Vulkan vive
Capítulo Dos. Recuerdo
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Capítulo Dos. Recuerdo
Capítulo Dos
Recuerdo
Lo que hacemos nos define. Nuestras acciones son como sombras y dependiendo de si corremos hacia el sol o lejos de él, o bien las tenemos atrás o bien delante de nosotros».
—Antiguo filósofo terrano, desconocido
Kharaatan, durante la Gran Cruzada
El humo flotaba sobre la ciudad de Khar-tann en un oscuro manto que parecía adherirse a sus torres y almenas, empapándolas de una penumbra grasienta.
Quince horas de bombardeos. Los escudos habían recibido una buena paliza. Partes de la ciudad habían quedado derruidas, pero las puertas de acceso, las murallas interiores y sus defensores seguían intactos, desafiantes. Era la primera de nueve metrópolis de Uno-Cinco-Cuatro Seis, o Kharaatan, como lo llamaban los nativos.
Al contemplar las sombras que vagaban por sus murallas, la gente quieta mientras observaba el enorme ejército enviado a sojuzgarles, Numeon esperó que las otras ciudades fueran más fáciles de rendir. Estaba de pie justo a unos ocho kilómetros de distancia sobre una abrupta escarpadura de piedra caliza dolomítica, con tres de sus hermanos más íntimos. Los Salamanders permanecían apartados del resto de los oficiales imperiales, que estaban bastante más atrás, acampados en mitad de la ladera de una cresta que descendía hasta una amplia depresión en la que estaban reunidas sus fuerzas.
—Está todo en silencio —siseó Nemetor, como si hablar un poco más alto fuera a hacer añicos la calma que precedía a la tempestad y anticipar su ataque.
—¿No lo estarías tú, enfrentándote a la legión? —inquirió Leodrakk, y alzó los ojos, estirando el cuello para apuntar con el hocico de su yelmo de dragón hacia el cielo—. A dos legiones —rectificó, aunque no podía ver ni rastro de sus primos.
Ambos guerreros eran Salamanders, si bien no podían ser menos parecidos. Nemetor hablaba con suavidad y lucía el verde esmeralda de la legión, su iconografía de la 15.ª Compañía con una cabeza blanca de dragón en el protector del hombro izquierdo. Era fornido, con un cuello grueso y piernas robustas y más bien cortas. Incluso sin llevar la armadura de combate, resultaba formidable, lo que era en parte el motivo de que también se le conociera como «Tanque».
—A lo mejor están pensando en rendirse, Tanque —sugirió Atanarius, observando los movimientos de la ciudad a través de un par de magnoculares.
Al igual que Leodrakk, su blindaje lucía los símbolos de la Pyre Guard, una armadura a la que habían dado un aspecto draconiano con un yelmo de combate reptiliano y grebas, hombreras y coraza festoneadas. Estaba permanentemente ennegrecida por un ritual prometeano, y marcas grabadas a fuego surcaban el metal para indicar juramentos del momento de los Salamanders. Los dos guerreros eran más altos que Nemetor, pero se quedaban atrás en lo referente a tamaño.
—¿Es eso lo que te dicen tus ojos, Atanarius? —preguntó Numeon con voz profunda.
Se dio la vuelta; la cimera rojo fuego que sobresalía de la parte superior del yelmo de combate le distinguía como su capitán. También era el palafrenero del primarca, y eso le convertía en excepcional. Incluso a través de las lentes retinales, su mirada era penetrante.
Sobre la llanura de Phatra donde se encontraba la ciudad de Khar-tann, empezaba a caer la noche. Igual que brasas ardientes en una hoguera, los ojos de Numeon centellearon en la penumbra que precedía a la oscuridad. Los ojos de todos los Salamanders lo hacían; era parte de su herencia, como el negro ónice de la piel y la mentalidad expiatoria de su credo prometeano.
—Incluso con las miras telescópicas, es difícil estar seguro de nada de lo que me indican, capitán de la Pyre. —Atanarius bajó los magnoculares y los devolvió al cinturón de pertrechos, antes de volverse de cara a Numeon—. Detecto muy poco movimiento. Si planean intentar rechazar nuestras fuerza, entonces lo que sea que tengan intención de usar para ello lo tienen ya instalado.
—Ocho mil combatientes, más el doble de ese número en civiles, algunos de los cuales puede que hayan sido reclutados para reforzar a las tropas —indicó Leodrakk—. Nada que puedan hacer impedirá que derribemos las puertas y hagamos una limpieza.
Sonaba tan beligerante como siempre. Una vena ardiente de magna discurría por su carne y huesos, como comentaban a menudo sus hermanos.
Nemetor ladeó la cabeza.
—Pensaba que planeabas reducir a cenizas su hogar, no limpiarlo, hermano.
Leodrakk le dirigió una mirada iracunda, haciendo crujir los nudillos dentro de los guanteletes.
—Calma, Leo —le amonestó Atanarius, antes de volver la cabeza hacia Nemetor—. No pienses que la familiaridad con la que tratas a la Pyre Guard te permite faltarnos al respeto, Nemetor. Incluso aunque provenga de un capitán, no lo toleraremos.
Nemetor inclinó la cabeza para disculparse.
—Si habéis acabado de aguijonearos unos a otros entonces, por favor, prestad atención. —Numeon señaló con la cabeza cresta abajo, donde varios oficiales del ejército ascendían penosamente la colina—. Creo que estamos a punto de recibir noticias.
Numeon abrió un canal de comunicación en su yelmo de combate.
—Skatar’var.
Una voz crepitante respondió de inmediato.
—Llama a lord Vulkan —dijo Numeon—. El ejército y la legión de titanes están listos para avanzar.
Cortó la comunicación, sabiendo que la orden se había dado, de modo que se llevaría a cabo.
Abajo en la desértica cuenca, la legión aguardaba. Formando un mar de color verde esmeralda, seis mil guerreros estaban listos para doblegar a una ciudad. Más allá de los hombres, cuatro regimientos completos de tanques, incluidos vehículos superpesados, un escuadrón de Predator del tipo Infernus y Mastodon suficientes para transportar a todos los legionarios que hubiera sobre el terreno. Detrás de la infantería se alzaba imponente un trío de titanes Warhound procedentes de la Legio Ignis, apodados «los Reyes del Fuego». Tradicionalmente, los Warhound peleaban solos, pero a esta manada concreta raras veces la separaban.
La ciudad de Khar-tann era formidable, tenía fuerzas armadas consagradas a su defensa, pero no podría sobrevivir a esto. Había algo perturbador en el silencio y el modo en que los khar-tanos se habían rendido por completo a una dominación alienígena.
Numeon gruñó, sintiendo la familiar llamada a la guerra, llenando la rejilla del comunicador con el hedor a ceniza y yesca de sus profundas exhalaciones. Al final, la resistencia de aquellos hombres no importaba.
—Es hora de hacer que ardan.
Vulkan estaba arrodillado con la cabeza gacha, en el interior de una celda de obsidiana y metal negro. La poca luz que traspasaba la oscuridad procedía del calor de la fragua de barras de hierro y hierros de marcar, del resplandor cálido de las brasas envolviendo un hoyo lleno de carbones encendidos.
El aire era caliente, sofocante. Seriph llevaba un reinhalador y hacía las preguntas al primarca a través de un codificador de voz sujeto al cinturón. El aparato hacía que su voz, por otra parte meliflua, sonara metálica y desfigurada por la estática.
—¿Así que os criasteis como el hijo de un herrero? —preguntó, limpiándose otra gota de sudor de la frente, mientras unas manchas oscuras aparecían bajo las mangas de la túnica y a lo largo de la espalda.
La rememoradora dedicó un instante a tomar un trago de un frasco que llevaba sujeto a la cadera. Sin él, la deshidratación y un severo golpe de calor habrían tenido lugar en cuestión de minutos. Quería permanecer más tiempo con el señor de los dragones, y si ese era el único modo, que así fuera.
—¿Es tan difícil de creer? —respondió Vulkan mientras el sonido y el olor a carne quemándose, su carne, inundaba la estancia—. Era un forjador y un moldeador de metal, un artesano de una habilidad consumada que yo admiraba muchísimo.
Un humano, con implantes potenciadores para poder llevar a cabo su deber y vivir para volverlo a hacer, retiró un hierro de marcar candente de la piel del primarca.
—Anotado —dijo Seriph, garabateando con su punzón sobre la pizarra de datos que sostenía en la otra mano—. Es solo que parece un origen humilde para un señor de los Space Marines.
La rememoradora empezaba a sofocarse ya, tras haber aguantado veintiún minutos seguidos en los aposentos del primarca, una hazaña que nadie antes de ella había igualado sin expirar debido al calor.
—¿Debería haber tenido una educación más regia, entonces?
El humano que efectuaba las marcas tomó un hierro nuevo, examinando el extremo curvo mientras imaginaba la forma de la marca que haría.
—No, no quería decir eso —respondió Seriph, haciendo una mueca cuando la carne de Vulkan volvió a quemarse, chisporroteando igual que carne en una sartén—. Tan solo suponía que todos los primarcas procedían de inicios bélicos de los que alardear. Eso o que habían nacido como huérfanos en mundos letales.
—Nocturne sí es un mundo letal y no precisamente civilizado. Pero nuestros orígenes fueron todos muy distintos. Me pregunto a veces cómo fue que todos regresamos para servir a nuestro padre como guerreros y generales. Pero aquí estamos, en la vanguardia de la Gran Cruzada haciendo justo eso.
Seriph frunció el ceño y luego se secó la frente con la manga de la túnica.
—¿Qué otra cosa podrían haber sido?
—Tiranos, asesinos…, arquitectos. Fue solo el destino lo que nos convirtió en líderes, y sigo sin estar seguro de cómo nuestra herencia genética nos predispuso para esa vocación.
—Y ¿qué habríais sido vos?
Vulkan sonrió, aunque no sirvió para dar calidez a su voz diabólica.
—Un granjero, creo.
—Cogeríais vuestro yunque de forjador y convertiríais una espada en una reja de arado, ¿es eso?
—Excesivamente poético, pero sí, eso es.
Seriph hizo una pausa. O bien jadeaba por el calor o bien sacaba algunas conclusiones.
—Vos no os parecéis a los demás.
—Y tú conoces a mis hermanos, ¿verdad, rememoradora Seriph? —Había un leve reproche en el tono de Vulkan, justo lo suficiente para intimidar.
Aquello turbó a la mujer y esta pareció estar a punto de venirse abajo.
—No, claro que no. Solo he oído…
—Una cronista sensata no cree todo lo que oye, Seriph. —Por primera vez desde el inicio de la entrevista, Vulkan alzó la cabeza—. Dime —dijo, agravando la voz—, ¿qué ves en mis ojos?
Estos llameaban como las calderas de un volcán.
—Fu… fuego…
La rememoradora desfalleció, finalmente, y Vulkan se adelantó veloz y la sostuvo para que no cayera al suelo.
En ese mismo instante apareció una rendija en la oscuridad y Skatar’var penetró en la sala de marcar al fuego.
—Mi señor —saludó el Pyre Guard.
Skatar’var era uno de dos hermanos que formaban parte del círculo íntimo del primarca en la actualidad. Como su hermano, era altivo y orgulloso. Como un rey guerrero de Hesiod, había aprendido lo que era la nobleza de su padre biológico y la había pulido en la legión.
El guerrero inclinó la cabeza ligeramente, antes de comprender lo que veía.
—¿Otra que no estaba a la altura de la tarea?
Un enorme cuerno draconiano describía un arco desde su espalda, sujeto al generador de energía de la armadura. Había «ganado» el trofeo al matar a Loktaral, uno de los dragones del piélago, y se había unido a su hermano al lado de Vulkan. Leodrakk, su irascible hermano menor, lucía el otro cuerno, pues habían matado a la bestia juntos.
—Era fuerte, y ha durado más que los otros. Volveré a hablar con ella —respondió Vulkan, sosteniendo a la mujer contra el cuerpo y pasándosela a Skatar’var como le pasaría una criatura a su progenitor—. Supongo que vienes a decirme que el ejército está preparado.
Skatar’var contempló a la mujer como si fuera una pieza de equipo desconocido, antes de contestar a su primarca.
—Sí, señor, la Legio Ignis también.
Vulkan asintió.
—Muy bien. Saca a la mujer de aquí y asegúrate de que permanece con los medicae. Debo efectuar un juramento más antes de que podamos hacer la guerra a la ciudad de Khar-tann.
—A la orden, señor.
Skatar’var cogió a la rememoradora y salió.
En la oscuridad, Vulkan se volvió de nuevo hacia el sirviente que lo marcaba. El cuerpo negro ónice del primarca era como un musculoso bloque de granito, con marcas en casi todas las zonas de piel al descubierto. Representaban hazañas, batallas, vidas eliminadas y perdonadas. Algunas se remontaban incluso hasta Nocturne, antes de que se reencontrara con el Forastero. Vulkan recordaba sin excepción todas y cada una de esas cosas con todo detalle.
Era un ritual, una parte del credo prometeano nacido en Nocturne hacía muchos años. Método y tradición eran importantes para Vulkan; las enseñanzas que predicaba a sus hijos tenían su base en esos mismos principios.
—Llega el momento y el hierro de marcar deja su huella —dijo, arrodillándose a la vez que volvía a bajar la cabeza—. Prepárame para la guerra.
En los vibrantes confines del Mastodon, la imagen hololítica del comandante Arvek se sincronizaba y desincronizaba.
—En cuanto abramos una brecha en la muralla principal, podemos avanzar al interior de Khar-tann y demolerla —declaró el oficial del ejército, asestando un puñetazo a la palma abierta de la otra mano para dar mayor énfasis
Incluso a través del comunicador empotrado, sonaba autoritario. Era oriundo de Vodis, un mundo de austeros hogares militares que podían remontar su linaje a los primeros antiguos reyes de Terra.
El audio era tan deficiente como la imagen visual, pero el sentido del mensaje del comandante quedó muy claro.
—Negativo —respondió Vulkan con firmeza—. Abrid una brecha en el muro, luego retroceded.
Arvek intentó ocultar su sorpresa.
—Con el debido respeto, señor primarca, podemos aplastarlos con un mínimo de bajas. Se me dio a entender que…
Vulkan le interrumpió.
—Para nuestras filas, comandante, no las del enemigo. Hay más de quince mil civiles en Khar-tann. He leído sus cálculos sobre daños colaterales; son conservadores en el mejor de los casos e incluso esa previsión es inaceptable. Haz un agujero para la legión, y sojuzgaremos a las tropas nativas con un mínimo de pérdidas en vidas civiles. Considéralo una orden.
Arvek saludó con brusquedad, y las medallas y laureles del impoluto uniforme azul tintinearon con el movimiento.
Vulkan le dedicó un saludo con la cabeza y cambió a otra conexión. La imagen parcialmente monocromática y llena de grano del comandante de los tanques se obscureció y fue reemplazada por la del princeps Lokja. El oficial del titán estaba festoneado de cables de impulsos mentales que unían su córtex cerebral con el ánima violenta de su máquina de combate. Absorto ya en la conexión mental, tenía el ceño fruncido y el retorcido bigote negro alzado en un gruñido de concentración.
—Lord Vulkan —saludó Lokja con el acento refinado de Attila.
—El comandante Arvek va a hacer un agujero en la muralla principal para la legión. Necesito que los Reyes del Fuego la conduzcan al interior. Quiero una respuesta intimidatoria únicamente, no entabléis combate con las tropas de la ciudad.
—Comprendido —respondió Lotja, y un pestañeo transmitió las órdenes a sus moderati sentados por debajo de él en la cabina del Warhound.
El princeps cortó la transmisión y el interior del retumbante Mastodon quedó a oscuras.
Con los ojos incandescentes en el interior de la bodega, siete Pyre Guards aguardaban las siguientes palabras de su amo y señor.
—En cuanto caiga el portón y Arvek haya retrocedido, la decimoquinta entrará para un primer reconocimiento —dijo Vulkan—. La seguiremos rápidamente, con el apoyo del resto de los Dracos de Fuego. Numeon efectuó un breve asentimiento, girando a la vez que abría un canal de comunicación con Nemetor.
Vulkan añadió a continuación:
—Encabezaremos la punta de lanza, combatiendo por parejas, en una formación dispersa. ¿Sugerencias?
Varrun se acarició la barbilla, alisando la barba cenicienta. Por ser el de más edad de la orden, a menudo le permitían ser el primero en hablar.
—Con un único punto de acceso, atraeremos gran cantidad de fuego.
—Hemos estado en situaciones peores —replicó Leodrakk, y sus ojos llamearon con feroz orgullo—. El honor de asegurar la brecha debe recaer en nosotros, y con el primarca conduciéndonos no tienen ni de lejos artillería suficiente en esa muralla.
Un coro de murmullos de asentimiento recorrió el grupo de guerreros.
—Recomendaría escudos de asalto para el primer equipo de infiltración —dijo Ganne, indicando con un movimiento de cabeza a Igataron, sentado totalmente inmóvil en el extremo del grupo.
Ambos eran especialistas en asaltos: el primero manifiestamente belicoso, el segundo callado, pero de una agresividad feroz.
Varrun emitió una risita.
—Pensaba que el objetivo era minimizar las bajas civiles.
Ganne apretó las gruesas mandíbulas a la vez que enviaba un chisporroteo de energía a lo largo del mango de su martillo de trueno, pero no mordió el anzuelo.
—Skatar’var y yo entraremos como segunda oleada —sugirió Leodrakk, haciendo caso omiso de las chanzas que intercambiaban sus hermanos.
—Hombro con hombro, hermano —dijo Skatar’var y los dos entrelazaron guanteletes, mano sobre antebrazo.
—Eso nos deja a ti y a mí —indicó Atanarius a Varrun.
—Defender la brecha y mantenerla libre de obstáculos para la Legión —contestó Varrun—. Mantendremos el portón abierto para los Dracos. Ganne sonrió mostrando los dientes.
—La retaguardia evidentemente es lo que más se adapta a vuestras capacidades, Varrun.
Varrun le mostró los dientes a su vez.
Vulkan sonrió por dentro. Estaban ansiosos, listos para la guerra. Los Pyre Guards no eran como otros Salamanders, poseían más fuego, más furia. Igual que los volcanes del antiguo Nocturne, las enormes cordilleras escarpadas de Púa de Dragón y el monte Fuego Mortífero, estaban perpetuamente al borde de la erupción. Ni siquiera los Piroclastas eran tan volátiles.
Los Pyre Guards eran guerreros escogidos, aquellos que exhibían un nivel de abnegación y autosuficiencia que excedía al de todos los demás. Como los saburai del viejo Nihon, eran ante todo luchadores, que podían aliarse en forma de unidad o funcionar con suma destreza en solitario. También eran líderes, y cada miembro de la Pyre Guard mandaba un capítulo de la legión además de sus deberes como círculo íntimo de guerreros del primarca. Todos eran terranos de nacimiento pero, aun así, mostraban los rasgos físicos de una tez negra como el ónice y ojos rojos, una reacción irreversible a la excepcional radiación de Nocturne combinada con la herencia genética de su primarca, que todo Salamander poseía, independientemente de su origen.
—Skatar’var. ¿Cómo está Seriph? —inquirió Vulkan.
—¿La rememoradora? —dijo él, en un principio cogido por sorpresa por la pregunta—. Está viva.
—Bien —dijo Vulkan, y a continuación se dirigió a todos—: Sois mis mejores Dracos, mis asesores de mayor confianza. Nuestro padre nos moldeó como cruzados, para llevar fuego y luz a los confines más oscuros de la galaxia. Nuestra tarea es salvaguardar al género humano, proteger la naturaleza humana. Es importante que la Orden de los Rememoradores se dé cuenta. Nuestro aspecto es…
—Monstruoso, mi señor —aventuró Leodrakk, con los ojos llameando a través de las lentes del casco.
Vulkan asintió.
—Venimos a Kharaatan como liberadores, no como conquistadores. No podemos forjar civilizaciones a partir de escombros, a partir de carne y huesos desgarrados.
—Y ¿nuestros primos lo respetarán también? —preguntó una voz desde la oscuridad.
Todos los ojos se volvieron hacia Igataron, cuya mirada estaba fija en el primarca.
—Si no lo hacen, mi hermano y yo tendremos unas palabras —prometió Vulkan.
Numeon finalizó su conversación por radio con el capitán Nemetor.
—La decimoquinta avanza —anunció, mientras se volvía de nuevo de cara a sus hermanos.
Vulkan asintió.
—El comandante Arvek establecerá contacto en menos de un minuto. Poneos los cascos y preparaos para un embarque inmediato. Cuando la rampa se abra estaremos listos para avanzar.
Con un simultáneo sonido metálico, la Pyre Guard obedeció.
Igataron y Ganne fueron a colocarse al frente, con los escudos alzados, en tanto que Leodrakk y Skatar’var desengancharon sus mazas de energía y fueron a situarse justo detrás de ellos. Vulkan fue el siguiente, con Numeon junto a él empuñando con fuerza el asta de su alabarda. Varrun y Atanarius fueron los últimos; el primero sujetaba una hacha de energía por la parte superior del corto mango cerca de la hoja de doble filo, mientras que el segundo desenvainaba una espada de energía y besaba su hoja desnuda.
Los siete guerreros llevaban bólters pero, a excepción de Varrun, que era un tirador excepcional, rara vez los usaban. Cada una de las armas que blandían la había forjado su propio portador, cada una era capaz de escupir fuego como los dragones de la antigüedad.
—Ojo con ojo —rugió Numeon, recitando el mantra de combate de la Pyre Guard.
—Diente con diente —respondió el resto, incluido Vulkan.
Ya estaban equipados y listos.
El transmisor hololítico se activó con un crepitar, mostrando la cabeza y el torso del comandante Arvek.
—Ya tenéis vuestra brecha, señor primarca. Iniciamos la retirada.
A través de las lentes retinales, Vulkan vio cómo la formación de tanques de Arvek se apartaba despacio de la muralla principal de Khar-tann. Cada máquina estaba representada mediante un icono: la pantalla estaba plagada de marcas que indicaban su presencia.
Tras ellas iban los transportes blindados Rhino de la 15.ª y detrás de estos los Mastodon.
—¿Bajas? —preguntó Vulkan.
—Ninguna. No encontramos la menor resistencia. Ni siquiera cuando estuvimos a cincuenta metros dispararon sobre nosotros.
Un estremecimiento de inquietud pasó por la mente de Vulkan, pero lo ocultó de inmediato.
—Transmite la información al capitán Nemetor —dijo a Numeon a través del vox a la vez que cortaba la conexión con Arvek.
—¿Algo va mal, señor? —preguntó Numeon.
—Esperaba alguna clase de contraataque.
—A lo mejor al final han decidido capitular —sugirió Atanarius.
—Entonces, ¿por qué no abrir las puertas? —replicó Varrun.
—¿Una trampa? —rezongó Leodrakk, dando pie a un movimiento afirmativo de cabeza por parte de su hermano Skatar’var.
El estado de ánimo de Vulkan se ensombreció; la inquietud que sentía era evidente en su silencio.
En cualquier caso, en cuanto Nemetor estuviera dentro de la muralla principal lo averiguarían.
El capitán Nemetor se había quitado ya el casco de combate cuando se reunió con Vulkan en el punto de penetración de la muralla principal. El guerrero de anchas espaldas parecía intranquilo, y en su frente brillaba un fino viso de sudor.
Dentro de la ciudad todas las luces estaban apagadas: calles, almenas y edificios interiores engullidos por la oscuridad. La única fuente de iluminación provenía de incendios desperdigados dejados por bombardeos anteriores, pero incluso en esa penumbra las pruebas del ataque de los blindados del comandante Arvek eran visibles por todas partes.
Cuerpos de soldados de Khar-tann aparecían retorcidos en medio de los cascotes de la muralla destrozada, que se había desplomado sobre sí misma debido al duro bombardeo. Varias torres de vigilancia habían caído al interior de la misma ciudad, y yacían hechas pedazos en montículos de rococemento y plastiacero. También quedaban cadáveres allí, contaminando el aire a su alrededor con la fetidez de la putrefacción. Toda la ciudad apestaba a ella, y a muerte.
Al otro lado de la muralla principal y las puertas tumbadas, que habían estallado hacia el interior por el impacto de un obús de demolición, había una larga explanada. Por las posiciones de sacos de arena reventados y trampas para tanques destrozadas, Vulkan imaginó que los khartanos podrían haber estado montando una segunda línea de defensa allí. En varios lugares advirtió la presencia de carcasas calcinadas de nidos de ametralladoras destinados a crear cuellos de botella y canalizar a un enemigo invasor al interior de una zona de exterminio. Salpicando la línea de nidos de ametralladoras había búnkers mucho más grandes, adiciones cúbicas y permanentes a las defensas de la ciudad. Todavía escapaba humo de las rendijas de visión de algunos de los búnkers, prueba evidente de una limpieza rápida y agresiva.
De los habitantes de Khar-tann, no había ni rastro.
—¿Veis eso? —preguntó Numeon, indicando con la cabeza el lugar al que el primarca había estado mirando.
—Sí. —La anterior sensación de desasosiego de Vulkan aumentó.
—El bombardeo de un tanque no hace eso. Aplasta búnkers, no los purga y quema. Un equipo de ataque ya ha estado aquí.
Vulkan abarcó con la mirada aquella escena de carnicería, intentando ver más allá de las evidentes ruinas y la destrucción de vidas. Más allá de la explanada, la concentración de edificios era más densa, pasando de la construcción militar inicial a la civil. Vio almacenes, manufactorums, puestos de venta, comercios…, hogares. Por un resquicio en las estrechas calles de la ciudad, distinguió algo que ondulaba con suavidad en la brisa.
Nemetor saludó cuando Vulkan llegó junto a él, y el agudo chasquido del puño al golpear el lado izquierdo del pecho fue más que suficiente para atraer la atención del primarca. Tras él, la Pyre Guard se desperdigaba. Se habían dado órdenes estrictas de que el resto de la legión debía abandonar el estado de alerta y aguardar fuera.
—Capitán —saludó Vulkan.
Nemetor estaba alterado, aunque era difícil saber el motivo.
—Debéis ver esto, mi señor.
Vulkan habló por encima del hombro a Numeon. La Pyre Guard debía asegurar la zona al instante, más allá de la brecha pero sin seguir avanzando. Luego hizo una seña con la cabeza a Nemetor, y el capitán los condujo a ambos más adelante.
En el centro de Khar-tann encontraron la mayor parte de los muertos. Soldados en barracones, destripados y desollados; piras de cuerpos que todavía ardían, imposibles de identificar a partir de los restos carbonizados, inundando el aire de humo grasiento; oficiales de la ciudad empalados en estacas; civiles ahorcados que oscilaban de un lado a otro en la brisa.
—Los masacraron —dijo Nemetor mientras contemplaba la carnicería.
Cuatro Salamanders lo acompañaban y, a pesar de que llevaban puestos los yelmos de combate, tenían todo el aspecto de sentirse tan incómodos como su capitán.
Vulkan aflojó las mandíbulas.
—¿Dónde está el resto de tu compañía?
—Dispersada entre las ruinas, intentando hallar supervivientes.
—No habrá ninguno —le respondió Vulkan—. Llámalos de vuelta. Aquí no nos necesitan. Ya no podemos ayudar a la gente de Khar-tann. —Posó la mirada en un símbolo pintarrajeado en sangre sobre la pared de una scholam y apretó de nuevo la mandíbula.
—¿Cuándo descendieron al planeta? —preguntó Nemetor, siguiendo la dirección de la mirada del primarca.
—No lo sé.
Él no hablaba aquel idioma, pero reconoció la caligrafía en cursiva, los afilados bordes del graffto.
Era nostramano.
De vuelta en lo alto de la escarpadura, Vulkan estaba solo a excepción del lejano rugido de las llamas abajo en la llanura.
Khar-tann ardía. Ardía con el fuego de un millar de guanteletes lanzallamas, pues el primarca había encomendado a sus Piroclastas la tarea de reducir a cenizas la ciudad. No quería que un monumento a la carnicería como aquel permaneciera en pie más tiempo del estrictamente necesario; su sola existencia había perturbado a las cohortes del ejército especialmente, e incluso los legionarios la trataron con cautela.
Vulkan aguardaba pacientemente, escuchando el canal de comunicación que acababa de abrir. Hicieron falta varios segundos de quedo chisporroteo de estática antes de que obtuviera una respuesta. Cuando llegó, sonó como si la persona en el otro extremo de la conexión sonriera.
—Hermano.
Muy a su pesar, Vulkan no pudo disimular su cólera.
—¿Qué has hecho, Curze?
—Liberarte de tener que ensuciarte las manos. Llegamos pronto, mientras vosotros todavía estabais reuniendo vuestros tanques y titanes.
—Mis órdenes fueron tomar la ciudad derramando tan poca sangre como fuera posible.
—Yo no sigo tus órdenes, hermano. Además, es mejor de este modo.
—¿Mejor para quién? Has asesinado en masa a toda una ciudad: hombres, mujeres, niños, todos ellos están muertos. ¡Lo de ahí dentro es una carnicería digna de la legión de Angron!
—No me confundas con nuestro exaltado hermanito, aunque creo que no te diferenciarías mucho de él en este preciso momento. ¿Estás enfadado conmigo?
Vulkan apretó los puños, conteniendo una réplica.
—¿Dónde estás, Curze? ¿Dónde te escondes?
—Estoy cerca. Nos reuniremos muy pronto. —Konrad Curze hizo una pausa, y el tono pícaro de su voz decayó—. Tú y yo sabemos que esto no iba a ser nunca un acatamiento incruento. Uno-Cinco-Cuatro Seis es un mundo bélico, y ningún guerrero contra el que haya combatido jamás se ha rendido sin derramar primero un poco de sangre.
—¿Un poco? Prácticamente has desangrado a toda la población.
—Y ¿qué crees que haría eso a su espíritu combativo?
Vulkan se volvió de repente ante el sonido de la voz de Curze. Ya no provenía del comunicador; estaba ahí. El Acechante Nocturno estaba a unos pocos pasos detrás de él, de pie en las sombras en el límite de la parpadeante luz del incendio.
—O eres un temerario o un estúpido, encontrándote conmigo aquí fuera de este modo —advirtió el primarca, con la combinación de las llamas y la armadura de aspecto draconiano envolviéndolo en un aspecto volátil.
Incluso la carcasa del gran dragón Kesare, echada sobre el hombro derecho, parecía tener vida. Tenía su martillo a mano, pero no le dedicó ni una ojeada al arma.
—¿Por qué, qué vas a hacer? —Curze salió de entre las sombras.
Iba sin casco, y la luz caía sobre sus facciones de tal modo que allí donde la oscuridad se acumulaba esta le daba una apariencia demacrada, casi esquelética. Nostramo, el lugar donde había nacido —a menos que uno tuviera en cuenta el laboratorio donde, al igual que todos sus hermanos, fue creado—, había sido un mundo sin luz. Tal hecho resultaba evidente en la palidez parecida a la de la caliza de sus habitantes, y Curze no era una excepción. Uno con la piel del color del ónice, el otro del color del alabastro; ambos primarcas eran un estudio en claroscuro.
En marcado contraste con los ojos llameantes de Vulkan, los de Curze eran como finos óvalos de azabache que miraban con fijeza por entre mechones de un cabello negro y lacio que le caía sobre el rostro. En tanto que Vulkan lucía la piel de un draco de fuego como manto, Curze llevaba una capa de jirones color carmesí. Un hermano tenía un aspecto de reptil, con su blindaje en forma de escamas verde océano, cubierto de cuarzo poco común; el otro llevaba una armadura negro azulado, con sigilos de muerte y mortalidad grabados en ella.
Vulkan mantuvo la voz uniforme, neutral.
—¿Intentas provocarme, Curze? ¿Quieres que esto vaya a más?
—Eso ha sonado a amenaza. —Curze sonrió con frialdad—. ¿Es una amenaza, hermano? ¿Soy una espada tosca que hay que templar en tu virtuoso yunque? ¿Te consideras también superior a mí y mi maestro, pues?
Vulkan hizo como si no le oyera, indicando con un ademán en su lugar la hoguera que había sido la ciudad de Khar-tann.
—Mira lo que han provocado tus acciones.
—¡Ja! «¿Lo que han provocado mis acciones?». Vulkan, suenas como un poeta, y uno muy deficiente la verdad. —Adoptó un tono serio—. He domeñado este mundo para ti, hermano. Al sacrificar selectivamente esta ciudad a la que ahora estás prendiendo fuego, nos he ahorrado un enorme derramamiento de sangre. ¿Qué crees que harán los rebeldes de este mundo cuando vean y oigan lo que hemos hecho a una de sus ciudades principales? —Desafiando la palpable cólera de Vulkan, Curze dio un paso hacia él, enfatizando cada palabra—. Se encogerán de miedo, se acobardarán y llorarán… —Cuando los dos estuvieron cara a cara, le gruñó la última parte por entre una barricada de dientes—. Suplicarán misericordia. —Retrocedió, a la vez que abría los brazos—. Y tú puedes dársela: ese es mi regalo.
Vulkan negó con la cabeza.
—El terror es tu regalo. Eran mujeres y niños, Curze. Inocentes.
—Nadie es inocente —replicó Curze con desprecio, con amargura.
—Saliste del arroyo, hermano, pero nuestro padre te elevó. Deja de actuar como el canalla sanguinario que heredaste en Nostramo.
—Me elevó, ¿verdad? ¿Me llevó de la oscuridad a la luz? Somos asesinos, Vulkan. Todos nosotros. No intentes convencerme de que somos hombres nobles, porque no lo somos. Sencillamente he abierto los ojos antes que tú, eso es todo.
Curze dio media vuelta y se alejó, descendiendo de nuevo el cerro.
—Miedo, Vulkan —le gritó mientras desaparecía en las sombras—. Eso es lo único que comprenden. Todos necesitáis aprender eso.
Vulkan no respondió. Le temblaba todo el cuerpo. Al bajar la mirada, vio que sujetaba el martillo de forja con ambas manos. Ni siquiera había advertido que lo había cogido. Jadeó, soltando aire para aliviar la tensión, y luchó contra su propio cuerpo. Cuando recuperó la calma, se volvió hacia el enorme incendio. Las llamas ascendían ya, tocando el cielo con zarcillos de serpenteante humo negro. Le recordó Ibsen, y las selvas que habían incendiado allí.
«¿Cuantos mundos más deben arder antes de que esto termine?».
Permaneció allí de pie en silencio, mirando sin más, y se quedó así durante varios minutos hasta que una voz sosegada que surgió de detrás del primarca turbó su ensoñación.
—¿Lord Vulkan?
Era la rememoradora, Seriph.
—Vuestro palafrenero dijo que estaríais aquí arriba.
—¿Te dijo también que no deseaba que me molestaran?
Seriph inclinó levemente la cabeza.
—Estaba demasiado preocupado para detenerme.
Vulkan le dio la espalda.
—No estoy de humor para más preguntas ahora.
—Mis sinceras disculpas, mi señor. Había esperado poder continuar nuestra…
El primarca volvió la cabeza con fiereza hacia ella.
—¡He dicho que ahora no!
La mujer retrocedió asustada, con el temor pintado en los ojos.
Las últimas palabras de Curze regresaron a su mente, casi burlonas, pero Vulkan no podía hacer nada. La miró iracundo, con los ojos ardiendo enfurecidos. Ese era el monstruo, esa era la imagen que con tanto ahínco intentaba ocultar a la rememoradora. Sus corazones palpitaron con fuerza, y el pecho ascendió y descendió como un fuelle gigantesco. Curze tenía razón: era un asesino. Era para eso que lo habían engendrado.
La cólera que sentía ante lo que había hecho su hermano, el recuerdo de aquellos cuerpos, de los niños… Era abrumador, tan arrollador que Vulkan siseó su siguiente orden e inundó el aire con el olor a cenizas y carbonilla.
—Déjame. A solas.
Seriph abandonó el cerro a toda velocidad.
Vulkan no se molestó en contemplar su marcha. En su lugar, observó las ruinas en llamas de Khar-tann.
—Todo acabará en llamas cuando la galaxia arda —dijo, mientras una opresiva melancolía descendía sobre él—. Y todos nosotros encenderemos la antorcha.
El dolor me aguardaba cuando desperté. No era algo que me fuera desconocido, pues había nacido para ser un guerrero, un primarca. Y hacía falta ser un primarca para saber cómo lastimar realmente a otro.
A Curze debían de haberlo instruido bien, pues me dolía todo el cuerpo. Ese dolor me trajo de vuelta de un letargo de inconsciencia a un mundo lleno de candente y desgarradora agonía. Incluso yo, Vulkan, que he estado de pie en la boca de un volcán, que he soportado el fuego nucleónico expurgador del ataque de un misil y sobrevivido. Incluso para mí, eso… realmente dolía.
Chillé, al mismo tiempo que abría los ojos. A través de una visión empapada de rojo arterial, vi una celda no mayor que la bodega de una cañonera. Era negra con paredes circulares, forjada en metal y sin ninguna puerta o entrada que pudiera ver.
Tras calmar la cadencia apremiante de la sangre que tamborileaba a través de mis corazones, ralenticé la respiración. El shock junto con los graves daños padecidos retardaban mis esfuerzos para controlar el cuerpo, pero mi fuerza de voluntad era mayor, y recuperé una cierta apariencia de funcionamiento.
Pestañeé, haciendo desaparecer la roja escarcha de sangre coagulada que había formado una costra sobre el iris, igual que una lente sucia. Extremidades y huesos doloridos protestaron, pero logré levantarme. Era como si el pie de un titán descansara sobre mi espalda.
Di un paso vacilante pero trastabillé y caí dolorosamente sobre una rodilla. Llevaba un tiempo sin andar, no tenía ni idea de cuánto. La celda estaba en la oscuridad más absoluta a pesar de mi visión potenciada, y había perdido toda noción del tiempo.
Tras volverme a poner en pie, el cuerpo empezó a temblar, pero me mantuve erguido. Aguardé así unos instantes —podría haber sido una hora, era difícil calcularlo— y los temblores disminuyeron y a continuación desaparecieron por completo, a medida que mis fuerzas regresaban poco a poco. Conseguí dar tres pasos más antes de que los grilletes que me sujetaban a la pared tiraran de mí hacia atrás. Fruncí el entrecejo y bajé la mirada hacia las cadenas sujetas a muñecas y tobillos como si las viera por primera vez. Otra me sujetaba el cuello, unida a un collar. Tiré de una a modo de experimento, para evaluar la resistencia. No cedió. Ni siquiera con las dos manos conseguí romper la cadena.
—Malgastas el tiempo —indicó una voz familiar desde la oscuridad, haciéndome volverme rápidamente.
—Muéstrate —exigí.
Tenía la garganta reseca por el aire acre del lugar, y a mi voz le faltó convicción debido a ello.
Aun así, un rostro asomó amenazador de las sombras en respuesta a mi orden. Era pálido, enmarcado por un pelo negro muy corto, con mejillas hundidas y fríos ojos vidriosos. Los tiburones tienen esa clase de ojos: ojos sin vida. Pero era un hombre, no un tiburón. Era mi hermano, uno al que apenas reconocí.
—¿Te alegra verme? —preguntó Ferrus Manus con voz ronca.
—¿Qué? ¿Cómo es posib…? —empecé a decir, antes de que la hoja penetrara en mi costado. Mientras un fuego intenso estallaba en mi carne, caí en la cuenta de que mis carceleros también estaban ahí, aguardando silenciosos en la oscuridad. Habían traído gran cantidad de espadas con ellos, las cuales oí abandonar las vainas para hundirse en mi cuerpo.
Antes de que perdiera el conocimiento, el hedor a osario del aliento de Curze descendió sobre mí, y mientras volvía a caer tuve una visión momentánea de mi compañero de celda.
Con aquellos mismos ojos muertos clavados en mí, Ferrus alzó la barbilla.
Alrededor del cuello tenía una cicatriz sanguinolenta, en parte coagulada con su sangre de primarca. Yo conocía esa herida, había infligido varias de ellas durante mi época como caudillo militar. Era de una decapitación.
—Como puedes ver —respondió él—, no es posible.
Y mi mundo fue engullido por la oscuridad.