Vulkan vive

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Capítulo Tres. Descubrimiento

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Capítulo Tres. Descubrimiento

Capítulo Tres

Descubrimiento

¿Qué es auténtica fe? ¿Es creer en la ausencia de verdad empírica? No. La fe es una manifestación de albedrío, es el precio del vasallaje ofrecido en presencia de una divinidad real y la única protección contra su cólera divina. Eso es auténtica fe».

—Pronunciado durante una reunión de la Logia por un capellán de la XVII Legión

Sebaton inhaló profundamente el aire puro del exterior. La reclusión en el interior de las catacumbas había empezado a poner de manifiesto una leve claustrofobia y, con el aire nocturno refrescando su piel, dejó que la sensación de alivio por estar fuera del agujero lo inundara. El corazón le martilleaba con tal violencia que sintió que tenía que poner una mano sobre el pecho solo para sosegarlo. El miedo a los espacios cerrados no era algo que hubiera padecido con anterioridad, pero la sensación de un terror insidioso, aquella creencia intangible de que algo —⁠o alguien⁠— le seguía el rastro como un sabueso, lo había inquietado más de lo que quería admitir.

—Haz el favor de controlarte —⁠se reprendió.

A pesar de lo que había prometido, estaba justo de vuelta donde no quería estar. Esperaba que, tras la última vez, le hubieran dejado en paz. Había osado creer que era libre, pero nunca estaría realmente libre, no de ellos. Y, por lo tanto, ahí estaba.

La noche había caído por completo sobre las ruinas, y las nubes de un color morado intenso de lo alto dejaban caer una lluvia fina, que tamborileaba sobre el toldo de lona de la tienda.

Habían acampado en un promontorio rocoso desde el que se veía la excavación. Las ruinas estaban detrás de Sebaton, unos veinte metros más abajo, accesibles mediante una ligera pendiente. El otro lado del promontorio descendía en forma de precipicio, al pie del cual había una reducida extensión de tierra yerma cubierta de matorrales grisáceos que estaba siendo lentamente erosionada por el progresivo avance de las canalizaciones y la industria de Ranos.

También había sido el dolor lo que lo había hecho salir al exterior. Sebaton lo había sentido como una molestia en la parte posterior del cráneo, una comezón tras los dientes que no había modo de hacer desaparecer, un sabor amargo bajo la lengua que le producía náuseas. El simple hecho de estar en el agujero producía dolor. Cuanto más cerca estaban, más duro resultaba estar allí abajo. Sebaton no estaba seguro de si eso era de buen o mal agüero con respecto a su empeño. Sus patrones habían sido muy minuciosos respecto al objeto motivo de esta excavación, proporcionando todo lo que necesitaba para reconocerlo, así como qué era lo que hacía, cómo funcionaba y qué se esperaba que hiciera con él una vez que lo tuviera. Esto era lo peor, no el excavar, sino lo que venía a continuación: su misión.

La temperatura había descendido por encima de la excavación y Sebaton sostenía una taza de recaff en una mano en un vano intento de calentarse, mientras con la otra se masajeaba la sien derecha. No servía de nada; seguía teniendo frío, y la migraña también persistía.

—¿Estás bien?

Varteh lo había seguido y ascendía por la ladera hacia él, con la pistola floja en la pistolera, moviéndose con la misma seguridad marcial que siempre mostraba. Sebaton dejó de darse masaje en la cabeza, permitiendo que la mano fuera hacia la pistola que llevaba, pero se reprendió a sí mismo al instante.

«Te asustas hasta de una sombra», se dijo. «¿Desde cuándo estás tan paranoico?».

«¿A quién quieres engañar?, siempre has sido así de paranoico. Son gajes del oficio».

—Perfectamente —mintió, tomando un sorbo de la salobre cafeína. Hizo una mueca ante su sabor.

—Lo siento —dijo Varteh, llegando junto a él en la cima de la loma⁠—. Lo de preparar infusiones no se me da tan bien como lo de matar gente. —⁠Espero que no tengas que demostrar tu habilidad en lo segundo.

El antiguo Lucifer se sirvió una taza pero no contestó.

—Está caliente, al menos —dijo Sebaton, dándose la vuelta para contemplar la ciudad mientras Varteh se reunía con él⁠—. Bueno…, templado.

Chocaron levemente las tazas.

—¿Por qué bebemos? —preguntó Varteh.

—Por salir de aquí.

La expresión del antiguo Lucifer sugirió que pensaba que Sebaton se refería a algo más que abandonar Ranos. Sacó un pitillo de hoja de lho enrollada del bolsillo de la chaqueta y le ofreció otro a Sebaton, que lo rechazó.

—No, gracias. Mi mente ya está más que estimulada tal y como está.

—Me mantiene bien despierto —⁠respondió Varteh⁠—. Es gracioso lo que echas de menos cuando estás fuera.

Sebaton volvió la cabeza para contemplar el perfil del soldado.

—¿Fuera?

—Del cuerpo, del ejército.

«Ah, fuera»…, pensó Sebaton.

Le tocó entonces a Varteh preguntar, al percatarse del cambio en el estado de ánimo.

—¿Pasa algo?

—Libertad, Varteh. Estás hablando de libertad.

—No todo el mundo la desea. Y a mí me expulsaron, ¿recuerdas? Para algunos, la rutina es un áncora de salvación que los mantiene fondeados, impidiendo que vayan a la deriva. He conocido a muchísimos soldados que piensan así. No saben funcionar sin ella. El tiempo de inactividad es como un infierno para hombres así.

—En efecto —contestó Sebaton, mientras observaba el panorama de laberínticos edificios industriales, manufactorums y bloques de viviendas⁠—. Te creo.

Diminutos puntos de luz parpadeante que emanaban de hogueras encendidas en barriles, cocinas portátiles y altos hornos iluminaban la por otra parte anodina vista. Sebaton imaginó a los miles de trabajadores ligados por contratos apiñados alrededor de ellos para calentarse. Había dedicado meses a organizar esa excavación, a localizar el emplazamiento correcto y, luego, a la excavación en sí. Ahora, con el objetivo de su visita tan cerca, Sebaton estaba más que dispuesto a marchar.

Varteh señaló con el pulgar por encima del hombro.

—Así pues, ¿por qué aquí? Sé que no me darás detalles y francamente no me importa si haces esto para obtener ganancias o prestigio, pero en este lugar no hay más que escombros. No hay ninguna tumba, ningún sarcófago gyptiano esperando a que lo abramos. ¿Tiene al menos un nombre?

No estaba equivocado. Incluso con la ventaja que representaba ver las ruinas desde lo alto, no se parecía en nada a la fortaleza que había sido en el pasado. En la actualidad era un armazón medio podrido de vigas en voladizo, como astas de extremidades rotas sobresaliendo de los cascarones calcinados de casas señoriales caídas en el olvido hacía mucho tiempo. Durante muchos años, los habitantes de Ranos, e incluso Traoris, habían estado sometidos a los señores de esa fortaleza y las siete otras repartidas por el planeta. Esa había sido la última, y su borde octogonal apenas era visible. Ocho, ocho fortalezas con forma de octágono. Incluso esa palabra era inexacta. Algunos se habían referido a ellas por otro nombre: templos.

«Sí, este lugar tenía un nombre pero no voy a pronunciarlo. No aquí, no a ti».

—Algo sucedió aquí —explicó Sebaton en su lugar⁠—, algo importante, y una parte de ello permaneció.

—¿El «arma» que mencionaste?

—No, eso no —respondió él, momentáneamente aturullado, a la vez que lamentaba haber hablado tanto. Calló un momento⁠—. ¿No te parece que está todo demasiado silencioso?

En lo más profundo del centro de Ranos, las diminutas luces se extinguían.

En el cielo, el repiqueteo de potentes motores de turbina invadió el silencio. Estaban lo bastante lejos como para que ninguno de los dos hombres hiciera intención de coger el arma que llevaban al cinto, pero lo bastante cerca para que Sebaton fuera a por una lente telescópica del interior de la tienda.

—Naves de desembarco —informó Varteh, que no necesitaba las prestaciones de la lente para darse cuenta de a qué pertenecían los motores.

—Cuento tres, abriéndose paso a través de la capa de nubes —⁠repuso Sebaton, con la lente presionada contra el ojo derecho⁠—. Sin la menor duda, un grupo de desembarco.

—¿De qué?

—Ni idea —mintió de nuevo, cerrando la lente telescópica para guardarla en el bolsillo.

Eran cañoneras de gran tamaño y estaban fuertemente armadas. De la clase que utilizaban los guerreros mortíferos. Ya se había topado con ellos antes, y no le había gustado la experiencia.

—Me gustaría saber qué hacen aquí —⁠dijo Varteh.

—No, no te gustaría.

Varteh lanzó una carcajada carente de toda alegría.

—Puede que tengas razón. Iré a patearle el culo a nuestro adepto. Veamos si podemos avanzar un poquitín.

—Buena idea.

Varteh trotó ladera abajo, con una mano sobre la pistolera para mantenerla quieta.

Sebaton perdió de vista las cañoneras a los pocos segundos, cuando desaparecieron por debajo de desprevenidas hileras de salidas de humo y silos. Maldijo por lo bajo.

—Supongo que era mucho pedir que no aparecieran.

El tazón que sostenía se calentó, tornándose mucho más caliente que la tibia cafeína que contenía. Bajó la mirada a sus parduzcas profundidades y frunció el ceño.

—Vaya —dijo—, eres tú.

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