Vulkan vive
Capítulo Siete. No estamos solos…
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Capítulo Siete. No estamos solos…
Capítulo Siete
No estamos solos…
En esta época de oscuridad, tan solo hay una cosa segura. Cada uno de nosotros, sin excepción, debe elegir un bando».
—MALCADOR EL SIGILITA
Haruk llevaba muerto varios minutos. Casi veinte, según los cálculos de Narek. Yacía sobre el costado, con un brazo extendido que todavía sujetaba el cuchillo ritual, el otro inmovilizado bajo el peso muerto del cuerpo. La cabeza parcialmente cubierta por el casco estaba torcida. La violencia del impacto casi se lo había sacado.
El legionario había recibido dos heridas mortales. La primera, un proyectil a través del cuello, le había desgarrado la yugular dejando al descubierto la arteria carótida. También le había eliminado una parte de la mandíbula inferior junto con la rejilla del comunicador, pero aquello no lo había matado de inmediato. El segundo disparo, al torso, le había hundido la mayor parte del pecho y destruido el ochenta por ciento de los órganos internos cuando el proyectil explosivo estalló al impactar la herida era la que había provocado la muerte instantánea del Word Bearer.
Narek había encontrado los restos del cuerpo en el piso superior de un almacén, enfriándose lentamente en un charco de sangre. Arrodillado junto a su hermano muerto, no sintió pena por Haruk. Aquel Word Bearer era un auténtico cabrón entre todos los cabrones, a quien gustaba divertirse con su presa. Esa predilección había sido su perdición esta vez. Matar en silencio, matar de prisa; así era cómo lo hacía Narek. Un juguete era algo con lo que jugar, y era mejor dejarles los juguetes a los niños. Un enemigo no era un juguete, era una amenaza a tu vida hasta que se ponía fin a la suya. Pero Haruk era un sádico. Muchos de los hermanos de Narek estaban convirtiéndose en unos sádicos. Se había efectuado un cambio en ellos, y no quedaba tan solo de manifiesto en los cuernos rudimentarios, que no eran más que un simple artificio para un casco de guerra, algo les había afectado el alma y era irreversible. Era algo que desagradaba a Narek, pues en el pasado había creído que el Emperador era un dios y había servido a esa deidad con el fervor de un auténtico fanático. Cuando la legión había erigido las catedrales en Monarchia, había llorado. Fue hermoso, glorioso. Ahora, todo eso había desaparecido, y un Panteón más antiguo había resurgido para usurpar la posición al supuesto pretendiente.

Narek descubre el cuerpo de Haruk
Así pues, la visión de su hermano caído no le causaba dolor. Pero, puesto que Haruk pertenecía a los Word Bearers, Narek llevaría a cabo el ceremonial requerido sobre el cadáver.
Envuelto en la oscuridad, pronunció en voz baja los ensalmos que pondrían el alma de Haruk al servicio del Panteón. Ahora sería él la diversión, un muñeco de los No Nacidos. Narek casi los sintió en sus venas, vibrando bajo la piel, y en el latido entrecortado de sus corazones gemelos. Se aferraban a ese lugar, y con una fuerza creciente a medida que Lorgar escribía su canto de muerte.
Elías había hablado de ello una noche, cuando el cielo parecía más negro que el carbón y ambos habían compartido un trago entre camaradas, por no decir amigos. Esa era la sinfonía del primarca, y había desatado una Tormenta de Ruina de tal intensidad que había partido en dos la misma galaxia. Alzando la mano del cadáver de Haruk, Narek finalizó el ritual, pero sintió el ansia de lo que residía en la irrealidad presionando sobre el velo fino como la gasa del reino mortal. Una barrera solo puede tensarse hasta cierto punto, y esa estaba a punto de partirse. Dentro de poco, dos mundos se encontrarían; dentro de poco, la galaxia ardería.
Lorgar lo había vaticinado en sus escritos. Lo había previsto en visiones, y ¿quién era Narek para oponerse a eso?
—No soy más que un soldado que se ciñe a su deber y a los vínculos que juró mantener con sus hermanos —musitó, y sintió cómo el peso de la melancolía lo rodeaba como un manto.
Dagon, que regresaba de abajo, le interrumpió.
—Persiguió al mortal hasta aquí arriba. Pero el lugar está vacío, no hay rastro de sus asesinos.
Dagon aguardaba junto a los restos del hueco de la escalera, cerca del lugar donde Haruk había hallado la muerte.
Narek paseó la mirada por la habitación, un panorama que empezaba y acababa con el cadáver situado junto a él.
—Pues hay muchos, hermano. Distingo dos patrones de pisadas en el polvo. Ellos ya estaban aquí dentro cuando Haruk siguió al humano. —Y ¿qué hacían?
—Vigilar. Estaban usando este lugar como un mirador para observar nuestros movimientos.
—¿Cómo podían saber que estábamos aquí?
Un dejo de agitación en la voz de Dagon delató la inquietud que le producía oír esa noticia.
—¿De qué otro modo podría ser? Nos han estado rastreando y siguiendo.
—¿Un contraataque? Tenía entendido que no había efectivos enemigos en esta región.
—No los hay. Ninguno que conozcamos, al menos. —Narek contempló el cuerpo destrozado de Haruk, los proyectiles disparados con silenciador que habían acabado con él con tanta precisión—. No creo que sea un contraataque. No tienen tantos hombres. Esto fue silencioso, el modo en que mataría un cazador. Quieren permanecer ocultos, quienesquiera que sean. Y también se llevaron al humano con ellos.
—¿Por qué?
—Esa es una pregunta muy buena.
—¿Y ahora? Esto cambia las cosas.
Narek miró a lo lejos, a un segundo plano.
—Tal vez… —Necesitaba consultar a Elías.
El cazador activó el frasco de disformidad. Un hedor inmundo a azufre empañó el aire a través de su reinhalador al mismo tiempo que se establecía la comunión entre ellos casi de inmediato. Otra señal de que el velo era cada vez más fino: los frascos de disformidad potenciados estaban resultando más fiables que los comunicadores.
—¿Le tienes? —preguntó Elías.
Un simulacro del apóstol oscuro apareció en una granulosa luz violeta emanando del cuello del frasco como un vapor. En el otro extremo de la comunión, Narek sabía que su imagen también aparecería ante Elías del mismo modo.
—No. Otros lo han cogido.
—¿Otros?
Elías seguía aún en el emplazamiento del ritual. Al fondo, Narek podía oír como los sacrificios humanos lloriqueaban mientras aguardaban su destino. Elías desangraría a toda la ciudad si era necesario. También a las sectas.
—Sí.
—¿Qué hay de Haruk?
—Está muerto. Estoy agachado junto a su recientemente aireado cadáver. —¿Debería estar preocupado, Narek?
—Es demasiado pronto para saberlo.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que alguien nos rastreó hasta Traoris y ha seguido nuestros movimientos hasta llegar a Ranos —respondió Narek con ecuanimidad.
—¿Quién nos rastreó?
—Tengo una teoría, pero aún es demasiado pronto para estar seguros.
—Te envío refuerzos.
—No es necesario.
—Van a ir de todos modos.
—Primero quiero averiguar exactamente a qué nos enfrentamos. Dagon y yo nos movemos más de prisa solos.
—Dudo que Haruk estuviera de acuerdo con eso.
—Haruk está muerto. Ya no estará de acuerdo con nada nunca más.
—El humor no te va, Narek. Permanece donde estás. Espera a los demás. Elías puso fin a la comunicación, volviendo a dejar solos a los cazadores.
—Así pues, ¿esperamos? —preguntó Dagon.
—No —replicó su compañero, y se puso en pie—. Busca en todas partes. No te dejes nada. Quiero saberlo todo, todo retazo de información que este almacén pueda aportar. No estamos solos en Ranos, Dagon. Nuestros antiguos compañeros de armas están aquí con nosotros. Dagon lanzó un resoplido burlón.
—¿Con qué fin?
—¿Cuál puede ser? ¿Qué harías tú si fueses ellos? Quieren venganza. Tienen intención de matarnos.
A Sebaton la cabeza le martilleaba como si hubiera bebido demasiado svod y hubiera despertado con una resaca especialmente brutal. No estaba atado, pero sí desplomado sobre una silla, con la cabeza inclinada sobre el pecho. Efectuando una leve mueca de dolor pero sin hacer ningún movimiento para tocarla, pudo notar la contusión en el lado de la cabeza donde algo le había golpeado con fuerza. No, algo no, alguien.
El enfrentamiento en el almacén regresó a su mente en toda su mortal gloria.
Debería estar muerto, o a merced de un cuchillo ritual. En su lugar estaba ahí, dondequiera que fuera «ahí». Aguzó las orejas, fingiendo estar inconsciente a la vez que intentaba hacerse una idea de exactamente en qué nivel de problemas estaba metido. Le rodeaba el sonido discordante de maquinaria. En un principio pensó que podrían haberlo llevado a un manufactorum, pero si seguía en Ranos eso era improbable, ya que, por lo que había visto, la ciudad estaba virtualmente muerta. Un quedo zumbido de trasfondo por debajo del ruido de maquinaría le hizo pensar en un generador, añadiendo peso a una teoría respecto a la naturaleza de sus captores, por no decir su identidad.
Recopiló la información de que disponía. Varteh y el resto estaban muertos casi con toda seguridad. Eso significaba que estaba solo. Una facción de la legión, posiblemente más de una, estaba en Traoris. Habían encontrado la excavación y habían enviado exploradores a darle caza y coger lo que había exhumado de las catacumbas. Eso quería decir que tenían algún conocimiento de lo que era, o como mínimo comprendían que era lo bastante importante como para desviar recursos importantes para obtenerlo. Al menos otros dos —enemigos de los Word Bearers enviados a matarlo o capturarlo— habían intervenido y ahora estaba bajo su custodia. Lo que sucediera a continuación dependía de qué más podía descubrir sobre los motivos de sus captores. Con eso en mente, permaneció inmóvil y aguzó el oído.
Murmullos oídos a medias; el crepitar y la estática de un transmisor de radio sugerían que se trataba de un diálogo entre al menos dos personas. Mientras Sebaton trataba de concentrarse en la conversación y columbrar algún significado, otros dos empezaron a charlar. Era obvio que estaban mucho más cerca, de modo que sus palabras fueron fáciles de entender.
—No parece gran cosa —decía el primer orador; su voz áspera tenía un ligero gruñido que intensificaba su mordacidad, era masculina y muy profunda.
—Ese traidor pensaba que valía el esfuerzo de matarlo —respondió otro, y la voz tenía una resonancia que era casi mecánica, como si un potenciador volviera a vocalizarla y la amplificara.
—Y ¿basándonos en eso debemos acogerlo? —preguntó el primero—. Tenemos asuntos más apremiantes.
—Estoy de acuerdo —contestó el segundo, antes de que interviniera un tercero.
—Me gustaría saber por qué los Word Bearers quieren a este hombre. —Esta voz era de alguien de más edad, áspera—. Es más de lo que parece, y no creo que sea de Traoris.
Hubo una pausa, y Sebaton oyó el melodioso zumbido de servos conectados a la gorguera de un guerrero cuando este sacudió la cabeza. Entonces, el primero dijo:
—Estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué importa si no es un nativo?
—No estoy seguro —continuó el tercero—. Pero los Word Bearers lo quieren, lo que significa que deberíamos negárselo. En cuanto a su propósito, también tengo intención de averiguarlo, y él es la respuesta. La conversación volvió a detenerse, pero durante más tiempo esta vez. Sebaton sintió los nervios a flor de piel, y su corazón se estremeció.
—«No estás engañando a nadie» —chirrió la voz del de más edad en su oído, y era como si el que hablaba estuviera justo a su lado, hasta que Sebaton comprendió que habían enviado las palabras directamente a su mente.
—«No has descubierto ningún secreto. Tu propósito me resulta tan evidente como ese disfraz que llevas. Bien… ¡despierta!».
Sebaton abrió los ojos, consciente de que cualquier otro intento de subterfugio probablemente solo conseguiría que resultara herido o peor. Tenía la visión borrosa, puede que debido al golpe, y la vista fija en sus pies y en el suelo mugriento bajo estos. Cuando intentó moverse, alzar la cabeza y frotarse los ojos, sintió la presión de metal frío contra el cráneo.
—Sé que sabes qué es esto —dijo la primera voz, y Sebaton captó un levísimo vislumbre de unas sucias grebas color verde esmeralda—. Y lo que puede hacer. Nada de trucos.
Sebaton asintió. El bólter estaba presionado con tanta fuerza contra el costado de la cabeza que el orificio del cañón dejaría un inflamado cerco rojo en la piel.
Estaba en un interior, todavía en Ranos, como había sospechado. Aunque lo habían sacado del almacén. El aire olía a moho y apestaba a tinta. Era una habitación grande; tenía que serlo para dar cabida a la pesada maquinaría que se insinuaba en las sombras de su alrededor. Reparó en un manojo de hojas de pergamino en el suelo, atrapado bajo una pata de la silla en la que estaba sentado, pero no pudo leer lo que había escrito. Había montones de esas hojas apilados en tres esquinas de la habitación. Era una imprenta, por lo tanto.
—¿Puedo levantar la cabeza? —preguntó, extendiendo los brazos en un gesto de docilidad.
Todavía conservaba su arma digital, era algo. Pero el contenido del fardo de tela para cuya obtención había arriesgado y perdido las vidas de cuatro hombres ya no estaba en su poder. Tal vez lo tenían sus captores, aunque sospechaba que no. Si lo buscaban, entonces ¿por qué molestarse en interrogarle? ¿Por qué molestarse en sacarle del almacén y llevarle allí? Eso proporcionaba a Sebaton una ventaja; sabía que le querían con vida. Cuánto tiempo duraría esa situación dependería con toda probabilidad de lo que él dijera e hiciera a continuación, y de lo que ellos pudieran averiguar.
La presión contra el lado de la cabeza aflojó cuando retiraron el arma. Alzó los ojos, tocando con delicadeza la escoriación que había quedado. Tres guerreros lo rodeaban. Dos delante, otro justo dentro de su visión periférica, a un lado. Otro aguardaba más atrás, observando.
Eran hombres enormes, descomunales, ataviados con una armadura que gruñía cuando se movían, con los engranajes y servos que llevaba incorporados. Era una servoarmadura. Sebaton había escapado de un legionario para acabar siendo atrapado por al menos otros cuatro.
Ahora que tenía la cabeza en alto, pudo echarle un buen vistazo a su asaltante más próximo.
El legionario llevaba una armadura verde esmeralda, deslustrada por el uso y los daños sufridos en combate. También reparó en marcas de raspado allí donde el que la llevaba había intentado eliminar pedazos de óxido que habían colonizado los bordes. Estaba ornamentada, era una antigüedad abollada en la actualidad, con artísticas florituras grabadas en el metal que parecían reñidas con el equipo de combate de un guerrero. Todavía llevaba puesto el casco; un armazón de colmillos de marfil enmarcaba la mandíbula y el morro. Tras las lentes retinales rojas del guerrero, sus ojos llameaban. Un pellejo, o tal vez una piel curtida, le colgaba de los hombros hecho un guiñapo. Incluso eso había participado en un número desproporcionado de batallas.
Era un miembro de la XVIII. Un Salamander. No era extraño que tuviera un aspecto rudo.
—¿Cuántos de vosotros hay aquí? —le preguntó Sebaton sin pensar.
El Salamander lo agarró por la barbilla. Los bordes de los guanteletes estaban calientes y le pellizcaron la carne.
—No saldrán preguntas de tu boca, solo respuestas. —Desde detrás de las ovales lentes oculares del casco, los ojos del hombre ardieron con más intensidad, como si reaccionaran a su repentina cólera—. ¿Comprendido? Sebaton asintió y lo soltaron.
—¿Quién eres? —preguntó el Salamander, retrocediendo.
—Caeren Sebaton.
—Y ¿cuál es tu propósito aquí?
—La arqueología. Vine a excavar reliquias.
—¿Solo?
—No, tenía un equipo.
Otro de los tres, con armadura negra, murmuró:
—La pareja de servidores que Pergellen encontró.
Como el Salamander, también él tenía un aspecto andrajoso. La armadura estaba rota, mantenida de una pieza mediante reparaciones provisionales y, por lo que Sebaton sospechó, pura fuerza de voluntad. Era difícil centrarse en él, pues se fundía bien con las sombras, y aunque una tira de lumen zumbaba y crepitaba en el techo, la servoarmadura del guerrero no reflejaba la menor luz.
XIX Legión. Raven Guard.
Él también desprendía un aura. Los iguales se atraen. Sebaton comprendió que era el psíquico que se había dirigido a él antes.
El Salamander hizo una seña con la cabeza a su hermano de armas.
—También había cuatro hombres —indicó Sebaton, con la esperanza de que su espontánea muestra de cooperación mejorara sus posibilidades de supervivencia. Tenía que escapar de allí, volver sobre sus pasos de algún modo y recuperar lo que había sacado de las catacumbas—. Muertos también.
—¿Sabes qué clase de cosa te está persiguiendo? —preguntó el Salamander.
—Lo sé.
—Entonces, también sabrás el gran peligro que corres.
—Tengo plena conciencia de ello, sí.
—¿Sabes algo sobre por qué los Word Bearers están aquí?
—No.
El Salamander volvió la cabeza. El Raven Guard negó lentamente con la cabeza, lo que provocó que su camarada de ojos llameantes volviera a inclinarse enfurecido sobre Sebaton.
—No me mientas.
—Es la verdad. No tengo ni idea de qué es lo que quieren, ni lo que queréis vosotros, bien mirado.
«Eso ha sido temerario. Y un poco estúpido».
—Bueno —dijo el Salamander, soltando los cierres de alrededor del casco—, eso tiene una respuesta sencilla —añadió, mientras se lo quitaba y mostraba un rostro tan negro como el azabache con dos orbes flamantes por ojos.
Ni siquiera las capturas pictográficas como parte de la recopilación de datos habían preparado a Sebaton para aquello, y se echó hacia atrás.
—Quiero saber absolutamente todo lo que sepas —dijo el Salamander—. Y quiero saberlo… ahora mismo.
Algo les había sucedido a esos guerreros, algo que los había cambiado profundamente.
—¿Quiénes sois? ¿Qué es lo que estáis haciendo aquí?
—Te advertí que no hicieras preguntas.
De un modo un tanto ominoso, el legionario retrocedió e hizo un gesto a su camarada.
—Hriak…
Sin dar la impresión de haberse movido, el psíquico apareció junto a él. Tan de cerca, Sebaton pudo ver que llevaba una capa gris hecha jirones sobre la servoarmadura y tenía un fetiche de huesos de ave sujeto al morro cónico del casco. Definitivamente, era un miembro de la Raven Guard. Varias de las legiones vestían de negro pero una mirada más de cerca lo había confirmado. Un psíquico legionario, que recibía el nombre de bibliotecario. Se suponía que los habían prohibido en las legiones, pero estaba claro que las circunstancias habían obligado a revocar ese edicto en concreto. En la mano extendida del Raven Guard, Sebaton vio un nubarrón repleto de rayos siniestros. A punto de estallar, el guerrero sostenía toda la potencia de una tormenta en la palma de la mano.
Increíble. La terrible fuerza de voluntad que hacía falta para aquel nivel de dominio…
Cuando Sebaton comprendió que estaban a punto de soltar aquello sobre él, se encogió asustado, pero una mano con dedos de acero lo inmovilizó. Era un implante biónico; oyó como las piezas mecánicas chirriaban al flexionarse y agarrar con fuerza su hombro.
—Tranquilizaos, no soy una amenaza —dijo.
—Lo sabemos —contestó el guerrero que tenía detrás, el que hablaba con el extraño canturreo de máquina.
—De ser así, ya estarías muerto —dijo el Salamander—. Y si resulta que lo eres después de que Hriak te haya leído, haré que Domadus te arranque la columna vertebral.
Sebaton no lo puso en duda. Domadus pertenecía a los Iron Hands de la X Legión, y no eran famosos precisamente por su compasión. Su presencia daba pie a más preguntas. Los tres legionarios provenían de fuerzas que habían sido casi destruidas en Isstvan V. Sin embargo, ahí estaban, juntos, aliados en una causa común.
Sospechó que podría ser el deseo de venganza.
—Hemos empezado con mal pie, creo —comentó—. No hay necesidad para nada de esto.
—Tus exigencias llegan a oídos sordos —chirrió Hriak.
Daba la impresión de que alguna antigua herida le desfiguraba el habla, pero Sebaton no pudo ver qué era ya que el guerrero llevaba el casco puesto. La voz le recordó a un viento gélido susurrando entre hojas secas, de un invierno yerto y desolado, y a huesos enterrados bajo la nieve.
Al cabo de un instante, los rayos tocaron la frente del humano.
Un fuego, helado y terrible, le quemó. Excavó en Sebaton, con zarcillos de fuego arrastrándose a su interior para deshacer despacio las barreras mentales que había alzado para protegerse de cualquier incursión. Penetró más y más, desplegándose, buscando. Su mente era un laberinto, pero el legionario era un psíquico de la legión y avanzaba por sus contornos con rapidez sobre alas emplumadas.
Pensó en el muchacho ahogado, en su rostro pálido que acechaba bajo el agua.
La voz de Hriak penetró en el recuerdo, un eco lejano en el horizonte que inundó el cielo con la promesa de lluvia.
—«Oculta algo…».
Sebaton estaba de pie en el borde de la cuenca de desagüe, con un gancho y una red en la mano, listo para hurgar en busca de cosas. Echó raíces en aquel punto, como un ancla en el tiempo, y rememoró la escena una y otra vez. La entrada en el agua, el roce de uñas sobre la piel desnuda. El escozor cuando lo agarraron. Las cinco ronchas que quedaron, una mano que lo aferraba, suplicando a otro niño que descendiera al agua y se uniera al resto de los condenados.
Un relámpago hendió el cielo, oscuro y ominoso. De pie, con las turbias aguas llegándole hasta los tobillos, Sebaton se resguardó los ojos, pero la tormenta siguió rugiendo detrás de ellos.
—«No te resistas…» —bramó el trueno.
Sebaton se mantuvo firme, del mismo modo que el niño ahogado se aferraba a su tobillo.
Gimió «suéltame», con la voz de un niño y la de un adulto al mismo tiempo al colisionar dos realidades.
—«Por favor…».
—Suéltalo.
La voz era lejana al principio, pero trajo de vuelta a Sebaton desde el borde de la inconsciencia. El dolor amainó, los ojos volvieron a abrirse, pero la sensación de violación permaneció.
El bibliotecario, Hriak, estaba de pie delante de él. Los siniestros rayos habían desaparecido de su mano.
—Es un psíquico, Leodrakk —siseó.
De modo que ese era el nombre del Salamander, asumió Sebaton.
—¿Qué has encontrado, Hriak? —preguntó Domadus.
—A pesar de intentar confundirnos con algún trauma infantil, no es lo que afirma ser. Encontró algo en unas ruinas, en un sector de la ciudad situado lejos de aquí. Pero no creo que lo tenga ya.
Leodrakk cambió de lugar con Hriak para proseguir el interrogatorio.
—Esos traidores están aquí para un propósito siniestro. Por algún motivo, también te buscaban a ti. Bien —dijo, y alzó su bólter de modo que Sebaton se encontró con la mirada puesta en la negra y fea boca del cañón—, te preguntaré por última vez. ¿Quién eres y qué haces en Ranos?
Sebaton comprendió entonces que la situación en la que estaba era mucho más grave de lo que había parecido en un inicio. No le habían rescatado, simplemente había cambiado un captor potencial por otro. Esos guerreros eran siervos leales del Emperador, pero algo se había quebrado en su interior. Estaban al borde de la desesperación, de caer incluso en lo fatalista. Heridos, y no tan solo en el aspecto físico, las suyas eran la clase de cicatrices que jamás se marcharían, como las cinco marcas diminutas en la pierna de Sebaton.
Se hundió en el asiento pero miró al Salamander a los ojos.
—Soy Caeren Sebaton. Soy un arqueólogo, y vine aquí a excavar reliquias.
—No más mentiras o te mataré aquí mismo. Bueno —advirtió Leodrakk, alimentando el bólter—. No sobrevivimos a la traición de Isstvan gracias a una gran paciencia. ¡Di la verdad!
La mano de Leodrakk se cerró de improviso alrededor de la garganta del arqueólogo y lo alzó de la silla. Al mismo tiempo que el suelo desaparecía de debajo de sus pies, Sebaton notó como le aplastaban lentamente la laringe.
—No puedo… hablar… con tu mano… alrededor de mi garganta —graznó, con los pies oscilando en el aire.
Con un gruñido, Leodrakk lo arrojó al suelo. Sebaton cayó desmañadamente, rebotando con violencia sobre el hombro derecho aunque aterrizó con cierta elegancia a cuatro patas. Gateando a toda prisa hasta una esquina de la habitación, pensó en utilizar el anillo, pero los tres guerreros lo tenían arrinconado.
Pudo ver a Domadus como era debido por primera vez. El Iron Hand era en gran medida cibernético. La mayor parte de su lado izquierdo estaba reconstruido, con el mecanismo del cuerpo visible entre los resquicios de la armadura negra. La garganta y la mandíbula inferior eran augméticos, y un rugoso tejido cicatricial bordeaba la zona en la que debería de haber estado el ojo izquierdo, pero en su lugar centelleó una lente roja reajustando el enfoque sobre su objetivo.
Enganchando magnéticamente el bólter al muslo, Leodrakk avanzó hacia Sebaton. Sufrían, todos esos guerreros sufrían, y como cualquiera en esa posición querían arremeter contra alguien.
—Te sacaré la verdad a la fuerza.
Una cuarta figura salió a la luz, la que Sebaton había visto observando desde las sombras.
—Parad.
Leodrakk se volvió hacia el legionario con gesto enojado.
—Está bajo control.
Ahora que Leodrakk se había dado la vuelta, Sebaton vio el pedazo de colmillo de hueso que sobresalía del blindaje. Estaba partido, apenas un raigón. El legionario que los había interrumpido también era un Salamander y vestía una armadura de elegante elaboración como la de su camarada, pero llevaba el casco sujeto al muslo. Llevaba el pelo cortado en una cresta roja que partía en dos perfectamente su cuero cabelludo. Una cicatriz latía bajo el ojo derecho, pero este no estaba ciego, ni tampoco le estropeaba el noble semblante.
—No, has perdido el control cuando has estado a punto estrangularlo, hermano. —Indicó la puerta con la mano—. Shen’ra está fuera. Algo ha activado los centinelas.
Leodrakk pareció preocupado de repente.
—¿Ambos cañones?
—Sensores, centinelas Tarántula. Todo.
—¿A qué distancia?
—El primer indicador.
Sebaton no tenía ni idea de lo que discutían, pero sonaba grave.
La ira de Leodrakk regresó con creces.
—Más razón aún para arrojar a este a la hoguera.
—Espero que esté hablando metafóricamente —dijo Sebaton.
—Así es —respondió el otro Salamander, pero Leodrakk no daba en absoluto esa impresión.
—Vamos a hacerle hablar. Que nos diga todo lo que sabe —masculló, sujetando la empuñadura de su arma.
—¿Haciéndole tragar tu bólter a la fuerza?
—Si es necesario, sí.
—Fuera —ordenó el otro Salamander, en tono categórico.
—¿Qué?
—Ya me has oído, Leo. Le matarás si permaneces en esta habitación. Lo veo en tus ojos.
La mirada de Leodrakk llameaba con el ardor de una tormenta de fuego. Sus nudillos crujieron y durante unos pocos segundos se mantuvo firme antes de capitular.
—Mis disculpas, capitán. A veces me extralimito.
—Sí, lo haces, Leo. Ahora déjanos.
Leodrakk hizo lo que le ordenaban, instando a Domadus a custodiar la puerta tras él.
Tras contemplar cómo salía su hermano, el otro Salamander se agachó para colocarse a la altura de los ojos de Sebaton.
—Pareces un poco más civilizado que tus compañeros —comentó el psíquico sin dar la menor impresión de creérselo.
—No lo soy —le aseguró el otro.
Su voz era profunda, educada. Tenía algunas cosas en común con Leodrakk pero poseía la autoridad del auténtico mando.
—Como puedes ver… —Señaló su rostro— soy un monstruo. Mucho peor que Leodrakk. Él es más moderado que yo.
—¿Qué hay del psíquico?
Sebaton movió la cabeza en dirección al Raven Guard, que había cruzado los brazos sobre el pecho y optado por observar en silencio desde cierta distancia, aunque él todavía detectaba una actividad psíquica latente, como un polígrafo mental que evaluaba cada una de sus reacciones.
El Salamander miró de soslayo al otro legionario.
—No, sus modales son peores que los míos. Si se le dejara actuar a su modo, ahora mismo estarías babeando los últimos posos de tu cordura sobre su regazo.
—Preferiría evitar eso.
—Depende de ti. En este momento nos están persiguiendo, igual que a ti. No va a transcurrir mucho tiempo antes de que den con nosotros. Los exploradores de nuestro enemigo ya han disparado la primera de nuestras alarmas. Así pues, comprenderás que preferiría que esto concluyera con rapidez. Me llamo Artellus Numeon y lidero este grupo. La vida de los hombres que lo forman es responsabilidad mía, motivo por el que Leodrakk no te habría matado si yo no se lo ordenaba. También es por eso que Hriak no te ha vaciado la cabeza como quien vacía una fruta. Yo, no obstante, no respondo ante nadie en este lugar y sí que te mataré dentro de los cuatro próximos segundos a menos que me des una razón para no hacerlo.
A Sebaton la cabeza todavía le dolía debido a la sonda psíquica y, entre el maníaco que tenía delante y el psíquico que se preparaba para eviscerarlo mentalmente, se estaba quedando sin opciones.
«Justo igual a lo de Nurth, otra vez». Al abandonar aquella cámara estanca, había pensado que eso era el final pero ellos lo habían traído de vuelta. Otra vez. Para hacer eso.
«Soy un espía, no un asesino». Y en cuanto a la misión… Bueno, eso requeriría algo increíblemente especial.
Sebaton sabía que en realidad no tenía elección. Tenía que confiar en ese tal Numeon, o morir allí. Pero, bien mirado, ¿sería eso de veras tan terrible? Incluso aunque lo hiciera, ¿sería eso de verdad el final? Sospechaba que no.
—Estábamos excavando, esa parte es cierta. Encontramos algo, un artefacto. Es muy antiguo, muy poderoso, y vuestros enemigos lo quieren. Numeon intercambió una veloz mirada con los demás.
—¿Qué clase de artefacto?
—Una arma. Como una lanza.
—¿Como una lanza?
—Llamarla por ese nombre sería excesivamente prosaico, pero es la palabra más parecida que se me ocurre para poder describirla con mayor exactitud. Es más pequeña, más parecida a una punta de lanza con un mango corto. —Indicó el tamaño aproximado con las manos.
—¿Por qué la buscabais? ¿Qué tiene de importante esta lanza para que los Word Bearers envíen cazadores tras vosotros para conseguirla?
Sebaton suspiró.
—¿Podría al menos sentarme?
Numeon retrocedió y señaló la silla con la cabeza.
—Antes de que os lo cuente —dijo Sebaton, una vez que estuvo sentado—, hay algo más que deberíais saber primero. Mi nombre no es Caeren Sebaton. Es John Grammaticus.