cuando se enfrentan a su final mortal los hombres se revuelven contra ello para favorecer ese deseo. Era lo que impulsaba a Alantea en esos instantes. La plaza Cardinal no estaba lejos. Otros cien metros, puede que menos.
Desenterrando el vigor que aún le quedaba, la joven echó a correr.
Incluso con la rodilla herida recorrió los últimos pocos metros a un ritmo constante y a buen paso.
Nada más irrumpir en la plaza, sin aliento, le vio.
Reproducido en oro —sosteniendo en alto un cetro de mando que más tarde sería entregado al lord excavador general de Traoris, patrono de Ranos y de las otras siete ciudades obreras—, tenía un aspecto espléndido. Había venido a su mundo y pisado ese mismo sitio tras la liberación, después de que los traoranos hubieran sido liberados. Había hablado y todos habían intentado escuchar. Alantea no había nacido en aquella época. Ni había visto a aquel que todos acabaron conociendo como el Rey Dorado, ni oído su discurso durante el triunfo; pero, sentada sobre los hombros de su padre mientras él rememoraba lo que su padre y el padre de este antes de él le había contado sobre la liberación, había percibido el poder y la benevolencia del Rey Dorado.
Algo había cambiado desde aquel día con su padre. De pie en la plaza, ya no sentía aquella confianza. Era como si algo se hubiera alzado para desafiarla y en aquellos mismos instantes estuviera ya carcomiendo todo lo que representaba. No era capaz de decir por qué. Tal vez fuera el instinto, esa intuición insondable que solo las hembras de cada especie poseían. Todo lo que sabía era que una bendición distinta había caído sobre Ranos, una que no tenía nada de benévola, y su nexo estaba concentrado en la plaza.
Cinco puntos salían de la plaza —aunque llamarla así era una definición inexacta y coloquial, pues no era ni redonda ni cuadrada como se esperaría, sino pentagonal—, incluido aquel en el que estaba parada Alantea. En cada uno de los otros cuatro vio una figura oscura con armadura que le impedía la huida. Al principio, los fantasmas, las sombras, avanzaron despacio abandonando la oscuridad. Ribeteados por una plateada luz de fósforo, sus movimientos parecían casi sincopados e inhumanos.
Dándose la vuelta al comprender su error, Alantea no supo que la habían apuñalado hasta que perdió la sensibilidad en las piernas y se desplomó. Unas manos fuertes y blindadas la sujetaron antes de que tocara el suelo y la joven alzó los ojos hacia el rostro de su salvador. Era apuesto, a pesar de la extraña escritura que doraba sus pómulos y las zonas al descubierto del cuero cabello y que hería los ojos de Alantea cuando la miraba. El pelo negro y corto, casi rapado, terminaba en un afilado pico sobre la frente.
Sus ojos eran compasivos, pero era una compasión fría, reservada por lo general al sacrificio selectivo de ganado que ya no le servía al rebaño.
Alantea susurró, usando una gran cantidad de valor para hablar:
—Déjame ir.
El guerrero, ataviado con una armadura de un intenso rojo purpúreo, adornada con cadenas y grabados de volutas, negó lentamente con la cabeza.
—Vamos, vamos, querida —dijo en tono tranquilizador pero agarrando los brazos de la joven cuando esta forcejeó—, ya basta.
Le acarició la mejilla con una larga uña de metal que llevaba en uno de los guanteletes, dejando una fina línea de diminutas gotitas rojas en su piel.
Gimoteando, como el animal que él la consideraba, Alantea intentó contestar, pero el guerrero la acalló, llevándose el dedo manchado de sangre a los labios ligeramente curvados en una sonrisa. Exhausta, ajena al trauma interno que experimentaba su cuerpo como resultado de la cuchillada, Alantea fue incapaz de impedir que la cabeza le cayera hacia atrás. Con la vista cada vez más nublada, vio al Rey Dorado, bocabajo y azotado por la lluvia.
Mientras las gotas discurrían por su rostro y bajaban por las mejillas, la figura daba la impresión de estar llorando, y, en su delirio, la joven se preguntó qué podría haberlo alterado tanto, qué podría haber infundido en un ser como él un remordimiento tan profundo.
Los otros guerreros que habían entrado en la plaza colocaban ya cadenas alrededor de la estatua. Tiraron con fuerza, en un único esfuerzo titánico, y derribaron al Rey Dorado en medio del polvo y de la sangre.
—No forcejees, estás sangrando… —dijo a Alantea el guerrero que la sostenía, en tono benevolente, antes de que ese mismo tono adquiriera un tinte más siniestro—, y no debemos desperdiciar ni una sola gota.
Estaban a gran profundidad, tan abajo en el interior de las catacumbas como era posible llegar. El continuo repiqueteo de los cortadores de piedra y el potente estallido de las cargas explosivas era un sonsonete constante e insistente y podía oírse en las ruinas sobre sus cabezas. Había sido un campo de batalla, o parte de uno, congelado en el tiempo a un paso de la victoria por orden del gobernante de ese mundo. El último bastión de la resistencia contra el Imperio destruido por una tormenta de rayos psíquicos. Nada había cambiado desde la caída de la fortaleza. Habían dejado las ruinas tal y como quedaron hacía tantos años. Intactas. Eran un recordatorio de un pasado glorioso, un lugar de conmemoración y culto.
Sebaton había violado la santidad del lugar, lo había mancillado con lámparas de fósforo colgantes, con servidores cavadores de nivel industrial y con la multitud de palas, paletas, cortadoras y equipo de excavación que había desperdigados por todo el lugar. Pero no afectaba demasiado a su conciencia. Lo cierto era que tenía la conciencia tan socavada ya que un sacrilegio menor como ese apenas tenía efecto sobre ella.
La arqueología no era su fuerte, pero de todos modos podía representar el papel, adoptar la personalidad de Caeren Sebaton según hiciera falta. Sabía que estaban cerca, podía percibirlo, al igual que podía sentir la lenta acentuación de la inevitabilidad que seguiría a su descubrimiento y adónde le conduciría en última instancia.
El aire estaba lleno de polvo, lo que dificultaba ver en medio de toda aquella tierra y oscuridad incluso con las lámparas. Rodeado por el relicario de una época remota, Sebaton empezó a sentirse viejo. Alzó la mirada hacia la tenebrosa abertura de lo alto, a la amplia hendidura en forma de túnel que habían perforado para alcanzar las catacumbas, a la rampa por la que habían transportado el equipo, y sintió el desesperado impulso de subir. Quería estar bajo la luz del día, dejar de ser un custodio de sombras y mentiras. Resistió, pues su pragmatismo pesaba mucho más que su capricho, y preguntó:
—¿Cuánto falta, Varteh?
El antiguo Lucifer Black levantó la vista de la zona de excavación donde un par de servidores trituraban roca con sus múltiples herramientas, mientras un tecnoadepto supervisaba el trabajo.
—Estamos cerca.
Hablaba a través de un crepitante comunicador de amplificación reducida, parcheado a una unidad situada en su reinhalador, y que Sebaton escuchaba en el intraauricular instalado en su máscara. Al estar tan abajo y con tanto polvo, los dos hombres se habrían asfixiado sin ellas. El resto del equipo de Varteh también las llevaba. Dos hombres, aparentemente por seguridad, flanqueaban el perímetro de la excavación. Los dos tenían carabinas láser colgadas despreocupadamente del hombro. Varteh llevaba una gruesa pistola automática de clase militar guardada en una pistolera en la cadera izquierda; también tenía un largo cuchillo de desollar sujeto a la bota derecha.
Los tres hombres vestían simples uniformes de faena de color tostado, casi blancos ahora debido al polvo, y agrietadas cazadoras de piel sobre chalecos lisos de color gris. Varteh también llevaba puesta una bufanda capucha gris que le tapaba las orejas y ascendía hasta cubrirle la barbilla. Sebaton solo podía distinguirle los ojos a través de los anteojos protectores. Eran hombres duros, pues los Lucifer Black, incluso los que ya no servían en el ejército, eran tipos duros.
Sebaton lo sabía por experiencia.
Él también iba ataviado de forma parecida, pero vestía un largo guardapolvo rojo ciruela con botas gruesas que le cubrían hasta la mitad de la espinilla. Los pantalones de faena de Sebaton eran de un tostado oscuro, plisados en los bordes como los de un jinete. Solo llevaba un arma visible, una pistola «flechette» corta que disparaba diminutos discos afilados como cuchillas y descansaba tranquilamente en una pistolera oculta bajo el abrigo.
Volviendo a echar una ojeada a la abertura que conducía fuera de las catacumbas, Sebaton hizo una seña a Varteh para que se acercara.
—¿Cuánto tiempo, Varteh? —El tono de su voz era insistente.
—¿Esperas problemas? —Varteh movió bruscamente la barbilla en dirección a la abertura. La lluvia que caía centelleaba a la luz de las lámparas—. Nada nos está persiguiendo, ¿verdad? Solo puedo protegerte si me cuentas de qué necesitas protegerte.
Sebaton sostuvo la mirada del antiguo Lucifer y sonrió afectuoso.
—Si oculto cualquier cosa, es por tu bien, créeme, Varteh.
El otro frunció el entrecejo.
—¿Hay algún inconveniente? —preguntó Sebaton.
—En absoluto. Pero desde que nos conocimos me he estado haciendo preguntas respecto a ti. Cuando estuve con el ejército, viajé —dijo—. Conocí a muchos hombres de muchos regimientos distintos, una barbaridad de lugares distintos. Hasta que te conocí, pensaba que mis conocimientos sobre acentos eran bastante amplios pero no consigo identificar el tuyo. Es único y, sin embargo, también resulta familiar. En realidad no es un acento, sino varios. Por lo tanto, me pregunto de dónde procede. La sonrisa de Sebaton se desvaneció.
—Un poco de aquí, un poco de allí. ¿Importa? Se te paga bien por tus servicios. Y pensaba que los Lucifer Black se limitaban a obedecer y no hacían preguntas.
Ahora le tocó el turno a Varteh de sonreír.
—Así es, por eso estoy en este agujero del demonio contigo —soltó Varteh—. Está bien. Todos tenemos nuestros secretos, supongo. Los tuyos sospecho que son muchos.
—Te contraté porque eres un hombre listo, Varteh.
Sebaton volvió a alzar la vista en dirección a la abertura.
Varteh dio un paso hacia él y musitó:
—¿Qué es lo que se avecina, Sebaton? ¿De qué va todo esto?
Sebaton tenía la mirada fija hacia arriba.
—De lo que siempre ha ido todo, Varteh. Armas. —Giró el pequeño y ornamentado anillo que llevaba en un dedo, antes de devolver la mirada al antiguo Lucifer—. Seguid cavando.