Vulkan vive

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Capítulo Cinco. La sangre engendra sangre

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Capítulo Cinco. La sangre engendra sangre

Capítulo Cinco

La sangre engendra sangre

Valdrekk Elías se acuclilló en el fondo del pozo. Camuflado por las sombras, inspeccionó la excavación.

—¿Qué es lo que buscaban? —⁠preguntó uno de los Word Bearers que estaba en el agujero con él.

El legionario se llamaba Jadrekk, un guerrero leal aunque falto de imaginación, y en aquellos momentos recorría los extremos del emplazamiento con el bólter pegado al pecho.

—Fuera lo que fuera, lo encontraron —⁠respondió Elías.

Había herramientas desperdigadas por la cámara subterránea, y lámparas de fósforo apagadas seguían suspendidas de cables fijados al techo de la cueva. Una taza de recaff descansaba junto a un taburete volcado y había marcas en el polvo dejadas por el paso apresurado de pies calzados con botas.

En mitad de la sala —alguna especie de relicario, si acaso la presencia de huesos y cráneos podía servir de guía⁠— habían alzado las losas del suelo. Las piedras estaban partidas, ennegrecidas en los bordes, y no por la acción de ninguna herramienta de excavación. Mediante un ahondamiento cuidadoso, el uso de microzanjas y la aplicación de diluyentes de escombros para extraer con delicadeza capas superfluas de tierra y granito, un cráter había quedado al descubierto. Y en su centro, medio metro más abajo, había un vacío.

Elías se inclinó al interior del agujero abierto en el cráter, para explorar la inusual hendidura en la roca donde los cazadores de tesoros, o lo que fueran, habían estado cavando.

—Y lo extrajeron de aquí —añadió, poniéndose en pie y sacudiendo el polvo de la armadura.

Amaresh inclinó el casco astado en dirección al revoltijo de cosas que rodeaban el cráter.

—Yo diría que marcharon a toda prisa.

Se arrodilló para tocar la taza de recaff.

—Y no hace demasiado.

—Estoy de acuerdo —dijo Elías, y activó el frasco de aspecto arcano que llevaba sujeto al cinto.

Tengo su rastro —informó Narek sin que tuvieran que preguntarle.

—¿Cuántos?

No son suficientes.

—No los mates a todos, Narek. No hasta que sepamos qué se llevaron de las catacumbas y por qué.

Eso no puedo jurarlo.

Narek puso fin a la comunicación, permitiendo a Elías apreciar la arquitectura primitiva de la habitación. Aunque gran parte de ella había quedado destruida, desplomándose sobre sí misma al ser empleada entropía sobre piedra y acero, todavía pudo distinguir la estructura octogonal, el entretejido de lo arcano en su construcción. Primitivo, con una antigüedad de siglos, percibió el poder latente en ese templo, que en la actualidad no era más que una sombra, pues el artefacto que habían extraído del cráter lo había destruido y le había robado su fuerza hacía ya mucho.

Elías sintió el contacto distante del Panteón en aquel lugar y supo que fuera cual fuera el secreto que guardaba merecía la pena que lo descubriera por sí mismo.

—Vamos —indicó a los otros dos.

Mientras ascendía la rampa de vuelta a la superficie, Elías alzó los ojos hacia la luz que descendía por la abertura y las gotas de lluvia atrapadas en su haz, que centelleaban como estrellas. Le recordó las constelaciones del cielo nocturno, y el modo en que estaban cambiando.

—Hermanos —dijo—, percibo que hay más cosas que hacer aquí aparte de contaminar la tierra sagrada del Falso Emperador. —⁠Sonrió⁠—. Una revelación está al llegar.

En lo alto del pozo que daba a las catacumbas, Deriok aguardaba. Lo acompañaban cuatro legionarios más. El resto del grupo de desembarco recorría la ciudad; dos estaban de caza con Narek, los otros silenciando las estaciones de comunicación, eliminando cualquier resistencia y, por lo demás, manteniendo oculta la presencia de Word Bearers en Ranos. Había siete ciudades más, y también podrían ser necesarias sus poblaciones, además de Ranos. Pues el deber más importante en ese sitio de todos los acólitos de Elías era la obtención de sacrificios.

—Ocho discípulos, uno por cada uno de los ocho puntos —⁠dijo Elías al emerger a la luz.

Al igual que la estatua de la plaza Cardinal, las ruinas eran un monumento al dominio y la anterior presencia del Emperador en ese mundo. La potencia de la efigie que los nativos habían erigido no era nada comparada con el lugar, no obstante. Esa había sido fácil de contaminar. El Emperador había descargado su poder sobre el antiguo templo que se había alzado ahí, y lo había reducido a escombros. Había domeñado el poder atrapado en sus muros y lo había destruido. Lo había «tocado» de modo literal con su divinidad, y esta seguía allí cual huella dactilar. Indeleble, imperecedera.

Allí, en Ranos, el poder del Emperador se manifestó y allí, en Ranos, en el emplazamiento mismo de la victoria imperial, Elías contaminaría ese poder y lo corrompería para servir a la voluntad del Panteón. Requeriría tiempo y paciencia. Más que nada requeriría sangre. Puesto que iba a dar comienzo la primera fase del ritual, intentó no distraerse pensando en lo que había estado oculto en las catacumbas, y obligó a su mente a concentrarse en lo que iban a llevar a cabo, pero aquel misterio le intrigaba.

—Congregaos —dijo a los otros siete, y los acólitos formaron un círculo de ocho con su señor.

Dagas rituales refulgían en puños de ceramita roja. Sujeto en la otra mano de cada fanático había un mortal.

—La sangre engendra sangre —⁠pronunció Elías.

Apenas si los veía ya como personas. Los hombres y mujeres a merced de sus hermanos no eran más que un simple medio para alcanzar un fin.

—Que la galaxia se ahogue en ella —⁠concluyó y degolló a la mujer que sujetaba, derramando su sangre para profanar la tierra.

Necesitaría más. Mucha más. Pero la recolección en Ranos había producido una cosecha abundante. Y, mientras oía los gritos lastimeros del ganado que sus guerreros habían reunido, Elías sonrió y dijo a Amaresh:

—Traed a los demás.

El sentido de orientación de Varteh era bueno, pero incluso al antiguo Lucifer Black le costaba una barbaridad ubicarse en el laberinto que era la ciudad de Ranos.

—¿Nos hemos perdido, Varteh? —⁠Sebaton echó una ojeada por encima del hombro y vio su propia expresión de preocupación reflejada en el hombre de aspecto delgado que tenía detrás.

Gollach, el tecnoadepto, había protestado con energía en contra de abandonar a los servidores, pero Sebaton conocía a los depredadores que les estaban dando caza —⁠sospechaba que también Varteh⁠— y puso fin a la polémica con Gollach a punta de cañón. Los ciborgs no harían más que retrasarlos. Desplegados de este modo podrían resultar más útiles, volviendo más confuso el rastro, y así podrían proporcionar al resto un tiempo de ventaja vital sobre sus perseguidores.

—Aún no —respondió Varteh.

Hizo una señal de combate al hombre que tenía al lado. Un mercenario; no era un exmiembro del ejército, pero, por el modo en que desapareció en las sombras en respuesta a la orden del ex Lucifer, resultaba evidente que conocía bien el argot de un soldado.

El otro pistolero permaneció en la retaguardia, detrás de Gollach. Sebaton sabía los nombres de los mercenarios, pero eran tan intrascendentes como el barro que pisaba, ahora que tenía lo que había venido a buscar. Incluso envuelto en tela, tras siglos pasados bajo tierra, lo notaba tibio bajo el brazo y emitía una leve resonancia que le provocaba un cierto dolorcillo. En cuanto Sebaton advirtió que corrían peligro, habían huido. Sus jefes tendrían que esperar para enterarse de su descubrimiento. A tanta distancia —⁠en todos los aspectos, no tan solo el espacial⁠—, tampoco había nada que pudieran hacer para ayudarle. Además, sabía qué tenía que hacer.

Duugan, uno de los hombres de Varteh, un púgil que era puro músculo con un bigote retorcido y tatuajes en el cuello, había avistado a los cazadores. Era bueno, francotirador de oficio, pero solo distinguió muy fugazmente a los guerreros que convergían sobre la posición que ocupaban. Se pusieron en movimiento después de eso. A toda velocidad.

Era Duugan quien se había separado del grupo principal, encabezando la marcha y explorando por delante de ellos para asegurarse de que no los estaban rodeando.

Trío, llamado así por los implantes biónicos que reemplazaban tres de los dedos de su mano derecha, cerraba la marcha. No lucía barba ni bigote, y el rostro era más enjuto que el de Duugan; no se conocía su anterior profesión. También era el piloto del grupo, aunque Sebaton tenía esa parte cubierta por si era necesario.

—¿A qué distancia, Trío? —preguntó Varteh por el comunicador.

Habían abandonado los reinhaladores; Varteh y sus hombres los habían cambiado por micros de garganta y microauriculares. Arriba, en la superficie, no necesitaban las máscaras, que no harían más que obstaculizar sus sentidos y su capacidad de comunicación. Sebaton también se había quitado la suya, pero la conservaba por si acaso resultaba útil más adelante.

No los he visto durante los últimos once minutos, señor. Debemos de haberles dado esquinazo.

—No lo hemos hecho —replicó Sebaton⁠—. Se nos están acercando.

La expresión sombría de Varteh no inspiraba confianza, precisamente.

—Lo sé.

No era un esprint, las calles estaban demasiado apiñadas y eran demasiado laberínticas para eso, pero la sensación de urgencia hacía que la huida pareciera más veloz. Cada sombra contenía la promesa del peligro, cada entrada o túnel era un terror recién imaginado. Incluso los cables que oscilaban y las tiras colgantes de plastek se convertían en enemigos potenciales, transformados por el miedo y la oscuridad.

Aunque Sebaton no se consideraba necesariamente un hombre valiente, desde luego no como lo era un soldado, tampoco era tan sospechosos que pegara un brinco ante cualquier sombra; pero el silencio y la tensión creciente estaban poniendo a prueba su fortaleza.

Todo aquello casi había acabado con Gollach.

El delgado hombre encorvado empezaba a decaer, incapaz de seguir el ritmo. Estaba acostumbrado a su taller, a gusto con sus máquinas y el aislamiento que proporcionaba esa existencia. En esa vida, el ejercicio físico había quedado limitado a la redacción de teorías en láminas de silicio o a tareas ligeras de mantenimiento, y había acabado con la columna vertebral curvada como resultado de estar constantemente inclinado sobre algún motor o mecanismo. Una mala decisión —⁠o decisiones⁠— desde buen principio lo habían empujado a trabajar para Varteh y lo habían convertido en alguien tan desesperado que no tuvo otra elección que apartarse de las ruinas de su antigua vida e intentar construirse una nueva. Estaba claro que no había previsto que parte de ello implicaría correr por su vida en una ciudad extraña, en un mundo que no conocía, huyendo de un enemigo que no podía ver.

No dejaba de aferrarse el pecho, hasta tal punto que Sebaton aminoró la marcha por si acaso se les moría de improviso.

«No seas estúpido. Limítate a dejar que se quede atrás, a lo mejor os dará algo más de tiempo… ¡Por el Trono! ¿Cuándo me volví tan insensible?». Toda su vida, o más bien «vidas», Sebaton había hecho lo que era necesario para sobrevivir. Tomaba lo que necesitaba de la gente y desechaba el resto. Hubo remordimientos al principio, algunas pesadillas incluso, pero todo eso se desvaneció con el tiempo y había sido consciente de la formación de un vacío en su interior, un lento ahuecamiento del alma. No literalmente —⁠ya que tales cosas eran reales y podían suceder⁠—, sino más bien se trataba de una degradación moral que no sabía cómo invertir. Había pasado a ser tan solo una herramienta, utilizada según el mandato de otro. No era distinto de un martillo o una llave inglesa, salvo que más sutil y menos evidente. Algunos le describirían como una arma.

Ya era un poco tarde para la redención, pero Sebaton aminoró el paso de todos modos e instó a Gollach a ir más de prisa.

—¿Por qué huimos? —preguntó el hombre, intentando impedir que le temblara la voz⁠—. Pensaba que esto era una excavación arqueológica. Solo de interés para estudiosos, dijiste. ¿Quién podría ir tras nosotros?

Sebaton intentó sonar tranquilizador.

—No ayudaría que te lo dijera. Pero tienes que seguir corriendo.

Dirigió una mirada a Varteh, que empezaba a ir muy por delante y parecía preocupado por su comunicador.

—¿Cuánto falta para llegar a la nave? —⁠preguntó Sebaton, aunque sabía la respuesta.

Varteh no respondió enseguida. Algo lo inquietaba.

Sebaton se mostró insistente.

—Varteh, ¿la nave?

Estaba a punto de abandonar a esos hombres y toda esa simulación para dirigirse hacia la nave por su cuenta cuando Varteh contestó.

—No consigo comunicar con Duugan —⁠dijo.

—¿Eso qué significa? —Aunque Sebaton conocía ya la respuesta a eso también.

—O bien algo está desviando la señal, o bien está muerto.

—¡Oh, maldición!… —masculló Gollach, dando un traspié.

Sebaton lo agarró por el codo y lo enderezó para que no cayera.

Varteh se rezagó, menos seguro de seguir adelante con tanto ahínco ahora que no podía comunicar con Duugan.

—Esas naves de desembarco que viste en el cielo… ¿Son ellos? —⁠preguntó a Sebaton⁠—. ¿Buscan también esa cosa? —⁠Señaló con la cabeza el bulto envuelto en tela bajo el brazo izquierdo del otro.

—No estoy seguro.

Era mentira, pero como no sabía quiénes eran los que iban en las naves ni qué querían, no tenía sentido decir nada más.

—¿Quiénes son, Sebaton? Duugan dijo que eran enormes, blindadas hasta las regalas. ¿Estamos huyendo de lo que creo que huimos?

Sebaton no vio motivos para seguir mintiendo. Esos hombres que estaban a su servicio se habían ganado algo de verdad.

—Son Legiones Astartes.

Varteh sacudió la cabeza, pesaroso.

—¿Son malditos Space Marines? Eres un malnacido. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que llegamos, existía alguna posibilidad de que nos siguieran.

—¿Una posibilidad? ¿Qué diablos se supone que significa eso?

Sebaton estaba genuinamente contrito.

—Lo lamento, Varteh. No os merecéis esto.

—Debería dispararte en la pierna ahora mismo, dejarte a ti y a eso… —⁠Volvió a indicar con un gesto el fardo de tela⁠—, y escapar con Trío y Gollach.

—No serviría de nada.

—¡Me haría sentir mejor, maldito chiflado! —⁠Se tranquilizó, compartimentando su miedo a un lugar donde no pudiera inhibir su capacidad para sobrevivir⁠—. Esa cosa que llevas es importante, ¿verdad?

Sebaton asintió.

—Más de lo que crees y más de lo que podría contarte.

—¿Quién eres, Sebaton? Quiero decir, ¿quién eres en realidad?

El aludido negó con la cabeza, y su expresión desconsolada decía más sobre su mente atribulada de lo que jamás podrían las palabras.

—Sinceramente, Varteh, ya no lo sé.

El ex Lucifer inspiró con fuerza, tras haber tomado una importante decisión. Dejó de correr. Sebaton aminoró el paso por su parte y el resto los alcanzó.

—Es hora de recuperar el aliento, Gollach —⁠dijo al hombre, que pareció a la vez contento y alarmado al ver que ya no tenían que correr y tomó asiento en el suelo.

—¿Estamos a salvo? —preguntó en un resuello entrecortado, echando nerviosas miradas por encima del hombro.

—Los hemos perdido —mintió Varteh; la verdad de lo que hacía en realidad quedó patente en sus ojos y en el ligero y casi imperceptible movimiento de cabeza en dirección a Trío que Gollach nunca vio. Se volvió hacia Sebaton⁠—. Adelántate ocupa el puesto de Duugan.

Sebaton afirmó con la cabeza y sintió crecer su admiración y respeto por el ex Lucifer, mientras el asco que sentía por sí mismo se intensificaba.

—Creo que el ejército te echa mucho en falta.

—¡Ah, lo dudo! Son solo otro par de botas.

No hubo apretón de manos, nada tan trillado como eso, pero intercambiaron una mirada y en ella Sebaton halló alguna esperanza de que pudiera ser un hombre mejor de lo que era. Tal vez podría ser más que una arma.

—¿Se va? —inquirió Gollach, volviendo a ponerse nervioso⁠—. ¿A dónde? Él no es un soldado. ¿Por qué se va? Quiero ir con él. —⁠Se puso en pie.

El tecnoadepto estaba agotado, y no haría otra cosa que retrasar a Sebaton. Igual que una aeronave pugnando por ganar altura, Sebaton necesitaba soltar algo de lastre. Solo que, en esta ocasión, el lastre eran los hombres que había contratado.

Agarró a Gollach por los hombros y le dijo llana y claramente:

—Quédate aquí con Varteh. Él te mantendrá a salvo.

Una especie de expresión vacua apareció en el rostro del otro, que asintió una vez antes de volver a sentarse en el suelo.

Varteh no pareció sorprendido. Sebaton sabía que el ex Lucifer llevaba un tiempo sospechando que él era un psíquico.

—Tienes que irte —dijo el antiguo soldado.

Trío extraía ya un par de cañones de gran calibre de un cajón que había estado transportando todo el camino desde la excavación. Con la excepción de los servidores que ya habían abandonado, era todo lo que habían llevado con ellos. Sebaton contó tres armas en total. Duugan no necesitaría la suya.

—¿Quieres uno? —preguntó Varteh⁠—. Podría resultar útil.

No lo sería, no contra ellos.

—Consérvalo. Solo conseguiría hacerme ir más despacio.

—¿Lo vale? —preguntó Varteh—. Lo que sacamos del agujero.

—Vale toda la humanidad.

Sebaton echó a correr.

Aunque era difícil decirlo por su porte adusto, Narek gozaba con la cacería. Había estado en patrullas de reconocimiento, como Vigilator, hasta que una herida obstaculizó sus capacidades de explorador y le hizo quedar por detrás del resto en su unidad. Había abandonado la escuadra poco después de eso, y se había reincorporado a la legión propiamente dicha como parte del capítulo de Elías.

Fue en Isstvan V donde lo habían herido. Estando al mando de una unidad de infiltración, enviada a sabotear fuerzas de la legión leales al Emperador antes de que empezara el ataque y quedara al descubierto su traición, la unidad que mandaba topó con algunos exploradores enemigos que vieron al instante qué era lo que hacían. Mataron a la novata Raven Guard, pero a costa de toda la escuadra de Narek y su pierna izquierda. Un proyectil explosivo la había hecho pedazos. Había acabado de colocar las cargas, arrastrándose sobre los cuerpos de sus camaradas muertos para ello, y consiguió regresar a la zona de desembarco antes de que empezara la tormenta de fuego.

Implantes biónicos reemplazaron los huesos y la musculatura y carne quemadas, pero él no era el mismo. Aquella batalla había dejado una marca en Narek que iba más allá de una simple herida. Lo volvió taciturno, propenso a una furiosa autorecriminación, incluso a la falta de confianza en sí mismo, pero servía porque era un soldado y eso es lo que los soldados hacían: seguían órdenes.

Elías necesitaba un cazador, de modo que Narek aceptó el puesto, pero nunca reveló cómo se sentía en realidad sobre lo que había sucedido en Isstvan. No le gustaba demasiado pero comprendía que era necesario y creía en la causa que defendían, quizá menos ciegamente que algunos de sus hermanos.

El tiempo que dedicaba a capturar presas era el único momento en que su mente estaba lo bastante ocupada para que nada de sus otras preocupaciones importara. Todo lo demás se disolvía en una nebulosa gris cuando Narek iba de caza.

Usar los servidores como señuelos fue hábil. Los ciborgs fueron abatidos con rapidez, sin presentar demasiada batalla, pero la distracción consumió unos minutos preciosos. Narek había permitido que Dagon lo hiciera, satisfecho con mirar antes de dar una batida por la zona en busca de más indicios. Envió a Haruk por delante para cerrar la trampa que tan ingeniosamente había preparado para su presa.

Narek los contemplaba en ese momento, mientras permanecía agazapado sobre un tejado, oculto por el vapor que salía de los conductos del techo y por las sombras de la noche. Todas las luces de Ranos estaban apagadas; el resto de los hermanos se habían ocupado de eso. Únicamente faltaba llevar a cabo esa pequeña acción.

Una partida de caza de tres hombres. De ser más joven y sin los implantes, Narek lo habría hecho solo. Tal y como estaba, necesitaba a los otros.

Una última resistencia.

Dagon estaba en el tejado opuesto, a unos veinte metros de distancia. Ranos estaba sumamente industrializada, lo que proporcionaba una abundancia de lugares donde ocultarse desde los que los Word Bearers podían observar a su presa.

Por debajo de ellos había dos hombres armados, agachados a cubierto, observando nerviosamente la oscuridad. Un tercer hombre estaba sentado algo más allá de los otros dos, desarmado; no era un combatiente.

—Otra distracción —respondió Narek a Dagon a través del comunicador⁠—. Falta uno.

Haruk lo destripará como el otro al que encontró.

Dagon era un guerrero muy sanguinario, tal vez más apropiado para la VIII que para la XVII. Pero mataba limpiamente y no se entretenía con la presa como algunos de la XVII eran proclives a hacer. De todos modos, Narek sabía que no se equivocaba. Haruk silenciaría al explorador. Eso les dejaba esos tres cueros cabelludos a Dagon y a él.

—Elías quiere a ese vivo. Tiene algo de valor para nosotros.

—¿Lo sabe Haruk?

—Lo sabrá si lo mata, Elías se asegurará de ello.

En ese caso acabemos con esto de prisa y no hagamos esperar al apóstol oscuro.

Narek cortó la comunicación. Desenganchó el rifle de francotirador que llevaba colgado a la espalda y lo colocó en posición.

Era una arma singular, un rifle modelo Brontos pesado y difícil de empuñar, pero cuyo peso estaba respaldado por una potencia mortífera abrumadora. Necesitaba proyectiles de manufactura especial, con un impulsor añadido en la culata del rifle para compensar el reducido alcance con una inyección de propulsión neumática. Un asa con engranaje permitía realizar una recarga manual, pero eso solo era útil en una emergencia. A Narek le gustaba mantener a sus blancos a distancia y utilizaba la función automática de recarga del arma.

Presionó el ojo derecho sobre la lente, ajustó el objetivo hasta que los puntos de la mira quedaron perfectamente alineados con la cabeza del hombre situado a la derecha. Notó la culata del rifle fría contra la mejilla y sintió la aspereza de las muescas que había hecho para celebrar cada una de las muertes a distancia. Había muchas.

Narek masculló un juramento, luego, tras aguardar tres segundos para controlar la respiración, disparó.

Sebaton hizo un alto al oír el disparo. La respiración se le cortó y tuvo que efectuar un gran esfuerzo para exhalar. Los disparos no eran nada nuevo para él, pero la quietud de la ciudad era tan absoluta, las avenidas y edificios estaban tan desiertos, que la presencia repentina de un ruido violento lo alarmó.

Había tomado una ruta similar a la que había estado siguiendo Varteh con ellos, solo que más tortuosa. Rodeos deliberados lo habían apartado más de las calles principales, lo habían introducido más en el interior del laberinto. Al llegar a Traoris desde el espacio con Varteh y los demás, no había habido tiempo para realizar un reconocimiento adecuado. Además, se suponía que la misión sería relativamente sencilla. Encontrar la reliquia, salir y tomar una nave atmosférica en el puerto espacial más próximo, que fuera en dirección al núcleo. A este lado de la brecha no sería fácil, pero era una información clara. La otra «tarea» lo complicaba un poco más, pero Sebaton era un pragmático, así que primero una cosa y luego la otra. Había estudiado mapas del sitio, pero no era lo mismo que verlo, que tomarle el pulso.

En el interior de la zona central de Ranos las viviendas eran más parecidas a colmenas, apiladas en colonias sórdidas. Había almacenes, silos, chimeneas industriales y manufactorums, todos exigiendo espacio, todos asfixiándose unos encima de otros y pegados entre sí. Pero allí era un ser anónimo. Allí no era más que una rata y tenía la esperanza de que, al igual que toda alimaña, su paso a través de Ranos pasara desapercibido en buena parte. Tardaría más tiempo en llegar al astillero pero al menos reduciría el riesgo de tropezar con lo que fuera que había acabado con Duugan, pues no cabía la menor duda de que el explorador estaba muerto.

También lo estaban Varteh y Trío. No había oído gritos, ni siquiera de Gollach, pero aquellos hombres estaban muertos.

Pensándolo bien, Sebaton consideró que podrían haber sido dos disparos, hechos tan simultáneamente que el primero ocultó al segundo. Ninguno fue silenciado, lo que significaba que sus perseguidores habían descartado el sigilo en favor de la intimidación. Querían que supiera que estaban cada vez más cerca y que lo tenían en su trampa.

Funcionaba. Mientras corría, Sebaton trataba de calcular la distancia desde la que se había hecho el disparo, o los disparos, pero el pánico estaba afectando a su agudeza mental. Las piernas le ardían, el ácido láctico le abrasaba las articulaciones y le dolía el pecho. Un temor plúmbeo contribuía a aumentar la tensión del cuerpo, y, a pesar de que se consideraba fuerte y en buena forma, los constantes cambios de dirección lo abrumaban. Quería parar, hacer una pausa y orientarse, pero el instinto de supervivencia no le dejaba. «Para ahora y morirás».

No podía contar con ayuda, lo sabía. Estaba solo, aunque percibía la presencia de algo acechando en los apelotonados domicilios y manufactorums que había dejado atrás. Como si estuviera parado junto a una sepultura recién cavada, la muerte persistía en el lugar, tomando formas gracias a una sensación palpable de ultraje y violación que había dejado una mancha en todo lo que lo rodeaba.

Con los ojos fijos al frente, hacía caso omiso de desoladas estructuras de edificios no del todo vacíos, temeroso de que una mirada de soslayo pudiera mostrarle algún retornado de aquella muerte persistente. Pero igual que un cadáver abotargado por la putrefacción, un viejo recuerdo afloró en la mente de Sebaton.

Él era un niño entonces, de no más de ocho años normales, en su primera vida, mucho antes de la guerra. Un muchacho había muerto en su municipio, pescando con red de arrastre en una de las cuencas de desagüe que salían de la colmena de Anatol. El muchacho había vadeado demasiado al interior, había quedado atrapado en un desecho oculto por la oscuridad del agua y se había ahogado cuando los mecanismos de procesado que mantenían el agua en movimiento se activaron y lo arrastró la corriente artificial que creaban.

Aunque los hombres de la ciudad habían dragado el agua, el cuerpo no apareció jamás.

No fue hasta varios meses después que Sebaton había ido a la cuenca para ver si había algún tesoro que recuperar en el agua, excitado por la siniestra reputación del lugar. De pie en el terraplén de plascemento, todo lo que encontró fue pesar y una pertinaz sensación de ira. Cuando entró en la cuenca de desagüe, con el agua hasta los tobillos, vio algo pequeño y pálido acechando bajo la superficie. Le provocó tal desasosiego que salió huyendo y jamás regresó, aunque más tarde juró que había notado que algo le arañaba la piel y descubrió cinco diminutas ronchas en su carne. Las heridas jamás se curaron. De una vida a otra, las llevaba como la creciente carga sobre su conciencia, un recordatorio de su encuentro.

El recuerdo había aparecido de forma espontánea, y se preguntó si el hecho de que brotara era un síntoma de lo que se estaba haciendo en Ranos o lo había despertado la presencia del artefacto envuelto en tela que llevaba bajo el brazo.

De pronto, permanecer en la calle y a la vista de cualquiera pareció poco prudente. Sentía un picor en la parte posterior del cuello y, aunque en realidad no quería entrar en ninguno de los edificios que parecían estar cercándole poco a poco, tampoco sentía ningún deseo de ser el siguiente en la mira de los cazadores.

Vio un almacén con la puerta entreabierta y fue hacia él.

En cuanto se introdujo en el edificio, la oscuridad que lo asfixiaba se intensificó. Permaneció inmóvil, dando tiempo a que su visión se adaptara. Tras unos instantes, un espacioso depósito de almacenamiento se extendió ante él. En lo alto, pasarelas de grúas pórtico que se entrecruzaban con vigas le hicieron pensar en una telaraña cuando la luz de la luna que penetraba por una ventana superior cayó sobre ellas. Sebaton captó perfectamente lo irónico de la situación: estaba atrapado, y su depredador arácnido cada vez más cerca y preparándose para saltar sobre él.

Con el cuerpo agachado, Sebaton corrió por la zona de almacenaje hasta alcanzar un montón de cajones de embalaje, bidones y tuberías. No había visto ninguna otra puerta o acceso aparte de aquel por el que había entrado, de modo que supuso que la salida estaba en algún lugar en el interior de ese laberinto. Hizo girar nerviosamente el anillo del dedo, haciendo un alto en cada intersección, en un intento de distinguir entre los sonidos que eran reales y los imaginarios.

Estaba en mitad de un pasillo, flanqueado a ambos lados por una montaña de pesadas tuberías aseguradas mediante cables de metal, cuando reparó en que no estaba solo. Un movimiento infinitesimal, el desplazamiento minúsculo de metal al aplicársele presión, había delatado al cazador. La mayoría de personas corrientes no lo habrían captado o lo habrían atribuido a movimientos de carga en su contenedor, pero Sebaton no era un hombre corriente.

Paró y empezó a ir en dirección contraria, justo cuando algo enorme y pesado cayó con estrépito a su espalda. Al cabo de un instante, potentes pisadas metálicas repicaron tras él mientras salía disparado pasadizo adelante. Girando en redondo al llegar al final, justo pasadas las tuberías amontonadas, profirió una única palabra.

—¡Detente!

Su voz resonó como si fueran dos, una recubriendo la otra, haciendo que el perseguidor parara en seco. Por primera vez, Sebaton pudo ver bien al que lo perseguía, y no le gustó lo que vio, ni por asomo.

Vestido de carmesí y negro, el blindaje del legionario llevaba textos religiosos grabados. Uno de los fanáticos de Lorgar, entonces. Sebaton no deseaba que lo cogiera alguien así. Sabía lo suficiente sobre el modo en que los Word Bearers torturaban y mataban a sus prisioneros —⁠que ni siquiera la muerte era el final, sino más bien el inicio de un tormento eterno que ponía en peligro su alma inmortal⁠— como para estar seguro de que tenía que escapar.

Contener a su adversario le estaba costando una barbaridad. La fuerza de voluntad del legionario era enorme, y se resistía con denuedo a la orden psíquica como un sabueso rabioso se resiste a la correa. La frente de Sebaton estaba ya bañada en sudor y las sienes palpitaban dolorosamente por el esfuerzo de mantener la energía mental necesaria para controlar a aquel monstruo. Pero solo necesitaba unos segundos. Consideró por un instante utilizar su pistola «flechette», pero su otra arma era más fácil de utilizar y apropiada para la tarea. Efectuó un violento gesto con la mano que llevaba el anillo y un brillante rayo de energía salió disparado del digiláser oculto en su interior, seccionando el cable que aseguraba las tuberías y haciéndolas caer con estruendo sobre su perseguidor.

No aguardó para ver qué sucedía a continuación. Oyó el choque de metal contra metal y el gruñido del Word Bearer. Sabía que aquello no mataría al legionario pero podría proporcionarle unos pocos segundos para huir. Corrió en dirección contraria, girando como una exhalación por otra intersección para luego atravesar una puerta situada justo después de ella. Al encontrarse ante una escalera, paró justo lo suficiente para ver cuánto ascendía, luego subió los peldaños de tres en tres. Todavía aturdido por haber utilizado sus habilidades psíquicas, dio un traspié y se golpeó contra la pared con fuerza. El impacto le sacudió el brazo, y el bulto de ropa se le escapó de la mano, que se cerró en el aire mientras él se volvía justo lo suficiente para ver cómo rebotaba escaleras abajo y desaparecía en la oscuridad.

Profirió una palabrota pero no podía volver atrás. No había tiempo. Envió un poco de adrenalina adicional a su sistema y siguió adelante, intentando poner tanta distancia entre el Word Bearer y él como fuera posible.

Con un violento martilleo en la cabeza y la adrenalina extra haciendo que el corazón latiera como un cañoneo, Sebaton salió a un piso superior. Estaba mucho más despejado que el de debajo, y sospechó que estaba allí para almacenar excedentes cuando la parte inferior del almacén se llenaba. Había pocos lugares donde ocultarse pero reparó en una habitación al fondo de la sala espartana que estaba dividida por un tabique. Era el despacho de un capataz, supuso. Había una hilera de ventanas a su izquierda que parecía que podían abrirse con facilidad. Si conseguía llegar hasta una, podría trepar al tejado, dejarse caer a un callejón lateral y…

«¿A quién quiero engañar?», pensó, «aquí se acaba el juego».

De abajo le llegó un gran ruido que indicaba que el legionario había conseguido salir de entre el montón de tuberías. Ascendiendo la escalera ruidosamente, un Word Bearer de aspecto maltrecho irrumpió a través de la puerta hecho una furia y llevándose por delante gran parte de la pared.

—Se acabó el correr —dijo, mientras avanzaba con la lenta determinación de un depredador que sabía que había atrapado a la presa.

Sebaton retrocedió y consideró sus opciones. Si iba hacia la ventana el otro lo abatiría en un instante. También estaba demasiado débil para detener al legionario psíquicamente por segunda vez y la digiarma del anillo todavía se estaba cargando. Incluso con toda su potencia, Sebaton dudó que pudiera causar daños a una servoarmadura. La pistola aún servía menos para taladrar ceramita y adamantium. Empezaba a desear haber llevado algo de mayor envergadura cuando el Word Bearer volvió a hablar.

—Será lento —anunció.

Un haz de luz centelleó en la hoja de un cuchillo de desollar que el legionario sujetaba en la mano izquierda, una promesa tácita de futuro dolor.

«No hay lugar alguno al que dirigirse»…

Algo pasó volando junto a la oreja de Sebaton, como una flecha disparada por un arco, solo que mucho mucho más veloz.

El legionario dio un traspié como si le hubieran herido, y Sebaton tardó medio segundo en comprender que así era. Un chorro de líquido oscuro y hueso había salido como una exhalación del cuello del legionario. Débilmente, el Word Bearer alzó la mano para intentar taponar la herida. Un segundo impacto le alcanzó en el pecho, veloz y violento como el primero. Desgarró la caja torácica blindada y le hizo caer de rodillas, donde osciló unos pocos segundos antes de caer de costado.

Había alguien más en la habitación con Sebaton, y acababa de matar al Space Marine con la misma facilidad con que se aplasta una mosca. Igualmente perturbador era que él no hubiera detectado esa presencia. Giró en redondo y vio una figura descomunal que le cerraba el paso.

Sebaton retrocedió. Demasiado tarde, reparó en que una segunda figura se había acercado sigilosamente por detrás de él. El golpe fue veloz y potente, seguido al instante por una total oscuridad.

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