Vulkan vive

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Capítulo Cuatro. Hijos de nuestros padres

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Capítulo Cuatro. Hijos de nuestros padres

Capítulo Cuatro

Hijos de nuestros padres

Más que a nadie os he querido evitar. Huid de mí.

Mi alma está demasiado cargada de los de vuestra sangre».

—De Masbeth, del dramaturgo KRISTOF MYLOWE

—¿Recuerdas cómo te encontré, solo en las llanuras de cenizas? Entonces pensé que eras un milagro, o algún demonio que la tierra había expulsado para atormentarnos. Pero no eras más que una criatura, un niño pequeño. Algo tan pequeño, tan vulnerable, rodeado de tanta muerte. Pensé que estabas muerto, carbonizado por la colisión. La arena en el interior del cráter que abriste había quedado cristalizada… Pero el fuego jamás te tocó, ni siquiera dejó marca alguna. Apenas si lloraste, y no fue de dolor o malestar. Simplemente no querías estar solo, Vulkan.

—Lo recuerdo.

Olí a humo y cuero, a metal y a sudor.

—Despierta, hijo —dijo un hombre, y en mi estado semiinconsciente creí reconocerlo.

Estaba de vuelta en la forja. Estaba en casa.

—¿Padre?

El humo se disipó, la oscuridad dejó paso a la luz; parpadeé y allí estaba él ante mí. Como si fuera ayer.

N’bel.

El rostro curtido por el sol de Nocturne, las manos encallecidas de trabajar el metal, una piel que tenía un tacto áspero cuando la tocaba, N’bel era un artesano de pies a cabeza. Tenía las espaldas anchas de un herrero, el copador de fragua metido bajo el cinturón proporcionaba más pruebas innecesarias de su profesión. Llevaba un burdo mono de tela oscura y gruesa, cubierto por un delantal de cuero. Los brazos estaban desnudos, llenos de cicatrices y curtidos como el rostro, rodeados de torques, con músculos y tendones protuberantes. Era un hombre que se ganaba la vida con el sudor de su frente. Me había enseñado todo lo que yo sabía o, al menos, todo lo que yo tenía ganas de recordar.

—Estás vivo…

El hombre asintió.

Mi pecho se llenó de dolorosa añoranza, los ojos de lágrimas. A mi alrededor estaba el taller, lleno de olor a cenizas y calentado por un fuego. En algún lugar cercano, un yunque repicaba con un ritmo constante, el compás del tambor de un forjador, cuya melodía yo conocía muy bien. Este lugar era puro y bueno. Había un hogar de piedra en un rincón de la habitación, en el que un cazo de caldo borbotaba dulcemente sobre un fuego que chisporroteaba con suavidad. Ahí estaba la tierra. Ahí estaba en mi elemento.

—Te he echado en falta, padre.

Mis mejillas se cubrieron de lágrimas. Noté un sabor a sal y carbonilla cuando tocaron mis labios mientras abrazaba a N’bel, como un hijo perdido que regresa al hogar. A pesar de toda su musculatura y su gran tamaño, mi padre era como un niño en mis brazos. Nos separamos a la vez que una expresión torva aparecía en mi rostro ante la repentina reunión.

—¿Cómo? ¿Qué hay de la guerra? ¿Ha…?

Algo enturbiaba mi mente e impedía que viera con claridad. Sacudí la cabeza pero la niebla no estaba ahí, estaba dentro.

—Lo único que importa es que estás de vuelta, hijo mío.

Me dio una palmada en el brazo y noté la calidez del respeto de un padre y la admiración me embargó como un bálsamo, llevándose con ella toda la culpa y la sangre.

Durante tanto tiempo había deseado regresar. Una vez finalizada la Cruzada, y acabada la guerra; en mi fuero interno, sabía que regresaría a Nocturne y viviría en paz. Un martillo puede partir cosas —⁠en mis manos era una arma de una efectividad increíble⁠—, pero también era una herramienta para crear. Yo había destruido poblaciones, arrasado ciudades enteras en nombre de la conquista; en esos momentos quería permanencia, satisfacer un deseo de construir, no destrozar.

Ayudé a construir ese lugar; no tan solo esa forja, sino también esa ciudad en la que sabía que radicaba, y las otras seis ciudades santuario también. Nocturne siempre había sido una sociedad tribal, basada en la tierra en la que estaba asentada, pero su industria y motor también era su ruina, como aquel mundo ardiente y volátil demostraba durante cada Prueba de Fuego.

Los ojos de N’bel miraban fijamente, no con alegría paternal por volver a estar juntos, sino con miedo.

Le sujeté por los hombros, con firmeza, pero no con tanta fuerza que fuera a lastimarlo.

—¿Padre, qué sucede? ¿Qué es lo que pasa?

—Lo único que importa es que has vuelto… —⁠repitió, e indicó con la cabeza detrás de mí.

Seguí su mirada hasta la puerta de la forja. Estaba entreabierta y una brisa cálida transportaba al interior los sonidos de la noche de Nocturne. Podía oler el calor del desierto, notar en la boca el dejo ácido del mar Acerbian y también de algo más.

Solté a N’bel y me dirigí hacia la puerta.

—¿Qué ha ocurrido?

A poca distancia estaba el estante de las herramientas que mi padre utilizaba en el yunque. Tomé un hierro de marcar con forma de lanza. Fue una elección curiosa; había varios martillos, pero por algún motivo elegí el hierro.

—No estabas solo… —musitó mi padre; la potente voz de herrero e transformó en un gimoteo⁠— cuando regresaste.

Gruñí y avancé hacia la puerta, con el mango del hierro de marcar bien sujeto en la mano.

—Padre, ¿qué ha sucedido?

El miedo dominaba a N’bel, y un frío repentino se extendió por la fragua, helándome la sangre.

En los tiempos anteriores a la aparición del Forastero, los habitantes de Nocturne habíamos combatido a grupos de espectros del crepúsculo para mantener nuestra libertad y seguridad. Eran saqueadores, piratas y traficantes de esclavos. Más tarde acabé conociéndolos como los eldars, una especie alienígena que había asolado particularmente mi mundo, pero también infinidad de otros.

Yo había deseado la paz, una oportunidad de construir, pero veía ahora que el destino no quería soltarme; la galaxia quería un guerrero. Mi otro padre me llamaba y tenía que responder a la llamada.

—Quédate en la fragua —dije a N’bel, y salí al exterior.

La noche era negra como el carbón, y un extenso manto de nubes piroclásticas avanzaba despacio por el horizonte igual que un sombrío fantasma. Todas las luces estaban apagadas. Todos los hogares, todas las forjas y hornos industriales, a oscuras.

Había salido a una plataforma de hierro y acero. Las viviendas tribales de mis años de formación habían desaparecido, como lo habían hecho las sencillas fraguas de mis antepasados. Con el advenimiento del Forastero, y la llegada de un Imperio incipiente, Nocturne había cambiado. Máquinas de extracción enormes, hornos industriales y manufactorums sustituían las viejas fraguas. Allí donde había habido viviendas humildes, en la actualidad existían conurbaciones enormes de alojamientos cubiertos por cúpulas, estaciones repetidoras y torres de comunicación. El chamán de la tierra y los moldeadores de metal, incluso los herreros, habían dejado paso a sismólogos, geólogos y patrones de manufactorums. Nuestro comercio no había cambiado, pero sí nuestra cultura. Era necesario, pues Nocturne era un mundo caprichoso, siempre al borde de la destrucción.

La montaña del Fuego Mortífero daba rienda suelta a su ira en estos momentos, con toda su abrasadora gloria, y una nube piroclástica me impedía ver gran cosa mientras pasaba rauda por delante del invisible escudo de vacío suspendido sobre mi cabeza. Los generadores, uno para cada gran ciudad, eran otro regalo del Imperio. El que había situado sobre mí titilaba violentamente al ser golpeado por pedazos de escoria que arrojaba el volcán. Llovía fuego del cielo, cayendo en oleadas continuas para seguidamente estallar en forma de chispas al topar con la resistencia del escudo de vacío.

Era hermoso contemplar la furia de la naturaleza en una vista panorámica como esa. Cuando por fin bajé la mirada del cielo, la sensación de sobrecogimiento y belleza me abandonó, y fue reemplazada por la frialdad que había percibido en la fragua.

—Tú —mascullé como una maldición al ver la figura solitaria que me daba la espalda.

Estaba sentado, con los hombros encorvados sobre algo. El oscuro cabello le caía por la espalda y vestía un blusón de arpillera. Sostenía un cuchillo en una mano. El borde de la hoja era serrado y en la oscuridad me pareció que tenía un lustre más oscuro alrededor de la dentada cuchilla. No encajaba en ese lugar. Yo lo sabía en mi fuero interno, pero también me quedaba claro en lo anacrónico de las ropas.

No me había oído, así que me acerqué más, sujetando con más fuerza el hierro de marcar.

La figura oscura estaba serrando, podía oír el raspar del cuchillo al partir algo. En un principio pensé que era madera, combustible para el horno, pero entonces recordé la hoja y el brillo oscuro alrededor del borde. Había un cesto a un lado a poca distancia de él, y cada vez que acababa de efectuar un corte, arrojaba algo a su interior.

—¿Qué estás haciendo? —Mientras hacía la pregunta, supe la respuesta⁠—. ¿Qué es lo que estás haciendo? —⁠insistí.

La cólera me dominó, y alcé el hierro de marcar por encima de la cabeza como una lanza.

El brillo negro alrededor de la hoja… era sangre.

No había luces, ni fuego en los hornos; la ciudad estaba muerta, y él la había matado.

—¡Vuélvete, maldito seas!

Se dio la vuelta y se incorporó, con el cuchillo alargado a un lado, con indiferencia.

—¡Cerdo asesino!

Eché la lanza hacia atrás, apuntando a su espalda, donde sabía que el hierro atravesaría el corazón. Incluso los primarcas pueden morir. Ferrus había muerto. Fue el primero de nosotros, el primero del que yo estaba seguro, en todo caso. Incluso los primarcas pueden morir…

—Vulkan, no.

La voz provenía de detrás de mí y me constreñía a obedecer.

Al principio pensé que era N’bel, que se había atrevido a abandonar la fragua para ver qué sucedía, pero me equivocaba. Me volví, y, de pie ante mí, con la misma túnica que llevaba en Ibsen, estaba el rememorador Verace.

—Vulkan, es tu hermano y lo prohíbo.

Mi mano se cerró con más fuerza sobre la lanza.

—Pero los ha asesinado.

—No lo mates, Vulkan.

¿Quién era ese humano para decirme qué hacer, para darme órdenes? No era nada para mí, un recuerdo de la Gran Cruzada, un… No, eso no era así. Sacudí la cabeza, intentando disipar la niebla, pero no estaba allí fuera, estaba dentro.

Verace no era un rememorador. Era un pretexto, una máscara para ocultar algo de mayor importancia.

Muy pocos mortales podían contemplar la auténtica figura del Emperador y vivir. Incluso su voz era letal. De modo que lucía máscaras, creaba apariencias falsas para así poder moverse por la galaxia sin dejar un pavor letal tras él. Yo era su hijo, y, como tal, capaz de soportar mucho más de lo que jamás podría cualquier hombre mortal, pero ni siquiera yo había visto el rostro auténtico de mi padre. Él era a la vez un guerrero, un poeta, un científico y un vagabundo, y sin embargo tampoco era ninguna de esas cosas. Todas ellas eran un simple camuflaje para ocultar su auténtica naturaleza. Y el disfraz que mi padre eligió lucir en ese momento era el de un envejecido rememorador.

—Hijo mío, no debes matarle.

—Se ha ganado su destino —escupí con agresividad, sin el menor deseo de desafiar a mi padre pero al mismo tiempo incapaz de dejar que el asesino quedara sin castigo.

—Vulkan, por favor, no le mates.

—¡Padre!

Sentí que una mano me agarraba el hombro, fría y fuerte como un cepo. Mi puño ya no aferraba la lanza, su ausencia era igual que humo escapando de entre mis dedos cerrados.

—Hermano… —dijo Curze a la vez que me hincaba la lanza en la espalda y yo veía como esta me atravesaba el pecho al cabo de un segundo. El mundo volvía a esfumarse. Aferré el hierro que me empalaba y me desplomé de rodillas cuando Curze me soltó.

Verace había desaparecido sin dejar ninguna señal de su partida; lo mismo había hecho mi hermano, aunque era la ausencia de su presencia más que su desaparición propiamente dicha lo que advertí.

Por encima de mi cabeza, el escudo de vacío titiló una vez y dejó de funcionar. Cayó un diluvio de fuego que hizo arder el cielo. Impotente, moribundo, cerré los ojos y me entregué a la conflagración.

El hedor a humo y cenizas me saludó cuando recuperé el conocimiento. Por un momento creí que seguía en Nocturne, atrapado en algún ciclo infernal del que no existía escapatoria, destinado a revivir una y otra vez mi imaginaria muerte a manos de Curze, mi hermano y, en esos momentos, mi captor.

Pero cuando fue la celda y no la fragua de N’bel lo que fue apareciendo a mi alrededor, comprendí que estaba realmente despierto y que mi regreso a casa no había sido más que una pesadilla. Un sudor febril me recubría el cuerpo; fue lo primero que noté una vez disipado el olor de la fragua. Reinaba la oscuridad, como de costumbre, y volutas de vapor ascendían de mi piel negra como el petróleo a medida que el calor del cuerpo reaccionaba al frío. Las cicatrices de honor resaltaban, mis juramentos del momento, grabados en la carne y mostrados en toda su crudeza por una luz intensa que emanaba de lo alto. Por un instante me pareció ver una marca que no reconocía, pero la perdí en las sombras.

Lo segundo que percibí fue que no estaba solo, y eso me desconcertó. Aunque la pesadilla me había abandonado, mi horrendo compañero de celda no lo había hecho.

Ferrus observaba desde las sombras, con los ojos sin vida centelleando como ópalos.

—Estás muerto, hermano —le dije, poniéndome en pie⁠—. Y lo lamento de verdad.

—¿Por qué? —preguntó Ferrus, y la truculenta herida del cuello añadió más aridez a una candencia ya chirriante⁠—. ¿Te culpas, hermano? —⁠Sonó casi como una acusación, hasta tal punto que hizo que me diera la vuelta para contemplarle. Era un espectro de verdad, una sombra, una versión marchita de lo que Ferrus Manus había sido en una ocasión, ataviada con la armadura de mi hermano difunto.

—¿Dónde estamos? —pregunté, haciendo caso omiso de la pregunta⁠—. ¿Dónde crees que estamos?

—En Isstvan.

Ferrus asintió.

—Nunca marchamos, ninguno de nosotros.

—No finjas ser él.

Ferrus abrió los brazos y miró en derredor como en busca de respuestas.

—¿No lo soy? ¿Es más fácil apaciguar tu culpa si te obligas a creer que no tengo nada que ver con él? ¿Sabes dónde está mi cuerpo ahora? Yace decapitado en un desierto de arena negra, pudriéndose lentamente en su armadura manchada de sangre. No recuerdo que ninguna de las estatuas erigidas en mi honor mostrara tal imagen.

Empezaba a cansarme toda esa zalamería. Era indigna de mí, era indigna de Ferrus, y me sentía como si estuviera mancillando su memoria por el solo hecho de escucharla.

—¿Qué eres tú, criatura? Porque no eres Ferrus Manus.

Lanzó una carcajada. Fue un sonido desagradable, como el graznido de un cuervo.

—Pensaba que era tu hermano. ¿No es así cómo te dirigiste a mí? ¿Tan fácil es olvidarme ahora que estoy muerto?

Ferrus, o la cosa que llevaba su piel y armadura igual que un hombre lleva un embozo, fingió desilusión.

No me convenció.

—Ferrus era un guerrero noble, un hombre bueno e íntegro. Él era acero y yo era hierro, y jamás le olvidaré. Nunca.

—Sin embargo, me dejaste morir.

La culpa duele más que cualquier cuchilla, y cuando traspasó mi fatigado corazón me tambaleé al principio pero luego me enderecé.

—No había nada que pudiera hacer. Nada que ninguno de nosotros pudiera hacer.

—¿Ninguno de nosotros? —preguntó, a la vez que una expresión de tardía revelación pasaba por su rostro⁠—. Ah, te refieres a Corax. ¿Quieres que él comparta tu culpa? —⁠El rostro se animó, como si hubiera recibido una iluminación, antes de ensombrecerse bruscamente, empujando a Ferrus a sacudir muy despacio la cabeza⁠—. No. Esto es cosa tuya, Vulkan. Esto fue tu error. Tú me decepcionaste, no Corax.

Volví la cabeza, al mismo tiempo que las palabras del espectro me laceraban sin mostrar ningún signo visible de las heridas que habían infligido.

—No eres real, hermano. Eres solo un producto de mi imaginación, un vestigio de conciencia…

—¡Culpa! Soy tu culpa puesta de manifiesto, Vulkan. No puedes huir de mí porque vivo en tu interior.

Tratando de no escuchar, empecé a examinar la celda. Era circular; el metal utilizado para construirla, grueso e impenetrable para mis puños solos. Pero estaba construido en secciones, y una línea de soldadura que dejaba un reborde superficial traicionaba cada una de ellas. Cincuenta metros en vertical. No podía saltar esa distancia, pero tal vez podría escalarla. A medida que la lucidez regresaba, también lo hacía mi capacidad para hacer planes y crear estrategias. Puse esos dones a trabajar en mi huida.

Una mazmorra es un agujero, un calabozo al que se arroja a la gente y se la olvida allí. Era lo que Curze había hecho. Me había abandonado en un agujero, me había apaleado y herido y había asumido que me desmoronaría, que mi mente quedaría hecha añicos y jamás recobraría la cordura.

Curze no era un habitante de Nocturne. Los nostramanos no poseían nuestro orgullo, determinación y aguante.

«Desesperanza» no era una palabra que reconociéramos, como tampoco lo era «sumisión».

El propósito me proporcionó nuevas fuerzas, así que agarré las cadenas. El hierro tenía un tacto áspero sobre las palmas de las manos cuando las cerré sobre él. Los músculos del cuello se hincharon, endureciéndose en hombros y espalda. Ristras de tendones resaltaron en mi pecho de herrero, gruesos como cordeles y ejerciendo presión sobre las cadenas. Y, a medida que tiraba, los eslabones empezaron a estirarse y abrirse, cediendo poco a poco a mi presión. Con un esfuerzo supremo, formado tanto de fuerza de voluntad como de fuerza bruta, desencajé las cadenas y las partí. Todas y cada una de ellas, hasta dejar los fragmentos desperdigados por el suelo de la celda.

Ferrus hizo una mueca, y casi pude oír cómo torcía el labio:

—Así que te has liberado de esas cadenas. ¿Y qué? Eres débil, Vulkan. Y, puesto que eres débil, fracasarás. Tal y como me fallaste a mí, tal y como le fallaste a tu legión.

Paré un instante e incliné la cabeza para recordar a los caídos.

«Nemetor, acunado en mis brazos»… Él había sido el último.

—Yo no te fallé, hermano.

Presioné una mano contra la pared de la celda y empecé a palparla en busca de imperfecciones en el metal, del asidero más diminuto que pudiera aprovechar.

La voz detrás de mi interrumpió mi planificación.

—¿Quieres saber cómo morí, hermano?

No volví la cabeza esta vez, pues no deseaba ver a la cosa que de algún modo había penetrado furtivamente en mis pensamientos e intentaba acobardarme.

Mi respuesta fue cáustica.

—No eres mi hermano. ¡Ahora, cierra el pico!

La voz de Ferrus se tornó más queda, más siniestra.

—¿Quieres saber de qué me di cuenta en el mismo momento de mi muerte?

Vacilé y me maldije interiormente por hacerlo.

—Le vencí, ya sabes. A Fulgrim, me refiero.

Ahora sí que me di la vuelta. No pude evitarlo. En lo más profundo, una parte de mí debió de haberlo sospechado, de lo contrario, ¿cómo podría esta aparición hablarme de ello?

—¿Fue él quien te asesinó?

Ferrus asintió despacio, a la vez que una sonrisa se deslizaba por sus labios como una araña subiendo por un hierbajo.

—Así es.

—Tú le odiabas, ¿verdad? Por su traición, por el vínculo de amistad que rompió.

—En su momento fuimos muy íntimos.

Volví a sentir el peso de las cadenas, de los miserables fragmentos arrastrándome como un áncora al interior de las profundidades abisales de un océano. La oscuridad permanecía en aquella trinchera de la mente, devastadora e infinita. Sabía que estaba sucumbiendo a algo; que mi voluntad, no mi fuerza, estaba siendo puesta a prueba, y volví a preguntarme sobre la naturaleza de la oscuridad de ese lugar a través de la cual no podía ver. En el que estaba ciego como lo estaría cualquier hombre mortal.

—Sí…, lo estás, hermano —observó Ferrus, provocándome un sobresalto al darme cuenta de que había leído mis pensamientos y los había usado para sus propios fines⁠—. Ciego, quiero decir. Ciego a la verdad, por la llamada iluminación. —⁠La sonrisa de Ferrus llegó hasta sus ojos, y contemplarlos resultó espantoso, pues atrajeron toda luz hacia ellos y las apagadas órbitas la devoraron como un agujero negro devora un sol⁠—. Ya sabes de lo que hablo.

—Dijiste que le derrotaste.

Noté un peso sobre la espalda que me presionaba hacia abajo para que me acuclillara.

—Lo hice. Lo tuve a mi merced, pero Fulgrim… —⁠dijo Ferrus, mientras negaba con la cabeza⁠— no era todo lo que aparentaba ser. Ya sabes de lo que hablo —⁠repitió, y mi mente retrocedió en el tiempo al momento en que vi a Horus por segunda vez, cuando percibí la naturaleza del poder con el que se había envuelto. Fui incapaz de darle un nombre a esa presencia, a ese temor primigenio, pero sabía que Ferrus hablaba de la misma cosa.

El espectro se inclinó hacia atrás para mostrar la herida del cuello.

—Me decapitó, me asesinó a sangre fría y dejó mi Legión hecha pedazos. Tú me fallaste, Vulkan. Te necesitaba a mi lado, y me fallaste. Te pedí… —⁠Ferrus se encolerizó⁠—, no, te supliqué que me siguieras, ¡que me apoyases!

Me erguí, y el peso me abandonó a la vez que las cadenas perdían el poder de arrastrarme al polvo, al interior de ese hoyo oscuro, con tan solo una aparición y mi eventual locura para hacerme compañía.

—Mientes —dije al espectro—. Ferrus Manus no suplicaría. Ni siquiera por eso.

Me volví de nuevo hacia la pared, me afiancé a medida que los dedos presionaban contra el metal, y empecé a trepar.

—¡Fracasarás! —rugió el otro por debajo de mí⁠—. ¡Eres débil, Vulkan! ¡Débil! Perecerás en este lugar y nadie sabrá jamás qué fue de ti. Sin que nadie te llore, tu estatua será cubierta con un manto. Tu legión se reducirá y desaparecerá, perdida como las demás. Nadie te mencionará, nadie querrá saber nada de ti, un cuento ejemplar para que los que queden escupan sobre tus indignas cenizas. Nocturne arderá.

Una mano por delante de la otra, seguí trepando.

—Cállate, hermano.

Ferrus nunca antes había sido tan hablador; subconscientemente, me pregunté por qué lo era ahora. Era la culpa, y la lenta erosión de mi propósito, lo que facilitaba sus palabras. Eran mis palabras, mi miedo.

—Empiezo a comprender, Curze —⁠mascullé, mientras localizaba todas las imperfecciones en el metal con las yemas de los dedos, ascendiendo como un depredador felino fuera de mi prisión.

Resbalé, caí medio metro, con los nudillos arañando la pared, pero conseguí sujetarme allí donde uno de los puntos de soldadura sobresalía de un modo casi imperceptible en un reborde superficial de metal. Nadie me amonestó ni deseó mi muerte. Eché un vistazo abajo.

Ferrus había desaparecido. Por el momento, al menos.

Tras agarrarme bien, concentré la mente en la tarea que tenía por delante.

Sobre mi cabeza, con cada cuidadoso metro que ascendía, el óvalo de luz que penetraba en el interior de la celda aumentaba de tamaño.

Cuando estuve cerca del final del pozo, a no más de dos metros de la cima, paré y aguardé. Agucé el oído.

Dos voces, bajas y chirriantes, emanaron de lo alto. La tonalidad ronca procedía de rejillas de comunicación. Curze había apostado dos guardas para que vigilaran mi celda. Dediqué un breve instante a preguntarme si estaban entre los legionarios que me habían apuñalado con tanta saña anteriormente. Todavía sentía cómo las afiladas hojas perforaban mi cuerpo, pero era un dolor fantasma y no había cicatrices que desfiguraran la carne aparte de las efectuadas por el hierro de marcar. Durante la Gran Cruzada, hubo pocas ocasiones que pudiera recordar en las que la VIII y la XVIII hubieran combatido juntas en campaña. Kharaatan fue la última vez, y esa no había acabado bien ni para mí ni para Curze. Fueran cuales fueran los vínculos de lealtad que sintiera hacia él, fuera cual fuera el amor fraternal y el respeto que pudiera haberle tenido, todo ello acabó en Kharaatan. Lo que él hizo allí… Lo que me hizo hacer a mí…

Me estremecí, y uno de los guardas rio de un modo tal que sugería la naturaleza de la discusión: muerte y tortura, y cómo la habían administrado a aquellos más débiles y pequeños que ellos. Asesinos, violadores, ladrones, los hijos de Nostramo provenían de una estirpe podrida.

Sentí hervir mi cólera pero controlé la furia. Aquello tenía que ser rápido, silencioso.

Por el modo en que resonaban sus pisadas sobre el suelo de metal, calculé la posición relativa de cada legionario con la abertura del pozo. Uno estaba cerca, y aburrido, ya que cambiaba de sitio a menudo. El otro estaba más alejado, puede que hubiera unos cuantos metros entre cada guerrero. Ninguno vigilaba la abertura. Sospeché que pensaban que estaba muerto o agonizando. Desde luego, me habían clavado acero suficiente para conseguirlo.

«Soy un primarca, y no morimos con facilidad…, o bueno…», me recordé, pensando en el pobre Ferrus. Y, por un instante, percibí su presencia otra vez debajo de mí, pero no se movió ni habló.

Abandoné el pozo con cuidado.

Dos guardas, vestidos de un negro intenso que eran sus colores de legionario. Night Lords ambos. Uno me daba la espalda. Avanzando sin hacer ruido, deslicé la mano alrededor de su gorguera, tapando la rejilla de su comunicador con la palma, y efectué un violento giro.

El otro me vio demasiado tarde, un poco más adelante en el pasillo. Vio mis ojos primero; los vio cuando decidí abrirlos tras matar a su camarada. Dos esferas llameantes que ardían vengativas en la oscuridad. Las sombras eran el terreno en el que mejor se movía la VIII, pero no era la única legión que podía morar en la oscuridad. En equilibrio sobre el borde del pozo, solté el cuerpo del primer guarda que chocó con un sonido amortiguado de metal contra metal, y salté sobre el otro legionario.

El segundo guarda empezó a alzar su bólter. Sin duda, parecía como si la gravedad se hubiera cuadriplicado sobre sus músculos; cada movimiento resultaba glacialmente lento ante el ataque coordinado de un primarca. Me apuntó al pecho, yendo a por la masa central como el instinto le habría impulsado a hacer. Lo derribé al aterrizar sobre él, a la vez que cerraba con fuerza los dedos sobre la mano que iba a presionar el gatillo y la aplastaba contra la culata del arma de modo que ni él —⁠ni ella⁠— volvieran a disparar jamás.

Chocó contra el suelo, profiriendo un gruñido cuando todo mi peso y fuerza le abollaron el blindaje del pecho y agrietaron la fusionada caja torácica situada debajo. Tapé su grito con la mano, aplastando la rejilla del comunicador y rompiendo algunos dientes al mismo tiempo. Un chorro de sangre ascendió a través del casco destrozado y noté sus salpicaduras calientes y húmedas en el rostro. Seguí apretando, inmune al pánico de mi adversario.

Entonces todo cesó, y llegó el silencio.

Todavía a horcajadas sobre el cuerpo sin vida del guarda, alcé la vista e intenté orientarme.

Un pasillo largo se extendía frente a mí: metal desnudo, con una iluminación tenue, sin características distintivas. Podría ser cualquier parte de Isstvan. Yo recordaba muy poco de mi secuestro del campo de batalla. Lo sucedido entre el momento en que Curze apareció y mi despertar en la celda podría no regresar nunca a mi memoria.

Una sensación de confinamiento cuando toqué la pared de metal de mi izquierda me hizo sospechar que estaba bajo tierra. A lo mejor Horus había ordenado la construcción de túneles bajo la superficie. Me pregunté si también había celdas para Corax y Ferrus. Deseché la idea casi en cuanto tomó cuerpo. Horus no hacía prisioneros de guerra, no era su estilo; aunque yo poseía motivos más que suficientes para cuestionar cuál era con exactitud su estilo durante esos últimos meses. Aquello era cosa de Curze.

Sabía que no me había perdonado por lo de Kharaatan, por lo que le hice.

Mi hermano era una criatura mezquina y superficial; aquello era su modo de equilibrar las cosas entre nosotros.

Cogí los cuerpos de los guardas de uno en uno y los arrojé al interior del pozo. Sospeché que gran parte del lugar estaba desierto —⁠al fin y al cabo, Curze me había dejado ahí para que muriera⁠—, y nadie oiría el estrépito de sus cuerpos cuando chocaran contra el suelo, en tanto que un par de Night Lords muertos a la vista daría la alarma de inmediato. Unos pocos segundos de ventaja podrían significar la diferencia entre mi huida y una encarcelación permanente.

Eliminados los centinelas, avancé sin hacer ruido hasta el final del pasillo, aminorando el paso al llegar a la intersección a la vez que aguzaba el oído para captar cualquier sonido de alboroto.

Nada.

Me asomé a una esquina y vi otro corredor, vacío como el que estaba abandonando.

La tranquilidad no duró. Llevaba recorrida la mitad del pasillo siguiente cuando una puerta se deslizó lateralmente en el lado derecho del pasillo y salió un legionario.

Actuando con mayor presteza que sus difuntos hermanos que estaban pudriéndose en el pozo, abrió un canal de comunicación y dio la alarma.

—¡Vulkan vive!

Sonó asustado, y lo irónico de ello me proporcionó una cruel satisfacción mientras me abalanzaba sobre él. Fui alcanzado de refilón por un disparo apresurado, antes de que le estrellara la palma de la mano contra el pecho. Fue un golpe al corazón que, si se asesta con fuerza suficiente, puede matar al instante. Su órgano principal sufrió un colapso, y lo mismo le sucedió al secundario que actuaba de refuerzo. El hombre cayó al suelo hecho un guiñapo y lo dejé por muerto, introduciéndose a toda velocidad en la estancia de la que había salido mientras las sirenas empezaban a aullar.

Una vez más, me encontré con metal desnudo. No había armas, ni suministros, nada. Era espartano hasta el punto de estar desierto. Salvo que les oí venir a por mí por encima del gemido de las alarmas. Algunos gritaban en ese lenguaje feo y gutural de su mundo de origen; otros corrían en silencio, aunque el resonar de las botas delataba su urgencia y su pánico.

Crucé la habitación, saliendo a toda prisa por la otra única salida, y encontré otro pasillo. Era más corto que el anterior pero igual de vacío, aunque empecé a sentir cierta familiaridad con el lugar. Al doblar la siguiente intersección casi choqué con una pareja de guardas que venían en dirección contraria. Los maté con rapidez, infligiendo daños letales en menos tiempo del que necesitaba para pestañear. Robé una de sus espadas sierra —⁠era la única arma que podía coger y usar con eficacia⁠—, preguntándome cómo escaparía, a la vez que intentaba trazar algún plan.

Era necesario hallar un lugar donde poder parar y pensar, donde adaptarme a la cambiante situación.

Subí.

El conducto del techo me constreñía el cuerpo, y tuve que deshacerme del arma que acababa de conseguir, pero al volver a colocar la rejilla del techo podía ocultar por el momento el lugar por el que había salido.

El conducto de ventilación apestaba, a sangre, a sudor, y me pregunté exactamente de dónde y adónde transportaba el aire. Me arrastré sobre el vientre, usando codos y dedos de los pies para impulsarme, y llegué a otra reja que daba a una habitación situada debajo.

Hileras de monitores circundaban una pantalla mucho mayor que mostraba un diagrama de la prisión e indicaban que se trataba de un centro de seguridad. Siervos humanos sin implantes potenciadores estaban allí de servicio, hablando por comunicadores mientras intentaban desesperadamente localizarme. No había legionarios a la vista. Sin duda estaban de caza, intentando montar una trampa.

Los hombres y mujeres de la habitación no eran guerreros pero estaban aliados con el enemigo.

Si quería escapar, ninguno podía vivir.

Retiré a toda prisa la rejilla, me deslicé por la abertura con la cabeza por delante y caí al suelo en medio de todos ellos. Una mujer, con el rostro pintarrajeado con tatuajes nostramanos, profirió un grito y la lancé al otro lado de la sala de un revés. Dirigiendo la mano hacia el arma que llevaba al cinto, uno de los operadores varones intentó dispararme pero fui más rápido. Mucho más rápido. Lo maté también. En menos de tres segundos, los seis operadores humanos estaban ya muertos. Lo hice de prisa, tan indoloro como pude, pero sin conseguir acallar mi conciencia mientras lo hacía.

El diagrama de la pantalla mostraba una sola porción del complejo subterráneo. Una vez más, me embargó una sensación de familiaridad con respecto a la disposición, y me pregunté lo enorme que debía de ser la prisión. Los otros monitores mostraban imágenes proporcionadas por pictógrafos de los equipos de búsqueda, conectados a lentes retinales. Datos recibidos de los cascos de los legionarios discurrían por las pantallas. Monitores cardíacos de cada Night Lord retumbaban acelerados debajo de la información recibida de la grabadora de cada casco; ecualizadores gráficos conectados a sus pautas vocales ascendían y descendían al ritmo de sus respiraciones y ordenes siseadas.

Dejé de lado las imágenes de los pictógrafos para concentrarme en el medio mapa del lugar y memorizarlo.

Dos puertas conducían fuera de la sala de seguridad. Salí por la que conducía a un nivel superior, según el diagrama. No tenía ni idea de a qué distancia por debajo de la superficie de Isstvan estaba, ni qué me encontraría cuando llegara allí, pero no podía hacer otra cosa.

Me topé con otro corredor, al final del cual había un cruce de cuatro pasillos. Cuando llevaba recorrida la mitad, hice un alto y sacudí la cabeza para despejarla.

—¿Dónde estoy? —musité, al no reconocer la intersección en el diagrama que había visto.

Yo poseía una memoria eidética, de modo que eso no tendría que estar sucediendo. Consideré retroceder pero el riesgo era demasiado grande. Al entrar en los conductos del techo les había sacado solo unos segundos de ventaja a mis perseguidores. Tenía que seguir adelante. Y de prisa.

Al llegar a la encrucijada, volví a parar. Otros dos pasillos se alejaban del lugar donde estaba, y el punto de destino de cada uno quedaba oculto en la oscuridad. Una leve brisa, detectada por el apenas perceptible vello de mi piel desnuda, fluía desde la derecha. Estaba a punto de tomar ese ramal cuando vi una sombra que pareció emerger de la oscuridad.

Demacradas, mostrando una mueca burlona, reconocí las facciones de mi hermano.

—Ferrus…

Llevándose un dedo a los labios con socarronería, me hizo una seña con la mano para que le siguiera al interior de las sombras.

Sabía que no podía confiar en mi propia mente: ya me había traicionado al manifestar esa aparición, ahí y en mi celda.

—Débil —articuló él cuando hice un alto ante el inicio del ramal de la derecha⁠—. Tan débil.

Tomé el corredor de la izquierda, confiando en mis instintos por encima de mi mente, y al doblar por él vi otra figura. Incorpórea, un espectro en forma y facciones, vestía una túnica fina como la gasa que parecía flotar, como si estuviera suspendida en agua. Tenía los ojos rasgados y las runas dibujadas por toda su persona eran sobrenaturales y alienígenas. El eldar fluctuó una vez, como capturado en una grabación defectuosa, y desapareció.

Mi hermano o mi enemigo; la elección era mala en cualquier caso. Sentí cómo las fauces de la herrumbrosa trampa volvían a cerrarse en torno a mí, y los dientes me pellizcaban la carne.

Eché a correr por el ramal izquierdo, descubriendo que finalizaba en un mamparo. Era el primero de esos que veía desde mi huida, más resistente e invulnerable que las puertas que había atravesado hasta el momento. Con varios metros de grosor y triple cerrojo, no podía simplemente arrancarlo de sus goznes.

Al presionar la mano sobre el metal, plenamente consciente de que los gritos de mis perseguidores estaban cada vez más cerca, noté frío. Entonces, la luz que refulgía en el panel de acceso integrado en el mamparo pasó de rojo a verde.

Sonaron bocinas a la vez que luces estroboscópicas color ámbar empezaban a brillar; reparé en los galones negros y amarillos que la delineaban.

Retrocediendo, excesivamente tarde, al comprender dónde estaba y el motivo de que el lugar me resultara tan familiar, contemplé cómo una rendija irregular aparecía en diagonal en el mamparo y sus dos mitades de deslizaban a ambos lados para mostrar una segunda puerta de emergencia.

La sensación de frío se intensificó. Zarcillos de la baja temperatura tocaron mi carne, helándome. Puesto que sabía que huir carecía de sentido, aguardé mientras la segunda puerta se dividía igual que la primera. Escudos de energía invisibles descendieron y fui alzado en volandas a la vez que la presión del interior del pasillo empezaba a escapar al exterior, llevándome con ella.

No estaba en Isstvan. Jamás había estado en Isstvan.

Estaba en una nave: en la nave de Curze.

La puerta de emergencia se abrió y dispuse de unos pocos segundos para contemplar el vacío intergaláctico antes de ser arrastrado violentamente al exterior.

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