Vulkan vive
Capítulo Seis. Del hielo al fuego
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Capítulo Seis. Del hielo al fuego
Capítulo Seis
Del hielo al fuego
Dejad que aclare algo: la muerte no es algo personal. No lo es. No te sucede a ti, le sucede a todos los que quedan atrás cuando tú te has ido. Esa es la verdad sobre la muerte. La muerte es fácil. Es la vida lo que es duro».
—LONN VARTEH, ex Lucifer Black
Un retumbo cinético hacía vibrar el aire. Una tormenta de fuego rugía a nuestro alrededor. Oleadas de humo y fuego ascendían sobre nuestras cabezas. Un cuerpo voló en espiral a través de la niebla, efectuando un alocado molinete hasta que describió un arco descendente en dirección al campo de batalla, donde desapareció entre una multitud. Tambaleándome, luchando por comprender el alcance de aquella traición, contemplé un mar de destrucción…
Mis hijos, abiertos en canal sobre las arenas oscuras de Isstvan V.
La sangre corría a raudales y convertía la tierra que pisábamos en un lodo viscoso.
Era una carnicería: armaduras desgarradas, desprendidas igual que una cáscara de metal, para dejar al descubierto la frágil carne de debajo; lentes retinales proyectadas al exterior, con la cabeza situada debajo rota y rezumante; extremidades sueltas y desperdigadas como los desperdicios de un carnicero; un tórax, partido y destripado y empapado de rojo. Alaridos de muerte ahogaban la brisa, casi tan fuertes como las amenazas de venganza. Estábamos sometidos a un bombardeo intenso. La artillería acribillaba el suelo alrededor de la Legión, estremeciéndome los huesos. En algún lugar a lo lejos, sobre una colina negra, Perturabo nos cañoneaba. Sus tanques nos contemplaban furibundos, con los cañones dirigidos a nuestras filas.
Los impactos abrían cráteres instantáneos en la tierra negra y proyectaban espesas nubes de polvo al aire junto con penachos de rocas. Cuerpos arrojados por los aires se unían al polvo que volaba, medio enredados en alambres de cuchillas, las extremidades flácidas y rotas. El blindaje de combate de color verde esmeralda se tornaba oscuro y rojo, la sangre de mis hijos derramada para satisfacer la ambición de un traidor y evaluar los cañones de un forjador de máquinas de guerra.
Corrí, con el pecho palpitante e inundado por la furia y un justificado sentimiento de represalia. Ni siquiera la sangre aplacaría mi deseo de venganza. Nada podía equilibrar la balanza de ese acto pérfido. Quería la cabeza del señor de hierro, y a continuación me haría con la de Horus. El tiempo empezó a transcurrir más despacio; el suelo bajo mis botas se espesó, convertido en un cenagal, y de improviso me hallé hundido hasta la cintura en cadáveres y una tierra que me succionaba.
La tormenta de fuego amainó, y poco a poco los retumbos perdieron intensidad hasta que pasaron a ser un tamborileo en el interior de mi cráneo. Cada vez más tenue, el sonido aumentó en tono hasta quedar reducido a un lento tintineo de líquido golpeando metal. Desperté. El desierto negro donde el alma de mi legión libró una batalla perdida por su cuerpo ya no estaba. Isstvan V había desaparecido.
Oí cómo mi respiración traqueteaba en el pecho, temblando como consecuencia de una pesadilla. Hice una mueca, dolorido. Tenía los sentidos todavía excesivamente afinados, incapaces de regular la información que estaba siendo transmitida a mi cerebro. Sudor y hielo fundiéndose discurrían por mi cuerpo. Gotas de líquido golpeaban el suelo debajo del cuerpo, ya no con un sonido tan fuerte como la artillería pero de todos modos muy acusado. Notaba el contacto áspero de acero abollado y malla metálica, y un tenue calor me calentaba las yemas de los dedos, aunque quemaba en un principio. Era como volver a nacer, mente y cuerpo no del todo de acuerdo entre sí.
Una tensión me contraía los músculos hasta que me incorporé a una posición arrodillada y flexioné la musculatura, resquebrajando una pátina de escarcha del vacío que recubría el cuerpo. Igual que una serpiente con una piel vieja, me desprendí de ella. Por debajo del negro ónice del cuerpo, la carne ardía como si algún profundo trauma biológico hubiera acicateado mi fisiología para que actuara con repentina urgencia.
Intenté rememorar qué me había sucedido, pero tenía la memoria fragmentada. Tan solo unos pedazos estaban conectados, el resto vagaba a la deriva en mi destrozada psique. Recordaba correr, el aflujo de adrenalina provocado por mi intento de fuga. Había trepado fuera del pozo al que me habían arrojado. Tenía sangre en las manos, tanto de legionario como de mortal. Recuperé un recuerdo vago de los túneles. Recordé la sensación de ascender, la familiaridad en forma y estructura de la jaula a mi alrededor. Conocía la mano que había formado esa elegante prisión, en cuyas entrañas había visto a un muerto, reproducido por mi imaginación. Primero mi hermano, ahora también mi atormentador; él era la expresión de la encarnación de mi culpa. Y como la neblina de un lago desterrada por el calor de la salida del sol, mi obturada memoria se aclaró. Por entre la bruma que se disipaba, recordé algo más también, una figura alienígena, una que me fue revelada en fragmentos etéreos, que recordaban una mala transmisión de un pictógrafo.
Por fin, recibí una última revelación. Visitó mi mente como un martillo, aplastando la esperanza que había albergado y convirtiéndola en polvo. Estaba a bordo de una nave, un enorme navío espacial. La fría realidad se reafirmó con esa información. No estaba en Isstvan. Ya no estaba sobre ninguna clase de tierra, sino que se encontraba en el elemento de Curze, y no habría modo de escapar.
Una estancia empezó a tomar forma poco a poco a mi alrededor, mientras la escarcha que formaba una costra sobre mis párpados se agrietaba al abrirlos para verla. No era la misma celda de antes. Era mucho más grande, no una mazmorra sino un pozo octogonal de cientos de metros arriba y abajo. No había cadenas; tenía muñecas y tobillos libres de grilletes. Una plataforma circular me rodeaba en su lugar, no mucho más ancha que la longitud de mis pies. Ahí estaba el metal lleno de hoyos que había notado al despertar y la malla a través de la cual veía en esos momentos el pálido resplandor naranja del que emanaba el calor. Rodeando la plataforma estaban mis nuevas cadenas: una sima, de muchos metros de ancho y un descenso insondable al interior de un abismo negro y abrasado. Y en los extremos de esta prisión sin paredes, de esta jaula sin barrotes, había una delgada pasarela de acero.
Una vibración sorda invadió mis sentidos, que poco a poco retornaban a la normalidad. Muy por debajo, una turbina arrojaba corrientes de aire caliente pozo arriba, contaminadas con la fetidez de las turbulencias de un motor. En una esquina, mientras yo evaluaba la clase de trampa que me tenía atrapado, estaba observando la aparición de mi hermano muerto.
—Pareces enfermo, Vulkan —dijo Ferrus, mientras las sombras de la estancia se acumulaban sobre sus facciones cadavéricas—. Te estás consumiendo.
No respondí. Al mismo tiempo que reafirmaba el control sobre los sentidos, hice lo mismo con el cuerpo. La piel empezaba a enfriarse, el calor intenso que había sentido antes disminuía ya. Olí a carbonilla y cenizas como antes. Un escozor en la espalda me irritaba, como si hubieran aplicado un hierro de marcar en mi carne. No podía verlo pero conseguí tocar los bordes de la marca con los dedos, sorteando innumerables otras marcas que conocía tan íntimamente como el propio rostro. Esa, sin embargo, resultaba desconocida y el hecho mismo de su existencia me aterró. Pues ¿qué otra cosa había olvidado?
Como una sombra aproximándose sigilosa a un viajero solitario en una carretera desierta, percibí otra presencia en la sala. Cuando comprendí quién era, la frigidez del vacío regresó de nuevo.
Al igual que Ferrus, estaba sentado en la oscuridad. Pero no tan solo residía en la oscuridad, era parte de ella, la moldeaba y la convertía en su manto.
—Curze. —Carecía de la energía suficiente para introducir auténtico vitriolo en mi voz.
—Aquí estoy, hermano.
El tono de la voz era casi tranquilizador. ¿Lamentaba aquella insensatez?
—Te he estado observando, Vulkan. Eres un sujeto fascinante.
No. Era otra faceta de su juego. A medida que mis ojos se adaptaban, pude distinguir la figura de mi hermano, encorvado y acuclillado como un murciélago en el borde de la pasarela. Curze apoyaba la barbilla sobre el puño, sin pestañear mientras me contemplaban.
Era la primera vez que le veía desde que desperté de aquella pesadilla.
—Te uniste a Horus.
—¿Qué fue lo que me delató? ¿Fue el masacrar a tu legión?
—Mi Legión… —Me flaqueó la voz.
No tenía ni idea de qué había sido de mis hijos.
—Destruida, Vulkan. Están todos muertos. No tienes legión.
Quise matarle. Me imaginé efectuando aquel salto imposible y rodeando el cuello de Curze con las manos, para luego apretar hasta que la vida hubiera abandonado sus ojos. Mientras mis puños se cerraban con fuerza motu proprio, mientras apretaba las mandíbulas, vi la sonrisa en el rostro de mi hermano y supe entonces que no decía la verdad.
—No. No, no lo están. Viven.
Curze profirió un resoplido divertido.
—Sí. Siguen vivos. Al menos, creo que lo están. Muy menguados, no obstante. Y sin ti para guiarlos… Bueno, temo por ellos, Vulkan. Estos son tiempos complicados. Nuestra lealtad ha sido mancillada. Nuestro padre nos mintió. Te mintió. Puedes adherirte a él o partirle en dos, son los únicos caminos que nos quedan ahora. ¿Cuál crees que escogerán los Salamanders, hermano? Al fin y al cabo, sois una raza tan pragmática. ¿Honor o supervivencia? —Curze aspiró por entre los apretados dientes. Se mofaba de mí—. Es difícil.
—¿Qué has hecho?
—Pareces angustiado, hermano.
Apreté los dientes cuando la imagen de Nemetor sostenido entre mis brazos regresó.
—¿Qué es lo que has hecho?
El Acechante Nocturno se inclinó al frente, y la luz de las tiras de lumen de lo alto cayó sobre las facciones, definiéndolas en blanco.
—Os matamos. —Sonrió burlón, los ojos locos de júbilo mientras recordaba la matanza—. Os abatimos igual que a cerdos. Lo juro, la sorpresa que apareció en tu rostro no tenía precio.
—Éramos hermanos. Todavía lo somos. Horus ha enloquecido. —Sacudí la cabeza, diluyendo la ira como el hielo que se derretía de mi cuerpo—. ¿Por qué?
—Porque un dios falso nos vendió un sueño falso. Porque nos mintieron y… —La fingida solemnidad de Curze se vino abajo en una carcajada sarcástica—. Lo siento, hermano. He intentado mantener las apariencias todo lo que he podido. No me importa nada de eso, la verdad es que no. Ya sabes, existe un cáncer en algunos hombres. Lo he visto. Violadores, asesinos, ladrones; Nostramo estaba infestado de ellos. Incluso cuando intentas erradicarlo, regresa como una enfermedad. Si hubieras visto lo que he visto…
Por un momento, la mirada de mi hermano fue a un lugar lejano, como si recordara, antes de que devolviera su atención a mí.
—Algunos hombres son simplemente malvados, Vulkan. No existe un por qué, simplemente es así. Gula, pereza, lujuria…, estoy íntimamente familiarizado con los pecados del hombre. ¿De cuál crees que fuimos culpables? ¿Orgullo? ¿Ira? ¿Fue codicia lo que impulsó el ansia de nuestro padre por reconquistar la galaxia en su propio nombre y llamarlo liberación? Terra sencillamente no era bastante.
—Veo tu pecado, Curze. Es la envidia.
—No, no lo es. Es la carga de conocer el futuro y no poder hacer nada al respecto. Estoy maldito, hermano. Y, por lo tanto, debo pecar.
—Y ¿esta es tu justificación por sumir la galaxia en el caos? Sigues a un demente.
Curze profirió un gruñido.
—¡Yo no sigo a nadie! Y, no hace tanto tiempo, Horus era tu hermano. ¿Tan rápido le das la espalda? ¿Padre te hizo más leal que él o yo? ¿Eres su noble vástago, Vulkan?
Yo había visto a Horus antes de que se sublevara. Después de que empezara la Cruzada y fuéramos enviados por toda la galaxia, me había reunido con él en dos ocasiones. Quería a Horus, lo respetaba. Había planeado mostrar mi lealtad bajo la forma de un regalo, una arma que estuviera acorde con su posición como señor de la guerra. Tras enterarme de su heroísmo en Ullanor, forjé un martillo. Fue mi obra más magnífica, una creación que no he conseguido superar desde entonces. Pero nunca se lo entregué. Nuestro segundo encuentro no fue bien. Percibí algo de lo que Curze había mencionado, la «maldad» en algunos hombres que no puede explicarse, con la que no puedes razonar ni tienes posibilidad de extirpar. Aun cuando no podía explicar entonces por qué no había entregado el obsequio, no lo entregué debido al desasosiego que él provocó en mí. No había pensado en ello hasta ese momento, y la revelación me dejó helado.
—Tú nos traicionaste. Ferrus está muerto —dije, aunque no pude evitar echar una ojeada al cadáver en putrefacción de este, que me sonreía burlón desde las sombras.
Curze me dedicó una sonrisa sardónica.
—¿Lo está? —Tras darse unos golpecitos en un lado de la cabeza, añadió—: No en tu mente desquiciada, creo. ¿A quién crees que estás hablando en la oscuridad?
Así pues, él me observaba. Y me escuchaba. Todo el tiempo. Me pregunté qué esperaba averiguar.
—Eres un traidor —le dije—. Roboute no se mantendrá al margen ni permitirá esto.
—Siempre Guilliman, ¿no es cierto? ¿Qué es lo que tiene de magnífico ese contable de guerra? Al menos Russ o Jonson tienen pasión. Roboute libra batallas con ábacos.
—Es rival más que suficiente para derrotar a Horus. Su legión…
—¡Roboute ya no está! Ese quejica oficioso está acabado. No cuentes con él para que te rescate. Dorn tampoco te ayudará. Está demasiado ocupado haciendo de jardinero del Emperador, ocultándose tras los muros del palacio. El Lobo está demasiado atareado cortando cabezas como verdugo de nuestro padre, en tanto que el León se aferra a sus secretos y no te tiene ningún afecto. ¿Quién más vendrá? Ferrus no, desde luego. Ni tampoco Corax; mientras hablamos, sospecho que huye a Deliverance. ¿Sanguinius? —Curze lanzó una carcajada cruel—. Ese ángel está más maldito que yo. ¿El Khan? Ese no desea que lo encuentren. Así que ¿quién queda? Nadie, Vulkan. Ninguno de ellos vendrá. Sencillamente, no eres tan importante. Estás solo.
—No soy yo quien teme el aislamiento, Konrad.
Curze no picó. Había esperado esta reunión entre nosotros y planeado cada palabra y pulla. Suspiró.
—No importa el porqué, Vulkan. Lo que importa es el aquí y ahora, lo que sucede a continuación.
—Y ¿qué sucede a continuación? —No sentía temor o inquietud, solo lástima por él.
—Duraste más de lo que esperaba, eso te lo reconozco —repuso Curze—. Te subestimé muchísimo.
Traté de ocultar mi ignorancia tras una máscara de desafío. A Curze le gustaba hablar. No era un proselitista como Lorgar, ni era proclive a pronunciar discursos como Horus, pero sabía cómo usar las palabras y le gustaba el modo en que las correctas inducían temor e incertidumbre. De todos mis hermanos, Curze conocía la mente y cómo volverla en contra de su propietario. Para él, la psicología era una arma siempre a mano tan perjudicial como cualquier cuchillo o pistola.
—Todavía soy tu prisionero —dije.
—Sí, y en eso también has superado todas mis expectativas.
Una vez más, no tenía ni idea de a qué se refería pero mantuve tal hecho oculto. Sentí su cuchillo, sondeando en busca de puntos débiles, buscando un resquicio en mi blindaje mental. Podía quebrantarme el cuerpo, matarme si lo deseaba. Pero, por algún motivo, me había mantenido con vida. No sabía por qué.
Curze sonrió, y la forma de la boca vuelta hacia arriba recordaba a una daga curva.
—Once muertos, seis de los cuales eran mortales. —Un leve movimiento de cabeza delató su admiración ante la truculenta actuación—. El modo en que mataste de un manotazo a aquella muchacha…
Silbó y luego mostró los dientes bajo la luz. Las puntas brillaron igual que puntas de flecha. El indiscreto placer de Curze me sublevó.
—Se partió como un junco, Vulkan. Un auténtico junco. —Lanzó una carcajada compungida—. Y yo que pensaba que las afirmaciones de Corax respecto a tu fuerza no eran más que fanfarronadas. Porque… tú sí que eres fuerte, ¿verdad, hermano? Debes de serlo para hacer lo que hiciste.
—¿Asesinar a una mujer? ¿Qué fuerza requiere eso? —Fruncí el entrecejo—. Dar muerte a los débiles e indefensos es algo que solamente tú loas, cobarde.
—¿Empecinada determinación? ¿La tenacidad necesaria para escapar de una prisión imposible? Yo llamaría fuerza a eso.
—No es tu prisión, sin embargo. ¿Verdad? —dije.
Curze asintió.
—Muy astuto por tu parte. Vosotros los artesanos sí que sabéis cómo reconocer el trabajo de otro colega, ¿no es cierto? Me llena de asombro el modo en que lo hacéis, el modo en que podéis distinguir un remache de otro.
Volvía a provocarme, intentaba menospreciarme. Era mezquino y él lo sabía, pero lo hacía de todas formas porque le divertía y en cierto modo me rebajaba a sus ojos.
—No, esta prisión no es mía —admitió por fin—. No tengo ni la paciencia ni la inclinación para ello. Hice que otro me la construyera. —Paseó la mirada por la estancia, y seguí la dirección de sus ojos, reparando en las ornamentadas florituras, el modo en que la función enlazaba con la habilidad artística. Grabada en las ocho paredes había una truculenta exhibición de imágenes que festejaba la tortura y el dolor. Padecimientos terribles descritos en metal se ofrecieron a mi vista y volví la cabeza.
—Hermoso —dijo Curze—. No puedo decir que aprecie el arte pero sé lo que me gusta. Y esto… esto me gusta de verdad. A nuestro hermano nunca se le reconoció suficientemente su buen hacer estético.
Era una pantomima, todo ello, una representación siniestra más propia de Fulgrim que del autoproclamado Acechante Nocturno. Sospeché que Curze lo hacía deliberadamente, para saborear cada momento.
Entonces Curze volvió otra vez la fría mirada hacia mi persona.
—Siempre fuiste tú el que era aclamado como el gran artesano, Vulkan. Pero Perturabo es tan hábil como tú. Puede que incluso más.
—¿Qué quieres de mí, Konrad?
—Me intrigas. Al decir que habías demostrado ser fuerte, no me refería a cuando has eliminado a esa sierva…
Lo dejó flotando así, aguardando una respuesta. No tenía ninguna que darle, de modo que permanecí en silencio.
Curze entornó los ojos, convirtiéndolos en diminutas esquirlas de azabache.
—¿Realmente eres tan ignorante? ¿Te creó nuestro padre para que fueras ciego a la vez que obtuso?
—Veo lo suficiente para darme cuenta de lo que eres.
Mi hermano rio, poco impresionado por mi intento de provocación.
—Claro. Pero, en cambio, yo ya sé lo que soy. Estoy en paz con ello, lo he aceptado. Tú, por otro lado… —Sacudió levemente la cabeza a la vez que fruncía los pálidos labios—. No creo que te hayas sentido nunca del todo a gusto en tu armadura.
Estaba en lo cierto, pero no estaba dispuesto a dar a mi carcelero la satisfacción de saberlo.
—Soy el hijo de mi padre.
—¿Qué padre?
Rechiné los dientes, cansado de los evidentes juegos mentales de mi enemigo.
—De los dos.
—Dime, hermano —dijo, cambiando de táctica—, ¿hasta qué punto recuerdas Uno-Cinco-Cuatro Seis? Creo que tú lo llamabas Kharaatan. No sabía cuál era el propósito de Curze al preguntarme aquello, pero clavé la mirada en la suya y no titubeé.
—Lo recuerdo muy bien, como sé que tú también debes recordarlo. —¿Fue cuando peleamos juntos durante la Cruzada? Sí, creo que así fue.
—Por suerte.
La afilada sonrisa regresó al rostro de Curze.
—No te gustó esa guerra, ¿verdad?
—¿Qué hay en una guerra que te pueda gustar?
—¿La muerte? Tú eres un portador de muerte, un guerrero, un asesino despiadado que…
—No, Curze. Te equivocas. Tú eres el despiadado, el sádico. No lo comprendí hasta Kharaatan. El miedo y el terror no son las armas de un guerrero, son las de un cobarde. Y te compadezco, Curze. Te compadezco porque has pasado tanto tiempo languideciendo en el arroyo entre la inmundicia que has olvidado lo que es estar bajo la luz. Dudo de que puedas verla siquiera a través de toda esa repugnancia que sientes por ti mismo.
—Sigues estando ciego, Vulkan. Eres tú quién ha olvidado, y no te das cuenta de que estás aquí abajo en las alcantarillas con el resto de nosotros, asesinando y matando. Lo llevas en la sangre. El pedestal que te has construido no es tan excelso. Sé lo que yace bajo ese barniz de nobleza. He visto al monstruo que hay dentro, el que te esforzaste tanto por ocultar a aquella rememoradora. ¿Cómo se llamaba?
Mi mandíbula se tensó.
Curze no delató ninguna emoción.
—Seriph. —Sonrió indulgente—. Sí, así se llamaba.
—Y ¿ahora qué? —pregunté, cansándome de su juego—. ¿Más tortura? ¿Más dolor?
—Sí —respondió con toda sinceridad—, mucho más. Aún tienes que sentir toda su magnitud, la magnitud de lo que he planeado. Eres, en muchos aspectos, la víctima perfecta.
—Mátame, entonces, y acaba con ello, o ¿escucharte es parte de mi tortura?
—No creo que te mate esta vez —repuso Curze—. Hemos probado el hielo. —Retrocedió, fusionándose con la oscuridad—. Probemos el fuego ahora.
Procedente de debajo, me llegó un quedo ruido sordo que hizo temblar la plataforma de metal en la que estaba de pie. En cuestión de segundos pasó a ser en un rugido ensordecedor, que trajo consigo un calor terrible.
Comprendí entonces la naturaleza de la prisión en la que me encontraba.
Era un horno.
Curze había desaparecido, y me quedé solo con el recuerdo fragmentado de mi adusto hermano por única compañía.
Podía oír cómo el fuego ascendía, y sentía su cosquilleo en mi piel. Pronto aquellas agujas pasarían a convertirse en cuchillos que desprenderían la carne. Había nacido del fuego en un brutal mundo volcánico. El magma era mi sangre, el ónice mi piel. Pero no era inmune a las llamas.
No como esas. Ascendieron nubes de humo en forma de una inmensa masa sucia, que me engulló. A través de él, mientras el intenso fuego lo seguía y convertía el aire en una neblina vibrante, mientras mis alaridos resonaban a medida que el cuerpo era abrasado, vi a Ferrus.
También él ardía. La piel de su rostro repulsivo se fundió para mostrar el hierro que había debajo. La plata de los brazos, tan milagrosa, tan espléndida y enigmática, fluyó igual que mercurio y se fusionó con el caldo de su carne y sangre. Los huesos ennegrecieron y se quebraron, hasta que quedó tan solo una máscara de calavera con una mueca pintada en ella. Y al mismo tiempo que el fuego prendía en mí, vi que la boca de la calavera se movía en una última condena silenciosa.
—Débil —dijo la calavera envuelta en llamas de Ferrus Manus.
Y a continuación empezó a reír mientras ardíamos, riéndose de nuestro fin y condenación.